Amigos Viajeros. Viajefilos.

Jose Luis Bauset ha creado con Viajefilos, no solo un blog de viajes, sino un foro, una casa
para viajeros donde compartir datos de interés. Cuidar todo eso tiene mérito. Solo los que
tenemos un blog de viaje sabemos la cantidad de horas que requiere para mantenerlo vivo.
El resultado de su experimento a mi me parece una guía muy útil para todos aquellos que
deseen organizar por sí mismos un viaje a un país determinado. Así como mis post son más bien lectura de viaje que guía, los suyos contienen un montòn de datos y recomendaciones que desbrozan la siempre complicada senda de organizar tu propio viaje.
¡Safe travels amigos!
———————-
Hola a todos, soy José Luis Bauset, médico de profesión y viajero por pasión, además de creador y administrador de viajefilos. No sabría decir cuando empezó esta afición pero si recuerdo como. Aquellos primeros años de juventud y adolescencia en que cualquier tren nos servía para desplazarnos y cargados con pesadas tiendas de campaña, algunas pocas latas de conservas y muchas ganas de pasarlo bien nos lanzábamos a la acampada libre, primero en pueblos cercanos de las sierras de Castellón y cada vez más lejos, en Pirineos o Asturias. Y digo por libre, porque eran épocas en las que solo hacia falta encontrar un lugar apetecible, montar tu tienda y disfrutar de la naturaleza y los amigos. Era viajar a tu aire, por tu cuenta, y supongo que de aquellas primeras experiencias nació esta adicción.
En el camino conocí a Carmen Capdepón, la otra mitad de mi vida y, por supuesto, de viajefilos. La que se encarga más que yo de buscar el mejor alojamiento, diseñar la mejor ruta, atar los tiempos antes de salir. Reconozco que soy “algo más dejado” para esos preliminares, pero con el tiempo me he dado cuenta de que son casi tan divertidos como el viaje en si mismo.
Con los años nuestros viajes por libre mejoraron en presupuesto, nunca llegaron a acercarse a los grandes fastos de otros viajeros y gustábamos de buscar hostels donde compartir experiencia y conversación con otros compañeros de viaje. Cada vez buscábamos destinos más alejados, más tiempo para recorrerlos, más insólitos si se quiere, pero nuestro espíritu seguía pensando que ese viajar por libre debía seguir siendo nuestra filosofía de viaje porque era la manera en la que disfrutábamos.
De esta pasión en la búsqueda de la mejor información y recomendaciones para montar nuestros viajes, nació la segunda de nuestras pasiones, el compartir lo vivido. Como dice nuestro lema “lo compartido nos sabe doble” y el volver y contarlo en nuestro blog “viajefilos”, nos ayuda a rememorarlo, a contarlo y a pensar que ayudamos a otros viajeros a conocer el mundo.
Poco a poco, nuestra contagiosa pasión ha ido enganchando a nuevos amigos, gente que nos cuenta su experiencia en viajefilos, porque como podéis entender, un mismo viaje, un mismo destino, tiene mil visiones, tantas como viajeros. La compañía, la época, el presupuesto, la edad, las veces que lo hayas vivido, las experiencias previas… hacen que ese viaje sea totalmente diferente para distintos viajeros. Eso es lo que nos gusta y de lo que nos vanagloriamos en viajefilos, una pequeña red de amigos en la que cada uno aporta su visión, más o menos diferente, de un mismo lugar.
Ahí están nuestros dos secretos peor guardados: nos gusta viajar por libre, por nuestra cuenta a nuestro aire y nos gusta compartirlo, porque nos sabe el doble.
Tras ocho años compartiendo ya son más de 600 diarios de viaje los colgados en viajefilos, diarios porque nos gusta escribirlos como bitácoras, con todo lujo de detalles. Información útil para nuestros lectores y recuerdos visibles para nosotros mismos, que cada vez más olvidamos las cosas antes. Hemos recorrido gran parte de Sudamérica con la mochila, por tiempos largos y con el rumbo más o menos marcado, que no el tiempo; hemos disfrutado de gran parte del sudeste asiático y de las sonrisas de sus gentes, hemos cruzado Rusia a bordo del Transiberiano, seguido durante 40 días la Ruta de la Seda. Nos hemos atrevido con las selvas de Borneo, los bosques impenetrables de Uganda, los trekkings entre glaciares de Nueva Zelanda o las inhabitadas y enormes distancias de Australia. No sabría deciros con cual de todos me quedo y soy consciente de que en esa competición podrían entrar otros fabulosos destinos como Japón, Corea, Sri Lanka, India, Mongolia, China… o cualquier bonita ciudad europea.
Viajar es una de las mejores inversiones de la vida, hablar de viajes es infernalmente agotador y maravillosamente satisfactorio, escribir tus viajes es lo mejor que puedes hacer a la vuelta. En viajefilos te invitamos a compartirlo, ¿te animas?



A MI GUSTO: Los 10 mejores destinos en Oceanía.

Oceanía son nuestras antípodas, así que para escoger destino hay que afinar mucho…o pasarse aquí un año entero.

Cómo eso es complicado, ahí van mis propuestas:

No conozco Aukland. Dicen que es la mejor ciudad de Nueva Zelanda. De todas formas, puedo asegurar que las ciudades no son lo mejor de Nueva Zelanda, un país de Naturaleza pura sin ninguna historia urbana.

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Cajón de Sastre. Vuelta al Mundo (1ª parte). Momentos.

Accede a la galería al completo, haciendo click en las imágenes.




El Cau. Luis Bautista y los amigos reencontrados.

En este “El Cau” quiero referirme a un comentario muy breve que recibí de Luis Bautista con ocasión del post “Australia (9) Tasmània (2ª parte) Una vuelta a Tasmania. Queenstown-George Town-Lauceston. Cradle Mountain“. Ese comentario decía simplemente: “Un abrazo Nacho”

Es difícil encontrar otras dos palabras que llenen tanto como “un abrazo”. Me encantan los abrazos y cuando estás de viaje, esos abrazos virtuales son pura vida, son sonrisas, son aliento, fuerza y felicidad. Son viento

Este blog ha tenido un maravilloso efecto secundario que yo no preveía. No sé cómo, maravillas de la técnica supongo, Alas y Viento ha hecho que reencuentre muchísimos antiguos amigos de infancia y juventud a los que había perdido la pista.

Luis es uno de esos amigos que fueron parte de mi niñez en Sa Riera, como toda su familia: Jordi, Eduardo… Pero es que han habido otros muchos casos de reencuentro con amigos a través de estos relatos del blog: Eduardo, Isabel y Antonia, Gonzalo, Teresa, Lali…

Trocitos de vida rescatados del olvido. Eso me hace feliz. ¡Bienvenidos de nuevo amigos!




Recomendaciones del mes. Febrero 2.019. Nueva Zelanda y Australia Este.

EQUIPO.- Mi polar de Quechua me acompaña en mis viajes desde ya no recuerdo cuando. Era el forro de un paravents y era negro. El paravents desapareció en combate y el sol ha hecho adquirir a su color reflejos indefinibles, quizás algo parecido a la gama de lilas. Yo le tengo cariño. No me atrevo a jubilarlo. Morirá en el camino, conociendo Mundo.

TRANSPORTE.- Tenía un montón de ganas de hacer un viaje intercontinental en avión. A mí esos viajes me encantan, con escalas y todo. Me gusta la comida del avión y de los aeropuertos, me gusta ver pelis, duermo perfectamente y en los aeropuertos estoy en mi salsa y me distraigo de mil maneras. Una gozada. De Australia a Alemania vuelo con Etihad Airways: Cairns-Brisbane, Brisbane- Abu Dhabi y Abu Dhabi- Munich. Todo perfecto.

ALOJAMIENTO.- Solo pase una noche y me quedé con ganas de más. El YHA de Mt. Cook es muy acogedor todo él. Una chulada.

También es gustoso el YHA de Crains, tipo pequeño edificio de apartamentos californiano con una piscinita, jakuzzi y barbacoa en el centro del patio.

INTERNET.- Me han invitado a escribir en su blog la gente de mochilerosviajeros.com. Como yo tengo la sección Amigos Viajeros ellos tienen Mochileros Viajeros. Y ahí estoy yo. Agradecido.

GASTRONOMÍA.- Realmente buena la hamburguesa de Fergburguer en Queenstown. Dicen que es la mejor hamburguesa del Mundo.

Las hamburguesas y, en general, la comida rápida, la carne picada y todo lo que, en el fondo, no sé qué es porque no lo reconozco visualmente, no está entre mis comidas favoritas pero hay que reconocer que ésta es de calidad. Buen pan, buena carne, patatas fritas de verdad ¡Y salsa allioli! Ya ves por donde, la hamburguesa más famosa del planeta lleva salsa de mi tierra aunque, más que allioli,  lo que ponen es mayonesa con ajo. Y no es lo mismo mismamente, desde luego. El allioli, catalán.

CIUDAD/PUEBLO.- Por guapa, Fitzroy Island. Preciosa.

TREKK.- Todos los trekks del Mountain Cook son chulos. Yo los disfrute poco por falta de tiempo.

Muy aventurero el Mont Sorrow Ridge Trail. Y duro.

MENCION ESPECIAL-  Ramon Fernández. Un buen chaval. Compartimos algunos momentos en Tangariro y en Mont Cook. Su padre no está bien de salud y la ilusión de los dos es ir juntos al Machu Pichu. Os deseo mucha suerte y que se cumplan vuestros sueños.

Y también mención especial para el Cassowari, un animal con muy mala fama pero muy majo.

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Australia (y 15) Cairns-Karunda-Cairns. “Mitgies”.

Son mis últimos días en Oceanía. Parece mentira. ¡Cuanto vivir! Cuatro meses después de aterrizar en Perth como un pato mareado, he recorrido todo este enorme continente casi de cabo a rabo. Si lo tuviera que definir con una sola palabra, sin duda sería “Naturaleza”. Es el continente donde los humanos viven más adaptados y con más comunión y respeto por la Naturaleza salvaje y, yo, eso lo he disfrutado intensamente.

Quedan muy pocos días, como quien dice, unas horas…

Tras Cap Tribulation voy a parar a Karunda, una comunidad con unos mercados con un glorioso pasado hippie pero hoy ya muy descafeinados. Hay allí un par de atracciones, un tren y un telecabina que, junto con autobuses de línea, van nutriendo los mercados de turistas hasta las 4 de la tarde. Después, el pueblo queda desierto.

Paso allí la noche en una especie de celda de un camping en el bosque donde, ahora, fuera de temporada, solo viven cuatro gatos desarraigados con diversas circunstancias de vida. En mi barracón solo está Michel, un cincuentañero recién separado, profesor de chavales autistas, con el que pasamos la cena hablando de mil cosas mientras me comen las “midgies”, esos mínimosquitos hijos de la gran ramera a los que, parece ser, les encanta el Relec y se pirran por mi sangre salerosa. Dice Michel que, para las widgies, el repelente de insectos es como ketchup en la hamburguesa. Entiendo que la hamburguesa soy yo, porque a él parece que no le pican. Le pregunto si se pone algo y dice que no, que debe ser que yo hoy soy el plato “especial del día”. Chistoso el Michel. Mis únicos aliados son unos murciélagos pequeños como golondrinas, ciegos e insectívoros, que van pasando como avionetas de combate por encima de la mesa zampándose a mis torturadoras.

Aquí los comerciantes, hippies y aborígenes viven en armonía y sin problemas e Incluso se ven parejas mixtas, lo cual no había visto en toda Australia todavía. Menos mal. De todas formas, una vez has caminado por la ribera del río pasando por un trecho de selva junto a las vías del tren, el lugar no tiene atractivo alguno así que me vuelvo a Cairns. Al horno. Ya estoy en capilla de mi vuelta a Europa y tengo que organizar mi itinerario hasta casa…y también pegarle una buena paliza a la piscina y el jakuzzi del hostel.

Ya es un nuevo día. ¡Fantástico! La vida es bella! Por cierto…

Consejo de viajero. Voy a decir algo que parece una perogrullada, y podría decirse igual como Consejo de humano que como Consejo de viajero. Aunque no lo parezca, es importante. En general, cuando entres a cualquier lugar, y a cualquier hora del día, pero especialmente cuando por la mañana entras en la cocina o, al levantarte te encuentras con alguien, di: “Buenos días!”. No duele. Si, en un alarde de trempera matinera del alma, acompañas la frase con una sonrisa, entonces ya es para nota y el cosmos incluso podría regalarte un amigo. Aunque no sea para toda la vida. A que es una obviedad? Pues parece mentira pero hay muchísima gente que no lo hace. Se podría llegar a pensar que cobran por usar ese par de palabritas y, en cambio, están tiradas de precio, alimentan el espíritu propio y ajeno y abren puertas a las relaciones. Si lo haces, cuando te vuelvas a encontrar con esas personas, a veces, te saludarán e incluso entablarán conversación contigo.

