Colombia (3) Santa Marta. La Ciudad Perdida (2ª parte). No hay otra vida.

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Con el control del gobierno sobre los descubrimientos arqueológicos, a los campesinos de la zona convertidos en guaqueros se les acabó el negocio del oro pero pronto descubrieron otra mina: las hojas de coca que, desde siempre, nacía y crecía naturalmente en la selva.

Grupos paramilitares bajo el liderazgo de un tal Hernàn Giraldo, la pagaban bien y se encargaban de su proceso, transporte y distribución. Giraldo cuidaba de la comunidad y era respetado, y hasta querido, a pesar de ser un notorio pedófilo. El gobierno colombiano y EE.UU pusieron cerco a los traficantes.

En el 2.004 Uribe gana las elecciones, promueve un acuerdo de paz con los paramilitares y esta zona se entrega libre de armas y cocaína. Giraldo fue extraditado y sigue actualmente preso en EE.UU.

Hoy, desaparecido también el negocio de la coca, la comunidad se ha reorganizado para ganarse la vida con el turismo. No es oro ni coca, pero no les va mal.

Desde El Mamey caminamos durante un par de horas hasta El Mirador, a 620 metros sobre el nivel del mar y, después, bajamos al Campamento 1, “Casa Adam”, otra vez hasta los 400. Apenas 4 horas pero hace calor y sudo como no he sudado en mi vida. Literalmente a chorros. El índice de humedad debe ser de récord.

El campamento es un conjunto de barracones con decenas de literas bien protegidas con telas mosquiteras, mesas comunitarias, una enorme cocina, lavabos y duchas. Para llegar has de cruzar un puente colgante en una imagen muy nepalí. Al lado hay una cascada que va a parar a una magnífica piscina natural a la que te has de tirar desde una altura considerable. Todavía quedan paraísos.

Una cena deliciosa de pescado frito regada con nutritivo zumo de naranja y a dormir. Mañana, a las 5 a. m. en pié.

Con la salida del sol llega el peor momento del día. Hay que ponerse otra vez la ropa mojada de sudor. Naturalmente, con estas humedades pantalones y camiseta están igual que ayer: chorreando. Caminamos 2 horas y media, ya adentrándonos en el bosque selvático, siguiendo el río Buritaca que ya no dejaremos hasta la Ciudad Perdida. A medio camino, otra piscina natural irresistible. Toca zambullida. Aquí es peligroso y me llevo un buen susto cuando la corriente me arrastra hacia una cascada. Me voy. No puedo hacer nada. Eberth, el guía auxiliar, me tira una mano, me agarro a él y me estabilizo en una roca. Me ha ido de un pelo. De un puto pelo. ¡Jo Der!

Parece mentira, no se si el accidente me ha dado hambre, pero a las 10 de la mañana ya me entran bien en el estómago unos espaguetti bolognesa. Y al camino otra vez.

Dos horas, un descansito de nada, y durante otra hora la pendiente se encabrona considerablemente. Ahora ya siento el cansancio y quedan como 7 u 8 km màs.

Vamos pasando puestos de guardia del ejército. El Mundo está tarado. Demasiadas metralletas. También pasamos por una aldea kogui, seminómadas muy anclados en sus tradiciones ancestrales y emparentados con los antiguos tayrona.

Este último “paseito” resulta un sube y baja que acaba con unas escaleras de pesadilla larga. O a mi me lo parece. Son las 15.45 así que la jornada ha sido de casi 11 horas aunque hemos estado 2 horas en el río y comiendo. Total, caminar, lo que se dice caminar, deben haber sido 8 horas y pico. Hemos subido desde los 450 a los 660, vuelta a bajar a los 450 y vuelta a subir hasta los 800. Necesito con urgencia una ducha y ponerme ropa seca.

Hoy dormimos en el Campamento 3, “Paraíso Teyuna”, a la orilla del río y muy parecido al anterior. La cena es a las 6 p.m., tarde teniendo en cuenta que hemos comido a las 10. Toca pollo en salsa… y más zumo. Esta gente es un poco demasiado sana para mi gusto. Todavía no me he quitado el susto del rio y hoy me sacudiría un lingotazo de algo fuerte, la verdad. Mañana llegamos a Teyuna.

Nada más salir el sol, un paseo, cruzamos el río con el agua por las rodillas, subimos los 1.200 escalones y en una hora nos plantamos en la entrada de Ciudad Perdida. Es emocionante y noto que se me marca una sonrisa enorme en la cara.

Al estar en un lugar elevado respecto a la entrada, Teyuna no tiene la espectacularidad de Machu Picchu desde la Puerta del Sol pero no se le puede negar un aire de espiritualidad y misterio. Los círculos de piedra donde se construían las casas encima de capas de tumbas de antepasados, el trono real, las escaleras Reina, las vistas embelesadoras de la Sierra, todo contribuye a un ambiente de paz y comunión con la Naturaleza. Desde el sector más alto tienes ya una perspectiva grandiosa de esta ciudad de 30 hectáreas y más de 1.500 años de antigüedad que da a nuestra fugaz vida una dimensión minúscula. Vivimos un momento… y parece que lo sepamos todo.

Visitada la ciudad, otra vez al refugio y, de ahí, empezamos la vuelta a Santa Marta. Hoy nos quedan 10 ò 12 km hasta el alojamiento de esta noche.Tengo metida la humedad en los huesos y ganas de llegar al campamento. Acelero y hago todo el camino solo.

Se me cruza desde la selva un indio kogui vestido con sus típicas ropas de algodón blanco, el pelo liso negro largo hasta la cintura y un machete de 1 metro desenfundado y en la mano. Ha aparecido de la selva como un fantasma. Estaba delante mio y en 1 minuto ya no le veo. El ni me ha mirado. Mejor, mucho mejor.

Otra cena abundante y a las 8 p.m. ya estoy durmiendo. Hoy han sido 6 horas de caminata y los kilómetros y las emociones se van acumulando. Llueve y las gotas de agua suenan en los techos metílicos y en el suelo como música suave de percusión.

Esto se va acabando. Otro sueño cumplido. El trekk de la Ciudad Perdida no me ha defraudado, ni mucho menos, y tiene su dureza. Pero si es verdad que la primera vez que oí hablar de él era una aventura de entre 7 y 9 días sin alojamientos, sin senderos, sin comidas y sin puentes. Hoy en día se ha civilizado mucho para hacerlo asequible a un turismo más amplio. Cierto que entonces existían unos peligros excesivos por las plantaciones de coca, sus guardianes y la guerrilla de ultraizquierda, estos últimos hoy retirados a la zona de La Guajira. La aventura había acabado muy mal para alguno de los expedicionarios de antaño. Y también es verdad que entonces yo tenía 10 años menos en cada pierna y podía aspirar a más exigencia.

Hay que ir con ojo porque el tiempo se come los sueños. Sí, desde que nacen hasta que te decides a convertirlos en realidad el tiempo se va comiendo poco a poco los sueños y mucha gente, sin siquiera darse cuenta, dejan que el tiempo devore todos los suyos. Y es triste. No hay otra vida.

Diana a las 5, como siempre, y nos plantamos en Santa Marta a las 15.30. Realmente han sido solo 5 horas caminando pero sigue lloviendo con intensidad y la ropa mojada y el barro me han handicapado considerablemente.

Hay que reorganizarse. Mañana vuelvo a Barranquilla y preparo viaje al próximo destino: Barichara. Me queda una buena paliza de autobús para adentrarme en el interior del país. Seguimos.

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