Kenia (3) El Monte Longonot. De Naivasha a Nanyuki. Todo preparado.

Los viajes en África son viajes de momentos y de contemplación, viajes de destino y de interior. En África hay muchísimo tiempo muerto. La dureza de los polvorientos caminos, las malas digestiones y las largas distancias exigen muchísimas horas y mucho descanso. Si no descansas eres pasto del agotamiento. Además, África no tiene historia, así que no tiene monumentos, ni templos ni lugares que ver y visitar. En las ciudades, África es pura humanidad, fuera de las ciudades, África es Naturaleza y silencio.

Me voy al Monte Longonot. Es otro volcán latente, algo más alto que el Suswa, 2.776 mtrs, y su crater casi un círculo perfecto, con un magnífico bosque en el interior que es como un Mundo Perdido con un fuerte magnetismo.

Empezamos con una sesión de caminata, matatu y moto hasta la entrada del Parque Nacional, lo cual es lo contrario de una sesión de baño y masaje. O lo mismo pero a lo bruto. 

Me acompaña Tom, un encantador chaval del guesthouse, pequeño, seriote, vivaracho y con una voz de falsete que no prodiga. Tiene 22 años y es más raro que un perro verde. De vez en cuando, se pone a hacer algo así como un baile extraño, a veces como si estuviera en la pista de la discoteca y otras como si quisiera echar a volar. No se si estira los músculos o se le van los pies con una música interior que sólo él oye.

El sendero al cráter del Longonot se pica enseguida, pero no tengo dificultad y en una hora llegamos. La vista es magnífica. Otro paisaje de película. No me causaría la menor sorpresa oír el grito tarzanesco pero el silencio es absoluto.

La ascensión es de 3 kilómetros y pico y dar toda la vuelta al cráter supone algo más de 7 km. Llegamos arriba en 1 hora y al punto más alto, Kilele Ngamia, la cima, en otra hora. Desde ahí la bajada para completar el círculo es peligrosa por resbaladiza, como en todos los volcanes. Toboganes naturales de piedra y gravilla amenazan aterrizajes de emergencia pero salvamos el asunto sin daños personales.

Total, 5 horas, casi 15 km con dos paradas de 15 minutos. Con la ida y la vuelta al guesthouse, 7 horas. Estoy contento porque lo he aguantado bien. La convalecencia va viento en popa.

Volviendo a Naivasha en el matatu voy viendo alejarse el Longonot. Un pedazo de montaña, sí señor.

A todo esto, me dicen que han cerrado el Parque Nacional Hell’s Gate que visité hace unos días. Una riada arrasó a una familia de Nairobi y su guía en las mismas gargantas por las que estuve paseando. Siete fallecidos. Me habían dicho que eran peligrosas pero no pensé que tanto. El destino es caprichoso. Te toca, no te toca.

Como entrada al Parque Nacional Mount Kenya elijo la ciudad de Nanyuki. Para llegar allí desde Naivasha, unos 250 km, tengo que coger 4 matatus. No se qué pasa hoy, pero en todos me tocan compañeros y compañeras de viaje de cuerpos más que generosos. La vida está muy mal repartida y, si hay que compartir 2 asientos con un pedazo de humano de más de 120 kilos, por más que digan las tablas de división, las matemáticas mienten como bellacas y a mi no me toca ni medio asiento. Seis horas de viaje me hacen odiar la obesidad con toda mi alma.

En Nanyuki los acontecimientos se precipitan con una velocidad tremenda. He venido sin reservar con nadie el trekk al Monte Kenia. Ya me encuentro bien, así que, a pesar de la debilidad que todavía arrastró,  estoy aquí y me apetece intentar la cima más alta de Kenia y segunda de África. A ver como me lo monto. No reservar el trekk hasta estar en el lugar de arranque puede salirte mal porque no encuentres agencia de confianza, pero si sale bien siempre ahorras un buen dinerito en intermediarios.

Mi mayor problema es que tengo poco tiempo. En una semana vuelo a Tanzania desde Nairobi y, para hacer cima en el Kenia, necesitas 4 ó 5 días bien buenos. Me queda pues poco margen.

Saliendo de la estación voy a buscar el lodge que he reservado por internet y no lo encuentro. Mal vamos. Al pasar por un hotel de lujo sale un empleado y le pregunto. Se llama Samuel y me dice que no conoce el lugar pero intentará ayudarme. Resulta que el lodge en cuestión… ¡Todavía no ha inaugurado! Han puesto habitaciones a la venta antes de abrir. A saber.

Samuel me consigue una buena habitación y a buen precio. Le invito a tomar una cerveza y hablamos. Le digo que estoy pensando en subir el Monte Kenia y, como no, tiene un amigo que organiza trekks. ¡Pim, Pam, Pum! Llama al amigo, éste se viene al hotel, acordamos precio y… ¡Zasca! Mañana empiezo. Serán 5 días y 4 noches en la montaña.

Supongo que otro hubiera desconfiado de contratar un trekk de este calibre con gente de la que no tienes la menor referencia. Yo no. No sé por qué, pero en Samuel no se vé maldad alguna. Quizás algún día me equivoque y me peguen un palo pero, mientras tanto, seguiré confiando en mi pituitaria.

Puntualmente a las 10 horas del día siguiente me vienen a buscar para empezar el trekking. Estoy excitado. Casi 5.000 metros de volcán extinto me esperan. Voy a intentar hacer cima y me hace muchísima ilusión pero también me da mucho respeto.

Un equipo completo de expedición para mi: Philip, el guía, Denis el porteador y Daniel, el cocinero. Últimas compras. Todo preparado. A las 11 am estamos delante de la Sirimon Gate, una de las entradas al Monte Kenia, la montaña sagrada de los kinuyu.

Haremos la Ruta Sirimon de subida hasta la cima y la Chogoria de bajada. En teoría, al amanecer del cuarto día he de llegar a Punta Lenana. No es exactamente la cima, porque hay dos picos un pelín más altos, el Batian y el Nelion, pero a estos sólo se puede llegar escalando.

Vamos a por ello.

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