MASCARAS DEL MUNDO (24). León.

LEÓN

Autor: Anónimo

Material: Papier maché

1.998, Beijing, China (Asia)

 

La Danza del León se celebra durante las festividades del Año Nuevo chino. El león se considera el rey de todos los animales, y en la tradición china protege de las desgracias, a la vez que trae paz y prosperidad. Aunque los leones no son nativos en China, vinieron a este país por la famosa Ruta de la Seda. Los gobernantes de lo que es hoy Irán y Afganistán les enviaron leones a los emperadores chinos como regalos para conseguir el derecho a negociar con comerciantes de la ruta de la seda

Esta danza es confundida a menudo con la Danza del Dragón.  La principal diferencia entre las dos es que la danza del dragón es llevada a cabo por un equipo de una docena o más bailarines, mientras que la Danza del León es realizada únicamente con dos bailarines. Dentro del disfraz de la cabeza del león hay palancas con las que el bailarín controla los ojos, la boca y las orejas. Los bailarines suelen ser practicantes de artes marciales ya que esta danza incluye habilidades y acrobacias que derivan de este tipo de luchas.

Hay varias leyendas sobre el origen de esta danza. Quizás la más extendida cuenta que, en la antigüedad, un pueblo se vio asediado por la presencia de un león que atacaba todo a su paso. Un Maestro de Kung Fu decidió vencerlo y, en tres las ocasiones, le persiguió pero perdió el rastro del animal hasta que reunió varios voluntarios, les entrenó, fueron al bosque y lograron matarlo. 

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MASCARAS DEL MUNDO (23). Rana

RANA

AUTOR: Anónimo

MATERIAL: Madera pintada

1.995, Bali, Indonesia (Asia)

 

La mayor parte de los espectáculos de danza balineses, si bien se basan en poemas épicos, historias y leyendas referentes a reyes, dioses y héroes, tienen como personajes centrales animales característicos como el que representa esta máscara que participó en la Danza de las Ranas.

Los espectáculos enmascarados en Bali datan de hace mas de 1.000 años, forman parte de su cultura, de su religión y de sus costumbres. Jamás se le ocurriría a un balines colgar una máscara en una pared como decoración. Las máscaras son mucho más que eso, son algo sagrado ya desde su fabricación, arte que pasa de generación en generación de manos de renombrados maestros muy respetados en la isla.

La exquisitez extraordinaria de los movimientos de los bailarines y, especialmente, bailarinas balinesas, la música de orquesta que acompaña siempre estos “espectáculos”, los elaborados vestidos y la expresividad de las máscaras crean una atmósfera impagable. Desde luego, también existe un cutre mercado turístico alrededor de todo eso en el que no se encontrará ninguna de esas virtudes. Como en todos los países de este Mundo ya exageradamente globalizado y turistificado, hay que escoger bien si no se quiere acabar comprando o viendo un mediocre producto para extranjeros.

 

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MASCARAS DEL MUNDO (15). DIOS

DIOS

AUTOR: Anónimo

MATERIAL: Estaño pintado

2.006, Bhaktapur, Nepal (Asia)

 

A Nepal le llaman “la morada de los dioses”. Tienen muchos. Tan respetables como otros. ¿Para qué le voy a poner nombre? Esta máscara representa a Dios.

Muchas tradiciones tribales en Nepal han sido gradualmente reemplazadas por el espíritu del budismo, lamaismo e hinduismo y clanes, familias y templos tienen sus propias y anuales ceremonias  religiosas enmascaradas en todo el país, sobre todo en la región himalaya pero también, como en este caso, en el Valle de Katmandou.

Especialmente venerada es Kumari, la niña diosa viviente que reencarna a la diosa Kali, elegida según su carta astrológica y otra serie de requisitos. Las niñas kumari son tres -la de Katmandú, Lalitpur y Bhsktaptr-, han de pertenecer a la comunidad indígena de Newar y a la familia Shakya y, en el momento de ser elegidas, tener entre dos y cuatro años. Durante 9 años permanecen recluidas en el templo que solo pueden abandonar 13 veces al año para presidir celebraciones religiosas. A los 12 años, y con honores de estado, abandonan el templo y su especial educación pudiendo ya entonces estudiar donde lo deseen e incluso casarse. Su elección es considerada un gran honor para las familias.

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Amigos Viajeros. Mati Carreras. El Rajastán.

Mati es la tercera generación de la familia Carreras de fotógrafos de mi pueblo: Begur. Sin ellos, Begur no tendría apenas historia gráfica y, gracias a ellos, la tiene y mucha. Quien más quien menos, en este pueblecito del Empordà tiene en las paredes de su casa o comercio alguna foto de la colección Carreras con imágenes, del Begur actual en color, o del Begur en blanco y negro de principios del siglo pasado.

Tanto para nativos como para forasteros, una foto Carreras enmarcada es siempre un regalo muy especial.

Ahora Mati es el guardián de esa colección, pero, además, aprovecha sus vacaciones para cargarse una mochila a la espalda, enfundarse su Nikon D750 y captar imágenes de todo el Mundo para seguir enriqueciendo y extendiendo, no sólo en el tiempo, si no también en el espacio, esa maravillosa y valiosísima colección familiar.

Begur debe mucho a la saga Carreras y Mati me hace un honor publicando en Alas y Viento esta galería de fotos del Rajastán indio. Para mi las hubiera querido cuando publiqué mis posts sobre La India. Agradecido.

Por cierto, que ya ha llegado la cuarta generación: Tian Carreras. Viene con una cámara bajo el brazo. ¡Felicidades Marina y Mati!




Amigos Viajeros. Agencia “Viatja pel món”

Las Agencias de Viajes son otro de los eslabones del viajar. Quizás es la primera puntada de este encaje de bolillos que suele ser un viaje. En la era de Internet, una Agencia de Viajes “humana” es la aguja en el pajar.

Hoy, en Amigos Viajeros, dos personas afortunadas, Paco e Ivonne. Han conseguido, nada más y nada menos, unir amor, trabajo y pasión. Enamorados uno del otro, se ganan la vida dando rienda suelta a sus almas viajeras para disfrute suyo y de sus clientes.

¡Safe travels amigos!

Viatja pel Mon Palamós es una historia de pasión por el mundo, por las culturas, por los paisajes, por las personas, por aprender,  pero también es la historia de dos personas que un día deciden juntar sus caminos: Paco,  profesional, viajero incansable y experto reconocido y Ivonne, espíritu libre, viajera y aventurera.

Desde 1985 exploramos el mundo, esto nos permite trabajar muchos destinos sin intermediarios, con rutas exclusivas y haciéndonos partícipes de todo el viaje.

Somos afortunados, agradecidos a la vida, hemos hecho de nuestra pasión nuestro trabajo  y este es conocer lugares  de aquí y de allá, para después organizar viajes y  asegurarnos que el de nuestros clientes sea una buena experiencia.

Organizamos todo tipo de viajes, largos, cortos,  personalizados , semi-organizados o con el día a día completamente detallado.

Lo mas singular son nuestros Viajes en pequeños grupos en los que nosotros hacemos de guías y chóferes, esto permite un viaje como a “tu aire” pero dejándote llevar con casi todo planificado.

Viatja pel Món es, en la era digital, una agencia de proximidad, de las de toda la vida, nos gusta el cara a cara, hablar y conocer a nuestros clientes para ofrecerles una experiencia a medida, y única según sus gustos y nuestro conocimiento.

Si nos preguntáis por el mejor destino os diremos: depende de como seas. Viaja por el mundo y descubre las maravillas de cada país, región o zona , nosotros te ayudamos y recuerda: viajar no sirve para escapar de nuestras vidas … sino para que la vida no se nos escape.




MASCARAS DEL MUNDO (10 y 11). Velos.

VELOS

AUTOR: Anónimo

Material: Tela

2.008, Muscat, Omán (Asia)

Las mujeres de algunas etnias de Omán, especialmente beduinos, ocultan su rostro con velos y máscaras de diferentes formas. Son máscaras polémicas.

El sultanato de Omán es, dicen, el país del que salieron los Reyes Magos a su mítico viaje. Un viaje de leyenda a la altura de La Odisea o la Vuelta al Mundo en 80 días. Su gastronomía es tan desconocida como deliciosa, su cultura impresionante, sus gentes hospitalarias y generosas y sus paisajes desérticos y riquezas submarinas son regalos de la Naturaleza pero… la situación de la mujer en ese país y en muchos países de esa zona es, digamos, poco edificante. No todo es justificable por la tradición, la cultura y la religión. Ni las ablaciones, ni los toros, ni las burkas. Definitivamente NO. El siglo XXI avanza inexorablemente con sus valores a cuestas y, a su ritmo, acabará con costumbres ancestrales intolerables que caerán como carne muerta. En Irán esos vientos soplan ya como huracanes arrasando anacronismos e injusticias supuestamente religiosas. Son elefantes heridos de muerte. Caerán.

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Cajón de Sastre. Vuelta al Mundo (1ª parte). Momentos.

Accede a la galería al completo, haciendo click en las imágenes.




Recomendaciones del mes. Julio 2.019. Turquia.

EQUIPO. – Pues ahí vamos todos. Algunas altas y bajas. Dos camisetas técnicas nuevas. De la Puja i Baixa de Els Perduts de Begur, naturalmente. La una, cosecha del 2.015. La otra, reserva “Décimo Aniversario”.

TRANSPORTE.- El bus. Me he tirado un mes con el bus de arriba para abajo. De lo probado, las mejores compañías son Kámilkoç, Metro y Gularàs. ¿Que me moje con una? Metro.

ALOJAMIENTO. – En Goreme, Homestay Hostel. Bueno, bonito y barato. Desayuno guay.

Pero el mejormejormejor, la pensión Karahan, en Barhal. Como no hay nada alrededor, gracias al cielo es alojamiento en régimen de media pensión y los desayunos y cenas son deliciosos y consistentes. Para hambrientos.

Para hacer un dispendio (30 €) el Hotel Funda en Trabzon esta muy bien calidad-precio.

En Amasra, en el hotel Bedesten me trataron como un rey. Gracias Ibrahim!

En verdad, los turcos, serios y malcarados, si les tratas bien son un encanto. Me recuerdan a muchos amigos míos de Begur, gruñones y malhumorados que se funden como azucarillos con un abrazo … y me incluyo.

GASTRONOMÍA. – Turquía es un paraíso para los panarras como yo y para los zampabocatas.

El Döner es una delicia. Uno de esos y una cocacola, 2 euritos y ya has comido.

El pan de todo tipo es buenobuenodeverdad, pero el “pide” no tiene rival. Es como el pan de pizza. Y el “como” lo digo por decir porque, en mi opinión, pudiera muy bien ser que la base de la pizza los italianos la sacaran de Turquía. ¿O viceversa? No sé, no sé, me parece a mi que va primero Turquía. Grecia, Turquía… por ahí anda el tema.

También me encantan los dips turcos aunque, en eso, los de Omán son insuperables.

Las cenas incluidas en el precio de la pensión Karahan, repito, son para tirar cohetes.

En Trabzon no se deben dejar de probar las “meet balls”. En cualquier restaurante.

En Amasra, el restaurante Mustafa Amca’nin Yeri. El mejor pescado y una ensalada muy especial, la Amasra Salad, verde con un toque de menta. Te diré que vale la pena llegar hasta aquí por este restaurante. Fíjate. Frente al mar.

También allí bebí, por primera y única vez vino turco. Bueno.

Y en Ankara, el Meşhur Ankara Döneri. Estupendo. Ensalada, dips y el Döner.

INTERNET. – Agoda, portal de hoteles. Es el único con una infraestructura decente en Turquía.

TREKK. – El trekk al lago “13 temmuz karagoldeydik”, a 300/400 metros de la cima del monte Kara Tas, es de lo mejor del Mundo mundial. Las vistas a Kaçkar Dag son inolvidables y la sensación de comunión con la Naturaleza de escalofrío en el cogote. 

PUEBLO/CIUDAD.- Barhal. Un lugar todavía poco dañado por el hombre, en medio de las montañas Karçkar.

Y como ciudad, Trabzon es un ejemplo de la Turquía de verdad.

Y bonito, bonito Amasra, en la costa del Mar Negro.

MENCION ESPECIAL. – Viatja pel Mon, Agencia de Viajes de Palamos. Ivonne y Paco son especialistas en Turquía y me han ayudado en un par de dudas que se me han presentado viajando por aquí. Agradecido.

Y también a Mert Günal guía freelance. Lo conocí en Barhal y me ayudó en un problemilla que me encontré. Un abrazo Mert. Teşekkür ederim.

