Recomendaciones del mes. Enero 2.020. Colombia.

EQUIPO. – Capa. He incorporado al equipo una pieza nueva: una capa impermeable. Sirve casi para lo mismo que el paravientos, pero tiene varias ventajas sobre él y lo complementa:

1.- Da menos calor

2.- Se puede utilizar sobre el paravientos reforzando impermeabilidad

3.- Cubre también la mochila y buena parte de los pantalones

4.- Es más fácil de secar y la lluvia no cala. Nunca, caiga lo que caiga.

5.- Prácticamente no ocupa lugar ni tiene peso.

Salvo para alta montaña y frío es de lo más práctico.

TRANSPORTE. – Hay un montón de empresas de autobús de calidad para circular por el país. Brasilia, Copetran, Bolivarianos…

Los conductores de los autobuses urbanos son unos kamikazes. Una locura.

Ojito con las compañías aéreas colombianas. Piratillas de la letra pequeña. El check in, siempre “on line”, y ojo con las medidas del equipaje en cabina.

San Germán, para ir a Providencia, en cambio, sin problemas adicionales.

ALOJAMIENTO. –  En Barranquilla, Hotel Colonial Inn, estética colonial kitsch con buena relación calidad-precio, restaurante muy correcto y un personal joven y espabilado.

Casa Juanita. Bonito y con personal muy amable. Tienen también hostel en Zapatoca lo cual es útil para hacer los Caminos de Lengerke. .

En El Cocuy Posada Nevado El Cocuy, un compendio de hospitalidad colombiana.

En Salento La Floresta Boutique Hostel es chulo. Buen precio, buenos servicios y desayuno abundante.

En Bogotá: Chapinero Hills Hostel. Agradable.

GASTRONOMÍA. – En Colombia se come mucho. Los platos de menú, los “corrientes”, son, por 2 euros, sopa y bebida de zumos varios incluidos, un seguro de alimentación. Grasa y calorías a buen precio.

En Barichara Restaurante el Compa. Muy bueno el “cabro”, cordero, la carne más típica de la zona. La “pepitoria” son asaduras del cabro. Yo, de vísceras, a poder ser me abstengo. En esta zona hay que probar los quesos de cabra y de hoja.

En Salento Cocina&Horno. Tremenda la trucha al ajillo. Imprescindible.

Bogotá es la ciudad de las parrillas. Una muy buena: Asadoz. No me gusta mucho la carne roja pero cuando es buena… es buena

En Providencia, El Divino Niño, South West Beach. Especialidad en pescado y marisco. Perderse, por ejemplo, un combinado de pagre frito y langosta a la plancha, por 10€, està penado con reclusión mayor y suspenso en saber vivir. El pescado ha de ser pagre. Ningún otro. Un placer.

PUEBLO/CIUDAD. – Barichara. Uno de los pueblos más bonitos del Mundo. Su cielo es muy especial.

Y la isla de Providencia. Una perla. Sol y playa.

TREKK. – El trekk a la Ciudad Perdida en Santa Marta es físicamente exigente, bonito paisajísticamente, bien organizado por varias empresas y cultural y etnologicamente interesante. Lo tiene todo. Imprescindible para los amantes del trekking. Recomendabilísima la empresa Guías Baquianos.

INTERNET. – ¿Sabéis que hay una delegación de la UNESCO en Barcelona?

Pues si: info@amicsunescobarcelona.cat

MENCIÓN ESPECIAL. – Un montòn, especialmente mis compañeras del trekk a Teyuna, Monika, Jet, Cony y Tania (Los Ángeles de Nacho), y los guías que nos llevaron, Ruth y Eberth. ¡Un abrazo!

Y también para D. Francisco Padilla y Dª. Adelaida Agámez, dos de los más antiguos y reputados maestros artesanos de máscaras del Carnaval de Barranquilla.

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Colombia (y 7) San Andrés y Providencia. Vida perra.

Me duelen las lumbares. No es que me extrañe. En los últimos 225 días no he dormido en una misma cama mas de 5 días seguidos. Esterillas, madera, colchones duros, colchones blandos, hamacas, sillas, sillones… Sano no puede ser. Y la mochila a cuestas… 

A veces me pregunto si el vivir tan intensamente, o tan rápido, o tanto, o tan diferente, o como quieras decirlo, me quitará años de vida. No sé. El cuerpo no deja de ser una maquinaria y cuanto más lo usas más lo gastas. Y al mio lo llevo de cráneo, pobrecillo. No sé. No me aferro a la vida. La muerte no me asusta. Me gustaría vivir eternamente, aunque los vampiros dicen que es muy cansado, pero va ser que no. Así que… ajo y agua. Al fin y al cabo, morir de vivir mucho no parece una mala causa de muerte…¡Anda! Ese sería un bonito epitafio: “Murió de vivir mucho”

En 1510 España tomó posesión oficial de San Andrés y Providencia pero no promovió asentamientos en ellas lo cual fue aprovechado estratégicamente por sus enemigos históricos. Hacia 1.630 estas islas fueron refugio de piratas desde donde atacaban barcos y ciudades del Imperio español. La colonización la dirigió una empresa británica, y no el propio Estado. La empresa se llamaba, nada màs y nada menos que “Company of Adventurers of the city of Westminster for plantation of the islands of Providence or Catalina, Henrietta or Andrea and adjacent islands lying upon the coast of America”. ¡Toma candela!

Sir Henry Morgan, el Pirata Morgan, tuvo su base militar en San Andrés con el respaldo del gobernador de Jamaica y la Corona británica y siempre en contra de España. Se le atribuyen ataques marítimos contra Santiago de Cuba, Puerto Príncipe, Maracaibo, Portobelo, Santa Marta y Panamá. A los españoles no les caía nada bien.

Un apunte. Impresionan los registros antidroga en el aeropuerto de Bogotá. Los típicos más hacer poner a todo el pasaje en una fila y dejar delante tu equipaje de mano mientras un perro pastor alemán olisquea por todos los rincones. Los tuyos y los del equipaje. No deja de ser curioso y alentador que, en pleno siglo XXI, no exista nada más preciso que un perro para ayudar a la especie humana en la lucha contra la delincuencia. Odio los robots y concordantes. Punto y aparte y vuelvo al tema. 

