Tailandia (y 5) Koh Tao. La gallina de los huevos de oro.

Koh Tao es de esos destinos de viaje donde la gente va para tener nuevas y estimulantes experiencias como tomar el sol, comer pizza y hamburguesas, beber cerveza y mojitos en los bares de moda, pasear en moto, bailar el “Despacito”, ligar…

También es, eso sí, un bonito lugar para hacer submarinismo. Y barato. Dicen que Koh Tao es de los mayores productores de nuevos buceadores de todo el Mundo. En 48 horas ya eres buzo por 4 durillos. Otra cosa es lo que te pueda pasar después.

El escenario es soberbio. Y una advertencia: esto está lleno de gente guapa e insultantemente joven que deberían pagar impuesto de lujo por pasear. El que tenga algún kilito de más, fruto de esas cañitas y tapitas tan buenas, o no atesore tanta belleza y/o juventud como, por ejemplo, un servidor, este lugar le producirá unos angustiosos ataques de envidia insana. Si os parece oír un sonido agudo, chirriante y desagradable alrededor, son vuestros dientes que rechinan.

El lugar es fantástico para holgazanear y hacer panching. Es mi último destino en Asia antes de cambiar de continente, así que habrá que coger fuerzas.

Llevo ya melena de indio soiux, pero no me atrevo a ponerme en manos de un peluquero tai. Algo tendré que hacer. Si me voy a Australia con esta pinta, en la aduana me confiscan como especie invasora.

En Koh Tao es temporada bajísima y llueve. Yo encantado porque tengo un gripazo de campeonato y la convalecencia aquí, a base de descanso absoluto, líquido y sopitas picantes me sienta de maravilla. En el hotel tengo una habitación con lavabo para mi solo, y una terracita que da al jardín. Y tiene un restaurante a pie de playa. Es como estar malito en casa de Sa Riera en abril. Da un poco de pereza mejorar. Estoy muy mustio. Siento en el tuétano que mis aventuras y desventuras en Asia tienen, por ahora, los días contados y, supongo, eso me da flojera.

Son días lluviosos, con muchas horas en la terraza de mi habitación, escribiendo, pensando y escuchando la lluvia caer sobre el jardín. Si, son días de reflexión también. Se me está acabando la gasolina y empiezo a pensar en volver un par de meses a casa dando por cerrada la primera fase de mi Vuelta al Mundo. He de entrar en boxes y eso también requiere organización con tiempo de antelación. Una serie de lesiones ya me handicapan un poco y los médicos tendrán que hacerme un par de parches. Además, asuntos administrativos varios me aconsejan un alto en el camino. Por ejemplo, se me está acabando el pasaporte, fíjate. Y renovarlo por alguna embajada del mundo es un tostón y requiere pausa, lo cual no es precisamente mi especialidad. Así que, cuando haya llegado a Nueva Zelanda, las antípodas de donde salí, iré pensando en la vuelta. Poco a poco.

Estoy en uno de los mejores lugares del mundo para hacer snorkel y bucear y, entre la gripe y la lluvia, a lo peor no hago ni una cosa ni otra. Sería una…jugada. De entrada, bucear ni pensarlo. Mi capacidad pulmonar, con el gripazo, ha mermado considerablemente. Snorkel, vamos a ver el último día…

Mientras tanto, voy ya dando paseos en tierra firme. Hoy he ido a comer a la playa Sai Ri Beach. Un Savory curry que no sé lo salta un gitano. Para bajarlo, yo siempre metiéndome en líos, me subo a ver el Chalok viewpoint y, de ahí, me bajo por el otro lado de la montaña hasta el hostel. Total 3 horitas por un terreno que no había pisado nunca, entre montaña y playa. El camino, muy empinado, va cediendo con las lluvias y se hacen como unas canales curiosas. Y peligrosas.

