Sudáfrica (1) Memorias de Sudáfrica. Kruger National Park. Monsieur Bombón y Bomboncete.

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Hace casi 20 años, en el despacho me llamaban “Monsieur Bombón” . El mote venía de los niños africanos de la zona francófona, especialmente Senegal, Burkina Fasso y Malí que, cuando ven un blanco, le piden caramelos al grito de “¡Monsieur, bombòn, Monsieur, bombón! “. Y cuando viajaba con mi hijo Ramón, la broma era llamarnos Monsieur Bombón y Bomboncete. “Las Aventuras de Monsieur Bombón y Bomboncete”, decían.

Supongo que me va a caer una bronca de mi hijo, ya adultísimo ahora, por explicar estas intimidades familiares.

Con Ramón, y antes de que cumpliera la primera decena de años de su vida, hemos ido a Disneyland París a saludar a Mickey Mouse, a buscar al verdadero Papa Noel a Laponia, a la boda bereber de unos amigos en Marruecos, a la Zona 0 de Nueva York a rendir homenaje a los bomberos fallecidos en los atentados, a ver osos panda a China, a visitar el Tívoli y Legoland en Dinamarca…

Y creo que Bomboncete tenía 7 u 8 años cuando viajamos a Sudáfrica. Nuestro objetivo principal era intentar ver un rinoceronte blanco en libertad en el Parque Kruger.

La verdad es que, mirado ahora, a toro pasado, con la perspectiva que da siempre el tiempo, ir con un coche alquilado de lo más normal por el Parque Kruger, con animales salvajes en libertad por todos lados, solo con tu hijo de 8 años, es echarle narices, pero la aventura fue inconmensurable y, para un niño, algo así como vivir desde dentro una película de Tarzán. Aventura de verdad, sin trampa ni cartón.

Ahora, cuando hablamos de nuestros viajes en su niñez, me dice que le da pena no acordarse de la mitad de las cosas que vivimos. Es normal, era muy pequeño, pero seguro que aquellos viajes forjaron al hombre que es ahora lo note él o no y, desde luego, tienen toda la culpa de nuestra relación, ahora ya más de compañeros y amigos que de padre e hijo.

Él no recuerda, por ejemplo, que nos apuntamos a una  salida nocturna en un camión 4×4, con guardias armados, para ver a los animales más complicados de localizar y así fue como, en medio de la carretera, encontramos a una pareja de leones en pleno “ejercicio”. Ramón me pregunto que estaban haciendo y tuve que recurrir al tópico: “Están haciendo un leoncito”. Gracias al cielo, porque me estaba entrando un complejo de voyeur desagradable, aquello duro poco y seguimos nuestro camino. Ramón protestó amargamente porque no nos quedábamos a ver nacer al bebé león.

Tampoco recuerda el momento álgido de aquel viaje. Aquella noche habíamos dormido en un campamento de habitaciones con forma de chozas. El alucinaba de los monos ladrones que merodeaban por el campamento y que, a la que te descuidabas, te quitaban hasta la gorra. Pero sobre todo quedó impresionado, y yo también, cuando, después de desayunar, una bandada de elefantes se lanzó hacia el lodge dando berridos. “Barritando”, para los màs puristas. Ni idea de lo qué debió provocar esa estampida pero, si no llegamos a estar protegidos por vallas, hubieran arrasado con todo. Pero eso fué sòlo el prólogo. 

Era ya el tercer y último día en el Kruger y, mosqueados por la experiencia, nos subimos a nuestro cochecillo y conduje por el Parque rumbo al próximo campamento cuando, por fin, a unos 200 metros, vimos un rinoceronte blanco solitario comiendo hierba tranquilamente. Yo paro el coche para no asustarlo y empiezo a hacer fotos mientras Ramón saca excitado la cabecilla por la ventana.

Y el rinoceronte se cabreó. O se pensó que le vacilaba o le retaba o me ponía chulo, qué sé yo. Empezó a dar golpes y arañar el suelo con una pata como cogiendo carrerilla, mirándonos y moviendo la cabeza de un lado a otro. Como a buen entendedor pocas palabras bastan, yo le doy a la llave para largarnos y el motor no arranca. Como si se hubiera vaciado la batería totalmente. Angustia. El rinoceronte se cabrea más y empieza a venir al trote hacia nosotros. Le grito a Ramón que cierre la ventana al mismo tiempo que recuerdo que el que llevo es un coche de construcción americana y que sólo se enciende si aprietas el embrague. Justo a tiempo. Acelero y veo por el retrovisor al rinoceronte corriendo detrás pero ya cada vez más lejos. Esta última imagen la recuerdo como si fuera ayer. Para no olvidar.

Ramón estaba excitado y divertido. No tenía conciencia del peligro que corrimos pero yo sí. Pasé mucho miedo. El rinoceronte era casi tan grande como nuestro coche y, si nos embiste, por lo menos nos deja en la carretera de cabezas para abajo hasta que vengan a rescatarnos. Y eso si no lo revienta todo.

Ahora la bronca me caerá de la madre de Ramón a la que nunca expliqué la “anécdota”. Si se lo explico entonces hubiera sido capaz de no dejármelo llevar nunca de viaje más lejos de Zaragoza.

Yo no sé como estará ahora regulado el Parque pero, en aquel entonces, en cuanto salías de los campamentos, poca seguridad había. Te decían que no bajaras del coche más que en las zonas habilitadas y nada más. A tu aire.

Aquella noche en la cena y, después, en la habitación, no paramos de hablar sobreexcitados. Todo el viaje había sido una película, habíamos visto a los “5 grandes”, habíamos encontrado, y nos había atacado, “nuestro” rinoceronte blanco, una bandada de elefantes había embestido nuestro lodge, habíamos comido cocodrilo y mono… ¡Qué màs se puede pedir!

Yo no he olvidado nada de aquellos viajes y es que, en realidad, yo disfrutaba siempre mucho más que él. Experimentar y sentir tantas cosas extra ordinarias con tu hijo es un privilegio impagable y ver sus caras de alegría, emoción, miedo, sorpresa y un larguísimo etcétera de sensaciones, es, sin duda, lo mejor que he vivido.

Y, con alguna cana más, y esta vez solo, aquí estoy de nuevo: Sudáfrica.

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