Recomendaciones del mes. Septiembre/Octubre 2018. Laos y Myanmar/Tailandia.

EQUIPO.- Todo el equipo está bastante deteriorado ya. Botas, pantalones, gafas de leer, sombrero…

Ahora que se acaban las lluvias, toca mencionar a mi “paravents” y paratodo. Es de North Face, y también se ha portado como un campeón todos estos meses. Tiene alguna herida pero lo lleva bien.

TRANSPORTE.- Vale la pena la experiencia de coger el tren que une Hsipaw con Mandalay pasando el acueducto Goteik. Eso sí, hay que estar chalado para hacerlo.

Los taxis y rickshaw de Tailandia son una caña. Puro arte urbano. Con los rickshaw regatead sin piedad.

ALOJAMIENTO.- Magnífico el hostel Barn1920s en Vientien. Café, pasteles y platos de embutido y quesos para chuparse los dedos.

En Mae Hong Son, Tailandia, Crossroads House es un alojamiento autentico y la encargada es un sol.

GASTRONOMÍA.-  Recomendabilísimo el restaurante Street View de Don Det. Especial el pescado hecho en una barbacoa de hierro, con tapa tipo horno, acompañado de ensalada y patatas fritas. Y una ración de pan tostado con ajo y aceite con una picada  de tomate y cebolla para ponerle encima. Pan de ajo le llaman. Una pasada.

De todas formas, lo mejor de lo mejor de Septiembre ha sido la experiencia gastronómica que supuso el trekk al lago Inle. Contraté la travesía en EVER SMAIL. Un menú degustación vegetariano en cada cena. Idem en el trekk de Hsipaw contratado en la oficina de la Asociación de Guias adjunta al hostel Mr. Charles.

Y en el restaurante Royal, de New Bagan, comí el mejor Chapati y chicken Masala del mundo mundial.

Y, desde luego, en el Neo Phoenix, el restaurante de mi amigo Win hacen la mejor ensalada de berenjena del mundo. El que vaya a Mandalay, y no pase por allí lo mando fusilar.

En Tailandia, Ko Thao, no perderse bajo ningun concepto el restaurante Mama Piyawan´s. El curry perfecto en cuatro mesas bajo un techo de uralita.

INTERNET – Muy recomendable la aplicación “polarsteps” para quien quiera hacer un viaje largo y organizar sus comentarios y fotos, incluyendo un GPS para una continua localización.

TREKKING.- Magnifico el trekking a Puwan en la Zona Nacional Protegida de Nam Ha, Laos. Pura jungla.

E inolvidable el trekk al lago Inle. Tres días/dos noches. Maravilloso.

Mae Sariang es una de las ultimas zonas por explorar en Tailandia. Inolvidables los dias que pasé en Banhuayhagmainesu.

PUEBLO/CIUDAD.- Dao Det, en las 4.000 islas de Laos. Un remanso de paz.

MENCION ESPECIAL.- Muchas menciones especiales esto meses. Por un lado, Guillermo y Encarna, dos compañeros de aventuras en Laos. Y por otro, Jordi y nuestra guía Anastasia en Myanmar. Y Renè. Con todos ellos hemos pasado muy buenos ratos. Nos vemos por el mundo chicos!

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Myanmar (4) Hsipaw-Bagan. Vértigo.

Quiero ver el acueducto Goteik, un puente vertiginoso que une, por ferrocarril, Hsipaw con Mandalay. Yo me bajaré en Pyin Oo Lwin.

El tren en cuestión es destartalado y sucio. Va tremendamente lento, tarda 7 horas en hacer poco más de 100 kilómetros, pero la sensación de inseguridad es acongojante. El balanceo es muy poco natural y no puedes mas que pensar que “eso” descarrilara un día u otro. Espero que no sea hoy.

Sigo con Renè de compañero de viaje. El quiere quedarse en Pyin Oo Lwin haciendo meditación en un monasterio budista. Cada quien es cada cual. Yo continuaré hacia Bagan, ya en bus.