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Turquia (y 5) Trabzon-Samsun-Amasra. El Mar Negro. Viaje a los ojos del Mundo.

Del Mar Negro sabía, por las novelas de espías, que los capitostes soviéticos, políticos y militares, veraneaban en la península de Crimea, a orillas de ese Mar y, por culturilla general, que es un mar con muy poca salinidad, por lo que te hundes más que en otras aguas. Pues vamos a verlo.

Siete horas de autobús no es lo mejor para mis castigadas rodillas pero hay que seguir. Ya estoy en el Mar Negro, concretamente en Trabzon. Me quedan 10 dias y 800 kilómetros para llegar a Ankara y coger el avión que me lleve a Etiopía, mi próxima parada.

Trabzon es una ciudad amurallada que ha crecido sin ton ni son pero que no carece de encanto. Tiene una historia apasionante de guerras, invasiones, alianzas y saqueos, habiendo sido ocupada, sucesivamente, por godos, griegos, romanos, turcomanos, etc, etc. La miscelánea árabe, desde las abayas qatarís más severas hasta las modernidades más liberadas, pasea por el centro de la ciudad y su bullicioso bazar con toda naturalidad. Y sus famosas “meet balls”, pequeñas hamburguesitas a la brasa, son deliciosas. Aquí los “bichos” picantes son más asumibles y me pongo morado. 

La estética ha cambiado y se ven considerables bellezas árabes con ojazos negros de mirada penetrante. Me llama la atención la cantidad de tiendas de lencería con un innegable erotismo. Parece ser que eso del tapado exterior… vamos, que lo cortés no quita lo valiente.

Un bazar bullicioso, una plaza con la correspondiente estatua del omnipresente Ataturk, padre de la patria turca, un par de avenidas peatonales, las correspondientes mezquitas con sus minaretes… Trabzon empuja a deambular sin prisas y descubrir una autenticidad turca que en Estambul queda, si no muerta porque eso es imposible, gravemente herida y enterrada bajo el peso de millones de turistas de Oriente y Occidente. 

No es que aquí no haya turismo pero, desde luego, mucho menos que en Estambul, el Egeo o la Capadocia y, al venir, especialmente, de Arabia Saudí y los Emiratos, queda mucho màs integrado en el paisaje.

Sigo costa abajo.

Llego a Samsun a las 5 de la tarde. Un conductor de bus asesino me da una vuelta por la ciudad a una velocidad de vértigo con arrancadas, frenadas y bocinazos histéricos, renegando en turco como si le hubiera dado un ataque de psicopatía. Llegó ileso porque mi ángel de la guarda es un tío fenomenal, competente al máximo y, encima, me quiere un montón.

El hotel, para verlo, y està en medio del bazar de la ciudad, pero la habitación es arregladita. Lástima que da directamente a un templo vecino con un Imán especialmente cantarín que entra en mis sueños como un taladro eléctrico.

Samsun, para mi, no tiene ningún interés. Yo aún diría mas: es una ciudad fea que recorro durante dos días sin encontrar el menor atractivo. En la parte antigua, edificios de 10 pisos indecentemente mal diseñados, calles sucias y mal cuidadas, plazas sin ninguna gracia… La parte nueva, avenidas sin personalidad, unas lomas postuladas con más edificios…y el puerto y el mar. ¡Ah!, y en medio un barrio algo así como màs pijo. Se ve que, desde aquí, empezó la revolución por la independencia el repetido Mustafà Kamal Ataturk. Un museo y varios monumentos conmemorativos dan fé.

Parece que es una ciudad próspera y se extiende rápidamente. Donde antes habían campos y verdes colinas ahora se han construido barrios colmena de edificios uniformes. Algunos incluso merecen, por feos y desagradables, una medalla, una banda, una mención honorífica y, si me apuras, las dos orejas y el rabo del alcalde que permite tamañas tropelías. A menos que os interese especialmente la vida del amigo Mustafà, a Samsun ya he ido yo por vosotros. Créedme.

No tengo más remedio que dar placer a mi alma con un homenaje de pescadito a la plancha, una especie de dorada la mar de buena. Seis euros. Turquía es un país muy barato.

Con el espíritu más templado sigo paseando en busca de algo bonito. Nada. Avenidas comerciales que son un festival de consumismo, vendedores ambulantes por todos lados… Nada. Con la belleza que hay en los hábitats de los animales resulta curioso lo mal que se lo montan los racionales para construir los suyos.

Voy a pie a la Terminal de bus. Al pasar por un campo veo un chaval encaramado al techo de su tractor recogiendo ciruelas. Al llegar a su lado me ofrece un puñado. Ya me ha arreglado el día. ¡Que importante es ser buena gente!

Adelante. Devorando kilómetros. 

Amasra es un pueblecito precioso pero no faltan, ni mucho menos, barrabasadas inmobiliarias. Está situada entre rocas y montañas, con dos bahías en forma de curva cerrada y un estrecho puente que une el pueblo con la isla de Boztepe. Según que bahía mires, puede parecer que estás en Llafranch o en Portofino.

Dice la leyenda que, ante estas dos bahías, el sultán Mehmed I, que conquistó para el reino Otomano la ciudad, al contemplar Amasra desde las montañas preguntó a su mentor Laia: “¿Son quizás estos los ojos del Mundo?”

La ciudad  tiene el honor de haber sido mencionada por Homero en la Ilíada. Poco más hay que hacer aquí que pasear, hartarse de pescado fresco y visitar su pequeño pero bien organizado museo de ruinas romanas, pero a mi ya me va bien el descanso antes de pasar a África que, supongo, será un viaje durillo. Esta zona o provincia, Bartin, tiene también unas montañas increíbles que llaman al caminar, pero ha sido un mes intenso, el tiempo se me come y lo que viene merece respeto. Así que lo dejaremos para una próxima vez. ¿Quién sabe?

También me pego un obligado chapuzón. Dos. Lo prometido es deuda. Sinceramente, no le veo gran diferencia con nuestro mar. 

Contemplo en Amasra el último atardecer hasta que el sol tiñe el cielo del rojo rabioso de la bandera turca. Se me ocurre que, quizás celoso de la luna que protagoniza esa bandera, el sol recuerda cada día a esta hora, a los turcos y al Mundo, quién es el astro rey.

Y como el día, el viaje por estas tierras se acaba y pasan por mi cabeza experiencias y recuerdos. Siempre hay un poco de íntima tristeza al acabar el día… y al acabar un viaje.

Una última reflexión:

El Mar Negro también está siendo radicalmente depredado por el ser humano. Eso no es una exclusiva occidental ni mucho menos. Su vida marina también corre el riesgo de reducirse a unas pocas decenas de especies por la sobrepesca y el desarrollo inmobiliario, turístico e industrial.

Dicen que hay, a iniciativa de algunos países de la zona, propuestas de frenar esta degradación pero, la verdad, dudo mucho que contenga la avaricia de las empresas y gobiernos involucrados.

Nuestra especie tiene como denominador común la masacre genocida de la Naturaleza y no parece que vaya a parar hasta conseguir la extinción de todas las especies, extinción que no logrará pero sí la llevará al más absurdo de los suicidios. El puto dinero nos matará.

Último bus y llego a Ankara, una modernísima ciudad con un magnífico skyline que no tiene nada que ver con el resto del país. Nivelazo sorprendente, pero sin poesía. 

Un día de organización del viaje a Etiopía y cojo el avión hacia Addis Abeba. África da respeto. Mucho respeto. Vamos allá.

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Turquia (4) Yusufeli. Los Alpes pònticos. Kaçkar Dag. Entre gigantes.

Pues no he dado yo vueltas para llegar aquí! Cinco autobuses, 26 horas de viaje. “Aquí” es Barhal, una aldea en las montañas Kaçkar. 

De Kahta a Hopa, con una parada y cambio de bus en un lugar del Kurdistán turco de cuyo nombre, si lo supiera, no querría acordarme. De ahí a Yusufeli con otra parada en medio de la nada, concretamente en Veteasaberdonde, y de Yusufeli hasta Barhal por otra carretera endiabladamente estrecha entre las montañas.

Nuevo máster en mi currículum viajero de notable dificultad, con ciertas similitudes al de controlador aéreo e impartido exclusivamente en turco y  lenguaje de signos.

Ya estoy donde quería llegar. Esta es la etapa cumbre de mi viaje por este país. 

La pensión ni siquiera está en Barhal, si no a eso de 1 km de la aldea. El lugar es gloria pura, construido en madera y cemento a varios niveles de la ladera y, nada màs llegar, atardeciendo, me sirven una cena lobezna de sopa de lentejas, ensalada, arroz, patatas fritas caserisimas y pescado de rio. Dormiré en las nubes.

Contrato un guía, Gengis (Cengiz) , un chaval de 23 años que estudia agricultura en la universidad y ahora està de vacaciones.

Empieza el jaleo. Vamos a ver de cerca los gigantes del lugar: Altıparmak Dağları (Los Seis Dedos), Kara Tas y Marsis Dağı. ¿Cuán de cerca? Ya se verá.

Al cabo de 4 horas y pico, pasado el mediodía y rodeados de preciosos paisajes alpinos, se acaba la carretera de pedruscos, comemos un puñado de frutos secos y empezamos a subir por una tartera muy inestable. Las vistas son impresionantes. Se trataría de, o hacer cima del Marsis, o llegar, por un cañón, al otro lado desde donde, en dias claros, se puede llegar a ver el Mar Negro. La cima es imposible en una sola jornada desde Barhal. Nos quedan unos 300 metros para llegar a la entrada del cañón y llevamos más de 2 horas peleando con la tartera con un desnivel de agárrate los machos.

A las 14.30 paramos y el guía me pregunta si estoy cansado. Para no decirle que estoy hecho una mierda le contesto con un lacónico “sí”. Gengis, con mirada de “por favor, por favor, te lo pido”, me dice que él también. Para llegar al cruce falta, mínimo, una hora y media más. Estamos a menos de 20 kilómetros de Georgia y a no mucho màs de Armenia. Mi cuerpo entra en la conversación, sin que nadie se lo pida, y me dice que no me puedo fiar de él para otra hora y media de ascensión por tartera. Ahora es cuando se producen los accidentes. Le digo al guía que volvemos. Suspira y sonríe con agradecimiento. No sabes que rabia me dà reconocer que “no puedo”. ¡Cagoendiez!

La bajada por la tartera es todavía más cabroncilla que la subida y, llegados a la carretera, tiramos recto campo a través. De vuelta al camino, una furgoneta para y nos ahorra los últimos 4 kilómetros.

Pasamos al lado de 3 hombres que han matado una vaca y la están desollando. La tienen abierta en canal encima de la hierba. Una imagen de promoción del vegetarianismo. Llegamos al pueblo a las 18 horas. Han sido mas de 9 horas de caminar, saltar, gatear y dar botes.

Mi pobrecito cuerpo vapuleado y yo, ya en la pensión, nos bebemos 1 litro de agua y una especie de zumo de algo dulce. Esto está tan colgado en la nada que no hay ni coca cola.

Cenamos otro festín turco y me tiro en la cama más muerto que vivo. Me temo que mañana toca ración de agujetas generalizadas… 

Pues no. Estoy cansado pero nada más. Hoy voy a los bosques que ayer tenia a la espalda. Me mantengo en el camino de carro por 2 razones. La primera porque aquí no hay senderos y, para enfilar por el medio del bosque, la pendiente es excesiva. Y segundo porque, me dicen, esto es tierra de abejas, miel y osos y, aunque yo me llevo bien con casi todo el mundo, ya tengo bastantes amigos como para hacerme ahora con los plantígrados.

Dos horitas y media y me bajo porque la predicción meteorològica anuncia lluvias. Justo cuando llego al hotel cae el chaparròn. Me he librado por los pelos.

Hoy han llegado a la pensión un grupo de 15 montañeros. El comedor pierde calidez. Otra magnifica cena de 6 platos, incluyendo las sempiternas sopa de lentejas y ensalada de tomate, pepino y cebolla. Hoy no hay patatas fritas, pero sí berenjena con yogurt. A las 20.30 me voy a mis aposentos. Suena la lluvia en el tejado de madera y el rio ruge furioso. Es una gozada.

Hoy es el día D y la hora H del viaje por Turquía. Voy a hacer un trekking hasta el lago que aquí llaman “13 temmuz karagoldeydik”. Puede decirse que es el último campo base desde donde se ataca la cima del monte Kara Tas, 3.400 mtrs. El nombre turco se puede traducir como “Vestído de piedra”. 

Me presentan al guia que me llevarà alli. Se llama Fahri. Por un momento, me acuerdo del chiste (*) y se me escapa la risa, pero aguanto impertérrito.