San Andrés es, en su capital y centro, un típico pueblo de turismo de playa con un mar de colores impresionantes y, en el resto de la isla, aldeas decrépitas y más playa y mar caribeño. Un poco parque temático en mi opinión. Me da tiempo, la tarde que llego, para un paseo de oeste a este de la isla, de Cove a Sound Bay, apenas 3 kilómetros, y volver a la casa donde me alojo haciendo un círculo hacia el norte pasando por “Piscinita”. Y, a la mañana siguiente, para dar una vueltecilla por el centro. 

Aquí tengo el primer contacto con los habitantes de estas islas, de negrísima raza negra, adustos, orgullosos y serios, hasta antipáticos diría yo. Con un swing inconfundiblemente isleño y un incomprensible dialecto, el criollo, mezcla de inglés, idiomas africanos y español con una sonoridad más cubana o jamaicana que británica. Esto no es Colombia en absoluto. 

Y ya estoy en Providencia, una isla en miniatura de 17 km². Pero no ha sido por arte de magia. Llegar aquí es montarte 15 minutos en una avioneta de juguete de las de santiguarse. Ahora entiendo porque me han pesado a la hora del check in. Soy una ayuda: 60 kg con botas y equipaje de mano lo que significa 57 a pelo. Más menos que más. Debería pagar mitad de precio.

A las 2 de la tarde, ya el primer día, he dado la vuelta a la isla, de sur a norte por el oeste y de norte a sur por el este. Son 5 horas por una carretera que bordea la costa con paradiñas en las 4 playas de la isla: Manzanillo, South West Beach, Agua Dulce y Almond. 

Me da para ver que aquí de lo que se trata es de tirarte en la playa. No hay más. Pasas kilómetros en que es difícil encontrar hasta una tienda abierta para beber algo. Algún grupo de casas de colorines, la mayoría destartaladas, corros de vecinos, muchos “rocos”, una especie de iguanas con corona más de cabaretera que de reina,  y eso es todo. En la “capital”, por llamarla de alguna manera, Old Town y Freetown, un pequeño puerto, un par de tienduchas, otro par de colmados y cuatro casas de comidas. O tres. Muy desabrido y aburridillo peeeero…

Después del paseo vuelvo a South West Beach, a un chiringuito al que he echado el ojo al empezar la caminata y allí… Allí de entrada me tiro al mar caribe y el placer me entra por todas las terminaciones nerviosas como electricidad pura y dura. ¡Madre de Dios y del Amor Hermoso!! Templada pero refrescante, muy salada, calma total, limpia y bonita como la madre que la parió… el no va más. Pero va más porque, después del chapuzón, me meto entre pecho y espalda un combinado de langosta, pargo, arroz de coco y patacones de plátano con música reggae y samba, dos cervezas heladas y… Me quedo como extasiado pensando que he hecho yo para merecer esto.

Muy poca gente. Menos de medio centenar de personas en 2 kilómetros de playa paradisíaca. En toda la isla desembarcan no más de 30 ò 40 personas al día así que creo que es de lo más parecido a una isla desierta que hoy en día puedes encontrar en el Mundo. Con este sol, este mar y, encima, estas posibilidades de comidas exquisitas, bebidas frías y música guapa a precios de ataque de risa… No busques.

Son las 4.30 de la tarde, me revuelco más que me meto otra vez en el agua y me retiro al tugurio de caserón en el que me alojo que, bien visto, me parece ahora un palacete versallesco. Me doy una ducha fresquita y… Pà que quieres más. Respiro hondo.

Hoy subo a “The Peak” , el punto más alto de Providencia, 350 metros de monte boscoso en una caminata de 7 km de ida y vuelta, dos horitas para ver la isla a vuelo de pájaro. Aquí se supone es donde los vigías avisaban a Morgan para que preparara zafarrancho de combate en cuanto atisbaban un barco español. Y después, a la misma playa y el mismo restaurante, vida perra, perra vida, como mañana y pasado, porque más no hay, ni ninguna falta que hace.

Y así 4 días, sin mas preocupación que no quemarme porque a la espalda no me llego para ponerme crema. Vuelta a San Andrés, 24 horas, de ahí a Bogotá, cuatro cosas que solucionar para seguir camino y, en el camino…

Ecuador espera.

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Colombia (6) Salento. El Valle del Cocora. Y Bogotà… de paso.

Salento es un extraño pueblo que se me antoja como una caricatura del progreso. Debió ser precioso, con una gran plaza y casas pintadas con vivos colores, situado en un valle frondoso y rodeado de magníficas montañas. Ahora es lo mismo y en la misma localización, obviamente, pero totalmente abducido por el turismo. Todo, pero absolutamente todo, son restaurantes con el mismo menú y tiendas con la misma artesanía y ropa “típica”. Para acabar de camuflar su encanto han construido en medio, como enormes velas de pastel cumpleañero, unas torres eléctricas que dan miedo y el cielo queda rasgado de cables por doquier.

El ser humano no le ha quitado toda la belleza a Salento, pero lo ha intentado con verdadero ahínco. Como siempre. 

Aquí se trataría de largarse a las montañas pero el cansancio y la necesidad de reparar un par de averías en mi cuerpo abusado me dicen que pare. He de hacer cura de salud con un buen comer, mucho dormir y no más ejercicio físico que paseos cercanos y facilitos. 

Después de conseguir alojamiento ya es casi mediodía y, de entrada, me voy a probar el producto estrella de la gastronomía de El Quindio: la trucha. La hacen de todas las formas imaginables pero la tradicional es al ajillo y está de miedo. La marcan en la plancha y la untan con una pasta de ajo, perejil, cilantro y hierbas varias, la ponen en una especie de sartén con leche y la cuecen al fuego. Y la sirven con un patacón de plátano crujiente. Tremendo.

El resto del dia lo paso tirado a la bartola digiriendo el banquete truchero. Mi cura empieza como Dios manda. Mañana, sin exageraciones, debo ya dar un poco de máquina no sea que me malacostumbre. 

Desde luego, lo que no puedo dejar de caminar es el Valle del Cocora. La excursión es chula. Unos jeeps que hacen de enlace te llevan en media hora desde la plaza de Salento hasta el inicio del sendero que da la vuelta al valle en una bonita travesía circular. Es una caminata fácil pero no aburrida. No le faltan sus subidas y bajadas, un bosque húmedo con barro resbaladizo bien pateado por mulas, piedras, cantos rodados y puentes destartalados para cruzar varios tramos de río. Un poco demasiado concurrido para mi necesidad vital de paz y silencio, pero agradable.

