Australia (y 15) Cairns-Karunda-Cairns. “Mitgies”.

Son mis últimos días en Oceanía. Parece mentira. ¡Cuanto vivir! Cuatro meses después de aterrizar en Perth como un pato mareado, he recorrido todo este enorme continente casi de cabo a rabo. Si lo tuviera que definir con una sola palabra, sin duda sería “Naturaleza”. Es el continente donde los humanos viven más adaptados y con más comunión y respeto por la Naturaleza salvaje y, yo, eso lo he disfrutado intensamente.

Quedan muy pocos días, como quien dice, unas horas…

Tras Cap Tribulation voy a parar a Karunda, una comunidad con unos mercados con un glorioso pasado hippie pero hoy ya muy descafeinados. Hay allí un par de atracciones, un tren y un telecabina que, junto con autobuses de línea, van nutriendo los mercados de turistas hasta las 4 de la tarde. Después, el pueblo queda desierto.

Paso allí la noche en una especie de celda de un camping en el bosque donde, ahora, fuera de temporada, solo viven cuatro gatos desarraigados con diversas circunstancias de vida. En mi barracón solo está Michel, un cincuentañero recién separado, profesor de chavales autistas, con el que pasamos la cena hablando de mil cosas mientras me comen las “midgies”, esos mínimosquitos hijos de la gran ramera a los que, parece ser, les encanta el Relec y se pirran por mi sangre salerosa. Dice Michel que, para las widgies, el repelente de insectos es como ketchup en la hamburguesa. Entiendo que la hamburguesa soy yo, porque a él parece que no le pican. Le pregunto si se pone algo y dice que no, que debe ser que yo hoy soy el plato “especial del día”. Chistoso el Michel. Mis únicos aliados son unos murciélagos pequeños como golondrinas, ciegos e insectívoros, que van pasando como avionetas de combate por encima de la mesa zampándose a mis torturadoras.

Aquí los comerciantes, hippies y aborígenes viven en armonía y sin problemas e Incluso se ven parejas mixtas, lo cual no había visto en toda Australia todavía. Menos mal. De todas formas, una vez has caminado por la ribera del río pasando por un trecho de selva junto a las vías del tren, el lugar no tiene atractivo alguno así que me vuelvo a Cairns. Al horno. Ya estoy en capilla de mi vuelta a Europa y tengo que organizar mi itinerario hasta casa…y también pegarle una buena paliza a la piscina y el jakuzzi del hostel.

Ya es un nuevo día. ¡Fantástico! La vida es bella! Por cierto…

Consejo de viajero. Voy a decir algo que parece una perogrullada, y podría decirse igual como Consejo de humano que como Consejo de viajero. Aunque no lo parezca, es importante. En general, cuando entres a cualquier lugar, y a cualquier hora del día, pero especialmente cuando por la mañana entras en la cocina o, al levantarte te encuentras con alguien, di: “Buenos días!”. No duele. Si, en un alarde de trempera matinera del alma, acompañas la frase con una sonrisa, entonces ya es para nota y el cosmos incluso podría regalarte un amigo. Aunque no sea para toda la vida. A que es una obviedad? Pues parece mentira pero hay muchísima gente que no lo hace. Se podría llegar a pensar que cobran por usar ese par de palabritas y, en cambio, están tiradas de precio, alimentan el espíritu propio y ajeno y abren puertas a las relaciones. Si lo haces, cuando te vuelvas a encontrar con esas personas, a veces, te saludarán e incluso entablarán conversación contigo.

Sí, ya se aquello de “ Es que yo hasta que no me tomo un café no soy persona”. Ya. Las primeras horas de la mañana a veces son complicadas y algunos necesitan un rodaje para funcionar a un rendimiento normal sin que le piquen las bielas, pero te diré una cosa: que te acabes de levantar significa que estás vivo. Es una muy buena noticia. La mejor.

Me voy a FitzRoy Island.

Fitzroy Island es uno de los más bonitos trozos del planeta Tierra. Una de esas islas tropicales con los que cualquiera ha soñado alguna vez. Es mi último trekk en una montaña Australiana y mi último snorkel en el Mar del Coral. Y aquí paso todo día, otro magnifico día de esta vida viajera que me pertenece a saber por qué suerte cosmológica y, también,  por el derecho de conquista que ganan los que asaltamos nuestros sueños con el puñal de la ilusión entre los dientes y la mirada desvariada más allá de nuestros horizontes cercanos.

La montaña. Curiosamente, la isla no tiene un turismo masificado ni mucho menos. Hasta la cima de la isla, y en todo el camino de vuelta pasando por el faro, no me encuentro con más de 10 personas. Son no más de 10 km de ida y vuelta pero las tropecientos escalones de piedra bajo un calor de patíbulo no lo ponen fácil. Es una bonita caminata de hora y media. Chorreando, toca ponerse las gafas y los patos y ver que se cuece bajo el mar.

El mar. El intenso color verde esmeralda promete belleza. Y la hay. Madre de Dios y del Amor Hermoso si la hay! Sin duda alguna, el mejor snorkling que he hecho nunca. Alrededor de Bird Rock, parece que estás buceando y nadas a profundidad con bandadas de todo tipo de peces de todos los tamaños, especies y colores. Parece que estás viendo una película de Walt Disney. Y los corales son…. Tremendo! Me encuentro rayas, tortugas, peces Luna, Payasos…  En los morros se me planta un tiburoncete de cuatro palmos… Inevitable preguntarme si es un adulto de una especie pequeña o es un bebé de los grandes porque, si es lo segundo, la madre o el padre de la criatura deben estar también por aquí y…

Me tiro 2 horas en el agua y salgo únicamente por hambre. Que maravilla! Y por la tarde más, y también un paseo hasta Nudey Beach, una playa para tirarte allí a morir… ¡Vaya día!

Me he puesto de un negro africano, bien hecho, nada de vuelta y vuelta. Y estoy deshidratado, cansado y feliz como una perdiz. Ha sido un fin de fiesta en Australia como debe ser.

Este país, todo este continente, es de una belleza irreal. Es verlo para creerlo. En realidad, todo este Mundo en el que vivimos, nuestra casa, es maravilloso y fascinante. No sabemos la suerte que tenemos. Si lo supiéramos, otro gallo cantaría. Yo voy tirando para Europa.

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Australia (14) Cap Tribulation. El rain forest. Naufragios.

Toda está zona de Australia está llena de animales peligrosos. A los cocodrilos y los tiburones hay de añadir serpientes venenosas, medusas que te provocan ataques al corazón, rayas mortales y un largo etcétera de bichos muy poco saludables. Pero el más “curioso” es el Cassowari,  algo así como un avestruz con casco y cara de mala leche. Me encantaría ver un Cassowari en libertad. Dicen que, si te encuentras con uno, lo peor que puedes hacer es correr, que lo mejor es ignorarlo… A ver.

Llego a Cap Tribulation, en el Daintree National Park, a las 2 de la tarde. Antes he parado para caminar hasta las Mossman Gorge y para dar una vuelta en barca por el río Daintree  y ver cocodrilos tomando el sol en las riberas. Estos no son muy grandes.

Me alojó en un campamento básico pero con todas las comodidades: barracones para dormir, lavabos y duchas, cocina, un bar enorme y una piscina medianita. Las playas de los alrededores son una maravilla. Arena blanca, palmeras, la selva detrás y el mar tranquilo. Desiertas, claro, es el mar más peligroso del Mundo. Una playa donde no te puedes bañar es un contrasentido difícil de asumir, pero aquí es lo que hay. Si te das un baño al atardecer en estas aguas, tu única posibilidad de sobrevivir es que cocodrilos y tiburones se líen entre ellos a bofetadas por quien se queda con la pata y quién con la pechuga y, mientras tanto, se olviden de ti. Y eso es poco probable

Dos horas de paseo, un poco de gimnasia de mantenimiento y a la piscina. Bochorno. Esta anocheciendo y, desde el agua, veo 20 ó 30 murciélagos sobrevolando las copas de las palmeras.

Estoy acribillado por los mosquitos. Aquí hay unos, o unas, pequeñines que son de lo más voraces y te pican por todos lados pero, especialmente, en la espalda, donde no me llegó.. No se puede estar al aire libre sin que te trinchen a picadas que parecen mordiscos así que, después de cenar, me voy directo a la habitación. Tengo todo el barracón para mí sólo. Mañana temprano me voy a las montañas. Tienen una pinta tenebrosa.

Me voy de trekking al Mountain Sorrow. Es el Mt. Sorrow Ridge Trail. No hay sendero, solo un caminito desbrozado a tramos en continua carrera contra la gran campeona del Mundo de la regeneración: la selva. Mucho cuidado en no perderte. Lleno de telarañas. Me pincho con una rama e, inmediatamente, me sale un sarpullido por toda la mano. El desnivel, el calor y la humedad hacen un equipo temible. Por el rabillo del ojo veo que tengo una araña grande colgando del sombrero. Me lo quito y lo sacudo para que se suelte. Un par de veces más cuelgan telarañas con sus dueñas por manos y brazos. Tengo la cara llena de telarañas. Mejor no apoyarte, ni agarrarte, ni poner las manos en ningún sitio. Mejor subir a pulmón. Hay que caminar poco a poco consciente de las decisiones y tomando puntos de referencia. Los últimos metros son verticales y, a tramos, unas cuerdas aseguradas en los árboles facilitan la ascensión, aunque sin mucho criterio, la verdad.

La vista desde arriba te conciencia de lo que has llegado a subir. Tres horas y cuarto. Bebo medio litro de agua, descanso 15 minutos y me bajo. Espero llegar en menos de 2 horas. Estoy chorrreando de sudor y mareado.

La bajada es de cuidadín, cuidadín. Muy esguinzosa. Palanca de retención y frenada a fondo. El suelo es hojarasca, piedras y raíces de los árboles. Todo musgoso, resbaladizo e inestable. Los mosquitos zumban a mi alrededor. Ahora entiendo las cuerdas. Eran más para bajar que para subir.

La selva es dura. Y no es amiga. Te pincha, te da golpes, te pica, te corta, te zancadillea y te hostiga constantemente. He perdido las señales. Estoy cerca pero estoy perdido. Mal asunto. Vuelvo sobre mis pasos y, a la tercera, encuentro el camino. Llego a la carretera. Dos horas y cuarto y todavía me quedan 15 minutos hasta el hostel. No tengo hambre. Prefiero primero un baño en la piscina. Necesito refrescarme.

Trekking exigente y muy aventurero, sí señor. He perdido un par de kilos seguro. Mis pantalones y yo tenemos rasguños leves, pero la camiseta se ha llevado la peor parte con algún desgarro de pronostico reservado. No llega a Europa. Son ya muchos viajes juntos. Por lo menos 3. La lavaré, la doblaré y la dejaré en el hostel de Cairns. Quien sabe…

Del Cassowari ni rastro. Lo más parecido que he visto ha sido un pavo. Y no es lo mismo mismamente. En absoluto.

El último día en Cap Tribulation lo dedico a explorar sin ton ni son. Me encuentro en pozas naturales, ríos, bosques pantanosos y sobre todo playas, playas desiertas que dan una sensación de naufragio.

Naufragios. Me decía un viajero que, detrás de la mayoría de los grandes viajes siempre hay una mujer ( o un hombre). Quizás. No sé. Es cierto que he encontrado mucha gente que viajaba porque había acabado una relación. Los naufragios de la vida ayudan a tomar grandes decisiones, desde luego. A algunos, esos temporales los llevan a desiertas, deprimentes y desoladas islas interiores y, a otros, a grandes travesías igual de solitarias pero más abiertas y enriquecedoras. No sé.