El viaje es de lo más aventurero. A través de las desconchadas y oxidadas ventanas pasan tierras de cultivo salpicadas de los tipicos gorros cónicos de caña que protegen a la gente que los trabaja, gente dura y curtida a fuego lento por un sol de justicia. También se ven aldeas con chabolas indignas, canteras y colinas. Hacemos cuatro o cinco paradas en paupérrimas estaciones donde puedes comprar, a precio de miseria, comida y bebida al son de música de radio exotica y peliculera…

El acueducto, puente, o como quieras llamarlo, impresiona. En cuanto lo ves dan ganas de decirle al revisor que pare y hacer el resto del camino a pie o haciendo el pino si es necesario. Cualquier cosa menos meterte ahi. El puente parece terroríficamente simple. Unas vias sostenidas por quince torres, cuatro hierros como quien dice, y debajo, un abismo. Lo dicho: eso un día no muy lejano caerá. Mientras pasas, con un barranco debajo por el que discurre un río que, desde la altura, es poco más que un hilito de agua, en el vagón se hace un silencio solemne. La experiencia es estremecedora y el vértigo es de ponerte de punta los pelos del cogote. Sin darte cuenta, dejas de respirar, el corazón se acelera y, al llegar al otro lado, casi se puede oír un tangible suspiro coral como si todos los pasajeros soltaran al mismo tiempo el aire contenido en los pulmones. Es impactante.

Días más tarde, en Mandalay, me enterè de que el viaducto de Goteik lo construyeron hace más de cien años los ingleses y, precisamente porque ya no se considera seguro, está previsto iniciar en un par de años la construcción de uno nuevo en una colaboraciòn entre Myanmar y Corea del Sur. Ya me lo digo yo: cafre, Nacho, eres un cafre.

En Pyin Oo Lwin vamos a parar al gesthouse más kitch que jamás he visto. Largos pasillos decorados con flores, sombreros, cestos, frutas de plástico y figuritas por todos lados. La habitación es como si Kandinski se hubiera vuelto loco y hubiera empastifado paredes y suelos tirando las pinturas sin sentido y con rabia en un ataque de delirium tremens. La gente es en extremo servicial y la situación es de sueño surrealista. Con 5 euros, solucionado hospedaje y desayuno.

En realidad, todo Myanmar es surrealismo puro. Las paradojas son la normalidad, desde las adaptaciones musicales al birmano del pop occidental, hasta los pegotes de lujo que suponen las brillantes y doradas pagodas rodeadas del más mísero chabolismo. Y pasando por sus decoraciones chillonas, y sus encajes de la abuela, y sus hombres delgaduchos cómo sanguijuelas con su pareito, su sombrero cònico y sus dientes de zombi, rojos-morados de masticar la adictiva hoja de Betel con nueces de Arauca que les hace escupir constantemente… Y las mujeres con los empastes de Tanaka, y sus cielos claros con cúmulos de nubes multiformes y…. Dali aquí se hubiera divertido como un niño y hubiera hecho una sopa pictórica de lo mas histriónico.

Siguiendo con Pyin Oo Lwin (pronunciado Pinoluin), el pueblo es una pequeña India con tiendas de pashminas y restaurantes de chapati, todo muy cursi y recargado con una mezcolanza de religiones conviviendo en perfecta armonía. Por la noche, el neón se apodera de las calles, calesas tiradas por caballitos pasean a turistas nacionales y los jóvenes se reúnen en las esquinas, bares y restaurantes vestidos y repeinados con tejanos rotos y tintes cantarines. Es un pueblo curioso. Si tuviera tiempo me quedaría un día más pero, en 5 días, tengo ya vuelo a Thailandia.

A la mañana siguiente sigo viaje a Bagan, la Siem Riep de Myanmar.

Bagan es una interminable sucesión de templos, estupas y pagodas. El conjunto arqieològico es una maravilla y los templos belleza pura . El chiringuito turistico-religioso está muy, pero que muy bien montado y, además de los 20 dólares que te cobran para entrar en la ciudad, se inflan a recibir limosnas y donaciones. Mañana harè un intensivo y lo veo todo.

