Recomendaciones del mes. Julio 2.019. Turquia.

EQUIPO. – Pues ahí vamos todos. Algunas altas y bajas. Dos camisetas técnicas nuevas. De la Puja i Baixa de Els Perduts de Begur, naturalmente. La una, cosecha del 2.015. La otra, reserva “Décimo Aniversario”.

TRANSPORTE.- El bus. Me he tirado un mes con el bus de arriba para abajo. De lo probado, las mejores compañías son Kámilkoç, Metro y Gularàs. ¿Que me moje con una? Metro.

ALOJAMIENTO. – En Goreme, Homestay Hostel. Bueno, bonito y barato. Desayuno guay.

Pero el mejormejormejor, la pensión Karahan, en Barhal. Como no hay nada alrededor, gracias al cielo es alojamiento en régimen de media pensión y los desayunos y cenas son deliciosos y consistentes. Para hambrientos.

Para hacer un dispendio (30 €) el Hotel Funda en Trabzon esta muy bien calidad-precio.

En Amasra, en el hotel Bedesten me trataron como un rey. Gracias Ibrahim!

En verdad, los turcos, serios y malcarados, si les tratas bien son un encanto. Me recuerdan a muchos amigos míos de Begur, gruñones y malhumorados que se funden como azucarillos con un abrazo … y me incluyo.

GASTRONOMÍA. – Turquía es un paraíso para los panarras como yo y para los zampabocatas.

El Döner es una delicia. Uno de esos y una cocacola, 2 euritos y ya has comido.

El pan de todo tipo es buenobuenodeverdad, pero el “pide” no tiene rival. Es como el pan de pizza. Y el “como” lo digo por decir porque, en mi opinión, pudiera muy bien ser que la base de la pizza los italianos la sacaran de Turquía. ¿O viceversa? No sé, no sé, me parece a mi que va primero Turquía. Grecia, Turquía… por ahí anda el tema.

También me encantan los dips turcos aunque, en eso, los de Omán son insuperables.

Las cenas incluidas en el precio de la pensión Karahan, repito, son para tirar cohetes.

En Trabzon no se deben dejar de probar las “meet balls”. En cualquier restaurante.

En Amasra, el restaurante Mustafa Amca’nin Yeri. El mejor pescado y una ensalada muy especial, la Amasra Salad, verde con un toque de menta. Te diré que vale la pena llegar hasta aquí por este restaurante. Fíjate. Frente al mar.

También allí bebí, por primera y única vez vino turco. Bueno.

Y en Ankara, el Meşhur Ankara Döneri. Estupendo. Ensalada, dips y el Döner.

INTERNET. – Agoda, portal de hoteles. Es el único con una infraestructura decente en Turquía.

TREKK. – El trekk al lago “13 temmuz karagoldeydik”, a 300/400 metros de la cima del monte Kara Tas, es de lo mejor del Mundo mundial. Las vistas a Kaçkar Dag son inolvidables y la sensación de comunión con la Naturaleza de escalofrío en el cogote. 

PUEBLO/CIUDAD.- Barhal. Un lugar todavía poco dañado por el hombre, en medio de las montañas Karçkar.

Y como ciudad, Trabzon es un ejemplo de la Turquía de verdad.

Y bonito, bonito Amasra, en la costa del Mar Negro.

MENCION ESPECIAL. – Viatja pel Mon, Agencia de Viajes de Palamos. Ivonne y Paco son especialistas en Turquía y me han ayudado en un par de dudas que se me han presentado viajando por aquí. Agradecido.

Y también a Mert Günal guía freelance. Lo conocí en Barhal y me ayudó en un problemilla que me encontré. Un abrazo Mert. Teşekkür ederim.

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Turquia (y 5) Trabzon-Samsun-Amasra. El Mar Negro. Viaje a los ojos del Mundo.

Del Mar Negro sabía, por las novelas de espías, que los capitostes soviéticos, políticos y militares, veraneaban en la península de Crimea, a orillas de ese Mar y, por culturilla general, que es un mar con muy poca salinidad, por lo que te hundes más que en otras aguas. Pues vamos a verlo.

Siete horas de autobús no es lo mejor para mis castigadas rodillas pero hay que seguir. Ya estoy en el Mar Negro, concretamente en Trabzon. Me quedan 10 dias y 800 kilómetros para llegar a Ankara y coger el avión que me lleve a Etiopía, mi próxima parada.

Trabzon es una ciudad amurallada que ha crecido sin ton ni son pero que no carece de encanto. Tiene una historia apasionante de guerras, invasiones, alianzas y saqueos, habiendo sido ocupada, sucesivamente, por godos, griegos, romanos, turcomanos, etc, etc. La miscelánea árabe, desde las abayas qatarís más severas hasta las modernidades más liberadas, pasea por el centro de la ciudad y su bullicioso bazar con toda naturalidad. Y sus famosas “meet balls”, pequeñas hamburguesitas a la brasa, son deliciosas. Aquí los “bichos” picantes son más asumibles y me pongo morado. 