Llegando al hostel, en una zona pantanosa, Dubuji, oigo un chapoteo, me giro y, a cinco metros de mí veo un cassowari. Por fin! Me paro y le hago cinco fotos, hasta que me mira directo. No parece en absoluto amenazante pero ha llegado el momento de seguir. Sin prisa por fuera, ahuecó el ala. Que chulada! He visto un cassowari! Duermo feliz como un niño.

Toca ya esperar al autobús.Una última caminata por Myall Beach. Es marea alta y el mar se junta con la selva. No hay distancia de seguridad. Pasear aquí, en la más absoluta soledad, con la selva cerrada en un lado, el mar amenazador al otro, al fondo las montañas rodeadas de nubes tormentosas, todo en un silencio vació roto por el rumor de las olas rompiendo en la orilla y por extraños graznidos que suenan desde la selva …. La sensación es que, si esto es la primera escena de una peli americana, si no eres el “prota”, de la izquierda, de la derecha, de arriba o de abajo saldrá “algo” y adiós muy buenas en un santiamén. En el agua a un metro de mi, una raya enorme da un coletazo y me da un susto de muerte

Me vuelvo a Crains. Me queda poco en Oceanía. Tic, tac, tic, tac…

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Australia (13) Cairns. La Gran Barrera de Coral. Cocodrilos y tiburones.

De vuelta a Australia. Al final, la vida lo ha querido así. De Nueva Zelanda, vuelvo a Melbourne y, de allí, sin salir del aeropuerto, avión a Cairns, en Queensland, al Noreste del país. El Trópico australiano, el rainforest y los arrecifes de coral.

Que sensación más diferente a cuando llegue por primera vez a Australia. Entonces, tras viajar por Asia durante meses,  estaba más perdido que un marciano en Disneylandia. Ahora ya no. Llevo más de 100 días dando vueltas por Oceanía. Terreno conocido.

Australia no te la acabas nunca pero me faltaba, especialmente, la Gran Barrera de Coral del Noreste. Me apetece mucho conocer este país bajo el agua. En la playa de Cairns, desde luego, no. Ese mar está infestado de los cocodrilos más grandes del planeta (más de 8 metros) y he visto demasiadas películas como para arriesgarme a acabar de  aperitivo  de un lagarto dentudo y resabiado porque los humanos hicieron bolsos y zapatos de su santa madre. Los cocodrilos tienen casi 80 dientes, y eso es mucha dentadura. Aunque, a mí, lo que me da más miedo son los tiburones. De toda la vida. Desde que vi la peli es una de mis pesadillas habituales. Esos no tienen dentadura, esos tienen trinchadora. El gran tiburón blanco… 3.000 dientes amigo!!!! Y de eso también hay por aquí.

Me dan la bienvenida 37° de calor apabullante y un 88% de humedad. Una sauna. En las calles ni un alma y el centro comercial y supermercado atestado de gente buscando el alivio del aire acondicionado. Fuera, el aire no se respira, se mastica. En el hostel hay una piscinita la mar de chula y, después de hacer las compras de comida para los próximos días, me meto. Por ahora, pasear imposible.

Cairns no tiene ningún interés. Es un pueblo grande o ciudad turística como las hay a miles. Restaurantes, tiendas, bares, playa, paseo marítimo y poco más. Quizás lo único curioso es la enorme piscina al lado de la playa para que la gente se bañe. En el mar, como decía, eres merienda para cocodrilos así que está prohibido bañarse.

También hay aquí una nutrida comunidad aborigen con el mismo aire zombi que notè en el desértico  centro de Australia. Quizás un par de escalones por encima de lo que vi allí en la escala de la degradación humana. Los hay también que se han organizado para hacer shows turísticos para divertimento de chinos y europeos sin nada mejor que hacer que deglutir patéticos espectáculos casi circenses sin el menor interés. En esas… representaciones, una pobre gente se vuelve a poner el taparrabos de sus ancestros, se pintarrajea y enseña al susodicho publico, con poca o ninguna gracia, como se utiliza una lanza o un boomerang. Ambas partes, actores y público, forman un cuadro de tragicomedia humana nada edificante. Una pena. Obviamente, no es que yo haya visto eso en directo, pero con los carteles y un video de propaganda que sí, más que ver, me han explotado en los morros, voy más que servido.

En la habitación estoy con un chino, un alemán y un inglés. Sí, ya sé que parece el inicio de un chiste. El primer dia, la habitación estaba hecha un verdadero caos y tuve que desplegar todo mi encanto para revertir la situación. Ahora somos todos colegas, nos bañamos en la pisciniki, jugamos al billar y bebemos juntos. El calor es infernal y no da para grandes excursiones.

Hoy toca comer arroz. Y digo toca porque es lo que había gratis. Me explicó, aunque creo que ya lo he mencionado en algún “Consejo de viajero”. En los hostels bien organizados hay un cajón o un armario donde, los que se van, dejan lo que les ha sobrado y tú puedes utilizar lo que quieras. Arroz, pasta, mantequilla, aceite, sal, pimienta, hierbas…. Y también champú, gel, crema solar… Es un ahorro considerable. Hoy había arroz. Por eso he hecho un arroz de verduras. Muy bueno.

Como mucho pero sigo en el pellejo. Mi dieta es muy regular. Para desayunar fruta,  tostadas y café. Para comer, pasta, arroz, ensalada o huevos. Y para cenar, carne o pescado. Todo siempre con verdura. Agua, coca cola y, si el país lo produce, vinito. No gasto en las 3 comidas del día más de 20 euros diarios “tout compris”. Es importante cocinarme y emplatar con cariño. Hace bien al cuerpo y el alma. No es lo mismo viajar 15 días y comer lo primero que pillas que estar fuera de casa todo un año…o siempre. En ese caso, has de hacer del Mundo un hogar itinerante y tratarte con cariño. No hay otra.

Mañana voy a la Barrera de Coral. Ganas.

Hora y media para llegar al primer punto de inmersión. El barco se menea que da gusto. Nos ponemos el equipo y al agua. Antes, un espabilado le pregunta a uno de los guías sí aquí hay tiburones. Ya estamos. El guía le responde que sí, pero que de día no tienen “actividad”. Y añade, “normalmente”. No te jode!

Cómo no podía ser menos, bajo el agua la Naturaleza australiana está igual de mimada que en la superficie. Es tan cuidado y perfecto este mundo submarino que casi pierde naturalidad y puede parecer un decorado. Ni un plástico, ni una lata, ni un dedo de coral roto…. Enormes extensiones  de borgonias, corales y poseidonias habitadas por peces de todos los tamaños con combinaciones de colores impensables van desfilando por mis ojos…

Nunca dejará de sorprenderme el magnífico “allí abajo”, ese Mundo pausado que es y no es el nuestro. En ningún otro lugar estás tan solo y, a la vez, eres tan consciente de estar vivo y contigo mismo. Quizás es el efecto de escuchar tan clara y constantemente el sonido de tu respiración. Tras las dos primeras inmersiones, como no hay  tampoco ningún otro lugar como el mar para coger hambre, me lanzo famélico a por la comida de a bordo. Selección de ensaladas y platos fríos en general.

La última de las 3 inmersiones, ya después de comer, cuando el mar ha perdido los excesos de energía matinales y sestea bajo el sol de la tarde, es siempre la mejor. Calor, calma chicha y visibilidad perfecta. Los colores cogen sus intensidades más rabiosas y el mundo submarino resplandece en toda su perfección imposibilitando definitivamente a la ficción cualquier intento de superación. Vuelvo al hostel satisfecho y cansado pero todavía me da tiempo para un chapuzón en la piscina, 15 minutos de jakuzzi y una ducha caliente reparadora para pasar ya a la cocina y hacerme una “cena de sobras” rematando los víveres restantes. Este hostel es una perla. Y a 15 eurillos la noche.  Mañana enfiló hacia Port Douglas.

Port Douglas es lo mismo que Cairns en más pequeño. Y hace un calor horrible. Estoy en otro hostel magnifico, también con piscina, pero es que ni en el agua se puede vivir. Es como bañarte en te. Una calle con bares, tiendas y restaurantes, un pequeño parque con un árbol enorme, palmeras y bonitos cielos al atardecer, una playa y un puerto con yates de millonarios. Eso es todo.

Paso 2 días de algún paseo tranquilo, a primera y última hora, régimen de engorde y descanso tropical escribiendo bajo el ventilador.  Mañana me adentro en el rainforest de Cap Tribulation. Tres días incomunicado y sumergido en la más pura y virgen Naturaleza.

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Nueva Zelanda (y 9) Cerrando el círculo. Christchurch – Mt Cook – Queenstown. Un percance nocturno.

En realidad,  y aunque todavía tardaré en llegar, hoy empiezo a volver a casa. Allí, entro en boxes para que me arreglen un poquito, veo a mi gente, descanso un poco,  pasaporte nuevo y otra vez al tajo. Voy cerrando el círculo, pero, mientras tanto, seguimos…

Christchurch es de las ciudades más tranquilas del Mundo, y también de las más aburridas. En febrero del 2.011, fue destruida por un terremoto de 6,3 grados de magnitud. Aquí esto pasa cada 2 por 3. En septiembre pasado tuvieron otro de casi 7 grados en medio del mar. Espero que lo que aquí noto no sea la tensa calma que precede a la tempestad. “Madrecita que me quedé como estoy”. 

Pues eso, que aquí puedes ir a un par de museos, tomar algo en Regent Street, ver la fachada de la catedral destrozada por el terremoto, caminar por el Jardin Botánico o el Bridge Path Walk, pero poco más. Ideal para descansar. La ventaja de un viaje largo es que te puedes permitir “perder” el tiempo en algún lugar sin ningún tipo de ansiedad o remordimiento. Yo les llamo días de “pausa”. Mi mayor distracción aquí, y casi la más frenética de mis actividades, ha sido sentarme en un banquito a la orilla  del río, en el Jardín Botánico de la ciudad, y contemplar como los patos toman el lunch metiendo medio cuerpo en el agua, casi en vertical, y enseñando el culo al cielo.

Hay, eso sí, a 15 min en bus del centro, un barrio surfero con una enooooorme playa de largas olas y cielos preciosos. Es el New Brighton Pier. El “pier” (muelle) en cuestión, es una curiosa plataforma que se introduce en el mar como un puente inacabado donde la gente pesca, observa a los surfistas y toma fotos. Original.

Yo, mientras tanto, sigo de cocinitas haciéndome pantagruelícos banquetes para ponerme gordo y fuertote. Hoy, para comer, me sentía nostálgico de Asia y me he he hecho un arroz picantito con verduras y, para cenar, unos filetes de pescado fritos con mantequilla con acompañamiento de tomate, cebolla y guisantes. Muy bueno. Pronto seré ya un niño grande.

Mañana otra vez a la carretera. Me voy a Mount Cook. Solo tengo una noche, dos medios días, para hacer un par de trekks chulos allí. Llegaré a las 13 horas y me iré pasado mañana a las 14.30. Me he de despertar a las 5.30 de la madrugada…y me toca el gordo.

Cuando voy a dormir, en la litera de arriba me encuentro un tipo obeso roncando. Pero no roncando “normal”. No roncando suavito en plan algo más que un arrullo en do mayor o un ronroneo de chucho satisfecho dentro de unos límites de polución auditiva tolerable. No. El cabronazo truena como en la peor de las tempestades, resopla como si Eolo hubiera cogido un cabreo de los que hacen época y cambian el curso de la Historia, escupe como.un volcán en erupción y todo su corpachón se menea como si en su interior hubiera un movimiento sísmico. Gruñe y grita como un pobre cerdo despavorido en el matadero y, de pronto, cambia de registro a un gorgoteo de ave degollada regurgitando la sangre que le obtura la respiración. Es la reproducción sonora de una verdadera carnicería salvaje y sanguinaria, de un cataclismo, de un Argamegon. Me pongo tapones en los oídos pero eso no se arregla ni con chapas de acero. Le gritó que se calle, le doy con un zapato en los hierros de la cama , le intento mover de posición y nada. Ha entrado en una especie de trance apocalíptico sin salida ni solución. Os diréis que exagero. No es verdad. Ese tipo no me extrañaría que tuviese un problema de posesión demoníaca.