El lugar en cuestión, arriba de todo, es de mareo. Un agujero entre 2 rocas, por el que pasas a un mirador también de pura roca resbaladiza y, debajo tuyo, muy, muy abajo, toda la costa oriental de Chalok Baan Kao. Precioso. La sudada para llegar ha sido considerable. Sudar va bien para matar virus, pero lo que ya no va tan bien es que me pilla un diluvio de Monzón que me deja para colgarme de dos pinzas. Cada vez que hay una tormenta por los alrededores, me coje a descubierto.

Penúltimo día en la isla ya y llueve toda la mañana. Paciencia. Por la tarde me voy a conocer más calas siguiendo empinadísimas carreteras y caminos de ronda. El atardecer, en estos días lluviosos, da a estas playas, que parecen decorados de cartón piedra, una luz rara, entre plomiza y gris metalizado por el sol tardío. Me escuecen las heridas de guerra, lo cual no augura nada bueno para el tiempo de mañana, mi última oportunidad de bajar a los fondos de esta isla. A ver qué pasa. Por poco que pueda me tiro.

Bingo! El día despierta soleado y me embarco. Cuatro paradas de snorkel y final en la famosa playa de Nang Yuan, dos islotes unidos por una lengua de arena que son, seguramente, uno de los lugares más fotografiados del mundo.

No tantísimo como en Indonesia o Filipinas, pero también aquí nos dan cien mil vueltas con su fondo marino. Magnifica flora y fauna a pesar de que hay viento y el mar está movidito. Preciosos corales, borgonias y bandadas de peces de todos los colores, tortugas y pequeños tiburoncetes. De todo y mucho. Y no es que la isla sea virgen precisamente. A Tailandia, en general, y a Koh Tao, en particular, le estan sacando el jugo a lo bestia.  Demasiada gente. En temporada alta esto deben ser las Ramblas.

Supongo que, simplemente, aquí han puesto un poco de sentido común, el menos común de los sentidos, y se han dicho: no vayamos a matar la gallina de los huevos de oro…  Alli no. Al fin y al cabo, España es el único país del mundo, en toda la Historia, que ha sido capaz de crear un género literario sobre los vividores y listillos: la “Picaresca”. Y el pícaro es omnivoro total. Acaba con todo. Le da igual carne que pescado. A todo se le puede sacar provecho con “ingenio” y poca vergüenza.

Fíjate tú qué tonto soy que, viendo esto, me sorprendo preguntándome por qué  no se declara Parque Nacional o similar todo el Empordà, mi tierra. Seré burro! En un Parque Nacional no se puede uno lucrar a ritmo de pelotazos y ladrillos. Un P.N. es beneficio a largo plazo y poco tangible y allí hay hambre y miseria que solucionar a cortísimo plazo. Fíjate a Cadaquès y el Cap de Creus lo mal que les va…

Algunos le están tocando demasiado los huevos a la gallina. Y lo pagaremos todos.

Pues se acabó lo que se daba. Han sido 6 meses y medio en Asia. Me cambio de continente. Oceanía…el nombre es precioso. Siempre soñé que un día lo conocería, pero sueño tantas cosas que ni yo me creía. Y ya está aquí, a 2 pasos. Sigo camino.

Tengo prisa, mucha prisa. El tiempo pasa sin esperar a nada ni nadie. Me voy a Australia. ¡Que ganas!

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Tailandia (4) En el Reino de Siam. Bangkok.

La historia del Reino de Siam, que abarca del siglo XIV a principios del siglo XX, es una historia de esplendor, guerras, decadencias y renacimientos. En su época fue un imperio económico, cultural, religioso y guerrero que aportó al mundo grandes avances. Fue lo que hoy llamaríamos “un reino de cuento”.

La capital, Ayutthaya era, en el siglo XIII, la ciudad más grande del mundo, con más de 1 millón de habitantes, una metrópolis de ensueño y lujo oriental. Saqueada y destruida por los birmanos en el siglo XIII, volvió a recuperar su antigua grandeza hasta entrar en decadencia en el siglo XX. El colonialismo la mató.

Y…abracadabra, ya estoy en Bangkok.

Esta noche en el bus me han comido los chinches, o las pulgas o lo que fuere. Qué más dará el nombre. “Me pica. Me pica”.