Sí, ya se aquello de “ Es que yo hasta que no me tomo un café no soy persona”. Ya. Las primeras horas de la mañana a veces son complicadas y algunos necesitan un rodaje para funcionar a un rendimiento normal sin que le piquen las bielas, pero te diré una cosa: que te acabes de levantar significa que estás vivo. Es una muy buena noticia. La mejor.

Me voy a FitzRoy Island.

Fitzroy Island es uno de los más bonitos trozos del planeta Tierra. Una de esas islas tropicales con los que cualquiera ha soñado alguna vez. Es mi último trekk en una montaña Australiana y mi último snorkel en el Mar del Coral. Y aquí paso todo día, otro magnifico día de esta vida viajera que me pertenece a saber por qué suerte cosmológica y, también,  por el derecho de conquista que ganan los que asaltamos nuestros sueños con el puñal de la ilusión entre los dientes y la mirada desvariada más allá de nuestros horizontes cercanos.

La montaña. Curiosamente, la isla no tiene un turismo masificado ni mucho menos. Hasta la cima de la isla, y en todo el camino de vuelta pasando por el faro, no me encuentro con más de 10 personas. Son no más de 10 km de ida y vuelta pero las tropecientos escalones de piedra bajo un calor de patíbulo no lo ponen fácil. Es una bonita caminata de hora y media. Chorreando, toca ponerse las gafas y los patos y ver que se cuece bajo el mar.

El mar. El intenso color verde esmeralda promete belleza. Y la hay. Madre de Dios y del Amor Hermoso si la hay! Sin duda alguna, el mejor snorkling que he hecho nunca. Alrededor de Bird Rock, parece que estás buceando y nadas a profundidad con bandadas de todo tipo de peces de todos los tamaños, especies y colores. Parece que estás viendo una película de Walt Disney. Y los corales son…. Tremendo! Me encuentro rayas, tortugas, peces Luna, Payasos…  En los morros se me planta un tiburoncete de cuatro palmos… Inevitable preguntarme si es un adulto de una especie pequeña o es un bebé de los grandes porque, si es lo segundo, la madre o el padre de la criatura deben estar también por aquí y…

Me tiro 2 horas en el agua y salgo únicamente por hambre. Que maravilla! Y por la tarde más, y también un paseo hasta Nudey Beach, una playa para tirarte allí a morir… ¡Vaya día!

Me he puesto de un negro africano, bien hecho, nada de vuelta y vuelta. Y estoy deshidratado, cansado y feliz como una perdiz. Ha sido un fin de fiesta en Australia como debe ser.

Este país, todo este continente, es de una belleza irreal. Es verlo para creerlo. En realidad, todo este Mundo en el que vivimos, nuestra casa, es maravilloso y fascinante. No sabemos la suerte que tenemos. Si lo supiéramos, otro gallo cantaría. Yo voy tirando para Europa.

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Australia (14) Cap Tribulation. El rain forest. Naufragios.

Toda está zona de Australia está llena de animales peligrosos. A los cocodrilos y los tiburones hay de añadir serpientes venenosas, medusas que te provocan ataques al corazón, rayas mortales y un largo etcétera de bichos muy poco saludables. Pero el más “curioso” es el Cassowari,  algo así como un avestruz con casco y cara de mala leche. Me encantaría ver un Cassowari en libertad. Dicen que, si te encuentras con uno, lo peor que puedes hacer es correr, que lo mejor es ignorarlo… A ver.

Llego a Cap Tribulation, en el Daintree National Park, a las 2 de la tarde. Antes he parado para caminar hasta las Mossman Gorge y para dar una vuelta en barca por el río Daintree  y ver cocodrilos tomando el sol en las riberas. Estos no son muy grandes.

Me alojó en un campamento básico pero con todas las comodidades: barracones para dormir, lavabos y duchas, cocina, un bar enorme y una piscina medianita. Las playas de los alrededores son una maravilla. Arena blanca, palmeras, la selva detrás y el mar tranquilo. Desiertas, claro, es el mar más peligroso del Mundo. Una playa donde no te puedes bañar es un contrasentido difícil de asumir, pero aquí es lo que hay. Si te das un baño al atardecer en estas aguas, tu única posibilidad de sobrevivir es que cocodrilos y tiburones se líen entre ellos a bofetadas por quien se queda con la pata y quién con la pechuga y, mientras tanto, se olviden de ti. Y eso es poco probable

Dos horas de paseo, un poco de gimnasia de mantenimiento y a la piscina. Bochorno. Esta anocheciendo y, desde el agua, veo 20 ó 30 murciélagos sobrevolando las copas de las palmeras.

Estoy acribillado por los mosquitos. Aquí hay unos, o unas, pequeñines que son de lo más voraces y te pican por todos lados pero, especialmente, en la espalda, donde no me llegó.. No se puede estar al aire libre sin que te trinchen a picadas que parecen mordiscos así que, después de cenar, me voy directo a la habitación. Tengo todo el barracón para mí sólo. Mañana temprano me voy a las montañas. Tienen una pinta tenebrosa.

Me voy de trekking al Mountain Sorrow. Es el Mt. Sorrow Ridge Trail. No hay sendero, solo un caminito desbrozado a tramos en continua carrera contra la gran campeona del Mundo de la regeneración: la selva. Mucho cuidado en no perderte. Lleno de telarañas. Me pincho con una rama e, inmediatamente, me sale un sarpullido por toda la mano. El desnivel, el calor y la humedad hacen un equipo temible. Por el rabillo del ojo veo que tengo una araña grande colgando del sombrero. Me lo quito y lo sacudo para que se suelte. Un par de veces más cuelgan telarañas con sus dueñas por manos y brazos. Tengo la cara llena de telarañas. Mejor no apoyarte, ni agarrarte, ni poner las manos en ningún sitio. Mejor subir a pulmón. Hay que caminar poco a poco consciente de las decisiones y tomando puntos de referencia. Los últimos metros son verticales y, a tramos, unas cuerdas aseguradas en los árboles facilitan la ascensión, aunque sin mucho criterio, la verdad.

La vista desde arriba te conciencia de lo que has llegado a subir. Tres horas y cuarto. Bebo medio litro de agua, descanso 15 minutos y me bajo. Espero llegar en menos de 2 horas. Estoy chorrreando de sudor y mareado.

La bajada es de cuidadín, cuidadín. Muy esguinzosa. Palanca de retención y frenada a fondo. El suelo es hojarasca, piedras y raíces de los árboles. Todo musgoso, resbaladizo e inestable. Los mosquitos zumban a mi alrededor. Ahora entiendo las cuerdas. Eran más para bajar que para subir.

La selva es dura. Y no es amiga. Te pincha, te da golpes, te pica, te corta, te zancadillea y te hostiga constantemente. He perdido las señales. Estoy cerca pero estoy perdido. Mal asunto. Vuelvo sobre mis pasos y, a la tercera, encuentro el camino. Llego a la carretera. Dos horas y cuarto y todavía me quedan 15 minutos hasta el hostel. No tengo hambre. Prefiero primero un baño en la piscina. Necesito refrescarme.

Trekking exigente y muy aventurero, sí señor. He perdido un par de kilos seguro. Mis pantalones y yo tenemos rasguños leves, pero la camiseta se ha llevado la peor parte con algún desgarro de pronostico reservado. No llega a Europa. Son ya muchos viajes juntos. Por lo menos 3. La lavaré, la doblaré y la dejaré en el hostel de Cairns. Quien sabe…

Del Cassowari ni rastro. Lo más parecido que he visto ha sido un pavo. Y no es lo mismo mismamente. En absoluto.

El último día en Cap Tribulation lo dedico a explorar sin ton ni son. Me encuentro en pozas naturales, ríos, bosques pantanosos y sobre todo playas, playas desiertas que dan una sensación de naufragio.

Naufragios. Me decía un viajero que, detrás de la mayoría de los grandes viajes siempre hay una mujer ( o un hombre). Quizás. No sé. Es cierto que he encontrado mucha gente que viajaba porque había acabado una relación. Los naufragios de la vida ayudan a tomar grandes decisiones, desde luego. A algunos, esos temporales los llevan a desiertas, deprimentes y desoladas islas interiores y, a otros, a grandes travesías igual de solitarias pero más abiertas y enriquecedoras. No sé.

Llegando al hostel, en una zona pantanosa, Dubuji, oigo un chapoteo, me giro y, a cinco metros de mí veo un cassowari. Por fin! Me paro y le hago cinco fotos, hasta que me mira directo. No parece en absoluto amenazante pero ha llegado el momento de seguir. Sin prisa por fuera, ahuecó el ala. Que chulada! He visto un cassowari! Duermo feliz como un niño.

Toca ya esperar al autobús.Una última caminata por Myall Beach. Es marea alta y el mar se junta con la selva. No hay distancia de seguridad. Pasear aquí, en la más absoluta soledad, con la selva cerrada en un lado, el mar amenazador al otro, al fondo las montañas rodeadas de nubes tormentosas, todo en un silencio vació roto por el rumor de las olas rompiendo en la orilla y por extraños graznidos que suenan desde la selva …. La sensación es que, si esto es la primera escena de una peli americana, si no eres el “prota”, de la izquierda, de la derecha, de arriba o de abajo saldrá “algo” y adiós muy buenas en un santiamén. En el agua a un metro de mi, una raya enorme da un coletazo y me da un susto de muerte

Me vuelvo a Crains. Me queda poco en Oceanía. Tic, tac, tic, tac…

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Australia (13) Cairns. La Gran Barrera de Coral. Cocodrilos y tiburones.

De vuelta a Australia. Al final, la vida lo ha querido así. De Nueva Zelanda, vuelvo a Melbourne y, de allí, sin salir del aeropuerto, avión a Cairns, en Queensland, al Noreste del país. El Trópico australiano, el rainforest y los arrecifes de coral.

Que sensación más diferente a cuando llegue por primera vez a Australia. Entonces, tras viajar por Asia durante meses,  estaba más perdido que un marciano en Disneylandia. Ahora ya no. Llevo más de 100 días dando vueltas por Oceanía. Terreno conocido.

Australia no te la acabas nunca pero me faltaba, especialmente, la Gran Barrera de Coral del Noreste. Me apetece mucho conocer este país bajo el agua. En la playa de Cairns, desde luego, no. Ese mar está infestado de los cocodrilos más grandes del planeta (más de 8 metros) y he visto demasiadas películas como para arriesgarme a acabar de  aperitivo  de un lagarto dentudo y resabiado porque los humanos hicieron bolsos y zapatos de su santa madre. Los cocodrilos tienen casi 80 dientes, y eso es mucha dentadura. Aunque, a mí, lo que me da más miedo son los tiburones. De toda la vida. Desde que vi la peli es una de mis pesadillas habituales. Esos no tienen dentadura, esos tienen trinchadora. El gran tiburón blanco… 3.000 dientes amigo!!!! Y de eso también hay por aquí.

Me dan la bienvenida 37° de calor apabullante y un 88% de humedad. Una sauna. En las calles ni un alma y el centro comercial y supermercado atestado de gente buscando el alivio del aire acondicionado. Fuera, el aire no se respira, se mastica. En el hostel hay una piscinita la mar de chula y, después de hacer las compras de comida para los próximos días, me meto. Por ahora, pasear imposible.

Cairns no tiene ningún interés. Es un pueblo grande o ciudad turística como las hay a miles. Restaurantes, tiendas, bares, playa, paseo marítimo y poco más. Quizás lo único curioso es la enorme piscina al lado de la playa para que la gente se bañe. En el mar, como decía, eres merienda para cocodrilos así que está prohibido bañarse.

También hay aquí una nutrida comunidad aborigen con el mismo aire zombi que notè en el desértico  centro de Australia. Quizás un par de escalones por encima de lo que vi allí en la escala de la degradación humana. Los hay también que se han organizado para hacer shows turísticos para divertimento de chinos y europeos sin nada mejor que hacer que deglutir patéticos espectáculos casi circenses sin el menor interés. En esas… representaciones, una pobre gente se vuelve a poner el taparrabos de sus ancestros, se pintarrajea y enseña al susodicho publico, con poca o ninguna gracia, como se utiliza una lanza o un boomerang. Ambas partes, actores y público, forman un cuadro de tragicomedia humana nada edificante. Una pena. Obviamente, no es que yo haya visto eso en directo, pero con los carteles y un video de propaganda que sí, más que ver, me han explotado en los morros, voy más que servido.

