Entre paréntesis. Revolución.

Cuando estás mucho, mucho tiempo fuera de casa, viajas por el Mundo y tienes tiempo para reflexionar, cuando no tienes en los morros los árboles que tapan el bosque, cuando ves, analizas y comparas, parece como que la visión se te aclara. O algo así.

¿Y que tengo claro? Tengo claro que quizás tardará algo en caer, como los elefantes heridos de muerte, pero nuestro sistema de vida está finiquitado, caduco, muerto. Kaput. R.I.P.

Quizás en sus últimos estertores hará algún daño y algún estúpido político aprobará una ley contra la Naturaleza o un empresario con pocas luces pretenderá seguir construyendo casas a costa de bosques. O en más pequeñito, algún papito sin nada en el cerebro sacará de su casa, el mar, un pulpo o una estrella de mar para distraer a su hijo tonto ya sin remedio. Pero son seres y actitudes como piel muerta. Son zombis. Están, pero ya no son.

Se impone para YA, y ya se está produciendo, individualmente y a través de asociaciones y plataformas, un resurgimiento del poder civil que acabe, drástica, radical y revolucionariamente con tanta subnormalidad y tanta canallada.

En mi infancia, las gaviotas eran aves pescadoras.  Las gaviotas son pescadoras, lo que ocurre es que el ser humano arrasa con todo lo vivo a su paso y solo deja basura y desperdicios para las demás especies. Hoy, en una sola generación, hemos convertido a las gaviotas  en carroñeras. Una sola generación! 50 años. Y un día, el mismo ser humano no tendrá de que alimentarse. Eso pasará en muy poco tiempo porque todo va vertiginosamente rápido. Otra generación quizás. Eso ya no es ciencia ficción. Quizás alguien que ya ha nacido y se refolcila en lo superfluo sin la menor educación ni conciencia ecológica verá a su hijo escarbando en la basura para comer. ¿Catastrofismo?

Será duro. Primero habrá que acabar con los más dañino, luego nos tocará a todo el mundo reeducarnos.

Pero primero los depredadores. Los mequetrefes no están de enhorabuena. Ahora empieza a haber gente consciente que no calla y, organizados, ya ejercen ese poder civil. Los más grandes chapuzeros se pueden encontrar, y se van a encontrar, con que un día, cuando sigilosos quieran hacer alguna de las suyas, el pueblo, como si fuera un portero de discoteca alto, grande y fuerte como un oso les ponga una mano en el pecho y les pare. Entonces, por fin, mirarán cohibidos hacia arriba, se sentirán como unos enanos pillados in fraganti intentando colarse sin pagar y, mientras se les clava una mirada severa en los ojos, oirán que les decimos: “Pero donde te crees que vas, payasete.” (*)

Y después vendremos todos. Habrá que reestructurar y reconvertir. Habrá que meter en la cárcel y tirar la llave a violadores y corruptos, habrá que multar, sancionar y confiscar bienes a todos los que incumplan leyes extraordinariamente severas y prohibitivas sobre ecología y picaresca y habrá que reciclar muchos oficios y profesiones que, con la inercia de 50 años no han sabido ver el futuro.

Malos tiempos para los amantes de lo superfluo. Malos también para los que se creen que el papá Estado les va a quitar las castañas del fuego toda la vida. Malos tiempos para los poco formados y para los pusilánimes. Malos tiempos para los listillos, los derrochadores y los malos profesionales, para los que se crean mejores que su vecino y para los que se quieran parecer a él.

Habrá que reconsiderar drásticamente temas que la gente considera derechos adquiridos y todo eso llevará unos años de crisis severa y todos perderemos lo que ahora se considera “calidad de vida”. Todos menos nuestros nietos porque, hoy por hoy, a los hijos de nuestros hijos no les dejamos más que una película de mentira y un montón de mierda bajo la alfombra.

Yo lo veo con preocupación, pero también con optimismo y esperanza porque, piense cada uno lo que piense, y aunque todo el mundo crea que todo eso no va con él, el colectivo, por intuición, por instinto de supervivencia, ya se ha puesto en marcha. Todo está empezando a cambiar muy poquito a poco y esto ya no hay quien lo pare.

Hemos gastado Naturaleza a manos llenas como si no se fuera a acabar nunca y no le estamos dejando tiempo de regeneración. Los crecimientos económicos de China e India, en promedios del 10% anual, suponen también incrementos de nivel de vida y consumo  en casi la mitad de la población mundial. Mientras, el crecimiento en Europa se ralentiza drásticamente. El Imperio de Oriente pide paso. Así ha ocurrido cíclica y constantemente durante toda la Historia.

Agarrémonos porque vienen curvas y, sobre todo, que cada uno piense muy, pero que muy bien, hacia donde va el siglo XXI y tome las decisiones correctas para adaptarse. Si no lo hace, la vida le obligará, y será peor. Entonces vendrán los lamentos. “Don Yo Creía” y “ Don Yo Pensaba”, son dos señores que no sirven para nada.

* Nota. La frase “Pero donde te crees que vas, payasete.” no es mía. Pertenece a Miguel Royan, “Miguelón”, mítico portero de locales de noche de mi pueblo, Begur.




El Cau. Anna Maria Culla.

Con ocasión de mi fallido intento de hacer la cima del Kilimanjaro, Anna Maria me preguntaba, en catalán, en nuestro idioma:

Si fas un viatge llarg i amb unes condicions sovint adverses, seria impossible quedar-te un xic més per aclimatar-te i prendre forces, per comptes de gastar les poques que et queden i finalment no poder fer el cim, o és que tens un temps específic que no pots traspassar?”

Traduzco:

¿Si hace un viaje largo y en condiciones a menudo adversas, no es posible quedarte un poco más en un lugar, aclimatarte y tomar fuerzas en lugar de gastar las pocas que te quedan y al final no poder hacer cima, o es que tienes un tiempo específico que no puedes traspasar? 

Pues no. No tengo un tiempo específico para dar la Vuelta al Mundo pero para hacerla hay que espabilar. El Mundo es muuuuuy grande… y la vida muy corta. Y sí, después del Monte Kenia no me dí suficiente tiempo para recuperar y hacer el Kilimanjaro pero eso lo sabes a toro pasado. No fue ese el único error que cometí ni la única circunstancia adversa que surgió. 

También podría haber dejado de hacer el Monte Kenia para concentrar esfuerzos en el mítico Kilimanjaro pero, la verdad, si me haces escoger entre uno u otro no sabría que decirte. El Kilimanjaro es el mito pero el Kenia es una verdadera belleza. No sé.

El Kenia y el Kilimanjaro están al lado y yo no me permito ir para atrás, entre otras razones por un tema económico. Así que… Lo intenté y no salió bien. No hay más. 

Mi reto es dar la Vuelta al Mundo, no subir ninguna montaña en particular. Habrán éxitos, habrán fracasos, cumpliré sueños y sufriré frustraciones, todo es vida y lo que quiero es vivir, aprender y crecer y, para eso, todo me vale y todo lo agradezco. El tiempo… el tiempo huye. 

¡Un abrazo Anna Maria!

P. D. Naturalmente, hace meses que escribí este post y ahora… “ESTO”. Bien, todos los proyectos tendrán que esperar, los de muchos han quedado definitivamente truncados. Quizás aprendamos algo…. Acabemos cuanto antes. #QuedateEnCasa




Amigos Viajeros. Viajefilos.

Jose Luis Bauset ha creado con Viajefilos, no solo un blog de viajes, sino un foro, una casa
para viajeros donde compartir datos de interés. Cuidar todo eso tiene mérito. Solo los que
tenemos un blog de viaje sabemos la cantidad de horas que requiere para mantenerlo vivo.
El resultado de su experimento a mi me parece una guía muy útil para todos aquellos que
deseen organizar por sí mismos un viaje a un país determinado. Así como mis post son más bien lectura de viaje que guía, los suyos contienen un montòn de datos y recomendaciones que desbrozan la siempre complicada senda de organizar tu propio viaje.
¡Safe travels amigos!
———————-
Hola a todos, soy José Luis Bauset, médico de profesión y viajero por pasión, además de creador y administrador de viajefilos. No sabría decir cuando empezó esta afición pero si recuerdo como. Aquellos primeros años de juventud y adolescencia en que cualquier tren nos servía para desplazarnos y cargados con pesadas tiendas de campaña, algunas pocas latas de conservas y muchas ganas de pasarlo bien nos lanzábamos a la acampada libre, primero en pueblos cercanos de las sierras de Castellón y cada vez más lejos, en Pirineos o Asturias. Y digo por libre, porque eran épocas en las que solo hacia falta encontrar un lugar apetecible, montar tu tienda y disfrutar de la naturaleza y los amigos. Era viajar a tu aire, por tu cuenta, y supongo que de aquellas primeras experiencias nació esta adicción.
En el camino conocí a Carmen Capdepón, la otra mitad de mi vida y, por supuesto, de viajefilos. La que se encarga más que yo de buscar el mejor alojamiento, diseñar la mejor ruta, atar los tiempos antes de salir. Reconozco que soy “algo más dejado” para esos preliminares, pero con el tiempo me he dado cuenta de que son casi tan divertidos como el viaje en si mismo.
Con los años nuestros viajes por libre mejoraron en presupuesto, nunca llegaron a acercarse a los grandes fastos de otros viajeros y gustábamos de buscar hostels donde compartir experiencia y conversación con otros compañeros de viaje. Cada vez buscábamos destinos más alejados, más tiempo para recorrerlos, más insólitos si se quiere, pero nuestro espíritu seguía pensando que ese viajar por libre debía seguir siendo nuestra filosofía de viaje porque era la manera en la que disfrutábamos.
De esta pasión en la búsqueda de la mejor información y recomendaciones para montar nuestros viajes, nació la segunda de nuestras pasiones, el compartir lo vivido. Como dice nuestro lema “lo compartido nos sabe doble” y el volver y contarlo en nuestro blog “viajefilos”, nos ayuda a rememorarlo, a contarlo y a pensar que ayudamos a otros viajeros a conocer el mundo.
Poco a poco, nuestra contagiosa pasión ha ido enganchando a nuevos amigos, gente que nos cuenta su experiencia en viajefilos, porque como podéis entender, un mismo viaje, un mismo destino, tiene mil visiones, tantas como viajeros. La compañía, la época, el presupuesto, la edad, las veces que lo hayas vivido, las experiencias previas… hacen que ese viaje sea totalmente diferente para distintos viajeros. Eso es lo que nos gusta y de lo que nos vanagloriamos en viajefilos, una pequeña red de amigos en la que cada uno aporta su visión, más o menos diferente, de un mismo lugar.
Ahí están nuestros dos secretos peor guardados: nos gusta viajar por libre, por nuestra cuenta a nuestro aire y nos gusta compartirlo, porque nos sabe el doble.
Tras ocho años compartiendo ya son más de 600 diarios de viaje los colgados en viajefilos, diarios porque nos gusta escribirlos como bitácoras, con todo lujo de detalles. Información útil para nuestros lectores y recuerdos visibles para nosotros mismos, que cada vez más olvidamos las cosas antes. Hemos recorrido gran parte de Sudamérica con la mochila, por tiempos largos y con el rumbo más o menos marcado, que no el tiempo; hemos disfrutado de gran parte del sudeste asiático y de las sonrisas de sus gentes, hemos cruzado Rusia a bordo del Transiberiano, seguido durante 40 días la Ruta de la Seda. Nos hemos atrevido con las selvas de Borneo, los bosques impenetrables de Uganda, los trekkings entre glaciares de Nueva Zelanda o las inhabitadas y enormes distancias de Australia. No sabría deciros con cual de todos me quedo y soy consciente de que en esa competición podrían entrar otros fabulosos destinos como Japón, Corea, Sri Lanka, India, Mongolia, China… o cualquier bonita ciudad europea.
Viajar es una de las mejores inversiones de la vida, hablar de viajes es infernalmente agotador y maravillosamente satisfactorio, escribir tus viajes es lo mejor que puedes hacer a la vuelta. En viajefilos te invitamos a compartirlo, ¿te animas?



A MI GUSTO. Gastronomía. Lo mejor de lo mejor del Mundo en carnes.

Lo mejor de lo mejor del Mundo en carnes. 

En el año 2.019 hice una lista de mis platos preferidos en el Mundo. Es Navidad y en estas fechas siempre me entra “salivera” así que he pensado en renovar esa lista y dividirla en carnes, pescados, bebidas y platos vegetarianos. Así me da para más porque en aquel post deje de mencionar demasiadas maravillas culinarias. 

Además, esta sección de A MI GUSTO es quizás la que queda más rápidamente desfasada porque yo voy viajando al ritmo de 10 a15 países al año y mis gustos cambian al mismo ritmo frenético.

Cada uno tendrá su lista de comidas y bebidas más exquisitas del Mundo. Esta es la mía…en cuanto a carnes. 

1.- Canelones catalanes de carn d’olla.

2.- Empanada argentina

3.- Tajine marroquí

4.- Jamón ibérico español

5.- Cordero lechal de Valladolid al horno.

6.- Pizza diávola italiana

7.- Bife de chorizo con papas. Argentina.

8.- Escalopa de pollo parmesana de Tasmania

9.- Carpaccio Harri’s Bar veneciano.

10.- .Lâu Chã y nems vietnamitas

Y aún hablando solo de carnes, he de reconocer que he hecho verdaderas piruetas mentales para confeccionar esta lista y me dejó un montòn de delicias que merecerían la declaración de Patrimonio de la Humanidad. La Escudella i Carn d’Olla, la Fabada asturiana, el “Rostit” de Festa Major… por decir algunas de las de cerquita. Perdón por los “olvidos”.

Continuará…

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Entre parentesis. Cuatro meses en África. No puede ser.

Lo sabía, sabía que este viaje por África oriental sería difícil. Lo ha sido. Desde Addis Abeba y las infestas poblaciones de Etiopía, hasta las llanuras masai en la falda de monte Suswa en Kenia, pasando por la alegre pobreza de la buena gente de Gurué en Mozambique y los barrios basurero de Antananarivo en Madagascar, África es un continente de castigo con una miseria que te entra en las entrañas como una bala. Y no es el único, ni mucho menos, porque Asia y América… Pero ahora hablo de África y no quiero hablar de su magnífica Naturaleza que lo es, ni de las aventuras vividas, que las ha habido. Quiero hablar de pobreza, de injusticia y de responsabilidades.

