Filipinas (4) “La Cordillera” (2ª parte) El Monte Pulag. Bahala na.

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El Monte Pulag, 2.922 metros, es la tercera montaña más alta de Filipinas. Dicen que, al amanecer, en la cima se puede ver uno de los fenómenos meteorológicos más bonitos que existen: el mar de nubes. A por ello.

“Bahala na” es la expresión tagala que mejor define el fatalismo optimista con que afrontan la vida los filipinos. Viene a significar entre “que sea lo que Dios quiera” y “es lo que hay”. Una mezcla de ” Don’t worry be happy”, “Carpe diem” y “Akuna Matata”.

Hay dos posibilidades de hacer la cima del Pulag: o bien por  Kabayan, en vertical, o por Ambangeg, senda sencilla y sin aspavientos naturales. Acordamos con Ryan que haremos la subida por Kabayan y la bajada por Ambangeg. Anda el tiempo revolucionado y me  esperan, según dicen, unas 8 horas de ascensión notablemente dura, riesgo de lluvias torrenciales y una noche en el campo base antes de atacar la cima al día siguiente y volver en 4 horas de paseo tranquilito.

Bahala na.

La mañana despierta soleada. Los pajaritos cantan, las nubes se levantan, etc, etc. La ascensión empieza con una subida rabiosa de media hora hasta la caseta de los Rangers. Está cerrada, así que no puedo registrar mi entrada. Mal empezamos. Luego, sigue una hora de bosque precioso y vistas magnificas, acercándome a la falda del Pulag por las laderas y montes que le hacen de teloneros, hasta el  puente colgante que cruza un río y que marca el inicio de la ascensión de verdad. Tiramos 2 horas más por subida empinada a través de un sendero natural, más cauce que camino. Ya le miró a la cara a las montañas más altas de La Cordillera y, a la mayoría, por encima del hombro.

Un paréntesis. El trekking o senderismo, o como quieras llamarlo, no tiene mucho secreto. Aunque se escriban libros sobre eso, no tiene técnica. Cada uno se monta su película. Yo prefiero hacer de un golpe, más o menos, la mitad del recorrido y, sólo entonces, parar media horita a descansar, comer ligero y beber una coca cola por lo de dar energía al cuerpo. La segunda fase, la otra mitad de la jornada, también la parto en 2 con parada de 15 minutos. Trato de no dejar enfriar los músculos con paraditas inútiles de “Ay qué calor tengo!”.

Yo diría que, para hacer montaña, le has de poner un 30% de aptitud física, otro 10% de actitud, es decir, que esto te guste y te haga ilusión, un 30% de entreno y, el resto, un 30% de control. Somos una especie de trinidad: cuerpo, mente y, llámale “yo”, el que une a los otros 2 más una serie de cosas como intuición, instinto, educación, etc. El “yo” ha de controlar todo porque, si no es así, “cagada lorito”. Ni uno ni otro, cuerpo y mente, están hechos para sufrir y la montaña, y supongo cualquier deporte, es sufrimiento, sacrificio y superación. En la montaña, constantemente, cuerpo y mente te envían mensajes de “no puedo más”. Son mentira. Espejismos. Te has de montar trucos para superar malos momentos. Yo intento poner el piloto automático y buscar pensamientos, imagenes o recuerdos que me hagan salir de la fijación en el esfuerzo hacia escenarios agradables, siempre atento con el rabillo del ojo, claro. Es como trabajar con música.

Llegamos a un cubierto y hacemos la primera parada tras 3 horas y media. Comemos. Hemos entrado en la zona de niebla, ya no se ve un burro a 100 metros y empieza a llover. Por la pinta, esto no va a parar hasta arriba, así que ya me impermeabilizo todo yo en plan submarinista. No hemos encontrado a nadie hasta ahora. Mucha telaraña en el camino, así que hace tiempo que por aquí no pasan mas que cabras. Quedan, cálculo, 3 ó 4 horas más pero con lluvia, y eso handicapa.

