Turquia (2). Goreme. La Capadocia. El pais de las hadas.

Viajecito nocturno que ha resultado ser un compendio enciclopédico de la miseria humana: niñas y niños mimados, sollozantes y gritones, olores desagradables, teléfonos móviles sonando en todas las formas y a todo trapo, ronquidos sísmicos… Y toda una serie de otras maravillas de la Naturaleza que no menciono porque este blog pretende ser de lectura agradable. La escatología la entierro en mi memoria. Una delicia de noche. Doce horas celestiales.

Ya estoy en Anatolia. Me sueltan a 20 km de mi destino, un último bus y llego a Goreme. El paisaje es semidesértico con unas formaciones rocosas extrañas.

He dormido poquito, pero al llegar al hostel desaparece el cansancio. Es una cueva en una de esas rocas habilitada de hostal familiar, un dormitorio colectivo precioso con paredes de piedra, una cama nueva y radiante, con cortina para más intimidad, y un desayuno completísimo. Una ducha y soy hombre nuevo. Aquí voy a estar de lujo.

Entre pitos y flautas, ha pasado el mediodía y salgo en el pico del calor hacia Uçhisar por el Valle Güvercinlik. Media horita de descanso para tomarme una coca cola y vuelta a Goreme traspasando el White Valley y el Love Valley.

El decorado es tremendo. Las chimeneas de las hadas son una de esas maravillas naturales que nadie debería perderse. Leyendas a parte, estas rocas fueron formadas por erupciones volcánicas y han ido cambiando con el paso del tiempo, por la mano del hombre y la erosión producida por la lluvia y el viento. Un paisaje surrealista.

Entrando en el llamado Valle del Amor me pongo alerta no vaya a ser que haya en el ambiente traidores sentimientos emboscados. Pero no, ningún problema. Sendero resbaladizo y peligroso con arena pesada y subidas y bajadas taquiarritmicas. Quizás de eso viene el nombre de “Valle del Amor”, en modo alegoría, aunque las formas fálicas de algunas de las rocas me hacen pensar que más bien por ahí van los tiros.

Total, 6 horas de trekk por un lugar de cuento. Voy a dormir plano.

Hoy toca Swords Valley y el Valle Rosa hasta Cabusin, me acerco hasta la zona del Standing Man y de vuelta a Goreme por el Valle Rojo. Creo que ya he visto todos los colores de valles. En el Rose Valley me he encontrado un regalo. Tras pasar túneles, grutas y cuevas, en una de ellas encuentro lo que resulta ser una iglesia con unas pinturas religiosas bien conservadas. Está ahí para mi solo.

Aquí hay bastante turismo pero, como siempre, todos se apilan en los mismos lugares donde los llevan con todo tipo de vehículos: todoterrenos, autobuses, quads, globos, a caballo, en camello… Yo, ni máquinas ni animales. Mis 2 patas y andando que es gerundio. Así tengo mi Capadocia privada, claro que eso significa, cada día, 6 ò 7 horas bajo un sol de justicia y eso sólo lo hacen los locos. No sé. Cada uno es de su padre y de su madre.

Lo que sí sé es que, aunque he llegado totalmente agotado y deshidratado, la sensación de estar solo en el Mundo es tremenda. Es cierto que me he encontrado en algún apurillo porque el sendero se convertía en un tobogán de piedra o, simplemente, desaparecía. En un punto he sentido aquella sensación de que no puedo ir para delante ni para atrás. Es un tanto estresante. Pelín de miedo, incluso. Respirar hondo, tensar músculos, decidir dirección, y… mucho ojito.

La experiencia es un grado pero sí, claro que me puedo equivocar y… Algún día se acabará todo. Una mala decisión, un resbalón y good bye. Qué se le va a hacer. A veces lo pienso: “Chaval, si aquí te pasa algo no van a encontrar de ti ni los cordones de los zapatos”. Tampoco aspiro a un funeral de cuerpo presente. Qué mas dará.

La gente en la Capadocia es de mucha mejor pasta que en Estambul. Los del hostel y sus amigos siempre tienen tiempo y ganas para hacer tu estancia agradable. El precio: respeto y sonrisas. Nada más.

Me he reencontrado también aquí con una chica francoargelina muy maja, Saida. Es enfermera en Estrasburgo, estaba en mi misma habitación en el hostel de Estambul y ahora tomamos cada día una cerveza juntos al acabar la jornada. Buena gente.