La visita la puedes hacer sin organizacion alguna, a tu aire y como te de la gana. Mucho más fácil e independiente que en Siem Riep. La jornada es agotadora. Con sandalias, ya que en cada entrada has de decalzarse, caminas y caminas sin mas descanso que los propios templos en donde el fresquito te libera un rato del calor que aplasta Bagan como un castigo divino.

Hay tantísimos lugares que visitar, que la muchedumbre se dispersa y no agobia. En muchos sitios te encuentras absolutamente solo. En eso, Bagan tambien gana a Angkor.

En los lindes de los caminos, modernos esclavos pican piedra para la continua restauración de templos sudando a mares. Los más afortunados, a la sombra de un árbol, los más desgraciados, a pleno sol. Una sola jornada de ellos sería para cualquiera de nosotros una insolación mortal.

A partir de las 12,30 el calor cae a plomo. Aguanto 1 hora más y paro en un restaurante indio con una terracita fresquita y agradable y mesas de mantel a cuadros. Me sacudo el mejor pollo Masala con chapati que he comido nunca. Simplemente una delicia. Manjar de reyes y dioses, muy adecuado con el escenario. Una cerveza helada me eleva ya al séptimo cielo, y un purito birmano me hace pensar qué he hecho yo para merecer esto. Feliz como una perdiz. Qué bien se està cuando se està bien!

Dicen que el atardecer desde los templos de Sulamani, Buledi y Shwedandaw es espectacular, pero mi espíritu de contradicción me lleva a verlo en el rio, en New Bagan, un barrio muy olvidado por el turismo ante la magnificencia de Old Bagan. En mi atardecer, ni un occidental a la vista. Paz y tranquilidad.

Mañana ya me voy a Mandalay y, de ahí, a Tailandia. Nuevo país, nueva etapa, nuevas vivencias.

Pero…

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Myanmar (3) Hsipaw. En el corazon del estado Shan.

Un viaje es la mejor forma de encontrar salida a los laberintos en que a veces nos metemos en la vida. Cuando estás en lo que ahora se ha dado en llamar un “bucle negativo”, permanecer en el hábitat del problema es darte cabezazos contra la pared. Un viaje, más o menos largo, más o menos lejos, destensa las meninges y libera el espíritu. No sé exactamente el por qué, supongo que se trata de una cuestión de perspectiva.

Puedes tomarlo como un remedio de la abuela, pero es efectivo, cuesta lo mismo que un psicólogo y los correspondientes antidepresivos, ansiolíticos y similares, y no tiene efectos secundarios negativos. No se trata de una semanita en Benidorm, pero tampoco es necesario dar la vuelta al mundo. Es darte un tiempo y un espacio. A poder ser, solo o sola, eso sí.

Alguien dijo: “La respuesta está en un viaje. No importa la pregunta”

Llego a Hsipaw tras un palizón de 15 horas en un bus con asientos diabólicos. Tengo el culo cuadrado. He salido a las 3.30 pm y veo salir el sol poco antes de llegar.

Hsipaw como ciudad, desde dentro, no tiene grandes atractivos. Mucho chabolismo, un bonito rio enmarcado en montañas, las consabidas pagodas, un mercado y, eso sí, como en todo Myanmar, montones de sonrisas y buena gente. En cambio, si te subes a la Sunset Hill, es una foto espectacular. Cuestión de perspectiva.

Jordi se ha ido ya a Mandalay. Sigue su camino. Lo hemos pasado bien. Ahora viene conmigo René que, aunque lo parezca por el nombre, tampoco es francés, sino austriaco. Simplemente, a su madre le gustan los nombres en francés. Le conocimos en el bus, es abogado y tiene 31 años. Ha perdido el trabajo, ha dejado una relación y se ha regalado un par de meses de viaje para pensar. Sigo encadenando amigos de viaje. Unos vienen, otros se van. Guillermo, Encarna, Jordi, René,… A este paso voy a perder mi trabajado y merecido prestigio de asocial.