Caminamos por el bosque siguiendo una canalizacion de agua entre unos conjuntos de habitajes familiares compuestos de vivienda, graneros y cuadras de ganado. El guia va saludando vecinos. Curiosamente, los turcos se saludan como en mi familía, en lugar de darse dos besos, se dan dos toques a cada lado de sus cabezas.

Solo encontramos en el sendero pequeños rebaños de vacas y corderos con un pastor o pastora escoltados por enormes perros mastines que vigilan nuestros movimientos.

Encaramos hacia las montañas. Otra ves tengo, delante, de derecha a izquierda, los 3 grandes, el Marsis, el Altiparmak y el Kara Tas. Y el  bosque Satibe. Solo el Altiparmak esta camuflado tras las nubes. Los otros dos dan la cara altivos y desafiantes.

Cruzamos un paso de tartera estrecha y complicada con viento frio y desestabilizador. Debajo, nada. No te puedes entusiasmar con el paisaje. Me empieza a doler la cabeza, lo cual significa dos cosas: que me esta dando “soroche” y he de parar para aclimatar mínimamente, y que estamos por encima de los 3.000 metros. Fahri me da un poco de pan con unas rodajas de tomate. Bebo agua.

El tema se va complicando. Frio y mas desnivel. Queda una media hora hasta el lago. Veo delante una tartera fea pero hay un caminito en zig zag que me salva de brincar.

Llegamos al lago a las 14 horas. Seis horas de ascensión. La vista de los Kaçkar desde aqui es… sublime. Sí, sublime.

Bajamos ahora ya todo recto castigando los cuádriceps. El riesgo de lesión es alto, el cielo lagrimea lluvia y arrecia el viento.

Yo no he visto osos pero lo que si me consta es que los pocos campistas que hay, esperando para atacar cimas, llevan escopetas y, por la noche, suenan lo que supongo son tiros al aire de advertencia.

Fahri me enseña una huella que dice es de un.oso pequeño. Cuando alguien le decía a mi padre algo que consideraba peligroso, él decía: “¡Miau!”. Significaba algo así como “¡Malo!”. Pues eso: ¡Miau!

Llegamos a la pensión a las 18 horas. Una jornada de 10 horas. Hoy me he ganado una cerveza. Me despido de Kaçkar Dag.

Y de la montaña al mar. El Mar Negro.

*NOTA. “Eres mas feo que El Fari comiendo un limón”

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Turquia (3). Kahta. El Kurdistan turco. Las cabezas del Monte Nemrut.

Hace 2.000 años, en el sureste de la actual Turquía entre la Capadocia y Siria, Antioco I rey de Comagene, autoproclamado dios, se hizo construir en la cima del Monte Nemrut, 2.159 mtrs, un túmulo funerario de 50 metros de alto y 150 metros de diametro para descansar eternamente lejos de los hombres y cerca de los dioses.

Lo custodiaban unas estatuas de 8/10 metros de altura que fusionan las deidades de Oriente y Occidente (griegos y persas). El rey quería convertir el monumento en una tumba sagrada cuya cámara mortuoria todavía no ha sido encontrada. Hoy, naturalmente, las cabezas de estas estatuas yacen en el suelo decapitadas por el tiempo o, según otra teoría, por salvajes hordas de herejes.

Son las 7.30 a.m. Sube al autobús un oficial del ejército vestido de civil, pero con una visible pistola al cinto, pidiendo a todos el documento de identidad. Estoy en medio del Kurdistán turco y a menos de 300 kilómetros de Alepo, en Siria. Hay cierta tensión en el ambiente. No me gusta.

Le doy mi pasaporte y, al verlo, me dice que le siga. Parece que empieza la aventura. El miliciano en cuestión tiene pinta de duro. Barba de 7 días, estatura media, cuadradote, pelo negro engominado, ray ban de aviador, tejanos, camisa negra y botas militares. Tipo actor de películas de Bollywood de acción. Cara de mala baba.y muy pocos amigos.

Da los documentos turcos a sus adláteres, estos sí uniformados y armados con metralletas, y empieza a mirar el mio con interés. Me dice: “Kan yi pikglisç…”. No le entiendo y se impacienta. A la tercera adivino que me pregunta si hablo inglés….. Le digo que sí y me interroga: ¿Dónde vas? ¿De dónde vienes? ¿Qué haces aquí? ¿Cuando te vas? … Todo con una mirada inquisitiva, recelosa y con un turquinglish difícil de seguir.

Se va, con mi pasaporte, y se pone a tomar el té con otros compañeros. Rien. A los 15 o 20 minutos vuelve. Todo el autobús esperando. Total, nada, me hace perder media hora, me da permiso para volver a subir al bus y seguimos la marcha.

Cuando te pasa algo así en viaje, especialmente con policía o militares, lo primero que tienes que hacer es tener calma y cargarte de paciencia. Pero paciencia de la buena, de la de “La paciencia es la madre de la ciencia”. No la paciencia de “Santa paciencia, que bondadoso que soy porque habría para darles dos hostias. Pandilla de lentos y torpes, añado”. Si huelen tu miedo o tus nervios se divertirán contigo. Ellos tienen todo el día por delante. Y la noche.

Llego a Kahta a las 9 a.m. Estoy a 50 km del Monte Nemrut y hace un calor de justicia. Al mediodía pasamos ampliamente de los 35 grados. No hay hasta el Nemrut transporte público pero, en el hotel, un matrimonio de turcos de mediana edad se ofrecen a llevarme a la falda del monte. Vamos bien.

La ruta transcurre por un valle bastante seco a pesar de estar regado por afluentes del Eúfrates. En el camino paramos en un par de lugares con ruinas milenarias y, a eso de las 17 horas, llegamos al párking de donde se sale para visitar el túmulo. De allí, yo empiezo a caminar y ellos se cogen un bus que les ha de llevar 2 km mas allá donde empiezan unas escaleras que acaban en la cima. A mi la excursión me lleva 1 horita. El paseo no es bonito y en la cima hay demasiada gente. Ni un extranjero por aquí, pero el turismo interior rebosa. Las ruinas sí son inquietantes, cabezas de piedra que hablan de historia perdida en la memoria de los tiempos.También la puesta de sol compensa pero, qué quieres que te diga, tampoco lo voy a recomendar especialmente.

Empieza a hacer frio de verdad. En un par de horas la temperatura baja a plomo, el viento es demoledor y yo estoy agotado. En el bus no he dormido mas de 5 horas y a ratitos. Mañana sera otro día. Pabajo.

Hoy es domingo. El calor es como una losa y me sudan hasta las uñas. No es nada agradable. Me pesan las piernas. Creo que hoy lo dedicaré al descanso y organización de próximas etapas. Y me daré una vuelta por el pueblo que, por cierto, es feo de premio.

Si se viaja, no sòlo se ve lo bonito, se ve y se vive todo. Hay que conocer donde estás. Las paradas de ropa, las frutas, verduras y especias del país, el tabaco que fuman, sus costumbres en el café… y descansar. No te quitan el carnet de viajero por descansar. También la pausa forma parte del viaje y màs con estas calores infernales. Incluso es obligatoria esa pausa si no quieres caer enfermo de agotamiento. No siempre ha de haber acción y jaleo o no llegas lejos.

Soy el único extranjero en la ciudad. Todo el mundo me mira como si fuera un bicho raro. Con lo normalito que soy yo… 

Aquí hay una mujer siria que se cuida de la limpieza del hostal. Está todo el día limpiando, cocinando lavando… El propietario, el recepcionista y el resto del personal turco sòlo dejan de rascarse los huevos para darle ordenes. Bajo a fumarme un cigarrillo y la encuentro sentada a la sombra. Al verme, se levanta corriendo con cara de avergonzada. Le pido con señas que se quede, que por mi no se vaya, pero ella desaparece en la cocina. Me impacta la situación. Sin palabras.

Hoy ceno una brocheta de pechuga de pollo macerado a la turca. Lo sirven con un fondo de arroz, ensalada de cebolla dulce, tomate a la plancha y unos pimientos verdes con pinta picantona. Todo buenísimo pero, cuando pruebo el pimiento… No es picante, es feroz.

Media hora después, ya en el hotel, todavía estoy llorando desconsoladamente. Estos utilizarían el màs salvaje de una ración de pimientos del Padròn para lavarle los dientes al bebé. Horrible.

A 5 o 6 Km de Kahta está el lago Atatürk barajı. Allá voy. Hoy estamos a 38º y 15% de humedad. Ida y vuelta 3,5 horas. Duro. Paisaje desértico hasta el enorme lago. De vuelta, unos tertulianos sentados en un café me llaman, me invitan a un té y hablamos. Nada importante pero, para mi, enriquecedor. Nunca ven forasteros y me piden que les hable de mi tierra. Yo encantado y ellos también. En 15 minutos me encuentro rodeado por más de 30 kurdos escuchándome embelesados como si les estuviera explicando un cuento. La mayoría no entienden ni una palabra y, uno de ellos, va traduciendo. Me parece que se inventa la mitad. Mujer ni una, claro. U oscuro, como prefieras.

Aquí no hay nada más que hacer. Ahueco el ala.

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Turquia (2). Goreme. La Capadocia. El pais de las hadas.

Viajecito nocturno que ha resultado ser un compendio enciclopédico de la miseria humana: niñas y niños mimados, sollozantes y gritones, olores desagradables, teléfonos móviles sonando en todas las formas y a todo trapo, ronquidos sísmicos… Y toda una serie de otras maravillas de la Naturaleza que no menciono porque este blog pretende ser de lectura agradable. La escatología la entierro en mi memoria. Una delicia de noche. Doce horas celestiales.

Ya estoy en Anatolia. Me sueltan a 20 km de mi destino, un último bus y llego a Goreme. El paisaje es semidesértico con unas formaciones rocosas extrañas.

He dormido poquito, pero al llegar al hostel desaparece el cansancio. Es una cueva en una de esas rocas habilitada de hostal familiar, un dormitorio colectivo precioso con paredes de piedra, una cama nueva y radiante, con cortina para más intimidad, y un desayuno completísimo. Una ducha y soy hombre nuevo. Aquí voy a estar de lujo.

Entre pitos y flautas, ha pasado el mediodía y salgo en el pico del calor hacia Uçhisar por el Valle Güvercinlik. Media horita de descanso para tomarme una coca cola y vuelta a Goreme traspasando el White Valley y el Love Valley.

El decorado es tremendo. Las chimeneas de las hadas son una de esas maravillas naturales que nadie debería perderse. Leyendas a parte, estas rocas fueron formadas por erupciones volcánicas y han ido cambiando con el paso del tiempo, por la mano del hombre y la erosión producida por la lluvia y el viento. Un paisaje surrealista.

Entrando en el llamado Valle del Amor me pongo alerta no vaya a ser que haya en el ambiente traidores sentimientos emboscados. Pero no, ningún problema. Sendero resbaladizo y peligroso con arena pesada y subidas y bajadas taquiarritmicas. Quizás de eso viene el nombre de “Valle del Amor”, en modo alegoría, aunque las formas fálicas de algunas de las rocas me hacen pensar que más bien por ahí van los tiros.

Total, 6 horas de trekk por un lugar de cuento. Voy a dormir plano.

Hoy toca Swords Valley y el Valle Rosa hasta Cabusin, me acerco hasta la zona del Standing Man y de vuelta a Goreme por el Valle Rojo. Creo que ya he visto todos los colores de valles. En el Rose Valley me he encontrado un regalo. Tras pasar túneles, grutas y cuevas, en una de ellas encuentro lo que resulta ser una iglesia con unas pinturas religiosas bien conservadas. Está ahí para mi solo.

Aquí hay bastante turismo pero, como siempre, todos se apilan en los mismos lugares donde los llevan con todo tipo de vehículos: todoterrenos, autobuses, quads, globos, a caballo, en camello… Yo, ni máquinas ni animales. Mis 2 patas y andando que es gerundio. Así tengo mi Capadocia privada, claro que eso significa, cada día, 6 ò 7 horas bajo un sol de justicia y eso sólo lo hacen los locos. No sé. Cada uno es de su padre y de su madre.

Lo que sí sé es que, aunque he llegado totalmente agotado y deshidratado, la sensación de estar solo en el Mundo es tremenda. Es cierto que me he encontrado en algún apurillo porque el sendero se convertía en un tobogán de piedra o, simplemente, desaparecía. En un punto he sentido aquella sensación de que no puedo ir para delante ni para atrás. Es un tanto estresante. Pelín de miedo, incluso. Respirar hondo, tensar músculos, decidir dirección, y… mucho ojito.

