Rusia (y 5) Vladivostok. El kilómetro 9.288

Fran Olivera, un argentino con el que compartí viaje de Irkutz a Listvianka, una buena conversación y una comida kazajastaní, me decía, en lo que el llamaba un “sincericidio”, que, como me pasó a mi en la etapa de Ekaterimburgo, el Transiberiano le ha llevado a un estado oscuro de tristeza que no esperaba y que nunca volvería a hacer este viaje. Yo no estoy tan seguro. “Nunca” es demasiado tiempo. Me han quedado lugares por conocer cómo Kazan, la capital de los tártaros, la República de Altay, cerca de Novorsibirsk, o el desierto de Gobi, en Mongolia. Sí, el Transmongoliano, que enlaza con el Transiberiano y llega a Beijing, puede ser un futuro proyecto. Pero eso serà otra historia.

Parece que abandono definitivamente el invierno ruso. El paisaje en el Transiberiano deja el blanco y negro que predominaba en las primeras jornadas y los verdes y azules toman el mando de las operaciones. Eso sí, sin alardes ni explosiones de colorido, sólo faltaría. Esto es Rusia y aquí no se desmadra nadie. Ni la primavera, ni los colores, ni la madre que los parió.

A pesar de su nombre de leyenda y su aura aventurera, y aunque siempre puede pasar de todo en todos lados, el Transiberiano es un tostón. Quien haga Moscu-Vladivostok de una tirada, 6 días, sin pausas largas para conocer algunos de los lugares donde hay parada, tiene una moral a prueba de bomba. Y además, ya le vale, porque no se va a enterar de nada.

Está ultima etapa que voy a hacer, Irkutz-Vladivostok, más de 4.000 km, ya tiene su guasa. Tres días sin una ducha, sin una comida caliente, sin un paseo al aire libre… De puro aburrimiento te entran todos los males porque, además de ver interesantes películas rusas de los años 50, lo más activo que puedes hacer es una excursión al restaurante, 5 ó 6 vagones de apasionante caminata salvando las sacudidas del tren. Oigo a mi padre diciéndome, como solía hacer: “Noi, estàs boig. Amb lo bé que s’està a casa!”. Ya, padre, pero soy así.

Una disciplina de comidas, gimnasia y sesteos mantiene a duras penas tu equilibrio sicológico. Un libro o una revista son buenas muletas (yo no soy de descargarme pelis), pero nada te libra de ver asomar ese lado oscuro al que me refería antes. Vive agazapado en el tren escudriñando en busca de víctimas propiciatorias y, a la que te descuidas, te agarra por las meninges y te lleva a su madriguera. En todo caso, sólo se cobra momentos y pasa efímero como un mal sueño sin más consecuencias.

Conmigo, desde luego, está vez no podrà porque, en menos de una semana, estaré en Tokio con mi hijo Ramón que viene a pasar 10 días conmigo. En cuanto me empieza a dar la pàjara, solo pensar en eso se van todas las sombras. Que ganas tengo de verte compañero! Como en los viejos tiempos!

Mantengo la higiene como mejor sè y me preparo, con las provisiones que tengo, platos lo mas atractivos que puedo. Hay que mimarse. Mañana y tarde, hago sesiones de media hora de gimnasia para mantener la forma, leo y escribo y las horas y kilómetros van pasando, con mas pausa que prisa, hacia Vladivostok, el mítico kilómetro 9.288.

Voy cambiando de compañeros de compartimento. Unos suben y otros bajan. Todos rusos. Tengo bastante suerte, ni orquestas sinfónicas de ronquidos, ni sucios de meter en la lavadora, ni excentricidades gastronómicas de aromas agresivos.