Creo que lo que Occidente ha hecho, hace y, sobre todo, no hace con África clama al cielo. Y ya no solo por lo que pasó en la época colonial con sus genocidios, esclavismo y expolio generalizado, sino porque no tiene ninguna lógica que esté Mundo este dividido en dos con unas diferencias de calidad de vida tan abismales. No puede ser, simplemente. Es obvio. Y no hay nada tan difícil de explicar como lo obvio.

Simplemente, no puede ser que en Occidente nos preocupemos de las vacas hasta el punto de ponerles música clásica para cuidar su bienestar y olvidemos a los seres humanos que malviven con un dólar al día en un país de este mismo Mundo.

Simplemente, no puede ser que en Occidente encontremos como lo más normal y lo mínimamente exigible un nivel de consumismo que, por ejemplo, lleve a nuestros hijos a tener ropa de marca, verano e invierno, a comer carne o pescado cada día y a llorar si no les compran un helado, y cualquier niño en África no tenga más que lo puesto, para el frío y para el calor, no sepa lo que es comer otra cosa que arroz, maíz y patata y tenga que trabajar duramente la tierra cuando todavía no levanta ni 4 palmos del suelo.

Simplemente, no puede ser que en Occidente proliferen como hongos las ONG y cuando viajas por estas tierras no ves, con rarísimas excepciones y salvo 4 héroes, ni una obra social de entidad con su nombre.

Simplemente, no puede ser que, por muy honesto y encomiable que sea el fin, montemos verdaderas guerras por temas políticos y no haya una entidad supranacional que obligue a los gobiernos a solucionar el tema de los refugiados y la obligatoriedad de paritaria cooperación internacional para la inmediata erradicación de la miseria y el hambre.

Simplemente, no puede ser este engaño de sistema montado para el provecho de políticos y grandes empresas sin que al ciudadano medio le suponga más que la pérdida de la vida en actividades que no sólo no aportan felicidad, sino que abocan a la ignorancia y el borreguismo. Nuestra generación perdida no ha servido para nada a nuestros jóvenes que, para ser hombres y mujeres “de provecho”, deben seguir nuestros tambaleante pasos. Lo dice la tele y lo decimos hasta nosotros. Hay que tener éxito en la vida, hay que conseguir individualmente un nivel de vida alto, hay que consumir. África no existe.

Simplemente no puede ser que existan gobiernos, reyes y religiones desde el principio de los tiempos y en nuestro Mundo no haya un mínimo, minimísimo de calidad de vida para cualquier ser humano, uno a uno y en colectivos.

Simplemente, esto no puede ser. Mirarse tanto el ombligo produce ceguera. Yo he querido ver y cuesta esfuerzo pero cualquiera puede hacerlo. Aunque solo sea ver un poquito. Abrir un resquicio de la puerta que nos acomoda en nuestra poltrona. Y es cierto que lo que he visto no me gusta nada, me angustia e incluso me avergüenza. Cuando ves lo que hay aquí y piensas que hay gente que tiene dinero como para comprarse un club de fútbol se te revuelve el estomago. Es indecente lo mires como lo mires.

Un día oí en la tele que una voz gritaba: ”La oportunidad de tu vida! “. Claro, me tensé y preste atención esperanzado. Resultó que era un coche. ¡No te jode! Esa es nuestra mentalidad. Y, simplemente, no puede ser.

En Occidente, la frase que más repetimos a los demás y a nosotros mismos es: “Qué menos que….”, siempre referido a nosotros mismos. Nuestros “pequeños” placeres son sagrados. Pero es que resulta que son muchos y no son pequeños. Ni mucho menos.

Yo no soy nadie y no tengo una solución. Tampoco creo que sea mi obligación ni creo tener la capacidad para ello. Existe mucha gente y muy sesuda cobrando para eso. Yo solo puedo informar de lo que veo y dar mi opinión. Escolarización, planificación familiar, mínimos sanitarios… Es como si a África se la diera como caso perdido. Aquí no vienen a veranear los capitostes europeos, americanos, rusos o katarís. Un safari quizás, a ver animalitos con el niño y la niña bien alimentados que van para empresarios de éxito,… A Zanzibar con la pareja, sin salir de la playa y el 4×4 no vaya a ser que les ataquen las tribus salvajes.

No sé. Mi blog es solo el testimonio de un peregrinaje por la Tierra. Lo que se ve y se cuenta puede muy bien no ser aceptado por mentes burguesas enterradas en confort por lo que las reacciones pueden salir por cualquier lado. La mente tiene su instinto de supervivencia. El modo occidental de vivir ya es imposible e indecente pero la gente se aferrará a él aún matando al mensajero.

Sea como sea, lo de África duele. Aquí Occidente robó lo que pudo a manos llenas, montó las infraestructuras para seguir desangrando lo que se pudiera y nos fuimos. España se dedicó más a otros lares, con notable “éxito”, pero franceses, ingleses, portugueses y alemanes aquí se montaron una bacanal de miedo. Y nunca jamás lo han reconocido ni han devuelto nada en forma alguna. Ni siquiera en cariño y comprensión. Eran cosas de otros tiempos. No tenemos ninguna responsabilidad.

Ahora, además, utilizamos a los africanos de mercado de tercera o cuarta mano de saldos de desecho y sostenemos a políticos corruptos con la única condición de que “se porten bien estratégicamente” con alguno de los bloques ricos. Y de venirse para Europa ni pensarlo. Que se mueran en el mar. Y ahora le toca al capital chino que se están tirando al ruedo vestido de luces con arte y poderío con cuadrilla negra muy engalanada.

Simplemente, no puede ser, pero ¿Qué voy a hacer yo? Qué vas a hacer tu? No sé. Todo está atado y bien atado por todos lados. Por mi parte, aquí ya he visto más de lo que quisiera y habrá que ir plegando velas con la cabeza gacha, la conciencia intranquila y el espíritu destemplado. Me voy… No sé qué hago aquí. En África ya no queda ni Tarzán.




Sudàfrica (y 3) Hermanus. Ballenas. TIc, tac, tic, tac…

Pues heme aquí, en Hermanus. 

Decía que la nostalgia me estaba ya mordisqueando. Voy para los 150 días de viaje y empiezan a pesar. Noviembre es un magnífico mes en casa. Todavía hay días soleados aunque frescos, y por la noche hay que encender el fuego. Si hay temporal de Levante o Tramontana, el viento azota las paredes, no hay nadie en la cala y el ambiente dentro de la casa es de una magnífica calidez salvaje que sublima cualquier emoción o sentimiento, desde la felicidad hasta la tristeza, desde el amor a la soledad. Una botella de vino y unas costillas de cordero a la brasa con una tostada de pan con tomate pueden elevarte ya al séptimo cielo.

¡Qué lejos estoy!

Hermanus es un pueblo de playa, como el mio, y es famoso porque, desde los caminos de su costa, de junio a noviembre se pueden avistar ballenas francas australes que se instalan aquí para reproducirse y alimentarse. Yo las vi en Puerto Pirámides, en Argentina, y son un espectáculo. Verlas otra vez sería un verdadero broche de oro para mi periplo africano pero tampoco me voy a esforzar mucho. Lo que quiero es dar largos paseos fuera de la ciudad en un lugar tranquilo y Hermanus tiene pinta de eso.

Tras muchas investigaciones y gestiones parece ser que, para llegar a Hermanus, he de tomar un bus a Caledon y, de allí, un taxi a destino. El viaje es rápido y agradable, con un paisaje que me resulta muy neozelandés, con enormes extensiones de pasto para ovejas y viñedos rodeados de montañas.

A las 11.30 llego a Hermanus, un pueblo de lo más insulso como tal que, si las ballenas decidieran pasar de largo, perdería un buen cacho de su atractivo turístico y consecuentes ingresos. Naturalmente, hay varios monumentos a los cetáceos y numerosas agencias y alojamientos que exprimen el asunto ofreciendo todo tipo de actividades alrededor de estos animales y del pariente violento que también habita por estas aguas: el tiburón blanco. A las ballenas las puedes ver en barco, en excursiones a pie, en helicóptero, nadando, en kayak y supongo que si te empeñas, y pagas, hasta en camello. Al tiburón blanco solo en una jaula reforzada. Quizás también buceando, pero eso ya es para gente “especial”. Servidor, en cuanto al tiburón pasa olímpicamente de lo uno y de lo otro y, en cuanto a las ballenas, solo las veré si deciden asomar el morro, o la cola, en alguno de los paseos que pienso hacer de una punta a otra de la costa.

Pero además, aquí también hay un Parque Natural, el Frenkloof, y unas montañas estupendas, las Kleinrivier, con una red de senderos que no me la acabo ni en una semana así que he acertado totalmente el lugar donde pasar mis últimos días africanos.

Un paseo para ubicarme, un fish&chips y, después de dejar las cosas en el hostel empiezo los paseos. Primero, la costa.

Me ha parecido todo bastante poco natural. Un sendero emporlanado con gracia, pero emporlanado, y gente sentada en las rocas esperando la actuación de las ballenas. Incluso me ha parecido ver en el horizonte una aleta-mano con el índice levantado enviando a tomar viento al público asistente. Serán cosas mías. Suerte que aquí es como nuestro final de primavera, entre semana, y no hay mucha gente. En temporada alta debe ser horripilante. La costa… bonita. Sin más. Como las ballenas no se dignan a venir, unos animales con pinta de simpáticos, tipo ardilla gorda sin cola, les hacen de teloneros y van apareciendo durante todo el paseo por el sendero. Aquí les llaman klipdassie y son los hyrax rock que ya me había encontrado subiendo al Monte Kenia.  Bichos viajeros, como yo. 

Unas líneas sobre blancos y negros. Mandela debió hacer un montón por los derechos civiles de los negros sudafricanos, pero tengo la impresión que nacer negro aquí sigue siendo un mal negocio. Obras, cocinas y servicios en general, son trabajos de negros con contadas excepciones, mientras que el comercio, industria, finanzas y latifundios agrícolas y ganaderos es cosa de blancos. Vamos, que el negro es el que sirve y el blanco el cliente y jefe. Y, como ya he dicho, hay por las calles un montòn de vagabundos pobres de solemnidad y el 99% son negros. Ya no se les llama esclavos pero no sé yo… Esto de la libertad es muy relativo. Quizás falta todavía una generación. 

Hoy haré montaña. El día está llorón pero a las 10.30 parece que aclara. Sigo el sendero que me marcan en el hostel y que recorre toda la falda de las Kleinrivier, unas montañas peladas que no dejan de tener atractivo. Después de 1 hora de pasear sin desnivel, veo un letrero que marca la dirección a la cima del Lemoenkop y, como a mi la palabra “cima” siempre me tira, me desvío del sendero y voy hacia arriba. Es una montaña pequeña pero con vistas a toda Walker Bay. Bajo otra vez a reencontrar el sendero que recorro sin ver ni un alma en toda la caminata. El paraje es agreste y con unas flores que parece de otro planeta. Unas parecen bombones de chocolate blanco, otras la explosión de fuegos artificiales, otras frutas cortadas en forma floral… Se me va la imaginación. Disfruto.

Voy a parar a la costa y me encuentro con el final de Cliff Path, el sendero por el que caminé ayer. Ya llevo 4 horas pateando. Parada de una horita para descansar y comer un par de sandwiches que me he preparado esta mañana. Por allí, costeando, vuelvo a Hermanus, hoy también sin ver asomo de ballenas… peeeeero… , a medio camino, a lo lejos una enorme ballena pega un salto sacando más de medio cuerpo del agua. Me quedo de piedra. No me lo esperaba. Otro salto más y ya solo asoman un par de veces las cabezotas. Parece que son dos. No hay tiempo para foto, apenas un punto negro en el océano, pero tengo la imagen. Su libertad me hace feliz.

La excursión ha sido chula y con este final más. Casi 7 horas. Me ha pasado el día volando. Como siempre, en realidad. El reloj no da tregua, cae el sol y ya se va este brumoso día que se acumula a los otros días, semanas, meses y años que van pasando a paletadas sin casi darme cuenta. Quiero ser muy consciente de cada día que empieza y cada día que acaba. Son regalos de valor incalculable. A saber cuantos quedan. Yo cada día me despierto con el mismo sonido: tic, tac, tic, tac… Y con eso, vuelo. 

Mañana vuelvo a Cape Town, duermo un poco y a las 7.30 a. m. avión a Johannesburgo y, de ahí, a Buenos Aires. Diez días con amigos a descansar. Mi viaje por África ha terminado. Viniendo de Turquía, desde Addis Abeba a Cape Town,  casi 7.000 kilómetros por este continente indefinible, 111 días de emociones y experiencias que no olvidaré nunca. Ha sido… mucho. Las montañas Semien, Denakil, Harar, Suswa, el Monte Kenia, el Kilimanjaro, los perros de Gorué, las chapas mozambiqueñas, los niños basureros de Antananarivo… y hasta aquí he llegado.

Sí, necesito descansar. De cuerpo y alma. Buenos Aires me espera.

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Sudáfrica (2) Ciudad del Cabo. Cabeza de León.

Al igual que Japón en relación con Asia, Sudáfrica sólo es África geográficamente, pero come aparte. Tres de los 10 hombres más ricos del continente es sudafricano, aunque 12 de los 52 millones de sudafricanos pasan hambre.

Zulúes, minas de diamantes, la Guerra de los bóers, apartheid, rugby, Mandela, ballenas y tiburones blancos…. Sudáfrica es quizás el país más interesante y rico del continente negro, no solo económicamente, si no en todos los sentidos.  

Sudáfrica es la cabeza del león africano.

Las botas nuevas se resisten y continúan con su rebelde dureza. No parecen conformadas con su destino y me están dando bambú, pero espero que, poco a poco, se vayan ilusionando con nuestro porvenir que promete aventura. Es cierto que les ha tocado el gordo y van a tener que currar pero con resistirse así de farrucas no arreglarán nada.

He venido a parar a Ciudad del Cabo porque tenía que pasar por Sudáfrica, sí o sí, para cruzar el charco y plantarme en Sudamérica. Y ya que he de pasar, hago un alto en el camino, me quedo una semana y aprovecho para conocer Cape Town y alrededores. Una de las primeras normas del viajero es aprovechar las escalas. Yo, encantado.