La experiencia es un grado pero sí, claro que me puedo equivocar y… Algún día se acabará todo. Una mala decisión, un resbalón y good bye. Qué se le va a hacer. A veces lo pienso: “Chaval, si aquí te pasa algo no van a encontrar de ti ni los cordones de los zapatos”. Tampoco aspiro a un funeral de cuerpo presente. Qué mas dará.

La gente en la Capadocia es de mucha mejor pasta que en Estambul. Los del hostel y sus amigos siempre tienen tiempo y ganas para hacer tu estancia agradable. El precio: respeto y sonrisas. Nada más.

Me he reencontrado también aquí con una chica francoargelina muy maja, Saida. Es enfermera en Estrasburgo, estaba en mi misma habitación en el hostel de Estambul y ahora tomamos cada día una cerveza juntos al acabar la jornada. Buena gente.

Nueva jornada. Salgo del Red Valley, entro en un paisaje mas siciliano que capadocio y aparezco en un pueblo llamado Ortahisar. Me siento en un colmado para descansar un poco. Suena una música melódica turca y hace calor, mucha calor. Estoy cansado y es música triste. Supongo que la letra trata de amor. Me pregunto qué hago aquí. “Caminar, muchacho, caminar” , me digo. “Como siempre” . Me quedan 2 horitas más para volver a “casa”. ¿A casa? Fuera tan fácil. 

Me encuentro una tortuga en medio de un sendero. ¡Qué curioso! ¿Qué hará aquí? Supongo que se habrá despistado.

Viene hacia mi un agricultor con un tractor. Voy a tragar polvo. Le saludo alzando la mano, se para y me ofrece llevarme al pueblo. Declino la invitación y le doy la mano con agradecimiento. Su mano es como papel de lija por años y años de duro trabajo de sol a sol. Y nosotros nos quejamos. Me pregunto que será de la débil sociedad occidental en caso de… problemas. Más vale que cuidemos el planeta.

Sí, la sociedad occidental debería fortalecerse un poco…

Consejo de Viajero:

Bebida. Por mi parte, acostumbro a mi cuerpo a situaciones incómodas. Cuando hago trekks de varias jornadas no puedo cargar abundancia de agua así que, todos los días, antes de empezar a caminar, bebo 1 litro de agua y, para el resto, llevo como medio litro. No suelo beber más salvo que encuentre algún lugar que la vendan. Cuando acabo, me hidrato y tomo el azúcar que necesito. Bebo todo tipo de líquidos: agua, desde luego, limonada, naranjada, coca-cola,… pero, entre tener ganas de beber y tener sed hay el mismo trecho que entre tener ganas de comer y tener hambre. Es un largo trecho.

Comida. Cuando trekkeo no suelo comer. Desayuno copioso y cena normal. Para comer, algo de fruta o verdura, un trozo de pan con queso o embutido o, máximo. 50 gramos de ensalada de pasta o arroz. Comida fría siempre. Una comida caliente fuerte, ejercicio duro y calor es una buena combinación para la lotería del soponcio.

Otro sí digo: Si encuentro un buen restaurante con comida casera tampoco suelo variar y ceno siempre en el mismo lugar. Eso crea lazos, te tratan bien y siempre hay sorpresas y detalles enriquecedores. La fidelidad tiene premio.

Agoto mis últimos 2 días recorriendo estos valles de colores de los que ya conozco rincones y agujeros. Ahora que, aunque parezca un juego de palabras, Saida ya se ha ido, por las tardes tomo un té con Mustafá, un viejo musulmán que he conocido. Es muy religioso. Como no tengo ningunas ganas de enseñar y sí de aprender, pregunto y escucho más que hablo.

Mi forma física ha mejorado mucho y la Capadocia ya está vista. Me voy hacia las montañas.

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Turquia (1). Estambul. La viuda virgen. Eurasia.

Parece ser que, en casa, tengo un gato. Negro. Bueno, no es mio. No hemos firmado nada. Se ve que le ha gustado el felpudo de la entrada de mi casa y duerme allí. Y todo el día gandulea por el jardín tomando el sol. Al atardecer, desaparece unas horas hasta cerca de la medianoche. Como decía la rumba del gran Gato Perez, “Nadie sabe donde se encuentra con su gatita”. Ya se sabe que los gatos son parranderos.

Ahora me he ido yo. Quizás me eche de menos. Yo me he ido a Turquía. No se cómo quitarme la sonrisa de la cara. Otra vez en viaje. Es mi estado natural.

A mi me gustan los animales, pero es obvio que tener una mascota es algo que no coordina con mi vida nómada. Como otras muchas cosas. Si el gato maullaba le daba una lata de atún y, a veces, tomábamos juntos un rato de sol de primavera en la terraza con un vino. El vino solo yo, claro. Asi que nos llevábamos bien pero ni él es mio ni yo soy suyo. No le he puesto nombre. Ahora que me he ido tendrá que buscarse la vida y lo harà. Los gatos son muy independientes. Me gustan. 

Pues eso, que ya estoy otra vez en viaje y todo lo que tenia en casa ya no està. Otra vez se abre el telón. Nueva vida. Y, de primero: Estambul.

¿Por qué Turquía? Bueno…, a mi me da igual ir a Pernambuco que a la Conchinchina, lo importante es viajar, pero la Vuelta al Mundo tiene sus “cosas” y ahora toca empezar a bajar por el África Oriental. Y Turquía me pareció una buena forma de acercarme. Eso de estar entre Europa y Asia para luego pasar a África… me dá vidilla. Aunque no tenga ninguna lógica.

Si señor, estoy en Bizancio, que luego se llamó Constantinopla y, hoy, Estambul, una de las ciudades con más Historia del Mundo. Alguien la llamó “la viuda virgen tras mil esponsales”. Es la única ciudad del Mundo que pertenece a 2 continentes. Solo le discute ese honor la rusa Ekaterimburgo, pero soy testículo de que allí la frontera, o por lo menos el monumento que la marca, está a unos kilómetros del centro urbano.

Estambul es una ciudad enorme. A una y otra orilla del Bósforo, 15 millones de habitantes, mas ilegales y turistas. Una muchedumbre.

Voy a pasarme algo así como un mes por Turquía. Creo que me va a gustar.

El vuelo hasta aquí, pues bien. Compañía ucraniana y escala en Kiev, lo cual vale para constatar y confirmar que las soviéticas son la mar de guapetonas y los soviéticos serios y disciplinados. Y también que los musulmanes rezan un montón y sus mujeres van muy, pero que muy tapaditas. Una situación incómoda diría yo. Pero no diría nada más.

En mi primera jornada en Estambul empiezo por los obeliscos del Hipòdromo, Santa Sofía y la Mezquita azul, luego el Palacio Topkapi, el Gran Bazar, y el Bazar Egipcio. Un hartón de minaretes, delicias turcas y especias. Mezcla impresionante de olores, sabores y colores. Una paradita de media hora en un parque para comer un sandwich de embutido y un huevo duro que, no sé cómo, ha aparecido en mi fiambrera desde el bufete del desayuno, y a por más camino.

Por el puente Gálata se cruza a la ciudad nueva donde la moderna Turquía se va abriendo paso entre la historia a base de grandes avenidas comerciales, callejones con restaurantes chics y algún rascacielos. La economía turca parece que va viento en popa. Dicen que, en la primera década de este siglo, construyeron más de 50 rascacielos y casi 150 grandes centros comerciales y que, a partir de ahí, siguen acelerando a demasiado buen ritmo lo que se llama “desarrollo”.

El Lorenzo turco pega fuerte y los zumos de fruta fríos son una tentacion en cada esquina pero, yo, me resisto y me lanzo a la cerveza.

Acabo la jornada de 8 horas ante un Urfa Kebab, una carne de ternera de lo mas mejor superior. Le pongo un picante ahumado local que me hace saltar las lágrimas de emoción

En los días restantes me paso a la zona asiática de Kadikoy, quizás más comercial todavía que la europea. Si cabe. Nunca había visto tanto restaurante junto. Ya de vuelta a Europa, callejeo topándome con más y màs mezquitas, columnas, el Parque Gulhame, el acueducto Bozdogan y mercados varios. Y todo ello amenizado por los cantos religiosos de los imanes musulmanes que, a mi, con todo respeto para unos y otros, siempre me recuerdan las bulerías andaluzas. 

Lo que más me gusta es caminar, pero también las cosas bonitas. Sea un edificio, una flor, una montaña o una ciudad. Y también las personas bonitas. Por dentro y por fuera. De esto último no he tenido todavía el gusto. Estambul es muy turístico y sus gentes… listillos y chulapones. De todo hay pero diría que se les ha subido el turismo a la cabeza.

Los Estambulenses, o como se llamen, son pesaditos con el español (el idioma). Todos hablan un estupendo castellano: “Gracias”, “perfecto”, “uno/dos/tres/cuatro/cinco”, ” hola hola coca cola”… Aparte de eso, mucho joven modernillo, la mayoría de riguroso negro o blanco impoluto y con tendencia a la alopecia, barba y fuertotes de gimnasio proteínico. Ellas… pues no sé, también de todo habrá pero poca belleza y simpatía he visto yo. El turco (el idioma) suena raro: “Marabo marabo. Salam talam kaka falà yandayatep dividushi”. O algo así. Dulce no es. No es un idioma para la pasión, por más que se lo pareciera a Gala.

Dedico la totalidad del presupuesto asignado a Cultura a zamparme un homenaje de dips típicos turcos (humus de garbanzos, berenjena y queso con chile) más un plato de unos pescaditos fritos llamados Istravit. No iba yo a dejar de probar un pescado del Mar Bósforo ¡¿no?!

Por cierto, me encuentro un camarero con unos rasgos orientales extraños y le pregunto de dónde es. Me dice que de Afganistán. Tremendo. La guerra. La Nada. Una Nada que forma parte del Todo. Ya es mala suerte nacer ahí. Y si eres mujer no te digo. ¡Que cruel es el Mundo!

Me voy a la Capadocia en un autobús nocturno. Ya empezamos…

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Amigos Viajeros. Pilar García y Rafael Miró: “Viajar sin fronteras”

Uno de los más valiosos beneficios intangibles que recibo de Alas y Viento es conocer a
otros bloggers viajeros como Pilar García y Rafael Miró. Su blog, Viajar Sin Fronteras, no tiene nada que ver con Alas y Viento. Ellos hacen una completa y muy útil guía de viajes y yo solo pretendo ofrecer una lectura compartiendo emociones y vivencias.

Así pues, somos absolutamente complementarios, como todas las almas enamoradas de la vida viajera.

¡Safe travel amigos!


VIAJANDO NOS ENAMORAMOS DE LA VIDA

“Viajar nos apasiona. Conocer nuevas culturas, paisajes, ciudades, gentes, abre nuestras mentes, nos enriquece, amplía nuestros conocimientos pero, sobretodo, nos oxigena y nos carga de energía.

Hay muchas formas de viajar y, hoy en día, a medida de cualquier bolsillo. Nosotros, que siempre hemos tenido el tiempo limitado, nos gusta planificarlo con antelación. Pensamos en un destino y empezamos a buscar información a través de internet. Los blogs de viajes nos ayudan mucho y, es por eso que, decidimos crear el nuestro, con información para facilitar a otros viajeros a organizar el suyo. Pero también, es el sustituto de nuestros antiguos álbumes y  cumple la función de conservar nuestros recuerdos y experiencias para cuando no podamos realizarlos, disfrutar de nuevo de ellos.

No tenemos un destino favorito, nos gusta descubrir sitios nuevos. Todos los lugares tienen algo que aportar y, aunque el mundo está cada vez más globalizado, cada país conserva su personalidad.  Hemos conocido diferentes culturas y religiones pero siempre nos hemos sentido bien acogidos y aunque siguen existiendo grandes diferencias, la mayoría de las veces, los más humildes son los mas generosos.

Viajando aprendemos a apreciarlo todo y nos enamoramos de la vida.”




MASCARAS DEL MUNDO (2). Barong Ket.

BARONG KET

AUTOR: Anónimo

MATERIAL: Madera pintada

1.995 Bali, Indonesia (Asia)

El más famoso baile tradicional balines es un espectáculo de teatro y danza basado en la eterna lucha del Bien y el Mal representados, respectivamente, por el Barong Ket y la bruja Rangda. El Barong, descrito como una mezcla de tigre y león, encarna la figura del Bien, y la obra se basa en su enfrentamiento con la bruja del Mal Rangda. En la mitología balinesa, el Mal es imposible de eliminar y únicamente el Barong es capaz de neutralizarlo.