En la habitación estoy con un chino, un alemán y un inglés. Sí, ya sé que parece el inicio de un chiste. El primer dia, la habitación estaba hecha un verdadero caos y tuve que desplegar todo mi encanto para revertir la situación. Ahora somos todos colegas, nos bañamos en la pisciniki, jugamos al billar y bebemos juntos. El calor es infernal y no da para grandes excursiones.

Hoy toca comer arroz. Y digo toca porque es lo que había gratis. Me explicó, aunque creo que ya lo he mencionado en algún “Consejo de viajero”. En los hostels bien organizados hay un cajón o un armario donde, los que se van, dejan lo que les ha sobrado y tú puedes utilizar lo que quieras. Arroz, pasta, mantequilla, aceite, sal, pimienta, hierbas…. Y también champú, gel, crema solar… Es un ahorro considerable. Hoy había arroz. Por eso he hecho un arroz de verduras. Muy bueno.

Como mucho pero sigo en el pellejo. Mi dieta es muy regular. Para desayunar fruta,  tostadas y café. Para comer, pasta, arroz, ensalada o huevos. Y para cenar, carne o pescado. Todo siempre con verdura. Agua, coca cola y, si el país lo produce, vinito. No gasto en las 3 comidas del día más de 20 euros diarios “tout compris”. Es importante cocinarme y emplatar con cariño. Hace bien al cuerpo y el alma. No es lo mismo viajar 15 días y comer lo primero que pillas que estar fuera de casa todo un año…o siempre. En ese caso, has de hacer del Mundo un hogar itinerante y tratarte con cariño. No hay otra.

Mañana voy a la Barrera de Coral. Ganas.

Hora y media para llegar al primer punto de inmersión. El barco se menea que da gusto. Nos ponemos el equipo y al agua. Antes, un espabilado le pregunta a uno de los guías sí aquí hay tiburones. Ya estamos. El guía le responde que sí, pero que de día no tienen “actividad”. Y añade, “normalmente”. No te jode!

Cómo no podía ser menos, bajo el agua la Naturaleza australiana está igual de mimada que en la superficie. Es tan cuidado y perfecto este mundo submarino que casi pierde naturalidad y puede parecer un decorado. Ni un plástico, ni una lata, ni un dedo de coral roto…. Enormes extensiones  de borgonias, corales y poseidonias habitadas por peces de todos los tamaños con combinaciones de colores impensables van desfilando por mis ojos…

Nunca dejará de sorprenderme el magnífico “allí abajo”, ese Mundo pausado que es y no es el nuestro. En ningún otro lugar estás tan solo y, a la vez, eres tan consciente de estar vivo y contigo mismo. Quizás es el efecto de escuchar tan clara y constantemente el sonido de tu respiración. Tras las dos primeras inmersiones, como no hay  tampoco ningún otro lugar como el mar para coger hambre, me lanzo famélico a por la comida de a bordo. Selección de ensaladas y platos fríos en general.

La última de las 3 inmersiones, ya después de comer, cuando el mar ha perdido los excesos de energía matinales y sestea bajo el sol de la tarde, es siempre la mejor. Calor, calma chicha y visibilidad perfecta. Los colores cogen sus intensidades más rabiosas y el mundo submarino resplandece en toda su perfección imposibilitando definitivamente a la ficción cualquier intento de superación. Vuelvo al hostel satisfecho y cansado pero todavía me da tiempo para un chapuzón en la piscina, 15 minutos de jakuzzi y una ducha caliente reparadora para pasar ya a la cocina y hacerme una “cena de sobras” rematando los víveres restantes. Este hostel es una perla. Y a 15 eurillos la noche.  Mañana enfiló hacia Port Douglas.

Port Douglas es lo mismo que Cairns en más pequeño. Y hace un calor horrible. Estoy en otro hostel magnifico, también con piscina, pero es que ni en el agua se puede vivir. Es como bañarte en te. Una calle con bares, tiendas y restaurantes, un pequeño parque con un árbol enorme, palmeras y bonitos cielos al atardecer, una playa y un puerto con yates de millonarios. Eso es todo.

Paso 2 días de algún paseo tranquilo, a primera y última hora, régimen de engorde y descanso tropical escribiendo bajo el ventilador.  Mañana me adentro en el rainforest de Cap Tribulation. Tres días incomunicado y sumergido en la más pura y virgen Naturaleza.

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Nueva Zelanda (y 9) Cerrando el círculo. Christchurch – Mt Cook – Queenstown. Un percance nocturno.

En realidad,  y aunque todavía tardaré en llegar, hoy empiezo a volver a casa. Allí, entro en boxes para que me arreglen un poquito, veo a mi gente, descanso un poco,  pasaporte nuevo y otra vez al tajo. Voy cerrando el círculo, pero, mientras tanto, seguimos…

Christchurch es de las ciudades más tranquilas del Mundo, y también de las más aburridas. En febrero del 2.011, fue destruida por un terremoto de 6,3 grados de magnitud. Aquí esto pasa cada 2 por 3. En septiembre pasado tuvieron otro de casi 7 grados en medio del mar. Espero que lo que aquí noto no sea la tensa calma que precede a la tempestad. “Madrecita que me quedé como estoy”. 

Pues eso, que aquí puedes ir a un par de museos, tomar algo en Regent Street, ver la fachada de la catedral destrozada por el terremoto, caminar por el Jardin Botánico o el Bridge Path Walk, pero poco más. Ideal para descansar. La ventaja de un viaje largo es que te puedes permitir “perder” el tiempo en algún lugar sin ningún tipo de ansiedad o remordimiento. Yo les llamo días de “pausa”. Mi mayor distracción aquí, y casi la más frenética de mis actividades, ha sido sentarme en un banquito a la orilla  del río, en el Jardín Botánico de la ciudad, y contemplar como los patos toman el lunch metiendo medio cuerpo en el agua, casi en vertical, y enseñando el culo al cielo.

Hay, eso sí, a 15 min en bus del centro, un barrio surfero con una enooooorme playa de largas olas y cielos preciosos. Es el New Brighton Pier. El “pier” (muelle) en cuestión, es una curiosa plataforma que se introduce en el mar como un puente inacabado donde la gente pesca, observa a los surfistas y toma fotos. Original.

Yo, mientras tanto, sigo de cocinitas haciéndome pantagruelícos banquetes para ponerme gordo y fuertote. Hoy, para comer, me sentía nostálgico de Asia y me he he hecho un arroz picantito con verduras y, para cenar, unos filetes de pescado fritos con mantequilla con acompañamiento de tomate, cebolla y guisantes. Muy bueno. Pronto seré ya un niño grande.

Mañana otra vez a la carretera. Me voy a Mount Cook. Solo tengo una noche, dos medios días, para hacer un par de trekks chulos allí. Llegaré a las 13 horas y me iré pasado mañana a las 14.30. Me he de despertar a las 5.30 de la madrugada…y me toca el gordo.

Cuando voy a dormir, en la litera de arriba me encuentro un tipo obeso roncando. Pero no roncando “normal”. No roncando suavito en plan algo más que un arrullo en do mayor o un ronroneo de chucho satisfecho dentro de unos límites de polución auditiva tolerable. No. El cabronazo truena como en la peor de las tempestades, resopla como si Eolo hubiera cogido un cabreo de los que hacen época y cambian el curso de la Historia, escupe como.un volcán en erupción y todo su corpachón se menea como si en su interior hubiera un movimiento sísmico. Gruñe y grita como un pobre cerdo despavorido en el matadero y, de pronto, cambia de registro a un gorgoteo de ave degollada regurgitando la sangre que le obtura la respiración. Es la reproducción sonora de una verdadera carnicería salvaje y sanguinaria, de un cataclismo, de un Argamegon. Me pongo tapones en los oídos pero eso no se arregla ni con chapas de acero. Le gritó que se calle, le doy con un zapato en los hierros de la cama , le intento mover de posición y nada. Ha entrado en una especie de trance apocalíptico sin salida ni solución. Os diréis que exagero. No es verdad. Ese tipo no me extrañaría que tuviese un problema de posesión demoníaca.

A la media hora, desesperado, para no estrangularle me cojo el edredón y me largo al salón. Tres o cuatro horitas en un sofá he dormido. Naturalmente, me pasó el viaje en bus sobando como una marmota. Que agotamiento.

Llego a Mount Cook. El lugar es bonito. Zona de lagos, montañas y glaciares. El lago y el glaciar Mueller, el Lago Tasman, el Hooker Valley y su rio, el monte Cook… Hago el Hoocker Valley Track nada más llegar y al día siguiente el Sealy Tarns… Lo dicho, bonito, pero nada más. Naturaleza superviviente y magnifica. Pero demasiada gente para mí gusto. Y los glaciares…los glaciares dan pena. Hay algún lugar en el que se ve claramente que ya sólo queda el cauce. El glaciar ha desaparecido. Ha muerto. Nosotros damos pena. Cómo no pongamos remedio urgente a todo esto…

Vuelvo ya a Queenstown. Circulo completo. Me queda un día para poner orden a todo y vuelvo a Australia de camino a casa. Ahora sí me como una hamburguesa en Fergburguer. Aunque ese tipo de comidas no me van mucho, hay que reconocerle el mérito, desde luego. Muy buena.

Llegué aquí hace 39 días y he recorrido buena parte de este maravilloso país disfrutando de una Naturaleza grandiosa y cuidada con mimo. Ojalá les dure porque, al fin y al cabo, este es un planeta pequeño, y las barbaridades que se están haciendo a nivel global ya amenazan malos tiempos. Tengo un poco de tristeza. Nueva Zelanda ha entrado ya, sin ninguna duda, en mi lista de países favoritos del Mundo, aunque la última impresión que me llevo no es buena. Queenstown está abarrotado de gente.

Es el Año Nuevo Chino. Primero fueron los rusos, y ahora le toca el turno a China. En los últimos 2 años escasos, la Perestroika amarilla ha abierto las compuertas por donde se desparrama en el Mundo un fenómeno de neo-turismo que ofrece a los tour-operadores un nicho de mercado de 1.200 millones de personas sobre el que se han volcado con voracidad.

Donde lleva eso no lo sé, pero… ni la actitud de la oferta ni la de la de la demanda me parece de lo más edificante. Muy poca ecología, mucho consumismo febril, cultura muy embotellada… mucha comida basura, mucho tour “safari”, mucha atracción de feria…

En el mundo todo está como muy mezclado y agitado, perdiendo originalidad, calidad, naturalidad y personalidad. Como comerte en Bangkok una pizza de sushi y pollo frito con comino y coriandro acompañada de CocaCola, servida en el bufete de un restaurante chino y cocinada por un chef marroquí. Y, además, deglutida a toda prisa, sin quitarte el sombrero mejicano, para no perderte el show de flamenco que has reservado para dentro de 15 minutos en el templo budista de la esquina. Y, ojo, que ya van viniendo los indios. Otros 1.200 millones.

En fin, dejo ya Nueva Zelanda. Magnifico país, si señor. Y de vuelta a Australia. Avión a Melbourne, duermo en el aeropuerto y, de mañanita, a Cairns. Voy a conocer la Gran Barrera de Coral australiana. El Este que me faltaba. De ahí, a Europa.

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Recomendaciones del mes. Diciembre 2.018. Australia: Tasmania y Sur.

EQUIPO.- Botas nuevas. Son Salomón Magnet Dalhia. Cambio de tercio, más deportivas y runeras, quizás menos aventureras. Vamos a probar. Las últimas han durado 9 meses y 30.000 km de camino. A ver estas cómo se portan.

Ramón me ha traído de casa unos Levi’s. Los echaba de menos.

ALOJAMIENTO.- Scapes Accommodation/Explorers Cottages, en la isla de Bruny. Los cottages son como para quedarse a vivir. En el Hotel Bruny, Adam William reparte juego entre varios alojamientos de la isla como un base de baloncesto.Y, la verdad, la clava.

También es un buen alojamiento, y curiosísimo, el Empire Hotel de Queenstown. Un hotel de los de antes, señorial, con escalera central, cuadros antiguos, grandes pasillos, espejos y lamparas enormes y moquetas y alfombras por todos lados. Cómo aquellos hoteles de montaña donde iba a veranear la burguesía catalana. Y con un restaurante muy bueno, del mismo estilo casposo y vetusto. Tremendo.

Un pelo más caro, pero también recomendable, es el The Grove, en George Town, un caserón tipo peli de miedo donde te llenan tanto la nevera de comida para desayunar que te da para las 3 comidas del día.

GASTRONOMIA.-  En Tasmania sí se come bien. Muy rebien.

En Hobart, en el puerto, ni pensar en perderse el Drunken Admiral, un restaurante de pescado con aire de taberna de pescadores, hiperdecorado como si fuera un museo naval y con un menú para chuparse los dedos. El plato de pescado a la piedra, con patatas fritas y ensalada, un placer. Caro, pero sin exageraciones. Por 40 euros cenas de maravilla. Allí cené en Nochebuena.