Me reencuentro con los hóstels. En África casi no hay alojamientos con habitaciones compartidas porque no hay suficiente turismo pero aquí ya sí. Y la primera en la frente: en la cama de abajo me toca un elemento que ronca como un volcán en erupción. ¿Que se le va a hacer? … Pues tapones.

Cape Town es una ciudad pequeña y atractiva. Hoy es domingo y da gusto deambular. Muy especial el mercado de artesanías africanas de Green Square, con un montón de homeless y actuaciones callejeras indígenas como no he visto en ningún otro mercado del Mundo. Todo Cape Town está lleno de vagabundos salvo el barrio portuario de ricos, Waterfront, un lugar entre Puerto Maduro de Buenos Aires y el Maremagnum de Barcelona, con casas y apartamentos exclusivos y, como quien dice, el yate en la puerta. El barrio malayo de Bo Kaap, el Ayuntamiento, Long Street…

Me sorprende el alto índice de obesidad, sobre todo entre las mujeres negras. Impresionantes mujeracas con vistosos colores en sus vestimentas campan por la ciudad moviéndose como hipopótamos con swing africano. Aquí se impone la comida basura por goleada. Un espectáculo.

Lo que más me atrae de Cape Town es subir a Table Mountain, la montaña enseña de la ciudad y Parque Nacional, de 1.086 metros sobre el nivel del mar y con una cima plana de 3 km. Hay un teleférico que te sube cómodamente para hacer la foto de las vistas a la ciudad pero la gracia está en subirla a pata. Desde Waterfront la imagen de la Montaña de la Mesa impresiona. Mañana voy para allá.

El día despierta nublado y frío. Me dicen en la caseta de información del Parque que hoy la cima ni se me ocurra. Me advierten que ni siquiera hay servicio de rescate. Tampoco sale el teleférico. Realmente arriba no se ve nada y llovizna suave pero con constancia y me conformo con un sendero que rodea la montaña.

El recorrido alternativo no es ajo y agua sino un bonito camino que me lleva encima de un pueblo de playa. Me gustan las playas en invierno así que me bajo allí. Se llama Camps Bay y no hay nadie. Huele a mar de invierno. Me recuerda a mi casa y la nostalgia me muerde los tobillos. Un paseo y me vuelvo a la ciudad en autobús. Son ya las 2 de la tarde y no tengo más remedio que invitarme a un plato combinado de pescado para quitarme el disgusto de no haber podido hacer cima en Table Mountain. Además Cape Town tiene fama de buen pescado y un viajero no puede obviar algo culturalmente tan interesante. Delicioso.

Todavía a las 4 de la tarde está la cima de Table Mountain totalmente sumergida en niebla. He hecho bien en no subir. Si mañana mejorara el tiempo lo volvería a intentar. Hace una tarde oscura para encerrarse en el hostel y no salir. Y me duelen los pies de las botas nuevas. Me empieza a preocupar.

El nuevo día es soleado pero con viento fuerte. Me voy a preguntar a los del Parque y me dicen que hoy es todavía más peligroso que ayer. Los vientos con rachas de 40 km/hora me llevan en volandas. Con lo que he perdido de peso tengo medidas de niño inflable pinchado. El Kilimanjaro me ha enseñado un montòn sobre prudencia. Las montañas hay que subirlas con condiciones climatológicas en principio favorables. Ya se encargará el destino de plantear dificultades añadidas. Sé sufrir, pero no viajo para eso.

Replanteo y me traslado a la hermana pequeña de Table, Lion Head, de 650 mtrs, mucho más resguardada del viento por la propia Table. Lion Head, “Cabeza de León” precisamente. La primera media hora de subidita es tranquila, con vistas a la costa que ayer pateaba y apta para todos los públicos de menos de 120 kg y forma física decente pero, la última media hora, hasta la cima, se encabrona y es escalada pura y dura con la ayuda de alguna baranda de cadena, una decena de agarraderas y un par de escaleras. Ojito. Muy chulo.

Estoy al lado del Cabo de Buena Esperanza pero me dicen que está abarrotado de turistas. No tengo obligación de visitar nada especial, solo vivo viajando. Para ir a ver el famoso faro, si no tienes coche hay que apuntarse a un tour y no tengo el cuerpo para eso. Cada vez tengo más claro que no hay que encelarse por ir a los lugares “míticos”. Si se da el caso sí y, si no, pues a otra cosa. Me explicaba un guía de montaña de Zaragoza que el Monte Perdido está a petar de gente subiéndolo y que, en cambio, al ladito hay otros 3 ó 4 tresmiles fantásticos que, como no tienen nombre rimbombante, los subes en absoluta paz y silencio solo contigo mismo. A mi la paz y el silencio me hacen falta para respirar. Así que paso del Cabo y me voy a Hermanus… A ver si tengo suerte y veo ballenas.

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Sudáfrica (1) Memorias de Sudáfrica. Kruger National Park. Monsieur Bombón y Bomboncete.

Hace casi 20 años, en el despacho me llamaban “Monsieur Bombón” . El mote venía de los niños africanos de la zona francófona, especialmente Senegal, Burkina Fasso y Malí que, cuando ven un blanco, le piden caramelos al grito de “¡Monsieur, bombòn, Monsieur, bombón! “. Y cuando viajaba con mi hijo Ramón, la broma era llamarnos Monsieur Bombón y Bomboncete. “Las Aventuras de Monsieur Bombón y Bomboncete”, decían.

Supongo que me va a caer una bronca de mi hijo, ya adultísimo ahora, por explicar estas intimidades familiares.

Con Ramón, y antes de que cumpliera la primera decena de años de su vida, hemos ido a Disneyland París a saludar a Mickey Mouse, a buscar al verdadero Papa Noel a Laponia, a la boda bereber de unos amigos en Marruecos, a la Zona 0 de Nueva York a rendir homenaje a los bomberos fallecidos en los atentados, a ver osos panda a China, a visitar el Tívoli y Legoland en Dinamarca…

Y creo que Bomboncete tenía 7 u 8 años cuando viajamos a Sudáfrica. Nuestro objetivo principal era intentar ver un rinoceronte blanco en libertad en el Parque Kruger.

La verdad es que, mirado ahora, a toro pasado, con la perspectiva que da siempre el tiempo, ir con un coche alquilado de lo más normal por el Parque Kruger, con animales salvajes en libertad por todos lados, solo con tu hijo de 8 años, es echarle narices, pero la aventura fue inconmensurable y, para un niño, algo así como vivir desde dentro una película de Tarzán. Aventura de verdad, sin trampa ni cartón.

Ahora, cuando hablamos de nuestros viajes en su niñez, me dice que le da pena no acordarse de la mitad de las cosas que vivimos. Es normal, era muy pequeño, pero seguro que aquellos viajes forjaron al hombre que es ahora lo note él o no y, desde luego, tienen toda la culpa de nuestra relación, ahora ya más de compañeros y amigos que de padre e hijo.

Él no recuerda, por ejemplo, que nos apuntamos a una  salida nocturna en un camión 4×4, con guardias armados, para ver a los animales más complicados de localizar y así fue como, en medio de la carretera, encontramos a una pareja de leones en pleno “ejercicio”. Ramón me pregunto que estaban haciendo y tuve que recurrir al tópico: “Están haciendo un leoncito”. Gracias al cielo, porque me estaba entrando un complejo de voyeur desagradable, aquello duro poco y seguimos nuestro camino. Ramón protestó amargamente porque no nos quedábamos a ver nacer al bebé león.

Tampoco recuerda el momento álgido de aquel viaje. Aquella noche habíamos dormido en un campamento de habitaciones con forma de chozas. El alucinaba de los monos ladrones que merodeaban por el campamento y que, a la que te descuidabas, te quitaban hasta la gorra. Pero sobre todo quedó impresionado, y yo también, cuando, después de desayunar, una bandada de elefantes se lanzó hacia el lodge dando berridos. “Barritando”, para los màs puristas. Ni idea de lo qué debió provocar esa estampida pero, si no llegamos a estar protegidos por vallas, hubieran arrasado con todo. Pero eso fué sòlo el prólogo. 

Era ya el tercer y último día en el Kruger y, mosqueados por la experiencia, nos subimos a nuestro cochecillo y conduje por el Parque rumbo al próximo campamento cuando, por fin, a unos 200 metros, vimos un rinoceronte blanco solitario comiendo hierba tranquilamente. Yo paro el coche para no asustarlo y empiezo a hacer fotos mientras Ramón saca excitado la cabecilla por la ventana.

Y el rinoceronte se cabreó. O se pensó que le vacilaba o le retaba o me ponía chulo, qué sé yo. Empezó a dar golpes y arañar el suelo con una pata como cogiendo carrerilla, mirándonos y moviendo la cabeza de un lado a otro. Como a buen entendedor pocas palabras bastan, yo le doy a la llave para largarnos y el motor no arranca. Como si se hubiera vaciado la batería totalmente. Angustia. El rinoceronte se cabrea más y empieza a venir al trote hacia nosotros. Le grito a Ramón que cierre la ventana al mismo tiempo que recuerdo que el que llevo es un coche de construcción americana y que sólo se enciende si aprietas el embrague. Justo a tiempo. Acelero y veo por el retrovisor al rinoceronte corriendo detrás pero ya cada vez más lejos. Esta última imagen la recuerdo como si fuera ayer. Para no olvidar.

Ramón estaba excitado y divertido. No tenía conciencia del peligro que corrimos pero yo sí. Pasé mucho miedo. El rinoceronte era casi tan grande como nuestro coche y, si nos embiste, por lo menos nos deja en la carretera de cabezas para abajo hasta que vengan a rescatarnos. Y eso si no lo revienta todo.

Ahora la bronca me caerá de la madre de Ramón a la que nunca expliqué la “anécdota”. Si se lo explico entonces hubiera sido capaz de no dejármelo llevar nunca de viaje más lejos de Zaragoza.

Yo no sé como estará ahora regulado el Parque pero, en aquel entonces, en cuanto salías de los campamentos, poca seguridad había. Te decían que no bajaras del coche más que en las zonas habilitadas y nada más. A tu aire.

Aquella noche en la cena y, después, en la habitación, no paramos de hablar sobreexcitados. Todo el viaje había sido una película, habíamos visto a los “5 grandes”, habíamos encontrado, y nos había atacado, “nuestro” rinoceronte blanco, una bandada de elefantes había embestido nuestro lodge, habíamos comido cocodrilo y mono… ¡Qué màs se puede pedir!

Yo no he olvidado nada de aquellos viajes y es que, en realidad, yo disfrutaba siempre mucho más que él. Experimentar y sentir tantas cosas extra ordinarias con tu hijo es un privilegio impagable y ver sus caras de alegría, emoción, miedo, sorpresa y un larguísimo etcétera de sensaciones, es, sin duda, lo mejor que he vivido.

Y, con alguna cana más, y esta vez solo, aquí estoy de nuevo: Sudáfrica.




Cajon de Sastre. Los colores de África.

Accede a la galería al completo, haciendo click en las imágenes.

 




A MI GUSTO. Los 10 mejores destinos de África.

Los 10 mejores destinos de África

África es la Gran Desconocida. Es el continente más difícil para viajar por muchas razones y, por tanto, el menos visitado. Yo no conozco ni la mitad de África. Apenas 15 países de los más de 50 que la componen.

Dejaré el número 10 en blanco porque, desde luego, volveré. De lo que he visto hasta ahora, mis destinos preferidos son estos:

 

1.- Ouarzazate (Marruecos)

2.- País Dogon (Mali)

3.- Sharm el Seik (Egipto)

4.- Parque Kruger (Sudáfrica)

5.- Monte Kenia (Kenia)

6.- Monte Kilimanjaro (Tanzania)

7.- País Bassari. (Senegal)

8.- Gurué (Mozambique)

9.- Ambalavao (Madagascar)

10.-

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Recomendaciones del mes. Octubre 2.019. Mozambique y Madagascar.

EQUIPO. – Nuevas piezas marca NF  (“No te Fijes”). Refuerzos para la sección FRIO.

TRANSPORTE. – Dificilísimo el transporte en Mozambique. Las chapas son horribles. Atiborradas, sucias, sin mantenimiento alguno, incomodísimas, kamikazes… Lo jodido es que hay muy poca alternativa.

Las barcas chapa, para ir a las islas, son una variante… acongojante. Estas no pisan suelo firme.

En Madagascar los taxi brousse son mas de lo mismo pero aquí si hay alternativas. Varias compañías como Cotisse tienen micro-buses algo mas cómodos. Siempre hay que intentar reservar el asiento de ventanilla al lado del conductor.

ALOJAMIENTO.- Un lujazo, en Isla Mozambique, el Patio dos quintalinhos, Casa do Gabriele. La piscina, con las calores que hacen en la Isla se agradece un montón.

En Pemba, el Russell’s Place, Magic Pemba Lodge, es un chollo si se consigue una cama en el dormitorio común. Buena comida en el bar.

En Ibo me gustó el Miti Miwiri. Se puede conseguir buen precio fuera de temporada.

En la capital de Madagascar, Antananarivo, Maison Lovasoa es tranquilo, agradable y a buen precio. Restaurante flojo.

El Camp Catta es un buen campamento en el valle Tsaranoro como base para hacer caminatas sencillas.

GASTRONOMIA.- En el Pemba Magic Lodge, Russell Place, se come muy rebien. El plato de “frutos de mar”, con langosta y todo, está muy bueno y el atún a la plancha más.

En Ilha Moçambique hay que ir al chiringuito Mariamo y sacudirse entre pecho y espalda un “peixe petra” con arroz y patatas fritas.

En Ibo, preguntad por unas casas de comidas llamadas Chico’s y, sobre todo Benjamin’s. Si reserváis, entrareis en verdaderas casas del pueblo, probareis comida realmente local y ahorrareis dinero porque los lodges son careros. Además, veréis Ibo de noche, absolutamente seguro, y os llevaréis imágenes impagables.

El mestizaje de las calles de Antananarivio, la capital de Madagascar, se refleja también en su gastronomía y puedes, al mediodía, comer nems coreanos y arroz cantonés y, por la noche, cenar un festín de carnes al más puro estilo argentino o brasileño o un menú con pretensiones de nouvelle cousine en un bistro de convincente aire afrancesado. Curioso el Carnivore, una experiencia. Buffete de carnes. Un hartón de carnes. Un día es un día.