De alguna manera, tantas horas de nada, sin alternativa ni escapatoria, convierten el Transiberiano en un viaje interior. La introspección es inevitable y resistirse un esfuerzo inútil. Mi conclusión de ese viaje por mis adentros es que las heridas solo duelen hasta que cicatrizan y que, en cambio, las alegrías no tienen, si tú quieres y las sabes valorar, ninguna fecha de caducidad. Que creo que hago las cosas bien, pero que juzgarse a uno mismo es tontería. Eso es cosa de los demás. Y que la felicidad te la construyes tu mismo, que lo único que necesitas de verdad es salud, y que la vida sonríe a quien persigue sus sueños, pierda lo que pierda en el camino. Por eso, yo creo que este viaje me va a ir muy bien, que voy a crecer como persona y que la vida tiene preparadas para mí, todavía, bonitas sorpresas y regalos que pienso disfrutar con ilusión infantil. Si, más o menos, algo así.

El martes día 15, puntualmente a las 23,55 hora de Moscú, llegó a la estación de Vladivostok, kilómetro 9.288 del Transiberiano. Final de trayecto. Otro sueño cumplido.

Hora local son las 07,55 del día 16 de mayo. Salí hace 31 días de mi Mediterráneo y ya estoy en el Mar  de Japòn, en el Océano Pacifico. Mi sensación es de alivio y libertad por pisar tierra firme y traspasar, por fin, las estrechas fronteras de un vagón de tren. También tengo una sensación de continuidad porque aquí no se acaba nada. Mi viaje sigue y no tengo fecha de vuelta así que esto no deja de ser, únicamente, un final de etapa. Ahora tengo por delante 3 días en Vladivostok para pasear por la ciudad, reorganizarme, lavar la ropa y a mi mismo mismamente, que buena falta me hace. Ah! Y encontrar un peluquero que me arregle la barba. Parezco el hombre lobo mutando a oveja.

Vladivostok es la base de la Flota rusa del Pacífico, una ciudad portuaria en plena expansión construida encima de una loma por lo que, como en casa, todo sube y baja. Callejear por aquí es un buen entreno para la montaña. Mi hostel está lleno de escolares. Niños de todos los colores y tamaños por todos lados. En las calles, es un desfile de señoras y señoritas requeterusas, marineros en uniforme de paseo y vagabundos sucios y borrachos. Un cuadro peculiar. Y no hay mucho más. Una incursión en la isla Russky quizás.

Total, que se acabò mi viaje por Rusia.

Rusia no es un país afable. No señor. Tampoco los rusos han tenido una vida fácil. Clima, guerras, tiranías y mafias sangrantes, problemas políticos, sociales y económicos… Dicen que, curiosamente, al contrario de lo que ocurre en la calle, en la que es difícil ver una sonrisa e incluso que te den los buenos días, en el calor de su casa, los rusos son alegres y festeros y dan mucha importancia a la amistad y la familia. Yo, como extranjero, no he conocido esa cara oculta de Rusia, aunque algo he podido vislumbrar.

En todo caso, a pesar de la sequedad de los rusos, aquí también he vivido magníficas experiencias y he compartido momentos con personas amables y cariñosas, de aqui y del resto del mundo, que me han tratado bien y que han enriquecido mi viaje. Así que, Sergei, Fran, Nina, etc, etc… y a todos los que desde casa me estáis acompañando, Spasiva. Nos vemos por el mundo.

Ahora, Japón.

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Rusia (4) Olkhon. Una isla en el hielo.

Amanezco con menos quebrantos de los que pensaba. Las agujetas en las piernas son aceptables. Eso sí, me duelen huesos, tendones y músculos de los pies que no conocía.

Llegó a Irkutz a las 11 h. Es 9 de Mayo. En Rusia es el Día de la Victoria y festejan a tope la paliza que le dieron a Hitler en la II Guerra Mundial.

Màs desfiles. Se ponen sus condecoraciones o las de sus antepasados, uniformes, banderas y pasean por la ciudad las fotos de sus muertos en acto de servicio. Y, despues, a comer y beber. Es un día de fiesta a lo grande. Por cierto, la frase “beben como cosacos” es cierta y aplicable a todos los rusos. En las fiestas y “ocasiones” se ponen hasta las trancas de cerveza y wodka, cantan, bailan y se tambalean en bacanales etílicas considerables.