Otro trekk, otro grupo. Esta vez somos 7, y vienen de Francia, Estonia, Malasia, Austria y Sudáfrica.También jóvenes y también, quien más, quien menos, todos agradables y educados. El guía, un birmano de la etnia Thai que no para de hablar, es delgaducho en extremo, muy atento y profesional. Pienso que será un paseo tranquilo…y me equivoco.

La chica de Malasia, un encanto de criatura que parece un dibujo animado japonés, pequeñita, redondeada y con gafas, a las 2 horas ya no puede con sus huesos y retrasa al grupo. El camino está, como no, embarrado a tope, y Jen, que así se llama, resbala constantemente y se da unos costalazos considerables. Ella se desespera y el guía más. Cojo a la chavala y le digo que me de la mochila y que se quite los zapatos, unas bambas inaceptables para trekkear. A partir de ahí, con paciencia, vamos tirando. Me va dando las gracias cada dos pasos hasta que le digo que se calle, que se concentre y tire. Una parte de cariño, dos o tres golpes de severidad y un poquito de sicología trilera de montaña y la chavala llega a destino más contenta que unas pascuas. A mí, cargado con unos 12 kg entre las 2 mochilas, el día se me ha hecho largo. El guía me pregunta que hago para tener esta vitalidad. Le contesto que no es una cuestión de entreno ni de alimentación, si no solo la falta de sexo. Todos ríen, pero, a lo peor, es verdad.

Llegamos a la aldea donde haremos noche a las 14.30 tras 6 horas de caminata por campos de arroz, plantaciones de te y trigo, bosques y colinas con alguna subidita nada desdeñable.

Para comer nos preparan un delicioso ‘rice curry”, un plato típico de Myanmar que consiste en arroz y varios platillos con diferentes especialidades, todas para chuparse los dedos. Hojas de pimienta con ajo, hojas de té con cacahuetes, patatas con calabacín… Otra degustación gastronómica para alucinar. Con nada consiguen unos resultados espectaculares. Es curioso porque me habían dicho que en Myanmar se comía mal. Cada uno explica la fiesta según le va.

Por la tarde damos una vuelta por la aldea. Es un poblado montañés de la etnia Palang custodiado a la entrada por una guardia personal de imponentes árboles milenarios. Son unas 200 humildes casas, una pequeña pagoda y un magnífico monasterio budista de madera y cañas con techo de hojalata. El entorno es puro bosque.

La sencillez de la vida de esta gente es sobrecogedora y la comparación con nuestra sociedad de consumo inasumible. Te remueve por dentro como para pensar que la injusticia en el mundo es de tal entidad que no puede existir ningún responsable más allá porque, si existe, es para renegar hast quedarte sin garganta.

Allí se levantan con el sol, se ponen un cesto a la espalda, cogen una azada y salen al campo a trabajar hasta el atardecer. Cargados de hijos, viven en la misma chabola juntos y hacinados hasta 4 generaciones, no tienen ni agua corriente, ni lavabos, ni televisión, ni más luz que cuatro bombillas. Se espabilan con 4 cacerolas, un fuego en el suelo, una cuchara para cada uno y lo que les da la tierra que cultivan para comer. Se reúnen en un colmado que tiene un aparato de música o en la pagoda, se distraen moliendo té, se lavan en la fuente, sus utensilios de trabajo son del siglo XIX y los niños juegan con una caña que utilizan de caballito. No saben lo que es un frigorífico ni les importa un comino, jamás han visto un cine, ni unos grandes almacenes, ni un estadio deportivo, ni una autopista. Nunca cogerán un avión ni un barco, nunca irán a un concierto, ni a la playa, ni a la nieve, ni a un restaurante…Y viven. Y son felices sin más. Y sonríen.

