Recomendaciones del mes. Octubre 2.019. Mozambique y Madagascar.

EQUIPO. – Nuevas piezas marca NF  (“No te Fijes”). Refuerzos para la sección FRIO.

TRANSPORTE. – Dificilísimo el transporte en Mozambique. Las chapas son horribles. Atiborradas, sucias, sin mantenimiento alguno, incomodísimas, kamikazes… Lo jodido es que hay muy poca alternativa.

Las barcas chapa, para ir a las islas, son una variante… acongojante. Estas no pisan suelo firme.

En Madagascar los taxi brousse son mas de lo mismo pero aquí si hay alternativas. Varias compañías como Cotisse tienen micro-buses algo mas cómodos. Siempre hay que intentar reservar el asiento de ventanilla al lado del conductor.

ALOJAMIENTO.- Un lujazo, en Isla Mozambique, el Patio dos quintalinhos, Casa do Gabriele. La piscina, con las calores que hacen en la Isla se agradece un montón.

En Pemba, el Russell’s Place, Magic Pemba Lodge, es un chollo si se consigue una cama en el dormitorio común. Buena comida en el bar.

En Ibo me gustó el Miti Miwiri. Se puede conseguir buen precio fuera de temporada.

En la capital de Madagascar, Antananarivo, Maison Lovasoa es tranquilo, agradable y a buen precio. Restaurante flojo.

El Camp Catta es un buen campamento en el valle Tsaranoro como base para hacer caminatas sencillas.

GASTRONOMIA.- En el Pemba Magic Lodge, Russell Place, se come muy rebien. El plato de “frutos de mar”, con langosta y todo, está muy bueno y el atún a la plancha más.

En Ilha Moçambique hay que ir al chiringuito Mariamo y sacudirse entre pecho y espalda un “peixe petra” con arroz y patatas fritas.

En Ibo, preguntad por unas casas de comidas llamadas Chico’s y, sobre todo Benjamin’s. Si reserváis, entrareis en verdaderas casas del pueblo, probareis comida realmente local y ahorrareis dinero porque los lodges son careros. Además, veréis Ibo de noche, absolutamente seguro, y os llevaréis imágenes impagables.

El mestizaje de las calles de Antananarivio, la capital de Madagascar, se refleja también en su gastronomía y puedes, al mediodía, comer nems coreanos y arroz cantonés y, por la noche, cenar un festín de carnes al más puro estilo argentino o brasileño o un menú con pretensiones de nouvelle cousine en un bistro de convincente aire afrancesado. Curioso el Carnivore, una experiencia. Buffete de carnes. Un hartón de carnes. Un día es un día.

En Ambalavao, Hotel Bougainvillees. Recomendado como restaurante y como alojamiento pero las habitaciones son un poco caras. Desayuno pantagruéluco. Algo mas barato, Residence Betsileo.

Dos especialidades malagaches recomendadas: Ravitoto, una especie de pesto de acelgas con carne, y Saramasu, algo así como un potaje de judías con lo que quieras. El de salchichas está muy bueno. Siempre con prudencia la primera vez.

TREKK.- Cualquier paseo por las montañas de Gorué es una gozada. Me quedé con las ganas de subir el Monte Namuli.

En Madagascar una visita a un poblado zafimaniry es un trekk bonito, barato e interesante.

PUEBLO/CIUDAD.- Antananarivo es la única capital de África oriental con encanto. Pasead sin miedo, pero ojo con los carteristas en mercados y estaciones. 

INTERNET.- En la red hay un blog, alasyviento.es, la mar de interesante como lectura viajera. Pesa mucho menos que un libro, te hace pasar el rato y da ideas. ¡Toma autobombo! 

VARIOS.- No hay. 

MENCIÓN ESPECIAL.- Benjamín, en la isla de Ibo, es un guía local que organiza excursiones por el archipiélago a buen precio. Regatead. Es una buena alternativa, más sencilla y básica, a los tours que organizan los lodges. Auténtico. 

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Mozambique (y 5) Ibo. Archipiélago Quirimbas. Paraisos de mentira.

Día de elecciones. Todo cerrado. Los pocos blancos que hay en el lodge matamos el día en el bar. Hoy sí que mejor quedarse quieto.

Como recuerdo de la agradable noche en la estación de autobuses de Nampula tengo el cuerpo trinchado de picadas. Sembrado. El escozor es desesperante y ya no me queda calmante. Tengo el estómago revuelto. Como buena noticia mi herida del mordisco se va secando y parece que cura bien. 

Cada día de viaje en África es una prueba con nuevas dificultades, obstáculos y quebrantos. Superas uno y viene otro, o dos más. Es agotador.