Aquí hay siempre desfiles. Demasiados desfiles. Como una constante situación prebèlica. Sinceramente no me fío un pelo de esta gente. Y con el otro superchulo en Estados Unidos, más los yihadistas, el coreano peleón, Irán, India, Paquistan, China, etc, etc, menos me gusta el cuadro. Cómo se pongan a jugar a ver quién la tiene más grande por un quítame ahí ese petróleo o ese gas o esas ármas, estamos listos.

Tras otras 6 horas en bus, incluida una cortita travesía en el ferry que nos acoge en su vientre, llegó a Olkhon, una isla entre hielo. La primera impresión es de desolación, una tierra dura rodeada del Baikal todavia helado en su mayor parte.

Las carreteras rusas son un desastre y los conductores unos locos que van atropellando baches a toda leche, así que el viaje ha sido de todo menos agradable. En Khuzhir, el único pueblo de la isla, voy a la dirección que me han recomendado en el hostel de Irkutz. Resulta ser una casa particular, con unas casitas dormitorio para huéspedes, donde viven Nina, una señora de unos 70 años, y su hijo Eduard, bien pasados los 40. Me alquilan una de las cabañas, calentita y hogareña. Vengo con el frío todavía metido en los huesos. Aquí estarè bien. Pasare 2 días y 3 noches de relax.

Son las 8 de la tarde-noche y me invitan a una cena de embutido y queso con su correspondiente tè que me sienta de maravilla. Son un encanto, eso sí, más raros que perros verdes. La cocina es un caos con la mesa abarrotada de platos a medias a saber desde cuándo. El frigorífico lleno de imanes de todo el mundo que van recopilando de sus huéspedes. Dudo que ellos hayan salido nunca de aquí.

Salgo a fumar el último cigarrillo del día y beber coca cola. No me encuentro muy bien del estómago y me ha dado la neura de que es por el pescado macerado de ayer noche. Cómo haya pillado un pariente del Anisakis estoy salao. Por cierto,

Consejo de viajero:  Cuando viajas, mejor 4 ó 5 comidas ligeras al día. Arroz, pasta, pollo y pescado frito o a la plancha. Pescado crudo, peligroso, y salsas, cuántas menos mejor. La verdura cocinada y la fruta pelada. Cuidadín con el hielo que le ponen a los zumos de frutas fresquitos que en verano sientan tan bien. Poquito a poco. De bebida, mi preferida es la coca cola porque aporta azúcar, da speed y limpia cañerías. El agua embotellada, claro.

Son las 11 de la noche y veo en la tele de mi “casa” la retransmisión  de una obra musical sobre la guerra en un teatro abarrotado de personalidades, la mayor parte militares enmedallados y sus familias. Todo muy épico. Cuando unos actores vestidos de soldados cantan lo que supongo es el himno nacional, todo el público se pone marcialmente en pie. Insisto, qué mala pinta tiene el ambiente.

Khutzir debe ser un pueblo de vacaciones animado en verano pero, ahora, no hay nadie. Perros y vacas merodean por la calle. Quien más quien menos tiene en su casa huerto, gallinas y vacas. Aquí todavia  no ha empezado la temporada. El ferry funciona de mayo a diciembre. Un barco transporta solo viajeros en enero y abril y, en febrero y marzo, coches y camiones circulan por el hielo. Dice Nina que el invierno aquí no es muy duro y que las temperaturas “sòlo” llegan a los -20°. El 50% de la población son buriatos, como Nina y Eduard, muy parecidos a los mongoles. Cómo hay mucho turismo de China, que al fin y al cabo esta aquí al lado, ya se han aposentado también aquí comerciantes chinos. Nina les tiene mucha manía.

Ahora la mayor parte de los comercios, bares y restaurantes del pueblo están cerrados, pero he encontrado abierto un bar con cuatro platos de menú y wifi y, con eso y mi cabañita, estoy en el séptimo cielo. Las vistas del lago en el pueblo  son espectaculares y “La Piedra del chamán” impresionante pero, a parte de eso, en el pueblo no hay nada más que ver.

