Tanzania (y 5) Dar es Salam. Zanzibar. Una alegoría de la vida.

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Zanzibar tiene una peculiar historia de sultanes y princesas, comerciantes indios y plantaciones de clavo, intrigas coloniales y esclavos. Desde el siglo XVII era una posesión de Omán, el país de los Reyes Magos, y fue después protectorado británico hasta que, en 1.964, se unió a Tangánica, la actual Tanzania.

Dije que esta vez no quería urbes y que no iría a Dar es Salaam, la capital de Tanzania. ¿Donde estoy? En Dar es Salaam. Y serán 2 tazas porque de aquí voy y vuelvo a y de Zanzibar. Si es que en viaje los destinos son difíciles de prever. Mejor estar calladito y atento a los vientos para navegar.

En principio sólo he venido para conectar con un ferry para llegar a Zanzibar pero…

La cancelación de un vuelo me hace caer toda la continuación del viaje como un castillo de naipes. Hay que reestructurarlo todo. Tengo que pasar la noche y parte de la mañana en la capital arreglando el desaguisado.

La ciudad tiene un aire limpio y con una mezcolanza étnica muy agradable. Entre africanos de origen, musulmanes de creencia e indios que vinieron, hace 3 ò 4 generaciones, atraídos por el comercio de especias es difícil asegurar en qué continente estas. El Océano Indico acaba de darle el toque abierto y cosmopolita que casa poco con una visión del África tradicional, y modernos edificios y servicios la separan aún más de las duras capitales que he vivido últimamente. No deja de ser África, desde luego, con sus zonas densas y sus miserias, pero una floreciente clase media y un comercio serio y en progreso auguran buenas perspectivas. Noto que ya no me violenta verme rodeado de multitudes negras, la experiencia es un grado. Hasta me resulta divertido comprobar que aquí, si eres blanco, todo el mundo, hasta los bebés, te mira como si fueras fucsia. 

Al final consigo tomar otra vez el control del viaje, más o menos, y cojo el ferry a Zanzibar donde me encuentro con dos de los elementos de creación humana más destructivos física y mentalmente que existen y que, combinados, son letales para cuerpo y espíritu: un aire acondicionado capaz de acabar por sí solo con el calentamiento global y una película de acción china. Desconozco la razón por la que en los ferry tienen unos aparatos de aire acondicionado de tal calibre pero es un hecho que en ningún otro medio de transporte te someten a esas temperaturas árticas. A saber por qué. Lo de las películas chinas es, simplemente, de denuncia ante los Tribunales internacionales por intento de genocidio a nivel planetario. No hay derecho. Deberían estar prohibidas por las autoridades sanitarias. La combinación de peleas tipo Bruce Lee y una comicidad tan graciosa como un funeral militar te deja con ganas de asesinar a todo el reparto. Es peligroso. Es una vergüenza. Y es imposible cerrar los ojos con tanto gritito y tanta bofetada. O la ves o te tiras al mar. 

Stone Town, la capital de Zanzibar, tiene un atractivo caduco innegable a pesar de que se cae a pedazos. Es de esas ciudades con un glorioso pasado que hoy todavía llaman a perderse buscando antiguos esplendores por los rincones. Enormes casas de mercaderes hoy decrépitas y en estado de derribo, el mercado Darajani, mezquitas, esas si bien cuidadas, el paseo marítimo, los jardines Forodhani….. Sus aires de pureza musulmana son atropellados por la modernidad que trae el turismo occidental y, todo mezclado, ortodoxos, turistas, rastas, caza extranjeras, niños vestidos como muñecos, comerciantes, etc, etc, queda un decorado algo más que resultón para pasar un día agradable antes de ir a las playas, verdadero gancho de la isla.

Para mi ya está bien, al fin y al cabo he venido a comer y descansar y, de entrada, devoro con aires lobeznos calorías, líquidas y sólidas, como para hacer engordar al esqueleto de la clase de anatomía de cualquier universidad médica. Me he propuesto recuperar mi perdida naturaleza tridimensional antes de llegar a Mozambique.