Otro madrugón, otra chapa, otra salvaje paliza en los riñones, otro viaje delirante de 5 horas, dando brincos por unas pistas imposibles hasta Quissanga. Allí hay que esperar 4 horas, a la sombra un baobab, a que suba la marea y poder llegar a Ibo. ¡Cuatro horas! …

El “navío” que me lleva a la isla es poco más que una patera, una chapa que navega con unos 20 pasajeros mozambiqueños y un… blanco. La tripulación es un capitán, con pinta de malas pulgas, ayudado por un chavalín como de 14 años. Una horita y media más de travesía que paso haciendo cadena con el grumete para, con un recipiente de plástico, achicar el agua que va entrando por una buena vía bajo el cascarón. No sé si es una imagen de drama o de chiste. Tragicomedia africana. 

De verdad que esta gente me sorprende. Por lo menos, una sorpresa cada día me la dan. Yo ya empiezo a sospechar que se han compinchado todos y exageran para que alucine con los desastres de su día a día. Todo es de una desorganización, falta de medios y de ganas apabullantes. Un buscarse la vida a pedazos y trompicones.

Al final, para hacer 150 kilómetros me he levantado a las 3 de la madrugada y he llegado a Ibo a las 3 de la tarde. Doce horas. Todo yo polvo y sal.

Me pregunto que hicieron durante 100 años los europeos en este país y en todo el continente para que esté tan… tan fuera de siglo. Y también como se lo han hecho los africanos para desperdiciar lo que hicieran los colonialistas aquí, por poco e interesado que fuera. Por cierto, no sé quién ha ganado las elecciones. Me da la impresión que no importa mucho porque nada va a cambiar.

Las Quirimbas se vende como un archipiélago de “islas paradisíacas”. Aguas turquesas y esmeraldas, playas de arena fina, las correspondientes palmeras…En realidad sólo en un par o tres de las 34 islas hay playas así y, además, durante la marea baja se convierten en arenales infinitos hasta que la marea alta las hace desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Poco te dura el paraíso.

La Isla de Ibo es un pueblo ruinoso en la punta norte y todo lo demás manglares y bosque. La playa es prácticamente inexistente a menos que llames así a cenagales y arenales que se inundan con la marea cercando el pueblo hasta las puertas de las casas.

Hace 6 meses, un tifón azotó Mozambique con saña y aquí le dió fuerte. El pueblo parece salir de una guerra. Totalmente destartalado. Podría ser una imagen de Alepo. Varias carpas de campaña de la Unicef con servicios básicos como dispensario y escuela refuerzan la impresión de conflicto o emergencia. Dicen que el fondo marino también salió muy mal parado. Eso no lo veré. Mi herida no quiere mucha agua mientras se va secando así que, para ver fondos, tendré que esperar a Madagascar.

Conozco a Benjamín, un guía local con el que quedo mañana para ir a Quirimba una isla vecina, ida a pie, con la marea baja, y vuelta en barco. También he encontrado un guesthouse que me han hecho buen precio y un par de casas de comida local donde encargo para las próximas cenas. Aquí, si no avisas que vendrás, o no tienen nada, ni dinero para comprarlo, o has de esperar a que vayan a buscar algo y, después, que lo cocinen. Es economía de mínimos, economía de subsistencia. 

La caminata hasta Quirimba son 3 horas y pico por caminos entre los manglares, a veces pisando charcos, las más con un palmo de agua y otras con el agua hasta las rodillas. En la orilla, nos acompañan unos curiosos cangrejos mancos, con una sola pinza, que parecen una broma de la Naturaleza. Me sugieren una reencarnación de castigo del Capitán América. Pasas algún río, aquí ya mojándote hasta la cintura, pisas barro y, en trechos, roca o arena hasta llegar al poblado con una piscina natural de agua clara y, todo lo demás, arena hasta que, otra vez, suba la marea. Creo que no había caminado nunca por un terreno así y tiene su guasa. Es dificultoso y cansado.

El lugar, Quirimbas, es típico de tirarse a la gandula, el paradigma de vacaciones en una playa africana de verdad. Sin puestecitos de mercado ni bares, solo una aldea de chozas, sucia y pobre, ajena al turismo que, prácticamente, por lo menos ahora, no existe. Una comida de arroz, pescado y yuca en el único campamento de la isla, bàsico a más no poder, y me lanzó a una hamaca bajo los árboles.

Y para volver otro cascarón con el que navegamos por donde esta mañana caminábamos y llegamos a Ibo ya atardeciendo.

Este es realmente un sitio para descansar y eso hago durante los próximos 2 días. Podría apuntarme a perderme por estas islas con un barco pero no me apetece. Algunos turistas lo hacen y seguro vislumbran lo que es “salir de la zona de confort” con una o dos noches “aventureras”. Està bien.