Nueva jornada. Salgo del Red Valley, entro en un paisaje mas siciliano que capadocio y aparezco en un pueblo llamado Ortahisar. Me siento en un colmado para descansar un poco. Suena una música melódica turca y hace calor, mucha calor. Estoy cansado y es música triste. Supongo que la letra trata de amor. Me pregunto qué hago aquí. “Caminar, muchacho, caminar” , me digo. “Como siempre” . Me quedan 2 horitas más para volver a “casa”. ¿A casa? Fuera tan fácil. 

Me encuentro una tortuga en medio de un sendero. ¡Qué curioso! ¿Qué hará aquí? Supongo que se habrá despistado.

Viene hacia mi un agricultor con un tractor. Voy a tragar polvo. Le saludo alzando la mano, se para y me ofrece llevarme al pueblo. Declino la invitación y le doy la mano con agradecimiento. Su mano es como papel de lija por años y años de duro trabajo de sol a sol. Y nosotros nos quejamos. Me pregunto que será de la débil sociedad occidental en caso de… problemas. Más vale que cuidemos el planeta.

Sí, la sociedad occidental debería fortalecerse un poco…

Consejo de Viajero:

Bebida. Por mi parte, acostumbro a mi cuerpo a situaciones incómodas. Cuando hago trekks de varias jornadas no puedo cargar abundancia de agua así que, todos los días, antes de empezar a caminar, bebo 1 litro de agua y, para el resto, llevo como medio litro. No suelo beber más salvo que encuentre algún lugar que la vendan. Cuando acabo, me hidrato y tomo el azúcar que necesito. Bebo todo tipo de líquidos: agua, desde luego, limonada, naranjada, coca-cola,… pero, entre tener ganas de beber y tener sed hay el mismo trecho que entre tener ganas de comer y tener hambre. Es un largo trecho.

Comida. Cuando trekkeo no suelo comer. Desayuno copioso y cena normal. Para comer, algo de fruta o verdura, un trozo de pan con queso o embutido o, máximo. 50 gramos de ensalada de pasta o arroz. Comida fría siempre. Una comida caliente fuerte, ejercicio duro y calor es una buena combinación para la lotería del soponcio.

Otro sí digo: Si encuentro un buen restaurante con comida casera tampoco suelo variar y ceno siempre en el mismo lugar. Eso crea lazos, te tratan bien y siempre hay sorpresas y detalles enriquecedores. La fidelidad tiene premio.

Agoto mis últimos 2 días recorriendo estos valles de colores de los que ya conozco rincones y agujeros. Ahora que, aunque parezca un juego de palabras, Saida ya se ha ido, por las tardes tomo un té con Mustafá, un viejo musulmán que he conocido. Es muy religioso. Como no tengo ningunas ganas de enseñar y sí de aprender, pregunto y escucho más que hablo.

Mi forma física ha mejorado mucho y la Capadocia ya está vista. Me voy hacia las montañas.

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Turquia (1). Estambul. La viuda virgen. Eurasia.

Parece ser que, en casa, tengo un gato. Negro. Bueno, no es mio. No hemos firmado nada. Se ve que le ha gustado el felpudo de la entrada de mi casa y duerme allí. Y todo el día gandulea por el jardín tomando el sol. Al atardecer, desaparece unas horas hasta cerca de la medianoche. Como decía la rumba del gran Gato Perez, “Nadie sabe donde se encuentra con su gatita”. Ya se sabe que los gatos son parranderos.

Ahora me he ido yo. Quizás me eche de menos. Yo me he ido a Turquía. No se cómo quitarme la sonrisa de la cara. Otra vez en viaje. Es mi estado natural.

A mi me gustan los animales, pero es obvio que tener una mascota es algo que no coordina con mi vida nómada. Como otras muchas cosas. Si el gato maullaba le daba una lata de atún y, a veces, tomábamos juntos un rato de sol de primavera en la terraza con un vino. El vino solo yo, claro. Asi que nos llevábamos bien pero ni él es mio ni yo soy suyo. No le he puesto nombre. Ahora que me he ido tendrá que buscarse la vida y lo harà. Los gatos son muy independientes. Me gustan. 

Pues eso, que ya estoy otra vez en viaje y todo lo que tenia en casa ya no està. Otra vez se abre el telón. Nueva vida. Y, de primero: Estambul.

¿Por qué Turquía? Bueno…, a mi me da igual ir a Pernambuco que a la Conchinchina, lo importante es viajar, pero la Vuelta al Mundo tiene sus “cosas” y ahora toca empezar a bajar por el África Oriental. Y Turquía me pareció una buena forma de acercarme. Eso de estar entre Europa y Asia para luego pasar a África… me dá vidilla. Aunque no tenga ninguna lógica.