Bangkok es la capital de Asia. En mi opinión, les guste o no a los chinos y a los indios, esta es la metrópoli mas cosmopolita y más representativa  del continente. Hay de todo y mucho. Espiritualidad y templos, noche y vicio, mercados y comercio lujoso, alrededores interesantes, grandiosidad y miseria, gastronomía global, negocios y cultura, canales, homelees drogadictos, ….

Y con eso no digo que es la capital que más me gusta de Asia, ni mucho menos. Para mi, Bangkok está muy por detrás de, por ejemplo, Tokio. Pero decir que Tokio es Asia es solo Geografía.

Callejear por aquí es pura aventura asiática y hacerte un plan de visita es misión imposible e innecesaria. Con deambular y dejarte llevar por tu curiosidad ya tienes más que suficiente.

Mi hostel esta en el barrio de Soi Payanak, un barrio popular donde, en 6 días que estuve, en dos etapas, ya conocía a la gente del vecindario, ya nos saludábamos y ya se interesaban por mi, lo cual siempre es agradable. Desde allí, pasando por canales míseros y sucios donde se pueden ver los estragos de la heroína, con vagabundos drogadictos tirados por el suelo sin esperanza ni remedio, llego al centro y  recorro la zona del Wat Pra Kaew y el Gran Palacio, aunque la muchedumbre turística es agobiante. Después, para coger energía, como un Pad Thai con gambas en Tha Tian, cerca del Wat Phra Chetuphon, sigo por el mercado de flores, quizás el único mercado de Asia que huele bien, y me meto en varios otros mercados de dimensiones colosales. Paso también por Khaosan, la zona turística y jaranera. Allí, hostels, bares-restaurantes, pubs, salones de masajes y agencias de viaje. Nada…pero si se llega allí, bueno es pasarse por Sanset Soi. Un aperitivo de 7 gambas a la barbacoa y una cerveza, 3,5 euritos.

Tras montones de templos y calles comerciales de todo tipo y condición, vuelta al hostel, una cena de arroz con pollo en un chiringuito de la calle y a la cama prontito. Mañana me voy a Ayutthaya

Dos curiosidades: 1.- El Wat Phra Chetuphon se llama, en verdad, Wat Pha Chetuphon Vimolmangklararm Rajwara Mahaviharm. No son nadie estos tailandeses poniendo nombres! 2.- Dentro de algunos mercados hay santuarios y budas. Cada vez que la gente pasa por delante, hace un saludo respetuoso de adoración. Sospecho que algunos dan rodeos para no andar con tanta reverencia. Cargados como suelen ir, debe ser un suplicio.

Ayuttaya és una ruina. No es que no sea interesante pero, si has visto Siem Riep y Bagan, se te queda pequeñín y pobre. Las guerras y los saqueos han hecho de aquella ciudad imperial una parábola de la futilidad de la vida y la grandeza. Hoy eres el amo del mundo y mañana una decrépita e insignificante nota a pie de página en el libro de Historia, un producto turístico cultural de importancia muy relativa. El bochorno hace el paseo pesado, la lluvia empeora las cosas y una fastidiosa infección de encías acaba de arreglarme el día.

Como delante de uno de los lagos del recinto y espero a que acabe el chaparrón. No solo como yo, también salen a comer unos enormes lagartos anfibios de aspecto amenazante que patrullan el lago. Feos.

Hay mucho elefante enjaezado paseando turistas, cosa que me eriza los pelos de la nuca y me produce sarpullidos cerebrales muy molestos. No entiendo què siente un ser humano en pasear a lomos de un elefante. Se siente un poco rey/dios de aquella época? Se le hincha el pecho y se le estrecha el ortillo de orgullo y vanidad? Esos animales son formidables y su explotación cutre da repelús.  A mi, verlos montados por primates en bermudas, supuestamente superiores, me revuelve el estómago. Lo siento, pero no puedo con “eso”. Los humanos constantemente desmerecemos, con nuestra conducta, la categoría de especie superior. Dominante si, pero superior… Esto no puede acabar bien. Seguro que los reyes de Ayuttaya pensaban que su imperio duraría para siempre.