Indonesia es un paraíso para los coleccionistas de mascaras y uno de los pocos países del Mundo donde, prácticamente cada día, todavía se celebran espectáculos enmascarados que tienen una especial importancia cultural en estos pueblos y en los que se combinan música, danza y mimos con el arte tribal. Los artistas que los representan tienen una consideración popular de divos. En algunos casos, éstos siguen años de entreno intensivo bajo la tutela de los mas cualificados maestros antes de enfrentarse a las exigencias de los espectadores indonesios. Hasta primeros del siglo XX, las danzas más importantes estaban reservadas exclusivamente a personas de la Corte, a las que se consideraba las únicas preparadas para llegar a la perfección en estos espectáculos que ponen el acento sobre movimientos, pausas, silencios y sutilezas de las expresiones.

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Entre parentesis. Vuelvo a casa.

En unos días vuelvo a casa. ¡Buf! Es fácil decirlo. En realidad, sólo vuelvo para irme otra vez en unos pocos meses. Solo he cumplido un tercio de mi sueño. Mi vuelta al Mundo tiene 3 partes y ahora acabo la primera aunque, en realidad, ya he hecho más kilómetros que los 40.000 de circunferencia de la Tierra.

Da un poquito de miedo volver. No hay ningún otro lugar del mundo al que, hoy por hoy, preferiría ir, pero da un pelín de angustia. ¿Cómo me encontraré? Vengo de un lugar muy, muy grande y muy, muy solitario.

Hay gente que dice que me envidia. Bueno…eso hay que ponerlo en contexto. Cuidado con lo que deseas. Conseguir vivir lo que estoy viviendo es un privilegio increíble, pero hacerlo, amigo…hacerlo tiene su guasa. Hacerlo es física y mentalmente durillo. Es intenso, es apasionante, es fascinante, pero quien lo quiera intentar que se prepare.

Y si no está preparado, la Universidad de Mundología se encargará de enseñarle. Con los mejores profesores te dan lecciones de tolerancia, solidaridad, orden, organización, humildad, alerta y respeto. La Naturaleza té enseña tu insignificancia y, si no aprendes, una diarrea en un autobús té darà una clase maestra de recuperación de las que recuerdas toda la vida. Tomas un montón de decisiones y conoces lo importante que es la serenidad.

Un tren cruzando la estepa rusa te harà escribir mil veces en la pizarra la palabra soledad y ganarás en disciplina y fortaleza mental porque a fuerza ahorcan. Un ampolla en un pie y la necesidad de una tirita te mostrará el valor de las pequeñas cosas y el peso de tu mochila pondrà en su lugar el materialismo y el consumismo. Los intentos de robo y timos te darán normas para conocer a las personas y alguna clase de repaso que llega desde casa te ayudará a saber con quién puedes contar y con quién no.

Tendrás lecciones de supervivencia, a veces caras, de generosidad y de moderación, y aprenderás a compartir. En educación física conocerás el límite de tu cuerpo y lo disciplinarás, se fortalecerá tu espíritu y se ampliará tu capacidad de sacrificio y adaptabilidad. Sabrás de la fuerza de una sonrisa, se te agudizará el ingenio y se musculará tu curiosidad. O así debe ser porque si no…malo.

La letra con sangre entra, y tú soberbia, tu vanidad, tu debilidad  y tú pusilanimidad recibirán de lo lindo ostias y capones por todos lados. Conocerás de valores y principios, de esfuerzos y merecimientos, de nostalgia y pérdida y, sobre todo, aprenderás a aprender. También está la asignatura de desarraigo y desapego. Esa es complicada. Yo la llevo mal.

Por todo eso no te dan ni un título, ni una medalla, ni una banda de honor, ni habrá fiesta de graduación porque esto no se acaba nunca, Quizás, solo quizás, los demás verán esa formación en tu mirada o la reconocerán en tu manera de vivir. No sé. Está por ver.

Ah! Y de esa universidad no sale ningún maestro. Los que hacen esa carrera bastante tienen con digerir las lecciones como para querer además darlas.

Yo, la verdad, vuelvo porque lo necesito como el agua que bebo. Este año de carrera, una carrera que me temo no tiene fin, ya lo he dicho y lo repito, ha sido intensa. Necesito descansar la mente y reparar el cuerpo.

Es como todo. Todo estilo de vida exige sacrificios. El mar, la montaña, un deporte, la empresa, la familia, viajar… La gente se queda con la foto chula pero, detrás, hay un montón de lucha, un montón de esfuerzo… Es como subir una montaña. La cima es el no va más, es el clímax, es placer, pero… hay que llegar allí. Cuidadín. Y a mí me falta mucho. Vuelvo a casa para prepararme para esa segunda etapa.

Mas de 333 días de viaje. Casi un año. Son un pilón de días con situaciones de todo tipo que has de controlar. Ni la gente, ni la Naturaleza, ni la vida, ni tu mente te da cuartel. No estamos preparados para la vida nómada. No es nuestra manera natural de vivir.

La recompensa si, la recompensa es enorme. Enorme. Lo que he llegado a ver y vivir este año ha sobrepasado todas mis expectativas y objetivos. Las aventuras en el lago Baikal, en Rusia, y en el Monte Pulag, en Filipinas, los momentos compartidos con Ramón en Japon y Tasmania, y con nuevos amigos como Encarna en Laos o Jordi en Myanmar…la paz en Wallpole o Bicheno, en Australia, los callejeos por Tokio o Bankok, la miseria de Manila, los alucinantes paisajes de Tongariro en Nueva Zelanda, Ha Giang en Vietnam o Mae Sariang en Tailandia, las acampadas en Urulu o Walls of Jerusalem….

Por tierra, mar y aire he caminado por bosques húmedos y desiertos, he ascendido montañas, he traspasado selvas, he subido a volcanes activos, me he bañado en mares templados y he navegado por océanos, fiordos y lagos. He vadeado ríos, he visto funerales, carreras de barcazas y carnavales, he viajado con ferrocarriles cruzando estepas y vertiginosos desfiladeros, he estado arriba y abajo de larguísimos cañones naturales, he vivido dias en islas soleadas y heladas, en metrópolis y en ínfimas aldeas. Con nieve, lluvia y sol de justicia, he dormido en aeropuertos, cabañas, refugios y tiendas de campaña, he reído, he llorado, he sido feliz y me he sentido muy, muy solo y desgraciado…he vivido, he vivido muchísimo y muy intensamente.

Ahora ya está…por ahora. Me paro. Voy a buscar la otra mitad de mi llámale alma, corazón o como quieras que, por más vueltas que yo de por el Mundo, nunca viene conmigo.

Vuelvo a casa.

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Amigos viajeros. Pedro Guardone.

 

“En septiembre del 2.018 viajé al sudeste asiático con 8 amigos de la facultad. Cámara nueva en mano, y con ganas de explotar mi nuevo hobby de fotógrafo, empecé a retratar todo lo que me llamaba la atención. Myanmar hace pocos años que ha abierto las puertas al turismo con lo cual todavía no hay turismo masivo que le haya quitado autenticidad ni a su gente ni a sus paisajes.

Probablemente es uno de los pocos lugares con estas características que además tiene mucho para dar a un viajero curioso. Fue un viaje hacia atrás en el tiempo con paisajes impresionantes. Si algún día olvido, mis fotos serán las muletas de mi memoria.

Difícil captar la esencia de un país tan multiforme e individualizar su composición pero, repasando esas fotos, si me hicieran adivinar cual es la composición de Myanmar, lo que sigue a continuación sería una recopilación de imágenes de los ingredientes de esta receta.”

Podeis seguir a Pedro Guardone a través de su Instagram

  




EL CAU. Javier García

Me veo obligado a destacar un comentario de Javier García Gutiérrez, desagradable como siempre, en relación a mi articulo “Tailandia (1) El Triángulo de Oro. De Chang Mai a Pai. Un ataque por sorpresa.” Y me veo obligado porque esta vez, y sin que sirva de precedente, Javi tiene razón.

Javier García Gutiérrez:

No, si encima tendrá la culpa la pobre vaca¡¡¡¡¡ Solo cuentas lo del susto que te pegaste tu, pero…por un momento has llegado a pensar lo que debió pasar la pobre vaca al verte con las pintas que me tienes que llevar ?????? ??????.

Javi, que por su naturaleza malvada es en este blog lo que era “El Follonero” para Buenafuente, tiene, como decía, su parte de razón. Después de tantos meses de viaje mi aspecto no es que rezume glamour.

De todas formas Javi, tiene guasa que hables tu de mis pintas cuando sabes que, por las tuyas, tienes terminantemente prohibido por tu cardiologo mirarte al espejo ?.

¡Salud amigo!




Entre parentesis. 200 días en Asia. La ola

He visto en Asia, de golpe y sin anestesia, 8 países. He disfrutado mucho de su Naturaleza y de su gente y, como ya a veces he comentado, he visto mucha miseria y mucha sonrisa. Por eso, me he puesto a pensar en qué es lo que tiene está gente que les da una felicidad de la que carece nuestro depresivo Occidente.

Está claro que el dinero no da la felicidad pero decir eso es un tópico fácil. Lo difícil es saber qué es lo que sí da la felicidad. ¿Què es lo que hace que gente con muchísimas menos cosas que el occidental medio sea más feliz que él?

La pregunta tiene guasa, pero puedo apuntar un par o tres de cositas que yo creo que algo tienen que ver con la respuesta.

El occidental ha perdido, a chorro, forma física, fortaleza espiritual y capacidad de sufrimiento.

Nada que ver una forma física labrada en un gimnasio o jugando al padel que la que tienes porque trabajas y vives en comunión con la Naturaleza. En Occidente estamos acostumbrados a que, apretando un interruptor, se enciende la luz, el agua sale calentita, se bajan las persianas y se enciende la tele. Ellos tienen que darle a una manivela para que funcione un equipo electrógeno, cargar cuesta arriba un cubo de agua para lavarse y nadie tiene un sofá para ver una tele que tampoco existe. Se cortan su leña, trabajan sus cultivos y cargan sus pertenencias.

El cambio de la cultura del esfuerzo de nuestros padres a nuestra cultura del interruptor es nefasto. Los ascensores, los coches, las prisas y los gimnasios son muy chics, pero el cuerpo y la mente se debilitan. La operación bikini, los cuerpos Danone y demás martingalas son tonterías.

Nuestra alimentación tampoco ayuda. Aquí comen con una de nuestras tapas y un bol de arroz, fideos o una sopa y un huevo. El agua, la fruta, grano y verduras que da la tierra es la base de su sustento. Allí, demasiadas grasas, demasiada carne, demasiado aceite y demasiado alcohol nos hace pesados y lentos.

La forma física es salud, y la salud sí da felicidad.

Ojito.

Y no te digo fortaleza espiritual. En Oriente se practica y se siente la espiritualidad en todas sus formas y en muchísimas variantes, desde el budismo al taoísmo incluso pasando por un ferviente cristianismo y, siempre, con un enorme respeto a los mayores, la familia como base de convivencia y a la madre Naturaleza. Allí ya no creemos en nada. Familia? Cual de ellas? La que nos vio nacer en la que ya nadie se habla ni en Navidad? La que formamos con la primera pareja? La que estamos formando con la tercera? A los mayores los colocamos en residencias y padres e hijos tienen vidas totalmente separadas e independientes. En Dios, algunos dicen creer pero minimizan al límite practicar. Y a la Naturaleza la violamos constantemente, a golpe de plástico, humo y ladrillazos.

En Occidente ya no tenemos ni religión, no ideología ni filosofía. Lo único que importa es el dinero.

Todo eso nos hace muy vulnerables. Demasiadas necesidades, muchas carencias y nada donde agarrarse.

Espiritualidad y valores básicos y naturales dan seguridad, y la seguridad y la confianza sí dan tranquilidad y felicidad.

Ojito.

Y que vamos a decir de la capacidad de sufrimiento. Donde para nosotros empieza una situación, si no insoportable, sí incómoda e incluso indigna, para ellos empieza una vida confortable y sin razón para queja alguna, si no más bien todo lo contrario. En Occidente son tantos los lujos que tenemos que se han convertido en lo.mas natural, casi en derechos básicos de cualquier ser humano. Por debajo de ahí es miseria. Que menos que un par de coches!…y alguna moto. Que menos que una casa con calefacción, agua caliente y una cocina “decentemente equipada”!…y quizás un garaje. Que menos que, 1 vez al mes, ir a un restaurante con amigos, salir de fin de semana, comprar algo de ropa, ir a un concierto, al futbol, al cine y al teatro! …y un viajecito de vacaciones como todo el mundo, claro.  Todo eso y mucho más son mínimos para nosotros. Si no tenemos eso… tristeza. Pues ellos no lo han tenido nunca, así que nadie puede quitárselo.

