Francia (1) París y otras historias. Sin vergüenza.

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Mi relación con Francia se inicia, hace muchíiiiiiiisimo tiempo, con una foto. Una foto de mi madre. No sé dónde anda esa foto. Quizás todavía existe.

No sé si era en blanco y negro o solo le quedaban unas sombras de color perdido. El caso es que por esa foto, ya de niño, oigo por primera vez hablar de Paris y de ahí, gracias o por culpa de esa foto, viene todo el después.

Mi madre era una mujer muy guapa. Un bellezón. Era, siempre lo fue, una niña guapísima. Hasta los 90 años fue guapa y niña. Le encantaban las fotos y la casa estaba llena de la historia gráfica de la familia.

Había en una mesita una foto de ella, con bastante menos que 30 años, en un primer plano, rubia, con su sonrisa de muñeca, muy elegante y con un clavel en la solapa. Sí, creo que era un clavel… Estaba increíblemente guapa. Cómo un ángel. Esa foto me alucinaba. Me dijeron que estaba tomada en París, en Le Moulin Rouge, un local de cena espectáculo tipo cabaret, mítico en la época de los años 30. Siempre quise ir allí, al lugar donde fue tomada esa foto y allí fui en mi Viaje de Bodas.

Ese viaje fue especial, como lo deben ser las Lunas de Miel. Para resumirlo se tratò de conocer  los mejores hoteles y restaurantes de Europa, pasando por Francia, Inglaterra, Suiza, Austria e Italia en avión, ferrocarril y coche.

Mis recuerdos de entonces son una sopa de pescado en un restaurante increíble en Londres, unos magníficos paisajes otoñales en un lago suizo, un trayecto en el Orient Express de París a Venecia en un camarote todo revestido en madera y con un elegantísimo restaurante a bordo de cenas excelsas y un ambiente de novela de Agatha Christie… También una Viena principesca, con su Escuela de Equitación, sus niños cantores y una noche en el Hotel Imperial antes de, vestidos de etiqueta, ir a la Ópera y disfrutar de La Flauta Mágica de Mozart. Y unos magníficos paseos por Venecia, donde nos alojamos en el famoso Danielli, buscando máscaras para mí colección.

Y, naturalmente,…recuerdo París.

De París me vienen a la mente 3 momentos muy gráficos. Como si los estuviera viviendo ahora: una jornada en el Louvre donde, a saber porque, nos reímos como locos, una cena en La Tour d’Argent, al lado del Sena y delante de Notre Dame y, desde luego, el espectáculo de Le Moulin Rouge.

De abajo arriba, primero Le Moulin Rouge. Ahí estaba yo, en el Moulin Rouge, escenario de la, para mí, legendaria foto de mi bella madre, y con mi igualmente guapísima reciente esposa. Porque la madre de mi hijo era, y es, también guapísima, dicho sea eso sin el menor sentimiento romántico. Yo tengo la suerte de tener una excelente relación de amistad con mi ex mujer y admirada madre de mi hijo, como debe ser. Quizás aquel dia cerraba un círculo de esos de los que se compone una vida.

En la Tour d Argent tuve un percance inocente de final granuja. El restaurante en cuestión era de una elegancia gótica e impactante y nosotros no dejábamos de ser unos íberos paletillas de finales del siglo XX con muy poco Mundo a las espaldas. Nos impactó que, cuando pedías patè de foie, te traían el pedigree y grandes explicaciones sobre la elaboración y preparación del órgano hepático del pobre pato asesinado para nuestro disfrute gustativo. Quitaba el hambre, la verdad. Que te digan el nombre del pobre animal que te estás comiendo es, simplemente, una putada. Y, tras las cristaleras del restaurante, el Sena y Notre Dame nos miraban…

Resultó que, en medio de la cena, ya en el segundo plato, me di cuenta que no llevaba la cartera. Miramos lo que llevábamos de efectivo entre los dos, consulté la carta, conté lo que valía lo que habíamos pedido…y no llegábamos.

Urdí un plan para no quedar como el paleto que era. Llame al encargado y me quejé amargamente de que el filete de ciervo que me zampaba en ese momento estaba demasiado hecho. Le dije, compungido, que estaba “désolé” porque había invitado a mi mujer al que se suponía era el mejor restaurante del Mundo y no sabían ni cocinar la carne de caza en su punto. Nos ofrecieron cambiar el ciervo por lo que quisiéramos, incluso una fondue de chocolate (ella, que se pirra por el chocolate, se mordía con amargura la lengua para no aceptar), pero nos mantuvimos firmes en una negativa soberbia y ofendida, acabamos de beber el champagne rosado con vistas a Notre Dame, pagamos y todavía me sobró para dar al encargado, elegantemente, 1.000 pesetas para que nos pidiera un taxi. Sin vergüenza.

Y en el Louvre, quién sabe por qué reíamos. Qué más dará el por qué!  El asunto es que éramos jovenes, felices, con ganas de reír y de vivir. Fue un magnífico viaje.

También en Francia fueron mis primeras vacaciones. En la Costa Azul: Niza, Etze sur Mer y Etze Village, Montecarlo… Sol y playa, mansiones señoriales, una gastronomía sin competidor posible…y el Casino, claro. Perdí, como siempre. Odio perder y en el juego siempre, siempre pierdo. En el amor también, la verdad.

Y, lo he dejado para lo ultimo, tengo también con Francia el recuerdo de Montpellier. Montpellier, tampoco puedo olvidarlo. Montpellier, según como, puede ser la ciudad más bonita del Mundo. Como todas. Pero eso es otra historia. Cómo en poco más de una semana, estaré allí, ya vemos.

Y ahora estoy otra vez en Francia. Esta vez, Saint Etienne. ¿Por qué Saint Etienne? Pues no lo sé. Estaba en el camino.

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