La estética ha cambiado y se ven considerables bellezas árabes con ojazos negros de mirada penetrante. Me llama la atención la cantidad de tiendas de lencería con un innegable erotismo. Parece ser que eso del tapado exterior… vamos, que lo cortés no quita lo valiente.

Un bazar bullicioso, una plaza con la correspondiente estatua del omnipresente Ataturk, padre de la patria turca, un par de avenidas peatonales, las correspondientes mezquitas con sus minaretes… Trabzon empuja a deambular sin prisas y descubrir una autenticidad turca que en Estambul queda, si no muerta porque eso es imposible, gravemente herida y enterrada bajo el peso de millones de turistas de Oriente y Occidente. 

No es que aquí no haya turismo pero, desde luego, mucho menos que en Estambul, el Egeo o la Capadocia y, al venir, especialmente, de Arabia Saudí y los Emiratos, queda mucho màs integrado en el paisaje.

Sigo costa abajo.

Llego a Samsun a las 5 de la tarde. Un conductor de bus asesino me da una vuelta por la ciudad a una velocidad de vértigo con arrancadas, frenadas y bocinazos histéricos, renegando en turco como si le hubiera dado un ataque de psicopatía. Llegó ileso porque mi ángel de la guarda es un tío fenomenal, competente al máximo y, encima, me quiere un montón.

El hotel, para verlo, y està en medio del bazar de la ciudad, pero la habitación es arregladita. Lástima que da directamente a un templo vecino con un Imán especialmente cantarín que entra en mis sueños como un taladro eléctrico.

Samsun, para mi, no tiene ningún interés. Yo aún diría mas: es una ciudad fea que recorro durante dos días sin encontrar el menor atractivo. En la parte antigua, edificios de 10 pisos indecentemente mal diseñados, calles sucias y mal cuidadas, plazas sin ninguna gracia… La parte nueva, avenidas sin personalidad, unas lomas postuladas con más edificios…y el puerto y el mar. ¡Ah!, y en medio un barrio algo así como màs pijo. Se ve que, desde aquí, empezó la revolución por la independencia el repetido Mustafà Kamal Ataturk. Un museo y varios monumentos conmemorativos dan fé.

Parece que es una ciudad próspera y se extiende rápidamente. Donde antes habían campos y verdes colinas ahora se han construido barrios colmena de edificios uniformes. Algunos incluso merecen, por feos y desagradables, una medalla, una banda, una mención honorífica y, si me apuras, las dos orejas y el rabo del alcalde que permite tamañas tropelías. A menos que os interese especialmente la vida del amigo Mustafà, a Samsun ya he ido yo por vosotros. Créedme.

No tengo más remedio que dar placer a mi alma con un homenaje de pescadito a la plancha, una especie de dorada la mar de buena. Seis euros. Turquía es un país muy barato.

Con el espíritu más templado sigo paseando en busca de algo bonito. Nada. Avenidas comerciales que son un festival de consumismo, vendedores ambulantes por todos lados… Nada. Con la belleza que hay en los hábitats de los animales resulta curioso lo mal que se lo montan los racionales para construir los suyos.

Voy a pie a la Terminal de bus. Al pasar por un campo veo un chaval encaramado al techo de su tractor recogiendo ciruelas. Al llegar a su lado me ofrece un puñado. Ya me ha arreglado el día. ¡Que importante es ser buena gente!

Adelante. Devorando kilómetros. 

Amasra es un pueblecito precioso pero no faltan, ni mucho menos, barrabasadas inmobiliarias. Está situada entre rocas y montañas, con dos bahías en forma de curva cerrada y un estrecho puente que une el pueblo con la isla de Boztepe. Según que bahía mires, puede parecer que estás en Llafranch o en Portofino.

Dice la leyenda que, ante estas dos bahías, el sultán Mehmed I, que conquistó para el reino Otomano la ciudad, al contemplar Amasra desde las montañas preguntó a su mentor Laia: “¿Son quizás estos los ojos del Mundo?”

La ciudad  tiene el honor de haber sido mencionada por Homero en la Ilíada. Poco más hay que hacer aquí que pasear, hartarse de pescado fresco y visitar su pequeño pero bien organizado museo de ruinas romanas, pero a mi ya me va bien el descanso antes de pasar a África que, supongo, será un viaje durillo. Esta zona o provincia, Bartin, tiene también unas montañas increíbles que llaman al caminar, pero ha sido un mes intenso, el tiempo se me come y lo que viene merece respeto. Así que lo dejaremos para una próxima vez. ¿Quién sabe?

También me pego un obligado chapuzón. Dos. Lo prometido es deuda. Sinceramente, no le veo gran diferencia con nuestro mar. 

Contemplo en Amasra el último atardecer hasta que el sol tiñe el cielo del rojo rabioso de la bandera turca. Se me ocurre que, quizás celoso de la luna que protagoniza esa bandera, el sol recuerda cada día a esta hora, a los turcos y al Mundo, quién es el astro rey.