El norte de la isla forma también parte del Parque Pribaikalsky por el que caminé. Lo visito en un microbús de mediana edad (40 años) conducido por un Fitipaldi suicida. Al bus le cuesta ponerse en marcha pero, cuando se pone, salta y brinca a todo gas por el camino de carros en un viaje no apto para cardiácos ni estómagos sensibles. Parece una escena de dibujos animados de “Aquellos chalados y sus locos cacharros”. El paisaje, una obra maestra de la Naturaleza con despeñaderos de flojera de piernas enmarcados por el lago helado. Seis horas entre traslados con el bus supersónico y paseos por los senderos del Parque.

Me vuelvo a Irkutz mañana temprano. Dormiré allí y, al día siguiente, última etapa del Transiberiano: Vladivostok.

NOTA. ADVERTENCIA: Al final de la galería de fotos que sigue, hay dos fotos mías. Una especie de “antes y despues” del Great Baikal Trail. Estáis a tiempo de salir del artículo. Quien avisa no es traidor.

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Rusia (3) Irkutz. El Great Baikal Trail.

Irkutz es una ciudad moderna y activa, pero el centro viejo està decrepito y en decadencia. Muchos edificios se caen a pedazos. A un metro de mi body cae un trozo de terraza. Alucino. Cómo para pasear mucho por aquí. Después de tantos viajes y dificultades, solo me faltaría palmarla de una forma tan poco poética y aventurera.

Toca lavado a fondo y colada y mañana me voy a Listvyanka, a orillas del lago Baikal. Voy a hacer dos jornadas del Great Baikal Trail.

En el hostel, unos chicos que acaban de venir del Trail me dicen que es una buena caminata entre bosques y barrancos del lago, pero que hay zonas peligrosas porque el sendero es muy angosto y escarpado. La chica de recepción me avisa de que he de ir con mucho cuidado con unas arañitas que, si te muerden, es infección segura y corre que te cagas al hospital o estás muerto. Me enseña una foto. Feo bicho.

No quiero oír nada más. Voy pallá. Lo que no me apetece nada es hacerlo solo, por si un caso, pero es lo que hay. El sendero no está bien señalizado así que me bajo el MAPS.ME.

Mi mochila y yo estamos en pleno proceso de unión casi matrimonial dirijida hacia la fusión de ambos en un solo ser. Yo me he adelgazado ya un par de Kg y ella un par de cientos de gramos así que, entre los 2, no llegamos a los 72 kilitos. La evolución biológica me está produciendo algún problemilla, concretamente tengo algún músculo de la espalda que está empezando a cantarme La Traviata en allegro mà non troppo. A ver mañana en la caminata.

La primera jornada del Great Baikal Trail, desde Litsvyanka hasta Bolishie Koty, unos 25-30 Km, empieza con una subida hacia la montaña de mayor desnivel que el esperado. Adopto posición “saludo japonés”, también llamada “NeneatentonopisaKKdevaK”, es decir, leve inclinación de cintura mirando al suelo viendo caer los goterones de sudor. Cómo es sabido que todo lo que sube baja, el camino se va empinando en bajada y pongo el cuerpo en modo “trotatrotacaballito” con cierto peligro de descalabro.

Por fin llegó a la costa del Baikal y el espectáculo del resto del recorrido es absolutamente magnifico. Bosques, acantilados, playas desiertas… Una gozada. En cuanto a la estrechez del sendero, no hay para tanto. Los he visto más peligrosos en algún tramo de nuestros Caminos de Ronda. Unas  6 horas con las paraditas correspondientes, especialmente para actividad fotografica. Cada paso es una foto.