En Bruny, buenísimos rustidos al horno de ternera y cordero y vinos locales en el Bruny Island Premium Wines, y un salmón Atlántico y unos combinados de pescado tremebundos en el Hotel Bruny. Aquí, en el Hotel, se puede tomar una bebida local de frutas, especialmente manzanas, ligeramente alcohólica (6°), fermentada en barricas durante 12 meses que llaman “cidar”, una especie de cava muy gaseoso. Obligatorio probarlo. Bueno y refrescante. Recordando todas esas cosas se me está haciendo la boca agua. Pero es que también comí una ensalada templada de costillas de cordero buenísimas en el restaurante de Tarraleah, un fish&chips tremendo en el hotel de Queenstown, y un pan de ajo para chuparse los dedos en… Bueno, total, que en Tamania me he puesto ciego de comer.

Mención especial merece la escalopa de pollo napolitana del Hobart Hotel, para mí, la mejor del mundo. Por lo menos yo no recuerdo haberla comido nunca tan buena, y estamos hablando de mi plato preferido. Eso me trae a la memoria las mejores milanesas que he comido en casa particular: fue en casa de Gustavo Margaritte y Dolores Lasarte, durante una competición culinaria Argentina versus Cataluña. Lo conté en Argentina y Chile (14) Tandil. La Intercontinental. Salud amigos!

Y, encima, el vino de Tasmánia es (demasiado) bueno, especialmente el Pinot Noir.

Y en el Sur, en Sidney, no perderse el Rashays. Las mejores costillas de cordero de Australia. Barrio de Darling Harbour.

Por segundo mes consecutivo, y a pesar de la enorme competencia que había en Tasmánia, no tenemos más remedio que recomendar nuevamente, y felicitar efusivamente, a Nacho Rovira, un servidor. También este mes se ha ocupado de muchas de las comidas y cenas de las que han disfrutado en viaje, tanto el mismo mismamente, como su siempre desganado hijo. Pues no come nada el chaval! Cómo para llevarlo al restaurante y dejarle la tarjeta…

INTERNET.- skyscanner.com Para mi, el mejor portal para vuelos.

TRANSPORTE.- El coche que alquilamos con Ramón y que nos llevó a dar la vuelta a Tasmània. Lo alquilamos en Hertz. Cumplió.

Fantástico sistema de skybus en Melbourne. Pura eficacia.

CIUDAD/PUEBLO.Bruny Island. Un lugar curioso, una salvaje maravilla natural con un clima variable, deshabrido y malhumorado. Es una isla del tamaño de Singapur. Allí, en Singapur viven 7 millones de personas y aquí, en Bruny, hay 700 residentes, así que hay más wallabis que habitantes. No es un lugar para tener vida social. Todo Tasmánia es una maravilla, pero este pedacito tiene una magia especial.

Y Bicheno, en la Costa Este. También muy, muy especial.

TREKK.- Muchos este mes.

Fluted Cape es una caminata corta, de 2 horas, pero es absolutamente sublime. El sendero no tiene ninguna protección  así que hay que ir con mucho ojo en no asomarse demasiado. Aquí, un resbalón es el final. Recuerda los caminos de ronda de algunos puntos de la Costa Brava. Paisaje salvaje y vertiginoso. Es circular, pero aconsejo hacerla en el sentido de costa a bosque. Es la dirección más dura, con mayor desnivel de ascensión.

Todavía mas espectacular y, desde luego, más difícil, la ascensión al Cradle Mountain. Sin duda, una de mis montañas favoritas en el mundo.

Y, por último, Walls of Jerusalem, un magnifico trekk de 4 dias. Organizó el trekk la empresa Trektasmania/Trektours Australia. Muy bien.

MENCION ESPECIAL.- Pues Ramón, claro. Otra vez lo hemos pasado genial.

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Australia (12) Melbourne-Sidney. Arma letal.

Me queda una semana en Australia, así que le voy a dar candela. Voy a conocer Melbourne y Sidney, las dos metrópolis más grandes del país. Cuatro aviones y un montón de kilómetros urbanos en 7 días. A la vuelta de la esquina está Nueva Zelanda pero, ahora, últimas bocanadas de aire australiano.

Melbourne es una ciudad pasto de los turistas. Un eficiente sistema de transporte en bus y tranvía reparte con precisión quirúrgica a los miles de visitantes que aterrizan aquí cada día. El tránsito es limitadisimo y, en cambio, las aceras del centro histórico, comercial y financiero están absolutamente abarrotadas. En el área metropolitana viven 4 millones de personas pero en el centro no vive nadie. Unas 75.000 personas, dicen. No me extraña.

Recorro, ya la primera tarde, todo el centro. La catedral, el río Yarra, Federación Square, la estación de Flinders… Rascacielos impresionantes, puentes preciosos, estadios ultramodernos, arte urbano, músicos callejeros…

Dedico toda la mañana siguiente al Queens Victoria Gardens, Jardín Botánico y South Melbourne, un trekk urbano de 3 horas. Y por la tarde, la otra ribera, hasta China Town, Victoria street y vuelta a callejear de arriba para abajo. Otras 3 horas. Todo muy chulo pero…

Es que a mí las ciudades…como que no, que lo mío es la Naturaleza y la gente en masa me da un poco de grima. Turísteo, consumismo a tope, atracones de comida, niños llorones y atracciones artificiales.

Y esta ciudad es de las bonitas y cuidadas, dicen que una de las mejores del planeta para vivir. Alto nivel de vida, poca contaminación, clima tropical…

Reconozco que el Skyline de Melbourne es de apoteosis urbana. A la altura de Tokio diria. Es una ciudad que te puede dar tortícolis de tanto mirar para arriba. Tiene también un Barrio Chino curioso que parece en lucha de supervivencia intentando evitar que no le engulla Occidente. O quizás al contrario, haciéndose un hueco para orientalizar a los australianos. Lo tiene complicado porque esta es una urbe capitalista y pija. El Queens Victoria Gárdens es agradable y tranquilo y también he disfrutado recorriéndolo. Y las callejuelas llenas de grafittis son curiosas, sí, pero…

En Melbourne hay mucha gente joven. Aquí hay mucho trabajo y los salarios son buenos, aunque hay cada chaval disfrazado vendiendo chorradas en la calle para ganarse la vida que, si lo viera su abuelita, tendría un disgusto. Esos chicos y chicas que se tirán a viajar sin tener ni formación ni talento alguno me dan penilla.

Último día completo en Melbourne. Por la mañana temprano, me paseo por el enorme e impoluto Queens Victoria Market. Lo que no encuentres aquí es difícil que exista en Australia. El resto de la mañana lo ocupo en hacer una inmersión cultural y visito el Ian Potter Centre y la laberíntica National Gallery of Victoria. Aunque lo cultural no es lo mío, disfruto con las visitas. Melbourne, entre sus museos gratuitos y el arte urbano que rezuma en sus calles es, para los culturitas, una verdadera gozada. Cómo he sido un niño bueno y aplicado, me regaló una caja de 3 piezas de pollo y patatas fritas del Kentucky Fried Chicken. Hoy no cocino. Un poco de comida basura hace bien al alma. Y por la tarde me cojo un tren y me voy a Brighton Beach a ver las icònicas “bathing boxes”, unas casitas de madera con cocina en la playa que la gente se da de bofetadas por alquilar para pasar un día a la bartola y hacer el picnic playero.

Total, lo dicho, Melbourne es, para mí, una ciudad bonita pero sin ningún sabor especial. Una ciudad como miles de ciudades del Mundo que no se libra de malos olores, homeless, multitudes, colas, etc, etc, y cuyo mayor atractivo para la mayoría de la gente son, ni más ni menos, los centros comerciales, bares y restaurantes, al igual que ocurre en todas las ciudades del mundo. Y es que el género humano está fatal.

Y ya está. Ahora a ver qué se cuece en Sidney. Tengo un fin de semana para conocerla.

En el control de seguridad del aeropuerto descubren, y me confiscan, mi cortauñas. Supongo han intuido que eso, en mis manos, es un arma letal, máxime cuando tiene anexo un cuchillo de grandes proporciones, casi las mismas que mi dedo meñique. Tengo respeto por el personal de seguridad y aduanas, pero la ley tiene una letra y un espíritu. No permitir entrar un cortauñas en un avión es, simplemente, una tontería.

Nada más llegar a Sidney, ya las 4 de la tarde, me voy a ver Bondi Beach, una de las playas más famosas del mundo, y paseo al atardecer por el Coastal Walk pasando de playa en playa viendo las olas surferas romper contra los acantilados y la arena. El día no da para más. Llego al hostel ya anocheciendo.

El domingo en Sidney resulta un palizón. Esto sí es una metrópolis como un piano. Más vetusta y mazacote, mucho más grandiosa que Melbourne y aquí sí hay sabor. Es una ciudad que siempre estará entre las 10 más interesantes del Mundo. Si Melbourne es un bomboncito de diseño, Sidney es un polvorón gigante.

Empiezo por la catedral de Sta. Maria, sigo por el Hyde Park, una isla verde rodeada de rascacielos por todas partes, Chinatown, el Ayuntamiento, el Queen Victoria Building… Hace calor y las calles, invadidas por turistas, huelen a crema solar. Paro en el Darling Harbour para comer. Hoy es domingo, fiesta de guardar, y me homenajeó con unas costillas de cordero rostidas que me hacen recordar una de mis comidas favoritas de Barcelona: el cordero al horno del Mesón de Aranda. La clavó. Gol por toda la escuadra. Un disfrute.

Y sigo. Me subo al Harbour Bridge, desde donde se ven las mejores vistas del edificio de la Opera, paseo por The Rocks, el barrio europeo lleno de mercadillos y terrazas y me zambulló en la masa que recorre los alrededores del Ópera House. Un agobio. Increíble la cantidad de gente que llega a haber. Deshidratado, vuelvo a The Rocks y me tomo una caña en un pub. Dicen que a los australianos les va mucho el deporte. Verdad, pero más le van los pubs.

Ya no me aguanto de pie, así que enfiló los jardines botánicos y en una hora más me planto en el hostel. Mal barrio, por cierto. Bajo un puente, una encantadora niña rubita veinteañera se está metiendo un pico ayudada por un macarra con la peor de las pintas. Me meto en la ducha de cabeza.

Hoy me apetece comida asiatica y ceno una sopa vitnamita de fideos y pollo. No hay como la condimentacion asiática. Intento reorganizarme, está semana está resultando vertiginosa. Me va a faltar un día aquí porque no podré ir a trekear en las Blue Mountains, a sólo 2 horas de Sidney. Dicen que es un lugar espectacular para los amantes de las montañas, pero no llego a todo.

El dia 31, Sidney es un hervidero de gente. Hay una macrofiesta de Fin de Año en los jardines botánicos y muchas calles están cortadas. Es la primera gran ciudad del Mundo en saludar el año nuevo y lo celebran a lo grande. Ellos, nosotros, estaremos en el 2.019 diez horas antes que en Europa. Me voy prontito al aeropuerto. En este tipo de días los imprevistos son habituales.

Mi avión sale, con retraso por un temporal veraniego, a las 20 horas, de vuelta hacia Melbourne. Esta noche, última en Australia y noche de Fin de Año, la paso en el aeropuerto de esa ciudad en tránsito hacia Queenstown, Nueva Zelanda. Nuevo año, nuevo país. Australia ya es historia. Una magnífica historia.

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Australia (11) Tasmania ( y 4ª parte) La costa Este. Como un grano en el culo. Navidad en Tasmania.

Tres días de descanso absoluto en Hobart. Lo necesitaba.

Parece que se acerca peligrosamente la Navidad y estoy, como quien dice, a un pasito de las antipodas de casa, el lugar diametralmente opuesto a donde yo vivía y está mi gente. Si me pongo a escarbar en el suelo, todo recto, llegaría cerquita de allí. Pero, si no quiero dejarme las uñas en el intento, va a ser que no, va a ser que pasaré la Navidad aquí, en Tasmania. Pues no es mal lugar, ni mucho menos, pero habrá que organizarse un poco para que no me de ninguna pájara.

En Swansea “pincho” por primera vez en este viaje. El Parque Nacional Freycinet está a 35 Km del pueblo pero, para ir en transporte público, has de hacer combinaciones que no permiten volver. Swansea es desangelado y sin atractivo alguno y el hostel que he reservado para 2 noches es caótico, dejado, sucio y con jóvenes ociosos y cerveceros que me ponen nervioso. Hay chavales que viajan bien y los hay que viajan mal. Estos son de los segundos. Toda la tarde en manada alrededor de una mesa, cerveza tras cerveza, con conversaciones estúpidas, gritos y risas histéricas. Para rematar, mañana no hay bus para seguir adelante por la costa, así que me tendría que quedar un día más. Decido irme hoy mismo a Bicheno e intentar llegar al Freycinet desde allí. Pierdo el dinero de una noche de hostel pero que se le va a hacer. Aquí no voy a estar bien.