Y de cenar otro rice curry sin desperdicio. Esta vez lentejas amarillas, pollo asado, raíces de maíz y otro plato inidentificable. Salgo a la terraza y la señora de la casa está lavando los platos. A su lado, el marido ata las patas a una gallina, le corta el pescuezo y recoge la sangre en un cazo. Tira la gallina en una jofaina donde agoniza retorciéndose. Hay luna llena… No, no. No creo que tenga nada que ver la luna y el degüello. Es solo.para cambiar de tema.

Me meto al coleto un vaso de vino de arroz y me duermo en un santiamén. El día ha sido más duro de lo que pensaba.

Me despierta a las 5.30 a.m. un gallo tempranero. Tengo los hombros un pelín destartalados pero todo esté en unas condiciones aceptables. Un desayuno ligero, una limpieza general como los gatos y al camino. Nos despedimos del pueblo desde una atalaya con una magnífica vista. La jornada resulta, hoy sí, muy tranquilita. Ya me he acostumbrado al peso. A  las 11 h estamos en unas terrazas en la base de unas cataratas donde nos refrescamos tras 18 km más. Jen ha marchado bien. Un poquito de energía positiva ha sido suficiente.

Llegamos a Hsipaw y, después de una ducha reparadora, me da tiempo para ver la puesta de sol. Paz y silencio.

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Myanmar (2) El lago Inle. Fascinado.

Me pregunto cuánta gente ha dado la vuelta al Mundo en los últimos 50 años. Voy a hacer unas cuentas…

Hay unos 200 países en el Mundo. Podemos contar que 1.000 personas por país han hecho el Gran Viaje? Desde luego, en muchísimos países, quizás la mayoría, ni 1 sola persona en la historia ha tenido esta oportunidad. Pero pongamos 10 veces más, 10.000 personas por país. Pues, con esa hipótesis, 2.000.000 de personas habrían dado la Vuelta al Mundo. Pero pongamos 10 veces más:  20.000.000 de personas. Me equivoco o eso sería un 0,3% de la actual humanidad? Es una dimensión de privilegio tan exagerada que me resulta inasumible. No sé.

Haré el trekking al lago Inle con un holandés de 23 años que, sin ninguna relación con Catalunya, se llama Jordi, y con una guía que se llama Anastasia sin nada que ver tampoco con Rusia, los Romanov, ni las princesas. En Myanmar nada es lo que parece.

Primer día, 25 km por caminos con poco desnivel, con vistas preciosas entre arrozales, bosques, antiguas vías de tren todavía en servicio, valles y aldeas de etnias Palaung y Da Nu. Pura vida, pura belleza.

Hoy, una amiga que sigue este blog me decía que encontraba mi viaje “fascinante”, y he pensado que ese era el adjetivo que yo buscaba. Sí, estoy fascinado, vivo fascinado por este mundo que cada día me alimenta de nuevas experiencias sin dejarme digerir siquiera las del día anterior. E intento explicar y fotografiar esto que estoy viviendo pero es imposible plasmar todo lo que veo y lo que siento al verlo. Son una continua sucesión encadenada, interminable y desbocada de olores, imágenes, sabores, sensaciones, reflexiones, sentimientos… Esta noche, en la cabaña de nuestros anfitriones, después de una deliciosa cena vegetariana con arroz y platillos de judías, coliflor, espinacas y huevo duro, todo especiado como nuestros paladares no tienen ni idea que se puede condimentar la comida, he salido a fumar mi último cigarrillo del dia. En el interior de la cabaña, se oían risas y conversación lejanas en un extraño idioma, y fuera, conmigo, solo me acompañaba el silencio envuelto en el cri-cri de los grillos. Arriba, el cielo con una luna envuelta en nubes y dentro de mi, pensamientos de todo tipo que se agolpaban por ser atendidos con algo de tiempo y sentido. Y yo me decía: Es como si estuviera dentro de una película. Como explico yo esto? Cómo se explica está catarata de lo que veo, pienso y siento al galope, con escenarios como estos, día tras dia y noche tras noche sin solución de continuidad? Y esto no ha hecho más que empezar…

Jordi es un chico educado, inteligente y centrado. Ha acabado la carrera de abogado y serà un gran penalista. Me recuerda a mi hijo. Y Anastasia es un encanto, una bomba de energía positiva y espíritu de superación. Nos llevamos perfectamente.