En Ambalavao, Hotel Bougainvillees. Recomendado como restaurante y como alojamiento pero las habitaciones son un poco caras. Desayuno pantagruéluco. Algo mas barato, Residence Betsileo.

Dos especialidades malagaches recomendadas: Ravitoto, una especie de pesto de acelgas con carne, y Saramasu, algo así como un potaje de judías con lo que quieras. El de salchichas está muy bueno. Siempre con prudencia la primera vez.

TREKK.- Cualquier paseo por las montañas de Gorué es una gozada. Me quedé con las ganas de subir el Monte Namuli.

En Madagascar una visita a un poblado zafimaniry es un trekk bonito, barato e interesante.

PUEBLO/CIUDAD.- Antananarivo es la única capital de África oriental con encanto. Pasead sin miedo, pero ojo con los carteristas en mercados y estaciones. 

INTERNET.- En la red hay un blog, alasyviento.es, la mar de interesante como lectura viajera. Pesa mucho menos que un libro, te hace pasar el rato y da ideas. ¡Toma autobombo! 

VARIOS.- No hay. 

MENCIÓN ESPECIAL.- Benjamín, en la isla de Ibo, es un guía local que organiza excursiones por el archipiélago a buen precio. Regatead. Es una buena alternativa, más sencilla y básica, a los tours que organizan los lodges. Auténtico. 

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Madagascar (y 5) Tulear. Playas de Ifaty. El otro lado.

Ahora… playa.

Ifaty no me impresiona porque yo vivo, o vivía, en la playa que es, o era, la más bonita del Mundo. Vale, si no la más, una de las mas bonitas del Mundo, una pequeña cala en el noreste de Catalunya, en la Costa Brava, que era un auténtico vergel. Allí nos soltaban al acabar el colegio hasta que volvíamos a empezar, 3 meses después. Vivíamos en la Naturaleza como salvajillos jugando, pescando, nadando, haciendo excursiones por el bosque… He tenido una infancia maravillosa.

Me da pena cuando ahora veo a los niños en bicicleta con más protecciones que un gladiador romano, seguidos a pocos pasos de su mamá angustiada por el peligro que está corriendo el principito. A la mía yo la veía para comer y cenar… a veces. Y mira que hacíamos animaladas. No acababa un verano con el cuerpo entero. Pero eso es otra historia.

Hoy esa playa, Sa Riera, Begur, sigue siendo bonita, pero ya no es un paraíso. En el mar ya hay muy poca vida y el bosque ha sido diezmado por una voracidad urbanística descerebradamente avariciosa. Y no es una excepción porque veo que pasa en todo el Mundo. Tenemos el dudosísimo honor de ser la primera generación en la Historia que lega a sus hijos un Mundo peor que el que recibimos de nuestros padres.

¿Culpables? Desde luego algunos políticos y empresarios deberían ser crucificados en las plazas de los pueblos y ciudades por ladrones a mano armada y bolsillo lleno, pero culpables somos todos. Unos más y otros menos, unos por acción y otros por omisión, unos por negligencia y otros por mala fé, pero todos somos culpables y, en el fondo o en la superficie, todos lo sabemos.

¿Qué vamos a hacer al respecto?

Se supone que el microbus, que sale de Antananarivo hacia Tulear, nos recogerá en el hotel de Ambositra a las 8 de la tarde. Aparece a las 11.45. Normal. Nos quedan por delante mas de 500 km de carretera africana. El conductor nos ameniza la velada con una radionovela malgache que me taladra el cerebro, pero la noche pasa. Por la mañana ya me cabreo y le digo al conductor que ponga música. ¡Y lo hace! Es curioso pero, si el blanco no tiene miedo y se pone serio, aquí todavía hacen caso. Por lo menos si no va vestido de turista bwana, no va haciendo ostentaciones de riqueza, no calza Adidas con calcetines blancos y no se pone tonto fotografiando todo lo que se menea y lo que no se menea. 

Con la música cambia el ambiente y, aunque el viaje es pesado como una losa, disfrutamos de las vistas de montañas, estepas, llanuras, baobabs… Paradas en típicos míseros pueblos de carretera para desayunar, comer e ir dejando pasajeros y a las 17.30 llegamos a Tulear. De ahí un coche hasta el hotel de Ifaty mientras se pone el sol.

Tulear lo pisamos unicamente para ver que está abarrotado de pousse pousse, pero estos con pedales, supongo que la versión “humanizada” de los vistos hasta ahora.

En el alojamiento de Ifaty me he gastado las pelas. Ninguna barbaridad, pero me apetecía darnos un lujo. Han sido casi 18 horas de viaje por el África mas real y ahora nos regalamos un par de días del África que, convenientemente limpita, potabilizada y empaquetada, con cajita y lacito, se compra relativamente barata como objeto de consumo occidental para conocer la Naturaleza africana sin agobios. Es meterme en “El otro lado” de lo que he vivido hasta ahora. Nada espectacular, solo un resort sin agresividad con el medio, una habitación chula, piscinita, primera linea de mar, restaurante con los pies en la arena…

Ifati es, por lo que veo, lo ya visto: poblados de chozas enclavados en la arena, cerca de la carretera, y resorts mas o menos lujosillos a pie de playa para el turismo. 

Nuestro día empieza con una delicatessen de desayuno con mermelada, miel de baobab, polvo de chocolate, creps, zumo y ensalada de frutas, y nos vamos a hacer snorkeling al Massif des Roses, una zona marítima protegida.

El snorkeling resulta agradable, con una bonita masa coralina aunque poca vida. Me explican que los chinos ponen con grandes barcos redes tupidas de 15 km de largo en el Canal de Mozambique y están acabando con todo. Lo dicho:  “En todos lados cuecen habas y, en algunos, a calderadas”

Sea como sea, encontramos un pescador local que se ha montado una cocina detrás de unas chozas y… ¡Bingo! Langosta y pescado a la barbacoa. Un dia es un dia, Éste se acaba con sesiòn de piscina y remoloneo general.

Y para rematar la faena, al día siguiente una visita a la Reserva Natural de Reinala para ver baobabs, tortugas y lemures y un avión de vuelta a Tana.

A pesar de que, para mi gusto, hay un poco demasiado de sobrepeso de carne rusa y de francés más que madurito, incluso un poco podridito, con jovencita negra enamorada del amor, desde luego he disfrutado mucho de nuestro regalo en “El otro lado”. La vida es una caminata de cuatro pasos y, por suerte, un montòn de suerte, nos podemos permitir quitarnos las botas apretadas de vez en cuando, con prudencia y agradecimiento. Por si alguien lo creía, mi conciencia social y ecológica no significa que sea partidario del autoflagelamiento. Vivo sencillo porque así soy feliz, no porque mis convicciones me obliguen al cilicio vital para hacerme perdonar mi condición de privilegio en el Mundo. Y mucho más si estos momentos los puedo compartir con personas a las que quiero, como es el caso.

Estos días con mi hijo han resultado un viaje completo a pesar de que solo teniamos 10 días, 8 en realidad si quitamos la ida y vuelta en avión. Hemos visto ciudad, la capital, montaña y playa, hemos hecho trekking y snorkling, hemos viajado por tierra, mar y aire, hemos visto lemures, tortugas y camaleones, hemos probado gastronomía local e internacional, hemos vivido algo mas que un poco del África descarnada que horroriza al blanco y algo del África maquillada que le seduce…

Me he convertido, de tanto viajar, en una Agencia de Viajes con patas. Este “tour” que he inventado para los dos podría llamarse “Madagascar express”. Hemos tenido además tiempo para conversar y ponernos al día de nuestras vidas, circunstancias, proyectos y pensamientos,…

Desde luego ha sido muy corto, muy, muy cortito. Ramón ahora vuelve a casa y yo sigo hacia mi última etapa en el continente negro: Sudáfrica.

No voy a ponerme triste, no voy a pensar ni escribir nada mas… Hasta la próxima hijo. Se feliz. Es una orden. 

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Madagascar (4) Ambositra. Los Zafimaniry. Siglo XXI.

De vuelta a Tana, viaje nocturno agradable en una furgo cómoda, esta vez en el amplio asiento al lado del conductor y disfrutando buena música malgache. En África hay muchísima música de calidad, con unas voces insuperables, ritmos atávicos, coros e instrumentos con una musicalidad muy especial. Desde luego, la banda sonora de este viaje por África ha sido de Oscar

Consejo de viajero. Entretenimientos.

Quizás es más una opinión que un consejo. Es cierto que en viaje hay muchos ratos muertos y ponerte música, llevarte un libro o bajarte películas o series es una manera de llenarlos pero, pero, peeeeero… Se debe escoger bien porque he visto cosas que hay para hacerse cruces. A ver como lo explico: Es respetable que te guste el pan de pizza cortado en forma de rosa con sardinas, piña, queso gruyere y jalapeños todo acompañado de mahonesa… pero eso no es pizza. Pues lo mismo, un viaje por África escuchando con los cascos a Enrique Iglesias, leyendo a ratos una novela de Agatha Christie y, después de cenar, poniéndote al día de Juego de Tronos, no es un viaje por África. Vamos, digo yo. Te vas a perder demasiadas cosas. Creo que hemos olvidado que el “aburrimiento” es una puerta al descubrimiento.

Ya ansioso por pasar estos días con Ramón. Está vez le he preparado un viaje tranquilo que a mi también me conviene. En diciembre pasado, en Tasmania, lo machaqué y me maldijo los huesos. Pero haremos cosas. ¡Tú dirás! Un poquito de todo. Playita y montaña guapas, sí, pero la miseria africana no cabe bajo la alfombra.

Hoy es mi cumple, 2 de Noviembre. Dos regalos: mi compañero de fatigas viajeras y las botas nuevas que le he pedido que me traiga. Justo a tiempo. Éstas me han durado 10 meses, pobrecillas mías. Están como si les hubiera pasado una apisonadora por encima.

Ramón llega a las 3 de la tarde y sólo nos da para visitar Tana,  una cena de homenaje cumpleañero, a dormir prontito y nos vamos de buena mañana hacia Ambositra.

Son 7 horas de viaje cómodo y, una vez instalados en el alojamiento, vuelta de reconocimiento… Otro pueblo betsileo con mezcolanza étnica varia. Me sorprenden lo que aquí llaman “pousse pousse”, carros de 2 ruedas de tracción humana que en India son los “rickshaw”, el sistema de supervivencia de la casta de los parias. Aquí no hay industria de ningún tipo, la agricultura y la ganadería no da para todos, el comercio necesita una pequeña inversión y la gente ha de ganarse la vida como puede. No podría subirme nunca a uno de “esos”. Me parece indigno sentarme a que un ser humano haga de animal de carga y me transporte. Indigno e indignante. Es algo que sólo se le puede ocurrir a la especie humana.

Por lo demás, lo mismo y más. Casas que hablan de un pasado mejor,  preciosas iglesias para las que los tiempos son siempre buenos “y ahí me las den todas”, pobreza, suciedad y negros cada vez más oscuros. Pruebo para cenar un vino local. Es como sangría. Curioso.

A la que sale el sol, nos vamos camino a Antoetra por una carretera sinuosa con vistas a terrazas de cultivo de arroz. Hemos alquilado un coche destartalado y un guía rasta, Robin, para trekkear por el mundo Zafimaniry, unas aldeas de montaña de una etnia peculiar.

Estreno las botas, lo cual siempre es duro. No están domadas y se resisten como potros salvajes castigándome lo pies como un instrumento de tortura medieval.

Un sendero nos lleva de Antoetra a Ifasina subiendo a una colina por la ladera norte y bajándola por el oeste hasta la aldea pateando cientos de escaleras. Algunos miles de escaleras diría yo.

El lugar es difícil de describir. Aislado, casi autosuficiente por necesidad, sorpresivamente limpio, con unas construcciones siguiendo ancestrales uniformidades basadas en complicadas interpretaciones del calendario lunar, puertas y ventanas cuidadosamente esculpidas que me recuerdan a los dogón de Mali… Los zafimaniry tienen fama en toda la isla como carpinteros pero su cultura, con raíces insondables, huele a decadencia y los jóvenes tienden, ya únicamente, a fabricar chorradas de madera para turistas.

Es una lástima pero el turismo dirige la evolución. Dale a un indígena ansia por consumir, dile que si se viste como sus abuelos para que los blancos le hagan fotos ganará el mismo o más dinero que trabajando en algo para lo que vale y ya tienes un producto turístico al gusto occidental. ¿Todos contentos? Pues nada…

Nos invitan a entrar en una de las casas, supongo la del jefe de la comunidad. Dos pisos para toda la familia que parecen sacados de un documental del National Geographic. Difícil creer que viva alguien así en el siglo XXI. Imposible aceptar que en el Mundo existan diferencias tan absoluta y diametralmente opuestas y no se pueda hacer nada por impulsar una evolución natural. Complicado entender cómo y por qué estamos haciendo las cosas tan y tan mal como especie y cómo nos conformamos con unos resultados tan desastrosos sin reacción alguna.

Realmente es estrepitoso ver lo fatal que se está desarrollando el progreso. Cuando miras a nivel global parece que estás viendo un Big Bang evolutivo sin ningún orden ni concierto.

La vuelta, subiendo esas verticales escaleras que antes bajábamos, resulta agotadora y el sol pega fuerte. Son 6 horas de caminata con un duro desnivel y nos quedan, desde Antoetra, 2 horitas mas de coche por pista trotona hasta el hotel de Ambrosita. Esta noche ni cenamos. Directos al sobre. Tenemos todo mañana para descansar, organización viajera y, por la tarde noche, nos vamos hacia la costa. 

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Madagascar (3) P. N. Andringitra. Pic Boby. El Mar de Granito.

Tres horas después de una subida constante por unas infinitas escaleras de piedras, perdemos de vista el Valle Tsaranoro y quedamos rodeados de montañas en un paisaje seco de lagartos, matojos y grillos hasta llegar a un río donde me refresco. Tengo la garganta como de esparto y no hay saliva que tragar. El calor es severo y empezamos a subir unas rocas entre palmeras hasta lo que llaman “Paisaje Lunar”. No se han currado el nombre pero describe perfectamente lo que veo porque la sensación es de estar en un planeta sin vida. Piedra, líquenes y nada. Ya ni lagartos ni tan siquiera moscas. Nada.

