Turquia (4) Yusufeli. Los Alpes pònticos. Kaçkar Dag. Entre gigantes.

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Pues no he dado yo vueltas para llegar aquí! Cinco autobuses, 26 horas de viaje. “Aquí” es Barhal, una aldea en las montañas Kaçkar. 

De Kahta a Hopa, con una parada y cambio de bus en un lugar del Kurdistán turco de cuyo nombre, si lo supiera, no querría acordarme. De ahí a Yusufeli con otra parada en medio de la nada, concretamente en Veteasaberdonde, y de Yusufeli hasta Barhal por otra carretera endiabladamente estrecha entre las montañas.

Nuevo máster en mi currículum viajero de notable dificultad, con ciertas similitudes al de controlador aéreo e impartido exclusivamente en turco y  lenguaje de signos.

Ya estoy donde quería llegar. Esta es la etapa cumbre de mi viaje por este país. 

La pensión ni siquiera está en Barhal, si no a eso de 1 km de la aldea. El lugar es gloria pura, construido en madera y cemento a varios niveles de la ladera y, nada màs llegar, atardeciendo, me sirven una cena lobezna de sopa de lentejas, ensalada, arroz, patatas fritas caserisimas y pescado de rio. Dormiré en las nubes.

Contrato un guía, Gengis (Cengiz) , un chaval de 23 años que estudia agricultura en la universidad y ahora està de vacaciones.

Empieza el jaleo. Vamos a ver de cerca los gigantes del lugar: Altıparmak Dağları (Los Seis Dedos), Kara Tas y Marsis Dağı. ¿Cuán de cerca? Ya se verá.

Al cabo de 4 horas y pico, pasado el mediodía y rodeados de preciosos paisajes alpinos, se acaba la carretera de pedruscos, comemos un puñado de frutos secos y empezamos a subir por una tartera muy inestable. Las vistas son impresionantes. Se trataría de, o hacer cima del Marsis, o llegar, por un cañón, al otro lado desde donde, en dias claros, se puede llegar a ver el Mar Negro. La cima es imposible en una sola jornada desde Barhal. Nos quedan unos 300 metros para llegar a la entrada del cañón y llevamos más de 2 horas peleando con la tartera con un desnivel de agárrate los machos.

A las 14.30 paramos y el guía me pregunta si estoy cansado. Para no decirle que estoy hecho una mierda le contesto con un lacónico “sí”. Gengis, con mirada de “por favor, por favor, te lo pido”, me dice que él también. Para llegar al cruce falta, mínimo, una hora y media más. Estamos a menos de 20 kilómetros de Georgia y a no mucho màs de Armenia. Mi cuerpo entra en la conversación, sin que nadie se lo pida, y me dice que no me puedo fiar de él para otra hora y media de ascensión por tartera. Ahora es cuando se producen los accidentes. Le digo al guía que volvemos. Suspira y sonríe con agradecimiento. No sabes que rabia me dà reconocer que “no puedo”. ¡Cagoendiez!

La bajada por la tartera es todavía más cabroncilla que la subida y, llegados a la carretera, tiramos recto campo a través. De vuelta al camino, una furgoneta para y nos ahorra los últimos 4 kilómetros.

Pasamos al lado de 3 hombres que han matado una vaca y la están desollando. La tienen abierta en canal encima de la hierba. Una imagen de promoción del vegetarianismo. Llegamos al pueblo a las 18 horas. Han sido mas de 9 horas de caminar, saltar, gatear y dar botes.

Mi pobrecito cuerpo vapuleado y yo, ya en la pensión, nos bebemos 1 litro de agua y una especie de zumo de algo dulce. Esto está tan colgado en la nada que no hay ni coca cola.