Me paro en la Casa de los Colibríes, una sociedad privada de conservación, y vuelta a la casilla de salida. Total, unos 15 kilómetros y 5 horas tranquilitas. Y la tarde, para seguir descansando. 

Dos largos días casi completos de pausa, de reorganización e impulso.

Me he escuchado y me voy a hacer caso: empiezo a volver a casa. Como siempre, un periodo de descompresión, de entrar en el carril de desaceleración pero vuelvo a casa. Lo necesito. Ya no recupero. En el camino, acabar de ver algo más de este magnífico país que es Colombia, entrar y vivir Ecuador y volver a Europa por algún lugar…poquito a poquito, volviendo a mi tierra.

Y, de entrada, en ese camino de vuelta, cojo un bus a Bogotá,  No tenía pensado visitar esta vez grandes ciudades pero voy de paso hacia mi próximo destino, las islas de San Andrés y Providencia. Habrá que aprovechar los dos días que me quedan hasta tomar el avión hacia allá.

También apetece un poco de ciudad. Y más en domingo, el dia del chándal, de las maratones y la familia, del desayuno sano y la comida copiosa y bullera, de los viejos solitarios, del paseo romántico y el amor…

Candelaria, la plaza Bolívar, rascacielos y un montòn de iglesias, el mercado de pulgas San Alejo, Chapinero… Bogotá es una enormidad de multitudes y las multitudes, negras, blancas, amarillas o mixtas, son multitudes. Y aunque seguro entre esas multitudes están pasando historias preciosas y hay gente extraordinaria, en la ciudad solo se percibe el bulto informe. Sin más. 

Observo, eso sí, y percibo chispas de vida, pero imposible ver más. En la ciudad hay muy poca visibilidad. La ciudad es opaca. A veces, veo a alguien, o alguienes que por alguna razón me curiosean y, a falta de conocer sus historias, me las invento. Es un buen juego, pero nada más que un juego. 

Y sí, seguro que entre esa multitud hay gente fuera de lo ordinario. O quizás todos tenemos algo extraordinario pero las jaulas que no vemos impiden a lo extraordinario volar, desarrollarse y darse a conocer a nosotros mismos… y nos quedamos en multitud corriente. 

Dedico el lunes a la parte alta de la ciudad. Desde el hostel voy viendo pinceladas de Bogotá… Riadas de bicicletas… Una sensación de inseguridad a la que contribuye ver policía de todo tipo en cada esquina… Una plaza de toros que, una vez más, demuestra que de la colonización se absorben màs cosas malas que buenas…

Para subir a Cerro Monserrate, la montaña a cuya falda se ha construido la capital de Colombia, has de coger un sendero de escaleras, muchas escaleras, que te lleva desde los 2.700 metros a los 3.150 en una hora. En menos de 2,5 kilómetros subes 450 metros de desnivel. Y ya estas ahí. Tu y un montòn de turistas porque también se puede subir en teleférico. Cuando llego arriba, boqueando, veo un señor panzudo salir del susodicho teleférico con una camiseta de Adidas que, en grandes letras, reza: “Just do it”. ¡Lo que hay que ver!

Monserrate y el santuario allí edificado no tienen nada de especial pero vale la pena por la vista de un magnífico Bogotá desde el cielo. Llevo ya 4 horas caminando desde mi alojamiento hasta aquí y me ha entrado hambre. Todavía me quedan un par de horas hasta el hostel. 

Total, en Bogotá nada me toca el corazón. No es una ciudad fea ni es una ciudad insulsa pero no sé identificar el sabor. Volveré en unos días ya de tránsito a Quito pero, ahora, me voy a Providencia.

Marchando una de isla caribeña…

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Colombia (5) El Cocuy. El Púlpito del Diablo.

Es espectacular lo buena gente que también son los colombianos. Y digo también porque, solo en Sudamérica y en este viaje, ya he dicho lo mismo de argentinos y brasileños. Y es que es verdad.

No puedo entender por qué y a quién aprovecha difundir racismos, intolerancias y prejuicios. No creo que sea consustancial a la naturaleza humana. 

Por si acaso, como yo no estoy por ahí, por favor, pido a todos los que me quieren en casa que sean solidarios y amables con los forasteros. Así me tratan a mi por donde voy. Y si algún día por aquellos lares está lloviendo, sopla el viento del Empordà y veis a un tiparraco con pinta de guiri melenudo caminando apurado con una mochila a cuestas, intentad ayudarle. Al fin y al cabo… podría ser yo.

No tengo arreglo. Se me ha metido en la cocorota llegar a la Sierra Nevada del Cocuy, un lugar rodeado de enormes montañas que dicen es de lo más bonito y remoto de Colombia. El acceso está complicado y nadie me sabe decir muy bien cual es exactamente el trayecto pero… “preguntando se va a Roma”. 

A las 13 horas empiezo la odisea. De Zapatoca a Bucaramanga son como 3 horas de bus y luego cojo otro a las 17 horas hacia un pueblo llamado Málaga. Son 150 km pero la carretera es tan desastrosa que se tardan casi 7 horas en recorrerlos. Llego allí, a la Terminal de autobuses, a las 11.45 de la noche. Me dicen que ahora he de ir a una aldea que se llama Soatá dónde encontraré algún tipo de transporte hasta Güicán o El Cocuy, los dos pueblitos más cercanos a Sierra Nevada. Para eso, tengo que subirme a un tercer autobús con destino Bogotá que pasa por Málaga a las 3 de la mañana. Son unos 100km hasta Soatá y luego 100 más hasta aquellas aldeas. Ahí voy.

No son horas de pasear y no tengo el menor interés en conocer Málaga “by night” que, por lo que veo en el mapa del satélite, son 4 calles y, por la cantidad de borrachos tambaleantes que pasan por delante de la estación, debe ser un pueblo de castigo, así que espero tranquilo dentro de la Terminal a que venga mi bus. 