Ya llevamos más de 7 horas de marcha. En el estómago no tengo más que un mordisco de bocadillo de pan endurecido por el sol con tomate agrio y tortilla. Lo he probado y no me parece prudente comerlo. Las energías se acaban y, lo que es peor, el agua también. Todavía pasamos a una llanura absolutamente rodeada por un desfiladero que forma un impresionante anfiteatro de granito y son 2 horas y media más, ahora ya sin desnivel, hasta el campo base del Imarivolanitra o Pic Boby. Diez horas de marcha.

El campamento es un lugar de lo más básico, con dos cobertizos para cocinar al lado de un riachuelo. Aquí hay que recoger el agua para hervir y poder tener algo para beber mañana. Como dos rodajas de piña para darme azúcar.

Tengo hambre. Buena señal. Hoy me toca cenar una sopa de arroz y pasta. De postre me atrevo con una galleta de chocolate y café. Energía e hidratación poco digestivas. Es lo que hay y deberá ser suficiente para mañana atacar la cima del Boby. A las 19 horas estoy durmiendo. Estamos a 2.000 metros y las temperaturas bajan pero ninguna barbaridad. Calculo que estaremos a 10º.

Apunte. La gallina ya no está con nosotros. Dice el porteador que, cuando el guía y yo nos hemos ido, mientras él levantaba el campo un perro grande la ha atacado y se la ha llevado. Sin comentarios.

Y otro apunte. Impacta lo que los betsileos de esta zona se parecen a los lemures. Y no es broma. Se habrán mimetizado.

Diana a las 3.30 a. m. El Boby todavía no se ve desde aquí. Para hacer cima tienes que subir primero el desfiladero que tenemos delante y, cuando lo traspasas, es cuando te plantas delante del pico. Una hora y media para ponértelo a la vista y otro tanto para hacer cima. Es pequeñín. Estoy mareado. Me pasan factura las ya 72 horas de ayuno casi total con, como quien dice, un bol de arroz hervido diario. Desde la cima el macizo parece un mar de granito. Precioso.

Y a bajar, mucho más fácil y rápido pero también más peligroso. Me vuelvo a marear. He de ir con mucho cuidado. A las 9.30 a. m. vuelvo al campo y como más piña y un plato de spaguetti con verduras. Me faltan 6 o 7 horas más para llegar al próximo campamento volviendo sobre lo ayer andado y he de reponer fuerzas sí o sí. Es mi primera comida con algo de consistencia en 3 días.

El día está nublado y el calor me da una tregua pero es una jornada dura de otras 10 horas. Hemos salido del Parque para metemos por unos recovecos que llevan a un paisaje todavía más especial, con prados siempre rodeados de montañas graníticas y todo sembrado de enormes rocas ovaladas que se han ido desprendiendo. El “campamento” es una de esas piedras que deja un habitáculo en su interior apuntalado con una pared hecha con otras piedras.

He tenido la suerte de encontrar en el camino una americana que llevaba una cantimplora con filtros potabilizadores y me ha dado litro y medio de agua. No me fio ni un pelo del agua que me han hervido esta mañana. Esta vez no he tenido suerte con el equipo. El guía es un jeta vago y resabiado y el porteador… por lo menos ya sé que no se le puede poner al cuidado de las gallinas. 

Las 6 de la tarde, ya noche cerrada. ¿Que me prepararán hoy para cenar? Arroz, peeeero, esta vez… con patatas fritas. Si, tal como suena, arroz hervido y patatas fritas de acompañamiento. Mañana me voy a meter un filete de cebú a lo bruto entre pecho y espalda. Y ya en la tienda, digiriendo la fiesta gastronómica, truenos, relámpagos y empieza a llover. Me encanta. Para mí es como una nana…

Para desayunar subimos otra de las cientos de montañas de granito que nos rodean y pasamos otra vez al Valle Tsaranoro con sus misérrimas aldeas. Me admira ver como, con este sol, las mujeres de los poblados continúan su constante ajetreo. No se puede decir lo mismo de los hombres. Otra de las cosas que se ven viajando es que, en todo el Mundo, las mujeres son las que llevan el peso de la comunidad. Es raro ver una mujer parada sin hacer nada. Está injusticia qué parece cósmica, y no lo es, algún día tendrá que acabar y espero que no sea traumáticamente para mi género. Si organizan una nueva Lisístrata más de uno las pasará magras. A mi desde luego me pillarán entrenado. 

Llego ya por fin al poblado desde donde saldrá el taxi brousse que me llevará de vuelta a Ambalavao. Pobreza. ¡Y cuanto niño por todos lados! Pensaba que Madagascar sería más asumible que lo visto hasta ahora en África y ya me he dado de bruces con la misma realidad de siempre.

Me hacino con otra treintena de personas en la furgoneta destartalada, me preparo para otras 2 horas de traslado animal y voy pensando en “la llamada de África”, algo que se oye decir en Occidente y significa como sentir una seductora invitación a volver a este continente maldito. Bueno…. Quizás lo que se escucha en un viaje de vacaciones a África no es más que el eco de esa llamada que suena por sus magníficas estepas, playas y montañas y que se posa en el exotismo de estas tierras y su gente. No sé, pero cuando te metes aquí dentro, en las vísceras, por lo menos para mí, la llamada de Àfrica es un grito desgarrador que duele más que atrae. Seductor no creo que sea la palabra que mejor describe el continente africano.

Al taxi brousse se le ha roto el radiador. Hemos tenido que esperar en medio de la carretera con un sol abrasador a que lo repararan pero ya estoy en Ambalavao. Por cierto que, mientras estábamos sentados friéndonos al sol en la cuneta, ha pasado un 4×4 y, desde la ventanilla, una señora, blanca, nos ha saludado con la mano con una gran sonrisa en la cara. Con la ventanilla cerrada para no perder el aire acondicionado, claro. Le debía hacer ilusión ver a los negritos en su día a día. Los niños le han devuelto el saludo. Los adultos no. 

Me he quitado la sed y toda el polvo y suciedad acumulados lo suficiente como para sentirme otra vez persona. Y voy a cenar aquel filete de cebú que me prometí en las montañas y dormir en una cama mullida y limpia hasta que el cuerpo se dé por satisfecho. Él, mi cuerpo, y yo, necesitamos un descanso largo y denso. Necesito plegar alas, apagar la luz y guarecerme en puerto seguro.

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Madagascar (2) El Valle Tsaranoro. Pico Camaleón. Lemures.

Componemos la expedición al Pico Boby Angelo, el guía, Námana, el porteador, un servidor y una gallina vivita y coleando. Supongo que la gallina no es ninguna mascota así que me temo que no acabará el trekk.

Nos subimos a un taxi brousse que el conductor consigue poner en marcha haciendo un puente y cogiendo impulso cuesta abajo, liándose luego a golpes con las marchas durante un par de horas hasta una aldea betselao donde empieza la caminata. Hoy es día de mercado y hay mucho movimiento. El sol es de justicia y me bebo una CocaCola. Caliente no es precisamente néctar de dioses pero tiene el mismo azúcar que la fría y me huelo que, de eso, azúcar, con estas calores voy a necesitar un montón.

Desde aquí hasta Camp Katta, donde hoy dormiremos, son 10 km sin más dificultad que los 35º que nos caen a plomo sobre la cabeza. El campamento en cuestión, pagando el gusto, es un hotelito guay con sus camas bajo tejado, su restaurante e incluso su piscina, todo ello bajo el desfiladero de Tsaranoro y la atenta mirada del camaleón de piedra que da nombre al pico que subiré mañana. Nosotros, desde luego, camping puro y simple.

Me estiro en mi tienda para recuperar fuerzas, hidratación y, sobre todo, temperatura porque la soleada ha sido de órdago. Si mi exterior está ardiendo mi interior debe estar por encima del punto de ebullición. Me hierve la sangre en el sentido más textual. Me quedo dormido hasta que me despiertan unos gritos de monos o pájaros. Abro la  tienda y veo mis primeros lemures, maki katta en malgache. Es toda una familia con bebé incluido. Una chulada.

Los lemures que ha popularizado el simpático Timón de la peli El Rey León y secuelas, son primates que reciben su nombre de espectros de la muerte de la mitología romana y, realmente, sobre todo si les miras a los ojos reflectantes y escuchas al anochecer sus gritos en el bosque, tienen mas pinta de demonios que de personajes de dibujos animados. Dicen que antes existían lemures grandes como gorilas. Eso sí debía dar miedo de verdad. Estos no, estos más bien son como entre una ardilla y un macaco, pero tampoco le pondría yo a ninguno la mano en la boca. 

Las calores me han revolucionado el cuerpo que yo creo que, si pudiera, se iría de mi. Reconozco que la caña que le doy es para cogerme manía. Se ha plantado otra vez y no me entra nada en el estómago. O está enfermo o de huelga. No he comido y de cenar tomo un poco de arroz hervido. No quiero más cortes de digestión. A las 20 horas, me tiro en la tienda a dormir. Mañana subimos al Pico Camaleón y, aunque es pequeñín, queremos salír a las 6 de la mañana para evitar el calor diabólico que hoy nos ha pillado de pleno.

Cinco de la mañana en pie y con desayuno ligero preparado. He dormido de tirón como un niño. Tomo un trago de café y un mordisco de pan y ya noto que mejor sigo el ayuno. Empezamos la caminata puntuales.

El Camaleón sólo tiene 1.535 metros de altitud y para subir a su cabeza no tenemos más que 600 metros de desnivel pero es una bonita subida y las vistas al valle Tsaranoro desde la cima son espectaculares. Son 3 horas, poco a poco. Hoy ya me va bien una etapa tranquila. Llevo más de 24 horas a dieta de agua y coca cola así que no estoy para desafíos.

Pasadas las 9. 30 empezamos a bajar por la otra ladera hacia el campamento y, justo a las 12 horas, cuando aquí el infierno ya abre totalmente las compuertas, pasamos un bosquecillo y llegamos a Camp Katta. El agua que llevó está ya caliente como el té y hago una fantástica inversión en una coca cola fría que noto me regenera las células. Corre un airecillo fresco, consigo hacer entrar en mi estómago un poco de fruta y me voy a dormitar un rato a mi tiendecilla. La posición horizontal es la que más me apetece y la que más me conviene.

Hoy me ha costado subir y no era más que un entreno para los próximos días que empiezan las marchas más exigentes. Mañana hemos de pasar la cordillera que separa el Valle del Parque Nacional Andringitra para llegar al Campo base del pico Boby. Éste es ya un muchachote de granito de 2.650 metros que pedirá esfuerzo y buena forma.

Me ha sorprendido el perfecto mantenimiento de los senderos, la limpieza de las instalaciones del campamento y del poblado vecino y la educación y conciencia ecológica que hay en este área. Incluso hay un semillero comunal y los propios vecinos se encargan de una continua repoblación forestal. No había visto nada igual en toda África. En esto, Madagascar está a años luz de los demás países africanos… e incluso de muchas zonas europeas que se consideran civilizadas. La Naturaleza les dà de comer y ellos la cuidan. Tan simple como eso. Una sorpresa muy agradable.

Nos vamos hacia el Boby. Cuatro y media de la mañana en pie y desayuno a las 5 horas. Parece que ya podría comer algo más consistente pero no quiero arriesgarme. Un café y un trozo de pan tostado a pelo. Prefiero la debilidad de mala alimentación, que puedo complementar con ganas y tozudez, que lidiar con descomposiciones de estómago. Serán unas 10 horas de travesía. Para un arreón no necesito más energía que la que tengo. Eso sí, ahora que había ganado algo de peso, cada día voy despidiéndome de un kilito de cuerpo otra vez.

Y hablando de comida, la gallina sigue viva. Lleva 2 días atada de una pata en el cobertizo comedor donde hacemos vida y ya forma parte, si no del equipo, sí del decorado. Yo procuro ni mirarla pero se me van los ojos hacia ella. Miedo me da que llegue el día en que el porteador, que también es el cocinero, decida ponerla en el menú. Esto de convivir con el animal que te vas a comer es una putada.

Llegamos a la aldea de entrada al Andringitra a las 6.30 Ahora, a meterse en faena.

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Madagascar (1) De Antananarivo a Ambalavao. Mestizos. Vivir para siempre.

Tocan 24 horas de viaje de avión, de las cuales 16 son escalas en 3 aeropuertos diferentes. Observo la gente que va y viene, escribo y, con el dinero mozambiqueño que me ha sobrado, ceno una hamburguesa y 2 vasos de vino en el aeropuerto de Maputo. Ya lo he dicho antes y lo repito: me encantan los aeropuertos.

Eso sí, estoy descuajeringado. Me cuesta cargar mi mochila. Las carreteras y la montaña africana me están superando. Se me acaban las pilas, me duelen las piernas, las ingles, las lumbares… Y estoy harto de bichos y picadas. Pero sigo adelante. Siempre adelante.

Ya en la capital de Madagascar, Antananarivo. Bonito nombre y, por fin, después de patear África oriental de arriba a abajo, casi puedo decir… bonita ciudad. Me ha costado recorrer 5 países africanos, 3 meses y medio de viaje y más de 3.000 Km, para encontrar un núcleo urbano con encanto.

No es que no haya miseria y suciedad, al fin y al cabo sigo en África y, de eso, hay a montones en todo el continente. Y aquí es de la más dura, con niños harapientos viviendo en la calle y rebuscando entre los ríos y montañas de porquería. E inseguridad también. En mercados y estaciones hay más carteristas que moscas. Y polvo, y caos y polución a tope.

Quizás, también puede ser cierto, le encuentro la gracia a esta ciudad porque tengo ya las emociones tan requemadas que estoy acostumbrándome a lo que no debiera, a las imágenes de pobreza extrema, a lo caótico, a las desigualdades, a la falta de comodidades, a la basura…  No las asumo ni integro, no me son propias, pero es cierto que forman parte de mi cotidiana realidad.

No sé, pero “Tana” es una metrópoli por la que me resulta agradable pasear. Hay plazas bonitas, algún monumento con cara y ojos, el Palacio Real y todo el encanto del barrio alto, el jardín Ambohijatovo, mercados auténticos y, sobre todo, un atractivo y babélico crisol de razas, desde caribeños con facciones malayas a negros achinados. 