Llegó a Bolshiye Koty, una especie de asentamiento en medio de la nada, con casas prefabricadas de techos de uralita y barcos decrépitos. Un lugar inhóspito solitario y frío. En el colmado-bar del pueblo me hacen un plato con patatas mal fritas, tomate, pepino, pan y unos trocitos de grasa de cerdo que ni toco. Consigo un lugar para dormir, una cabaña muy agradable y acogedora, salvo por la piel de oso que hay en el comedor y la de lobo que decora un dormitorio, gracias al cielo no el mio. La casa tiene de todo pero no funciona nada. El water es una casita con una taza muy kitch directa a una fosa sèptica.  No hay agua corriente pero, con un cubo de agua cojida directamente del rio y hervida, la “ducha” me sienta como una bendicion.  En la cocina sí funcionan un par de fogones y me hago 2 huevos fritos con medio tomate para cenar.

Estoy cansado pero sin grandes quebrantos que no puedan solucionarse con un poco de bálsamo de tigre. Comparto la casa con una chavalita belga de unos 18 años. Cenamos juntos y hablamos un rato. Hoy toca ir a dormir temprano. Mañana tiro hasta Bolshoe Goloustnoe.

Amanece gris y frio. En la segunda etapa el paisaje es más o menos igual, quizás algo más agreste. Dicen que sólo son unos 10 Km más que ayer, unos 35, pero aquí es más fácil sacarle a alguien el hígado que una información fiable en algún idioma conocido. MAPS.ME dice que tardaré 9 horas.

La realidad es que esta segunda jornada resulta mucho más dura que la anterior. Si, para mí, desde luego, está  es una rompehuesos. Primero porque hay tramos muy resbaladizos y me he llevado un par de culazos. Segundo porque, muchas veces, el sendero no es más que la continuidad de la pendiente y te jode los tobillos al hacer el pie formas de frenada dificiles y antinaturales. Y tercero, y sobre todo, porque hay mucho tramo de playa con piedras que son una tortura china para las plantas de los pies. Además, y eso lo complica todo, solo 1 hora después de salir empieza a lloviznar aguanieve que te va calando como gota malaya.

Aqui sí hay algúnos pasos que parecen, y son, nidos de gaviotas. Tengo que poner la palanca estabilizadora “nomirespabajoquetecagas”. Acongoja. A las 4 horas de marcha, llegó a la entrada del Parque Nacional  Pribaikalsky, me paro a comer un pedazo de pan con un tomate y bebo coca cola. Necesito azúcar. Me pongo en marcha en seguida porque el tiempo empeora por momentos. Empieza a nevar. A ello se le añade otra mala noticia: parece que he cambiado de provincia, entro en Buriatia, y el GPS empieza a hacer el tonto y decirme que me descargue el mapa de la nueva republica. Sí hombre, aquí voy encontrar una wifi. Colgada de un árbol. La nieve empieza a tapar el sendero y  sin GPS estoy vendido.

Me pierdo. Lo noto porque llegó, arrastrándome, a una quebrada donde no hay a qué agarrarse para atravesar. Pasar por aqui es demasiado peligroso para ser verdad, así que doy media vuelta. Efectivamente, he interpretado mal un recoveco. He perdido más de una hora, pero conservo la integridad física.

Cada hora que pasa parece que alguien me ponga una piedra de medio kilo en la mochila y las cinchas tiran de mi cuello y hombros con mala leche. Voy calado hasta los huesos porque no ha dejado de nevar en cuatro horas, estoy muy cansado y tengo frío. Las manos y los pies, sobre todo, los tengo helados. Parece que nunca llego. Tengo el cuerpo, como dice la canción, desencajado y dislocado.

Diez horas después de la partida llegó a Bolshoe Goloustnoe hecho una mierda, con agua y barro hasta las orejas. Son las 6 de la tarde. Siento como si me hubiera atropellado una manada de búfalos en estampida. Me quedo en la primera pension-restaurante que veo, quizás es la única, y me regalo una comida de campeonato: pescado macerado y sopa de no sé qué. Por lo menos no tiene pepino. Odio el pepino. Estoy hasta los mismísimos pirindeles del pepino. También me regalo, en pleno dispendio festero, una habitación con lavabo para mí solo. Veinte euros todo. Me lo merezco.  Salgo a fumar un cigarrillo y me pongo a temblar como una hoja, no sé si de frio o del desarreglo que llevo en el cuerpo.