Y como el día, el viaje por estas tierras se acaba y pasan por mi cabeza experiencias y recuerdos. Siempre hay un poco de íntima tristeza al acabar el día… y al acabar un viaje.

Una última reflexión:

El Mar Negro también está siendo radicalmente depredado por el ser humano. Eso no es una exclusiva occidental ni mucho menos. Su vida marina también corre el riesgo de reducirse a unas pocas decenas de especies por la sobrepesca y el desarrollo inmobiliario, turístico e industrial.

Dicen que hay, a iniciativa de algunos países de la zona, propuestas de frenar esta degradación pero, la verdad, dudo mucho que contenga la avaricia de las empresas y gobiernos involucrados.

Nuestra especie tiene como denominador común la masacre genocida de la Naturaleza y no parece que vaya a parar hasta conseguir la extinción de todas las especies, extinción que no logrará pero sí la llevará al más absurdo de los suicidios. El puto dinero nos matará.

Último bus y llego a Ankara, una modernísima ciudad con un magnífico skyline que no tiene nada que ver con el resto del país. Nivelazo sorprendente, pero sin poesía. 

Un día de organización del viaje a Etiopía y cojo el avión hacia Addis Abeba. África da respeto. Mucho respeto. Vamos allá.

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Turquia (4) Yusufeli. Los Alpes pònticos. Kaçkar Dag. Entre gigantes.

Pues no he dado yo vueltas para llegar aquí! Cinco autobuses, 26 horas de viaje. “Aquí” es Barhal, una aldea en las montañas Kaçkar. 

De Kahta a Hopa, con una parada y cambio de bus en un lugar del Kurdistán turco de cuyo nombre, si lo supiera, no querría acordarme. De ahí a Yusufeli con otra parada en medio de la nada, concretamente en Veteasaberdonde, y de Yusufeli hasta Barhal por otra carretera endiabladamente estrecha entre las montañas.

Nuevo máster en mi currículum viajero de notable dificultad, con ciertas similitudes al de controlador aéreo e impartido exclusivamente en turco y  lenguaje de signos.

Ya estoy donde quería llegar. Esta es la etapa cumbre de mi viaje por este país. 

La pensión ni siquiera está en Barhal, si no a eso de 1 km de la aldea. El lugar es gloria pura, construido en madera y cemento a varios niveles de la ladera y, nada màs llegar, atardeciendo, me sirven una cena lobezna de sopa de lentejas, ensalada, arroz, patatas fritas caserisimas y pescado de rio. Dormiré en las nubes.

Contrato un guía, Gengis (Cengiz) , un chaval de 23 años que estudia agricultura en la universidad y ahora està de vacaciones.

Empieza el jaleo. Vamos a ver de cerca los gigantes del lugar: Altıparmak Dağları (Los Seis Dedos), Kara Tas y Marsis Dağı. ¿Cuán de cerca? Ya se verá.

Al cabo de 4 horas y pico, pasado el mediodía y rodeados de preciosos paisajes alpinos, se acaba la carretera de pedruscos, comemos un puñado de frutos secos y empezamos a subir por una tartera muy inestable. Las vistas son impresionantes. Se trataría de, o hacer cima del Marsis, o llegar, por un cañón, al otro lado desde donde, en dias claros, se puede llegar a ver el Mar Negro. La cima es imposible en una sola jornada desde Barhal. Nos quedan unos 300 metros para llegar a la entrada del cañón y llevamos más de 2 horas peleando con la tartera con un desnivel de agárrate los machos.

A las 14.30 paramos y el guía me pregunta si estoy cansado. Para no decirle que estoy hecho una mierda le contesto con un lacónico “sí”. Gengis, con mirada de “por favor, por favor, te lo pido”, me dice que él también. Para llegar al cruce falta, mínimo, una hora y media más. Estamos a menos de 20 kilómetros de Georgia y a no mucho màs de Armenia. Mi cuerpo entra en la conversación, sin que nadie se lo pida, y me dice que no me puedo fiar de él para otra hora y media de ascensión por tartera. Ahora es cuando se producen los accidentes. Le digo al guía que volvemos. Suspira y sonríe con agradecimiento. No sabes que rabia me dà reconocer que “no puedo”. ¡Cagoendiez!

La bajada por la tartera es todavía más cabroncilla que la subida y, llegados a la carretera, tiramos recto campo a través. De vuelta al camino, una furgoneta para y nos ahorra los últimos 4 kilómetros.

Pasamos al lado de 3 hombres que han matado una vaca y la están desollando. La tienen abierta en canal encima de la hierba. Una imagen de promoción del vegetarianismo. Llegamos al pueblo a las 18 horas. Han sido mas de 9 horas de caminar, saltar, gatear y dar botes.

Mi pobrecito cuerpo vapuleado y yo, ya en la pensión, nos bebemos 1 litro de agua y una especie de zumo de algo dulce. Esto está tan colgado en la nada que no hay ni coca cola.