De vuelta al hostel, autobús y tuk tuk entre el tráfico nocturno de Bangkok. Por cierto, aquí hay enorme respeto por los peatones. Unos caballeros al volante.

Al tercer dia vuelvo a dejarme llevar en deriva por las calles de Bangkok sin plan ni destino. Pasando por delante del Wat Traimit Witthayaram, aparezco en el Arco de Chinatown y rambleo por el mercado. Como un pato braseado con arroz, paso a la otra orilla de la ciudad por un magnifico puente de hierro, me encuentro el Wat SanphanThawongsaram (id aprendiendo los nombres que después haré examen), presencio  un funeral…

Intento escuchar, ver, oler, saborear y tocar la ciudad y notar como me siento. Encuentro bullicio, rincones, caras, aromas, paz… me embeleso, me entristezco, capto miradas, observó movimientos, me pierdo, recuerdo, me sorprendo, sonrío… y voy haciendo camino en busca de sensaciones sin etiqueta. Un paseo increíble.

Lllego a unos muelles, recorro mas templos sin nombre o de nombres tan complicados que ya me niego a retener, me meto en calles fuera del circuito turístico sin más atractivo que la gente variopinta que me mira con la misma curiosidad que yo a ellos y, al final, cruzó el río de vuelta a la otra orilla, esta vez en una barcaza. Justo a tiempo. Empieza a diluviar.

Me paro a tomar una cerveza en Tha Tian y se me hace tarde buceando en mis pensamientos y mirando pasar a la gente. Se ha hecho de noche y vuelvo a mi barrio por calles y mercados vacíos, con los últimos trabajadores y transeúntes acabando quehaceres y volviendo a casa. Se me cruza por delante una rata. Menos mal! Ya empezaba a pensar que estaban todas en las cazuelas. Me acuerdo de Yao y me río solo.

Hoy había quedado con Nani, Encarna, mi compañera en la jungla laosiana que vuelve a casa desde Bangkok. Pero se ha puesto mala. Hizo ayer una inmersión en Kho Tao, ha tenido una reacción alérgica y perdió el ferry. Me hubiera gustado oír qué se siente al volver. Sé que es difícil.

Os lo tengo dicho,

Consejo de viajero: antes de un viaje importante, tipo intercontinental o vuelta a casa, prudencia: ni comidas copiosas y extrañas para vuestros estómagos, ni deportes de riesgo. Es normal querer apurar hasta el último momento cuando se es feliz pero…

Mañana salgo hacia Kho Tao. Toca playa.

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Tailandia (3) Mae Sariang. Ratas.

Hoy cumplo 6 meses de viaje. Es mucha vida de golpe. Me preguntó cómo será y qué sentiré cuando vuelva a casa, a “la vida normal”…

En esta segunda etapa, después de los 100 días, he seguido descubriendo lugares y viviendo situaciones inolvidables. Ha Giang en Vietnam, Virachey en Camboya, Luwan en Laos, el acueducto Goteik en Myanmar, …. Y, ahora, Banhuayhagmainesu en Tailandia.

Este último, quizás el pueblo con el nombre más complicado del mundo, da para dedicarle todo este capítulo.

Mae Sariang son 2 calles en la ribera de un río sin más historia así que, nada mas llegar, me apunto a otro trekk. Seràn 3 dias en un poblado de las montañas: Banhuayhagmainesu. Prueba a repetir el nombrecito. Sin leer.

Solo he descansado 24 horas y no he tenido tiempo ni de lavar la ropa pero…tengo otra muda. Tailandia da para mucho y solo tengo 30 días de visado.

No será cansado creo, es más bien una estancia relajada en la montaña con alguna excursión relativamente tranquila. Voy solo con un guía, Yao, y me alojaré en su casa, con su familia.

Tras casi 3 horas en moto, ya a pie, seguimos adentrándonos en las montañas. Nos paramos a comer en la cabaña de un agricultor. Son cuatro palos, un fuego a tierra, leña, enseres mínimos y una hamaca. Hay un segundo piso, supongo que un dormitorio. El hombre dice tener 60 años pero no aparenta ni 50. Sus pertenencias están esparcidas por la sala y hay una rata muerta en un plato. Es su cena. Comemos unos fideos a la rabiata con arroz que me hacen sudar. Chili puro. Una bomba energética.