A la media hora, desesperado, para no estrangularle me cojo el edredón y me largo al salón. Tres o cuatro horitas en un sofá he dormido. Naturalmente, me pasó el viaje en bus sobando como una marmota. Que agotamiento.

Llego a Mount Cook. El lugar es bonito. Zona de lagos, montañas y glaciares. El lago y el glaciar Mueller, el Lago Tasman, el Hooker Valley y su rio, el monte Cook… Hago el Hoocker Valley Track nada más llegar y al día siguiente el Sealy Tarns… Lo dicho, bonito, pero nada más. Naturaleza superviviente y magnifica. Pero demasiada gente para mí gusto. Y los glaciares…los glaciares dan pena. Hay algún lugar en el que se ve claramente que ya sólo queda el cauce. El glaciar ha desaparecido. Ha muerto. Nosotros damos pena. Cómo no pongamos remedio urgente a todo esto…

Vuelvo ya a Queenstown. Circulo completo. Me queda un día para poner orden a todo y vuelvo a Australia de camino a casa. Ahora sí me como una hamburguesa en Fergburguer. Aunque ese tipo de comidas no me van mucho, hay que reconocerle el mérito, desde luego. Muy buena.

Llegué aquí hace 39 días y he recorrido buena parte de este maravilloso país disfrutando de una Naturaleza grandiosa y cuidada con mimo. Ojalá les dure porque, al fin y al cabo, este es un planeta pequeño, y las barbaridades que se están haciendo a nivel global ya amenazan malos tiempos. Tengo un poco de tristeza. Nueva Zelanda ha entrado ya, sin ninguna duda, en mi lista de países favoritos del Mundo, aunque la última impresión que me llevo no es buena. Queenstown está abarrotado de gente.

Es el Año Nuevo Chino. Primero fueron los rusos, y ahora le toca el turno a China. En los últimos 2 años escasos, la Perestroika amarilla ha abierto las compuertas por donde se desparrama en el Mundo un fenómeno de neo-turismo que ofrece a los tour-operadores un nicho de mercado de 1.200 millones de personas sobre el que se han volcado con voracidad.

Donde lleva eso no lo sé, pero… ni la actitud de la oferta ni la de la de la demanda me parece de lo más edificante. Muy poca ecología, mucho consumismo febril, cultura muy embotellada… mucha comida basura, mucho tour “safari”, mucha atracción de feria…

En el mundo todo está como muy mezclado y agitado, perdiendo originalidad, calidad, naturalidad y personalidad. Como comerte en Bangkok una pizza de sushi y pollo frito con comino y coriandro acompañada de CocaCola, servida en el bufete de un restaurante chino y cocinada por un chef marroquí. Y, además, deglutida a toda prisa, sin quitarte el sombrero mejicano, para no perderte el show de flamenco que has reservado para dentro de 15 minutos en el templo budista de la esquina. Y, ojo, que ya van viniendo los indios. Otros 1.200 millones.

En fin, dejo ya Nueva Zelanda. Magnifico país, si señor. Y de vuelta a Australia. Avión a Melbourne, duermo en el aeropuerto y, de mañanita, a Cairns. Voy a conocer la Gran Barrera de Coral australiana. El Este que me faltaba. De ahí, a Europa.

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Nueva Zelanda (8) New Plymouth. El Taranaki.

Dice una leyenda maorí que los dioses-montaña Tongariro y Taranaki, enamorados ambos de la bella Pihanga, se batieron en combate por conseguir su amor. La explosiones de gases y los ríos de lava arrasaron la Tierra y Tongariro perdió su cabeza pero, finalmente, derrotó a Taranaki.

Taranaki, vencido y desterrado, se instaló al oeste de la isla y allí encontró la paz junto a Poukai pero, con algo más que nostalgia por su antiguo amor perdido, todavia los días en que las nubes tapan su cumbre, Taranaki, sin que nadie le vea, llora mirando hacia el centro de la isla donde vive Pihanga.

Los maorís, al contrario de lo que ocurre en muchos países con sus nativos originarios, están plenamente integrados en la sociedad. Sin embargo, de su cultura, de origen polinesio, mantienen poca cosa salvo las famosas haka, danzas de guerra, naturalmente hoy restringidas a los deportes y al folklore turístico, y el moko, un tatuaje facial que todavía se ve de vez en cuando, sobre todo en mujeres.

Al atardecer, llegando a New Plymouth, por la ventanilla del autobús veo por primera vez el Taranaki y, después, mientras camino al hostel, se me aparece otra vez en el horizonte. Imponente.

Pasado mañana, las condiciones meteorológicas son inmejorables. Sol, visibilidad perfecta y sin viento. Voy a intentar hacer la cima, 2.518 mts. Estoy a nivel de mar, así que es de 0 a 2.518 en 14 kilómetros. La calificación oficial del Mount Taranaki Summit Track es “Challenging/14 Km/8-12 horas return”. Yo calculo 5 para subir y 3 para bajar.

Hoy va a ser dia de descanso, concentración y buena alimentación. He reservado transporte para mañana y para dentro de 3 días por no pensar, cuando esté metido en faena, que es la última oportunidad de conseguirlo. Tener una alternativa preparada me va bien. Me conozco. Si mañana no llego, bajo, descanso un día, y vuelvo a intentarlo.  La montaña, a veces gana.

Estoy un poco nervioso. El Taranaki es un volcán mítico y duro. Estoy fuerte, pero mi brazo derecho no funciona más que como apoyo y solo en determinadas posiciones. Alas y viento.

Es hora, 7 de la mañana. Subo al shuttle bus.

Ya lo tengo delante. Que grande es! Vamos pues. Empiezo el trekk a las 8 h. Todo es muy, muy empinado, pero el peor tramo es una pista de arenilla volcánica que resbala como hielo. Una hora y pico dura la broma. Seguimos. Ya pasó la puñetera pista y toca escalar roca. La ascensión final está marcada con palos, o postes numerados, cada 20 metros más o menos. No miro los números. No quiero saber.

Quedan como 300 metros. Palo a palo, paro un par de minutos y consolido. Tres respiraciones hondas. Trago el aire. Cansado pero sin agotamiento. Un poco mareado y un inicio de dolor de cabeza. Bebo un trago de agua. Ahora sí miró ya los números: 20, 19, 18…. Más agua. Estoy chorreando sudor. El sol pega fuerte.10, 9, 8… No falta nada. Llego arriba y veo lo que supongo es el cráter. Está nevado. Palo número 1. No es el final, no es “arriba”, todavía hay que pasar la nieve y subir una especie de compendio de todo lo anterior: rocas y gravilla resbaladiza. Patino y al suelo. No pasa nada. Seguimos. Ya estoy.

La cima, un regalo. Por los cuatro costados vistas imponentes. La nieve se desborda en el aire y se desparrama en una carretera de nubes hacia el horizonte. Las cimas son una de las sensaciones más gustosas que se pueden tener en la vida.

La bajada, primero, en las rocas, pasito a pasito con mucho ojo de no romperte una pata. Después, al llegar al tramo de gravilla volcánica, surfeando con los pies y preparado para los aterrizajes forzosos que los hay. Me pegó 5 ó 6 leñazos. Y ya. Son las 3 y como quien dice casi se ha acabado el trekk. Me paro a comer en una espacie de albergue vacio porque el bus no viene hasta las 17.30. Voy cubierto de polvo de arriba a abajo y con los brazos y manos sangrando de rascadas varias. Un cromo. Total el trekk dura 8 horas, sí. Y es duro. Ahora me baja todo el agotamiento de golpe y tengo el estómago del revés. Se me ha subido un volcán a la cabeza. Yo pensaba que había sido al revés. No pasa nada, en cuanto descanse en el hostel un par de horas estaré bien, pero ahora estoy tan cansado que si veo un billete de 5 $ en el suelo no me agachó a cogerlo…si es de 10 sí. Si es de 10 creo que sacaría fuerzas de flaqueza.

Ya en el hostel y, efectivamente, me duelen todos los huesos pero nada que una buena cena y un sueño reparador de 8 horas no puedan arreglar. Voy a cenar como un hombre y a dormir como un niño. Una jornada intensa. Sí señor.

Todavía me quedo un par de días más en New Plymouth. Uno, para descansar del palizón que me ha sacudido el Taranaki y para dar un paseo por la ciudad que resulta ser más sosa y aburrida que una misa en latín. Absolutamente nada destacable. Y otro dia para volver al Parque y hacer el Pouakai Crossing.

El Pouakai empieza con una subida demoníaca de casi 2 horas por el bosque húmedo en la falda del Taranaki. Me planto de nuevo delante del volcán para presentarle mis respetos. De ahí a Holly Hut en un sendero tranquilito con vistas kilométricas al bosque donde sobresalen de la frondosidad unos fantasmagóricos árboles esqueléticos. Extiendo un poco más el trekk para ver las Bells Falls y a la vuelta paro en Holly para comer una ensalada de pasta y un sanwitch. El camino a Bells Falls es canalla por desnivel y por resbaladizo, pero vale la pena ver las cascadas en caída libre hasta el rio por el salvaje despeñadero. Hoy he olvidado traer una coca cola que ahora me iría de miedo.

Paso la tarde en un sube y baja en todo momento observado por el Taranaki que ofrece todos sus perfiles. Que guapa es esta montaña…  La última imagen del Taranaki frente a su lago espejo es, simplemente, inolvidable.

Todo el track son 8 horas. Hay en este parque, el Egmont, más de 200 km de senderos así que me podría queda una semana y no me lo acabo, pero ahora debo seguir, ya de vuelta a la Isla Sur, esta vez por el Este.

Haré noche en Wellington, 2 o 3 días en Christchurch y una última parada en el Mt. Cook.

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Nueva Zelanda (7) Tongariro N.P. Atisbos del inframundo.

El Tongariro N.P. fue el primer Parque Nacional de Nueva Zelanda y el cuarto en todo el mundo. Todo un precursor de la protección de la Naturaleza. Dicen que tiene alguno de los trekks más bonitos del país. Mañana mismo empiezo por el Tongariro Alpine Crossing, 20 Km.

Subo al bus que nos ha de llevar al principio del trekk y a las 7.30 de la mañana ya estoy caminando. A la hora de camino el asunto se empina. Estamos ascendiendo entre dos volcanes: el Tangariro y el Ngauruhoe . Las montañas todavía están remoloneando en sus sábanas de bruma. Subimos hacia el sol.

Se supone que tenía que llegar a la primera planicie en 3 horas. Lo hago en la mitad, y los hay más rápidos, desde luego. (Oigo una vocecita en mi interior que dice: “…y que no fuman, capullo!”). Sigo subiendo y hago la cima del Red Cráter (1.886 mts). La vista es impresionante. Ya detrás y, casi, casi a la misma altura, el Mt. Ngauruhoe (2.287mts).  Debajo, los Esmeralda Lakes y a la izquierda el Blue Lake. Impactante.

Voy bajando hacia los lagos. El agua hierve bajo la tierra, los gases salen por entre agujeros infernales y huele intensamente a azufre. Atisbos del inframundo.