Cenamos otro festín turco y me tiro en la cama más muerto que vivo. Me temo que mañana toca ración de agujetas generalizadas… 

Pues no. Estoy cansado pero nada más. Hoy voy a los bosques que ayer tenia a la espalda. Me mantengo en el camino de carro por 2 razones. La primera porque aquí no hay senderos y, para enfilar por el medio del bosque, la pendiente es excesiva. Y segundo porque, me dicen, esto es tierra de abejas, miel y osos y, aunque yo me llevo bien con casi todo el mundo, ya tengo bastantes amigos como para hacerme ahora con los plantígrados.

Dos horitas y media y me bajo porque la predicción meteorològica anuncia lluvias. Justo cuando llego al hotel cae el chaparròn. Me he librado por los pelos.

Hoy han llegado a la pensión un grupo de 15 montañeros. El comedor pierde calidez. Otra magnifica cena de 6 platos, incluyendo las sempiternas sopa de lentejas y ensalada de tomate, pepino y cebolla. Hoy no hay patatas fritas, pero sí berenjena con yogurt. A las 20.30 me voy a mis aposentos. Suena la lluvia en el tejado de madera y el rio ruge furioso. Es una gozada.

Hoy es el día D y la hora H del viaje por Turquía. Voy a hacer un trekking hasta el lago que aquí llaman “13 temmuz karagoldeydik”. Puede decirse que es el último campo base desde donde se ataca la cima del monte Kara Tas, 3.400 mtrs. El nombre turco se puede traducir como “Vestído de piedra”. 

Me presentan al guia que me llevarà alli. Se llama Fahri. Por un momento, me acuerdo del chiste (*) y se me escapa la risa, pero aguanto impertérrito.

Caminamos por el bosque siguiendo una canalizacion de agua entre unos conjuntos de habitajes familiares compuestos de vivienda, graneros y cuadras de ganado. El guia va saludando vecinos. Curiosamente, los turcos se saludan como en mi familía, en lugar de darse dos besos, se dan dos toques a cada lado de sus cabezas.

Solo encontramos en el sendero pequeños rebaños de vacas y corderos con un pastor o pastora escoltados por enormes perros mastines que vigilan nuestros movimientos.

Encaramos hacia las montañas. Otra ves tengo, delante, de derecha a izquierda, los 3 grandes, el Marsis, el Altiparmak y el Kara Tas. Y el  bosque Satibe. Solo el Altiparmak esta camuflado tras las nubes. Los otros dos dan la cara altivos y desafiantes.

Cruzamos un paso de tartera estrecha y complicada con viento frio y desestabilizador. Debajo, nada. No te puedes entusiasmar con el paisaje. Me empieza a doler la cabeza, lo cual significa dos cosas: que me esta dando “soroche” y he de parar para aclimatar mínimamente, y que estamos por encima de los 3.000 metros. Fahri me da un poco de pan con unas rodajas de tomate. Bebo agua.

El tema se va complicando. Frio y mas desnivel. Queda una media hora hasta el lago. Veo delante una tartera fea pero hay un caminito en zig zag que me salva de brincar.

Llegamos al lago a las 14 horas. Seis horas de ascensión. La vista de los Kaçkar desde aqui es… sublime. Sí, sublime.

Bajamos ahora ya todo recto castigando los cuádriceps. El riesgo de lesión es alto, el cielo lagrimea lluvia y arrecia el viento.

Yo no he visto osos pero lo que si me consta es que los pocos campistas que hay, esperando para atacar cimas, llevan escopetas y, por la noche, suenan lo que supongo son tiros al aire de advertencia.

Fahri me enseña una huella que dice es de un.oso pequeño. Cuando alguien le decía a mi padre algo que consideraba peligroso, él decía: “¡Miau!”. Significaba algo así como “¡Malo!”. Pues eso: ¡Miau!

Llegamos a la pensión a las 18 horas. Una jornada de 10 horas. Hoy me he ganado una cerveza. Me despido de Kaçkar Dag.

Y de la montaña al mar. El Mar Negro.

*NOTA. “Eres mas feo que El Fari comiendo un limón”

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Turquia (3). Kahta. El Kurdistan turco. Las cabezas del Monte Nemrut.

Hace 2.000 años, en el sureste de la actual Turquía entre la Capadocia y Siria, Antioco I rey de Comagene, autoproclamado dios, se hizo construir en la cima del Monte Nemrut, 2.159 mtrs, un túmulo funerario de 50 metros de alto y 150 metros de diametro para descansar eternamente lejos de los hombres y cerca de los dioses.

Lo custodiaban unas estatuas de 8/10 metros de altura que fusionan las deidades de Oriente y Occidente (griegos y persas). El rey quería convertir el monumento en una tumba sagrada cuya cámara mortuoria todavía no ha sido encontrada. Hoy, naturalmente, las cabezas de estas estatuas yacen en el suelo decapitadas por el tiempo o, según otra teoría, por salvajes hordas de herejes.