Las he pasado canutas pero ya está. Al fin y al cabo, … qué sería un viaje a Rusia sin una aventurita en la nieve?!

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Rusia (2) El Transiberiano. Ekaterimburgo

El paisaje discurre tedioso. Árboles y más árboles, nieve que se va fundiendo poco a poco, lagos todavia helados, algún pueblo de casas de madera pintada con colores pálidos… Bajo una constante llovizna y un cielo plomizo,  tres o cuatro paradas en solitarias estaciones con las vías sembradas de colillas de cigarrillos fumados con prisa. Me mareo cada vez que pongo un pie en tierra.

A las 6 de la tarde llegó a Ekaterinburgo. Casi sin enterarme, ya estoy en Asia.

Fue aqui donde los bolcheviques fusilaron, justo ahora hace 100 años, al zar Nicolás II y a toda su familia. Bueno, dicen que escapó una niña, la princesa Anastasia, aunque nunca más se supo de ella. Parece más bien una leyenda que se inventó alguien para mantener la moral de los zaristas exilados o deportados a gulags siberianos. Ese simple rumor bastaba para alimentar la esperanza de que, algún día, pudiera volver el Régimen derrocado. El caso es que eso nunca ocurrió.

En Ekaterinburgo hace un frío del carajo. De 5 a 10 grados durante el día y bajo cero por la noche. Es otro Moscú en pequeño. Más de lo mismo. Grandes edificios, avenidas enormes, iglesias, el río y sus puentes… Una parte del río está todavía helada. Los patos no nadan, caminan. Cae aguanieve y un viento siberiano me hiela la moquita. El General Invierno debe ser un monstruo, pero la Capitana Primavera también tiene su mala leche. Tomo mi primer Borsch, la típica sopa rusa de remolacha con trocitos de carne de buey de gusto fuerte. Pasable.

En principio mi idea es ir hacia los Urales. Cojo un autobús y me voy al Parque Deer Streams. El bus me deja en mitad de la carretera y me señalan un camino secundario por donde llegaré caminando 4 ó 5 Km con mis 8 Kg de mochila-casa a cuestas. Me desaconsejan salir a la montaña. Las pistas están nevadas. Lo pruebo pero la cosa pinta mal. Llamadme cobarde pero me vuelvo a Ekaterimburgo cagando leches. Una cosa es viajar y salir de la “zona de confort” y otra hacer el jilipollas. No me la juego. El cielo está cada vez más negro, el frío aprieta y las previsiones son peores. Los guardabosques me acompañan a la estación de bus más cercana.

Quedó varado en Ekaterinburgo. En el hostel conozco a Sergei Chekannikov. Otro Sergei. És un chaval de 25 años de Novorsivirsk con el que recorro la ciudad. Hacemos una excursiòn al obelisco que marca la frontera entre Europa y Asia y me obliga a visitar el Museo Yeltsein de historia rusa. Magnifico. Me hacia falta un poco de compañía. Me recuerda a mi hijo. Buen chaval. Comemos Pelemeni, una especie de ravioli que, dice, es la comida tradicional de los estudiantes rusos. Llenan y son buenos y baratos.

Con el 1 de Mayo, la mayor fiesta rusa, el termómetro sube por encima de los 10 grados. Ya necesitaba un poco de sol. Ekaterimburgo se transforma, se abre el telòn. La gente ríe, pasea por el río, hay música… Salen las bicicletas, patines y patinetes, los niños, color, musica… Se hizo la luz. Es curioso como limita el clima y el lugar y momento en que nacemos. Sólo eso ya nos hace parecer diferentes los unos de los otros.