El descenso, bordeando el Lago Azul, todavía es más bonito, con vista a todo el valle de Ketetshi y al lago Rotoaira. Creo que aquí la belleza natural llega ya al grado 10. Más no puede haber. No es un trekking duro y es de lo más espectacular del Mundo.

Ayer conocí a un chaval de Barcelona, Ramón. Es el primer catalán que veo en muchos meses. Me lo encuentro otra vez en la bajada del trekk y charlamos. Tiene 21 años y está haciendo el cuarto de Arquitectura en Melbourne con un Erasmus. Echa de menos a su familia. Quedamos para cenar. Seguro que hace meses que no prueba nada sanote y hago una ensalada de pasta y un estofado de pollo. Una cena agradable.

Parece ser que es ya temporada alta porque se están agotando alojamientos y transportes. Ya no puedo ir improvisando y me pongo a fijar viaje. Acostumbrado a ir a salto de mata me es difícil decidir pero ya me he llevado algún capón y no tengo más remedio. En los próximos 2 días tengo que tener todo ligado. O casi. Comemos otra vez con Ramón. Hoy hago una ensalada de guacamole y, de segundo,  garbanzos con chorizo. El se ocupa de comprar vino. Es el trato. Luego de comer el ya sigue camino. Coincidiremos otra vez en el Monte Cook.

Se han hecho ya las 14.30 y me voy a hacer, con salida en el mismo pueblo, el Marton Sash & Door Trail, más concebido como pista de bicicleta de montaña que para caminar. Son casi 25 Km en todo tipo de terreno: bosque húmedo y seco, piedra, pinedas… cruzó un par de veces las vías del tren, hago algún trecho en carretera… Ayer en el Tangariro había un montón de gente y, en cambio, aquí, en casi 5 horas no me cruzo con nadie. Desde lejos, los volcanes observan.

Llegando al hostel, la luz del atardecer colorea de azul la bruma en la falda de los volcanes. Se me ocurre que, a su manera, se están dando un baño relajante antes de dormir. Este lugar es mágico.

Nuevo día y, por fin, a los pies del Ruapehu. Qué montaña más fascinante! Pillo al volcán todavía durmiendo en una mañana fresca. El bus me ha dejado aquí, en Whakapapa,  y voy a hacer el Tama Trail.

Veo primero las Taranaki Falls, una pequeña y encantadora cascada que, ahora prontito, se puede disfrutar sin el barullo de visitantes que recibe más hacia el mediodía. Enfilo el sendero a Tama Lake. Hasta tener el lago a la vista, es terreno casi llano con vegetación de matorrales y helechos. Mientras, el Ruapehu va despertando y domina soberbio la llanura. Al llegar al lago, la visibilidad es ya perfecta y la vista espectacular, pero….ni comparable a la que te encuentras en los morros cuando subes al Upper Tama Lake, ya con sendero empinado a tope. Allí, en la cima de la colina, Tama Lake y Mt. Ruapehu forman una de las parejas más increíblemente bellas del Mundo. Una delicia.

El viento en la cima es huracanado. Cuidado, cuidado. Una ráfaga me hace dar un salto atrás. Da miedo. Tengo que poner una rodilla en tierra para no salir disparado. Espero unos segundos para aprovechar una ráfaga más suave y salgo cagando leches.

El Ruapehu se puede ascender, pero a los maoris no les gusta. Lo mismo que el Uluru para los Anangu, para los maoris el Ruapehu  es una montaña sagrada y, yo, desde luego, respeto esos temas. Esa montaña me llama, pero dónde estoy caminando es ya un regalo del cielo. No me hace ninguna falta subir al volcán.

La bajada, contra el viento, también se hace dura. Vuelvo a Whakapapa por el lower Track de las Taranaki Falls. Más de 5 horas todo el trekking. Fantástico. Muy aventurero.

No me doy cuenta de lo cansado que estoy hasta que me quito las botas. Una ducha y tengo buena parte de la tarde del domingo para escribir. Y toca colada. Estoy feliz, agotado pero feliz. Las plantas de los pies me duelen de veras. “Sin dolor no hay gloria”, dicen.

Lo que no he visto son Kiwis, esa especie de pollo silvestre picudo que es emblema del país y da apodo a los neozelandeses. Dicen que esta es zona para verlos. Ni rastro.

Un día más. Me voy a ver las Tupapakurua Falls. Primero hay que hacer como 3 o 4 Km por una carretera de grava pero, después, entras ya en un estrecho y peliculero sendero en el bosque Erua. El caminito es selvático a más no poder y con un sube y baja exigente que te lleva hasta ver las Tapapakurua enfrente, en una pared cortada a cuchillo. La vista alrededor es de vértigo. Debajo, en caída vertical, bosque cerrado totalmente salvaje mires por donde mires. El sendero sigue pero ya es un trekking de varios días. En el primer tramo no hay suelo donde poner pie y hay unas cuerdas clavadas a la pared para avanzar colgado. No me atrevo. Con un brazo inutilizado no estoy para heroicidades. Además tendría que volver sobre mis pasos porque hay muchísimos kilómetros por delante.. Media vuelta y para el hostel.

Y se acabó el Tongariro. He decidido que ya no voy más al Norte. El norte del Norte quedará para otra ocasión, si la hay. Las fuerzas, el tiempo y el presupuesto se acaban. Voy a ir, porque me llama mucho la atención, a ver y vivir el Taranaki desde New Plymouth, en una esquina al oeste de la isla.

El monte Taranaki es un volcán de forma casi perfectamente cónica, como siempre nos imaginamos a los volcanes. Dice una leyenda maorí que…

No, eso mejor lo cuento en el próximo capítulo…

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Nueva Zelanda (6) Isla Norte. Te Ika-A-Māui. Wellington.

Dos horas de autobús más 3 y media en un Titánic neozelandés y ya estoy en la Isla Norte. Wellington, la capital. Hace 20 días que llegué a Nueva Zelanda y me quedan 20 días más para completar el círculo y volver a Queenstown.

El viaje me ha dado un hambre exagerada. Me hago cena de 2 platos: Ensalada atlántica  y Pechuga de ave sobre lecho de jade. O sea, ensalada de lo que tenía y pollo con pimientos verdes.

Wellington es una ciudad ventosa, pero agradable, tranquila y, como en toda Nueva Zelanda, incluso aquí, en la capital, si caminas 10 minutos te encuentras en medio de la Naturaleza. Este país es alucinante.

No es la ciudad más poblada del país, pero es donde se toman las decisiones. Dicen que está situada en una zona muy propensa a sufrir terremotos. Tengamos la fiesta en paz. A mí me encanta vivir experiencias pero, en cuanto a lo de terremotos, con el de Walpole voy servido.

Después de pasar la mañana  callejeando, por la tarde he subido al monte Victoria. Las mejores vistas de la ciudad. El bosque del monte está perfectamente cuidado, con senderos no solo señalizados, es que hasta te dicen los que son recomendados para caminar, cuáles para ir en bici y cuáles para ejercicio con perros. Toda la ciudad está diseñada para fomentar el deporte, la salud y la calidad de vida. Es una caña.

El paseo del puerto también es gustoso. Sol, veleros impresionantes, arte urbano… Mucha vida. Muy tranquila. No es una ciudad bulliciosa, es relajada y familiar. Aquí me paro unos días para coger fuerzas y, sobre todo, para organizar mi próxima etapa a los volcanes del Tangariro y…y ya la vuelta a casa. Esto se acaba. Poco a poco, pero se acaba. Mañana día cultural. Hay aquí el que dicen es el museo más completo del país sobre historia y cultura de Nueva Zelanda. Apetece. A esta gente hay que conocerla.

Pues sí, el Te Papa Tongarewa es un museo moderno, bonito, interesante, bien organizado…y totalmente gratuito salvo exposiciones foráneas temporales. Cómo debe ser. Al atardecer me voy al barrio playero y hago todo el larguísimo paseo marítimo. Un poco estresante, la verdad. Hay tanta gente paseando, haciendo footing y en bicicleta que a veces parece que te has metido en medio de una lluvia de meteoritos. Después me hago toda la Cuba street, la calle bohemia y barrera de la ciudad. Ya está todo visto. Me sobra un día. Descanso y organización.

Además del descanso, en mi último día en Wellington subo con el funicular hasta el jardín botánico, un parque diabólico con un laberíntico entramado de caminos en una colina cortada a pico. Vistas a la ciudad y poco más.

El viento sopla con rabia y hace lo que le da la gana con mi corpachón. Literalmente tira para atrás y, también literalmente, me tengo que agarrar las farolas para no salir volando. Ríete de la tramontana. Tremendo. Suerte tengo de que la Naturaleza ha sido, ya de nacimiento, muy generosa conmigo, y yo he intentado siempre consolidar su gran obra mediante deporte y una alimentación de campeón de halterofilia, todo lo cual me ha hecho, como es público y notorio, fuerte como un roble y a prueba de bombas.

Al final me armo un lío y me vuelvo a la ciudad por un sendero a través del cementerio, lo cual tampoco es lo más agradable pero ahí estamos. Eso sí, me lleva a 10 minutos del hostel. Mañana salgo para Tangariro a las 7,30 así que pasó por la estación para fijar el lugar donde tengo que esperar el bus.

Consejo de viajero. Hay que intentar conocer con antelación el sitio donde coges el transporte para un traslado y confirmar que no te equivocas de lugar. Sobre todo si sales pronto por la mañana. Si no lo haces, cualquier error te hará perder muchas horas, si no días. Y ya que estoy con transportes aprovecho para un par más de consejos:

1.- Lleva a mano algo de abrigo porque los aires acondicionados son traicioneros

2.- Lugar a escoger. A mí me gusta de la mitad hacia delante, ventana, que no comparta cortina y, en su caso, lejos de los lavabos.

3.-  No vayas con el tipo justo. A mano, ticket y pasaporte.

4.- La mejor manera de olvidarte cosas es no arreglar el checkout con recepción o no hacer el equipaje la noche antes de viajar. Déjalo para mañana a primera hora y después quéjate de que te has olvidado la toalla colgada para que se seque o el pasaporte en el hotel. Seguro que, además, no has devuelto la llave y te cargan 20 € en la tarjeta.

Hacia el Tongariro me acompaña otro paisaje incomparable. Verdes colinas, ríos y pinedas bajo un cielo azul parecen la antesala del País de Nunca Jamás. Rebaños enormes de vacas y corderos. Una especie de halcón sobrevuela los campos acechando posibles presas.

Llego al “pueblo” donde empieza el Parque. Fíjate cómo será que se llama National Park. Tal cual: Parque Nacional. Naturalmente, como suele pasar en Nueva Zelanda, no es un pueblo, es un conjunto de servicios del Parque. Cuatro albergues, 2 o 3 bares-restaurantes, una gasolinera con supermercado y oficinas de transporte y deportes de aventura. Una tienda de artículos de skí sí he visto. Nada más. Aquí lo importante es el Tongariro National Park, el hogar de los volcanes neozelandeses y, al frente de todos ellos, el Ruapehu, 2.797 metros, la montaña más alta de la isla.

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Nueva Zelanda (5) El Abel Tasman. Pamplinas.

En Nueva Zelanda es mucho más fácil viajar que en Australia. Aquí los autobuses InterCity te llevan a todos lados y no tienen el menor problema en dejarte cerca de tu alojamiento. Los chóferes son la amabilidad personificada y te amenizan el viaje, como guías turísticos, explicando con el micrófono por dónde estás pasando y peculiaridades de los distintos lugares. Incluso hacen paradas para visitar algún punto especial o para que fotografíes vistas bonitas. Y todo ello con gracia, salero y buen humor. 