Son las 7.30 a.m. Sube al autobús un oficial del ejército vestido de civil, pero con una visible pistola al cinto, pidiendo a todos el documento de identidad. Estoy en medio del Kurdistán turco y a menos de 300 kilómetros de Alepo, en Siria. Hay cierta tensión en el ambiente. No me gusta.

Le doy mi pasaporte y, al verlo, me dice que le siga. Parece que empieza la aventura. El miliciano en cuestión tiene pinta de duro. Barba de 7 días, estatura media, cuadradote, pelo negro engominado, ray ban de aviador, tejanos, camisa negra y botas militares. Tipo actor de películas de Bollywood de acción. Cara de mala baba.y muy pocos amigos.

Da los documentos turcos a sus adláteres, estos sí uniformados y armados con metralletas, y empieza a mirar el mio con interés. Me dice: “Kan yi pikglisç…”. No le entiendo y se impacienta. A la tercera adivino que me pregunta si hablo inglés….. Le digo que sí y me interroga: ¿Dónde vas? ¿De dónde vienes? ¿Qué haces aquí? ¿Cuando te vas? … Todo con una mirada inquisitiva, recelosa y con un turquinglish difícil de seguir.

Se va, con mi pasaporte, y se pone a tomar el té con otros compañeros. Rien. A los 15 o 20 minutos vuelve. Todo el autobús esperando. Total, nada, me hace perder media hora, me da permiso para volver a subir al bus y seguimos la marcha.

Cuando te pasa algo así en viaje, especialmente con policía o militares, lo primero que tienes que hacer es tener calma y cargarte de paciencia. Pero paciencia de la buena, de la de “La paciencia es la madre de la ciencia”. No la paciencia de “Santa paciencia, que bondadoso que soy porque habría para darles dos hostias. Pandilla de lentos y torpes, añado”. Si huelen tu miedo o tus nervios se divertirán contigo. Ellos tienen todo el día por delante. Y la noche.

Llego a Kahta a las 9 a.m. Estoy a 50 km del Monte Nemrut y hace un calor de justicia. Al mediodía pasamos ampliamente de los 35 grados. No hay hasta el Nemrut transporte público pero, en el hotel, un matrimonio de turcos de mediana edad se ofrecen a llevarme a la falda del monte. Vamos bien.

La ruta transcurre por un valle bastante seco a pesar de estar regado por afluentes del Eúfrates. En el camino paramos en un par de lugares con ruinas milenarias y, a eso de las 17 horas, llegamos al párking de donde se sale para visitar el túmulo. De allí, yo empiezo a caminar y ellos se cogen un bus que les ha de llevar 2 km mas allá donde empiezan unas escaleras que acaban en la cima. A mi la excursión me lleva 1 horita. El paseo no es bonito y en la cima hay demasiada gente. Ni un extranjero por aquí, pero el turismo interior rebosa. Las ruinas sí son inquietantes, cabezas de piedra que hablan de historia perdida en la memoria de los tiempos.También la puesta de sol compensa pero, qué quieres que te diga, tampoco lo voy a recomendar especialmente.

Empieza a hacer frio de verdad. En un par de horas la temperatura baja a plomo, el viento es demoledor y yo estoy agotado. En el bus no he dormido mas de 5 horas y a ratitos. Mañana sera otro día. Pabajo.

Hoy es domingo. El calor es como una losa y me sudan hasta las uñas. No es nada agradable. Me pesan las piernas. Creo que hoy lo dedicaré al descanso y organización de próximas etapas. Y me daré una vuelta por el pueblo que, por cierto, es feo de premio.

Si se viaja, no sòlo se ve lo bonito, se ve y se vive todo. Hay que conocer donde estás. Las paradas de ropa, las frutas, verduras y especias del país, el tabaco que fuman, sus costumbres en el café… y descansar. No te quitan el carnet de viajero por descansar. También la pausa forma parte del viaje y màs con estas calores infernales. Incluso es obligatoria esa pausa si no quieres caer enfermo de agotamiento. No siempre ha de haber acción y jaleo o no llegas lejos.

Soy el único extranjero en la ciudad. Todo el mundo me mira como si fuera un bicho raro. Con lo normalito que soy yo… 

Aquí hay una mujer siria que se cuida de la limpieza del hostal. Está todo el día limpiando, cocinando lavando… El propietario, el recepcionista y el resto del personal turco sòlo dejan de rascarse los huevos para darle ordenes. Bajo a fumarme un cigarrillo y la encuentro sentada a la sombra. Al verme, se levanta corriendo con cara de avergonzada. Le pido con señas que se quede, que por mi no se vaya, pero ella desaparece en la cocina. Me impacta la situación. Sin palabras.

Hoy ceno una brocheta de pechuga de pollo macerado a la turca. Lo sirven con un fondo de arroz, ensalada de cebolla dulce, tomate a la plancha y unos pimientos verdes con pinta picantona. Todo buenísimo pero, cuando pruebo el pimiento… No es picante, es feroz.