Llega puntual y en este puedo escoger entre hacer el trayecto de pié, en el pasillo, o sentado, en el suelo del pasillo. Elijo la opción B. Es el mismo precio. Algo menos de 2 horas hasta Soatá, una espera en una especie de bar/tienda/oficina de transporte hasta las 7 a. m. y 4 más por una carretera montañosa, recorriendo pueblos de lo más pintoresco con vecinos vestidos con poncho de lana y sombrero vaquero formando estampas alucinantes.

El Cocuy. Son las 11 de la mañana. Hecho. Veintidós horas.

Una baja importante. No sé en qué bus o estación he perdido mi sombrero, quizás la pieza de ropa más difícil de sustituir y que más quiero. Odio perder cosas. Para viajar hay que ser escrupulosamente organizado y estar siempre atento a tus cosas. Perder mi sombrero es un despiste que no me puedo permitir y, además, me sabe mal. Hemos estado dando vueltas juntos por el Mundo 15 meses, desde Fremantle, en Australia, hasta Zapatoca en Colombia. Son muchos kilómetros. Cinco continentes. Pero no me voy a amargar. Apego cero. Una lástima y punto. Siguiente capítulo. 

El Cocuy es otro pueblo blanco, éste con todas las puertas y ventanas pintadas de verde pálido, que parece prácticamente abandonado. La gente debe estar en el campo. Si buscaba la Colombia profunda, ya he llegado. Aquí te llaman todavía “su merced”. “Esta es la habitación de Su merced”. Pues resulta que ese soy yo. Y la habitación es chula, toda de madera y con una luz y unas vistas preciosas a los tejados del pueblo y las montañas. 

La banda sonora de mi película viajera ha cambiado. Atrás quedan la salsa, la bachata y la cumbia y entran en escena, nada más y nada menos, … ¡la ranchera y los corridos! Aquí le llaman música “carranguera”.  Si hasta ahora el romanticismo musical era empalagoso ahora es insufrible y agridulcemente mantecoso. Como merengue untado con leche condensada ligeramente pasada de fecha. “Mujer traidora has sido mi muerte…”, “Alcoholizado por un malquerer…”, “Si te vas con otro derramaré lágrimas de sangre…” …Es una orgía de dolor, unas imágenes infernales. Las almas y los corazones “sangran” , se “estremecen” e “imploran” mientras que, los más bestias, si no les quieren, se lían “a puñaladas” y otras barbaridades que ni se pueden mencionar porque constituiría delito de incitación a la violencia.

Nada más situarme en el alojamiento me voy a la oficina del Parque Nacional Natural El Cocuy para ver posibilidades. Quiero subir esas montañas. Resulta que es caro. Tasas, seguro, transporte hasta la entrada, guía…  Para compartir gastos me ofrecen unirme a un grupo de 4 personas que suben mañana al “Pulpito del Diablo”. Con ese nombre no me puedo negar. Dicho y hecho. 

El Cocuy está a 2.750 metros sobre el nivel del mar, iremos en coche hasta la entrada a 3.600 metros y, de ahí, subida picada hasta los 4.800. Suena duro. Me hubiera gustado descansar un día de la paliza autobusera pero es lo que hay. A las 4 de la madrugada empieza el lío.

Mis compañeros son 4 colombianos: una pareja cincuentañera y dos chicos en los 30. El trekk, efectivamente, es de los duros. Son entre 10 y 12 horas por páramos, lagos y tarteras verticales hasta llegar al Púlpito y el vecino glaciar del Pan de Azúcar. Al Pulpito del Diablo no se puede subir, es una roca sagrada para los indios Uwa y es difícil encontrar un país donde se respete más a los indígenas. Quizás es porque en Colombia las razas están muy mezcladas y todos los árboles genealógicos van a parar al mismo sitio. Aquí no vale la razón, o excusa, del dinero que da el turismo. Sus dioses y tradiciones van primero y la conservación de la Madre Naturaleza es Ley. 

Tardamos casi 7 horas en llegar arriba y a mi me agarra el soroche. Mal de altura. Tengo un terrible dolor de cabeza y, sobre todo, pierdo el sentido del equilibrio con lo que la bajada se hace difícil. Camino como un pato mareado. Los paisajes son magníficos, una gozada, pero si no estás en forma, mejor mirar un reportaje por la tele. Yo ya estoy apurado. Son muchos kilómetros seguidos. Siete meses viajando sin parar pasan factura. 

Llegamos al pueblo ya de noche. Sigue como deshabitado y silencioso pero, de pronto, se abren las puertas de la iglesia y la gente sale de misa. Son cientos. Las calles, tiendas y bares de estas aldeas están vacías pero las iglesias llenas. Curioso. 

Sigo. Son las 11 de la mañana. Me voy a zampar otro viaje de 24 horas. Voy a Bogotá, de ahí a Armenia y, después, Salento: el Valle del Cócora. Eso es un trote. Soy un ansias, lo reconozco. 

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Colombia (4) Barichara-Guane-Zapatoca. Los caminos de Lengerke.

Lengerke fué un ciudadano alemán que vino a parar a esta zona en el siglo XIX. Huía de la justicia por matar a un hombre en un duelo provocado por un lío de faldas. Y es que el tipo en cuestión, además de empresario e ingeniero, era un Casanova que, según dicen, llegó a tener 500 hijos. Exagerado me parece.

Utilizando presos como mano de obra, construyó una red de caminos de herradura para explorar tierras, encontrar materias primas y comercializarlas a través del río Magdalena. Lengerke llegó a ser uno de los hombres más ricos de Colombia explotando la quina y el tabaco. 

Voy a hacer estos caminos desde Barichara a Guane y de Guane a Zapatoca. Unos 30 kilómetros en 2 días. No parece mucho.

He salido de Barranquilla a las 8.30 de la tarde y llego a Barichara a la 1 del mediodía. Quince horas seguidas de autobús, sin paradas, hasta San Gil, allí me da tiempo para un café, y una hora de propina hasta Barichara, un tranquilo pueblo colonial espectacularmente cuidado y reformado. Precioso, como suspendido en el tiempo. La explanada en la que está construido queda cortada abruptamente al oeste y, abajo, a 300 metros, serpentea el río Suárez y se extiende un magnífico valle cercado por la espalda de las montañas que forman el Cañón del Chicamocha, el segundo cañón más profundo de América después del Colorado, y, más allá, por la Serranía de los Yariguíes. 