Con poquito se puede ser muy feliz, pero, al igual que el tabaquismo o el alcoholismo, el consumismo nos acostumbra y adicciona a mil cosas hasta que su carencia nos produce un “mono” del que es complicado salir. Muy complicado. Ese es el sistema en el que vivimos y el que nos hace débiles, víctimas propiciatorias para la depresión, la ansiedad y todo tipo de neurosis que son, ya hoy, la peste del siglo XXI.

Cuanto más tienes más quieres, cuanto más te falta menos feliz eres.

Ojito

De todas formas lo curioso, o quizás debería decir lo jodido, es que la ola está llegando a Asia…

En las ciudades sobre todo, pero ya también casi hasta en el último rincón de las montañas, las nuevas generaciones ya se pierden por jugar con el móvil y escuchar música pop. Y de ahí….

Es una lástima, pero nosotros no vamos a aprender de ellos, son ellos los que están aprendiendo de nosotros. El turismo masivo y, sobre todo, internet, están haciendo estragos en culturas milenarias.

Si, es una pena pero la ola está llegando hasta el último rincón del mundo. Muy, muy rápido.

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Cajón de Sastre. Miradas (2ª parte). Ojos que no ven…

 

 

 

 

 

 

 

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Cajón de sastre. Miradas (1ª parte). Ojos que ven

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Tailandia (y 5) Koh Tao. La gallina de los huevos de oro.

Koh Tao es de esos destinos de viaje donde la gente va para tener nuevas y estimulantes experiencias como tomar el sol, comer pizza y hamburguesas, beber cerveza y mojitos en los bares de moda, pasear en moto, bailar el “Despacito”, ligar…

También es, eso sí, un bonito lugar para hacer submarinismo. Y barato. Dicen que Koh Tao es de los mayores productores de nuevos buceadores de todo el Mundo. En 48 horas ya eres buzo por 4 durillos. Otra cosa es lo que te pueda pasar después.

El escenario es soberbio. Y una advertencia: esto está lleno de gente guapa e insultantemente joven que deberían pagar impuesto de lujo por pasear. El que tenga algún kilito de más, fruto de esas cañitas y tapitas tan buenas, o no atesore tanta belleza y/o juventud como, por ejemplo, un servidor, este lugar le producirá unos angustiosos ataques de envidia insana. Si os parece oír un sonido agudo, chirriante y desagradable alrededor, son vuestros dientes que rechinan.

El lugar es fantástico para holgazanear y hacer panching. Es mi último destino en Asia antes de cambiar de continente, así que habrá que coger fuerzas.

Llevo ya melena de indio soiux, pero no me atrevo a ponerme en manos de un peluquero tai. Algo tendré que hacer. Si me voy a Australia con esta pinta, en la aduana me confiscan como especie invasora.

En Koh Tao es temporada bajísima y llueve. Yo encantado porque tengo un gripazo de campeonato y la convalecencia aquí, a base de descanso absoluto, líquido y sopitas picantes me sienta de maravilla. En el hotel tengo una habitación con lavabo para mi solo, y una terracita que da al jardín. Y tiene un restaurante a pie de playa. Es como estar malito en casa de Sa Riera en abril. Da un poco de pereza mejorar. Estoy muy mustio. Siento en el tuétano que mis aventuras y desventuras en Asia tienen, por ahora, los días contados y, supongo, eso me da flojera.

Son días lluviosos, con muchas horas en la terraza de mi habitación, escribiendo, pensando y escuchando la lluvia caer sobre el jardín. Si, son días de reflexión también. Se me está acabando la gasolina y empiezo a pensar en volver un par de meses a casa dando por cerrada la primera fase de mi Vuelta al Mundo. He de entrar en boxes y eso también requiere organización con tiempo de antelación. Una serie de lesiones ya me handicapan un poco y los médicos tendrán que hacerme un par de parches. Además, asuntos administrativos varios me aconsejan un alto en el camino. Por ejemplo, se me está acabando el pasaporte, fíjate. Y renovarlo por alguna embajada del mundo es un tostón y requiere pausa, lo cual no es precisamente mi especialidad. Así que, cuando haya llegado a Nueva Zelanda, las antípodas de donde salí, iré pensando en la vuelta. Poco a poco.

Estoy en uno de los mejores lugares del mundo para hacer snorkel y bucear y, entre la gripe y la lluvia, a lo peor no hago ni una cosa ni otra. Sería una…jugada. De entrada, bucear ni pensarlo. Mi capacidad pulmonar, con el gripazo, ha mermado considerablemente. Snorkel, vamos a ver el último día…

Mientras tanto, voy ya dando paseos en tierra firme. Hoy he ido a comer a la playa Sai Ri Beach. Un Savory curry que no sé lo salta un gitano. Para bajarlo, yo siempre metiéndome en líos, me subo a ver el Chalok viewpoint y, de ahí, me bajo por el otro lado de la montaña hasta el hostel. Total 3 horitas por un terreno que no había pisado nunca, entre montaña y playa. El camino, muy empinado, va cediendo con las lluvias y se hacen como unas canales curiosas. Y peligrosas.

El lugar en cuestión, arriba de todo, es de mareo. Un agujero entre 2 rocas, por el que pasas a un mirador también de pura roca resbaladiza y, debajo tuyo, muy, muy abajo, toda la costa oriental de Chalok Baan Kao. Precioso. La sudada para llegar ha sido considerable. Sudar va bien para matar virus, pero lo que ya no va tan bien es que me pilla un diluvio de Monzón que me deja para colgarme de dos pinzas. Cada vez que hay una tormenta por los alrededores, me coje a descubierto.

Penúltimo día en la isla ya y llueve toda la mañana. Paciencia. Por la tarde me voy a conocer más calas siguiendo empinadísimas carreteras y caminos de ronda. El atardecer, en estos días lluviosos, da a estas playas, que parecen decorados de cartón piedra, una luz rara, entre plomiza y gris metalizado por el sol tardío. Me escuecen las heridas de guerra, lo cual no augura nada bueno para el tiempo de mañana, mi última oportunidad de bajar a los fondos de esta isla. A ver qué pasa. Por poco que pueda me tiro.

Bingo! El día despierta soleado y me embarco. Cuatro paradas de snorkel y final en la famosa playa de Nang Yuan, dos islotes unidos por una lengua de arena que son, seguramente, uno de los lugares más fotografiados del mundo.

No tantísimo como en Indonesia o Filipinas, pero también aquí nos dan cien mil vueltas con su fondo marino. Magnifica flora y fauna a pesar de que hay viento y el mar está movidito. Preciosos corales, borgonias y bandadas de peces de todos los colores, tortugas y pequeños tiburoncetes. De todo y mucho. Y no es que la isla sea virgen precisamente. A Tailandia, en general, y a Koh Tao, en particular, le estan sacando el jugo a lo bestia.  Demasiada gente. En temporada alta esto deben ser las Ramblas.

Supongo que, simplemente, aquí han puesto un poco de sentido común, el menos común de los sentidos, y se han dicho: no vayamos a matar la gallina de los huevos de oro…  Alli no. Al fin y al cabo, España es el único país del mundo, en toda la Historia, que ha sido capaz de crear un género literario sobre los vividores y listillos: la “Picaresca”. Y el pícaro es omnivoro total. Acaba con todo. Le da igual carne que pescado. A todo se le puede sacar provecho con “ingenio” y poca vergüenza.

Fíjate tú qué tonto soy que, viendo esto, me sorprendo preguntándome por qué  no se declara Parque Nacional o similar todo el Empordà, mi tierra. Seré burro! En un Parque Nacional no se puede uno lucrar a ritmo de pelotazos y ladrillos. Un P.N. es beneficio a largo plazo y poco tangible y allí hay hambre y miseria que solucionar a cortísimo plazo. Fíjate a Cadaquès y el Cap de Creus lo mal que les va…

Algunos le están tocando demasiado los huevos a la gallina. Y lo pagaremos todos.

Pues se acabó lo que se daba. Han sido 6 meses y medio en Asia. Me cambio de continente. Oceanía…el nombre es precioso. Siempre soñé que un día lo conocería, pero sueño tantas cosas que ni yo me creía. Y ya está aquí, a 2 pasos. Sigo camino.

Tengo prisa, mucha prisa. El tiempo pasa sin esperar a nada ni nadie. Me voy a Australia. ¡Que ganas!

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Tailandia (3) Mae Sariang. Ratas.

Hoy cumplo 6 meses de viaje. Es mucha vida de golpe. Me preguntó cómo será y qué sentiré cuando vuelva a casa, a “la vida normal”…

En esta segunda etapa, después de los 100 días, he seguido descubriendo lugares y viviendo situaciones inolvidables. Ha Giang en Vietnam, Virachey en Camboya, Luwan en Laos, el acueducto Goteik en Myanmar, …. Y, ahora, Banhuayhagmainesu en Tailandia.

Este último, quizás el pueblo con el nombre más complicado del mundo, da para dedicarle todo este capítulo.

Mae Sariang son 2 calles en la ribera de un río sin más historia así que, nada mas llegar, me apunto a otro trekk. Seràn 3 dias en un poblado de las montañas: Banhuayhagmainesu. Prueba a repetir el nombrecito. Sin leer.

Solo he descansado 24 horas y no he tenido tiempo ni de lavar la ropa pero…tengo otra muda. Tailandia da para mucho y solo tengo 30 días de visado.

No será cansado creo, es más bien una estancia relajada en la montaña con alguna excursión relativamente tranquila. Voy solo con un guía, Yao, y me alojaré en su casa, con su familia.

Tras casi 3 horas en moto, ya a pie, seguimos adentrándonos en las montañas. Nos paramos a comer en la cabaña de un agricultor. Son cuatro palos, un fuego a tierra, leña, enseres mínimos y una hamaca. Hay un segundo piso, supongo que un dormitorio. El hombre dice tener 60 años pero no aparenta ni 50. Sus pertenencias están esparcidas por la sala y hay una rata muerta en un plato. Es su cena. Comemos unos fideos a la rabiata con arroz que me hacen sudar. Chili puro. Una bomba energética.

Seguimos 1 hora mas hasta el pueblo de Yao. Allí, Sing, su hijo de 10 años, me lleva a ver los alrededores. Son poco más de 80 cabañas en la ladera de la montaña, en la coronilla de la Quinta Puñeta, 250 almas, animales domésticos por todos lados y campos y màs campos de cultivo casi verticales. Remoto y básico todo a más no poder.

Yao me pregunta si como carne con una hoja de plátano en la mano que envuelve otra rolliza rata con una larguísima cola. Le digo que no, que yo desde pequeñito soy vegetariano estricto y que, además, mi religión no me lo permite. Yao se ríe y no me cree, así que para cenar me trae una especie de sopa y unos trozos de carne que me jura es pollo. Me armo de valor y pruebo uno. No sabe a nada. Tiene la consistencia de pollo pero tiene unos huesecillos o cartílagos de lo más sospechoso. Sonriendo, le miró y le digo, en castellano: “Qué cabrón!”. Me pregunta que he dicho y le contesto que esa es la forma española de decir que estás contento de haber conocido a alguien, y que sirve tanto para saludar o despedir cómo para demostrar en cualquier momento respeto por una persona. Me lo hace repetir varias veces para aprenderlo. Le añado que, si quiere ser más ceremonioso, ha de decir: “Qué gran cabronazo”. Toma nota.

Se me ocurre que a saber cuántas veces he comido carnes extrañas sin saberlo. Lo de gato por liebre, todavía, pero lo de rata por pollo me inquieta.

Naturalmente, soy el único occidental en el pueblo. Una atracción exótica. La gente sale de las casas para verme pasar. Y todos me sonríen. En realidad siempre están sonriendo. Es una gozada. No se complican mucho la vida. Salud y vida o enfermedad y muerte. Poco más. Lo de pena, tristeza, depresión y esas cosas no creo que tengan aquí ni traducción. No he oído nunca llorar a un niño en lugares como este. Yo creo que no saben. Al fin y al cabo, aquí llorar no les sirve para nada.

A las 6 de la tarde ya hemos cenado y a las 8 estoy en la cama. Desde fuera, de una casa cercana, llegan las voces de unas chicas que cantan melódicas canciones en tailandés. La noche es muy agradable pero hay que abrigarse. Hace fresco.

Con el nuevo día salimos de trekking por la selva. Yao lleva su machete y una escopeta por si puede cazar algo. Es como un circuito de obstáculos. No es senderismo ya que no hay sendero. Y es que en la selva no hay senderos porque, tal como tú los abres, ella los vuelve a cerrar.