Y no solo eso, algunos también cantan. Y no lo hacen mal.Todo el viaje es como un espectáculo, una representación entre comedia musical, monólogo e información geográfica, histórica y cultural… una caña.

Nelson es una especie de Miami a la neozelandesa, con colinas y una playa enorme y segura de aguas cálidas y cristalinas. Es la ciudad con más horas de sol al año del país, un destino de turismo nacional e internacional. A mí no me dice nada. Me voy al Abel Tasman N.P. que es lo que me trae aquí.

Llego a Marahau a las 9.30 de la mañana. En realidad, no llego a Marahau. Le he dicho al conductor del bus que me deje lo más cerca posible de mi hostel y me deja en medio de la carretera a unos 4 km del pueblo. Me dice que tengo que andar un kilómetro más y que llegaré a donde quiero. Cierto. Mi hostel está en medio de la montaña, a 5 km del pueblo. Para ir a Marahau hay bicicletas a disposición de los clientes.

El recepcionista me informa de los senderos del Parque y me da un mapa. Veo un circuito circular que se desvía de la Costa y parece chulo y le pregunto por èl. Me dice: Uy no! En este hay que subir una montaña y no lo puedes hacer en menos de 9 o10 horas. Y sentencia: “Es muy tarde”. Le digo que yo camino rápido y que, si son 9 horas, lo puedo hacer en 5 o 6. Me dice: “Imposible. Circuito mas los trechos de bici, 10 horas”. ¡Acabarámos! Las dos palabras del diccionario que mas me gustan son “imposible” y “pamplinas”. Y las dos juntas, una detrás de otra, son una gozada.

Imposible es lo que tú no te ves capaz de hacer o cómo muy, muy máximo, lo que no ha hecho nadie…todavía. Así que… Pamplinas! Me pilló la bici y voy a probar. En 2 horas he llegado arriba. Ya he ganado una hora. El bosque es cerrado pero, cuando se abre, el mar tiene un color turquesa para fregarse los ojos. Las  vistas son espectaculares y el sendero ni muchísimo menos tan difícil como lo pintaban. Después de las selvas del Sureste Asiático, estos bosques húmedos de Nueva Zelanda me son fáciles de caminar. Total, en 6 horas hago todo el circuito.  Más la hora de bici, 7 horas. Toma candela!  Eso sí, me he dejado el alma. Estoy hecho polvo. Lo peor la última media hora en bici. Esos traqueteos montado en ese sillín cabronazo que se te mete entre la entrepierna y el orto, aplastando todo lo que encuentra a su paso y sobresale, son una tortura. Eso no puede ser sano.

Mañana me pilló un Aquataxi, me voy a Bark Bay y vuelvo a pata por el Abel Tasman Coast Track. Repetiré la última parte que ya he hecho hoy, pero aprovecharé para ir a las calas y pegarme un baño.

Así lo hago. La canoa nos deja en la playa de Bark Bay después de un paseo por la costa y, de ahí, empiezo a caminar hasta Marahau. Con lo de ayer casi la mitad del Abel Tasman Coast Track en 2 días. He parado en un café al final del Parque a descansar un poco. Siete horas y todavía me quedan 5 km más de carretera para llegar al hostel. Habré caminado más de 30 km. Me he metido por playas, bosques, ríos y recovecos que he ido encontrando por el camino: Anchorage, Coquille Bay, Salome Pool…  Y encima hoy me he llevado la mochila con 5 ó 6 kg para no perder la forma que necesitaré cuando haga treks de varios días. Ah! ¡También me he dado un baño en el Mar de Tasmania! Este lugar es una verdadera maravilla. Con un color diferente de mar, pero también me recuerda a casa, a la Costa Brava…hace unos años.

Ya toca dejar el Abel Tasman y volver a Nelson. Haré otra vez noche allí y sigo hacia Wellington. Pero antes, mi bus a Nelson no sale hasta las 4 de la tarde. Cojo mis bártulos y me voy a  Porters Beach, una playa solitaria al inicio de los trekks del Parque. Otro baño y paso una hora tomando el sol y contemplando como baja la marea. Las gaviotas y otras aves pescadoras aprovechan para caminar por la arena y alimentarse de los berberechos que quedan al descubierto y a su merced.

Sí, las gaviotas no son carroñeras como se dice. Las gaviotas son pescadoras, lo que ocurre es que el humano arrasa con todo lo vivo a su paso y solo deja basura y desperdicios para los demás… Hasta que él mismo no tenga de que alimentarse. Al tiempo, pero muy, muy poco tiempo. Esto va vertiginosamente rápido. Algún día tengo que escribir sobre eso.

Antes de coger el bus a Nelson entró en un bar, compro un garrafita de vino por 7 euros y abro mi inseparable fiambrera. Hoy me he hecho ensalada con atún y un brioche de salmón. Comida de 5 tenedores.

Por primera vez en mucho tiempo esta noche he dormido 9 horas. El Mundo es enorme. En el bus duermo otra vez. Se acumulan los kilometros y se agotan mis fuerzas. Mañana bus a Picton y ferry a Wellington, la capital de Nueva Zelanda. Sigo.

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Nueva Zelanda (4) Punakaiki. El miedo a la libertad.

Punakaiki no es ni pueblo. Es más bien un núcleo urbano que atiende a las necesidades de personal y servicios que requiere Paparua, un pequeño Parque Nacional en la costa oeste de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Allí están una las más famosas maravillas naturales del país, las Pancake Rocks.

El hostel o lodge al que he ido a parar es de impacto total. Un conjunto de acojedoras casitas en medio de la selva, a media hora  de Punakaiki caminando. “Mi” cabaña, es de dos pisos, arriba un dormitorio para 7 y abajo la cocina, con un anexo de uralita donde estan el baño y la ducha. En la casa principal hay una tienda donde venden pasta, arroz, huevos, latas de judias y poco más. Hacen tambien pan de cereales tipo alemán y brownies caserisimos y recién horneados. Comparto la habitación con 6 chicas, lo que siempre es màs agradable porque, todo hay que decirlo, en general, son mucho más limpias y organizadas que los chavales. Eso sí, para compartir un lavabo con 6 mujeres, tela. No es sólo una cuestión de buena alimentación y entreno duro, si no que requiere un montón de  condiciones especiales como instinto y sigilo de cazador, rapidez de reflejos, inteligencia emocional y conocimientos militares básicos para la toma de posiciones ventajosas.

Quizás es sorprendente, pero yo casi diría que me encuentro más mujeres que hombres viajando. La mujer empieza a viajar segura. Creo que se han cansado de ser el sexo débil y muchas jóvenes tienen conocimientos en formas diversas de defensa personal. Las israelitas en eso son tremendas. Una niña con pinta de no haber roto un plato en su menos de un cuarto de siglo de vida, resulta ser teniente del ejército, experta en guerrilla urbana e instructora de kravmagá, el sistema de lucha libre oficial de las fuerzas de seguridad israelís. Desde luego, más de un machito imbécil ya se ha enterado, en carne propia, de que, para hacer daño, el tamaño no importa.

He llegado aqui a las 3 p.m., está lloviendo a mares y hace frio así que, hoy, de ejercicio nada de nada. A  disfutar de la casita y seguir montando viaje. Llevo en la fiambrera un par de raciones de arroz con cebolla, tomate y pimiento que ayer caramelice con un punto de picante. Paso una ración por la sartén y lo acompañó de media pechuga de pollo y un huevo frito. Cena de lujo. De postre me he comprado un browni del lodge. No te explico.

Yo tengo bastante suerte con el tiempo. Por no decir mucha. El nuevo día se despierta soleado, hago una buena parte del Inland Pack Track y me llego a la Cave Creek, un paraje espectacular. Aquí murieron, hace unos años, 14 personas cuando cedió una plataforma de roca. Después vuelvo al hostel por la Bullock Creek Road, una carretera local o camino de carros con unas vistas preciosas a unas magnificas montañas y con unos árboles, helechos, palmeras y cactus de lo más extraño para mí.

Sólo son las 16.30 así que me voy a ver las Pancake Rocks. El lugar es de fábula pero, como está a pie de carretera, está atacado de turistas. Caminando por la montaña quizás había visto en todo el día a 10 ó 12 personas, y ahora aquí … De verdad que alucino con el ser humano. Lo que para verlo requiere un poco de esfuerzo es como si estuviera protegido por alambre electrificado. A mí ya me está bien, porque vivo en exclusividad verdaderos tesoros de la Naturaleza, pero no lo entiendo. Esa misma gente, después, para mantenerse en forma o guardar la línea se sacude, pagando, unos palizones de agárrate en el gimnasio o en la piscina. No, no lo entiendo. A todo esto, hoy he caminado más de 7 horas.  Yo a la mía y el resto a la suya. Todos contentos.

Otra mañana radiante. Empiezo por el Truman Track, un paseo por un bosquecillo con impresionantes pinos rojos y negros y con unas vistas de la costa mucho más sublimes que las de los turísticos Pancakes. Paseo por la playa desierta. Esta es una costa más salvaje y peligrosa que brava y, desde luego, más que avisar amenaza así que no se la puede llamar traidora. Quien se mete aquí en el agua no vuelve. Tal cual.

Luego hago las 3 horas del Pororari River Track, entre  las montañas que ayer vi de lejos y adentrándome en sus bosques de fantasía. Y luego de comer un sandwitch en la orilla del río, vuelvo por otra playa solitaria y me encuentro la Reserva Marina de Punakaiki, una ristra de pancakes de roca que recorro en la más absoluta soledad. No hay nadie porque a la gente la llevan como borreguitos al paseo organizado con el sendero bien señalizado y los lugares clave bien especificados para que tengan una buena foto con absoluta seguridad. Y donde yo estoy paseando no está ni a 1 km de los pancakes turísticos que no puedes pisar ya que están resguardados por vallas. Es increíble.

Y es que la libertad da miedo. Si te sales de la manada puede pasarte algo. Bueno o malo. Todo el mundo pide libertad, pero luego no sabe que hacer con ella. La gente tiene miedo a la libertad porque es una cuerda floja que, por más preparado que estés, de alguna manera y en una parte te hace depender del azar. Y a veces sale cara y a veces cruz. Cuánta más preparado estas menos tientas a la suerte pero, lógicamente, libre has de buscarte la vida, no te la dan. Podrías no encontrarla, desde luego. La libertad es incierta, es solitaria y es salvaje. Da miedo.

Por la noche he quedado a cenar con Saalah, un chaval saudita de 35 años que llegó ayer. Está en Nueva Zelanda completando estudios y viaja por el país cuando puede. Buena gente. Yo hago una ensalada de guacamole y el una pasta con pollo y condimentos de su país. Sabores orientales. Al día siguiente, de despedida me hace un café a su manera, más te que café, y lo acompañamos con dátiles.

Y sigo subiendo hacia el Norte siguiendo con las magníficas vistas de la costa oeste neozelandesa y de las montañas y bosques del interior. El objetivo en la Isla Norte son los volcanes de Tongariro pero antes, todavía aquí en el Sur, tengo a tiro el Abel Tasman N.P. Haré noche en Nelson y, mañana tempranito, en marcha hacia Marahau.

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Nueva Zelanda (3) El glaciar Franz Josef. La muerte de los hielos.

Muchos de los paisajes de Nueva Zelanda me recuerdan a la Patagonia argentina y chilena. La diferencia es que Nueva Zelanda es un país más rico y puede cuidar de su Naturaleza manteniéndola alejada de los depredadores y buitres que colonizan y parasitan la Patagonia explotando a lo bestia sus recursos naturales.

Las compañías eléctricas en esto son unos artistas y las españolas destacan como unas campeonas.