Yo, sòlo paseos tranquilos aunque en el pueblo poco hay que ver. Quizás los “fortinhos” de San José y San Antonio, fuertes en miniatura o, más bien, torres de vigía, una iglesia que fué y ya no es, la Fortaleza de San Juan Bautista y, desde luego, la mísera pobreza y decrepitud de desastre de este paraíso de mentira. Y por las noches, una inmersión en la gastronomía local cenando lo que me dan en las casas de comidas: pescado, camarones, arroz de coco, matapa, cerveza de mandioca…

Y vuelta a Pemba, por última vez. Mañana toca avión, toca viaje, toca cambiar de país.

Mozambique ya se acaba, y alguna vez estos días he pensado que él acabaría conmigo. No sé cuál diría que es el país más difícil de África. Todos tienen poderosos argumentos para presentar candidatura a ese premio pero, desde luego, en todo caso, Mozambique estaría en el pódium de los 3 campeones.

Sí, Mozambique ya se acaba y hay que coger fuerzas. Mi herida, toco madera, parece que está casi curada y sigo adelante. Me voy a Madagascar y, en Madagascar, si la salud me acompaña, tengo pensadas un par de cosillas que… ¡A ver si salen!

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Mozambique (4) Gurué. Problemas. Hijos de perra.

Me instalo en la misión católica del Sagrado Corazón de Jesús de Gurué. La atienden 2 simpáticas y dicharacheras señoras del pueblo que me hacen un interrogatorio completo, supongo que para saber si soy digno de alojarme en un lugar con aura tan… religiosa. Son unas instalaciones solitarias que un día fueron seminario y que hoy no sirve más que de hospedaje. No creo ni que se hagan misas en la capilla. Parece ser que apruebo el examen y me dan una típica celda de novicio. Más que suficiente para mi.

Se está haciendo tarde y ya aprieta el calor así que, solo dejar la mochila, salgo a buscar la Casa dos Noivos que resulta ser una subida de 2 horas, entre enormes plantaciones de té, hasta el bosque que hay en la misma base de las onduladas montañas que dominan Gurué.

La gente aquí es de estatura baja, fuertes y compactos, facciones chatas muy oscuras, la mayoría pobres de solemnidad, respetuosos y de buena pasta. Unos recolectores de té me explican que la Casa dos Noivos era un lugar donde se organizaban bodas. Debió ser una preciosidad, con grandes escaleras, estancias y fuentes pero, supongo, se abandonó también cuando las familias portuguesas ricas dejaron Mozambique. Hoy no quedan más que unas ruinas que va devorando la maleza.

La excursión es preciosa y me hubiera gustado seguir para ver si se podía subir alguna de las montañas que tengo delante pero, por hoy, no doy para más. Con bajar, que seguro va a ser una horita y media más, voy que chuto.

Entre unas cosas y otras no he parado de caminar desde las 8 de la mañana y son las 4 de la tarde. Una ducha reparadora, cena temprana y me meto en mi celdilla, de retiro espiritual. No hay nadie más que yo en todo el recinto y el lugar es paz absoluta. Mañana me voy otra vez de caminata a buscar unas cascadas de agua que, parece ser, están a unos 6 kilómetros de la ciudad entre estas montañas graníticas.

Niños, montones de niños harapientos. Es día de colada en el río. Las mujeres cargan como burras patatas, ropa y leña. Todas alucinan con mis pulseras, se paran para preguntarme de donde son e incluso me las quieren comprar. No tienen ni para comer como Dios manda y se gastarían dinero en abalorios. Hay cosas que no cambian en ningún lugar del Mundo.

También en este lado la montaña está sembrada de té y recolectores van y vienen con sus cestas llenas de hojas. “Bom día”, “Boa tarde”, “¿Como está?“, “Obligado”….

Las cascadas son magníficas y me llego hasta el nacimiento de la caída con unas vistas cinemascópicas. Podría continuar el sendero incluso hasta el monte Namuli, pero, según el GPS, son unas 6 u 8 horas más y, ni tengo la forma adecuada, ni voy preparado. Se trataría de entre 35 y 40 km y eso no veo posible hacerlo en un día.

Y, sin comerlo ni beberlo, en un abrir y cerrar de ojos aparecen problemas… Llegando al pueblo, de una casa salen hacia mi, disparados, 5 perros ladrando y gruñendo y uno de ellos me muerde en un gemelo. Eso siempre es un percance pero en África puede ser un susto gordo. Parece que el hijo de perra ha pillado la parte más dura y, entre el pantalón y el musculo, no ha conseguido hincarme bien el diente, pero es un mordisco. 