La capital de Madagascar es una ciudad mil leches. El sabor francés de la colonización está presente en todos los rincones, desde en el idioma hasta en los croissants y las baguettes que venden en cada esquina, pero también la influencia asiática de sus primeros pobladores dejó a sus habitantes ojos rasgados, sopas y arroces orientales. Árabes, polinesios, chinos, africanos y portugueses, así como piratas de todos los mares han dado a Tana un aire cosmopolita que no tiene ninguna otra capital africana.

Estoy alojado en una tranquila guesthouse delante mismo de los jardines Ambohijatovo con sus preciosos jacarandás de flores violetas, el árbol protagonista del color de la ciudad y, con el nuevo día, me pego una paliza de 7 horas ladera arriba y ladera abajo. Aquí todo sube y baja.

Mi compañero de viajes, Ramón, viene a pasar 10 días conmigo así que he de organizar con cierto adelanto su visita. He de dejar de lado mi improvisación mediterránea porque tan poco tiempo juntos exige un poco de orden y concierto. Billetes de transporte, alojamientos, actividades… En una jornada, mientras exploro la ciudad, lo tengo todo a tiro.

Y a la mañana siguiente me acabo de hacer una idea de esta pequeña capital con otro trekking urbano de más de 5 horas que me confirma su atractivo. O por lo menos yo se lo encuentro, que para gustos, ya se sabe…

Casi todo lo hago a pie, claro, pero me hacen gracia los taxis. Son baratos y he utilizado un par, al llegar y al irme, para no cargar con la mochila. Son Citroën 4 CV destartalados con más de 50 años en sus culatas. También Renault y Peugeot sacaron tajada del mercado de la colonia allende los mares, obviamente. África es un magnífico mercado de 3ª o 4ª mano. Parece mentira que esos honorables ancianos se mantengan todavía en activo aunque lo más normal es que, a medio trayecto, se les rompa la caja cambios o, simplemente, que llegue la noche y no les funcionen las luces.

En Madagascar todo está tirado de precio si vives sencillo. He comido por menos de 1 euro una sopa vietnamita de fideos y pollo con una coca cola, y un bus para hacer 300 km cuesta 6 euros. Y eso que aquí hay una tremenda carencia de combustible que se traduce en colas en la gasolinera cada vez que llega un camión y que la coca cola, igualita que la nuestra, está por las nubes… 20 céntimos la botella. Es curioso que el mismo producto tenga precios tan diferentes según donde lo compres. Cosas del capitalismo, supongo.

Y me voy hacia el Parque Nacional Andringitra. El viaje de Antananarivo a Finaransoa, lo más cerca del Parque para lo que he podido encontrar transporte, es tranquilo. Tengo un asiento para mi sòlo, en la fila trasera de 4 plazas del microbus, lo cual supone casi un metro cuadrado de espacio vital y eso aquí es un lujo. Duermo plácidamente buena parte de la noche a pesar de que la carretera es diabólica y los botes me castigan los riñones como un martillo pilòn. Es ya la costumbre. Llegado a destino, tengo que buscar transporte para Ambalavao, puerta de entrada al Andringitra. Mi intención allí es subir a la cima del Pic Boby, la segunda montaña más alta de Madagascar y lo más alto que se puede llegar caminando en esta isla.

A las 6 a. m. llego a Finaransoa, tomo un café, me subo a un taxi-brousse, así les llaman aquí a las chapas mozambiqueñas, y me planto en Ambalavao a las 9 de la mañana.

Allí empiezo otra vez una gymkana para encontrar, primero alojamiento, después guía e infraestructura para hacer el Pico Boby y, por último, dar una vuelta de reconocimiento por el pueblo y reponer piezas de equipo, Pim, pam, pum. Hecho, hecho y hecho todo. Mañana salgo de trekking.

Ambalavao es un pueblo interesante. Con una iglesia como de barrio rico, casas con una construcción muy especial, un mercado chulo y, sobre todo, los betsileos, la etnia mayoritaria en esta zona. Lo colorido de sus vestimentas hace pensar más que estás en una playa caribeña o polinesia que rodeado de montañas. 

A las 17 horas hago breafing con mi guía y comentamos pormenores del trekk en el que, desde aquí, Ambalavao, recorreremos el Valle de Tsaranoro, subiremos al Pico Camaleón y, después, pasaremos al P. N. Andringitra donde haremos, si todo va bien, cima del Pic Boby. Cinco días en las montañas. Me muero de ganas.

Ahora que pienso he empezado diciendo que estoy descuajeringado y acabo diciendo que me voy a dar brincos por la montaña. Pues sí, es cierto lo uno y lo otro y reconozco que muy normal no es, pero es que tengo una necesidad de vivir rápido que no me deja parar. No sé donde tengo el botón pausa y no tengo tiempo que perder lamiéndome las heridas. El Mundo es enorme, hay 1.000 cosas que hacer y la vida es un suspiro. Hoy estás y mañana no estás. Es así de sencillo.

Creo que fue Groucho Marx que dijo aquello de “Voy a vivir para siempre o moriré en el intento”. Me gusta.

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Cajón de Sastre. Seguimos.

Accede a la galería al completo, haciendo click en las imágenes.




MASCARAS DEL MUNDO (22). Sirigue

SIRIGUE

AUTOR: Anónimo

MATERIAL: Madera

Madiados siglo XX, Pais Dogón, Mali (África)

 

Esta máscara de 2 piezas mide más de 3 metros. En las ceremonias dogón sus portadores la aguantan con una simple red de cuerda atada a la cabeza y un tozo de madera entre los dientes para dirigirla.

La etnia Dogón sigue siendo un quebradero de cabeza para los estudiosos del Arte africano. La mitología, cosmología, etnología y arte de los dogones son extremadamente complicadas de entender. Máscaras, esculturas y puertas de este país son piezas muy codiciadas por los coleccionistas, difíciles de adquirir y más de transportar. Y para el viajero, adentrase en la falla de Bandiagara, un accidente geológico que comunica la sabana del sur de Mali con la del norte de Burkina Faso donde habitan los dogones es una aventura sin parangón. Un viaje en el tiempo. Pocas experiencias he vivido que puedan compararse con mis tres viajes a Mali.

Son poblados construidos con barro, y los graneros tienen un tejado cónico de paja, cada tribu tiene su toguna donde los viejos se reúnen para dirimir conflictos y tomar decisiones para la colectividad, su vida depende enteramente de las cosechas de mijo y cebolla. En las paredes escarpadas de la falla se alojan a los difuntos, el calor es insufrible, las moscas terriblemente incomodas y las comodidades más básicas brillan por su ausencia.

 




MASCARAS DEL MUNDO (19). Búfalo.

BÚFALO

AUTOR: Anónimo.

MATERIAL: Madera pintada.

2.000, Ougadogou, Burkina Faso, etnia Bwa (África)

 

El búfalo es signo de protección. Esta máscara es utilizada por los Bwa en ritos agrarios y funerarios. El bailarín ejecuta una danza rápida apoyado en dos bastones que le dan una apariencia cuadrúpeda dando golpes al aire con la cabeza y levantando nubes de polvo como un búfalo en cólera.

Los Bwa están divididos en castas: agricultores, herreros y griots. Los griots trabajan el algodón, realizando el tejido y el tintado, y cultivan algunos campos propios como los herreros. Estos últimos son también los enterradores y se encargan de excavar los pozos. También son los hombres de contacto con la tierra y poseen un papel relevante como mediadores en caso de conflicto. Son intermediarios con el mundo sobrenatural. El griot es el protagonista en las ceremonias de estos pueblos.

Los Bwa creen que el mundo fue creado por un dios llamado Difini o Dobweni que envió a su hijo Haga como su mensajero para actuar como un intermediario entre las personas y los espíritus. Haga está asociado a las ceremonias que representan la renovación de la vida, porque está directamente relacionado con el bosque que proporciona al pueblo Bwa las medicinas que necesitan para sobrevivir. También representa la vida de las plantas y su poder es invocado para obtener buenas cosechas.

Quizás la mejor y más completa colección de mascaras del Mundo esta en el Museo internacional del Carnaval y Mascaras de Binche, en Bélgica. Un gozo.

 

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MASCARAS DEL MUNDO (16). Dyommo.

DYOMMO

AUTOR: Anónimo

MATERIAL: Madera pintada

Segunda mitad siglo XX, País Dogón, Mali (África)

 

Esta máscara que representa una liebre es utilizada en ceremonias fúnebres y agrícolas. A su vez, la liebre es la astucia por antonomasia.

Cuenta la leyenda que el perro de un cazador vio una liebre y la persiguió hasta atraparla. El cazador se la arrancó de las fauces antes de que se la comiera y se la llevó a su casa, la ató a una cuerda y talló una máscara de madera tratando de reproducirla. Luego la mató y se la comió. El alma del difunto, si durante su vida había sido cazador, tendrá que tener mucho cuidado con los nyamas de los animales que haya matado. Para que su camino al más allá le sea propicio la sociedad hace participar en las danzas funerarias a las máscaras con formas animales para que despejen ese camino facilitando su paso a la otra vida.

Las geométricas máscaras Dogón son todo un universo y una de las muestras de arte africano más ricas e interesantes del Mundo tanto en su vertiente etológica como en la cultural. Puedo decir orgulloso que las piezas dogón de la colección Alas y Viento son tan o más importantes que las del Museo Nacional de Bamako. Como en todos los museos africanos, la corrupción y rapiña ha empobrecido el de Bamako hasta límites inaceptables. Constantemente desaparecen máscaras que, años mas tarde, y sin intervención divina ni mágica alguna, aparecen en colecciones particulares europeas y americanas.

 

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Mozambique (y 5) Ibo. Archipiélago Quirimbas. Paraisos de mentira.

Día de elecciones. Todo cerrado. Los pocos blancos que hay en el lodge matamos el día en el bar. Hoy sí que mejor quedarse quieto.

Como recuerdo de la agradable noche en la estación de autobuses de Nampula tengo el cuerpo trinchado de picadas. Sembrado. El escozor es desesperante y ya no me queda calmante. Tengo el estómago revuelto. Como buena noticia mi herida del mordisco se va secando y parece que cura bien. 

Cada día de viaje en África es una prueba con nuevas dificultades, obstáculos y quebrantos. Superas uno y viene otro, o dos más. Es agotador.

Otro madrugón, otra chapa, otra salvaje paliza en los riñones, otro viaje delirante de 5 horas, dando brincos por unas pistas imposibles hasta Quissanga. Allí hay que esperar 4 horas, a la sombra un baobab, a que suba la marea y poder llegar a Ibo. ¡Cuatro horas! …

El “navío” que me lleva a la isla es poco más que una patera, una chapa que navega con unos 20 pasajeros mozambiqueños y un… blanco. La tripulación es un capitán, con pinta de malas pulgas, ayudado por un chavalín como de 14 años. Una horita y media más de travesía que paso haciendo cadena con el grumete para, con un recipiente de plástico, achicar el agua que va entrando por una buena vía bajo el cascarón. No sé si es una imagen de drama o de chiste. Tragicomedia africana. 

De verdad que esta gente me sorprende. Por lo menos, una sorpresa cada día me la dan. Yo ya empiezo a sospechar que se han compinchado todos y exageran para que alucine con los desastres de su día a día. Todo es de una desorganización, falta de medios y de ganas apabullantes. Un buscarse la vida a pedazos y trompicones.

Al final, para hacer 150 kilómetros me he levantado a las 3 de la madrugada y he llegado a Ibo a las 3 de la tarde. Doce horas. Todo yo polvo y sal.

Me pregunto que hicieron durante 100 años los europeos en este país y en todo el continente para que esté tan… tan fuera de siglo. Y también como se lo han hecho los africanos para desperdiciar lo que hicieran los colonialistas aquí, por poco e interesado que fuera. Por cierto, no sé quién ha ganado las elecciones. Me da la impresión que no importa mucho porque nada va a cambiar.

Las Quirimbas se vende como un archipiélago de “islas paradisíacas”. Aguas turquesas y esmeraldas, playas de arena fina, las correspondientes palmeras…En realidad sólo en un par o tres de las 34 islas hay playas así y, además, durante la marea baja se convierten en arenales infinitos hasta que la marea alta las hace desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Poco te dura el paraíso.

La Isla de Ibo es un pueblo ruinoso en la punta norte y todo lo demás manglares y bosque. La playa es prácticamente inexistente a menos que llames así a cenagales y arenales que se inundan con la marea cercando el pueblo hasta las puertas de las casas.

Hace 6 meses, un tifón azotó Mozambique con saña y aquí le dió fuerte. El pueblo parece salir de una guerra. Totalmente destartalado. Podría ser una imagen de Alepo. Varias carpas de campaña de la Unicef con servicios básicos como dispensario y escuela refuerzan la impresión de conflicto o emergencia. Dicen que el fondo marino también salió muy mal parado. Eso no lo veré. Mi herida no quiere mucha agua mientras se va secando así que, para ver fondos, tendré que esperar a Madagascar.

Conozco a Benjamín, un guía local con el que quedo mañana para ir a Quirimba una isla vecina, ida a pie, con la marea baja, y vuelta en barco. También he encontrado un guesthouse que me han hecho buen precio y un par de casas de comida local donde encargo para las próximas cenas. Aquí, si no avisas que vendrás, o no tienen nada, ni dinero para comprarlo, o has de esperar a que vayan a buscar algo y, después, que lo cocinen. Es economía de mínimos, economía de subsistencia. 

La caminata hasta Quirimba son 3 horas y pico por caminos entre los manglares, a veces pisando charcos, las más con un palmo de agua y otras con el agua hasta las rodillas. En la orilla, nos acompañan unos curiosos cangrejos mancos, con una sola pinza, que parecen una broma de la Naturaleza. Me sugieren una reencarnación de castigo del Capitán América. Pasas algún río, aquí ya mojándote hasta la cintura, pisas barro y, en trechos, roca o arena hasta llegar al poblado con una piscina natural de agua clara y, todo lo demás, arena hasta que, otra vez, suba la marea. Creo que no había caminado nunca por un terreno así y tiene su guasa. Es dificultoso y cansado.