Entre encontrar alojamiento e instalarme me quedan 3 horas de sol para caminar. Paseo por el pueblo, una joya blanca con notas de vivos colores, y hago una excursión hasta el Salto del Mico, en las paredes del Cañón del río Suárez, un lugar impresionante, extraño, con unas piedras y árboles fantasmagòricos y una vistas alucinantes de todas aquellas montañas. Bandadas de “chulos”, una especie de buitres, vuelan a pocos metros de mi cabeza. Estoy absolutamente solo y la sensación es extraordinaria.

Barichara es un Xanadú de tejas y encalados, cultivos, silencio, paisajes grandiosos y cielos bíblicos. De lo màs bonito que he visto nunca. 

Con la mañana me pongo en marcha. Llevo lo imprescindible y he enviado mi mochila por un cargo hasta Bucaramanga donde, después de la travesía, cogeré un bus hacia donde decida seguir. La caminata hasta Guane es corta, apenas 6 kilómetros. 

Los caminos de Lengerke están ideados y construidos para caballerías y, por tanto, son incómodos de caminar. Piedras de diferentes tamaños sirven de base sólida que evita los lodazales. Un camino de esguinces y ampollas.

Guane es un villorrio de medio centenar de casas tejadas de un blanco impoluto y brillante sin nada y en medio de nada. Me compro un pan y un queso de hoja para picar algo, me acerco al mirador para ver el río y aquellas montañas que mañana cruzaré, meriendo/ceno en un restaurante de lo más rústico un plato de “cabro”, el cabrito tradicional de estas tierras, y haré noche en una casona enorme con sabor a pueblo y soledad. 

Este pueblito es como estar colgado en un purgatorio mundano. No más de 10 o 12 personas en las calles abarrotadas de un silencio que sòlo se atreven a romper los pájaros y algún gallo con el horario cambiado. De hecho a mi ya me va. Al fin y al cabo dicen que ser completamente libre es no tener nada y, lo dicho, “nada” es lo que hay aquí. Hablaré con Colombio, el dueño de la pensión, un personaje de Medellín, artista de todo y maestro de nada qué, a saber como y por qué, ha venido a parar a este lugar. Y dormiré. Mañana la jornada es más dura.

A las 7.30 salgo otra vez al camino. Una camioneta ha traído provisiones al pueblo. Es tremendamente auténtico. Me gusta. Los supermercados me parecen un atraso. 

Vamos pues. Con ojito porque aquí pisar mal es torcedura severa, y resbalar es fractura o, como mínimo, cortes varios y feos. Hay que estar atento y mirar al suelo, no puedes entusiasmarte con el paisaje. 

En menos de 2 horitas, a las 9.45, llego al punto màs bajo del valle, el río Suárez. El nuevo puente Lengerke o Puente Ruedas, es un bonito puente colgante. El antiguo se inauguró en 1872 y, en su día, se considero la obra de ingeniería más importante de la región pero hoy sòlo quedan de él las ruinas de las columnas de entrada y salida. Todo es efímero. No me entretengo. Me quedan 18 km.

Empiezo a subir. Tres horas y media subiendo, subiendo… Estoy ya muy por encima del nivel de Barichara, en la cima de las montañas que ayer y anteayer veía de frente. Barichara se ve minúsculo, lejísimos. 

La caminata es más dura de lo que pensaba. El último tramo lo he hecho arrastrado. Encuentro una tienda a 10 kilómetros de Zapatoca. Un agua y una Cocacola me hidratan y reponen el azúcar perdido y el resto de pan y queso que me sobró de ayer me han de dar la energía para llegar a destino. No he visto ni un alma en toda la travesía. A menos que cabras y vacas tengan alma, que todo puede ser. 

Y sigo subiendo hasta arriba y ya, últimos 7 kilómetros tranquilos y, por fin, veo Zapatoca, otro pueblo blanco, este un poco más grande, con aire como de cabeza de partido, pero sin la gracia y el encanto de Barichara

Son las 16.30. Han sido 8 horas, casi 25 km de los que 12 ò 13 son subida brava. Estoy planchado y hace fresco. Me pica la garganta. Supongo que es el chorreo de sudor y el viento de montaña. Pillo una sopa en el primer restaurante que veo y me tiro en la cama. Hoy tengo una habitación enorme para mi solo en una casa del pueblo de tejados altísimos. No tengo fuerzas ni para ducharme. Mañana. Sí, mejor mañana. Estoy muy cansado y esto no para. Mañana más viaje. Todavía hoy no sé donde. Después del desayuno decidiré. 

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Colombia (3) Santa Marta. La Ciudad Perdida (2ª parte). No hay otra vida.

Con el control del gobierno sobre los descubrimientos arqueológicos, a los campesinos de la zona convertidos en guaqueros se les acabó el negocio del oro pero pronto descubrieron otra mina: las hojas de coca que, desde siempre, nacía y crecía naturalmente en la selva.

Grupos paramilitares bajo el liderazgo de un tal Hernàn Giraldo, la pagaban bien y se encargaban de su proceso, transporte y distribución. Giraldo cuidaba de la comunidad y era respetado, y hasta querido, a pesar de ser, me dicen, un notorio vicioso. El gobierno colombiano y EE.UU pusieron cerco a los traficantes.

En el 2.004 Uribe gana las elecciones, promueve un acuerdo de paz con los paramilitares y esta zona se entrega libre de armas y cocaína. Giraldo fue extraditado y sigue actualmente preso en EE.UU.

Hoy, desaparecido también el negocio de la coca, la comunidad se ha reorganizado para ganarse la vida con el turismo. No es oro ni coca, pero no les va mal.

Desde El Mamey caminamos durante un par de horas hasta El Mirador, a 620 metros sobre el nivel del mar y, después, bajamos al Campamento 1, “Casa Adam”, otra vez hasta los 400. Apenas 4 horas pero hace calor y sudo como no he sudado en mi vida. Literalmente a chorros. El índice de humedad debe ser de récord.

El campamento es un conjunto de barracones con decenas de literas bien protegidas con telas mosquiteras, mesas comunitarias, una enorme cocina, lavabos y duchas. Para llegar has de cruzar un puente colgante en una imagen muy nepalí. Al lado hay una cascada que va a parar a una magnífica piscina natural a la que te has de tirar desde una altura considerable. Todavía quedan paraísos.

Una cena deliciosa de pescado frito regada con nutritivo zumo de naranja y a dormir. Mañana, a las 5 a. m. en pié.