Sangro poco y aunque no me duele en exceso tira para el Hospital porque el peligro de infecciones es obvio. Y el Hospital… para verlo. África total. Limpian la herida, vacuna antitetánica y andando. El propietario de los perros, un africano rico con un taller de reparación de coches y chapas, me enseña el certificado de vacunación de la jauría de cabrones. No parece que pueda haber peligro de rabia pero, a saber. Desde luego no las tengo todas conmigo.

Espero que la herida no se infecte, lo cual es complicado porque no estoy, precisamente, en una burbuja aséptica. Ya ves, momento y lugar equivocado. Por ahora no da para cojera pero si para preocupación. Y el golpe está. Gajes del oficio.

Se ha hecho noche cerrada. Es sábado, hay mucha gente en el centro, manifestaciones y desfiles de los partidos. Corre el alcohol y sube la temperatura. Llegando a la pensión, inquieta el descampado. El mordisco me duele cada vez más. Miro al cielo y me doy cuenta de que, tras unos feos nubarrones, hay una preciosa luna llena.

La noche ha sido plácida y parece que todo evoluciona sin problemas. La herida no duele demasiado, no hay inflamación y no tiene mala pinta. Toca volver hacia Pemba, es decir, toca sesión de chapa. Partiré el viaje en 2 jornadas, pero he de llegar hoy, como sea, por lo menos a Nampula y, si fuera posible, seguir dirección Pemba.

Nampula, 6 pm. Otra vez llego de noche y está ciudad tiene muy mala fama. Habrá que ir con ojo. Después de preguntar, para contrastar, a 3 ò 4 personas sobre cómo he de hacer para seguir viaje, me subo a un moto-taxi y me lleva a la estación donde, a las 4 de la mañana, saldrá el bus a Pemba. A las 3 he de estar aquí, todavía he de cenar y casi son las 20 horas así que deberé hacer noche en la sala de espera.

Además, no me apetece nada ir a estas horas a buscar una pensión por la ciudad. Ni a pie ni tampoco en moto porque el tráfico, incluso a estas horas, es bastante delirante y sólo me faltaba ahora un accidente.

Aquí hay una verdadera sicosis de inseguridad. Cuando esperaba mi equipaje, ya el motorista me ha hecho cambiar de lugar porque me decía que el tío que estaba al lado buscaba robarme. En el restaurante, he salido a fumar un cigarrillo y me han hecho entrar a fumar en el comedor porque dicen que fuera no era seguro. En la estación hay personal de seguridad y mucha gente esperando. Hay mucho mosquito y, para abreviar elegantemente, otros bichos. Ya dormiré en el bus. O no.

Cuántas historias hay en una sala de espera de estación o aeropuerto. Tengo al lado una pareja jovencísima que parece de traslado a una nueva vida. Tienen cara de pena. Naturalmente hay niños a patadas en toda la sala. Caras cansadas o algo así. Yo también estoy cansado. La gente extiende paréos y sábanas en el suelo y duerme tranquilamente y es que no creo que en su casa tengan más comodidades. El África cotidiana es durísima, es un no parar de miserias y tristezas devoradoras de ilusión.

Pasa la noche, la noche siempre pasa por más mala que sea, y me plantó en Pemba a las 9.30  En la estación no he pegado ojo pero he dormido en el bus todo el viaje.

Voy muy atrasado de trabajo viajeril así que me quedo aquí quietecito un par de días. Solo un par de días, después, otra vez madrugón y me voy a la isla de Ibo, en el archipiélago Quirimbas. Es el final del viaje por Mozambique. No hay tiempo que perder.

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Mozambique (3) De Ilha Moçambique a Gurué. Tremendo viajecito. Las chapas y la vida de las gallinas.

Me voy a ir a Gurué. Sí, sí, ya se que dije que no iría allí para evitar meterme en líos. Sí, ya lo he confesado: en estas cosas de la prudencia no soy muy de fiar. Pero es que empecé a darle vueltas al tema…

Ya estoy cansado de sol y playa. Soy culo de mal asiento y la inactividad me pone nervioso. Y tampoco será para tanto, son unas elecciones y la gente está revolucionadilla pero, al fin y al cabo, mucho será que me meta en un problema ¿no? Y eso toca cuando toca. También puedo pegar un resbalón en la piscina y romperme. Se trata de estar en el momento y lugar equivocado, pero nadie sabe ni el momento ni el lugar. Con cuidadito no pasará nada. Y si no, ya vendrá el 7º de Caballería. En las pelis funciona.

Me prometo estar a buen recaudo antes del día de las votaciones. Según como se lo tomen los perdedores, por lógica lo más complicado será entonces. Definitivamente, me voy para Gurué.