Bicheno es otra cosa. Más bien es la contraria, un pueblo con ángel y muchísimo atractivo. Aquí sí apetece pasear. Al atardecer, tomo un sendero hasta las rocas. Sopla viento frio y huele a mar. Me acuerdo del Empordá, de caminatas de otoño e invierno, con el corazón caliente e ilusionado, por Llafranch, Calella, las playas de Begur… Y Cap de Creus… Recuerdos de llegar a casa y avivar los rescoldos del fuego…. Para qué pensar.

Ha costado, pero he conseguido autobús para ir y volver a Freycinet y un alojamiento barato para una noche. No puedo estar más porque en fin de semana no hay autobús para volver. Me voy mañana a las 6’15 a.m. Tiene muy buena pinta.

Paso hoja y cambio de tema. Cuando una persona es muy molesta, perseverantemente pesada, se dice de ella que es “como un grano en el culo”. Efectivamente, uno de los peores enemigos del viajero es una almorrana. Yo, desde pequeño, tengo una recidiva que, de vez en cuando, me viene a visitar. Es el caso. Ha venido. La mía, el mío, se llama Vicente. Es macho. No sé decir cómo lo sé. Es pura intuición. Lo bautice en su día con ese nombre y se le ha quedado. Este año ha venido por Navidad. El chiste es fácil pero el asunto no da para bromas.

Cómo el roce en este caso no hace el cariño, si no todo lo contrario, su visita resulta siempre de lo más incomoda aunque, teniendo ya una cierta intimidad y confianza con èl, se cómo tratarlo. Es realmente molesto, sobre todo para viajes largos en bus o tren, pero ya te digo, hasta le tengo un cierto respeto y no soporto que se hagan bromas con èl o se le haga público escarnio. Viene siempre por alguna razón de fuerza. En este caso, la culpa es de unos accesos de tos que he tenido últimamente por un constipado mal curado, que arrastró desde Tailandia, y porque soy imbécil y, en consecuencia, fumo.

Pues eso, él en su lugar y yo en el mío, cuando viene procuramos convivir sin grandes problemas y con una educada indiferencia que nos haga pasar, en mayor o menor armonía, los días que haya decidido viajar conmigo. No es un compañero, pero nos arreglamos sin aspavientos ni discusiones de mayor importancia. Cuestión de educación y paciencia. Tampoco nos vemos mucho, es más bien una sensación constante y desagradable.

Intuyo alguna risita de cachondeo. Un poquito de consideración, por favor. El tema es doloroso para mi.

Vuelvo a lo que interesa. Llego a las 6,45 a Coles Bay, al ladito del Parque Nacional Freycinet, y el hostel está cerrado hasta las 8, pero me puedo tomar un café. Tengo dolor de cabeza de dormir poco. El trekk muy chulo. Una hora de camino desde el hostel al parking donde se inician los senderos. En una primera etapa de 30 minutos hasta un mirador desde donde se fotografía en todo su esplendor la Wineglass Bay, uno de los iconos y lugares más fotografiados de Tasmania, hay un montón de gente. Por la foto todo el mundo es capaz de caminar media horita aunque sea cuesta arriba y ahogándose como pescados en cubierta. Y no creas, juro que hasta he visto gente que se hace la selfie con la foto del letrero que hay en el parking. El colmo. La vista una pasada, pero a mí déjame con la vista desde la ermita de San Ramón en Begur.

Allí, en el mirador, se hace ya la primera criba de gente aunque sigue habiendo bastante que baja a la playa, que es el segundo corte. A partir de ahí, desde que dejas la playa de Hazards, ya nadie. Yo sigo y hago todo el Wineglass Bay-Hazards Beach Circuit, una travesía circular preciosa, un sendero magnifico como entre los Caminos de Ronda en el Empordá y el mallorquín Camí de Cavalls. Precioso. Las playas, llenas de ostras, los bosques como fantasmas, las piedras y acantilados cincelados a mar y viento. Un lujo.

La última media hora el tiempo se ha encabronado y la hago bajo lluvia intensa. No problem. Como mis sánwiches en el parking y me vuelvo a Coles Bay metiéndome en todos los rincones que voy encontrando. Muy pero que muy bonito. Total, son 3 horas y pico que, más la de ida y la de vuelta al hostel y alguna ronda por los alrededores ya hacen una buena jornada. El hostel agradable y solitario, el día se ha tornado gris, lluvioso y frio y yo estoy cansado. Me hubiera gustado hacer la cima del Monte Amos e incluso adentrarme más en Península, pero no hay tiempo y mis abductores tampoco dan para muchas alegrías. Si hubiera podido pasar una noche más aquí lo hubiera aprovechado pero no ha podido ser. Hoy prontito a dormir y mañana de vuelta a Bicheno. Le voy a pegar una paliza a la cama que se va a enterar.

Paso un par de magníficos días explorando los senderos, playas y rocas de Bicheno. Me encanta este lugar. Los soplidos de agua del Blow Hole, la Diamond Island, a la que se puede ir a pie con la marea baja, el rocoso Foreshore Walkway… Lo siento especial, como muy familiar. Podría quedarme aquí una temporada. He encontrado un lugar que venden un pescado buenísimo y me cuido mucho. Siempre me cuido, pero ahora me esmero más y me cocino con cariño platos como ensalada de guacamole con atún o pescado con pimiento rojo, bicho y salsa tártara. Y vinito. Estoy mejor que quiero.

Y 23 de Diciembre, en Hobart. NAVIDAD. Navidad en Tasmania. Reserve hace unos días mesa para la noche del 24 en el mismo restaurante que cenamos el día que llegó Ramón. Y el 25 me hago una comida de Navidad en el hostel. Sentimientos encontrados. Libertad, sueños cumplidos y vida plena. Soledad, nostalgia y añoranza. Fuerte, pero muy cansado. Feliz tristeza. Desesperanza sin miedo. Serenidad. Nada que querer que no tenga. Nada que pedir más que salud. Nada que ocultar, nada que callar.

Quizás eso es todo. No está mal, no está mal. No está nada mal. 

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Australia (10) Tasmània (3ª parte) The Walls.

Walls of Jerusalem índuce a pensar en hadas y duendes. Mi naturaleza escorpiniana me hace tan creyente en presencias, espíritus y fuerzas, como agnóstico en su forma y contenido.

Creo en hadas y duendes, pero solo como sensaciones, intuiciones, presagios o inspiraciones, no en sus formas poéticas o holywoodenses. Lo trascendente es incognoscible y no es lo mismo creer en Dios que en religiones con su santo clero, sus ritos, oraciones, mandamientos, premios y castigos.

Walls of Jerusalem es un buen lugar para sentir esas energias.

El minibús nos deja en el aparcamiento que marca el inicio de los trekks del Parque Nacional Walls of Jerusalem. El grupo está formado por 2 guias, una pareja y una señora australianos, los 3 pasando ampliamente las 60 primaveras, un matrimonio neozelandés con su hijo de 10 años y una chica veinteañera que entra a trabajar en la empresa que organiza el trekk y viene a conocer la zona. Y nosotros 2, claro.

La primera jornada es ligera, 4 horas para subir a la base del Parque, con una comida fría a medio camino. Bocadillos de ensalada con pavo y queso. Nos han cargado de peso, eso sí. A nuestros 6 ó 7 kilos de equipaje nos añaden otros tantos entre esterilla, saco de dormir, barritas energéticas, fruta natural y seca, agua…

El campamento está montado en la falda de King Davids Peak y tomamos posesión de nuestra tienda desplegando todo el equipo. Aquí pasaremos las próximas 3 noches. El lugar es paz y silencio y el tiempo es soleado y caluroso aunque nos dicen que, por la noche, las temperaturas bajarán a lo bestia.

No dejo de alucinar de cómo cuidan aquí la Naturaleza. Un detalle: antes de iniciar el trekk hay un aparato, básico pero eficaz, para limpiar y desinfectar las botas. Se trata de evitar que, inconscientemente, transportes al bosque del Parque especies invasoras que puedan perjudicarlo. Por descontado, el campo base està impoluto. En casa habría pintadas hasta en las piedras. Y basura no te digo. La educación australiana sobre este tema es de envidia insana. Tienen clarísimo que su Naturaleza es la base del turismo nacional e internacional y que no pertenece a nadie, si no que es una herencia ancestral que cada generación debe administrar con delicadeza para entregarla a la siguiente en la mejor de las condiciones. Y nosotros con esos pelos, con gente que cree que la Naturaleza es suya y que, por si los árboles no nos dejan ver el bosque, los cortan y aquí paz y después gloria. Ya escribiré sobre eso. El tema del bastardo desprecio de alguna gente por nuestra Naturaleza tiene guasa. Y la pasividad que ante ello adopta la mayoría a pesar de ver como expolian en sus morros el patrimonio de sus hijos y nietos, más todavía. 

Coño que si baja la temperatura!  Después de cenar una especie de pasta de arroz con verduras y setas deshidratadas a las 18 horas, empieza la bajada y, a las 20,30, cuando se retira el sol, hace una rasca de…temblores. Yo ya llevo puesta la ropa interior tèrmica, la camiseta y un polar y, en media hora, nos metemos en el saco y adiós muy buenas.

De madrugada nos despiertan unos animales peludos que se lian a mordiscos con la tienda intentando hacerse con la bolsa de provisiones. Solo vemos sombras, así que pueden ser wombats, demonios de Tasmania o perros salvajes. De todo eso hay aquí. Son entre ratas enormes, perracos peludos y ositos pequeños. Los ahuyentamos a patadas. Los muy cabrones nos han dejado un par de vías de aire en la tienda.

La segunda jornada nos pegamos un buen palizón de caminar por el centro del Parque. Salimos a las 7,30 horas, después de un desayuno de algo así como un porridge de cereales. Yo con el café y un plátano ya tiro.

Por la mañana subimos el Monte Jerusalén, una ascensión tranquilita pero que ya nos pone el cuerpo caliente y nos lleva casi hasta el mediodía. Parada para comer otra vez tortitas mejicanas con todo tipo de verde, queso y pavo ahumado.

Aquí ya deserta la mitad del grupo. Nos quedamos con los neozelandeses, la chica nueva de la oficina y una de las guias y nos subimos el Salomon Throne, una montaña preciosa con una tartera final que discurre por una garganta entre la roca. En la cima, hasta donde alcanza la vista sòlo se ve bosque, montañas y lagos. Una visión de la creación. Impactante.

Ya en el valle, a la altura de Damascus Gate, a los neozelandeses les da por proponer subir la montaña de delante, The Temple, para ver cara a cara el Trono. Aquí ya, entre la misma ascensión y los vientos de 50 km/h que amenazan con enviar mi cuerpo serrano a parir panteras, tengo que atajar de raíz un conato de rebelión de mis lumbares apoyadas por buena parte de los músculos de mis piernas cobardes. No llega la sangre al río. Todo el cuerpo me sigue en la ascensión y me trae de vuelta al campamento donde nos espera un aperitivo de canapés de salmón. Total, han sido más de 7 horas de ascensiones varias. Una cena frugal de arroz, con verduras naturalmente, y al sobre.

Hablamos con Ramón de viajes y de ausencias, añoranzas y nostalgias. El lugar inspira a reflexiones y conversaciones profundas. Concluimos que nada es bueno o malo, que todo tiene cara y cruz y que tu actitud ante las relaciones y los estados de la vida les da el sentido y los efectos. En absoluto, como dice la canción, la distancia es el olvido a menos que eso sea lo que tú produzcas. La distancia puede ser el mejor elemento de renovación de fuerza y aire de combustión. Todo va hacia donde tú empujas.

A las 8 de la mañana nos dirigimos hacia los lagos Salome, Peninsula y Sion, subimos el Mount Ophel y atravesamos el Golden Gate hasta Zion Hill. Eso se dice rápido pero es una tralla. Mis lumbares y rodillas siguen haciendo pucheros. Tengo que hacerles ver que su actitud quejosa, llorica y protestona no nos hace ningún bien. Trapecio y deltoides callan y me miran de soslayo a la espera de acontecimientos, pero oigo a mi espalda murmullos que me hacen intuir cierto descontento también por esa parte. Se impone un descanso en próximas fechas.

