Rusia (2) El Transiberiano. Ekaterimburgo

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El paisaje discurre tedioso. Árboles y más árboles, nieve que se va fundiendo poco a poco, lagos todavia helados, algún pueblo de casas de madera pintada con colores pálidos… Bajo una constante llovizna y un cielo plomizo,  tres o cuatro paradas en solitarias estaciones con las vías sembradas de colillas de cigarrillos fumados con prisa. Me mareo cada vez que pongo un pie en tierra.

A las 6 de la tarde llegó a Ekaterinburgo. Casi sin enterarme, ya estoy en Asia.

Fue aqui donde los bolcheviques fusilaron, justo ahora hace 100 años, al zar Nicolás II y a toda su familia. Bueno, dicen que escapó una niña, la princesa Anastasia, aunque nunca más se supo de ella. Parece más bien una leyenda que se inventó alguien para mantener la moral de los zaristas exilados o deportados a gulags siberianos. Ese simple rumor bastaba para alimentar la esperanza de que, algún día, pudiera volver el Régimen derrocado. El caso es que eso nunca ocurrió.

En Ekaterinburgo hace un frío del carajo. De 5 a 10 grados durante el día y bajo cero por la noche. Es otro Moscú en pequeño. Más de lo mismo. Grandes edificios, avenidas enormes, iglesias, el río y sus puentes… Una parte del río está todavía helada. Los patos no nadan, caminan. Cae aguanieve y un viento siberiano me hiela la moquita. El General Invierno debe ser un monstruo, pero la Capitana Primavera también tiene su mala leche. Tomo mi primer Borsch, la típica sopa rusa de remolacha con trocitos de carne de buey de gusto fuerte. Pasable.

En principio mi idea es ir hacia los Urales. Cojo un autobús y me voy al Parque Deer Streams. El bus me deja en mitad de la carretera y me señalan un camino secundario por donde llegaré caminando 4 ó 5 Km con mis 8 Kg de mochila-casa a cuestas. Me desaconsejan salir a la montaña. Las pistas están nevadas. Lo pruebo pero la cosa pinta mal. Llamadme cobarde pero me vuelvo a Ekaterimburgo cagando leches. Una cosa es viajar y salir de la “zona de confort” y otra hacer el jilipollas. No me la juego. El cielo está cada vez más negro, el frío aprieta y las previsiones son peores. Los guardabosques me acompañan a la estación de bus más cercana.

Quedó varado en Ekaterinburgo. En el hostel conozco a Sergei Chekannikov. Otro Sergei. És un chaval de 25 años de Novorsivirsk con el que recorro la ciudad. Hacemos una excursiòn al obelisco que marca la frontera entre Europa y Asia y me obliga a visitar el Museo Yeltsein de historia rusa. Magnifico. Me hacia falta un poco de compañía. Me recuerda a mi hijo. Buen chaval. Comemos Pelemeni, una especie de ravioli que, dice, es la comida tradicional de los estudiantes rusos. Llenan y son buenos y baratos.

Con el 1 de Mayo, la mayor fiesta rusa, el termómetro sube por encima de los 10 grados. Ya necesitaba un poco de sol. Ekaterimburgo se transforma, se abre el telòn. La gente ríe, pasea por el río, hay música… Salen las bicicletas, patines y patinetes, los niños, color, musica… Se hizo la luz. Es curioso como limita el clima y el lugar y momento en que nacemos. Sólo eso ya nos hace parecer diferentes los unos de los otros.

Segunda etapa direccion Irkutz. El Transiberiano no es un tren especial si no una línea ferroviaria con muchos tipos de trenes. El mío es un Rosinya, un poco mejor que nuestros borregueros. Voy en segunda clase, vagones con compartimentos de 4 literas. El tren tiene tambien un vagón restaurante. Te dan 1 comida para todo el viaje, escasísima y sosa. Una sopa, una pasta con atún, un arroz y un poco de pollo con una salsa indefinible… Hay que cojer provisiones o comprar en las paradas donde vienen a ofrecerte pieles, pollo asado, pescado ahumado, pan casero, huevos hervidos… En el tren no hay duchas, así que te aseas como los gatos.

Durante el trayecto del Transiberiano se atraviesan 7 usos horarios, pero ya te puedes ahorrar cambiar la hora porque, para minimizar errores, se ha homogeneizado la norma de que todas las estaciones y trenes rusos funcionan con horario de Moscú.

Estamos ya en Siberia, una de las tierras más duras del mundo, con un invierno infernal. Las temperaturas bajan hasta los 50 grados bajo cero helando el suelo hasta tanta profundidad que castran toda posibilidad de agricultura. A 2.000 Km de Irkutz empieza a nevar. Último coletazo del invierno, espero. La tundra, la taiga, la estepa, ríos y campos de trigo van pasando por la ventanilla a 120 km por hora.

Las azafatas derrochan mal humor y antipatía. No sé si les sale de natural o es una cuestión de entreno y una alimentación adecuada. En realidad, los rusos no hace ni 30 años que son algo parecido a una democracia más o menos abierta al mundo, y  los extranjeros no les caemos bien. La cosa va cambiando entre los jóvenes pero el tema va para largo.

Todo lo que se puede hacer en el tren es comer, beber, dormir, leer, escribir y, quizás, algo de gimnasia para desentumecer musculos y no quedarte tieso. Y pensar, mucho tiempo para pensar. En ti mismo, en tu gente, en recuerdos del pasado, en proyectos de futuro… En la soledad, en el desamor, en la vejez, en lo que le debes a la vida y en lo que te falta por cobrarle… En mi casa, vacía… Asoma la tristeza con aguijón de bicho malo. De todo hay en el viaje, como en la vida.

Llego a Irkutz. Aquí me bajo. El lago Baikal ya està muy cerca.

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2 Comentarios

  1. Ajajaj otro Sergei! El arrocito con esa especie de vomito de la bandeja hizo que el tránsito digestivo de mi cuerpo se acelere con un efecto multiplicador.
    Muy bueno tu blog Nacho

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