Con la salida del sol llega el peor momento del día. Hay que ponerse otra vez la ropa mojada de sudor. Naturalmente, con estas humedades pantalones y camiseta están igual que ayer: chorreando. Caminamos 2 horas y media, ya adentrándonos en el bosque selvático, siguiendo el río Buritaca que ya no dejaremos hasta la Ciudad Perdida. A medio camino, otra piscina natural irresistible. Toca zambullida. Aquí es peligroso y me llevo un buen susto cuando la corriente me arrastra hacia una cascada. Me voy. No puedo hacer nada. Eberth, el guía auxiliar, me tira una mano, me agarro a él y me estabilizo en una roca. Me ha ido de un pelo. De un puto pelo. ¡Jo Der!

Parece mentira, no se si el accidente me ha dado hambre, pero a las 10 de la mañana ya me entran bien en el estómago unos espaguetti bolognesa. Y al camino otra vez.

Dos horas, un descansito de nada, y durante otra hora la pendiente se encabrona considerablemente. Ahora ya siento el cansancio y quedan como 7 u 8 km màs.

Vamos pasando puestos de guardia del ejército. El Mundo está tarado. Demasiadas metralletas. También pasamos por una aldea kogui, seminómadas muy anclados en sus tradiciones ancestrales y emparentados con los antiguos tayrona.

Este último “paseito” resulta un sube y baja que acaba con unas escaleras de pesadilla larga. O a mi me lo parece. Son las 15.45 así que la jornada ha sido de casi 11 horas aunque hemos estado 2 horas en el río y comiendo. Total, caminar, lo que se dice caminar, deben haber sido 8 horas y pico. Hemos subido desde los 450 a los 660, vuelta a bajar a los 450 y vuelta a subir hasta los 800. Necesito con urgencia una ducha y ponerme ropa seca.

Hoy dormimos en el Campamento 3, “Paraíso Teyuna”, a la orilla del río y muy parecido al anterior. La cena es a las 6 p.m., tarde teniendo en cuenta que hemos comido a las 10. Toca pollo en salsa… y más zumo. Esta gente es un poco demasiado sana para mi gusto. Todavía no me he quitado el susto del rio y hoy me sacudiría un lingotazo de algo fuerte, la verdad. Mañana llegamos a Teyuna.

Nada más salir el sol, un paseo, cruzamos el río con el agua por las rodillas, subimos los 1.200 escalones y en una hora nos plantamos en la entrada de Ciudad Perdida. Es emocionante y noto que se me marca una sonrisa enorme en la cara.

Al estar en un lugar elevado respecto a la entrada, Teyuna no tiene la espectacularidad de Machu Picchu desde la Puerta del Sol pero no se le puede negar un aire de espiritualidad y misterio. Los círculos de piedra donde se construían las casas encima de capas de tumbas de antepasados, el trono real, las escaleras Reina, las vistas embelesadoras de la Sierra, todo contribuye a un ambiente de paz y comunión con la Naturaleza. Desde el sector más alto tienes ya una perspectiva grandiosa de esta ciudad de 30 hectáreas y más de 1.500 años de antigüedad que da a nuestra fugaz vida una dimensión minúscula. Vivimos un momento… y parece que lo sepamos todo.

Visitada la ciudad, otra vez al refugio y, de ahí, empezamos la vuelta a Santa Marta. Hoy nos quedan 10 ò 12 km hasta el alojamiento de esta noche.Tengo metida la humedad en los huesos y ganas de llegar al campamento. Acelero y hago todo el camino solo.

Se me cruza desde la selva un indio kogui vestido con sus típicas ropas de algodón blanco, el pelo liso negro largo hasta la cintura y un machete de 1 metro desenfundado y en la mano. Ha aparecido de la selva como un fantasma. Estaba delante mio y en 1 minuto ya no le veo. El ni me ha mirado. Mejor, mucho mejor.

Otra cena abundante y a las 8 p.m. ya estoy durmiendo. Hoy han sido 6 horas de caminata y los kilómetros y las emociones se van acumulando. Llueve y las gotas de agua suenan en los techos metílicos y en el suelo como música suave de percusión.

Esto se va acabando. Otro sueño cumplido. El trekk de la Ciudad Perdida no me ha defraudado, ni mucho menos, y tiene su dureza. Pero sí es verdad que la primera vez que oí hablar de él era una aventura de entre 7 y 9 días sin alojamientos, sin senderos, sin comidas y sin puentes. Hoy en día se ha civilizado mucho para hacerlo asequible a un turismo más amplio. Cierto que entonces existían unos peligros excesivos por las plantaciones de coca, sus guardianes y la guerrilla de ultraizquierda, estos últimos hoy retirados a la zona de La Guajira. La aventura había acabado muy mal para alguno de los expedicionarios de antaño. Y también es verdad que entonces yo tenía 10 años menos en cada pierna y podía aspirar a más exigencia.

Hay que ir con ojo porque el tiempo se come los sueños. Sí, desde que nacen hasta que te decides a convertirlos en realidad el tiempo se va comiendo poco a poco los sueños y mucha gente, sin siquiera darse cuenta, dejan que el tiempo devore todos los suyos. Y es triste. No hay otra vida.

Diana a las 5, como siempre, y nos plantamos en Santa Marta a las 15.30. Realmente han sido solo 5 horas caminando pero sigue lloviendo con intensidad y la ropa mojada y el barro me han handicapado considerablemente.

Hay que reorganizarse. Mañana vuelvo a Barranquilla y preparo viaje al próximo destino: Barichara. Me queda una buena paliza de autobús para adentrarme en el interior del país. Seguimos.

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Colombia (2) Santa Marta. La Ciudad Perdida (1ª parte). Mal viento.

La escalera de 1.200 escalones de piedra por la que se accede a la Ciudad Perdida de Teyuna fue descubierta por campesinos taladores de madera en 1973. Ni que decir tiene que, a partir de entonces, se dedicaron a llevarse todo lo de valor que había en los descubrimientos arqueológicos a toda velocidad. 

Los rumores sobre tesoros de oro, cornalinas y cuarzos se fueron esparciendo por Santa Marta y, en 1976, una expedición encabezada por Gilberto Cadavid y Luisa Fernanda Herrera, tras 12 días de travesía, llegó al centro del yacimiento donde recopilaron las pruebas suficientes y las llevaron a Bogotá para que, el entonces Presidente, López Michelsen, aprobara el presupuesto para la recuperación del denominado Buritaca 200.