Media hora después, ya en el hotel, todavía estoy llorando desconsoladamente. Estos utilizarían el màs salvaje de una ración de pimientos del Padròn para lavarle los dientes al bebé. Horrible.

A 5 o 6 Km de Kahta está el lago Atatürk barajı. Allá voy. Hoy estamos a 38º y 15% de humedad. Ida y vuelta 3,5 horas. Duro. Paisaje desértico hasta el enorme lago. De vuelta, unos tertulianos sentados en un café me llaman, me invitan a un té y hablamos. Nada importante pero, para mi, enriquecedor. Nunca ven forasteros y me piden que les hable de mi tierra. Yo encantado y ellos también. En 15 minutos me encuentro rodeado por más de 30 kurdos escuchándome embelesados como si les estuviera explicando un cuento. La mayoría no entienden ni una palabra y, uno de ellos, va traduciendo. Me parece que se inventa la mitad. Mujer ni una, claro. U oscuro, como prefieras.

Aquí no hay nada más que hacer. Ahueco el ala.

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Turquia (2). Goreme. La Capadocia. El pais de las hadas.

Viajecito nocturno que ha resultado ser un compendio enciclopédico de la miseria humana: niñas y niños mimados, sollozantes y gritones, olores desagradables, teléfonos móviles sonando en todas las formas y a todo trapo, ronquidos sísmicos… Y toda una serie de otras maravillas de la Naturaleza que no menciono porque este blog pretende ser de lectura agradable. La escatología la entierro en mi memoria. Una delicia de noche. Doce horas celestiales.

Ya estoy en Anatolia. Me sueltan a 20 km de mi destino, un último bus y llego a Goreme. El paisaje es semidesértico con unas formaciones rocosas extrañas.

He dormido poquito, pero al llegar al hostel desaparece el cansancio. Es una cueva en una de esas rocas habilitada de hostal familiar, un dormitorio colectivo precioso con paredes de piedra, una cama nueva y radiante, con cortina para más intimidad, y un desayuno completísimo. Una ducha y soy hombre nuevo. Aquí voy a estar de lujo.

Entre pitos y flautas, ha pasado el mediodía y salgo en el pico del calor hacia Uçhisar por el Valle Güvercinlik. Media horita de descanso para tomarme una coca cola y vuelta a Goreme traspasando el White Valley y el Love Valley.

El decorado es tremendo. Las chimeneas de las hadas son una de esas maravillas naturales que nadie debería perderse. Leyendas a parte, estas rocas fueron formadas por erupciones volcánicas y han ido cambiando con el paso del tiempo, por la mano del hombre y la erosión producida por la lluvia y el viento. Un paisaje surrealista.

Entrando en el llamado Valle del Amor me pongo alerta no vaya a ser que haya en el ambiente traidores sentimientos emboscados. Pero no, ningún problema. Sendero resbaladizo y peligroso con arena pesada y subidas y bajadas taquiarritmicas. Quizás de eso viene el nombre de “Valle del Amor”, en modo alegoría, aunque las formas fálicas de algunas de las rocas me hacen pensar que más bien por ahí van los tiros.

Total, 6 horas de trekk por un lugar de cuento. Voy a dormir plano.

Hoy toca Swords Valley y el Valle Rosa hasta Cabusin, me acerco hasta la zona del Standing Man y de vuelta a Goreme por el Valle Rojo. Creo que ya he visto todos los colores de valles. En el Rose Valley me he encontrado un regalo. Tras pasar túneles, grutas y cuevas, en una de ellas encuentro lo que resulta ser una iglesia con unas pinturas religiosas bien conservadas. Está ahí para mi solo.

Aquí hay bastante turismo pero, como siempre, todos se apilan en los mismos lugares donde los llevan con todo tipo de vehículos: todoterrenos, autobuses, quads, globos, a caballo, en camello… Yo, ni máquinas ni animales. Mis 2 patas y andando que es gerundio. Así tengo mi Capadocia privada, claro que eso significa, cada día, 6 ò 7 horas bajo un sol de justicia y eso sólo lo hacen los locos. No sé. Cada uno es de su padre y de su madre.

Lo que sí sé es que, aunque he llegado totalmente agotado y deshidratado, la sensación de estar solo en el Mundo es tremenda. Es cierto que me he encontrado en algún apurillo porque el sendero se convertía en un tobogán de piedra o, simplemente, desaparecía. En un punto he sentido aquella sensación de que no puedo ir para delante ni para atrás. Es un tanto estresante. Pelín de miedo, incluso. Respirar hondo, tensar músculos, decidir dirección, y… mucho ojito.

La experiencia es un grado pero sí, claro que me puedo equivocar y… Algún día se acabará todo. Una mala decisión, un resbalón y good bye. Qué se le va a hacer. A veces lo pienso: “Chaval, si aquí te pasa algo no van a encontrar de ti ni los cordones de los zapatos”. Tampoco aspiro a un funeral de cuerpo presente. Qué mas dará.