Segunda etapa direccion Irkutz. El Transiberiano no es un tren especial si no una línea ferroviaria con muchos tipos de trenes. El mío es un Rosinya, un poco mejor que nuestros borregueros. Voy en segunda clase, vagones con compartimentos de 4 literas. El tren tiene tambien un vagón restaurante. Te dan 1 comida para todo el viaje, escasísima y sosa. Una sopa, una pasta con atún, un arroz y un poco de pollo con una salsa indefinible… Hay que cojer provisiones o comprar en las paradas donde vienen a ofrecerte pieles, pollo asado, pescado ahumado, pan casero, huevos hervidos… En el tren no hay duchas, así que te aseas como los gatos.

Durante el trayecto del Transiberiano se atraviesan 7 usos horarios, pero ya te puedes ahorrar cambiar la hora porque, para minimizar errores, se ha homogeneizado la norma de que todas las estaciones y trenes rusos funcionan con horario de Moscú.

Estamos ya en Siberia, una de las tierras más duras del mundo, con un invierno infernal. Las temperaturas bajan hasta los 50 grados bajo cero helando el suelo hasta tanta profundidad que castran toda posibilidad de agricultura. A 2.000 Km de Irkutz empieza a nevar. Último coletazo del invierno, espero. La tundra, la taiga, la estepa, ríos y campos de trigo van pasando por la ventanilla a 120 km por hora.

Las azafatas derrochan mal humor y antipatía. No sé si les sale de natural o es una cuestión de entreno y una alimentación adecuada. En realidad, los rusos no hace ni 30 años que son algo parecido a una democracia más o menos abierta al mundo, y  los extranjeros no les caemos bien. La cosa va cambiando entre los jóvenes pero el tema va para largo.

Todo lo que se puede hacer en el tren es comer, beber, dormir, leer, escribir y, quizás, algo de gimnasia para desentumecer musculos y no quedarte tieso. Y pensar, mucho tiempo para pensar. En ti mismo, en tu gente, en recuerdos del pasado, en proyectos de futuro… En la soledad, en el desamor, en la vejez, en lo que le debes a la vida y en lo que te falta por cobrarle… En mi casa, vacía… Asoma la tristeza con aguijón de bicho malo. De todo hay en el viaje, como en la vida.

Llego a Irkutz. Aquí me bajo. El lago Baikal ya està muy cerca.

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Rusia (1). Moscu. “Las cosas son así”

Moscú es una deprimencia. Para quien se pregunte si esa palabra existe, la respuesta es NO. Me la acabo de inventar. Pero se entiende. Moscú es gris, frío, seco y tristòn. Por lo menos esa es mi primera impresion. También parece como lánguido, desconfiado y con una aústeridad de penitencia. Sin embargo, por otro lado, también es colosal, gigantesco, monumental e imponente. Hasta las estaciones de metro parecen palacios.

Los rusos son especiales. Seriotes tirando a antipàticos. En la calle es difícil ver una sonrisa.

Eso ya lo ves incluso antes de llegar. En la embajada rusa, para tramitar el visado, me atiende una señorita de generoso y abundante cuerpo socialista con ojos azul pálido más bien amenazantes. Me pide una “carta de invitación” y, para conseguirla, dice, he de entregar una relación de ciudades que visitaré y de los hoteles en que me alojaré. Le digo que yo eso no lo sé, que viajo sin organización y que voy haciendo mi itinerario sobre la marcha. En cuanto a los hoteles, le explico, no tengo ni idea dónde voy a dormir porque los voy contratando a medida que concreto planes. La sovièt me contesta, con ese tono grave de zumbido de mosca cojonera que le dan los rusos a la “s”:

– Lasss cossas ssson assi.

Coño! me digo, esto no va a ser fácil. La perla en cuestión no muestra la menor empatía y, más que una funcionaria, parece un sargento de artillería. Anda! Sin haberlo pensado, me ha salido un pareado. Bien, a lo que vamos:

Le digo 2 veces más lo mismo, cambiando palabras y añadiendo argumentos, y otras tantas ella me repite mecánicamente y sin la menor mueca que pueda parecerse a una sonrisa:

– Lasss cossas ssson assi.