Teyuna pudo haber sido el centro político y económico de la región del río Buritaca y la Historia dice que fue abandonada, tras más de 1.000 años de existencia, durante la conquista española, permaneciendo perdida después casi 5 siglos. 

Rodrigo Galván de las Bastidas, el fundador de Santa Marta, no tenía ninguna intención de colonizar con saqueos, esclavizaciones y genocidios pero su tripulación tenía planes propios. En aquellas épocas, solo criminales y aventureros ambiciosos de la peor calaña y sin nada que perder eran capaces de enrolarse en un barco hacia las Américas. El bueno de Rodrigo, por oponerse a conquistas traumáticas, fué asesinado por los suyos y entonces empezó la civilización y evangelización de los indígenas a lo bestia. 

A Teyuna los españoles no llegaron nunca pero parece ser que fué vencida por las enfermedades “exóticas” que los descubridores trajeron consigo. Sarampión, sífilis, viruela, tifus, polio, peste bubónica, difteria y demás “regalitos” se propagaron en Sierra Nevada como epidemias imparables por los contactos de trueque entre las diferentes tribus. Los españoles contagiaban a los indios de la costa y estos a los de las montañas. 

Un nuevo éxito de nuestros héroes. 

Santa Marta es todavía más ventoso que Barranquilla. Rachas de 40 km/hora recorren las calles al galope y amenazan con hacerme volar, más como Mary Poppins que como Superman.

A parte de eso, es una pequeña, turística y bulliciosa ciudad a orillas del Caribe con un montòn de lugares por conocer, desde las playas del Parque Tayrona hasta el propio Centro histórico. Es un lugar para pasar 10 días si tienes tiempo pero Colombia es grande y tengo que acelerar. Hay que escoger y, en ese caso, la Ciudad Perdida tiene prioridad absoluta.

Doy pues un paseo por el Centro, atardecer en el Malecón y decido salir de trekk mañana mismo. Cuatro días y tres noches para llegar a Teyuna…

Pero la vida no quiere.

Un problema con mi tarjeta de crédito, parece que hay cargos que yo no he hecho, me hace entrar en un laberíntico entramado burocrata-administrativo que alcanza su cenit con la obligación de presentar una denuncia en la policía colombiana. ¡Madre de Dios y del Amor Hermoso!

Resumiendo, después de pasar por 2 comisarías de la ciudad, al mediodía llego a la Fiscalía Nacional, seccional URI (Unidad de Reacción Inmediata – nada menos-), de donde salgo con una denuncia, casi 6 horas después, a las 17.30. El día ha sido endemoniado y exasperante hasta límites de camisa de fuerza. Las colas y las actitudes tipo “Vaya a la ventanilla B”, “Le falta el documento X” y “Vuelva usted mañana” quedan en chiste con lo que entre aquí, policía, y allá, Banco, he tenido que lidiar. Lo de que estamos en el siglo XXI debía ser una broma. Al salir, me doy a la bebida. 

El último funcionario con el que he tenido el placer de relacionarme, el agente que ha redactado la denuncia, no sabe el peligro que en algunos momentos ha corrido. Si mis pensamientos fueran transparentes es segurísimo que hoy, y el resto de mis días, los pasaría en la más oscura celda de una prisión colombiana de alta seguridad junto a los más peligrosos delincuentes del país.

El problema trae más cola pero… Pasemos hoja (*). 

Sale otra vez el sol. Me obligo a olvidar el tropiezo y me pongo a caminar por Santa Marta. La Catedral, el Parque de los Novios y el Bolívar, el Templo San Francisco, el Museo del Oro… Me cojo un autobús a Taganga, el pueblecito de pescadores vecino, a comer un pescadito, robalo, con patacones, arroz de coco y un vinito quitapenas. Allí me pilla una pelea de gallos improvisada en la playa, terrible, y otro autobús de vuelta al hostel.

Se ha “caído” la wifi. Aquí lo que no funciona es que se ha caído y la culpa es de la brisa porque, los muy cachondos, a este viento demoníaco le llaman “brisa”.

Me ducho, lavo pelambrera, me afeito, aligero mochila y ya. Preparado. No me va a quitar nadie la felicidad y el disfrute de mis sueños. Ni la ineptitud, ni la estupidez, ni tan siquiera el mal viento. ¡Faltaría más! Con un día de retraso, empiezo la travesía hacia la Ciudad Perdida.

Después de bordear la costa durante una hora, nos llevan en 4×4 hasta El Memey, una aldea que aquí conocen como “Machete Pelao”, a 120 metros sobre el nivel del mar. 

He tenido suerte con el grupo. Somos solo 5: 4 chicas, 2 alemanas 1 suiza y 1 holandesa, mas la guía, un traductor y un cocinero. Grupo pequeño y chicas jóvenes y agradables. Se las ve sencillas, fuertes y bien equipadas. No habrá problemas. 

Desde El Mamey ya empezamos a caminar… Al tercer día he de llegar a Teyuna. 

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NOTA*. Adoro a los Bancos y similares corporaciones financieras. Son todo diligencia, alma y corazón. Cuando tengo un problema, en sus manos me siento tan seguro como un bebé en el regazo de su madre. Como dicen por aquí: “bendiciones”. 




Colombia (1) Cartagena de Indias y Barranquilla. Camino a la Ciudad Perdida. Piratas y enmascarados…

Desde el asalto del inglés Francis Drake en 1586, sitiar y tomar Cartagena fue la mayor fantasía entre los piratas, corsarios y bucaneros de todas las nacionalidades y épocas. Las defensas de esa ciudad convertían ese objetivo en una aventura difícilmente rentabilizable.

Pero la historia contemporánea de Colombia viene marcada por otro tipo de piratería que, hasta hace muy poco, tenía tomado todo el país: los narcotraficantes. Su época dorada pasò pero, aquí, ser defensor de derechos humanos, líder social, policía, juez o fiscal sigue siendo arriesgado. Curiosamente, mi vecino en el avión tiene tanta pinta de “narco” que parece una parodia.

Pero bueno, yo a lo mio.