Nuevo día. Más camino, mas aldeas, más fértiles tierras de cultivo en un día radiante que, por la tarde, se nublará dejando caer alguna gota de lluvia sin más complicación . A media mañana se incorporan al trekk un grupo de 7 personas: 2 parejas d israelíes, otra de holandeses y un francés. Todos gente joven, rondando los 30. Si alguien me pregunta la edad que tengo les contesto: En que pierna? Ya me entienden.

Hay un montón de israelitas viajando. Es costumbre allí viajar unos meses después del servicio militar que dura, mínimo, 3 años para los hombres y 2 para las mujeres. No es fácil la vida allí. Yo no opino. Sinceramente, opinar sobre un tema tan complicado como el problema judeo-palestino sin ni siquiera haber estado allí, basándome en noticias de los medios y cuatro opiniones y lecturas, me parece una temeridad. Tampoco creo que la buena y la mala gente sea una cuestión de nacionalidad. Hay de todo en todos lados. Si tuviéramos menos prejuicios, menos banderas, menos fronteras y, sobre todo, menos y mejores políticos, el mundo sería un lugar más feliz.

Con tanta gente hay un poco más de barullo y lentitud, Hablan demasiado y el trekk se vuelve un poco paseo por el campo tipo tralarí tralará. Qué se le va a hacer. Yo me coloco siempre un poco por delante o un poco por detrás. Me gusta oír el bosque y los campos. Recorremos 25 km en todo el día aunque, caminar, caminar, entre 6 y 7 horas. Hoy dormimos en una aldea Pa Oh. La cena resulta otra vez un menú degustación delicioso en una especie de ONU sentada alrededor de una mesa con buenas vibraciones y, a las 9, todo el mundo a la sala dormitorio común habilitado con delgados colchones y gruesas mantas. Los chavales son todos gente formada y viajada con una conversación fácil e interesante. Mañana a las 6,30, toque de diana.

Anastasia, por el camino, nos va enseñando árboles, frutos y costumbres, nos lleva de visita a una escuela y gestiona el trekk con habilidad. Y fin de trayecto. Llegamos al lago Inle tras 15 km más de caminata. Nos trasladan al pueblo en barco. Casas y cultivos flotantes, pescadores y un cielo claro cierran la etapa.

Han sido 3 días magníficos, aislado del mundo, con un montón de experiencias enriquecedoras. Sigo creciendo con la sutilidad de la aguja de las horas del reloj, casi sin darme cuenta pero sintiéndolo tangiblemente en mi interior. Es como una deriva hacia algo confortable. Cada dia veo mas claro que no se nada, caen algunos de mis dogmas sin estruendo y consolidó valores nuevos con naturalidad. Es una sensación liberadora.

En Inle descubro dos cosas insanas pero muy buenas. Tabaco y vino birmano. Mal vamos. Prometo ser prudente. A cambio, cada día como más fruta y verdura y apetece menos la carne. A ver dónde irá todo esto….

En Inle, por primera vez quizás en 20 años, cojo una bici y voy a hacer una degustación de vinos en las viñas de Red Mountain. Parece mentira, pero una horita de pedaleo me vale para agenciarme unas agujetas considerables.

Dos días de descanso en el lago recuperando fuerzas y ya me subo por las paredes. La inactividad no me va. Me alojó al lado de una pagoda y a las 5,30 a.m. empiezan los cansinos canticos y oraciones…Una pesadilla. Los budistas tienen, con todo el respeto, menos gracia cantando que un hipopótamo bailando la polka.

Ya he descansado bastante y sigo hacia el  Norte. Espabilando que es gerundio. Quiero hacer otro trekk en Hsipaw, en el corazón del Estado Shan.

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