Filipinas (5) “La Cordillera” (y 3ª parte) Tatuajes.

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El Monte Pulag me ha descoyuntado. Pasaré 4 ó 5 días descansando en Sagada. Quiero comer bien, pasear y dormir mucho. Sagada es, en pobre, un pueblo-estacion de deportes de aventura, con un aire hippie/pijo/guay, con buenos restaurantes y senderos agradables. Me vale.

Se me van las buenas intenciones y, ya al segundo día, como la cabra tira al monte, me meto al coleto una travesía de más de 3 horas incluyendo el pico Kiltepan, 1.600 metritos, con unas vistas preciosas del valle y las terrazas de arroz.

A la vuelta, encuentro un café donde me zampo un bistec de buey con arroz y verduras para chuparse los dedos. Quizás la mejor comida desde hace 15 días. El propietario y cocinero, Norberto Carbonell, es un ex marinero filipino que, después de recorrer los puertos de medio mundo, ha recalcado aquí, en Batalao, un pueblecito de La Cordillera bien alejado del mar.

Norberto tiene nombre y facciones más ibèricas que filipinas, y es que este país es como un museo etnològico. Puedes estar en una aldea donde las caras de malayos sean lo habitual, subirte a un autobús y encontrarte a 4 señoras delante con pinta de peruanas o bolivianas, y bajarte en el siguiente pueblo donde todos parezcan mongoles o tibetanos. Y si te das una vuelta por los alrededores y profundizas un poco por zonas de montaña, todavía te encontrarás gente que jurarias son indios norteamericanos, negros africanos o indígenas polinesios.

En este país hay casi 200 etnias con sus correspondientes dialectos. Aetas, igorots, kalingas, chabacanos… Por cierto, se ve que los Chabacanos de Mindanao hablan puro español y es que, aquí, vas mejor con el español que con el inglés. Mi filipino progresa viento en popa. Les dices: “Hola como estas? No hay agua en el baño.” Y te entienden perfectamente. Otra cosa es que te la arreglen. Aquí las cosas van despacio, muy despacio.

Al tercer día ya me meto en otro berenjenal. Resulta que, a 50 km de Sagada, está el territorio kalinga, unas aldeas de montaña conocidas por sus mujeres tatuadoras. Allí voy. En Buscalan vive la más famosa de ellas, María Fang-od Oggay, también conocida como Wang Od. Nació antes de que existirán los registros pero calculan que tiene más de 90 años. María es una guru del tatuaje en todo el mundo. Gente de los 5 continentes viene a hacerse tatuajes a Buscalan y a aprender de ella y, sin ella, este pueblo sería NADA. Ahora, casi cada casa aloja huespedes y la mayoría de sus habitantes viven del turismo de una  manera u otra aunque, desde luego, no han dejado sus cultivos de arroz y marihuana ni su ganadería doméstica.

A Buscalan se llega en 1 hora de jeepney hasta Bontoc, transbordo, otras 2 horas bien buenas hasta un puesto de la carretera y, de ahí, otra hora subiendo la montaña por un camino de barro y escaleras. Llueve otra vez, como cada tarde, y subo y bajo chapoteando en el lodo.

La aldea es una amalgama de chabolas, muchos niños, perros, gallinas, cerdos y mas barro. Las costumbres de esta tribu kalinga no han cambiado desde hace 100 años más que en los pantalones, las chanclas y la camiseta que son las pertenencias primarias de sus habitantes junto a la casa, los cultivos y animales familiares, aunque para los visitantes han acondicionado salas más o menos habitables. El poblado es sucio a rabiar, las casas puras chozas y las calles, embarradas y cercadas para que no se escapen los animales, son verdaderos establos.

Me alojo en una casa particular, en lo que debiò ser el granero, hoy remodelado con tarima de madera, fotos, un colchòn y unos alambres donde cuelgan mantas y sabanas. Me señalan una especie de cenicero con una pipita y me dicen: “marihuana”. Me concretan que la habitación cuesta 5 euros incluido el café, arroz y marihuana: “Rice, coffee and marihuana free. All you want”. Pues muy bien.