Y “lo mio”, mi mayor objetivo en Colombia, es llegar a Teyuna, la Ciudad Perdida de los indios tayronas. Por eso entro en el país via Cartagena, mucho más cerca que Bogotá de Santa Marta, la localidad más cercana al inicio de la travesía que me debe llevar a esa ciudad de leyenda. 

Ya en Cartagena. Estoy zombi. Las 24 horas de viaje me han dado en toda la frente. No he comido y llego al hostel entre horas así que vuelta de reconocimiento, me tomo una cerveza con una arepa, esa especie de bocadillos con pan de trigo típicos de Colombia y ya. No llego a la hora de la cena. Con eso y un bizcocho… Me muero por tirarme a dormir. 

¡Arriba! Preciosos el centro histórico y el barrio de Getsemaní, todo color colonial, el skyline de la playa de Bocagrande, la Catedral, el palacio de La Inquisición, el atardecer desde el Baluarte La Santa Cruz, San Pedro Claver, las actuaciones musicales callejeras, las flores… Salsa y bachata, mojitos, buen pescado con patacones de plátano, un sol que  quema a rabiar…

Todo espectacular pero con un día tengo más que suficiente. El ambiente de Cartagena es turístico, playero y fiestero a tope y a mi no me va. Le reconozco belleza pero no tenemos almas parejas y yo tengo prisa. Lo dice un escrito en una pared y yo me doy por aludido: “Si no has de amar no te demores”. Creo que es una frase de Frida Kahlo. Así que, como el caimán de la canción, me voy para Barranquilla.

En autobús hacia la Terminal voy viendo por la ventana la otra Cartagena, la que no ve nadie, la de la clase pobre, la real, sucia y abandonada. Contrastes. Deambular sin destino fijo y viajar en transporte público es la única manera de conocer la verdad de un país. No hay otra. Aquí la verdad tampoco es bonita. 

Barranquilla. El viento ulula en mi habitación como si estuviera en un refugio de alta montaña.

Barranquilla es un pueblo hecho de muchos pueblos. Africanos, europeos y amerindios han mezclado sus culturas y costumbres evolucionando juntos como ríos coincidentes formando un todo común. Tiene atractivos, pocos y aislados, pero no es más que una ciudad enorme de un millón y medio de habitantes y 150 km² de superficie, un 50% más que Barcelona, puro cemento, con un sol de martirio y tremendamente ventosa. Una ciudad sin sombra ni resguardo. 

La nomenclatura numérica de calles, a la americana, dificulta mucho el movimiento: La 48 #1-60, la carrera 72 con calle 26… Barrios y municipios metropolitanos se adocenan y confunden y encontrar una dirección es una aventura. Hay decenas de compañías de autobuses urbanos, cada una con sus itinerarios, sin paradas fijas y sin más sistema de información que una placa con un destino final. Un laberinto. 

Puedes ir al malecón por ver el Río Magdalena, un hogar para el viento, puedes ir a ver la catedral, fea, quizás puedes hacer un circuito por sus otras iglesias mastodónticas y sin ninguna gracia… Nada extraordinario. En realidad, nada medianamente agradable

Lo mejor de esta ciudad es el río de humanidad que la habita. Vendedores de todo circulan al grito de “, ¡Aguacate, papaya, mandarina!”… “¡Agua, el agua, agüita!”… “Señores, con el enorme respeto que todos ustedes merecen y yo les tengo quisiera ofrecerles…”… Y retahílas de la extra cariñosa y supraformal jerga colombiana. De amigo pasas a primo, hermanazo, papi, mi amor, mi vida… Y todo siempre “a la orden”, su marcial forma de preguntar qué quieres o en que pueden servirte, y “con gusto” si das las gracias. Es curioso. Un lenguaje de “Nuevo Mundo” que aprehender. 

Al mediodía aquí todos los que pueden almuerzan los “corrientes” un plato combinado en que tu escoges el elemento principal, entre los del menú, y ellos te ponen, de acompañamiento, arroz, ensalada, plátano, pasta, judías, patatas fritas… Lo que tengan. Además sopa de entrada y un vaso de zumo con hielo. Todo por 2 euros. 

Y música por todos lados: en los bares, en los comercios, en los coches, en las casas… Cumbia y salsa. “Lloreras”. Pasión, amor y desamor: “Moría de amor y jugaste con mi corazón” … “Te adoraba y me traicionaste…”…”Me has arrancado el alma…” … El cadáver de mi romanticismo se retuerce en la tumba donde ha ido a parar a base de años y tristes finales.

Y Barranquilla es, sobre todo, carnaval. Aquí, a finales de febrero, se celebran los carnavales más multitudinarios de Colombia y, durante una semana, las clases sociales se unen, las preocupaciones desaparecen y todo es fiesta y desfase. Quiero intentar conseguir alguna de las máscaras que usan. 

Comprar una máscara para la colección no es fácil y requiere tiempo. Se trata de encontrar piezas auténticas, de calidad y con personalidad.

Empiezas recopilando datos e informaciones en la Red y, después, visitas y hablas con especialistas, en este caso la gente de la Casa del Carnaval de Barranquilla. Eso te lleva a tener un par de teléfonos y direcciones. Visitas a un artesano, hablas y sacas más datos, vas de taller en taller, observas y preguntas… Y al final, si todo va bien, encuentras lo que buscabas y que no sabías qué era exactamente… ¡Y ya las tengo!

Pero todavía queda lo peor: enviar las  piezas y que lleguen sanas y salvas a casa. Tomas todas las precauciones que puedes, ofrendas una vela enorme a Santa Rita y… Veremos.

Me entero de que hoy, en el barrio de Buenos Aires, hay una especie de desfile inaugural del Carnaval. La Reina y el Rey Momo de este año izarán su bandera después de recorrer las calles junto a otras reinas menores, candidatas a cargos populares, reyes de otros años y comparsas varias. Me cuelo allí en medio y certifico que es una juerga tremebunda. Música, baile, disfraces, máscaras… Bonito y divertido.

Un apunte: lo he visto muy de cerca y la Reina del Carnaval 2.020 es elegante, guapa y con gracia pero, entre nosotros, la exuberancia de la Reina Metropolitana tiene truco más que obvio. Digamos que no es sòlo fruto de la genética y la gimnástica. Y ha quedado estupendo. 

Visto está. Ahora… Santa Marta y, de ahí, a la Ciudad Perdida. .

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