Mozambique es uno de los peores países del Mundo en comunicaciones. En las chapas puede pasar de todo y, de hecho, pasa de todo. Hacer 400 km aquí es un juego de rol en el que vas cogiendo tus cartas como van viniendo. Y necesitas suerte. De entrada para ir a Nampula, donde se supone hay un cierto tráfico de transporte, me apunto, compartiendo gastos, con un amigo del propietario del guesthouse de Isla Mozambique que va en coche. Son 7 $ y el dispendio vale la pena porque, si voy en una chapa, tendría que hacer noche allí. Desde Nampula tendré que ir cogiendo “transporte” que me vaya acercando a Gurué. Veremos. Hoy mejor será ir a dormir unas horas.

Salimos a las 5 am y llegamos a las 7.30. Me dejan directamente donde salen las chapas para el oeste, me embarcó a las 9 en una y desembarco en Alto Molocue a las 11.30.

Dos horas y media increíbles y, sobre todo, una lección magistral de ocupación de espacio. Cuento 15 plazas, más 2 delante y el conductor, lo cual juraría que suma 18 asientos. Pues no, eso aquí suma 25 adultos mas 3 bebés. No hace ninguna falta que los pies toquen el suelo ni que tengas o no respaldo porque unos cuerpos aguantan a los otros como en esos juegos en que, si quitas determinadas piezas, todo cae como un castillo de naipes. Tengo calambres hasta en el culo y piernas y manos están como si hubiera dormido encima mio un camello.

Sin tiempo ni a desenredarme los músculos, en Alto Molocue cojo otra chapa antes de mediodía. Va a Quelimane, hacia el sur, pero me deja en Nampevo donde hay un desvío a Gurué. En esta cuento 10 plazas más la del conductor, pero el maletero está trucado con una especie de… no sé, llámale asiento de 3 plazas más. Total 14 plazas… donde cabemos, a saber cómo, 20 adultos, 3 niños, 2 bebés y 4 gallinas. Y no se si me dejo a nadie porque apenas puedo mover el cuello y puede haber gente o animales bajo los bancos o en el techo. Hace mucha calor y la mezcla de olores es agresiva. Las corrientes de aire que entran por las ventanas son males necesarios que nadie se atreve a discutir. Una locura que dura casi 3 horas.

Y ahora que digo gallinas, por asociación de ideas, me parece discutible que haya gente en Occidente cuyas actividades de generosidad y solidaridad prioritarias sean mejorar las condiciones de vida y transporte de nuestras gallinas, cerdos y ganado en general. Incluso parece que se estàn organizando partidos cuya razòn de ser es el bienestar animal. No lo crítico, soy animalista convencido pero… 

Sinceramente creo que unos días viendo lo que es la vida cotidiana de la gente en África podrían cambiar las prioridades de algunos. Respeto todos los activismos que tengan unos valores correctos, modernos y justos aunque, precisamente de acuerdo con esos valores, creo que deberiamos tener claras unas prioridades obvias. Es mi opinión.

En África la gente vive y se la transporta como ganado pero, como la realidad de África no existe, si no que es algo que yo y algunos pocos más hemos soñado, pues no hay nada que protestar. África es eso tan bonito de los safaris y los leones y esas playitas tan chulas con palmeras que salen en los documentales. Y es lo de Memorias de África, con esos protagonistas tan guapos y elegantes y esa música tan romántica y evocadora. Nada que preocupe.

La ignorancia del mundo que nos rodea es una enorme fuente de felicidad pero habría que hacer por mirar un poquito más allá y quitarnos las gafas de leer para ver un pelín mejor de lejos. O de más cerca, según como quieras verlo porque, entre la ternera de Girona y otros seres humanos, por más negros que sean, no se qué o quién es más próximo.

Y es que este Mundo está todo hecho una mierda y corremos el peligro de que, mientras nos ocupamos de la vida de las gallinas, se nos sigan muriendo a puñados, de SIDA o en partos sin asistencia, niñas africanas de 12 y 13 años por falta de educación sexual y planificación familiar, o que bandidos sin escrúpulos continúen con su demoníaco tráfico de órganos y secuestro de bebés, o que nos olvidemos de que en algunos hogares tercermundistas se festejan los nacimientos de un niño ciego o tullido porque aseguran caridad para malvivir toda la familia, o… o un largo etcétera de miserias absolutamente increíbles para nuestros cerebros, así que… no se yo.

Y al que me diga que nada tienen que ver unas cosas con la otra serà porque yo no me explico y, por tanto…que siga con lo suyo y todos contentos. Yo ya he soltado lo que pensaba, me quedo tranquilo y ahí lo dejo. Con todo el respeto, insisto. 

Perdón, me he ido de tema. Es que estoy enfadado con el Mundo. Vuelvo.