Al final, desesperado y a punto de tirar la toalla, le suelto:

– Ostras señorita, como es usted!

Ella me clava una mirada siberianamente gélida que hace que un escalofrío me recorra esa delicada parte que va desde el orto al escroto y, tras unos tensos segundos, me contesta igual de seria:

– Cómo Sssoy? Sssoy russa.

Acabàramos! Como si eso lo explicara todo! Se da la vuelta sin decir nada mas y, cuando ya pensaba que había dado por acabada la conversación con esa sentencia, se acerca a su escritorio, coje un papelito fotocopiado y me lo da diciendo, con las “r” intermedias remarcadas atronadoramente:

– Emprressa que sssolucionarà sssu prroblema.

Milagro de San Rasputin! Efectivamente, llamo al teléfono que pone el papelito y, por 40 euros, todo solucionado. Ellos se encargan del cumplimiento de requisitos. Haber empezado por ahí!

Moscú, y por extensión toda Rusia, es difícil para viajar por libre. Aquí nadie habla una palabra de inglés ni francès y, para empeorar el tema, casi todo está escrito en alfabeto cirílico. Me pateo toda la ciudad: el Kremlin, la Plaza Roja, Catedral de San Basilio, un montòn de iglesias, monasterios y basílicas, el río Moscú, el Teatro Bolshoi, Gorki Park… Unos 60 Km urbanos en 2 días. Está semana llevo más de 200 km en los pies.

Enormes avenidas y edificios, arbolado seco, supongo por el duro invierno, casi no hay bares, ni restaurantes, ni tiendas, sòlo grandes almacenes. Curiosamente tampoco hay motos, muy pocas bicicletas, no hay color ni alegría, todo es monótono. Un reportaje en blanco y negro como el NODO.

Me impacta ver qué todavia existen hombres y mujeres anuncio. Me parece un trabajo denigrante. Y también me flipa que hay mucha gente con dientes de oro. No quiero ni imaginar de dónde salen porque se dice que, durante la II Guerra Mundial, había soldados que se dedicaban a sacar los dientes de oro a los muertos. Tremendo.

Es una ciudad oscura y disciplinada, con unas constantes vitales exajeradamente estables. Demasiadas guerras y tiranos pesan como una losa histórica en sus espaldas. Tampoco hay casi perros ni gatos y se ven muy pocos niños. La gente viste homogénea, se peinan todos igual, no hay risas y todo está impolutamente limpio. Parece más un ejército que una población.

Pequeño problema un pelín desagradable. Me molesta un diente para masticar. Me apetece tanto ir a un dentista ruso como zamparme un bocata de alambre de espino. Ya veremos. Por ahora me aguanto a ver si se soluciona solo.

Hoy empieza mi viaje en el Transiberiano. Van a ser casi 10.000 km desde Moscu atravesando Siberia hasta la costa del océano Pacífico. Harè  3 paradas: Ekaterimburgo, Irkutz y Vladivostok.

Ya en el tren, la azafata, en este caso una señora gordita y lozana con pinta de madre de Heidi, tampoco habla una palabra de idioma extranjero alguno y  me suelta una parrafada en ruso de la que no entiendo ni una palabra. Supongo son instrucciones para el viaje. Ya irè viendo. La prudencia es una ciencia universal.

El compartimiento es minúsculo pero cómodo. Por la ventanilla van pasando bosques sombríos y ciénagas musgosas.

La primera noche en el tren resulta plácida y, por la mañana, Sergei, un médico radiólogo, me despierta con un desayuno pantagruelico que ha preparado para los 2. Salchichòn, pan ruso, huevo duro, pepino y tomates. Té para beber. Se ve que es costumbre en el tren compartir las provisiones. Y a mediodia me dà a probar una especie de pelota de carn d’olla. Todó delicioso. A este paso me voy a engordar.

Son mis primeras horas en el Transiberiano. Sueño con este viaje desde la infancia. Siberia…Me vienen a la mente nombres como Marco Polo,  Alejandro Magno, Miguel Strogoff… Vamos a ver.

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