Las 3 horas siguientes son una pura tortura. La subida es dura de picar piedra y llueve lo que no está escrito. Llueve a porrillo. Llueve a mares. Llueve a chorros. Cae agua a capazos, a montones, a cántaros. Parece que me he colado en la fiesta de inauguración de la temporada de lluvias en Filipinas. No he visto nunca llover tanto. Agua, más agua, mucha más agua, toda el agua del Mundo. Toda. Una barbaridad de agua. El sendero se convierte en arrollo y, en menos de media hora, me veo rodeado de riachuelos por todos lados. Agua encima, agua debajo, agua delante, a izquierda y derecha. La Naturaleza ejerce su magia y, en un truco genial de transformismo, me encuentro que, más que andar por un camino, trepo por una cascada. Me duelen los músculos de piernas y brazos, el agua traspasa 2 capas impermeables, se junta con mi sudor y cae por mis inglés y piernas. Botas y calcetines chorreando, mochila calada, camiseta, chaqueta, todo totalmente mojado dobla su peso y me apabulla.

A estas alturas ya no queda nada de bucólico y romántico en la montaña, en la puta montaña, ahora ya es todo padecer y todo queda a merced de tu capacidad de sufrimiento, de tu umbral de dolor y de tu serenidad y control. Si ahora bajas los brazos…ya nada depende de ti, en nada te ayudas y para nada sirves.

Trato de fijar la mente en algo que me distraiga, que haga pasar el tiempo mientras dura la pelea, algo, un hilo de pensamiento que me haga volar por encima de todo esto que me supera. Pero la cabeza parece que me va a estallar y el corazón me va a mil dándo porrazos en el pecho como si él también se quisiera ir y, entre una y el otro, no me dejan salir de la realidad. Es el mal de altura y el agotamiento. Tiene gracia, con la que està cayendo y yo me estoy deshidratando.

Por fin, de algún lugar de la mente viene la imagen de mi padre que me mira con desaprobación y me habla con dureza:

– “Qué “noi”, sempre igual no? Todo lo tienes que hacer a lo bestia, toda la vida nos darás sustos verdad? No piensas en nosotros. No me gusta, Nacho, no me gusta.”

– Ostras padre! Ahora no estoy para broncas joder! Eso no ayuda en nada.

También viene Ramón, mi hijo. El que faltaba!

– “Padre, está vez el abuelo tiene razón. Eres un cafre! Estoy preocupado!”

– Coño hijo! Mira quién habla! Pues no tienes tu ideas de bombero! No eras ni mayor de edad y ya te metiste de cabeza en el fuego del Alt Empordà. De dónde te crees que te sale eso!

– “Padre el que te has metido en un lío ahora eres tú.”

– Yo soy feliz así, hijo. Con lo que me falta por vivir no me voy a poner a escribir mis memorias o a cuidar un huertecito. Todavía no me toca.

Veo que se ríe, y a mi padre también se le escapa una mueca que parece una sonrisa…

Estoy en casa, en Sa Riera, delante del fuego. Tortilla de espárragos, costillas de cordero a la brasa, una botella de vino…

Ryan me grita que falta poco, que ya llegamos al Campo Base. En 1 hora se acabó todo. Ya le tengo el pie en el cuello a la montaña.

Campo Base. Sigue lloviendo. Casi todo lo que llevamos ha quedado inservible. Nos hemos guarecido en una cabaña de madera y paja. Estoy temblando de frío y agotamiento. Se han salvado del agua unos calcetines, camiseta y calzoncillo térmicos, un polar y unos guantes. Ryan también tiene algo de ropa de abrigo. Me quito todo y me pongo lo seco. En la choza hay unas esterillas, dos mantas y un chaquetón. Me enrollo en todo eso y entro en calor. Tengo una fiambrera con arroz y pollo. Con eso tiramos. Nos estiramos e intentamos dormir mientras la lluvia aporrea los tablones de madera y la uralita que hacen de puerta. A los 2 minutos estoy dormido, y otro minuto después me despierta un calambre en la pierna derecha. Me espera una noche larga entre escalofríos y más calambres. Ya estoy seco, pero tengo frío y los músculos como la mojama.

Y pasa la noche. Parece mentira, pero ya es otro día y sale el sol. En 1 hora estamos en la cima y, delante, el mar de nubes. Me siento…difícil de explicar. Lleno. Y muy cansado.

Después de una ducha caliente, una buena cena y 8 horas de sueño confortable en el hostal, escribir esto me hace revivirlo, se me pone un nudo en el cuello y me dan ganas de llorar. No se si de alivio, de nervios pasados o de satisfacción. Quizás de todo eso… y más. La vida es un momento.

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2 Comentarios

    • Hola Isabel! Contento de encontrarte por aquí. Estaba ahora subiendo el Facebook de Alas y Viento el vídeo de la puñetera montaña. Un abrazo y muchos recuerdos!

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