Otro agradable viaje en bus desde Queenstown a Franz Josef. Los frutales de Cronwel , los lagos Wanaka, Monaco y Hawea, los puentes  y ríos que llevan a las Thunder Creeck Falls, la costa del Mar de Tasmania…

Llego a Franz Josef a las 17 horas. En la habitación del hostel, con 3 literas, solo hay un chavalín que resulta ser austriaco. Tiene toda la ropa tirada por el suelo y el cubículo huele a tigre malasiano muerto y mal enterrado.  Me presento, le doy la mano y unas palmaditas en la espalda y, tras las dos frases de rigor (de dónde eres y cómo te llamas), le pregunto con una sonrisa si ha habido un terremoto o ha pasado algo. Me mira cohibido. Bien. Abro todas las ventanas y le digo que vamos a dejar las botas fuera para ser todos más felices, que yo ahora me voy al súper y, si quiere, después le ayudo a ordenar un poco todo. Parece que encaja bien el mensaje y, al volver, 1 hora después, el chaval está duchadito, la habitación mucho más ordenada y aireada y las botas en la puerta. Asunto arreglado. El poder de la sonrisa. Si no te cabreas, te presentas cariñosamente y pides las cosas con mano izquierda la gente suele reaccionar bien.

Franz Josef es un pueblecito típico de Nueva Zelanda. Nuevo. Prefabricado. Turístico. Y como no, también rodeado de montañas, éstas revestidas de bosque cerrado casi selvático. Al atardecer se arranca a llover a lo bestia, tipo tropical, y la sensación es de Parque Jurásico.

En el hostel le echo el ojo a un jacuzzi exterior. Eso tiene que ser de lo más gustoso. Mañana, a la que lo vea vacío me meto en remojo hasta convertirme en una pasa con patas.

El glaciar, en el Parque Nacional Westland, se ve en una excursión de poco más de 3 horitas ida y vuelta. Impresiona, sobre todo por su decadencia. Se está retirando resabiado detrás de las montañas cuando hace 25 años se desparramaba por el valle potente y orgulloso. El calentamiento global lo está desgastando poco a poco y se va diluyendo por el río Waiho sin capacidad de regeneración. Nuestros hijos pagarán la factura en agua de riego y uso doméstico y, a largo plazo, en nivel y vida de los Océanos.

Por la tarde me adentro en el bosque que rodea el pueblo hasta una garganta por la que el río baja a galope tendido. De vuelta, me pilla otro diluvión que me deja listo para secado y plancha. De eso no hay, pero lo que sí hay es el jacuzzi que vi ayer y, lo prometido es deuda, me sacudo una sesión de media hora de inmersión bañeril caliente que completo con una ducha más caliente todavía. Relaje total. Vivo bien.

El siguiente día, último en Franz Josef, hago el Roberts Point Track, un trekking con todas las letras que me lleva a ver cara a cara el glaciar. Me pongo a su altura. La vista es magnífica. La bajada es resbaladiza de romperte la crisma. Hay muchos puentes colgantes pero uno especialmente espectacular. El más largo que he visto en mi vida. Ni en Nepal los hay así. Total, 6 horas.

Y no me quiero perder las luciérnagas de Tataré Tunnels, otra hora y media. Los túneles en cuestión, excavados en la roca para un trasvase fluvial, son de yuyu. En la entrada,  mi claustrofobia, o miedo a secas, me hace dudar. Me armo de valor y camino los 10 ò 15 minutos de túnel oscuro con el suelo alfombrado de medio palmo de agua y las paredes salpicadas de las lucecitas verde brillante que desprenden esos bichitos encantadores. Un pelín de angustia por la húmeda oscuridad pero vale la pena. Con eso de no querer perderme nada voy arrastrado.

Me voy a Punakaiki….o eso pensaba yo.

Va a ser que no. En el hostel se han equivocado con la fecha de mi reserva de bus y me quedo en tierra. Ya me relamo. Cada vez que me pasa algo malo es porque viene algo mejor.

Efectivamente, en el hostel me cambian la reserva para mañana, me dan gratis una habitación para mí solo y, Linda, una chavala italiana encantadora de la recepción me explica un par de buenos trucos para ahorrar en alojamiento y me ayuda a coordinar otra etapa de mi viaje. Organizado estoy para toda la semana.

Paso el día extra con una excursión tranquila al lago Wombats y me acerco al primer mirador del Alex Knob Track. No tengo más ganas de caminar. El Knob es una empinada y tarzanesca caminata de casi 8 horas y yo, con los tutes que me estoy dando estos días, he de poner un poco de cabeza en no pasarme. Al fin y al cabo, si todo va como tiene que ir, en los próximos15 días me esperan los Parques Nacionales de Paparua, Abel Tasman y Tongariro.

De todas formas, hoy ya han sido 4 horas de caminar. No recuerdo quién, me enseñó un app que da diferentes datos sobre las caminatas que vas haciendo  y calculamos que, cada hora, hacemos entre 4.000 y 5.000 pasos de promedio. Pues eso, que hoy he dado como 20.000 pasos. La comida ya la he digerido y creo que he cumplido con San Cristóbal, patrón de caminantes y viajeros.

Mañana sí que llego a Punakaiki. Espero.

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Nueva Zelanda (2) “El país de Dios”. Routeburn Track. Te Anau.

Seis y media de la mañana. El viaje en bus, otra vez a Te Anau, transcurre por las tierras más frondosas que nunca he visto. Prados y bosques exuberantes, lagos, montañas y enormes rebaños de ganado de todo tipo: ovejas, terneras, ciervos, alpacas…

El día es plomizo y lluvioso. Me temo que me voy a mojar.

A las 11 h. empezamos el Routeburn Track, entre los Parques Nacionales de Fiordland y Mount Aspiring. La primera jornada son sólo 4 horas por un sendero cómodo y sin grandes desniveles en medio de un bosque húmedo pero, lo dicho, llueve intensamente. Los saltos de agua vienen absolutamente llenos y rebosan sobre el camino. Ningún waterproof ni impermeabilización aguanta la que esta cayendo y el agua me va calando hasta el tuetano. A ver lo que sobrevive seco dentro de la mochila.

Hay que traspasar, con agua casi hasta la rodilla, algún tramo inundado por alguna cascada salida de madre, hay que trepar alguna roca, hay que quitarse la mochila para pasar bajo algún árbol caído, pero nada, trekk suave. Un solo momento complicado al cruzar, literalmente por dentro, un pedazo de waterfall que va totalmente desbocada. Como tirarse a la piscina vestido.

Con lluvia, la montaña no es agradable y el trekking es un deporte pero no un placer. No hay vistas, sino solo parajes brumosos, todo pesa más, la humedad y el frío te van handicapando y lo único que deseas es llegar a destino.

Pero hoy, el mal tiempo casi es una bendición porque, esta vez, me he regalado un trekking de lujo, con estancia en refugios con agua caliente, litera con sábanas de verdad y comida de restaurante elegante. Llegar al lodge después de la caminata bajo la  lluvia, rodeado de niebla y montañas en medio de la Madre Naturaleza es un placer de lo más gustoso. Estos 3 dias me han costado el presupuesto de la próxima quincena pero mira, es un regalo que me hago. Porque sí. Por bueno. A ver cómo lo recupero. De vez en cuando, darme un lujo no creo que me haga daño.

Hablando de dinero…

Consejo de viajero. Ahorro en viaje. Me comprometo en hacer un “Entre paréntesis” sobre trucos para ahorrar en viaje pero, por ahora, un par de ideas:  1.- El agua, del grifo. En la mayoría de países, en restaurantes y alojamientos hay agua potable a tu disposición. Si vas de agua mineral, al cabo del mes te dejas el riñón que pretendes cuidar. 2.- Aminities y otras gratuidades. Hay un montón de cosas que los hospedajes ponen a disposición de los clientes, desde jabón, dentífrico y champú, hasta bolsitas de café, te o mermelada. Además, la gente, cuando se va, deja para los que vengan detrás productos sobrantes que no quieren cargar como pasta, sal, pimienta, aceite, arroz…. Una buena gestión de todo esto te hace ahorrar un montón de billetes. Yo, por lo bajo, calculo solo con estas 2 cositas hasta 300 euros al mes. Cómo lo oyes. Y también ahorras peso en la mochila porque si has de llevar un botellin de todo vas dado. Mínimo 1 kg de más. Consejo adicional: Por si en la ducha no hay gel, trae contigo una botellita de plástico de una dosis para rellenar con el expendedor de jabón de manos.

A lo que íbamos, en la mochila ha quedado seco un pantalón y la camiseta térmica así que puedo cambiarme. Todo lo demás está para escurrir, pero no hay problema porque el alojamiento tiene un “cuarto de secado”. Se trata de una especie de sauna con un ventilador enorme que, en una horita, te lo deja todo como salido de la secadora.

Una pasada el refugio en cuestión. Llegando tenía las manos acalambradas y la ducha me sienta como una sesión de baño y masaje. Cambiar las botas y los calcetines mojados por unas chancletas no te digo… En la zona común, chimenea de hierro, sofás, y todas las comodidades de un hotel de 3 estrellas. Hasta me da un poco de vergüenza. Esto no es hacer montaña. La cena también espectacular: primero un bufet de quesos, dips y embutidos, y después un entrecot como un piano con acompañamientos varios.  Mira por donde, en este trekk voy a engordar un kilito.

En realidad, estoy como pez fuera del agua, rodeado de americanos, neozelandeses y australianos de clase más bien alta y mediana edad, algunos con  los chavales adolescentes, pero yo voy a la mía. Disfruto de mi regalo de Navidad, o de Porquesí, y ya está. Además, la gente es educada y agradable, sin grandes pijerias, así que todo va bien Es un grupo de unas 20 personas y no hay ningún europeo. Curioso. Lo más parecido es Steven, un holandés afincado hace 20 años en Brisbane, Australia. Steven es el friendly del grupo, el que habla con todos y con todos bromea. Un buen tipo, bastante loco. Nos hacemos amigotes.

Hoy brilla el sol haciéndose sitio entre las brumas eternas de estas montañas. Se abre el telón y la Naturaleza va a hacer una de sus representaciones. El espectáculo es…inadjetivable. Quizás … No se. Todos los adjetivos quedan cortos.

Puedes encontrar algún lugar que iguale la belleza de estos paisajes pero superarla lo dudo. Todavía no puedo decir que Nueva Zelanda es el país más bonito del Mundo como muchos afirman pero, desde luego, ya ha presentado la candidatura. Steven, el holandes-australiano, le llama “el país de Dios”

El sol va calentándome la sangre y noto el corazón templado como hace años que no lo sentía. Sereno y en paz.

La mañana transcurre tranquila paseando en este escenario de una belleza apabullante. Comemos un bocata en Harris Suttle, a 1.255 mts, y algunos del grupo nos subimos a Conicall Hill, a 1515 mts. La ascensión a Conicall tiene su guasa, pero nada del otro Mundo. Lo que ocurre es que hay que reconocer que mi brazo derecho ya no me sirve de mucho. Me dijeron que la infiltración en el hombro me duraría por lo menos 3 meses y ya llevo 10. Y un par más me ha de durar.

En la cima, Steven abre los brazos y se pone a gritar su amor por Janette, su mujer, y por sus chavales. Le hago una foto y, por la noche, en la cena, cuando se la enseño, se pone a llorar de emoción. Es su momento de estos días y ahora tiene una foto. Esas cosas a veces tocan el alma.