Llovizna ligeramente y el terreno es húmedo y blando. No hay sendero. A veces pareces caminar encima de montones de paja y otras encima de una enorme esponja viva. Pasas después a saltar de piedra en piedra y acabas en un suelo de quebradizas ramas y raices. Todo eso te obliga a estirar constantemente los músculos y, en un par de ocasiones, el suelo cede y meto la gamba hasta las ingles. Pasamos todo el día caminando en esos terrenos de una vegetación como líquenosa con un precioso colorido.

Nueve horas subiendo y bajando desniveles sin casi notarlo, pero el cansancio se ha ido acumulando y ya hace un buen montoncito. Tras el último petardazo, Zion Hill, todo el Walls of Jerusalem que hemos pateado durante 3 días queda a nuestros pies. Un lugar maravilloso. Sin duda, si las hadas y duendes existen, este es uno de los lugares donde habitan.

A la mañana siguiente bajamos a la civilización. Devuelvo a Ramón a casa en una más que buena forma física, en perfecto estado de salud y con una experiencia de vida más: 4 días sin ninguna comodidad y con toda la belleza salvaje de este mágico rincón del mundo. Y a la mañana siguiente le acompaño al aeropuerto.

No lo digo, pero estoy triste. En cuanto entra en el control de seguridad, no espero ni que desaparezca de la vista. Me giro y me voy rápido. Muy rápido. Desde dentro y para dentro le digo: Adiós, hijo.

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Australia (9) Tasmània (2ª parte) Una Vuelta a Tasmània. Queenstown-George Town-Launceston. Cradle Mountain.

Faltan 7 días para empezar el trekk Walls of Jerusalem. En esta semana hay que acabar de ponerse en forma. Caminatas largas con 10 kg en la espalda y buenos alimentos.

Y mientras nos ponemos fuertes y guapos, vamos a dar una Vuelta a Tasmania. De Hobart iremos a Queenstown, de allí a George Town y, al final, a Launceston. Y por el camino, trekks por el lago St. Claire y por Cradle Mountain. Un plan ambicioso.

El lago St. Claire dicen que es uno de los lugares más bonitos de Australia. No sé, eso es mucho decir pero, desde luego, todo el Parque Nacional Cradle Mountain-Lake Sr. Claire es Naturaleza pura.

En St. Claire hacemos el Shadow Lake Circus y lo extendemos hasta Forgotten Lakes y Little Hugel. El Shadow Lake Circus es una caminata tranquila y un tanto insulsa de unas 4 horas, aunque pasas unos bosques húmedos de cuento de los hermanos Grimm, con sus rocas musgosas y árboles fantasmagóricos. La gracia del trekk la pone subir el Little Huge de 1.275 metros. Little pero matón. Esa subida, por una tartera de impacto y con unas vistas fascinantes a los lagos, le añaden al trekk normal casi 3 horas y convierten un paseo en un trekking con todas las letras. Me encanta escalar por tarteras! Total, un palizón de 7 horas bien buenas que nos deja hechos polvo y con un hambre de lobos.

Nos cogemos el coche y nos vamos a Queenstown, otro curiosísimo pueblo semideshabitado tipo western, rodeado de bosques y montañas. Al fin y al cabo, estamos en el salvaje oeste de Tasmánia, pero es que toda Australia es un semicontinente salvaje y casi deshabitado con casi 8 millones de km² y 25 millones de habitantes. Para hacernos una idea, Europa tiene 10 millones de km² y lo habitan 750 millones de personas. Y Tasmánia por ahí anda de diferencias con nosotros: casi 70.000 km² y medio millón de habitantes. Cataluña es la mitad de extensión y allí vivimos 7 millones y medio de personas. La tendencia de los australianos a una vida casera o, los menos familiares, a encerrarse en los pubs y bares, intensifica la sensación de estar en lugares asolados por una bomba atómica.

Aqui, en Queenstown, otra vez damos en la diana con el alojamiento, un hotel vetusto en un edificio señorial lleno de cuadros antiguos y espejos enormes, moqueta y alfombras, madera por todos lados y hasta trofeos de caza en las paredes. Es como aquellos hoteles de montaña donde vacacionaba la burguesía catalana de los años 60. Y allí mismo, un pub y un restaurante y, en este último, nos sacudimos entre pecho y espalda otra bacanal de los 3 platos estrella de la cocina de Tasmánia: pan de ajo, escalopa parmesana y Fish&chips. Estaremos aquí 2 noches. Mañana, todo el día de panching para dormir, comer, ponernos al día de nuestros quehaceres y seguir organizando viaje.

A 2 horas en coche desde Queenstown està Cradle Mountain. Nada más verla se te erizan los pelos de la nuca. Lo ves claro: esa ascensión serà dura. Con el lago Dove y otros 3 mas pequeños en la base, Cradle esta compuesta de columnas de diabasa y forma una especie de enorme órgano de catedral. Impresiona. Hemos tenido un error de cálculo de tiempos y no empezamos el trekk hasta el mediodía. En teoría, la ascensión dura entre 6 y 8 horas, así que habrà que dàrse prisa. Vamos cargados ya con 12 kilos, los que deberemos llevar durante el trekk de Walls of Jerusalem.

La ascensión a Cradle es una pelea. Las hostilidades duran casi 6 horas y, la verdad, es de las ascensiones más difíciles y peligrosas que he hecho. Son “solo” 1.550 mts, todo el sendero siempre muy vertical, pero la tartera por la que se escalan los últimos…digamos que 300 mts, es de órdago. Hay un momento, como a 100 mts de la cima, que no lo veo claro y le digo a Ramón que dejamos las mochilas bajo un recodo en las rocas y seguimos subiendo libres de peso. El cansancio empieza a hacer mella y continuar escalando con unas mochilas tan grandes y pesadas es jugársela. Puedes rozar con las puntas de roca y desequilibrarte, la misma mochila puede ladearse y enviarte al infierno y, además, gatear y pegar saltos por estos bloques de piedra despeñacabras con algo así como un niño de 3 años colgado de tu cuello, es ya un adorno para lucimiento del personal y un hándicap absurdo y sin sentido.

Cima a las 15,30 y no nos hemos dejado los dientes en la montaña. Yo me doy una vuelta más por los alrededores y Ramón se baja ya a comer en una roca. Me reúno con con él al cabo de media hora, como un sándwich y seguimos. Llegamos a la base muy rápido, en poco más de 1 hora, pero sufro. Estoy agotado. Mis botas ya no aguantan mas. Abiertas en canal. También la mochila empieza a tener feas heridas de combate. Un cuadro. Ha sido una verdadera batalla.

Dos horas de carretera hasta George Town, en la costa norte.  No hablamos en todo el camino. Cada uno con sus pensamientos o con ninguno, sólo con un cansancio hondo en todo el cuerpo. Llegamos de noche a un caserón de película de miedo. Ya estamos con los lugares peculiares.

Nos reciben 2 señores de mediana edad, muy raros los 2, como idos. Yo creo que a la gente en estos lugares tan solitarios se les va la olla. Nos dan la llave de un anexo decorado como la casa de la abuela. Y nos llenan la nevera de comida: huevos, bacon, pan, croissants, manzanas… Compramos lo que falta en el super y hago una cena de recuperación: entrecots, tomate con aceite y sal y guisantes salteados con jamón. Después de una ducha, parece que la vida vuelve a circular por nuestras venas. El pueblo lo veremos mañana pero tiene toda la pinta de ser otro lugar desierto con gente extraña como perros verdes.

Pasamos la noche disfrutando de la casa. La excitación de la jornada nos ha quitado el sueño y se nos hacen las 3 de la madrugada. A su manera, la casa en cuestión es muy acogedora. Solo espero que la abuela no esté embalsamada en algún armario. No me extrañaría.

Nos levantamos tardísimo y preparo un brunch. Es ya casi mediodía. Huevos con bacon, fruta, galletas, tostadas, zumo, cacao, café, mantequilla, mermelada…. Hoy, día de recuperación. Un paseo por la costa y poco más. Confirmado: otro pueblo sin nadie por las calles. Más conejos que personas. En todos los pueblos lo mismo. En este sentido, Tasmania es una mezcla entre el aire tenebroso de Transilvania y la sensación de soledad abandonada de los pueblos de la Patagonia chilena donde un pueblo no tiene más historia que 75 años y el clima obliga al recogimiento casero. A mí ya me gusta. Aquí la gente se saluda al cruzarse en la calle porque, a lo mejor, no te encuentras con más de 10 personas cada día.

Y esto está llegando a su fin. Tengo la impresión de que mi vida ha cogido una velocidad supersónica y me está adelantando por la derecha. Todo va demasiado deprisa.

Launceston es una bonita y compacta ciudad con mucha iglesia, mucho edificio de ladrillo rojo inglés y un cielo limpio e inmaculado. Para nosotros es el inicio del Walls of Jerusalem. Un poco más de entreno ligero por los parques, últimas compras de equipo y ya. Estamos preparados. Ahora, traca final: Walls of Jerusalem. A las 7,30 de la mañana del martes nos vienen a buscar al hotel. Empieza la película.

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Australia (8) Tasmania (1ª parte) Hobart y Bruny Island. Compañero.

Ramón aparece por la puerta del autobús. MadredeDiosydelAmorHermosomecagoendiezyentodoloquesemeneaostrastújoderyaestabienhayparahacerseverdaderascrucesbbbbrrrrrzzzzz!!!!!! ¡Qué ganas tenía! ¡Ya tengo mi abrazo por fin! ¡Seis meses!

¡Bien! ¡Bien!!!!

Pues al tajo, compañero, que el tiempo pasa volando…

Como quien dice sin dejarle ni poner los pies en el suelo, nos vamos a patear la ciudad. Hobart se desparrama desde las colinas que la circundan hasta el mar. O viceversa. Muy abierta, con más iglesias que supermercados pero menos que bares y pubs, un puerto precioso y un cielo con cara de pocos amigos. También tiene un par de parques pequeñines, como para cubrir las apariencias de capital, pero sin necesidad alguna. Al fin y al cabo, a 20 minutos en bus tiene un enorme Parque Nacional, el Wellington, y toda la isla es pura Naturaleza virgen.

Pues eso, que ya tengo aquí a Ramón, mi viejo compañero de aventuras. Nos vamos a hacer una cena de celebración y coordinamos planes. Un trekk mañana por el Parque Nacional, luego nos iremos un par de dias a Bruny Island,  subiremos hacia Lauceston, a lo que salga o se nos ocurra y, de fin de fiesta, nos pillamos un trekk de 4 días a Walls of Jerusalem. Poco a poco el viaje se irà armando como un puzzle.

En el P.N. Welington, desde Fern Tree donde nos deja el autobus llegamos hasta The Springs por el Glade Track, hacemos el Organ Pipes Circuit, subimos a Pinnacle y nos volvemos a bajar por la otra ladera de la montaña. Total, más de 6 horas. Precioso Parque Nacional e impresionantes los últimos 500 metros hasta la cima del Monte Wellington por una tartera, fuera pistas, que escalamos siguiendo a un australiano que hemos conocido en el camino. Igualmente maravillosas las vistas durante todo el circuito y, especialmente, claro, al llegar arriba. La cima no se disfruta como otras. No hay paz. Aquí se puede llegar en coche y, como consecuencia, esta lleno de turistas que suben para hacer la foto. Gente que llega a destino sin hacer el camino.

Alquilamos un coche para toda la semana y lo subimos a un ferry hacia Bruny, una salvaje isla con cierto aire jurásico a media hora de Hobart.

La Naturaleza, en la isla de Bruny, ofrece unos paisajes tan perfectos que parecen haber pasado por Photoshop. El clima és cambiante con una rapidez antinatural, como producido en un laboratorio con un loco de mente taquiarritmica subiendo y bajando palancas meteorologicas sin ton ni son. Por turnos, sol, frio, lluvias, nieblas cerradas y vientos huracanados se van sucediendo en fila india durante todo el dia. Y el arco iris, detrás, intentando cumplir su papel intermedio con un poco de pausa y organización.

Hemos conseguido para dos noches una chulada de casita prefabricada, un cottage le llaman, delante del mar, que nos ha salido baratisima. Tiene un salón-comedor-cocina con estufa de tacos y un jardin por donde pasan constantemente grupos de huidizos wallabis, unos marsupiales de talla “s”, entre canguro pequeño y conejo gigante.

Los dos días transcurren màs que  rápidos haciendo senderos, disfrutando vistas sublimes y comiendo delicadezas tanto en casa como fuera, Dicen que Bruny es famosa por su queso, su wisky y sus ostras pero, además, tienen una carne buenísima, tanto de ternera como de cordero, pescado fresco para dar y tomar y vino de muchísima calidad. Así que…un sufrimiento.

El mejor sendero, sin duda, es el Fluted Cape Walk, una preciosa caminata de solo 2 horas y pico, corta, pero magnifica, que recuerda los más agrestes Caminos de Ronda de la Costa Brava. Me siento como en casa. Paisajes de quitar el hipo. No es difícil, pero el sendero no tiene ninguna valla protectora y un resbalón es mortal. Tampoco es dura, pero con 9 ó 10 Kg en la mochila no subes silbando.

