Myanmar (4) Hsipaw-Bagan. Vértigo.

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Quiero ver el acueducto Goteik, un puente vertiginoso que une, por ferrocarril, Hsipaw con Mandalay. Yo me bajaré en Pyin Oo Lwin.

El tren en cuestión es destartalado y sucio. Va tremendamente lento, tarda 7 horas en hacer poco más de 100 kilómetros, pero la sensación de inseguridad es acongojante. El balanceo es muy poco natural y no puedes mas que pensar que “eso” descarrilara un día u otro. Espero que no sea hoy.

Sigo con Renè de compañero de viaje. El quiere quedarse en Pyin Oo Lwin haciendo meditación en un monasterio budista. Cada quien es cada cual. Yo continuaré hacia Bagan, ya en bus.

El viaje es de lo más aventurero. A través de las desconchadas y oxidadas ventanas pasan tierras de cultivo salpicadas de los tipicos gorros cónicos de caña que protegen a la gente que los trabaja, gente dura y curtida a fuego lento por un sol de justicia. También se ven aldeas con chabolas indignas, canteras y colinas. Hacemos cuatro o cinco paradas en paupérrimas estaciones donde puedes comprar, a precio de miseria, comida y bebida al son de música de radio exotica y peliculera…

El acueducto, puente, o como quieras llamarlo, impresiona. En cuanto lo ves dan ganas de decirle al revisor que pare y hacer el resto del camino a pie o haciendo el pino si es necesario. Cualquier cosa menos meterte ahi. El puente parece terroríficamente simple. Unas vias sostenidas por quince torres, cuatro hierros como quien dice, y debajo, un abismo. Lo dicho: eso un día no muy lejano caerá. Mientras pasas, con un barranco debajo por el que discurre un río que, desde la altura, es poco más que un hilito de agua, en el vagón se hace un silencio solemne. La experiencia es estremecedora y el vértigo es de ponerte de punta los pelos del cogote. Sin darte cuenta, dejas de respirar, el corazón se acelera y, al llegar al otro lado, casi se puede oír un tangible suspiro coral como si todos los pasajeros soltaran al mismo tiempo el aire contenido en los pulmones. Es impactante.

Días más tarde, en Mandalay, me enterè de que el viaducto de Goteik lo construyeron hace más de cien años los ingleses y, precisamente porque ya no se considera seguro, está previsto iniciar en un par de años la construcción de uno nuevo en una colaboraciòn entre Myanmar y Corea del Sur. Ya me lo digo yo: cafre, Nacho, eres un cafre.

En Pyin Oo Lwin vamos a parar al gesthouse más kitch que jamás he visto. Largos pasillos decorados con flores, sombreros, cestos, frutas de plástico y figuritas por todos lados. La habitación es como si Kandinski se hubiera vuelto loco y hubiera empastifado paredes y suelos tirando las pinturas sin sentido y con rabia en un ataque de delirium tremens. La gente es en extremo servicial y la situación es de sueño surrealista. Con 5 euros, solucionado hospedaje y desayuno.

En realidad, todo Myanmar es surrealismo puro. Las paradojas son la normalidad, desde las adaptaciones musicales al birmano del pop occidental, hasta los pegotes de lujo que suponen las brillantes y doradas pagodas rodeadas del más mísero chabolismo. Y pasando por sus decoraciones chillonas, y sus encajes de la abuela, y sus hombres delgaduchos cómo sanguijuelas con su pareito, su sombrero cònico y sus dientes de zombi, rojos-morados de masticar la adictiva hoja de Betel con nueces de Arauca que les hace escupir constantemente… Y las mujeres con los empastes de Tanaka, y sus cielos claros con cúmulos de nubes multiformes y…. Dali aquí se hubiera divertido como un niño y hubiera hecho una sopa pictórica de lo mas histriónico.

Siguiendo con Pyin Oo Lwin (pronunciado Pinoluin), el pueblo es una pequeña India con tiendas de pashminas y restaurantes de chapati, todo muy cursi y recargado con una mezcolanza de religiones conviviendo en perfecta armonía. Por la noche, el neón se apodera de las calles, calesas tiradas por caballitos pasean a turistas nacionales y los jóvenes se reúnen en las esquinas, bares y restaurantes vestidos y repeinados con tejanos rotos y tintes cantarines. Es un pueblo curioso. Si tuviera tiempo me quedaría un día más pero, en 5 días, tengo ya vuelo a Thailandia.

A la mañana siguiente sigo viaje a Bagan, la Siem Riep de Myanmar.

Bagan es una interminable sucesión de templos, estupas y pagodas. El conjunto arqieològico es una maravilla y los templos belleza pura . El chiringuito turistico-religioso está muy, pero que muy bien montado y, además de los 20 dólares que te cobran para entrar en la ciudad, se inflan a recibir limosnas y donaciones. Mañana harè un intensivo y lo veo todo.

La visita la puedes hacer sin organizacion alguna, a tu aire y como te de la gana. Mucho más fácil e independiente que en Siem Riep. La jornada es agotadora. Con sandalias, ya que en cada entrada has de decalzarse, caminas y caminas sin mas descanso que los propios templos en donde el fresquito te libera un rato del calor que aplasta Bagan como un castigo divino.

Hay tantísimos lugares que visitar, que la muchedumbre se dispersa y no agobia. En muchos sitios te encuentras absolutamente solo. En eso, Bagan tambien gana a Angkor.

En los lindes de los caminos, modernos esclavos pican piedra para la continua restauración de templos sudando a mares. Los más afortunados, a la sombra de un árbol, los más desgraciados, a pleno sol. Una sola jornada de ellos sería para cualquiera de nosotros una insolación mortal.

A partir de las 12,30 el calor cae a plomo. Aguanto 1 hora más y paro en un restaurante indio con una terracita fresquita y agradable y mesas de mantel a cuadros. Me sacudo el mejor pollo Masala con chapati que he comido nunca. Simplemente una delicia. Manjar de reyes y dioses, muy adecuado con el escenario. Una cerveza helada me eleva ya al séptimo cielo, y un purito birmano me hace pensar qué he hecho yo para merecer esto. Feliz como una perdiz. Qué bien se està cuando se està bien!

Dicen que el atardecer desde los templos de Sulamani, Buledi y Shwedandaw es espectacular, pero mi espíritu de contradicción me lleva a verlo en el rio, en New Bagan, un barrio muy olvidado por el turismo ante la magnificencia de Old Bagan. En mi atardecer, ni un occidental a la vista. Paz y tranquilidad.

Mañana ya me voy a Mandalay y, de ahí, a Tailandia. Nuevo país, nueva etapa, nuevas vivencias.

Pero…

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