Hoy han sido más de 6 horas de caminata. Ocho horas con paradas. Llegamos a las 16.30 a Routeburn Falls Hut, final de la etapa de hoy. Otro Lodge magnifico rodeado de bosques, saltos de agua y montañas, otra ducha caliente de adicción.y otra cena pantagruelíca con entrantes y unas costillas de cordero horneadas para babear. Desde luego, podría acostumbrarme a esto. Dolce vita.

Y último día. Un paseo tranquilo por el bosque sin ningún desnivel, cruzando ríos por puentes colgantes y disfrutando del sol de una mañana idílica. Da un poco de pena, pero esto se acabó. Y digo “ un poco”, solo un poco, porque yo sigo adelante. Próxima parada, el glaciar Franz Josef.

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Nueva Zelanda (1) Isla Sur. Te Waipounamu. Queenstown.

Queenstown, a la orilla de una entrada en tierra del lago Wakatipu y rodeado de escarpadas montañas, es un pueblo de ensueño. La Naturaleza se regala y hace un verdadero alarde de belleza y esplendor. Aquí empiezo mi viaje por Nueva Zelanda, casi en un extremo de Te Waipounamu, la Isla Sur.

En esta zona pasaré los próximos 8 días. Donde iré después?… Ni idea. Seguiré caminando.

El futuro que tengo organizado en un viaje suele ser, más o menos, una semana. Van pasando días y voy gestionando los próximos, como fijando piezas con chinchetas o grapas o asegurando cordadas con anclajes. A medio plazo sólo están controladas, a veces, piezas básicas como un avión de salida del país y el hostel de la noche anterior. Lo demás, va viniendo a su ritmo.

A por ello. Ya estamos en el año 2.019. He dormido un par de horas en el avión y, de aquella manera, otro par de horas en el aeropuerto pero, después de comprar provisiones en el súper e instalarme en el hostel, no me puedo resistir a dar una vuelta de reconocimiento. Yo duermo poco, con y sin jet lag.

El pueblo se ve rápido. Es una estación de montaña, ski y deportes de aventura con un centro de comercio elegante y restaurantes pijillos. Tiene unos bonitos jardines, un paseo de lo màs fotogénico por el Wakatipu, un mini puerto y una playita con montones de gaviotas y patos. No hay más nada. El atractivo principal está en las montañas que lo rodean enmarcando el larguísimo lago con forma de serpiente.

Después de dormir 8 horas bien buenas, me preparo para mí primer trekk en Nueva Zelanda. Haré el Tiki Trail y seguiré por el más famoso de Queenstown: el Ben Lomond Track. Me he cargado con bastante peso, como 8 ó 9 kg, y en seguida me arrepiento.

Las montaña es empinada la muy cabrona. Las vistas son tremendamente chulas, pero el trekk es exigente a tope. Llegar a la falda de la montaña ya son 3 horas a buen ritmo, pero la cima, 1.750 mtrs, tiene delito. Fuertes rachas de viento complican la ascensión. Ahora me alegro de llevar lastre en la espalda. Si no hubiera cargado bien la mochila salgo volando. Llego arriba a las 13 horas, me doy una tregua de media hora para fotos y un sándwich y vuelvo a bajar. En total, hasta el hostel, 7 horas. Estoy muy cansado, dolorido y deshidratado. Hay que apuntar ese nombre: Ben Lomond Track. Criminal.

Dicen que en un local del pueblo, el Fergburger, hacen las mejores hamburguesas del Mundo mundial y venía pensando por el camino en comerme una, pero hay una cola considerable. Hay gente que, para comerse una de esas hamburguesas, espera más de 2 horas. Yo no tengo paciencia para eso, y menos ahora, recién llegado. Lo dejaré para mejor ocasión. Cerquita hay un puesto de hamburguesas veganas y, como me apetece saber qué es “eso”, lo pruebo. Pues no está mal. A mí me da igual una cosa que la otra, y más sano seguro que lo es. Soy omnívoro total. Si hay que comer vegetariano perfecto, si hay carne pues se come, si lo que toca es vegano muy rebien.

Me duelen todos los músculos y me voy a pasar la tarde de vagancia total, aunque eso es relativo. La verdad es que no tengo tiempo para aburrirme. Más bien me falta. Mis labores de viajero me tienen bien entretenido: control de presupuesto, blog, transportes, alojamientos, compra de avituallamiento, colada e higiene, información y organización sobre lugares y actividades, trámites y gestiones sobre requisitos de viaje, control y organización de mochila y equipo…  Me encanta!

Me despierto maltrecho. Quizás la Navidad me pasa factura.  Cierto que he hecho trekks y también que he andado muchas horas por ciudad, pero la montaña es la montaña y no subía ninguna desde hace 15 días. Me tengo que poner en forma porque, en nada, hago el Routeburn Track, 2 noches/3 días que me van a poner otra vez a prueba.

Subo a Queenstown Hill por la mañana y hago el Sunshine Bay Walk por la tarde. La primera es una colina de 900 mtrs con las mejores vistas sobre la ciudad, y el segundo un paseo por la costa descubriendo las playas del lago. Una chulada. Aquí hay senderos para dar y tomar. Total,  casi 6 horas mochileras más. Me voy poniendo a tono.

Al día siguiente he de cambiar de hostel. Este está a tope. Vaya día! Lo que decía, gestiones y más gestiones. Desayuno, checking en el nuevo alojamiento, reservo para mañana una excursión a Milford Sound, compro billete de bus para mí próximo destino, reservo hostel allí, voy al súper, limpio y seco la ropa, me hago la comida, hago el briefing del trekk de pasado mañana,… Al atardecer me da tiempo para hacer el Frankton Track, 3 horas por la otra orilla del lago.

Cambio de tercio. Esto está lleno de chinos. Son muy graciosos. Se chiflan por fotografiarse unos a otros haciendo monerías. No sé limitan a las poses clásicas, ni mucho menos. Se contorsionan, pegan brincos, hacen signos y posiciones ininteligibles y representan toda una especie de ceremonia tipo espectáculo circense que ríete tú de la Pantera Rosa. Tienen el cuerpo elástico, la imaginación creativa y ni el más mínimo sentido del ridículo.

Yo me los miro a ver si alguno se descoyunta pero no hay manera. Ji, ji, ji, ja, ja, ja, y a por el número siguiente. Se lo pasan estupendamente. A mí me da que la especie humana estamos sufriendo una involución genética de consecuencias imprevisibles que va a revolucionar el campo de las Ciencias Naturales. No sé si vamos otra vez hacia el mono o tiramos más al urogallo. Si Darwin levantara la cabeza…

¿Qué cómo se que son chinos? Obvio: por qué hablo perfectamente Mandarín. No, eso es broma, pero lo que si es verdad es que tanto viaje me ha musculado un sexto sentido para las nacionalidades a base de fisonomías, actitudes, formas de vestir, expresiones, etc.  De todo hay, naturalmente pero, en genérico,  el chino es fácil: es alborotador, grupal, infantil, no siente empatía por nadie, viste de bazar y digamos que su educación es diferente a la del resto de los mortales.

Me he ido de tema. Vuelvo al cauce. No me gusta ir a excursiones organizadas y de pago pero Milford Sound es visita obligada. Cómo el Perito Moreno o el Machu Pichu. Decía Kipling que es la 8ª Maravilla del Mundo, aunque eso lo he oído decir de muchos lugares. Además, el día antes de iniciar un trekking de varios días no me gusta hacer nada de ejercicio, así que un viaje en bus y ver un fiordo en ferry es un buen plan. Estos días me he pegado una paliza de campeonato.

Para ver el Milford vamos a Te Anau, donde volveré mañana otra vez para iniciar el Routeburn Trek. Tengo el primer contacto con las montañas con las que me veré las caras durante los próximos 3 días. Magnificas.

Milford Sound es otra obra maestra de la Naturaleza para contemplar y disfrutar embelesado. El día es nublado, ventoso y frío y no da para muchas alegrías, pero el fiordo y sus saltos de agua son impactantes. De todas formas, para mí es una excursión turística que hago únicamente por conocer, pero que no me da vida… no me hace hervir la sangre. No me va ver la Naturaleza desde detrás de la barrera. Yo lo que quiero es, ya, meterme dentro. Mañana empiezo el Routeburn Track. Ahí me quiero ver…

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Australia (12) Melbourne-Sidney. Arma letal.

Me queda una semana en Australia, así que le voy a dar candela. Voy a conocer Melbourne y Sidney, las dos metrópolis más grandes del país. Cuatro aviones y un montón de kilómetros urbanos en 7 días. A la vuelta de la esquina está Nueva Zelanda pero, ahora, últimas bocanadas de aire australiano.

Melbourne es una ciudad pasto de los turistas. Un eficiente sistema de transporte en bus y tranvía reparte con precisión quirúrgica a los miles de visitantes que aterrizan aquí cada día. El tránsito es limitadisimo y, en cambio, las aceras del centro histórico, comercial y financiero están absolutamente abarrotadas. En el área metropolitana viven 4 millones de personas pero en el centro no vive nadie. Unas 75.000 personas, dicen. No me extraña.

Recorro, ya la primera tarde, todo el centro. La catedral, el río Yarra, Federación Square, la estación de Flinders… Rascacielos impresionantes, puentes preciosos, estadios ultramodernos, arte urbano, músicos callejeros…

Dedico toda la mañana siguiente al Queens Victoria Gardens, Jardín Botánico y South Melbourne, un trekk urbano de 3 horas. Y por la tarde, la otra ribera, hasta China Town, Victoria street y vuelta a callejear de arriba para abajo. Otras 3 horas. Todo muy chulo pero…

Es que a mí las ciudades…como que no, que lo mío es la Naturaleza y la gente en masa me da un poco de grima. Turísteo, consumismo a tope, atracones de comida, niños llorones y atracciones artificiales.

Y esta ciudad es de las bonitas y cuidadas, dicen que una de las mejores del planeta para vivir. Alto nivel de vida, poca contaminación, clima tropical…

Reconozco que el Skyline de Melbourne es de apoteosis urbana. A la altura de Tokio diria. Es una ciudad que te puede dar tortícolis de tanto mirar para arriba. Tiene también un Barrio Chino curioso que parece en lucha de supervivencia intentando evitar que no le engulla Occidente. O quizás al contrario, haciéndose un hueco para orientalizar a los australianos. Lo tiene complicado porque esta es una urbe capitalista y pija. El Queens Victoria Gárdens es agradable y tranquilo y también he disfrutado recorriéndolo. Y las callejuelas llenas de grafittis son curiosas, sí, pero…

En Melbourne hay mucha gente joven. Aquí hay mucho trabajo y los salarios son buenos, aunque hay cada chaval disfrazado vendiendo chorradas en la calle para ganarse la vida que, si lo viera su abuelita, tendría un disgusto. Esos chicos y chicas que se tirán a viajar sin tener ni formación ni talento alguno me dan penilla.

Último día completo en Melbourne. Por la mañana temprano, me paseo por el enorme e impoluto Queens Victoria Market. Lo que no encuentres aquí es difícil que exista en Australia. El resto de la mañana lo ocupo en hacer una inmersión cultural y visito el Ian Potter Centre y la laberíntica National Gallery of Victoria. Aunque lo cultural no es lo mío, disfruto con las visitas. Melbourne, entre sus museos gratuitos y el arte urbano que rezuma en sus calles es, para los culturitas, una verdadera gozada. Cómo he sido un niño bueno y aplicado, me regaló una caja de 3 piezas de pollo y patatas fritas del Kentucky Fried Chicken. Hoy no cocino. Un poco de comida basura hace bien al alma. Y por la tarde me cojo un tren y me voy a Brighton Beach a ver las icònicas “bathing boxes”, unas casitas de madera con cocina en la playa que la gente se da de bofetadas por alquilar para pasar un día a la bartola y hacer el picnic playero.