Después del trekk, en el Bruny Hotel, un negocio local que distribuye alojamientos varios a lo largo de la isla y es, también, restaurante, pub y tienda de vinos, descubro la mejor escalopa de pollo parmesana que he comido nunca. Mi plato preferido. Compartimos con Ramón la parmesana, un mixto de pescado al grill, los dos platos con patatas fritas y ensalada, y un púding de manzana con praliné de almendras. No va más. Pasamos la tarde en casa, al ladito de la estufa, mientras fuera un temporal de lluvia y viento azota la isla con saña. No se puede estar mejor. Es imposible y, además, sería pecado.

Cuesta irse de Bruny pero hay que seguir. Siempre adelante. Ferry de vuelta y empezamos a subir hacia el norte. Próximo destino, el lago St. Claire.

Después de visitar una reserva de animales por el camino, hacemos noche a 50 km del lago St. Claire en un pueblo rarísimo: Tarraleah. Es algo así como un poblado vacacional, prácticamente vacío, al lado de una Central hidroeléctrica. Un Café, la recepción del complejo, un restaurante y unas decenas de alojamientos prefabricados en forma de pueblo. Nada más. Ni un colmado, ni una farmacia, ni una tienda. Alrededor, grandes extensiones de bosques y unas instalaciones energéticas de dimensiones gigantescas con unas enormes tuberías blancas que bajan hasta el rio. En las calles, solo pájaros, pajarracos y wallabis. El pueblo parece abandonado.

El lugar es de novela de terror de Stephen King. El argumento es claro: unos extraterrestres pretenden apoderarse del mundo distribuyendo energía producida con agua tóxica. Los habitantes del pueblo, infectados por radiaciones que han esclavizado sus mentes, se mantienen encerrados en las casas sin personalidad ni alma y con sus cerebros controlados por los “malos”. Si pasamos de esta noche sin que los marcianos nos dejen el cerebelo como un huevo duro, mañana salimos de aquí CQTC*.

Nota. *CQTC: Corre Que Te Cagas.

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Recomendaciones del mes. Noviembre 2.018. Australia. Oeste y centro.

EQUIPO.- Sombrero nuevo. Mismo estilo, mismo color pero menos rígido. Cómo quien dice, para llevar en el bolsillo. Creo que me da pinta como de indio Navajo, pero nos llevaremos bien.

También me he comprado una mosquera, un buen invento. Es una redecilla que incorporas al sombrero y te cubre la cara protegiéndose de las molestas moscas que en este país te hostigan constantemente.

TRANSPORTE.- Los trenes y autobuses de TRANSWA son cómodos, modernos y rápidos. Horarios limitadisimos, eso sí.

Y, sobre todo, le cojí cariño al microbús que nos hizo de transporte y campo base en el Urulu. Una guapada.

ALOJAMIENTO.- Los hostels en pueblos y ciudades cercanos al mar son leoneras de juventud jaranera y festera. Una generación tonta que no sirve  más que para playa, surf, cerveza, marihuana y sexo. Estos no salvarán el mundo. En Perth, ojo, el único hostel decente y correcto en que he estado es el Britannia on William.

Tingle All Over Budget Accommodation, en Walpole, un oasis de calma y felicidad. Lo.mejor de lo mejor. Insuperable. Un 10.

CIUDAD/PUEBLO.- Walpole, en la Australia occidental. En pocos lugares del mundo me he sentido tan bien.  Un lugar llamado “Silencio”.

INTERNET.- He cogido ayuda con el blog. La web la han puesto guapa los de la empresa Ubika de Girona y las redes me las pone a tono Irina Molero, de Begur.

TREKK.- El Urulu Base Walk y toda la estancia en el desierto de los Territorios del Norte es una experiencia imprescindible. La mía la organizó la empresa The Rock Tour. Muy recomendable.

GASTRONOMIA.- Los restaurantes australianos son caros. Tampoco tienen  una cocina autóctona definida y con personalidad. Como a los americanos, lo que más les gusta son las barbacoas.

Por eso, este mes me voy a dar a mi el premio de la Recomendación del Mes. He cocinado mucho y me he cuidado bien, preparándome platos buenos y bonitos. Entremeses originales, carnes con guarnición, pastas… Nota al efecto para la revista “Gourmet”: “Nacho Rovira tiene recursos en la cocción y gusto en el emplate. Quizás un poco excesivo en la condimentación, pero eso va por gustos. Enhorabuena!”

Sí es cierto que, en un pueblo perdido en el desierto llamado Coober Pedy, a medio camino entre Alice Springs y Adelaide, en la estación de servicio Outback comí un completísimo Fish&Chips que, cómo quien dice, es el plato nacional. En realidad era el plato del día, una seefood bascket con patatas y ensalada. La cuestión es que estaba de muerte.

MENCION ESPECIAL.- A mis amigos de Walpole, John y Richard. Y también a los canguros. No hay bicho más majo.

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Australia (7) De Alice Springs a Adelaide. Viaje a través de la nada. Nothingville.

Hasta cuándo me equivoco tengo suerte. En realidad, siempre que ocurre algo “malo” pienso que hay una razón y que, con el tiempo, lo agradeceré.

A las 6,30 de la tarde, después de casi 600 km en bus, paramos a cenar en Coober Pedy, un lugar de paso en la carretera que recuerda esos pueblos de película de Tejas o Arizona, ventosos, deshabitados y secos como un higo chumbo. Hay una estación de servicio con un motel y una gasolinera. Me dicen que tengo para cenar hasta las 8.15. Lo que no me dicen es que aquí es una hora más. He cruzado un uso horario sin enterarme. Vuelvo al bus tranquilamente a mis 20 horas y ya no está. El conductor se ha descontado y me ha dejado en tierra más colgado que un jamón de feria. ¿Y qué hago yo ahora?

Vuelvo al restaurante, me encuentro una policía y le explicó el caso. Llama a la compañía de autobuses y, en media hora, tema arreglado. Me quedo hasta el día siguiente con alojamiento y comidas pagadas. La habitación del motel es de lo más correcto y el restaurante una maravilla, así que me pasó todo el día organizando viaje, escribiendo y comiendo. Cómo voy sobrado de tiempo, ya que Ramón no llega hasta dentro de 4 días, el paréntesis me  sienta como un día de vacaciones.

El viaje desde el centro del centro de Australia, los Territorios Norte, hasta la costa sur, es un viaje a través de la nada, por la Stuart Highway, entre los desiertos de Gibson, Gran Victoria y Simpson. Desierto y más desierto salpicado de un pueblo cada centenar de kilómetros, pueblos que existen sólo porque en el lugar hay una mina, una fábrica o, simplemente, una granja de avestruces cuya explotación hace necesaria la presencia humana.

Más que pueblos son colonias con 4 casas, unas decenas de barracones y una gasolinera, un bar y un colmado, normalmente todo amontonado en la misma Estación de Servicio. Allí sueltan a hombres y chavales durante 6 meses o un año para trabajos eventuales en infraestructuras básicas, sin nada más que hacer cuando acaban la jornada que ver pasar el polvo aventado por las vacías carreteras y alcoholizarse para refrescar el calor de los días y soportar el frío de las noches abrazados a la soledad.

Cuando llegas a un sitio de estos enseguida lo reconoces. Estás en “Nothingville”. Quizás 100 almas, sin niños, 3 ó 4 familias de aborígenes, jóvenes trabajadores y viejos colgados, van viendo pasar a los viajeros que allí recalan unos minutos o unas horas, pero no más, porque esos lugares no son nunca un destino. Son puntos en un mapa de carreteras con una vida dura y sin sentido, una prisión sin rejas y con la mismísima Nada de carcelera.

Haber conocido eso, encima con gastos pagados, lo debo a un error viajero. Mucho premio por un descuido. Unos nacen con estrella y otros estrellados.

Ya en Adelaide. El domingo es el día que me gustan más las ciudades. Es el día que las calles se desestresan, el día de las terrazas, los parques, las calles peatonales, los mercados y los centros comerciales. El domingo, la mitad de los habitantes de las ciudades la abandonan a merced del forastero y Adelaide no es una excepción, solo que hay muy poco forastero. Parece que ya se acerca la Navidad. O eso dicen las decoraciones de tiendas y calles. Pues que bien.

Después de comer, ya no hay urbe. Alguien aprieta el botón de stand by y la ciudad queda en suspenso. Cada oveja con su pareja y cada pájaro a su nido. La ciudad queda desierta. Quizás una salida al cine, quizás al estadio pero, en definitiva, se ha cerrado el telón.

Llevo 3 días casi sin caminar. El lunes me dispongo a patear la ciudad. Vuelvo a las andadas. Por la mañana paso 3 horas paseando por las decenas de kilometros de senderos que hay en las colinas que rodean Adelaide. Luego, vuelvo a través de barrios residenciales tranquilos, con bonitas casas unifamiliares con cuidados jardines y traspaso de punta a punta los parques Victoria y Rymill hasta topar con el río Torrens. A lo tonto a lo tonto me he pasado todo el día caminando.

Adelaide parece un buen lugar para vivir, con una magnífica calidad de vida. Es una ciudad muy poco urbana y nada agobiante, perfectamente integrada en la Naturaleza que la rodea. En media hora estás en el campo o en la playa. Entre las colinas, las enormes extensiones de viñedos, el mar y el río, es difícil reconocer que este lugar plano, lineal y casi sin skyline, con grandes y mimados espacios verdes por todos lados, es una urbe de 1 millón y medio de habitantes. Adelaide es, además, evidentemente liberal y culturalmente muy activa. Es impolutamente limpia, con una universidad importante, con muchas posibilidades de actividades, desde nadar con tiburones a degustaciones vinícolas, iglesias de todas las confesiones, muchas bicicletas… Tiene una comunidad homosexual sin ningún secretismo y con infraestructuras cuidadas para conciertos y todo tipo de eventos de calidad, un jardín botánico cuidado, amabilidad y eficiencia …en fin, una ciudad con una personalidad muy moderna, casi de un futuro ideal.

En el hostel también el ambiente cambia ostensiblemente en comparación con lo que he visto hasta ahora en las ciudades. Parece un Colegio Mayor o una residencia de universitarios. La juventud que viene aquí a trabajar es mucho más educada, ordenada y responsable. Nada de fiestas y caos.

Por cierto, un comentario rápido. No veo españoles viajando. Es curioso.

He dejado para el ultimo día acercarme al puerto de Adelaide, también cuidado como una joyita, con edificios, locales y negocios con sabor marinero, arte callejero y un faro como de Mecano.Y por la tarde, el mercado central, casi demasiado perfecto para ser un mercado y Chinatown, que más que un barrio chino parece unas galerías comerciales. Es curioso como estos australianos lo tienen todo pulcra y cuartelariamente organizado y regulado y lo educadita y obediente que tienen a la gente. Por algo son casi las antípodas del Mediterráneo.

Estoy soso. Hoy el dia se ha despertado frio y triste y yo con èl. Llueve. Mal dia para un viajero. Revolotean los pájaros de mal agüero, cuervos y buitres, soledad y nostalgia. No sopla viento, ni la más leve brisa.

En casa sería un bonito día para pasar al lado del fuego. Hacer algo a la brasa para comer. Cordero, quizás. Y unas tostadas con tomate y una botella de buen vino tinto. Y quizás una película. También sería, seguro, un bonito día para el amor, si el amor existiera. Y, quizás, luego, cenar con amigos. Si, eso también seguro sería bonito.

Necesito un abrazo fuerte, muy fuerte, y que salgan algunas de esas lágrimas que todos tenemos dentro. En 3 días viene mi hijo. 72 horas. Empiezo a contar. Agua para beber, calor para templar, aire para respirar…

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Australia (6) Uluru. “La Roca”.

Dice la leyenda que dos tribus de espíritus ancestrales se enfrentaron en el Uluru. La Madre Tierra, enfurecida por esta  violencia, terminó con los dos bandos con gases venenosos y enterró los muertos bajo La Roca, de donde surge el color sangre que tiñe Uluru al atardecer. Es un recordatorio del castigo que conlleva la arrogancia y el orgullo.

El Uluru, o Ayers Rock, es el ombligo del mundo según las creencias de los Anangu, los aborígenes que habitan estas tierras que parecen tener debajo el mismísimo infierno bíblico. En realidad no es una montaña, es un monolito que se eleva 350 metros sobre el suelo. La mayor parte de La Roca, 2.500 metros, está bajo tierra. Es un iceberg petrificado en el desierto.