Seguimos 1 hora mas hasta el pueblo de Yao. Allí, Sing, su hijo de 10 años, me lleva a ver los alrededores. Son poco más de 80 cabañas en la ladera de la montaña, en la coronilla de la Quinta Puñeta, 250 almas, animales domésticos por todos lados y campos y màs campos de cultivo casi verticales. Remoto y básico todo a más no poder.

Yao me pregunta si como carne con una hoja de plátano en la mano que envuelve otra rolliza rata con una larguísima cola. Le digo que no, que yo desde pequeñito soy vegetariano estricto y que, además, mi religión no me lo permite. Yao se ríe y no me cree, así que para cenar me trae una especie de sopa y unos trozos de carne que me jura es pollo. Me armo de valor y pruebo uno. No sabe a nada. Tiene la consistencia de pollo pero tiene unos huesecillos o cartílagos de lo más sospechoso. Sonriendo, le miró y le digo, en castellano: “Qué cabrón!”. Me pregunta que he dicho y le contesto que esa es la forma española de decir que estás contento de haber conocido a alguien, y que sirve tanto para saludar o despedir cómo para demostrar en cualquier momento respeto por una persona. Me lo hace repetir varias veces para aprenderlo. Le añado que, si quiere ser más ceremonioso, ha de decir: “Qué gran cabronazo”. Toma nota.

Se me ocurre que a saber cuántas veces he comido carnes extrañas sin saberlo. Lo de gato por liebre, todavía, pero lo de rata por pollo me inquieta.

Naturalmente, soy el único occidental en el pueblo. Una atracción exótica. La gente sale de las casas para verme pasar. Y todos me sonríen. En realidad siempre están sonriendo. Es una gozada. No se complican mucho la vida. Salud y vida o enfermedad y muerte. Poco más. Lo de pena, tristeza, depresión y esas cosas no creo que tengan aquí ni traducción. No he oído nunca llorar a un niño en lugares como este. Yo creo que no saben. Al fin y al cabo, aquí llorar no les sirve para nada.

A las 6 de la tarde ya hemos cenado y a las 8 estoy en la cama. Desde fuera, de una casa cercana, llegan las voces de unas chicas que cantan melódicas canciones en tailandés. La noche es muy agradable pero hay que abrigarse. Hace fresco.

Con el nuevo día salimos de trekking por la selva. Yao lleva su machete y una escopeta por si puede cazar algo. Es como un circuito de obstáculos. No es senderismo ya que no hay sendero. Y es que en la selva no hay senderos porque, tal como tú los abres, ella los vuelve a cerrar.

Vas atento con los cinco sentidos y un par más que desarrollas aqui. Voy aprendiendo què roca, qué rama o que raiz es de fiar y cuál va a ceder dejándome sin asidero o sin apoyo. Has de hacerte ligero, repartiendo y compensando pesos entre todos los músculos.

Tres horas después, hacemos un fuego en la ribera del río y comemos un arroz con cebolla y tomate que lleva Tao en su bolsa. Seguimos.

Me doy cuenta que soy muy perro ya. Siento y padezco poco. Si me entra agua no me la saco, si me pica algo no me rasco, si me sale sangre la dejo correr, tengo poca sed y hambre… Me limito a avanzar hasta llegar a destino sin pensar mucho más que en dónde piso o a qué me agarro.

Hemos salido del pueblo a las 8 a.m. y volvemos a las 2 p.m. Ahora sí noto mis huesos, músculos y articulaciones. Me quito un par de sanguijuelas de las piernas. Otra vez me han dejado los pantalones sanguinolentos y estoy hecho unos zorros. Un solano insoportable hace imposible la vida fuera de la cabaña, pero Yao no me da tregua y me lleva en moto a ver una aldea cercana. Aprovecho para comprar coca cola. Necesito azúcar. Ir por estos caminos en moto es como galopar a lomos de un burro. Estoy baldado.