Total, lo dicho, Melbourne es, para mí, una ciudad bonita pero sin ningún sabor especial. Una ciudad como miles de ciudades del Mundo que no se libra de malos olores, homeless, multitudes, colas, etc, etc, y cuyo mayor atractivo para la mayoría de la gente son, ni más ni menos, los centros comerciales, bares y restaurantes, al igual que ocurre en todas las ciudades del mundo. Y es que el género humano está fatal.

Y ya está. Ahora a ver qué se cuece en Sidney. Tengo un fin de semana para conocerla.

En el control de seguridad del aeropuerto descubren, y me confiscan, mi cortauñas. Supongo han intuido que eso, en mis manos, es un arma letal, máxime cuando tiene anexo un cuchillo de grandes proporciones, casi las mismas que mi dedo meñique. Tengo respeto por el personal de seguridad y aduanas, pero la ley tiene una letra y un espíritu. No permitir entrar un cortauñas en un avión es, simplemente, una tontería.

Nada más llegar a Sidney, ya las 4 de la tarde, me voy a ver Bondi Beach, una de las playas más famosas del mundo, y paseo al atardecer por el Coastal Walk pasando de playa en playa viendo las olas surferas romper contra los acantilados y la arena. El día no da para más. Llego al hostel ya anocheciendo.

El domingo en Sidney resulta un palizón. Esto sí es una metrópolis como un piano. Más vetusta y mazacote, mucho más grandiosa que Melbourne y aquí sí hay sabor. Es una ciudad que siempre estará entre las 10 más interesantes del Mundo. Si Melbourne es un bomboncito de diseño, Sidney es un polvorón gigante.

Empiezo por la catedral de Sta. Maria, sigo por el Hyde Park, una isla verde rodeada de rascacielos por todas partes, Chinatown, el Ayuntamiento, el Queen Victoria Building… Hace calor y las calles, invadidas por turistas, huelen a crema solar. Paro en el Darling Harbour para comer. Hoy es domingo, fiesta de guardar, y me homenajeó con unas costillas de cordero rostidas que me hacen recordar una de mis comidas favoritas de Barcelona: el cordero al horno del Mesón de Aranda. La clavó. Gol por toda la escuadra. Un disfrute.

Y sigo. Me subo al Harbour Bridge, desde donde se ven las mejores vistas del edificio de la Opera, paseo por The Rocks, el barrio europeo lleno de mercadillos y terrazas y me zambulló en la masa que recorre los alrededores del Ópera House. Un agobio. Increíble la cantidad de gente que llega a haber. Deshidratado, vuelvo a The Rocks y me tomo una caña en un pub. Dicen que a los australianos les va mucho el deporte. Verdad, pero más le van los pubs.

Ya no me aguanto de pie, así que enfiló los jardines botánicos y en una hora más me planto en el hostel. Mal barrio, por cierto. Bajo un puente, una encantadora niña rubita veinteañera se está metiendo un pico ayudada por un macarra con la peor de las pintas. Me meto en la ducha de cabeza.

Hoy me apetece comida asiatica y ceno una sopa vitnamita de fideos y pollo. No hay como la condimentacion asiática. Intento reorganizarme, está semana está resultando vertiginosa. Me va a faltar un día aquí porque no podré ir a trekear en las Blue Mountains, a sólo 2 horas de Sidney. Dicen que es un lugar espectacular para los amantes de las montañas, pero no llego a todo.

El dia 31, Sidney es un hervidero de gente. Hay una macrofiesta de Fin de Año en los jardines botánicos y muchas calles están cortadas. Es la primera gran ciudad del Mundo en saludar el año nuevo y lo celebran a lo grande. Ellos, nosotros, estaremos en el 2.019 diez horas antes que en Europa. Me voy prontito al aeropuerto. En este tipo de días los imprevistos son habituales.

Mi avión sale, con retraso por un temporal veraniego, a las 20 horas, de vuelta hacia Melbourne. Esta noche, última en Australia y noche de Fin de Año, la paso en el aeropuerto de esa ciudad en tránsito hacia Queenstown, Nueva Zelanda. Nuevo año, nuevo país. Australia ya es historia. Una magnífica historia.

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Australia (11) Tasmania ( y 4ª parte) La costa Este. Como un grano en el culo. Navidad en Tasmania.

Tres días de descanso absoluto en Hobart. Lo necesitaba.

Parece que se acerca peligrosamente la Navidad y estoy, como quien dice, a un pasito de las antipodas de casa, el lugar diametralmente opuesto a donde yo vivía y está mi gente. Si me pongo a escarbar en el suelo, todo recto, llegaría cerquita de allí. Pero, si no quiero dejarme las uñas en el intento, va a ser que no, va a ser que pasaré la Navidad aquí, en Tasmania. Pues no es mal lugar, ni mucho menos, pero habrá que organizarse un poco para que no me de ninguna pájara.

En Swansea “pincho” por primera vez en este viaje. El Parque Nacional Freycinet está a 35 Km del pueblo pero, para ir en transporte público, has de hacer combinaciones que no permiten volver. Swansea es desangelado y sin atractivo alguno y el hostel que he reservado para 2 noches es caótico, dejado, sucio y con jóvenes ociosos y cerveceros que me ponen nervioso. Hay chavales que viajan bien y los hay que viajan mal. Estos son de los segundos. Toda la tarde en manada alrededor de una mesa, cerveza tras cerveza, con conversaciones estúpidas, gritos y risas histéricas. Para rematar, mañana no hay bus para seguir adelante por la costa, así que me tendría que quedar un día más. Decido irme hoy mismo a Bicheno e intentar llegar al Freycinet desde allí. Pierdo el dinero de una noche de hostel pero que se le va a hacer. Aquí no voy a estar bien.

Bicheno es otra cosa. Más bien es la contraria, un pueblo con ángel y muchísimo atractivo. Aquí sí apetece pasear. Al atardecer, tomo un sendero hasta las rocas. Sopla viento frio y huele a mar. Me acuerdo del Empordá, de caminatas de otoño e invierno, con el corazón caliente e ilusionado, por Llafranch, Calella, las playas de Begur… Y Cap de Creus… Recuerdos de llegar a casa y avivar los rescoldos del fuego…. Para qué pensar.

Ha costado, pero he conseguido autobús para ir y volver a Freycinet y un alojamiento barato para una noche. No puedo estar más porque en fin de semana no hay autobús para volver. Me voy mañana a las 6’15 a.m. Tiene muy buena pinta.

Paso hoja y cambio de tema. Cuando una persona es muy molesta, perseverantemente pesada, se dice de ella que es “como un grano en el culo”. Efectivamente, uno de los peores enemigos del viajero es una almorrana. Yo, desde pequeño, tengo una recidiva que, de vez en cuando, me viene a visitar. Es el caso. Ha venido. La mía, el mío, se llama Vicente. Es macho. No sé decir cómo lo sé. Es pura intuición. Lo bautice en su día con ese nombre y se le ha quedado. Este año ha venido por Navidad. El chiste es fácil pero el asunto no da para bromas.

Cómo el roce en este caso no hace el cariño, si no todo lo contrario, su visita resulta siempre de lo más incomoda aunque, teniendo ya una cierta intimidad y confianza con èl, se cómo tratarlo. Es realmente molesto, sobre todo para viajes largos en bus o tren, pero ya te digo, hasta le tengo un cierto respeto y no soporto que se hagan bromas con èl o se le haga público escarnio. Viene siempre por alguna razón de fuerza. En este caso, la culpa es de unos accesos de tos que he tenido últimamente por un constipado mal curado, que arrastró desde Tailandia, y porque soy imbécil y, en consecuencia, fumo.

Pues eso, él en su lugar y yo en el mío, cuando viene procuramos convivir sin grandes problemas y con una educada indiferencia que nos haga pasar, en mayor o menor armonía, los días que haya decidido viajar conmigo. No es un compañero, pero nos arreglamos sin aspavientos ni discusiones de mayor importancia. Cuestión de educación y paciencia. Tampoco nos vemos mucho, es más bien una sensación constante y desagradable.

Intuyo alguna risita de cachondeo. Un poquito de consideración, por favor. El tema es doloroso para mi.

Vuelvo a lo que interesa. Llego a las 6,45 a Coles Bay, al ladito del Parque Nacional Freycinet, y el hostel está cerrado hasta las 8, pero me puedo tomar un café. Tengo dolor de cabeza de dormir poco. El trekk muy chulo. Una hora de camino desde el hostel al parking donde se inician los senderos. En una primera etapa de 30 minutos hasta un mirador desde donde se fotografía en todo su esplendor la Wineglass Bay, uno de los iconos y lugares más fotografiados de Tasmania, hay un montón de gente. Por la foto todo el mundo es capaz de caminar media horita aunque sea cuesta arriba y ahogándose como pescados en cubierta. Y no creas, juro que hasta he visto gente que se hace la selfie con la foto del letrero que hay en el parking. El colmo. La vista una pasada, pero a mí déjame con la vista desde la ermita de San Ramón en Begur.

Allí, en el mirador, se hace ya la primera criba de gente aunque sigue habiendo bastante que baja a la playa, que es el segundo corte. A partir de ahí, desde que dejas la playa de Hazards, ya nadie. Yo sigo y hago todo el Wineglass Bay-Hazards Beach Circuit, una travesía circular preciosa, un sendero magnifico como entre los Caminos de Ronda en el Empordá y el mallorquín Camí de Cavalls. Precioso. Las playas, llenas de ostras, los bosques como fantasmas, las piedras y acantilados cincelados a mar y viento. Un lujo.

La última media hora el tiempo se ha encabronado y la hago bajo lluvia intensa. No problem. Como mis sánwiches en el parking y me vuelvo a Coles Bay metiéndome en todos los rincones que voy encontrando. Muy pero que muy bonito. Total, son 3 horas y pico que, más la de ida y la de vuelta al hostel y alguna ronda por los alrededores ya hacen una buena jornada. El hostel agradable y solitario, el día se ha tornado gris, lluvioso y frio y yo estoy cansado. Me hubiera gustado hacer la cima del Monte Amos e incluso adentrarme más en Península, pero no hay tiempo y mis abductores tampoco dan para muchas alegrías. Si hubiera podido pasar una noche más aquí lo hubiera aprovechado pero no ha podido ser. Hoy prontito a dormir y mañana de vuelta a Bicheno. Le voy a pegar una paliza a la cama que se va a enterar.

Paso un par de magníficos días explorando los senderos, playas y rocas de Bicheno. Me encanta este lugar. Los soplidos de agua del Blow Hole, la Diamond Island, a la que se puede ir a pie con la marea baja, el rocoso Foreshore Walkway… Lo siento especial, como muy familiar. Podría quedarme aquí una temporada. He encontrado un lugar que venden un pescado buenísimo y me cuido mucho. Siempre me cuido, pero ahora me esmero más y me cocino con cariño platos como ensalada de guacamole con atún o pescado con pimiento rojo, bicho y salsa tártara. Y vinito. Estoy mejor que quiero.

Y 23 de Diciembre, en Hobart. NAVIDAD. Navidad en Tasmania. Reserve hace unos días mesa para la noche del 24 en el mismo restaurante que cenamos el día que llegó Ramón. Y el 25 me hago una comida de Navidad en el hostel. Sentimientos encontrados. Libertad, sueños cumplidos y vida plena. Soledad, nostalgia y añoranza. Fuerte, pero muy cansado. Feliz tristeza. Desesperanza sin miedo. Serenidad. Nada que querer que no tenga. Nada que pedir más que salud. Nada que ocultar, nada que callar.

Quizás eso es todo. No está mal, no está mal. No está nada mal. 

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