La cena, en la terraza de otra casa particular donde hoy han hecho adobo de pollo. En el valle anochece. Mientras ceno, al lado, 2 chicas jovenes ayudadas por linternas tatúan con sus instrumentos rudimentarios a 2 chavales.

Ya de vuelta a mis aposentos de esta noche, la lluvia gotea en la uralita y se está calentito. Sentado en el suelo encima de una manta, escribo y pienso a la luz de una vela. Auténtico. Abajo, un corrillo de vecinos charlan alegremente mascando tabaco y escupiendo. Vaya lugar!

Ya es hora de dormir. Bajando las escaleras del ex granero, 2 cerdos negros enormes duermen custodiando la pequeña habitación con un cubo y un agujero que hace de W.C. No os lo describo, y os aseguro que deberíais agradecerlo.

Y… sè que alguno se preguntará: “Se fumo la marihuana?” Se admiten apuestas…

A la mañana siguiente, voy a conocer a la “apo”, la abuela tatuadora. Està sentada en un taburete haciendo un tatuaje. Los tatuajes rituales de los Kalinga, se siguen haciendo con espinas de un árbol y bambú, mezclando hollín de pino, agua y papa dulce e introduciendo la tinta en la piel a golpecitos, punto a punto.

Alrededor de la abuela, unas 30 ó 35 personas. Todos quieren hacerse tatuajes y fotos con la leyenda viva y, algunos, viven durante meses en esa aldea para aprender de ella. Buscalan es la Meca del tatuaje étnico, y Maria, poco menos que el mismisimo Papa.

Esto se acaba. La Cordillera ha sido un viaje diferente, casi espeleología sociológica enmarcada en valles y montañas envueltos en bruma, conviviendo con personas de muy diferente condición a la mía. Me he encontrado gente fuerte, muy fuerte. Superhombres y, sobre todo, supermujeres con el poder de la alegría. Respetuosos, generosos, solidarios e inasequibles al desaliento. Seres que parecen no conocer el dolor, la tristeza, la mezquindad, la depresión y la enfermedad a pesar de que casi no tienen ni educación, ni asistencia sanitaria, ni ayuda de ningún tipo de lo que el progreso pone en nuestras manos occidentales como un derecho casi natural e indiscutible. Deberiamos pensar que tiene de malo nuestra idea de progreso que nos debilita y empobrece.

Y he resaltado “supermujeres” porque aquí y, en realidad, en todo el mundo, ahí si que Occidente va parejo, el 80% del peso de lo que constituye la esencia de la vida, lo hacen las mujeres, impresionantes e insustituibles para que la vida sea lo que es. Trabajan, cuidan a los hijos, cocinan y dan con sus risas y gritos luz y sonido. El hombre es un complemento. Eso también debería reflexionarse o el género masculino se condenará a un lugar meramente anecdótico en la sociedad, justo debajo del ajo y el perejil.

Completo la carretera de La Cordillera en un bus a Manila por la vertiente de Nueva Vizcaya. Un viaje incómodo de 12 horas. El bus tiene puesto esos plásticos para que no se ensucien las tapicerías de los asientos que te van quemando la rabadilla. Suerte que yo me duermo sentado en la punta de un palo.

No me he hecho ningún tatuaje pero creo que, como si me lo hubiera hecho, me acordarè toda la vida de La Cordillera, sus valles, sus aldeas y, desde luego, el Monte Pulag. Han sido unos días magníficos. Este lugar tiene algo…algo indefinible. La Cordillera es muchas cosas que no tienen nombre ni adjetivos. “Algo” fascinante, atípico y no catalogado ni catalogable. Mi sensación es que de aquí me llevo “algo” y aquí me dejó “algo”.

En Manila el tiempo justo para dormir y volver a comer en el mercado de Dampa. Mañana cojo un avión a Puerto Príncesa. Voy a conocer la otra cara de Filipinas: la playa.

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