El lugar, Quirimbas, es típico de tirarse a la gandula, el paradigma de vacaciones en una playa africana de verdad. Sin puestecitos de mercado ni bares, solo una aldea de chozas, sucia y pobre, ajena al turismo que, prácticamente, por lo menos ahora, no existe. Una comida de arroz, pescado y yuca en el único campamento de la isla, bàsico a más no poder, y me lanzó a una hamaca bajo los árboles.

Y para volver otro cascarón con el que navegamos por donde esta mañana caminábamos y llegamos a Ibo ya atardeciendo.

Este es realmente un sitio para descansar y eso hago durante los próximos 2 días. Podría apuntarme a perderme por estas islas con un barco pero no me apetece. Algunos turistas lo hacen y seguro vislumbran lo que es “salir de la zona de confort” con una o dos noches “aventureras”. Està bien.

Yo, sòlo paseos tranquilos aunque en el pueblo poco hay que ver. Quizás los “fortinhos” de San José y San Antonio, fuertes en miniatura o, más bien, torres de vigía, una iglesia que fué y ya no es, la Fortaleza de San Juan Bautista y, desde luego, la mísera pobreza y decrepitud de desastre de este paraíso de mentira. Y por las noches, una inmersión en la gastronomía local cenando lo que me dan en las casas de comidas: pescado, camarones, arroz de coco, matapa, cerveza de mandioca…

Y vuelta a Pemba, por última vez. Mañana toca avión, toca viaje, toca cambiar de país.

Mozambique ya se acaba, y alguna vez estos días he pensado que él acabaría conmigo. No sé cuál diría que es el país más difícil de África. Todos tienen poderosos argumentos para presentar candidatura a ese premio pero, desde luego, en todo caso, Mozambique estaría en el pódium de los 3 campeones.

Sí, Mozambique ya se acaba y hay que coger fuerzas. Mi herida, toco madera, parece que está casi curada y sigo adelante. Me voy a Madagascar y, en Madagascar, si la salud me acompaña, tengo pensadas un par de cosillas que… ¡A ver si salen!

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Mozambique (4) Gurué. Problemas. Hijos de perra.

Me instalo en la misión católica del Sagrado Corazón de Jesús de Gurué. La atienden 2 simpáticas y dicharacheras señoras del pueblo que me hacen un interrogatorio completo, supongo que para saber si soy digno de alojarme en un lugar con aura tan… religiosa. Son unas instalaciones solitarias que un día fueron seminario y que hoy no sirve más que de hospedaje. No creo ni que se hagan misas en la capilla. Parece ser que apruebo el examen y me dan una típica celda de novicio. Más que suficiente para mi.

Se está haciendo tarde y ya aprieta el calor así que, solo dejar la mochila, salgo a buscar la Casa dos Noivos que resulta ser una subida de 2 horas, entre enormes plantaciones de té, hasta el bosque que hay en la misma base de las onduladas montañas que dominan Gurué.

La gente aquí es de estatura baja, fuertes y compactos, facciones chatas muy oscuras, la mayoría pobres de solemnidad, respetuosos y de buena pasta. Unos recolectores de té me explican que la Casa dos Noivos era un lugar donde se organizaban bodas. Debió ser una preciosidad, con grandes escaleras, estancias y fuentes pero, supongo, se abandonó también cuando las familias portuguesas ricas dejaron Mozambique. Hoy no quedan más que unas ruinas que va devorando la maleza.

La excursión es preciosa y me hubiera gustado seguir para ver si se podía subir alguna de las montañas que tengo delante pero, por hoy, no doy para más. Con bajar, que seguro va a ser una horita y media más, voy que chuto.

Entre unas cosas y otras no he parado de caminar desde las 8 de la mañana y son las 4 de la tarde. Una ducha reparadora, cena temprana y me meto en mi celdilla, de retiro espiritual. No hay nadie más que yo en todo el recinto y el lugar es paz absoluta. Mañana me voy otra vez de caminata a buscar unas cascadas de agua que, parece ser, están a unos 6 kilómetros de la ciudad entre estas montañas graníticas.

Niños, montones de niños harapientos. Es día de colada en el río. Las mujeres cargan como burras patatas, ropa y leña. Todas alucinan con mis pulseras, se paran para preguntarme de donde son e incluso me las quieren comprar. No tienen ni para comer como Dios manda y se gastarían dinero en abalorios. Hay cosas que no cambian en ningún lugar del Mundo.

También en este lado la montaña está sembrada de té y recolectores van y vienen con sus cestas llenas de hojas. “Bom día”, “Boa tarde”, “¿Como está?“, “Obligado”….

Las cascadas son magníficas y me llego hasta el nacimiento de la caída con unas vistas cinemascópicas. Podría continuar el sendero incluso hasta el monte Namuli, pero, según el GPS, son unas 6 u 8 horas más y, ni tengo la forma adecuada, ni voy preparado. Se trataría de entre 35 y 40 km y eso no veo posible hacerlo en un día.

Y, sin comerlo ni beberlo, en un abrir y cerrar de ojos aparecen problemas… Llegando al pueblo, de una casa salen hacia mi, disparados, 5 perros ladrando y gruñendo y uno de ellos me muerde en un gemelo. Eso siempre es un percance pero en África puede ser un susto gordo. Parece que el hijo de perra ha pillado la parte más dura y, entre el pantalón y el musculo, no ha conseguido hincarme bien el diente, pero es un mordisco. 

Sangro poco y aunque no me duele en exceso tira para el Hospital porque el peligro de infecciones es obvio. Y el Hospital… para verlo. África total. Limpian la herida, vacuna antitetánica y andando. El propietario de los perros, un africano rico con un taller de reparación de coches y chapas, me enseña el certificado de vacunación de la jauría de cabrones. No parece que pueda haber peligro de rabia pero, a saber. Desde luego no las tengo todas conmigo.

Espero que la herida no se infecte, lo cual es complicado porque no estoy, precisamente, en una burbuja aséptica. Ya ves, momento y lugar equivocado. Por ahora no da para cojera pero si para preocupación. Y el golpe está. Gajes del oficio.

Se ha hecho noche cerrada. Es sábado, hay mucha gente en el centro, manifestaciones y desfiles de los partidos. Corre el alcohol y sube la temperatura. Llegando a la pensión, inquieta el descampado. El mordisco me duele cada vez más. Miro al cielo y me doy cuenta de que, tras unos feos nubarrones, hay una preciosa luna llena.

La noche ha sido plácida y parece que todo evoluciona sin problemas. La herida no duele demasiado, no hay inflamación y no tiene mala pinta. Toca volver hacia Pemba, es decir, toca sesión de chapa. Partiré el viaje en 2 jornadas, pero he de llegar hoy, como sea, por lo menos a Nampula y, si fuera posible, seguir dirección Pemba.

Nampula, 6 pm. Otra vez llego de noche y está ciudad tiene muy mala fama. Habrá que ir con ojo. Después de preguntar, para contrastar, a 3 ò 4 personas sobre cómo he de hacer para seguir viaje, me subo a un moto-taxi y me lleva a la estación donde, a las 4 de la mañana, saldrá el bus a Pemba. A las 3 he de estar aquí, todavía he de cenar y casi son las 20 horas así que deberé hacer noche en la sala de espera.

Además, no me apetece nada ir a estas horas a buscar una pensión por la ciudad. Ni a pie ni tampoco en moto porque el tráfico, incluso a estas horas, es bastante delirante y sólo me faltaba ahora un accidente.

Aquí hay una verdadera sicosis de inseguridad. Cuando esperaba mi equipaje, ya el motorista me ha hecho cambiar de lugar porque me decía que el tío que estaba al lado buscaba robarme. En el restaurante, he salido a fumar un cigarrillo y me han hecho entrar a fumar en el comedor porque dicen que fuera no era seguro. En la estación hay personal de seguridad y mucha gente esperando. Hay mucho mosquito y, para abreviar elegantemente, otros bichos. Ya dormiré en el bus. O no.

Cuántas historias hay en una sala de espera de estación o aeropuerto. Tengo al lado una pareja jovencísima que parece de traslado a una nueva vida. Tienen cara de pena. Naturalmente hay niños a patadas en toda la sala. Caras cansadas o algo así. Yo también estoy cansado. La gente extiende paréos y sábanas en el suelo y duerme tranquilamente y es que no creo que en su casa tengan más comodidades. El África cotidiana es durísima, es un no parar de miserias y tristezas devoradoras de ilusión.

Pasa la noche, la noche siempre pasa por más mala que sea, y me plantó en Pemba a las 9.30  En la estación no he pegado ojo pero he dormido en el bus todo el viaje.

Voy muy atrasado de trabajo viajeril así que me quedo aquí quietecito un par de días. Solo un par de días, después, otra vez madrugón y me voy a la isla de Ibo, en el archipiélago Quirimbas. Es el final del viaje por Mozambique. No hay tiempo que perder.

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Mozambique (3) De Ilha Moçambique a Gurué. Tremendo viajecito. Las chapas y la vida de las gallinas.

Me voy a ir a Gurué. Sí, sí, ya se que dije que no iría allí para evitar meterme en líos. Sí, ya lo he confesado: en estas cosas de la prudencia no soy muy de fiar. Pero es que empecé a darle vueltas al tema…

Ya estoy cansado de sol y playa. Soy culo de mal asiento y la inactividad me pone nervioso. Y tampoco será para tanto, son unas elecciones y la gente está revolucionadilla pero, al fin y al cabo, mucho será que me meta en un problema ¿no? Y eso toca cuando toca. También puedo pegar un resbalón en la piscina y romperme. Se trata de estar en el momento y lugar equivocado, pero nadie sabe ni el momento ni el lugar. Con cuidadito no pasará nada. Y si no, ya vendrá el 7º de Caballería. En las pelis funciona.

Me prometo estar a buen recaudo antes del día de las votaciones. Según como se lo tomen los perdedores, por lógica lo más complicado será entonces. Definitivamente, me voy para Gurué.

Mozambique es uno de los peores países del Mundo en comunicaciones. En las chapas puede pasar de todo y, de hecho, pasa de todo. Hacer 400 km aquí es un juego de rol en el que vas cogiendo tus cartas como van viniendo. Y necesitas suerte. De entrada para ir a Nampula, donde se supone hay un cierto tráfico de transporte, me apunto, compartiendo gastos, con un amigo del propietario del guesthouse de Isla Mozambique que va en coche. Son 7 $ y el dispendio vale la pena porque, si voy en una chapa, tendría que hacer noche allí. Desde Nampula tendré que ir cogiendo “transporte” que me vaya acercando a Gurué. Veremos. Hoy mejor será ir a dormir unas horas.

Salimos a las 5 am y llegamos a las 7.30. Me dejan directamente donde salen las chapas para el oeste, me embarcó a las 9 en una y desembarco en Alto Molocue a las 11.30.

Dos horas y media increíbles y, sobre todo, una lección magistral de ocupación de espacio. Cuento 15 plazas, más 2 delante y el conductor, lo cual juraría que suma 18 asientos. Pues no, eso aquí suma 25 adultos mas 3 bebés. No hace ninguna falta que los pies toquen el suelo ni que tengas o no respaldo porque unos cuerpos aguantan a los otros como en esos juegos en que, si quitas determinadas piezas, todo cae como un castillo de naipes. Tengo calambres hasta en el culo y piernas y manos están como si hubiera dormido encima mio un camello.

Sin tiempo ni a desenredarme los músculos, en Alto Molocue cojo otra chapa antes de mediodía. Va a Quelimane, hacia el sur, pero me deja en Nampevo donde hay un desvío a Gurué. En esta cuento 10 plazas más la del conductor, pero el maletero está trucado con una especie de… no sé, llámale asiento de 3 plazas más. Total 14 plazas… donde cabemos, a saber cómo, 20 adultos, 3 niños, 2 bebés y 4 gallinas. Y no se si me dejo a nadie porque apenas puedo mover el cuello y puede haber gente o animales bajo los bancos o en el techo. Hace mucha calor y la mezcla de olores es agresiva. Las corrientes de aire que entran por las ventanas son males necesarios que nadie se atreve a discutir. Una locura que dura casi 3 horas.

Y ahora que digo gallinas, por asociación de ideas, me parece discutible que haya gente en Occidente cuyas actividades de generosidad y solidaridad prioritarias sean mejorar las condiciones de vida y transporte de nuestras gallinas, cerdos y ganado en general. Incluso parece que se estàn organizando partidos cuya razòn de ser es el bienestar animal. No lo crítico, soy animalista convencido pero… 

Sinceramente creo que unos días viendo lo que es la vida cotidiana de la gente en África podrían cambiar las prioridades de algunos. Respeto todos los activismos que tengan unos valores correctos, modernos y justos aunque, precisamente de acuerdo con esos valores, creo que deberiamos tener claras unas prioridades obvias. Es mi opinión.

En África la gente vive y se la transporta como ganado pero, como la realidad de África no existe, si no que es algo que yo y algunos pocos más hemos soñado, pues no hay nada que protestar. África es eso tan bonito de los safaris y los leones y esas playitas tan chulas con palmeras que salen en los documentales. Y es lo de Memorias de África, con esos protagonistas tan guapos y elegantes y esa música tan romántica y evocadora. Nada que preocupe.

La ignorancia del mundo que nos rodea es una enorme fuente de felicidad pero habría que hacer por mirar un poquito más allá y quitarnos las gafas de leer para ver un pelín mejor de lejos. O de más cerca, según como quieras verlo porque, entre la ternera de Girona y otros seres humanos, por más negros que sean, no se qué o quién es más próximo.

Y es que este Mundo está todo hecho una mierda y corremos el peligro de que, mientras nos ocupamos de la vida de las gallinas, se nos sigan muriendo a puñados, de SIDA o en partos sin asistencia, niñas africanas de 12 y 13 años por falta de educación sexual y planificación familiar, o que bandidos sin escrúpulos continúen con su demoníaco tráfico de órganos y secuestro de bebés, o que nos olvidemos de que en algunos hogares tercermundistas se festejan los nacimientos de un niño ciego o tullido porque aseguran caridad para malvivir toda la familia, o… o un largo etcétera de miserias absolutamente increíbles para nuestros cerebros, así que… no se yo.

Y al que me diga que nada tienen que ver unas cosas con la otra serà porque yo no me explico y, por tanto…que siga con lo suyo y todos contentos. Yo ya he soltado lo que pensaba, me quedo tranquilo y ahí lo dejo. Con todo el respeto, insisto. 

