Madagascar (3) P. N. Andringitra. Pic Boby. El Mar de Granito.

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Tres horas después de una subida constante por unas infinitas escaleras de piedras, perdemos de vista el Valle Tsaranoro y quedamos rodeados de montañas en un paisaje seco de lagartos, matojos y grillos hasta llegar a un río donde me refresco. Tengo la garganta como de esparto y no hay saliva que tragar. El calor es severo y empezamos a subir unas rocas entre palmeras hasta lo que llaman “Paisaje Lunar”. No se han currado el nombre pero describe perfectamente lo que veo porque la sensación es de estar en un planeta sin vida. Piedra, líquenes y nada. Ya ni lagartos ni tan siquiera moscas. Nada.

Ya llevamos más de 7 horas de marcha. En el estómago no tengo más que un mordisco de bocadillo de pan endurecido por el sol con tomate agrio y tortilla. Lo he probado y no me parece prudente comerlo. Las energías se acaban y, lo que es peor, el agua también. Todavía pasamos a una llanura absolutamente rodeada por un desfiladero que forma un impresionante anfiteatro de granito y son 2 horas y media más, ahora ya sin desnivel, hasta el campo base del Imarivolanitra o Pic Boby. Diez horas de marcha.

El campamento es un lugar de lo más básico, con dos cobertizos para cocinar al lado de un riachuelo. Aquí hay que recoger el agua para hervir y poder tener algo para beber mañana. Como dos rodajas de piña para darme azúcar.

Tengo hambre. Buena señal. Hoy me toca cenar una sopa de arroz y pasta. De postre me atrevo con una galleta de chocolate y café. Energía e hidratación poco digestivas. Es lo que hay y deberá ser suficiente para mañana atacar la cima del Boby. A las 19 horas estoy durmiendo. Estamos a 2.000 metros y las temperaturas bajan pero ninguna barbaridad. Calculo que estaremos a 10º.

Apunte. La gallina ya no está con nosotros. Dice el porteador que, cuando el guía y yo nos hemos ido, mientras él levantaba el campo un perro grande la ha atacado y se la ha llevado. Sin comentarios.

Y otro apunte. Impacta lo que los betsileos de esta zona se parecen a los lemures. Y no es broma. Se habrán mimetizado.

Diana a las 3.30 a. m. El Boby todavía no se ve desde aquí. Para hacer cima tienes que subir primero el desfiladero que tenemos delante y, cuando lo traspasas, es cuando te plantas delante del pico. Una hora y media para ponértelo a la vista y otro tanto para hacer cima. Es pequeñín. Estoy mareado. Me pasan factura las ya 72 horas de ayuno casi total con, como quien dice, un bol de arroz hervido diario. Desde la cima el macizo parece un mar de granito. Precioso.

Y a bajar, mucho más fácil y rápido pero también más peligroso. Me vuelvo a marear. He de ir con mucho cuidado. A las 9.30 a. m. vuelvo al campo y como más piña y un plato de spaguetti con verduras. Me faltan 6 o 7 horas más para llegar al próximo campamento volviendo sobre lo ayer andado y he de reponer fuerzas sí o sí. Es mi primera comida con algo de consistencia en 3 días.

El día está nublado y el calor me da una tregua pero es una jornada dura de otras 10 horas. Hemos salido del Parque para metemos por unos recovecos que llevan a un paisaje todavía más especial, con prados siempre rodeados de montañas graníticas y todo sembrado de enormes rocas ovaladas que se han ido desprendiendo. El “campamento” es una de esas piedras que deja un habitáculo en su interior apuntalado con una pared hecha con otras piedras.

He tenido la suerte de encontrar en el camino una americana que llevaba una cantimplora con filtros potabilizadores y me ha dado litro y medio de agua. No me fio ni un pelo del agua que me han hervido esta mañana. Esta vez no he tenido suerte con el equipo. El guía es un jeta vago y resabiado y el porteador… por lo menos ya sé que no se le puede poner al cuidado de las gallinas. 

Las 6 de la tarde, ya noche cerrada. ¿Que me prepararán hoy para cenar? Arroz, peeeero, esta vez… con patatas fritas. Si, tal como suena, arroz hervido y patatas fritas de acompañamiento. Mañana me voy a meter un filete de cebú a lo bruto entre pecho y espalda. Y ya en la tienda, digiriendo la fiesta gastronómica, truenos, relámpagos y empieza a llover. Me encanta. Para mí es como una nana…

Para desayunar subimos otra de las cientos de montañas de granito que nos rodean y pasamos otra vez al Valle Tsaranoro con sus misérrimas aldeas. Me admira ver como, con este sol, las mujeres de los poblados continúan su constante ajetreo. No se puede decir lo mismo de los hombres. Otra de las cosas que se ven viajando es que, en todo el Mundo, las mujeres son las que llevan el peso de la comunidad. Es raro ver una mujer parada sin hacer nada. Está injusticia qué parece cósmica, y no lo es, algún día tendrá que acabar y espero que no sea traumáticamente para mi género. Si organizan una nueva Lisístrata más de uno las pasará magras. A mi desde luego me pillarán entrenado. 

Llego ya por fin al poblado desde donde saldrá el taxi brousse que me llevará de vuelta a Ambalavao. Pobreza. ¡Y cuanto niño por todos lados! Pensaba que Madagascar sería más asumible que lo visto hasta ahora en África y ya me he dado de bruces con la misma realidad de siempre.

Me hacino con otra treintena de personas en la furgoneta destartalada, me preparo para otras 2 horas de traslado animal y voy pensando en “la llamada de África”, algo que se oye decir en Occidente y significa como sentir una seductora invitación a volver a este continente maldito. Bueno…. Quizás lo que se escucha en un viaje de vacaciones a África no es más que el eco de esa llamada que suena por sus magníficas estepas, playas y montañas y que se posa en el exotismo de estas tierras y su gente. No sé, pero cuando te metes aquí dentro, en las vísceras, por lo menos para mí, la llamada de Àfrica es un grito desgarrador que duele más que atrae. Seductor no creo que sea la palabra que mejor describe el continente africano.

Al taxi brousse se le ha roto el radiador. Hemos tenido que esperar en medio de la carretera con un sol abrasador a que lo repararan pero ya estoy en Ambalavao. Por cierto que, mientras estábamos sentados friéndonos al sol en la cuneta, ha pasado un 4×4 y, desde la ventanilla, una señora, blanca, nos ha saludado con la mano con una gran sonrisa en la cara. Con la ventanilla cerrada para no perder el aire acondicionado, claro. Le debía hacer ilusión ver a los negritos en su día a día. Los niños le han devuelto el saludo. Los adultos no. 

Me he quitado la sed y toda el polvo y suciedad acumulados lo suficiente como para sentirme otra vez persona. Y voy a cenar aquel filete de cebú que me prometí en las montañas y dormir en una cama mullida y limpia hasta que el cuerpo se dé por satisfecho. Él, mi cuerpo, y yo, necesitamos un descanso largo y denso. Necesito plegar alas, apagar la luz y guarecerme en puerto seguro.

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2 Comentarios

    • Hola guapa! Si, lo que estoy viviendo es maravilloso. Tiene su precio en desgaste fisico y siquico pero lo pago encantado y me hace crecer un montòn. En cuanto a las fotos, si tu vieras lo que veo, no tengo la menor duda que le sacarias mucho mas partido. Un abrazo!

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