Colombia (1) Cartagena de Indias y Barranquilla. Camino a la Ciudad Perdida. Piratas y enmascarados…

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Desde el asalto del inglés Francis Drake en 1586, sitiar y tomar Cartagena fue la mayor fantasía entre los piratas, corsarios y bucaneros de todas las nacionalidades y épocas. Las defensas de esa ciudad convertían ese objetivo en una aventura difícilmente rentabilizable.

Pero la historia contemporánea de Colombia viene marcada por otro tipo de piratería que, hasta hace muy poco, tenía tomado todo el país: los narcotraficantes. Su época dorada pasò pero, aquí, ser defensor de derechos humanos, líder social, policía, juez o fiscal sigue siendo arriesgado. Curiosamente, mi vecino en el avión tiene tanta pinta de “narco” que parece una parodia.

Pero bueno, yo a lo mio.

Y “lo mio”, mi mayor objetivo en Colombia, es llegar a Teyuna, la Ciudad Perdida de los indios tayronas. Por eso entro en el país via Cartagena, mucho más cerca que Bogotá de Santa Marta, la localidad más cercana al inicio de la travesía que me debe llevar a esa ciudad de leyenda. 

Ya en Cartagena. Estoy zombi. Las 24 horas de viaje me han dado en toda la frente. No he comido y llego al hostel entre horas así que vuelta de reconocimiento, me tomo una cerveza con una arepa, esa especie de bocadillos con pan de trigo típicos de Colombia y ya. No llego a la hora de la cena. Con eso y un bizcocho… Me muero por tirarme a dormir. 

¡Arriba! Preciosos el centro histórico y el barrio de Getsemaní, todo color colonial, el skyline de la playa de Bocagrande, la Catedral, el palacio de La Inquisición, el atardecer desde el Baluarte La Santa Cruz, San Pedro Claver, las actuaciones musicales callejeras, las flores… Salsa y bachata, mojitos, buen pescado con patacones de plátano, un sol que  quema a rabiar…

Todo espectacular pero con un día tengo más que suficiente. El ambiente de Cartagena es turístico, playero y fiestero a tope y a mi no me va. Le reconozco belleza pero no tenemos almas parejas y yo tengo prisa. Lo dice un escrito en una pared y yo me doy por aludido: “Si no has de amar no te demores”. Así que, como el caimán de la canción, me voy para Barranquilla.

En autobús hacia la Terminal voy viendo por la ventana la otra Cartagena, la que no ve nadie, la de la clase pobre, la real, sucia y abandonada. Contrastes. Deambular sin destino fijo y viajar en transporte público es la única manera de conocer la verdad de un país. No hay otra. Aquí la verdad no es bonita. 

Barranquilla. El viento ulula en mi habitación como si estuviera en un refugio de alta montaña.

Barranquilla es un pueblo hecho de muchos pueblos. Africanos, europeos y amerindios han mezclado sus culturas y costumbres evolucionando juntos como ríos coincidentes formando un todo común. Tiene atractivos, pocos y aislados, pero no es más que una ciudad enorme de un millón y medio de habitantes y 150 km² de superficie, un 50% más que Barcelona, puro cemento, con un sol de martirio y tremendamente ventosa. Una ciudad sin sombra ni resguardo. 

La nomenclatura numérica de calles, a la americana, dificulta mucho el movimiento: La 48 #1-60, la carrera 72 con calle 26… Barrios y municipios metropolitanos se adocenan y confunden y encontrar una dirección es una aventura. Hay decenas de compañías de autobuses urbanos, cada una con sus itinerarios, sin paradas fijas y sin más sistema de información que una placa con un destino final. Un laberinto. 

Puedes ir al malecón por ver el Río Magdalena, un hogar para el viento, puedes ir a ver la catedral, fea, quizás puedes hacer un circuito por sus otras iglesias mastodónticas y sin ninguna gracia… Nada extraordinario. En realidad, nada medianamente agradable

Lo mejor de esta ciudad es el río de humanidad que la habita. Vendedores de todo circulan al grito de “, ¡Aguacate, papaya, mandarina!”… “¡Agua, el agua, agüita!”… “Señores, con el enorme respeto que todos ustedes merecen y yo les tengo quisiera ofrecerles…”… Y retahílas de la extra cariñosa y supraformal jerga colombiana. De amigo pasas a primo, hermanazo, papi, mi amor, mi vida… Y todo siempre “a la orden”, su marcial forma de preguntar qué quieres o en que pueden servirte, y “con gusto” si das las gracias. Es curioso. Un lenguaje de “Nuevo Mundo” que aprehender. 

Al mediodía aquí todos los que pueden almuerzan los “corrientes” un plato combinado en que tu escoges el elemento principal, entre los del menú, y ellos te ponen, de acompañamiento, arroz, ensalada, plátano, pasta, judías, patatas fritas… Lo que tengan. Además sopa de entrada y un vaso de zumo con hielo. Todo por 2 euros. 

Y música por todos lados: en los bares, en los comercios, en los coches, en las casas… Cumbia y salsa. “Lloreras”. Pasión, amor y desamor: “Moría de amor y jugaste con mi corazón” … “Te adoraba y me traicionaste…”…”Me has arrancado el alma…” … El cadáver de mi romanticismo se retuerce en la tumba donde ha ido a parar a base de años y tristes finales.

Y Barranquilla es, sobre todo, carnaval. Aquí, a finales de febrero, se celebran los carnavales más multitudinarios de Colombia y, durante una semana, las clases sociales se unen, las preocupaciones desaparecen y todo es fiesta y desfase. Quiero intentar conseguir alguna de las máscaras que usan. 

Comprar una máscara para la colección no es fácil y requiere tiempo. Se trata de encontrar piezas auténticas, de calidad y con personalidad.

Empiezas recopilando datos e informaciones en la Red y, después, visitas y hablas con especialistas, en este caso la gente de la Casa del Carnaval de Barranquilla. Eso te lleva a tener un par de teléfonos y direcciones. Visitas a un artesano, hablas y sacas más datos, vas de taller en taller, observas y preguntas… Y al final, si todo va bien, encuentras lo que buscabas y que no sabías qué era exactamente… ¡Y ya las tengo!

Pero todavía queda lo peor: enviar las  piezas y que lleguen sanas y salvas a casa. Tomas todas las precauciones que puedes, ofrendas una vela enorme a Santa Rita y… Veremos.

Me entero de que hoy, en el barrio de Buenos Aires, hay una especie de desfile inaugural del Carnaval. La Reina y el Rey Momo de este año izarán su bandera después de recorrer las calles junto a otras reinas menores, candidatas a cargos populares, reyes de otros años y comparsas varias. Me cuelo allí en medio y certifico que es una juerga tremebunda. Música, baile, disfraces, máscaras… Bonito y divertido.

Un apunte: lo he visto muy de cerca y la Reina del Carnaval 2.020 es elegante, guapa y con gracia pero, entre nosotros, la exuberancia de la Reina Metropolitana tiene truco más que obvio. Digamos que no es sòlo fruto de la genética y la gimnástica. Y ha quedado estupendo. 

Visto está. Ahora… Santa Marta y, de ahí, a la Ciudad Perdida. .

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