Si señor, estoy en Bizancio, que luego se llamó Constantinopla y, hoy, Estambul, una de las ciudades con más Historia del Mundo. Alguien la llamó “la viuda virgen tras mil esponsales”. Es la única ciudad del Mundo que pertenece a 2 continentes. Solo le discute ese honor la rusa Ekaterimburgo, pero soy testículo de que allí la frontera, o por lo menos el monumento que la marca, está a unos kilómetros del centro urbano.

Estambul es una ciudad enorme. A una y otra orilla del Bósforo, 15 millones de habitantes, mas ilegales y turistas. Una muchedumbre.

Voy a pasarme algo así como un mes por Turquía. Creo que me va a gustar.

El vuelo hasta aquí, pues bien. Compañía ucraniana y escala en Kiev, lo cual vale para constatar y confirmar que las soviéticas son la mar de guapetonas y los soviéticos serios y disciplinados. Y también que los musulmanes rezan un montón y sus mujeres van muy, pero que muy tapaditas. Una situación incómoda diría yo. Pero no diría nada más.

En mi primera jornada en Estambul empiezo por los obeliscos del Hipòdromo, Santa Sofía y la Mezquita azul, luego el Palacio Topkapi, el Gran Bazar, y el Bazar Egipcio. Un hartón de minaretes, delicias turcas y especias. Mezcla impresionante de olores, sabores y colores. Una paradita de media hora en un parque para comer un sandwich de embutido y un huevo duro que, no sé cómo, ha aparecido en mi fiambrera desde el bufete del desayuno, y a por más camino.

Por el puente Gálata se cruza a la ciudad nueva donde la moderna Turquía se va abriendo paso entre la historia a base de grandes avenidas comerciales, callejones con restaurantes chics y algún rascacielos. La economía turca parece que va viento en popa. Dicen que, en la primera década de este siglo, construyeron más de 50 rascacielos y casi 150 grandes centros comerciales y que, a partir de ahí, siguen acelerando a demasiado buen ritmo lo que se llama “desarrollo”.

El Lorenzo turco pega fuerte y los zumos de fruta fríos son una tentacion en cada esquina pero, yo, me resisto y me lanzo a la cerveza.

Acabo la jornada de 8 horas ante un Urfa Kebab, una carne de ternera de lo mas mejor superior. Le pongo un picante ahumado local que me hace saltar las lágrimas de emoción

En los días restantes me paso a la zona asiática de Kadikoy, quizás más comercial todavía que la europea. Si cabe. Nunca había visto tanto restaurante junto. Ya de vuelta a Europa, callejeo topándome con más y màs mezquitas, columnas, el Parque Gulhame, el acueducto Bozdogan y mercados varios. Y todo ello amenizado por los cantos religiosos de los imanes musulmanes que, a mi, con todo respeto para unos y otros, siempre me recuerdan las bulerías andaluzas. 

Lo que más me gusta es caminar, pero también las cosas bonitas. Sea un edificio, una flor, una montaña o una ciudad. Y también las personas bonitas. Por dentro y por fuera. De esto último no he tenido todavía el gusto. Estambul es muy turístico y sus gentes… listillos y chulapones. De todo hay pero diría que se les ha subido el turismo a la cabeza.

Los Estambulenses, o como se llamen, son pesaditos con el español (el idioma). Todos hablan un estupendo castellano: “Gracias”, “perfecto”, “uno/dos/tres/cuatro/cinco”, ” hola hola coca cola”… Aparte de eso, mucho joven modernillo, la mayoría de riguroso negro o blanco impoluto y con tendencia a la alopecia, barba y fuertotes de gimnasio proteínico. Ellas… pues no sé, también de todo habrá pero poca belleza y simpatía he visto yo. El turco (el idioma) suena raro: “Marabo marabo. Salam talam kaka falà yandayatep dividushi”. O algo así. Dulce no es. No es un idioma para la pasión, por más que se lo pareciera a Gala.

Dedico la totalidad del presupuesto asignado a Cultura a zamparme un homenaje de dips típicos turcos (humus de garbanzos, berenjena y queso con chile) más un plato de unos pescaditos fritos llamados Istravit. No iba yo a dejar de probar un pescado del Mar Bósforo ¡¿no?!

Por cierto, me encuentro un camarero con unos rasgos orientales extraños y le pregunto de dónde es. Me dice que de Afganistán. Tremendo. La guerra. La Nada. Una Nada que forma parte del Todo. Ya es mala suerte nacer ahí. Y si eres mujer no te digo. ¡Que cruel es el Mundo!

Me voy a la Capadocia en un autobús nocturno. Ya empezamos…

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