Cenamos otro festín turco y me tiro en la cama más muerto que vivo. Me temo que mañana toca ración de agujetas generalizadas… 

Pues no. Estoy cansado pero nada más. Hoy voy a los bosques que ayer tenia a la espalda. Me mantengo en el camino de carro por 2 razones. La primera porque aquí no hay senderos y, para enfilar por el medio del bosque, la pendiente es excesiva. Y segundo porque, me dicen, esto es tierra de abejas, miel y osos y, aunque yo me llevo bien con casi todo el mundo, ya tengo bastantes amigos como para hacerme ahora con los plantígrados.

Dos horitas y media y me bajo porque la predicción meteorològica anuncia lluvias. Justo cuando llego al hotel cae el chaparròn. Me he librado por los pelos.

Hoy han llegado a la pensión un grupo de 15 montañeros. El comedor pierde calidez. Otra magnifica cena de 6 platos, incluyendo las sempiternas sopa de lentejas y ensalada de tomate, pepino y cebolla. Hoy no hay patatas fritas, pero sí berenjena con yogurt. A las 20.30 me voy a mis aposentos. Suena la lluvia en el tejado de madera y el rio ruge furioso. Es una gozada.

Hoy es el día D y la hora H del viaje por Turquía. Voy a hacer un trekking hasta el lago que aquí llaman “13 temmuz karagoldeydik”. Puede decirse que es el último campo base desde donde se ataca la cima del monte Kara Tas, 3.400 mtrs. El nombre turco se puede traducir como “Vestído de piedra”. 

Me presentan al guia que me llevarà alli. Se llama Fahri. Por un momento, me acuerdo del chiste (*) y se me escapa la risa, pero aguanto impertérrito.

Caminamos por el bosque siguiendo una canalizacion de agua entre unos conjuntos de habitajes familiares compuestos de vivienda, graneros y cuadras de ganado. El guia va saludando vecinos. Curiosamente, los turcos se saludan como en mi familía, en lugar de darse dos besos, se dan dos toques a cada lado de sus cabezas.

Solo encontramos en el sendero pequeños rebaños de vacas y corderos con un pastor o pastora escoltados por enormes perros mastines que vigilan nuestros movimientos.

Encaramos hacia las montañas. Otra ves tengo, delante, de derecha a izquierda, los 3 grandes, el Marsis, el Altiparmak y el Kara Tas. Y el  bosque Satibe. Solo el Altiparmak esta camuflado tras las nubes. Los otros dos dan la cara altivos y desafiantes.

Cruzamos un paso de tartera estrecha y complicada con viento frio y desestabilizador. Debajo, nada. No te puedes entusiasmar con el paisaje. Me empieza a doler la cabeza, lo cual significa dos cosas: que me esta dando “soroche” y he de parar para aclimatar mínimamente, y que estamos por encima de los 3.000 metros. Fahri me da un poco de pan con unas rodajas de tomate. Bebo agua.

El tema se va complicando. Frio y mas desnivel. Queda una media hora hasta el lago. Veo delante una tartera fea pero hay un caminito en zig zag que me salva de brincar.

Llegamos al lago a las 14 horas. Seis horas de ascensión. La vista de los Kaçkar desde aqui es… sublime. Sí, sublime.

Bajamos ahora ya todo recto castigando los cuádriceps. El riesgo de lesión es alto, el cielo lagrimea lluvia y arrecia el viento.

Yo no he visto osos pero lo que si me consta es que los pocos campistas que hay, esperando para atacar cimas, llevan escopetas y, por la noche, suenan lo que supongo son tiros al aire de advertencia.

Fahri me enseña una huella que dice es de un.oso pequeño. Cuando alguien le decía a mi padre algo que consideraba peligroso, él decía: “¡Miau!”. Significaba algo así como “¡Malo!”. Pues eso: ¡Miau!

Llegamos a la pensión a las 18 horas. Una jornada de 10 horas. Hoy me he ganado una cerveza. Me despido de Kaçkar Dag.

Y de la montaña al mar. El Mar Negro.

*NOTA. “Eres mas feo que El Fari comiendo un limón”

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