Mozambique (4) Gurué. Problemas. Hijos de perra.

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Me instalo en la misión católica del Sagrado Corazón de Jesús de Gurué. La atienden 2 simpáticas y dicharacheras señoras del pueblo que me hacen un interrogatorio completo, supongo que para saber si soy digno de alojarme en un lugar con aura tan… religiosa. Son unas instalaciones solitarias que un día fueron seminario y que hoy no sirve más que de hospedaje. No creo ni que se hagan misas en la capilla. Parece ser que apruebo el examen y me dan una típica celda de novicio. Más que suficiente para mi.

Se está haciendo tarde y ya aprieta el calor así que, solo dejar la mochila, salgo a buscar la Casa dos Noivos que resulta ser una subida de 2 horas, entre enormes plantaciones de té, hasta el bosque que hay en la misma base de las onduladas montañas que dominan Gurué.

La gente aquí es de estatura baja, fuertes y compactos, facciones chatas muy oscuras, la mayoría pobres de solemnidad, respetuosos y de buena pasta. Unos recolectores de té me explican que la Casa dos Noivos era un lugar donde se organizaban bodas. Debió ser una preciosidad, con grandes escaleras, estancias y fuentes pero, supongo, se abandonó también cuando las familias portuguesas ricas dejaron Mozambique. Hoy no quedan más que unas ruinas que va devorando la maleza.

La excursión es preciosa y me hubiera gustado seguir para ver si se podía subir alguna de las montañas que tengo delante pero, por hoy, no doy para más. Con bajar, que seguro va a ser una horita y media más, voy que chuto.

Entre unas cosas y otras no he parado de caminar desde las 8 de la mañana y son las 4 de la tarde. Una ducha reparadora, cena temprana y me meto en mi celdilla, de retiro espiritual. No hay nadie más que yo en todo el recinto y el lugar es paz absoluta. Mañana me voy otra vez de caminata a buscar unas cascadas de agua que, parece ser, están a unos 6 kilómetros de la ciudad entre estas montañas graníticas.

Niños, montones de niños harapientos. Es día de colada en el río. Las mujeres cargan como burras patatas, ropa y leña. Todas alucinan con mis pulseras, se paran para preguntarme de donde son e incluso me las quieren comprar. No tienen ni para comer como Dios manda y se gastarían dinero en abalorios. Hay cosas que no cambian en ningún lugar del Mundo.

También en este lado la montaña está sembrada de té y recolectores van y vienen con sus cestas llenas de hojas. “Bom día”, “Boa tarde”, “¿Como está?“, “Obligado”….

Las cascadas son magníficas y me llego hasta el nacimiento de la caída con unas vistas cinemascópicas. Podría continuar el sendero incluso hasta el monte Namuli, pero, según el GPS, son unas 6 u 8 horas más y, ni tengo la forma adecuada, ni voy preparado. Se trataría de entre 35 y 40 km y eso no veo posible hacerlo en un día.

Y, sin comerlo ni beberlo, en un abrir y cerrar de ojos aparecen problemas… Llegando al pueblo, de una casa salen hacia mi, disparados, 5 perros ladrando y gruñendo y uno de ellos me muerde en un gemelo. Eso siempre es un percance pero en África puede ser un susto gordo. Parece que el hijo de perra ha pillado la parte más dura y, entre el pantalón y el musculo, no ha conseguido hincarme bien el diente, pero es un mordisco. 

Sangro poco y aunque no me duele en exceso tira para el Hospital porque el peligro de infecciones es obvio. Y el Hospital… para verlo. África total. Limpian la herida, vacuna antitetánica y andando. El propietario de los perros, un africano rico con un taller de reparación de coches y chapas, me enseña el certificado de vacunación de la jauría de cabrones. No parece que pueda haber peligro de rabia pero, a saber. Desde luego no las tengo todas conmigo.

Espero que la herida no se infecte, lo cual es complicado porque no estoy, precisamente, en una burbuja aséptica. Ya ves, momento y lugar equivocado. Por ahora no da para cojera pero si para preocupación. Y el golpe está. Gajes del oficio.

Se ha hecho noche cerrada. Es sábado, hay mucha gente en el centro, manifestaciones y desfiles de los partidos. Corre el alcohol y sube la temperatura. Llegando a la pensión, inquieta el descampado. El mordisco me duele cada vez más. Miro al cielo y me doy cuenta de que, tras unos feos nubarrones, hay una preciosa luna llena.

La noche ha sido plácida y parece que todo evoluciona sin problemas. La herida no duele demasiado, no hay inflamación y no tiene mala pinta. Toca volver hacia Pemba, es decir, toca sesión de chapa. Partiré el viaje en 2 jornadas, pero he de llegar hoy, como sea, por lo menos a Nampula y, si fuera posible, seguir dirección Pemba.

Nampula, 6 pm. Otra vez llego de noche y está ciudad tiene muy mala fama. Habrá que ir con ojo. Después de preguntar, para contrastar, a 3 ò 4 personas sobre cómo he de hacer para seguir viaje, me subo a un moto-taxi y me lleva a la estación donde, a las 4 de la mañana, saldrá el bus a Pemba. A las 3 he de estar aquí, todavía he de cenar y casi son las 20 horas así que deberé hacer noche en la sala de espera.

Además, no me apetece nada ir a estas horas a buscar una pensión por la ciudad. Ni a pie ni tampoco en moto porque el tráfico, incluso a estas horas, es bastante delirante y sólo me faltaba ahora un accidente.

Aquí hay una verdadera sicosis de inseguridad. Cuando esperaba mi equipaje, ya el motorista me ha hecho cambiar de lugar porque me decía que el tío que estaba al lado buscaba robarme. En el restaurante, he salido a fumar un cigarrillo y me han hecho entrar a fumar en el comedor porque dicen que fuera no era seguro. En la estación hay personal de seguridad y mucha gente esperando. Hay mucho mosquito y, para abreviar elegantemente, otros bichos. Ya dormiré en el bus. O no.

Cuántas historias hay en una sala de espera de estación o aeropuerto. Tengo al lado una pareja jovencísima que parece de traslado a una nueva vida. Tienen cara de pena. Naturalmente hay niños a patadas en toda la sala. Caras cansadas o algo así. Yo también estoy cansado. La gente extiende paréos y sábanas en el suelo y duerme tranquilamente y es que no creo que en su casa tengan más comodidades. El África cotidiana es durísima, es un no parar de miserias y tristezas devoradoras de ilusión.

Pasa la noche, la noche siempre pasa por más mala que sea, y me plantó en Pemba a las 9.30  En la estación no he pegado ojo pero he dormido en el bus todo el viaje.

Voy muy atrasado de trabajo viajeril así que me quedo aquí quietecito un par de días. Solo un par de días, después, otra vez madrugón y me voy a la isla de Ibo, en el archipiélago Quirimbas. Es el final del viaje por Mozambique. No hay tiempo que perder.

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2 Comentarios

  1. En nuestra ruta por Mozambique tbn tuvimos un percance, con visita al hospital, por una rotura de muñeca, a causa de un accidente de coche. Nos atendió un traumatológico que colocó yeso y dio la casualidad que, al regresar a BCN, nos enteramos que era amigo de un médico compañero de mi marido. Lo hizo muy bien, eso si, las salas del hospital no inspiraban mucha confianza. Nacho, esperamos que se te cure pronto y bien esa herida. Ah! Y felicidades por las fotos, son fantásticas.

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