La gente en la Capadocia es de mucha mejor pasta que en Estambul. Los del hostel y sus amigos siempre tienen tiempo y ganas para hacer tu estancia agradable. El precio: respeto y sonrisas. Nada más.

Me he reencontrado también aquí con una chica francoargelina muy maja, Saida. Es enfermera en Estrasburgo, estaba en mi misma habitación en el hostel de Estambul y ahora tomamos cada día una cerveza juntos al acabar la jornada. Buena gente.

Nueva jornada. Salgo del Red Valley, entro en un paisaje mas siciliano que capadocio y aparezco en un pueblo llamado Ortahisar. Me siento en un colmado para descansar un poco. Suena una música melódica turca y hace calor, mucha calor. Estoy cansado y es música triste. Supongo que la letra trata de amor. Me pregunto qué hago aquí. “Caminar, muchacho, caminar” , me digo. “Como siempre” . Me quedan 2 horitas más para volver a “casa”. ¿A casa? Fuera tan fácil. 

Me encuentro una tortuga en medio de un sendero. ¡Qué curioso! ¿Qué hará aquí? Supongo que se habrá despistado.

Viene hacia mi un agricultor con un tractor. Voy a tragar polvo. Le saludo alzando la mano, se para y me ofrece llevarme al pueblo. Declino la invitación y le doy la mano con agradecimiento. Su mano es como papel de lija por años y años de duro trabajo de sol a sol. Y nosotros nos quejamos. Me pregunto que será de la débil sociedad occidental en caso de… problemas. Más vale que cuidemos el planeta.

Sí, la sociedad occidental debería fortalecerse un poco…

Consejo de Viajero:

Bebida. Por mi parte, acostumbro a mi cuerpo a situaciones incómodas. Cuando hago trekks de varias jornadas no puedo cargar abundancia de agua así que, todos los días, antes de empezar a caminar, bebo 1 litro de agua y, para el resto, llevo como medio litro. No suelo beber más salvo que encuentre algún lugar que la vendan. Cuando acabo, me hidrato y tomo el azúcar que necesito. Bebo todo tipo de líquidos: agua, desde luego, limonada, naranjada, coca-cola,… pero, entre tener ganas de beber y tener sed hay el mismo trecho que entre tener ganas de comer y tener hambre. Es un largo trecho.

Comida. Cuando trekkeo no suelo comer. Desayuno copioso y cena normal. Para comer, algo de fruta o verdura, un trozo de pan con queso o embutido o, máximo. 50 gramos de ensalada de pasta o arroz. Comida fría siempre. Una comida caliente fuerte, ejercicio duro y calor es una buena combinación para la lotería del soponcio.

Otro sí digo: Si encuentro un buen restaurante con comida casera tampoco suelo variar y ceno siempre en el mismo lugar. Eso crea lazos, te tratan bien y siempre hay sorpresas y detalles enriquecedores. La fidelidad tiene premio.

Agoto mis últimos 2 días recorriendo estos valles de colores de los que ya conozco rincones y agujeros. Ahora que, aunque parezca un juego de palabras, Saida ya se ha ido, por las tardes tomo un té con Mustafá, un viejo musulmán que he conocido. Es muy religioso. Como no tengo ningunas ganas de enseñar y sí de aprender, pregunto y escucho más que hablo.

Mi forma física ha mejorado mucho y la Capadocia ya está vista. Me voy hacia las montañas.

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Turquia (1). Estambul. La viuda virgen. Eurasia.

Parece ser que, en casa, tengo un gato. Negro. Bueno, no es mio. No hemos firmado nada. Se ve que le ha gustado el felpudo de la entrada de mi casa y duerme allí. Y todo el día gandulea por el jardín tomando el sol. Al atardecer, desaparece unas horas hasta cerca de la medianoche. Como decía la rumba del gran Gato Perez, “Nadie sabe donde se encuentra con su gatita”. Ya se sabe que los gatos son parranderos.

Ahora me he ido yo. Quizás me eche de menos. Yo me he ido a Turquía. No se cómo quitarme la sonrisa de la cara. Otra vez en viaje. Es mi estado natural.

A mi me gustan los animales, pero es obvio que tener una mascota es algo que no coordina con mi vida nómada. Como otras muchas cosas. Si el gato maullaba le daba una lata de atún y, a veces, tomábamos juntos un rato de sol de primavera en la terraza con un vino. El vino solo yo, claro. Asi que nos llevábamos bien pero ni él es mio ni yo soy suyo. No le he puesto nombre. Ahora que me he ido tendrá que buscarse la vida y lo harà. Los gatos son muy independientes. Me gustan. 

Pues eso, que ya estoy otra vez en viaje y todo lo que tenia en casa ya no està. Otra vez se abre el telón. Nueva vida. Y, de primero: Estambul.