En Nampevo pillo el último de esos puñeteros artefactos con ruedas que me están paseando por medio Mozambique. Más de lo mismo y, en 2 horas, que se doblan por esperas y paradas, a las 6 pm llego a Gurué. Un total de trece horas de viaje desde Isla Mozambique, unos 500 km africanos. Siento un pinchazo insistente en la espalda.

Ahora he de espabilar para encontrar alojamiento. Como ya es de noche me meto en la primera pensión que encuentro. Solo necesito una ducha, un restaurante y una cama y, un poco caro para lo que es, lo encuentro rápido. En la ducha, de mi cuerpo sale un suquito marrón que parece que me he llevado medio Mozambique de estraperlo, de cena, mi preferida, una pechuga de pollo rebozada con ensalada y patatas fritas, y de la cama nada que recuerdar y da igual porque estoy tan cansado que podría dormir de pié y quizás hasta haciendo el pino.

Tremendo viajecito, si señor.

Me han dicho que aquí hay una misión católica que admite huéspedes. Mañana la busco. Puede ser una experiencia nueva.

También me han dicho que hay una excursión chula a un lugar que, se llama “Casa dos Noivos”. Mañana, mañana me enteraré. Hoy no me aguanto derecho.

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Mozambique (2) Isla de Mozambique. No soy de fiar.

Ilha Moçambique es un pueblo insular a 400 km de Pemba. Para ir allí tengo que coger un bus a las 4 de la mañana. Dicen que serán 10 horas de viaje.

Mozambique es, eminentemente, un destino de playa. Yo queria conocer el interior, concretamente la zona de Gurué, donde hay plantaciones de té y macadamia, pero me dicen que hay problemas. En una semana se celebran elecciones y se presentan dos candidatos, curiosamente físicamente parecidos, negros, gordos, encorbatados y con sonrisa de tiburón más falsa que un duro de cuatro pesetas, pero beligerantemente antagónicos. En Gorué han habido enfrentamientos entre partidarios de unos y otros. Los mítings aquí son muy de espíritu africano. Mucha música, mucho baile, mucha fiesta pero… si corre el alcohol y se desmadra la cosa…

La política en África tiene tintes peligrosillos. Aquí a las elecciones se presentan los dos partidos que se enfrentaron en la guerra civil, el Renamo y el Frelimo, así que los que durante 15 años se pelearon a tiros por el poder, con el resultado de más de 1 millón de muertos y con todo el bagaje de rencores y odios que ello conlleva, ahora tienen que enfrentarse civilizadamente a base de votos. ¡Imagínate! Y de eso hace 4 días. Todavía entre el 2.013 y el año pasado ha habido algún resurgimiento de actividad armada. 

Además, se juegan mucho dinerito y, algunos, hasta la prisión o algo más según lo bestia que sea el ganador y la manía que le tenga al perdedor. Y por no hablar de las chapuzas electorales que se montan. En Mozambique hay minas de rubíes e intereses petroleros y gasísticos importantes y eso, amigo, da para mucho. Las corruptelas y latrocinios son de órdago. Hoy, precisamente, esta cerca de la isla el actual Presidente y todo el día un montòn de helicópteros sobrevuelan la ciudad. No sé si será ahora así, pero me explican que el anterior Presidente sólo se movía en helicóptero y que en cada salida movilizaban 9 aparatos. La compañía de helicópteros, curiosamente, era propiedad del susodicho Presidente.

La situación es tensa y a mi nadie me ha dado vela en este entierro. Sólo me faltaba verme envuelto en un conflicto político africano. Ni pensarlo. Sigo tranquilo en el litoral que no me va a dar ningún síncope por darme vida fácil durante 15 días. 

Pero fácil no hay nada en África. Moverse es siempre una aventura. Cuando crees que ya has salvado la experiencia más caótica, te sorprenden con otra más rocambolesca.

A las 3.45 de la madrugada,  puntualmente, estoy  en un descampado desde donde, me dicen, saldrá mi bus a Nacala para, alli, conectar con otro para llegar a Isla Mozambique. Van pasando los cacharros que llaman autobús, vetustos desechos que provienen de China, sin distintivo alguno de dirección ni destino. La gente va diciéndote cual has de coger, unos que éste, otros que el otro, aquel que el de más allá, el de tu lado que ahora viene, por detrás alguien que dice que ya se fué… El sistema más seguro para acertar es preguntar directamente a los conductores, encomendarte a tus santos de mayor devoción con especial fervor por Santa Rita, patrona de los Imposibles, y confiar que, normalmente, dentro de todo caos hay una organización interna misteriosa que lo ordena todo discretamente.