A partir de Octubre del próximo año ya no se podrá escalar el Uluru. Para los Anangu es un sacrilegio subir esa montaña y el Gobierno, como muestra de respeto, ha prohibido la ascensión. Yo, desde luego, firmo y me adelanto a ese respeto por las culturas de los demás y a la conservación mediambiental del Ayers Rock que, cómo muchas partes del mundo, está sufriendo, con el incremento del turismo, un desgaste insostenible. Esta lleno de fantasmas que quieren apuntarse la muesca en la pistola viajera de ser de los últimos en hacer la cima del Uluru. Medallitas. Hay por ahí mucho capullo con sombrero de Indiana Jones. No hay porque pisarle a nadie lo sagrado ni tocarle lo que no suena. Yo, con caminar los 10 Km de su base me doy con un canto en los dientes.

Una de las mayores diferencias entre un viajero y un turista es el respeto a los locales y a lo local. El que inventó la frase “el cliente siempre tiene razón” debería estar navegando por el mar del Mundo de los muertos colgado boca abajo por los tobillos del mastil más alto de un corsario y aventurero navio fantasma porque, desde luego, el prenda bordó la tontería.

La mañana de la primera jornada del viaje transcurre recorriendo kilómetros y kilómetros de largas carreteras entre tierras desérticas y deshabitadas. Únicamente hacemos un par de paradas en cafés gasolineras tipo Arizona. Son 450 km hasta Uluru.

Para estirar las piernas, al mediodía, un bocadillo y 2 horitas de trekk hasta el Kings Canyon que se va despiezando por la erosión. La misma Naturaleza que lo ha construido, a base de corrimientos de tierra perdidos en el tiempo, también lo destruirá en una continua evolucion.

Tras otro par de horas de carretera, paramos también para ver a lo lejos el Mont Conner que se alza al atardecer, en medio del desierto, como embajador que anuncia la ya próxima aparición de Uluru, su hermano mayor.

En el campo base de Uluru, cena de mejunjes varios, poco apetitosos pero proteínicos, y a dormir al raso o en unas tiendas destartaladas embutidos en unos tupidos sacos de dormir camperos. La noche es nublada y fria pero el cansancio empuja el amanecer en un abrir y cerrar de ojos.

Segundo día. Desayuno con café y tostadas y otra vez a la carretera. El grupo se mueve bien y sin problemas. Yo voy muy organizado y funcionó cumpliendo tiempos sin agobios. Lo importante, a mano, todo en su lugar. Tengo las pautas de vida nómada bien aprendidas y automatizadas como ritos agarrados a la piel por una costumbre ya casi genética.

Agua, toallitas, móvil y baterías, crema solar, gafas de sol, sombrero, ropa térmica, tabaco…. todo se ha de encontrar en 20 segundos y, si se tercia, a oscuras. Higiene, comidas, necesidades fisiologicas… a ritmo militar, rápido y certero. Nada nuevo. Vida viajera.

Entramos en el Parque Nacional Uluru-Kata a las 8 de la mañana y empezamos a trekear por el Valle de los Vientos por donde serpentea el Kata Tjuta como un temporal de petreas olas rojas en el desierto. Tres horas por un pedregoso terreno tuercebotas mientras la temperatura va escalando, desde por debajo de los 10°, de madrugada, hasta cerca de los 40° al mediodia. Los espectaculares paisajes son dignos de las pelis de la época dorada del western y de sus sucesoras, los duelos y guerras futuristas e Interplanetarias. En mi cabeza suena música de Ennio Morricone e imaginarios aullidos de coyotes.

Ya en la zona de acampada, hay un área con mesas de picnic y una pequeña piscina. Cómo el Reglamento de la Federación Mundial de Viajeros no lo prohíbe expresamente, me pegó un baño de lo mas placentero que servirá hoy también de ducha. Espero que esté remojón, un pelín turístico quizás, no me comporte ninguna denuncia ni, mucho menos, sanciones como retirada de carnet viajero con pérdida temporal de categoría y periodo de reeducación en algún gulag o purgatorio para turistas. Al fin y al cabo, ser viajero no significa ser masoca y la oportunidad la pintan calva. Tras el bañito, comemos tortitas mejicanas con ensalada, atún y jamón dulce. Buenas.

La tarde transcurre ociosa y holgazana, evitando las peores horas de la caléndula con una visita el Centro Cultural de los Anangu, antes de disfrutar del primer contacto con el Uluru en su hora más glamourosa, cuando el atardecer magnifica su atractivo formando un espectáculo de luces y colores.

Por fin tengo delante Ayers Rock, imponente con toda su carga mítica y legendaria  El Uluru, una mole roja incrustada en la tierra como un meteorito caído del espacio, impresiona por si mismo pero, más si cabe, por la espiritualidad que le rodea derivada de la ancestral cultura de los Anangu. Aquí, algo invita al silencio y al recogimiento. O lo exige. Mañana trekearemos su base pero, ahora, ya empezamos a conocerlo en un paseo por cuevas y lugares que confirman la especialidad de este lugar del Mundo. El paseo acaba en una magnífica pared vertical con la que el sol y los árboles juegan a sombras chinescas. Si, para los Anangu, Ayers Rock es el Vaticano, está pared es la Capilla Sixtina.

Acabamos el día con el sunset sobre La Roca. Sin palabras.

Tercer y último día. El Uluru Base Walk es un paseo tranquilo apto para todas las edades, de 8 a 80 años. La Roca tiene bien ganado su prestigio. Revestida de una piel escamosa y llena de cicatrices atemporales, como un cocodrilo macho curtido en 1.000 duelos territoriales, su colorido de sangre y tierra, sus dimensiones mastodónticas, su evocadora multiformidad y su espiritualidad étnica de un más allá arcano y etereo la sitúan en la categoría de mito viajero.

Nos hemos levantado a las 4,30 de la madrugada para desayunar viendo la salida del sol por detrás de Uluru, otra hora en la que el monolito va sobrado de magia y fascinación, y empezamos a caminar a las 6,30. Son algo más de 2 horas y media de paseo hasta completar la total circunferencia del Ayers, 10 km, y en el que vas descubriendo todas sus caras, rincones y paisajes mientras la mañana les va poniendo vida y color.

En un viaje hay objetivos que, al conseguirlos, piensas que ha acabado una etapa, que hay un punto y aparte. Este es uno de esos momentos, igual que la llegada a Vladivostok con el Transiberiano o a la Puerta del Sol en el Machu Pichu . Sí, he llegado a Uluru, he recorrido su base y lo he disfrutado en sus mejores momentos. Feliz.

Solo 5 de nosotros hemos hecho el trek y llegamos al lugar de encuentro con los demás a las 9, antes de que despierten las moscas y el sol se quite las legañas y se meta en faena. De vuelta a Alice Springs. Mañana cojo bus a Adelaide y, de ahí, en unos días me voy a Tasmanía. Hemos quedado en Hobart con Ramón, mi hijo. Otra vez vamos a ser compañeros de aventuras.

Llegando a Alice Springs, en la radio suena “Take me home”, de John Denver…

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Australia (5) Alice Springs. Los Territorios del Norte. Aborígenes.

Los viajes están llegando a una sofisticación difícil de asumir. Cualquier cosa que imagines parece posible. Todo está supuestamente controlado y el dinero lo paga todo.

En Argentina, puedes tomarte un whisky on the rocks con hielo del Perito Moreno, puedes cenar en Maldivas en un restaurante a 5 metros bajo el mar rodeado de tortugas y tiburones, esquiar en el desierto de Dubai o comer una barbacoa en un agujero de volcanes activos en Canarias. Quieres decir que hace falta? …

Ya me contestó yo: No. No hace ninguna falta. En absoluto. Hay que ser mucho más sencillo. Y humilde. Somos ridículos monos evolucionados jugando a ser Dios. Si la naturaleza se cabrea, nos vamos a enterar de lo que vale un peine.

Alice Springs es una desagradable y fea ciudad, en medio de la nada, llena de aborígenes vagabundos y tipos con pinta de duros cowboys, gritones y pendencieros, con sombrero vaquero, tatuajes, cinturones con enormes hebillas doradas y toda la parafernalia fronteriza. En los bares y salones, seguridad en la puerta formada por tiparracos enormes de 1’90 de alto y 130 Kg de peso. Criaturitas del Señor. Las peleas de borrachos deben ser aquí lo más corriente. Un bonito ambiente, vamos. Ideal para hacer amigos.

Los forasteros que se ven ya no son ni parejas de jubilados nacionales con autocaravana, ni despreocupados jovencitos europeos de vacaciones. Aquí ya se ve viajero más avezado y aventurero o, por lo menos, turista más curioso y durillo. El desierto no es cómodo y, para vivir experiencias y ver lugares especiales, hay que currarselo un poco. Si algún turista urbanita y blandengue se despista por aquí, las pasa crudas.

Sorprende la cantidad de homeless que hay en Australia. No entiendo el por qué. Es un país rico, con mucho trabajo y buenos sueldos y, en cambio, mucha gente vive a salto de mata, durmiendo en la calle, alcoholizados y recogiendo colillas del suelo para fumar. Y, de estos, el 25% es aborigen, cuando éstos no llegan a ser ni el 3% de la población australiana, es decir, unos 600.000 en todo el pais. La mayoría están aquí, en los Territorios del Norte.

En Australia fueron los ingleses los que hicieron el “favor” de venir a civilizar a sus habitantes originales, la cultura más antigua de la Tierra. El genocidio de los colonizadores, las epidemias y el alcoholismo acabó, en poco más de un siglo, con el 80% de la población aborigen. Y la colonización se hizo, evidentemente y como siempre, por razones económicas, especialmente por la minería de la que Australia es extraordinariamente rica. Los ingleses, para decirlo claro y rápido, les robaron sus tierras y los masacraron a saco. Os suena el cuento? Si, eso se ha hecho constantemente en la historia en América, Asia, África y Oceanía. Y algunos, por ahi, todavía tienen los huevos y el morro de celebrarlo cada año.

Lo que es evidente es que los aborígenes muy felices no parecen. Muy civilizados tampoco porque la rabia que se marca en sus simiescas fisonomías, negras de noche cerrada, da medio miedo por no decir un miedo entero. Y, desde luego, adaptados al sistema no lo están, si no más bien al contrario, discriminados y desplazados, la mayor parte con una obesidad mórbida, llevando todas sus pertenencias encima o en un carrito de supermercado,  con enormes y generalizados problemas de paro, alcoholismo, deficiencias y enajenaciones mentales, violencia doméstica y un largo etcetera de desastres. Es una comunidad terriblemente castigada y en vías de extinción. Tremendo.

Aquí sí que, para adentrarme en el desierto y caminar por el Uluru, he de apuntarme a un trekk organizado. Este es un hábitat totalmente hostil, con un calor de deshidratación continua, escorpiones y serpientes a porrillo, dingos, perros salvajes y sin poblaciones a decenas de kilómetros a la redonda. Nos llevarán en bus a un lugar cercano a Uluru, haremos trekkings hasta el King”s Canyon y por el Valle de los Vientos, dormiremos 2 noches en tiendas en el desierto y, el último día, haremos el Uluru Base Walk. Si todo va bien.

Por cierto,

Consejo de viajero. Aunque ya en otro artículo (Senegal 2) he aconsejado lo que debe incluir una mochila viajera, déjame recalcar un par de cositas para lugares desérticos como Alice Springs. 

No se puede viajar al desierto despreocupado y sin pensar en cosas básicas que traer. Eso es jugarte el pellejo. Sobre todo, no te puedes olvidar un sombrero o gorra, gafas de sol, crema solar, mochila pequeña auxiliar y  buen calzado. Desde luego, agua, a porrillo, y eso condiciona mucho, por el peso a llevar, las distancias de los trekks. Puedes contar, mínimo, 1 litro de agua por cada 2 horas/8 km. Calcula con prudencia las distancias que realmente puedes recorrer en el desierto. Una hora en el desierto son 2 en condiciones normales, y 10 Km, son 15 o 20. En realidad, del mediodía a las 5 de la tarde mucho mejor no caminar. Mucho, pero que mucho mejor.  También tienes que recordar que las diferencias de temperaturas máximas y mínimas aquí son muy bestias. Frío por la noche (menos de 10°) y calor por el día (40° lo más normalito), así que hay que traer algo de abrigo. Lo mejor, ropa interior térmica.

El vehículo que nos trasladará y hará de campo base estos días tiene buena pinta: un microbús viejete pero en buen estado, con un apéndice auxiliar que sirve de cocina, maletero y depósito de reservas de agua y gasolina.

El grupo está formado por 2 guías y 15 personas de todas las edades, nacionalidades y condiciones. Americanos, franceses, alemanes, holandeses, indios… A ver cómo nos llevamos.

Todo a punto. No vamos a La Roca.