Perdón, me he ido de tema. Es que estoy enfadado con el Mundo. Vuelvo.

En Nampevo pillo el último de esos puñeteros artefactos con ruedas que me están paseando por medio Mozambique. Más de lo mismo y, en 2 horas, que se doblan por esperas y paradas, a las 6 pm llego a Gurué. Un total de trece horas de viaje desde Isla Mozambique, unos 500 km africanos. Siento un pinchazo insistente en la espalda.

Ahora he de espabilar para encontrar alojamiento. Como ya es de noche me meto en la primera pensión que encuentro. Solo necesito una ducha, un restaurante y una cama y, un poco caro para lo que es, lo encuentro rápido. En la ducha, de mi cuerpo sale un suquito marrón que parece que me he llevado medio Mozambique de estraperlo, de cena, mi preferida, una pechuga de pollo rebozada con ensalada y patatas fritas, y de la cama nada que recuerdar y da igual porque estoy tan cansado que podría dormir de pié y quizás hasta haciendo el pino.

Tremendo viajecito, si señor.

Me han dicho que aquí hay una misión católica que admite huéspedes. Mañana la busco. Puede ser una experiencia nueva.

También me han dicho que hay una excursión chula a un lugar que, se llama “Casa dos Noivos”. Mañana, mañana me enteraré. Hoy no me aguanto derecho.

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Mozambique (2) Isla de Mozambique. No soy de fiar.

Ilha Moçambique es un pueblo insular a 400 km de Pemba. Para ir allí tengo que coger un bus a las 4 de la mañana. Dicen que serán 10 horas de viaje.

Mozambique es, eminentemente, un destino de playa. Yo queria conocer el interior, concretamente la zona de Gurué, donde hay plantaciones de té y macadamia, pero me dicen que hay problemas. En una semana se celebran elecciones y se presentan dos candidatos, curiosamente físicamente parecidos, negros, gordos, encorbatados y con sonrisa de tiburón más falsa que un duro de cuatro pesetas, pero beligerantemente antagónicos. En Gorué han habido enfrentamientos entre partidarios de unos y otros. Los mítings aquí son muy de espíritu africano. Mucha música, mucho baile, mucha fiesta pero… si corre el alcohol y se desmadra la cosa…

La política en África tiene tintes peligrosillos. Aquí a las elecciones se presentan los dos partidos que se enfrentaron en la guerra civil, el Renamo y el Frelimo, así que los que durante 15 años se pelearon a tiros por el poder, con el resultado de más de 1 millón de muertos y con todo el bagaje de rencores y odios que ello conlleva, ahora tienen que enfrentarse civilizadamente a base de votos. ¡Imagínate! Y de eso hace 4 días. Todavía entre el 2.013 y el año pasado ha habido algún resurgimiento de actividad armada. 

Además, se juegan mucho dinerito y, algunos, hasta la prisión o algo más según lo bestia que sea el ganador y la manía que le tenga al perdedor. Y por no hablar de las chapuzas electorales que se montan. En Mozambique hay minas de rubíes e intereses petroleros y gasísticos importantes y eso, amigo, da para mucho. Las corruptelas y latrocinios son de órdago. Hoy, precisamente, esta cerca de la isla el actual Presidente y todo el día un montòn de helicópteros sobrevuelan la ciudad. No sé si será ahora así, pero me explican que el anterior Presidente sólo se movía en helicóptero y que en cada salida movilizaban 9 aparatos. La compañía de helicópteros, curiosamente, era propiedad del susodicho Presidente.

La situación es tensa y a mi nadie me ha dado vela en este entierro. Sólo me faltaba verme envuelto en un conflicto político africano. Ni pensarlo. Sigo tranquilo en el litoral que no me va a dar ningún síncope por darme vida fácil durante 15 días. 

Pero fácil no hay nada en África. Moverse es siempre una aventura. Cuando crees que ya has salvado la experiencia más caótica, te sorprenden con otra más rocambolesca.

A las 3.45 de la madrugada,  puntualmente, estoy  en un descampado desde donde, me dicen, saldrá mi bus a Nacala para, alli, conectar con otro para llegar a Isla Mozambique. Van pasando los cacharros que llaman autobús, vetustos desechos que provienen de China, sin distintivo alguno de dirección ni destino. La gente va diciéndote cual has de coger, unos que éste, otros que el otro, aquel que el de más allá, el de tu lado que ahora viene, por detrás alguien que dice que ya se fué… El sistema más seguro para acertar es preguntar directamente a los conductores, encomendarte a tus santos de mayor devoción con especial fervor por Santa Rita, patrona de los Imposibles, y confiar que, normalmente, dentro de todo caos hay una organización interna misteriosa que lo ordena todo discretamente.

Mi mochila desaparece en la bodega del bus que parece ser el que va a Nacala, obviamente sin que me den resguardo de ningún tipo, y yo siento mis reales y me dispongo a contemplar flemáticamente dónde y cómo llego a Isla de Mozambique. Tengo mi dinero y documentos conmigo y todo el día por delante.

Muy complicado dormir entre, por un lado, los saltos y botes sobre los socavones de la carretera que amenazan con descuajeringar el invento, y por otro, un claxon potente y agudo que el conductor hace sonar de forma continua, para no llevarse por delante a la gente en su galope, pero que me temo suena más dentro que fuera. Quizás lo han montado al revés. Son muy capaces.

Por la ventana van pasando poblados paupérrimos de chozas miserables y en las paradas somos asaltados por vendedores de todo, desde pollos hasta cestas. Mi vecina de asiento compra 2 magníficas gallinas vivas con los que haremos el resto del viaje. 

No llego a Nacala porque me sueltan en medio de la carretera y me dicen que allí pasan las chapas para Ilha.

¡¡¡Ay las chapas!!! Así llaman aquí a los microbusus de transporte público que he ido encontrando, y sufriendo, en todo África. Estos son ya la culminación del progreso científico en transporte público. Unas 30 personas donde deberían ir 15 apretados. Los dala dala tanzanos son limusinas en comparación. Tiempo habrá para hablar de ellas.

Y en menos de lo esperado, unas 9 horas, aparezco en Isla Mozambique, unida al continente por un estrecho puente, como de 4 km de largo, que tengo que averiguar cómo se organiza si vienen dos coches en direcciones opuestas.

El guesthouse que, deprisa y corriendo, reserve ayer noche, resulta un gustazo. Una casa restaurada y decorada con gusto con una piscinita de folleto de vacaciones. No soy yo muy piscinero pero está toda para mi y la aprovecho como merece para goce y disfrute de mi cuerpo serrano. 

Toca una primera vuelta de reconocimiento por la isla, apenas 3 km de longitud y 500 metros de anchura.

La parte colonial del pueblo, de rincones y paisajes con irrealidad de atrezzo, está abandonada y desierta. Parece que se están demoliendo los interiores para hacer remodelaciones pero, hoy por hoy, no hay ni gente, ni comercio ni nada de nada. Un pueblo fantasma. Debieron ser tiempos turbulentos aquellos que obligaron a los portugueses a dejarlo todo aquí.

La vida está en el barrio de barracas, diez peldaños por debajo del nivel de las calles asfaltadas. Me dicen que fueron sacando piedra para las fortificaciones y quedó esa especie de foso donde construyeron sus chozas los nuevos habitantes que fueron viniendo. El efecto es de lo más sorprendente. 

Todo el día siguiente lo dedico a mimarme cariñosamente. Desayuno en la terraza frente al mar, baños de sol y agua en la piscina, paseíto ligero, escribir y una cena de “peixe petra”, con ensalada, arroz y patatas fritas. Bueno, bueno de verdad.

Y ya me voy de aquí porque no hay nada más que hacer. Se me está ocurriendo y le estoy dando vueltas a una, llámale travesura, que creo es un pelín inconsciente… Tengo que hablar seriamente conmigo y lo haré. Voy a ser duro. Hay veces que no hay quien me entienda y no soy de fiar…

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Mozambique (1) Pemba. Cosas sencillas.

Hoy hace 101 días que estoy viviendo África. Viaje difícil, intenso y, ya lo decía hace un par de meses, cuando empezaba a vislumbrar esta parte del continente, muy revelador.

Tan difícil es que, aunque estoy a más de 10.000 km de casa, en África solo he recorrido unos 3.500, algo así como 35 km al día. Es una atmósfera de otro planeta, mucho más densa.

Tan intenso está siendo que siento como si hubiera vivido 10 días por cada 1 de los aquí respirados, con aventuras y encuentros que han requerido darlo todo y más, física y mentalmente, tanto mientras acaecían como cuando intentaba digerirlos y recuperarme para seguir adelante.

Y tan revelador me resulta que está produciendo movimientos sísmicos en mi interior que van, desde la sorpresa, hasta la vergüenza de especie. Tal cual.

Escribiré sobre eso cuando acabe el periplo africano. No es todavía hora de conclusiones. Ahora tengo ganas de cosas sencillas. Hay que seguir volando, con cuidado, poquito a poquito.

Recuerdo una frase de la que aquí, en África, a veces he tenido que echar mano: “El barco está más seguro en el puerto, pero no es para eso que se construyeron los barcos”. A mi me va que ni pintada. 

Ya estoy en Pemba, Mozambique. Nuevo país, nuevas sensaciones.

Desde finales del siglo XIX, con el reparto del pastel africano por las potencias europeas durante la Conferencia de Berlín, Mozambique le “tocó” a Portugal que ya estableció una verdadera ocupación militar durante casi 100 años y, hasta ayer mismo, está tierra ha sido continuadamente pasto de la violencia.

Desde que Vasco de Gama desembarcó, Portugal controlaba el comercio de la zona, especialmente el del oro. Una Guerra de Liberación de casi 10 años hasta 1975 e, inmediatamente, una sangrienta guerra civil, no han dejado levantar cabeza al país, como a muchos de este continente. Sòlo hace 4 años que, por fin, Mozambique fue declarado libre de las minas antipersonas que sembraban todo esta tierra, como herencia de la guerra, con los crueles resultados que se pueden imaginar. Un puto desastre.

Hoy, Mozambique tiene todavía una situación complicadísima con una propagación del SIDA apabullante, problemas con incursiones de grupos islamistas en el norte, con alguna ciudad, como Nanpula, consideradas como de las más peligrosas de África, una corrupción disparada y disparatada y con lacras sociales ancestrales como la hechicería, que todavía utiliza órganos humanos sobre los que hay una verdadera industria salvaje y bandida, para sus pócimas y ceremonias. Un panorama guapo. 

Me apunto con Angelo, el encargado de mi Lodge, a acompañarle de compras. Vamos al puerto a por queso, cargamos carbón en una especie de favela y nos paramos también en el mercado de frutas y verduras. Allí ya me quedo para pasear.

Resulta curiosa esta ciudad. Enormes barrios de chabolas que parecen hechos de polvo y barro, zonas coloniales totalmente abandonadas, la playa como centro de ocio de las familias…

Paseo por el barrio colonial. Aquí salta a los ojos la otra cara de la liberación de África: los edificios, las carreteras, los servicios y las infraestructuras que montaron los portugueses no se han tocado desde hace más de 50 años. Desde que les echaron, vamos. Los europeos se fueron por patas, se acabó el mantenimiento y la ciudad es de una decrepitud absoluta. Los vencedores conquistaron la libertad y no saben qué hacer con ella. Todo tiene su cara y su cruz. Todo es relativo. El tiempo ni da ni quita razones, solo transcurre sin más dando vueltas y vueltas en el reloj y moldeando los matices de la Historia.

Llego a la playa. Es de color verde esmeralda, con aires cubanos o brasileños, y ahí sí, ahí ya no hay dejadez y los caserones y resorts son oasis en el desierto para gozo y disfrute de blancos y negros ricos. No sé si se acabó el colonialismo o sòlo se pintó la cara. 

El paseo bajo el sol recalienta mis mecanismos y me doy un baño en una piscina natural con profundidad de bañera de bebé y agua calentita que da para intentar morenear un poco el cuerpo. Mis marcas de gitano en cara y brazos y mi lactante palidez del resto del cuerpo que no ve el sol, combinadas con mi delgadez biafreña, supongo no cumplen ni el más mínimo canon de estética. Aunque eso está muy detrás en mi lista de prioridades, reconozco que un pelín de bronceada uniformidad puede ser hasta exigible.

Encuentro aquí cosas que hacía muchísimo que no veía, como aceite de oliva o galletas Oreo y, mira, me resulta agradable. También tengo, y ni me había planteado que pudiera tener, agua caliente en la ducha. A medida que voy bajando hacia el sur de África parece que, en lugar de alejarme, me acerco a casa y recupero cotidianidades placenteras. Es un espejismo. 

También la gente es ya diferente. No agobia. Quizás el idioma, suave de por sí y más próximo al mío, tenga algo que ver. Aquí les entiendes, hablan tranquilo y te saludan sonriendo como felices de verte sin hacer que te sientas como un dólar rodando por la acera.

Camino y camino por la inmensa playa hasta que me sorprende encontrar un antiguo y simplísimo faro que algún día sirvió para algo y que me resulta entrañable, a saber por qué. Pienso que un día ese faro fué una obra importante, quizás salvo vidas en el mar… Hoy sòlo ocupa un espacio. Justo encima de él veo, muy pequeñita, la luna en cuarto creciente. Así de lejos veo yo mi tierra. Cae el sol en Pemba y toca retiro.

Nuevo día y me voy, otra vez, a caminar a Ningún Sitio. Es un lugar donde siempre pasan cosas y hay sorpresas sencillas, muy sencillas, maravillosamente sencillas, como a mí me gusta. Más mercados, niños ya jóvenes saliendo de la escuela, la vida en las polvorientas favelas bajo el cielo claro…un niño escarbando entre la basura… África. 

Pemba está visto. Próxima parada, Isla Mozambique, el lugar que dió nombre al país. A ver qué encuentro.

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El Cau. Dunia Sanchez Martin.

El Cau. Dunia.

“Nacho  no tengo palabras para expresar todo lo que leo, que bonito y triste a la vez., disfrutar de esos paisajes montañas, ríos… Y a la vez darte de narices con la triste realidad humana que sufre el continente.. ?, todo y eso siempre hay sonrisas en tus fotos, deberíamos quejarnos menos y reír y amar más. Cuídate mucho un beso muy fuerte ?
Alas y Viento.”