Vas atento con los cinco sentidos y un par más que desarrollas aqui. Voy aprendiendo què roca, qué rama o que raiz es de fiar y cuál va a ceder dejándome sin asidero o sin apoyo. Has de hacerte ligero, repartiendo y compensando pesos entre todos los músculos.

Tres horas después, hacemos un fuego en la ribera del río y comemos un arroz con cebolla y tomate que lleva Tao en su bolsa. Seguimos.

Me doy cuenta que soy muy perro ya. Siento y padezco poco. Si me entra agua no me la saco, si me pica algo no me rasco, si me sale sangre la dejo correr, tengo poca sed y hambre… Me limito a avanzar hasta llegar a destino sin pensar mucho más que en dónde piso o a qué me agarro.

Hemos salido del pueblo a las 8 a.m. y volvemos a las 2 p.m. Ahora sí noto mis huesos, músculos y articulaciones. Me quito un par de sanguijuelas de las piernas. Otra vez me han dejado los pantalones sanguinolentos y estoy hecho unos zorros. Un solano insoportable hace imposible la vida fuera de la cabaña, pero Yao no me da tregua y me lleva en moto a ver una aldea cercana. Aprovecho para comprar coca cola. Necesito azúcar. Ir por estos caminos en moto es como galopar a lomos de un burro. Estoy baldado.

El cielo en Banhuayhagmainesu tiene un azul especial. Pero al llegar el atardecer… al llegar el atardecer es como asistir al mismísimo fin del mundo. Te deja atónito, sin esperanza de ver más belleza que la que tienes delante. Sobre “eso”, en realidad, no sé porque tengo la desvergüenza de atreverme a escribir.

Y de cena, hoy hay pescado. Sí, es pescado, lo he visto entero antes de que lo metieran en la olla. Así que pescado, con arroz, claro. No es precisamente un “suquet” como en mi tierra.

Y así acaba otro día, diferente como todos los días de este continuo deambular. Y mañana más. No me lo puedo creer. Pura vida desbocada.

Nuevo dia. Nos vamos ya hacia Mae Sariang. Flota en el ambiente el aroma de las trompetas de ángel. Le doy mi sombrero a Sing y le nombró Caballero de la Orden de la Aventura. Está contento.

A pie y en moto, Yao me da otra somanta de ostias por el Parque Nacional Salawin. Primero me lleva a ver la recolecta de arroz y me hace sufrir 2 horas a lomos de su motillo. Para compensar, eso sí, me deja una hora en un hot spring donde me doy un baño caliente. Toda la piscina para mí solo. Quedó arrugado y tranquilito como un bebé, alucinando de mi suerte.

Comemos unos fideos cerca de las waterfall Mae Sawan Noi y, para bajarlos, nos vamos a ver sus diferentes niveles. Primero “pabajo” y después “parrriba”. Ahora sí que estoy en las últimas de Filipinas, a punto de rendirme y ofrecer mi cuello como los lobos vencidos en justa pelea. Presento irrevocablemente mi dimisión como viajero incansable.

Al despedirnos, Yao me dice muy solemne: “Qui gran capronazo”. Le doy un abrazo. No podía dejar de devolverle la jugada de hacerme comer rata. Ya verás la que monta con el primer cliente español que se le ponga por delante…

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EL CAU. Eulalia Tortorici

Inauguro la sección refocilandome con la generosa critica de Eulalia Tortorici al artículo “Myanmar (2) El Lago Inle. Fascinado”, publicado el 6 de Noviembre.

Gracias Lali. Tus críticas son gasolina para seguir escribiendo cada día. Un abrazo.

Eulalia Tortorici:

“Me gusta todo todo todo. Leyendo el texto huelo esos bosques, contemplo los arrozales y saboreo esa comida picante. Las fotos , esta vez, tienen más color. tienen una luz especial. Pero lo que más me ha gustado esta vez es el uso de la expresión idiomática espabilando que es gerundio. Hacía años que no la leía. La fascinación por las palabras también existe.”




Recomendaciones del mes. Septiembre/Octubre 2018. Laos y Myanmar/Tailandia.

EQUIPO.- Todo el equipo está bastante deteriorado ya. Botas, pantalones, gafas de leer, sombrero…

Ahora que se acaban las lluvias, toca mencionar a mi “paravents” y paratodo. Es de North Face, y también se ha portado como un campeón todos estos meses. Tiene alguna herida pero lo lleva bien.

TRANSPORTE.- Vale la pena la experiencia de coger el tren que une Hsipaw con Mandalay pasando el acueducto Goteik. Eso sí, hay que estar chalado para hacerlo.

Los taxis y rickshaw de Tailandia son una caña. Puro arte urbano. Con los rickshaw regatead sin piedad.

ALOJAMIENTO.- Magnífico el hostel Barn1920s en Vientien. Café, pasteles y platos de embutido y quesos para chuparse los dedos.

En Mae Hong Son, Tailandia, Crossroads House es un alojamiento autentico y la encargada es un sol.

GASTRONOMÍA.-  Recomendabilísimo el restaurante Street View de Don Det. Especial el pescado hecho en una barbacoa de hierro, con tapa tipo horno, acompañado de ensalada y patatas fritas. Y una ración de pan tostado con ajo y aceite con una picada  de tomate y cebolla para ponerle encima. Pan de ajo le llaman. Una pasada.

De todas formas, lo mejor de lo mejor de Septiembre ha sido la experiencia gastronómica que supuso el trekk al lago Inle. Contraté la travesía en EVER SMAIL. Un menú degustación vegetariano en cada cena. Idem en el trekk de Hsipaw contratado en la oficina de la Asociación de Guias adjunta al hostel Mr. Charles.

Y en el restaurante Royal, de New Bagan, comí el mejor Chapati y chicken Masala del mundo mundial.

Y, desde luego, en el Neo Phoenix, el restaurante de mi amigo Win hacen la mejor ensalada de berenjena del mundo. El que vaya a Mandalay, y no pase por allí lo mando fusilar.

En Tailandia, Ko Thao, no perderse bajo ningun concepto el restaurante Mama Piyawan´s. El curry perfecto en cuatro mesas bajo un techo de uralita.

INTERNET – Muy recomendable la aplicación “polarsteps” para quien quiera hacer un viaje largo y organizar sus comentarios y fotos, incluyendo un GPS para una continua localización.

TREKKING.- Magnifico el trekking a Puwan en la Zona Nacional Protegida de Nam Ha, Laos. Pura jungla.

E inolvidable el trekk al lago Inle. Tres días/dos noches. Maravilloso.

Mae Sariang es una de las ultimas zonas por explorar en Tailandia. Inolvidables los dias que pasé en Banhuayhagmainesu.

PUEBLO/CIUDAD.- Dao Det, en las 4.000 islas de Laos. Un remanso de paz.

MENCION ESPECIAL.- Muchas menciones especiales esto meses. Por un lado, Guillermo y Encarna, dos compañeros de aventuras en Laos. Y por otro, Jordi y nuestra guía Anastasia en Myanmar. Y Renè. Con todos ellos hemos pasado muy buenos ratos. Nos vemos por el mundo chicos!

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Myanmar (y 5) Un Uposatha en Mandalay. Amanapura.

En viaje, cada uno pone su intuición, su curiosidad, su actitud, interactúa con el entorno y la vida va tejiendo para él, puntada a puntada, un viaje a medida.

Yo quería pasar mi último día en Myanmar tranquilo, encerradito en el hostel organizando mi próxima etapa, pero…

Al llegar a Mandalay me doy una vuelta y me paro a hablar con el propietario de un restaurante. Me explica los platos de su carta y quedamos que quizás vendré a cenar. Voy por la noche, el señor pregunta si se puede sentar conmigo para practicar ingles y le respondo que encantado. Hacemos buenas migas. Me dice que mañana es un día importante en el budismo, una especie de Sabbath, y se ofrece a venir a buscarme al hotel para ir a Amanapura donde, me explica, se celebra una ceremonia especial.

Naturalmente, me apunto. Soy fácil de convencer.

A las 8 de la mañana, Win, que así se llama mi nuevo amigo, está puntual en la puerta del hostel con una moto, me monto, y nos vamos para Amanapura, la “Ciudad de la Inmortalidad”. Son poco mas de 10 km desde Mandalay.

Los Sabbath o Uposatha son, coincidiendo con las fases lunares, días de “especial observancia” de preceptos budistas que, en esencia, coinciden bastante con los cristianos. Teoricamente, son días de meditación y abstinencia relativa, una especie de lo que era nuestro domingo hace más de medio siglo. En realidad, a los budistas les gustan tanto los festivales que los  Uposatha son más días de fiesta que de recogimiento, aunque digamos que también de eso hay algo. Se trata de no decir mentiras, no ser violentos, no robar, abstenerse, más o menos, de sexo, moderarse en la comida, hacer meditación, etc, etc.

Hablando de meditación, una curiosidad: en el bar del hostel, después de cenar, me encuentro a Renè, mi amigo austriaco. La meditación en el monasterio le ha durado muy poco.

Win me lleva a visitar Mahamuni, un templo grandioso con un buda enorme al que la gente reverencia y cubre, literalmente, de oro que compran en láminas allí mismo. El lugar es una feria, una verbena, un parque temático del budismo. Resulta curioso ver la cantidad de dinero que mueve la religión. La gente cree que con dinero se soluciona todo, incluso la vida después de la muerte. El tema tiene guasa y dice mucho del ser humano.

Ya en Amanapura, Win me lleva a más templos, al lago Taung t’ha man y a pasear por el U Bein bridge, un puente de madera de más de 200 años de antiguedad. Al final, asistimos a la ceremonia del Uposatha en el monasterio de Maja Ganayon Kayaung. Allí, cientos de monjes y novicios desfilan solemnemente para recoger sus raciones de arroz mientras la gente les va dando dulces, bolígrafos y algo de dinero para contribuir a su alimentación y formación.

La  jornada es intensa y abarrotada de sensaciones.  Nada que ver con lo que había planeado. Win, empeñado en darme una clase exhaustiva de su religión y su ciudad, no me deja ni respirar. Súbete a la moto, bájate aquí, mira allá, quítate los zapatos, vuelve a ponértelos… Y no para de hablar ni un momento. Es agotador.

Después de comer, cruzamos el río por el Ava Bridge para pasar a Sagaing, el pueblo vecino, y subimos a la colina que lo preside para tener una vista de cientos de relucientes pagodas que salpican la ribera.

En la Academia Internacional de Budismo (sí, eso existe), sin un solo occidental a la vista, aparece una moto y, como no, de paquete viene…Renè. Le pregunto muy serio si me está siguiendo y nos partimos de risa.

Volvemos a Mandalay por otra carretera, pasando por el Royal Lake, lloviendo, a sacudidas entre un tráfico de hora punta en capital asiática, lo cual tiene más peligro que una estampida de bisontes aterrorizados por un incendio en la pradera. Me agarró los machos y me encomiendo a todos los santos. Los frenazos y los bocinazos me mantienen con los ojos como platos aunque me gustaría cerrarlos. Me siento totalmente en manos del destino.

No sé cómo, pero desde luego milagrosamente, a las 5 de la tarde llegamos al hostel. Me bajo y tengo la tentación de tirarme de rodillas al asfalto y besar la tierra como si hubiera sobrevivido a un naufragio. Tengo las piernas como después de haber galopando a lomos de un caballo salvaje durante 10 horas, y camino como un vaquero de 90 años. Win me ha dejado hecho polvo. Madre de Dios que viajecito!!!

Naturalmente, voy a cenar con Renè porque, si no quedamos, nos vamos a encontrar igual. La ensalada de berenjena con cebolla y cacahuetes del restaurante de Win está de vicio. Y con eso y una tempura de pescado y verduras hago mi última cena en Myanmar.

Ahora sí me voy. A Tailandia, nada menos, el Reino de Siam.

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Myanmar (4) Hsipaw-Bagan. Vértigo.

Quiero ver el acueducto Goteik, un puente vertiginoso que une, por ferrocarril, Hsipaw con Mandalay. Yo me bajaré en Pyin Oo Lwin.

El tren en cuestión es destartalado y sucio. Va tremendamente lento, tarda 7 horas en hacer poco más de 100 kilómetros, pero la sensación de inseguridad es acongojante. El balanceo es muy poco natural y no puedes mas que pensar que “eso” descarrilara un día u otro. Espero que no sea hoy.

Sigo con Renè de compañero de viaje. El quiere quedarse en Pyin Oo Lwin haciendo meditación en un monasterio budista. Cada quien es cada cual. Yo continuaré hacia Bagan, ya en bus.