Mi mochila desaparece en la bodega del bus que parece ser el que va a Nacala, obviamente sin que me den resguardo de ningún tipo, y yo siento mis reales y me dispongo a contemplar flemáticamente dónde y cómo llego a Isla de Mozambique. Tengo mi dinero y documentos conmigo y todo el día por delante.

Muy complicado dormir entre, por un lado, los saltos y botes sobre los socavones de la carretera que amenazan con descuajeringar el invento, y por otro, un claxon potente y agudo que el conductor hace sonar de forma continua, para no llevarse por delante a la gente en su galope, pero que me temo suena más dentro que fuera. Quizás lo han montado al revés. Son muy capaces.

Por la ventana van pasando poblados paupérrimos de chozas miserables y en las paradas somos asaltados por vendedores de todo, desde pollos hasta cestas. Mi vecina de asiento compra 2 magníficas gallinas vivas con los que haremos el resto del viaje. 

No llego a Nacala porque me sueltan en medio de la carretera y me dicen que allí pasan las chapas para Ilha.

¡¡¡Ay las chapas!!! Así llaman aquí a los microbusus de transporte público que he ido encontrando, y sufriendo, en todo África. Estos son ya la culminación del progreso científico en transporte público. Unas 30 personas donde deberían ir 15 apretados. Los dala dala tanzanos son limusinas en comparación. Tiempo habrá para hablar de ellas.

Y en menos de lo esperado, unas 9 horas, aparezco en Isla Mozambique, unida al continente por un estrecho puente, como de 4 km de largo, que tengo que averiguar cómo se organiza si vienen dos coches en direcciones opuestas.

El guesthouse que, deprisa y corriendo, reserve ayer noche, resulta un gustazo. Una casa restaurada y decorada con gusto con una piscinita de folleto de vacaciones. No soy yo muy piscinero pero está toda para mi y la aprovecho como merece para goce y disfrute de mi cuerpo serrano. 

Toca una primera vuelta de reconocimiento por la isla, apenas 3 km de longitud y 500 metros de anchura.

La parte colonial del pueblo, de rincones y paisajes con irrealidad de atrezzo, está abandonada y desierta. Parece que se están demoliendo los interiores para hacer remodelaciones pero, hoy por hoy, no hay ni gente, ni comercio ni nada de nada. Un pueblo fantasma. Debieron ser tiempos turbulentos aquellos que obligaron a los portugueses a dejarlo todo aquí.

La vida está en el barrio de barracas, diez peldaños por debajo del nivel de las calles asfaltadas. Me dicen que fueron sacando piedra para las fortificaciones y quedó esa especie de foso donde construyeron sus chozas los nuevos habitantes que fueron viniendo. El efecto es de lo más sorprendente. 

Todo el día siguiente lo dedico a mimarme cariñosamente. Desayuno en la terraza frente al mar, baños de sol y agua en la piscina, paseíto ligero, escribir y una cena de “peixe petra”, con ensalada, arroz y patatas fritas. Bueno, bueno de verdad.

Y ya me voy de aquí porque no hay nada más que hacer. Se me está ocurriendo y le estoy dando vueltas a una, llámale travesura, que creo es un pelín inconsciente… Tengo que hablar seriamente conmigo y lo haré. Voy a ser duro. Hay veces que no hay quien me entienda y no soy de fiar…

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Mozambique (1) Pemba. Cosas sencillas.

Hoy hace 101 días que estoy viviendo África. Viaje difícil, intenso y, ya lo decía hace un par de meses, cuando empezaba a vislumbrar esta parte del continente, muy revelador.

Tan difícil es que, aunque estoy a más de 10.000 km de casa, en África solo he recorrido unos 3.500, algo así como 35 km al día. Es una atmósfera de otro planeta, mucho más densa.

Tan intenso está siendo que siento como si hubiera vivido 10 días por cada 1 de los aquí respirados, con aventuras y encuentros que han requerido darlo todo y más, física y mentalmente, tanto mientras acaecían como cuando intentaba digerirlos y recuperarme para seguir adelante.

Y tan revelador me resulta que está produciendo movimientos sísmicos en mi interior que van, desde la sorpresa, hasta la vergüenza de especie. Tal cual.

Escribiré sobre eso cuando acabe el periplo africano. No es todavía hora de conclusiones. Ahora tengo ganas de cosas sencillas. Hay que seguir volando, con cuidado, poquito a poquito.

Recuerdo una frase de la que aquí, en África, a veces he tenido que echar mano: “El barco está más seguro en el puerto, pero no es para eso que se construyeron los barcos”. A mi me va que ni pintada. 

Ya estoy en Pemba, Mozambique. Nuevo país, nuevas sensaciones.