El descanso lo llevo peor porque camino por la ciudad más de 4 horas. Me encanta deambular por este tipo de ciudades que huelen a historias al encuentro de pequeñas grandes sensaciones.

Y después de Stone Town a cabalgar en dala dala. Un dala dala es un ORNI, Objeto Rodante No Identificado, un par de escalones por debajo de los matatu en la escala de transporte inhumano por carretera. En ruta por Zanzíbar es un sanguinario y salvaje instrumento de tortura que te desolla el culo lentamente a la vez que te machaca los huesos a golpes y te ahoga en polvo hasta convertir tus pulmones en un arenal inservible ni para funciones de experimentación médica post-mortem. Con “eso” , me voy a Nungwi, una aldea al norte de la isla donde dicen están las mejores playas.

Allí me encuentro 2 partes diferenciadas, una al lado de la otra, como una vergonzosa alegoría de la vida. La aldea del interior, pobre de calamidad, sin más vida que tropecientos niños jugando detrás de una sola pelota en un descampado que hace de Plaza del pueblo y, a 500 metros, la playa, con resorts de lujo, europeos panza arriba, rojos como gambones, dándose masajes y tomando cerveza helada después de un agotador día de placeres de omisión y rodeados de vendedores ambulantes y ligones de piscina de ambos colores extremos. Jovencitos en luna de miel, a la suya, iniciando, como debe ser, una estadísticamente improbable vida de amor eterno con un destino a la altura de sus expectativas de nada más que un precioso decorado para sus fotos y algún monísimo souvenir exótico de los que se venden en cualquier mercado playero al ladito de casa. Y mejor me callo o me pasaré de frenada. No diré nada más sobre lo que pienso de todo ese zoológico si no es en presencia de mi abogado. Me doy dos días aquí.

De todas formas, veo eso y tantas cosas que ya me dan más risa que coraje. No se. Creo que estoy teniendo una especie de sobredosis de vida real. Veo y siento tantas cosas y me golpean tanto que algo en mi interior se acoraza y me importa todo cada vez menos. Es como si mi sensibilidad se autoralentizara al mínimo por instinto de supervivencia.

Al día siguiente a mi llegada, huyendo de la zona de resorts, me paseo toda la inmensísima playa. Decenas de kilómetros vírgenes aparecen por la mañana con la marea baja. Huele a mar y una paleta de colores azules, cremas, grises y verdes pintan imágenes de ensueño. No me cruzo más que con algunas marisqueras y pescadores en tres horas de paseo. Muy agradable. 

Pero esto ya está visto y el tiempo no acompaña. Es caluroso y húmedo, igual sale el sol a tope que llovizna y, de vez en cuando, cae un chaparrón. Toca descanso. Tengo una chocilla en la aldea y se está bien. Mañana me doy un chapuzón en el Índico y me vuelvo a Stone Town, y de ahí a Dar es Salaam otra vez, a pasear y, sobre todo, a organizar viaje y próxima parada: Mozambique. Tanzania… queda atrás.

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2 Comentarios

  1. Leo con gran placer todo lo que escribes, me gusta, desnudas tu alma y escribes con una sinceridad aplastante, lo mismo de la miseria, que de la belleza de una playa, que con las fotos, la puedes oir y oler.
    Las fotos bellísimas, con pasión y sin filtros, reales.
    Desde tu Emporda querido, un fuerte abrazo y muchos animos.

    • Hola Eli! Muchas gracias. Edo intento. Escribir tal como salemientras lo vivo y fotografiar con mi movil sin mas tecnología embellecedora. El Emporda. Ayer o anteayer me recordaban en Facebook mi casa. Noviembre es un bonito mes alli. Pienso en la cala, en el fuego y…en unas costillas de cordero a la brasa y una torrada con tomate 😊 Me pillas de traslado, aunque eso no es ninguna novedad 😀. Cambio de continente. Me voy a Argentina. Sigo adelante. Un abrazo.

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