El viaje es de lo más aventurero. A través de las desconchadas y oxidadas ventanas pasan tierras de cultivo salpicadas de los tipicos gorros cónicos de caña que protegen a la gente que los trabaja, gente dura y curtida a fuego lento por un sol de justicia. También se ven aldeas con chabolas indignas, canteras y colinas. Hacemos cuatro o cinco paradas en paupérrimas estaciones donde puedes comprar, a precio de miseria, comida y bebida al son de música de radio exotica y peliculera…

El acueducto, puente, o como quieras llamarlo, impresiona. En cuanto lo ves dan ganas de decirle al revisor que pare y hacer el resto del camino a pie o haciendo el pino si es necesario. Cualquier cosa menos meterte ahi. El puente parece terroríficamente simple. Unas vias sostenidas por quince torres, cuatro hierros como quien dice, y debajo, un abismo. Lo dicho: eso un día no muy lejano caerá. Mientras pasas, con un barranco debajo por el que discurre un río que, desde la altura, es poco más que un hilito de agua, en el vagón se hace un silencio solemne. La experiencia es estremecedora y el vértigo es de ponerte de punta los pelos del cogote. Sin darte cuenta, dejas de respirar, el corazón se acelera y, al llegar al otro lado, casi se puede oír un tangible suspiro coral como si todos los pasajeros soltaran al mismo tiempo el aire contenido en los pulmones. Es impactante.

Días más tarde, en Mandalay, me enterè de que el viaducto de Goteik lo construyeron hace más de cien años los ingleses y, precisamente porque ya no se considera seguro, está previsto iniciar en un par de años la construcción de uno nuevo en una colaboraciòn entre Myanmar y Corea del Sur. Ya me lo digo yo: cafre, Nacho, eres un cafre.

En Pyin Oo Lwin vamos a parar al gesthouse más kitch que jamás he visto. Largos pasillos decorados con flores, sombreros, cestos, frutas de plástico y figuritas por todos lados. La habitación es como si Kandinski se hubiera vuelto loco y hubiera empastifado paredes y suelos tirando las pinturas sin sentido y con rabia en un ataque de delirium tremens. La gente es en extremo servicial y la situación es de sueño surrealista. Con 5 euros, solucionado hospedaje y desayuno.

En realidad, todo Myanmar es surrealismo puro. Las paradojas son la normalidad, desde las adaptaciones musicales al birmano del pop occidental, hasta los pegotes de lujo que suponen las brillantes y doradas pagodas rodeadas del más mísero chabolismo. Y pasando por sus decoraciones chillonas, y sus encajes de la abuela, y sus hombres delgaduchos cómo sanguijuelas con su pareito, su sombrero cònico y sus dientes de zombi, rojos-morados de masticar la adictiva hoja de Betel con nueces de Arauca que les hace escupir constantemente… Y las mujeres con los empastes de Tanaka, y sus cielos claros con cúmulos de nubes multiformes y…. Dali aquí se hubiera divertido como un niño y hubiera hecho una sopa pictórica de lo mas histriónico.

Siguiendo con Pyin Oo Lwin (pronunciado Pinoluin), el pueblo es una pequeña India con tiendas de pashminas y restaurantes de chapati, todo muy cursi y recargado con una mezcolanza de religiones conviviendo en perfecta armonía. Por la noche, el neón se apodera de las calles, calesas tiradas por caballitos pasean a turistas nacionales y los jóvenes se reúnen en las esquinas, bares y restaurantes vestidos y repeinados con tejanos rotos y tintes cantarines. Es un pueblo curioso. Si tuviera tiempo me quedaría un día más pero, en 5 días, tengo ya vuelo a Thailandia.

A la mañana siguiente sigo viaje a Bagan, la Siem Riep de Myanmar.

Bagan es una interminable sucesión de templos, estupas y pagodas. El conjunto arqieològico es una maravilla y los templos belleza pura . El chiringuito turistico-religioso está muy, pero que muy bien montado y, además de los 20 dólares que te cobran para entrar en la ciudad, se inflan a recibir limosnas y donaciones. Mañana harè un intensivo y lo veo todo.

La visita la puedes hacer sin organizacion alguna, a tu aire y como te de la gana. Mucho más fácil e independiente que en Siem Riep. La jornada es agotadora. Con sandalias, ya que en cada entrada has de decalzarse, caminas y caminas sin mas descanso que los propios templos en donde el fresquito te libera un rato del calor que aplasta Bagan como un castigo divino.

Hay tantísimos lugares que visitar, que la muchedumbre se dispersa y no agobia. En muchos sitios te encuentras absolutamente solo. En eso, Bagan tambien gana a Angkor.

En los lindes de los caminos, modernos esclavos pican piedra para la continua restauración de templos sudando a mares. Los más afortunados, a la sombra de un árbol, los más desgraciados, a pleno sol. Una sola jornada de ellos sería para cualquiera de nosotros una insolación mortal.

A partir de las 12,30 el calor cae a plomo. Aguanto 1 hora más y paro en un restaurante indio con una terracita fresquita y agradable y mesas de mantel a cuadros. Me sacudo el mejor pollo Masala con chapati que he comido nunca. Simplemente una delicia. Manjar de reyes y dioses, muy adecuado con el escenario. Una cerveza helada me eleva ya al séptimo cielo, y un purito birmano me hace pensar qué he hecho yo para merecer esto. Feliz como una perdiz. Qué bien se està cuando se està bien!

Dicen que el atardecer desde los templos de Sulamani, Buledi y Shwedandaw es espectacular, pero mi espíritu de contradicción me lleva a verlo en el rio, en New Bagan, un barrio muy olvidado por el turismo ante la magnificencia de Old Bagan. En mi atardecer, ni un occidental a la vista. Paz y tranquilidad.

Mañana ya me voy a Mandalay y, de ahí, a Tailandia. Nuevo país, nueva etapa, nuevas vivencias.

Pero…

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Myanmar (3) Hsipaw. En el corazon del estado Shan.

Un viaje es la mejor forma de encontrar salida a los laberintos en que a veces nos metemos en la vida. Cuando estás en lo que ahora se ha dado en llamar un “bucle negativo”, permanecer en el hábitat del problema es darte cabezazos contra la pared. Un viaje, más o menos largo, más o menos lejos, destensa las meninges y libera el espíritu. No sé exactamente el por qué, supongo que se trata de una cuestión de perspectiva.

Puedes tomarlo como un remedio de la abuela, pero es efectivo, cuesta lo mismo que un psicólogo y los correspondientes antidepresivos, ansiolíticos y similares, y no tiene efectos secundarios negativos. No se trata de una semanita en Benidorm, pero tampoco es necesario dar la vuelta al mundo. Es darte un tiempo y un espacio. A poder ser, solo o sola, eso sí.

Alguien dijo: “La respuesta está en un viaje. No importa la pregunta”

Llego a Hsipaw tras un palizón de 15 horas en un bus con asientos diabólicos. Tengo el culo cuadrado. He salido a las 3.30 pm y veo salir el sol poco antes de llegar.

Hsipaw como ciudad, desde dentro, no tiene grandes atractivos. Mucho chabolismo, un bonito rio enmarcado en montañas, las consabidas pagodas, un mercado y, eso sí, como en todo Myanmar, montones de sonrisas y buena gente. En cambio, si te subes a la Sunset Hill, es una foto espectacular. Cuestión de perspectiva.

Jordi se ha ido ya a Mandalay. Sigue su camino. Lo hemos pasado bien. Ahora viene conmigo René que, aunque lo parezca por el nombre, tampoco es francés, sino austriaco. Simplemente, a su madre le gustan los nombres en francés. Le conocimos en el bus, es abogado y tiene 31 años. Ha perdido el trabajo, ha dejado una relación y se ha regalado un par de meses de viaje para pensar. Sigo encadenando amigos de viaje. Unos vienen, otros se van. Guillermo, Encarna, Jordi, René,… A este paso voy a perder mi trabajado y merecido prestigio de asocial.

Otro trekk, otro grupo. Esta vez somos 7, y vienen de Francia, Estonia, Malasia, Austria y Sudáfrica.También jóvenes y también, quien más, quien menos, todos agradables y educados. El guía, un birmano de la etnia Thai que no para de hablar, es delgaducho en extremo, muy atento y profesional. Pienso que será un paseo tranquilo…y me equivoco.

La chica de Malasia, un encanto de criatura que parece un dibujo animado japonés, pequeñita, redondeada y con gafas, a las 2 horas ya no puede con sus huesos y retrasa al grupo. El camino está, como no, embarrado a tope, y Jen, que así se llama, resbala constantemente y se da unos costalazos considerables. Ella se desespera y el guía más. Cojo a la chavala y le digo que me de la mochila y que se quite los zapatos, unas bambas inaceptables para trekkear. A partir de ahí, con paciencia, vamos tirando. Me va dando las gracias cada dos pasos hasta que le digo que se calle, que se concentre y tire. Una parte de cariño, dos o tres golpes de severidad y un poquito de sicología trilera de montaña y la chavala llega a destino más contenta que unas pascuas. A mí, cargado con unos 12 kg entre las 2 mochilas, el día se me ha hecho largo. El guía me pregunta que hago para tener esta vitalidad. Le contesto que no es una cuestión de entreno ni de alimentación, si no solo la falta de sexo. Todos ríen, pero, a lo peor, es verdad.

Llegamos a la aldea donde haremos noche a las 14.30 tras 6 horas de caminata por campos de arroz, plantaciones de te y trigo, bosques y colinas con alguna subidita nada desdeñable.

Para comer nos preparan un delicioso ‘rice curry”, un plato típico de Myanmar que consiste en arroz y varios platillos con diferentes especialidades, todas para chuparse los dedos. Hojas de pimienta con ajo, hojas de té con cacahuetes, patatas con calabacín… Otra degustación gastronómica para alucinar. Con nada consiguen unos resultados espectaculares. Es curioso porque me habían dicho que en Myanmar se comía mal. Cada uno explica la fiesta según le va.

Por la tarde damos una vuelta por la aldea. Es un poblado montañés de la etnia Palang custodiado a la entrada por una guardia personal de imponentes árboles milenarios. Son unas 200 humildes casas, una pequeña pagoda y un magnífico monasterio budista de madera y cañas con techo de hojalata. El entorno es puro bosque.

La sencillez de la vida de esta gente es sobrecogedora y la comparación con nuestra sociedad de consumo inasumible. Te remueve por dentro como para pensar que la injusticia en el mundo es de tal entidad que no puede existir ningún responsable más allá porque, si existe, es para renegar hast quedarte sin garganta.

Allí se levantan con el sol, se ponen un cesto a la espalda, cogen una azada y salen al campo a trabajar hasta el atardecer. Cargados de hijos, viven en la misma chabola juntos y hacinados hasta 4 generaciones, no tienen ni agua corriente, ni lavabos, ni televisión, ni más luz que cuatro bombillas. Se espabilan con 4 cacerolas, un fuego en el suelo, una cuchara para cada uno y lo que les da la tierra que cultivan para comer. Se reúnen en un colmado que tiene un aparato de música o en la pagoda, se distraen moliendo té, se lavan en la fuente, sus utensilios de trabajo son del siglo XIX y los niños juegan con una caña que utilizan de caballito. No saben lo que es un frigorífico ni les importa un comino, jamás han visto un cine, ni unos grandes almacenes, ni un estadio deportivo, ni una autopista. Nunca cogerán un avión ni un barco, nunca irán a un concierto, ni a la playa, ni a la nieve, ni a un restaurante…Y viven. Y son felices sin más. Y sonríen.

Y de cenar otro rice curry sin desperdicio. Esta vez lentejas amarillas, pollo asado, raíces de maíz y otro plato inidentificable. Salgo a la terraza y la señora de la casa está lavando los platos. A su lado, el marido ata las patas a una gallina, le corta el pescuezo y recoge la sangre en un cazo. Tira la gallina en una jofaina donde agoniza retorciéndose. Hay luna llena… No, no. No creo que tenga nada que ver la luna y el degüello. Es solo.para cambiar de tema.

Me meto al coleto un vaso de vino de arroz y me duermo en un santiamén. El día ha sido más duro de lo que pensaba.

Me despierta a las 5.30 a.m. un gallo tempranero. Tengo los hombros un pelín destartalados pero todo esté en unas condiciones aceptables. Un desayuno ligero, una limpieza general como los gatos y al camino. Nos despedimos del pueblo desde una atalaya con una magnífica vista. La jornada resulta, hoy sí, muy tranquilita. Ya me he acostumbrado al peso. A  las 11 h estamos en unas terrazas en la base de unas cataratas donde nos refrescamos tras 18 km más. Jen ha marchado bien. Un poquito de energía positiva ha sido suficiente.

Llegamos a Hsipaw y, después de una ducha reparadora, me da tiempo para ver la puesta de sol. Paz y silencio.

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