Desde finales del siglo XIX, con el reparto del pastel africano por las potencias europeas durante la Conferencia de Berlín, Mozambique le “tocó” a Portugal que ya estableció una verdadera ocupación militar durante casi 100 años y, hasta ayer mismo, está tierra ha sido continuadamente pasto de la violencia.

Desde que Vasco de Gama desembarcó, Portugal controlaba el comercio de la zona, especialmente el del oro. Una Guerra de Liberación de casi 10 años hasta 1975 e, inmediatamente, una sangrienta guerra civil, no han dejado levantar cabeza al país, como a muchos de este continente. Sòlo hace 4 años que, por fin, Mozambique fue declarado libre de las minas antipersonas que sembraban todo esta tierra, como herencia de la guerra, con los crueles resultados que se pueden imaginar. Un puto desastre.

Hoy, Mozambique tiene todavía una situación complicadísima con una propagación del SIDA apabullante, problemas con incursiones de grupos islamistas en el norte, con alguna ciudad, como Nanpula, consideradas como de las más peligrosas de África, una corrupción disparada y disparatada y con lacras sociales ancestrales como la hechicería, que todavía utiliza órganos humanos sobre los que hay una verdadera industria salvaje y bandida, para sus pócimas y ceremonias. Un panorama guapo. 

Me apunto con Angelo, el encargado de mi Lodge, a acompañarle de compras. Vamos al puerto a por queso, cargamos carbón en una especie de favela y nos paramos también en el mercado de frutas y verduras. Allí ya me quedo para pasear.

Resulta curiosa esta ciudad. Enormes barrios de chabolas que parecen hechos de polvo y barro, zonas coloniales totalmente abandonadas, la playa como centro de ocio de las familias…

Paseo por el barrio colonial. Aquí salta a los ojos la otra cara de la liberación de África: los edificios, las carreteras, los servicios y las infraestructuras que montaron los portugueses no se han tocado desde hace más de 50 años. Desde que les echaron, vamos. Los europeos se fueron por patas, se acabó el mantenimiento y la ciudad es de una decrepitud absoluta. Los vencedores conquistaron la libertad y no saben qué hacer con ella. Todo tiene su cara y su cruz. Todo es relativo. El tiempo ni da ni quita razones, solo transcurre sin más dando vueltas y vueltas en el reloj y moldeando los matices de la Historia.

Llego a la playa. Es de color verde esmeralda, con aires cubanos o brasileños, y ahí sí, ahí ya no hay dejadez y los caserones y resorts son oasis en el desierto para gozo y disfrute de blancos y negros ricos. No sé si se acabó el colonialismo o sòlo se pintó la cara. 

El paseo bajo el sol recalienta mis mecanismos y me doy un baño en una piscina natural con profundidad de bañera de bebé y agua calentita que da para intentar morenear un poco el cuerpo. Mis marcas de gitano en cara y brazos y mi lactante palidez del resto del cuerpo que no ve el sol, combinadas con mi delgadez biafreña, supongo no cumplen ni el más mínimo canon de estética. Aunque eso está muy detrás en mi lista de prioridades, reconozco que un pelín de bronceada uniformidad puede ser hasta exigible.

Encuentro aquí cosas que hacía muchísimo que no veía, como aceite de oliva o galletas Oreo y, mira, me resulta agradable. También tengo, y ni me había planteado que pudiera tener, agua caliente en la ducha. A medida que voy bajando hacia el sur de África parece que, en lugar de alejarme, me acerco a casa y recupero cotidianidades placenteras. Es un espejismo. 

También la gente es ya diferente. No agobia. Quizás el idioma, suave de por sí y más próximo al mío, tenga algo que ver. Aquí les entiendes, hablan tranquilo y te saludan sonriendo como felices de verte sin hacer que te sientas como un dólar rodando por la acera.

Camino y camino por la inmensa playa hasta que me sorprende encontrar un antiguo y simplísimo faro que algún día sirvió para algo y que me resulta entrañable, a saber por qué. Pienso que un día ese faro fué una obra importante, quizás salvo vidas en el mar… Hoy sòlo ocupa un espacio. Justo encima de él veo, muy pequeñita, la luna en cuarto creciente. Así de lejos veo yo mi tierra. Cae el sol en Pemba y toca retiro.

Nuevo día y me voy, otra vez, a caminar a Ningún Sitio. Es un lugar donde siempre pasan cosas y hay sorpresas sencillas, muy sencillas, maravillosamente sencillas, como a mí me gusta. Más mercados, niños ya jóvenes saliendo de la escuela, la vida en las polvorientas favelas bajo el cielo claro…un niño escarbando entre la basura… África. 

Pemba está visto. Próxima parada, Isla Mozambique, el lugar que dió nombre al país. A ver qué encuentro.

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