¿Por qué Turquía? Bueno…, a mi me da igual ir a Pernambuco que a la Conchinchina, lo importante es viajar, pero la Vuelta al Mundo tiene sus “cosas” y ahora toca empezar a bajar por el África Oriental. Y Turquía me pareció una buena forma de acercarme. Eso de estar entre Europa y Asia para luego pasar a África… me dá vidilla. Aunque no tenga ninguna lógica.

Si señor, estoy en Bizancio, que luego se llamó Constantinopla y, hoy, Estambul, una de las ciudades con más Historia del Mundo. Alguien la llamó “la viuda virgen tras mil esponsales”. Es la única ciudad del Mundo que pertenece a 2 continentes. Solo le discute ese honor la rusa Ekaterimburgo, pero soy testículo de que allí la frontera, o por lo menos el monumento que la marca, está a unos kilómetros del centro urbano.

Estambul es una ciudad enorme. A una y otra orilla del Bósforo, 15 millones de habitantes, mas ilegales y turistas. Una muchedumbre.

Voy a pasarme algo así como un mes por Turquía. Creo que me va a gustar.

El vuelo hasta aquí, pues bien. Compañía ucraniana y escala en Kiev, lo cual vale para constatar y confirmar que las soviéticas son la mar de guapetonas y los soviéticos serios y disciplinados. Y también que los musulmanes rezan un montón y sus mujeres van muy, pero que muy tapaditas. Una situación incómoda diría yo. Pero no diría nada más.

En mi primera jornada en Estambul empiezo por los obeliscos del Hipòdromo, Santa Sofía y la Mezquita azul, luego el Palacio Topkapi, el Gran Bazar, y el Bazar Egipcio. Un hartón de minaretes, delicias turcas y especias. Mezcla impresionante de olores, sabores y colores. Una paradita de media hora en un parque para comer un sandwich de embutido y un huevo duro que, no sé cómo, ha aparecido en mi fiambrera desde el bufete del desayuno, y a por más camino.

Por el puente Gálata se cruza a la ciudad nueva donde la moderna Turquía se va abriendo paso entre la historia a base de grandes avenidas comerciales, callejones con restaurantes chics y algún rascacielos. La economía turca parece que va viento en popa. Dicen que, en la primera década de este siglo, construyeron más de 50 rascacielos y casi 150 grandes centros comerciales y que, a partir de ahí, siguen acelerando a demasiado buen ritmo lo que se llama “desarrollo”.

El Lorenzo turco pega fuerte y los zumos de fruta fríos son una tentacion en cada esquina pero, yo, me resisto y me lanzo a la cerveza.

Acabo la jornada de 8 horas ante un Urfa Kebab, una carne de ternera de lo mas mejor superior. Le pongo un picante ahumado local que me hace saltar las lágrimas de emoción

En los días restantes me paso a la zona asiática de Kadikoy, quizás más comercial todavía que la europea. Si cabe. Nunca había visto tanto restaurante junto. Ya de vuelta a Europa, callejeo topándome con más y màs mezquitas, columnas, el Parque Gulhame, el acueducto Bozdogan y mercados varios. Y todo ello amenizado por los cantos religiosos de los imanes musulmanes que, a mi, con todo respeto para unos y otros, siempre me recuerdan las bulerías andaluzas. 

Lo que más me gusta es caminar, pero también las cosas bonitas. Sea un edificio, una flor, una montaña o una ciudad. Y también las personas bonitas. Por dentro y por fuera. De esto último no he tenido todavía el gusto. Estambul es muy turístico y sus gentes… listillos y chulapones. De todo hay pero diría que se les ha subido el turismo a la cabeza.

Los Estambulenses, o como se llamen, son pesaditos con el español (el idioma). Todos hablan un estupendo castellano: “Gracias”, “perfecto”, “uno/dos/tres/cuatro/cinco”, ” hola hola coca cola”… Aparte de eso, mucho joven modernillo, la mayoría de riguroso negro o blanco impoluto y con tendencia a la alopecia, barba y fuertotes de gimnasio proteínico. Ellas… pues no sé, también de todo habrá pero poca belleza y simpatía he visto yo. El turco (el idioma) suena raro: “Marabo marabo. Salam talam kaka falà yandayatep dividushi”. O algo así. Dulce no es. No es un idioma para la pasión, por más que se lo pareciera a Gala.

Dedico la totalidad del presupuesto asignado a Cultura a zamparme un homenaje de dips típicos turcos (humus de garbanzos, berenjena y queso con chile) más un plato de unos pescaditos fritos llamados Istravit. No iba yo a dejar de probar un pescado del Mar Bósforo ¡¿no?!

Por cierto, me encuentro un camarero con unos rasgos orientales extraños y le pregunto de dónde es. Me dice que de Afganistán. Tremendo. La guerra. La Nada. Una Nada que forma parte del Todo. Ya es mala suerte nacer ahí. Y si eres mujer no te digo. ¡Que cruel es el Mundo!

Me voy a la Capadocia en un autobús nocturno. Ya empezamos…

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