El cielo en Banhuayhagmainesu tiene un azul especial. Pero al llegar el atardecer… al llegar el atardecer es como asistir al mismísimo fin del mundo. Te deja atónito, sin esperanza de ver más belleza que la que tienes delante. Sobre “eso”, en realidad, no sé porque tengo la desvergüenza de atreverme a escribir.

Y de cena, hoy hay pescado. Sí, es pescado, lo he visto entero antes de que lo metieran en la olla. Así que pescado, con arroz, claro. No es precisamente un “suquet” como en mi tierra.

Y así acaba otro día, diferente como todos los días de este continuo deambular. Y mañana más. No me lo puedo creer. Pura vida desbocada.

Nuevo dia. Nos vamos ya hacia Mae Sariang. Flota en el ambiente el aroma de las trompetas de ángel. Le doy mi sombrero a Sing y le nombró Caballero de la Orden de la Aventura. Está contento.

A pie y en moto, Yao me da otra somanta de ostias por el Parque Nacional Salawin. Primero me lleva a ver la recolecta de arroz y me hace sufrir 2 horas a lomos de su motillo. Para compensar, eso sí, me deja una hora en un hot spring donde me doy un baño caliente. Toda la piscina para mí solo. Quedó arrugado y tranquilito como un bebé, alucinando de mi suerte.

Comemos unos fideos cerca de las waterfall Mae Sawan Noi y, para bajarlos, nos vamos a ver sus diferentes niveles. Primero “pabajo” y después “parrriba”. Ahora sí que estoy en las últimas de Filipinas, a punto de rendirme y ofrecer mi cuello como los lobos vencidos en justa pelea. Presento irrevocablemente mi dimisión como viajero incansable.

Al despedirnos, Yao me dice muy solemne: “Qui gran capronazo”. Le doy un abrazo. No podía dejar de devolverle la jugada de hacerme comer rata. Ya verás la que monta con el primer cliente español que se le ponga por delante…

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Tailandia (2) Mae Hong Son. En las montañas.

Mae Hong Son, un pueblo de 10.000 habitantes tranquilo y ordenado, me gusta desde el primer momento. El barrio del lago parece una escena de cuento oriental, el mercado matinal es auténtico, las vistas desde el Wat Doi Kong Mu, con las capas de brumosas montañas al fondo, son una guapada…Aquí me tiro unos días como un gato.

Además, he acertado de pleno en la elección del hostel. Es una antigua casa de madera Shan no muy reformada, con entradas palaciegas, tejados en forma de V, un patio, unos balcones agradables y un restaurante sencillo pero acogedor. La habitación es compartida, cuatro camas tipo cápsula con un baño limpio y amplio. Los compartimentos están curiosamente decorados con sencillez y gusto, con sábanas de seda y un espejo de marco dorado como cabecera.

En el hostel, soy testigo de un accidente. Tres chicas españolas que viajan solas por este salvaje país, están un poco trastornadas porque, a una de ellas, le ha picado un “bicho” en la espalda. Por la pinta de la herida parece ser un mosquito, grande, o incluso, quizás, una arañita, pequeña. Se ha levantado por encima la camiseta para airear el abceso y una amiga le está aplicando hielo. La accidentada tiene la mirada perdida en la lejanía y va diciendo: “Me pica. Me pica”. Sin embargo, se la ve serena y entera, sacando fuerzas de flaqueza, y al cabo de unos 10 minutos incluso ya ríe aunque, en cuanto recuerda su herida, vuelve a decir, melancólica y con los ojitos tristes: “Me pica. Me pica”. Al final, suben todas a la habitación porque parece ser que, una de ellas, tiene una crema muy buena para estos casos que, según afirma, “extrae el veneno hacia afuera”. Menos mal porque, desde luego, si extrajera el veneno hacia dentro sería un marrón. Si sé algo más lo comunicaré, pero creo que podemos estar tranquilos y dar el tema por superado. Y es que, en estos países, te puede pasar cualquier cosa…

Fuera bromas…

Consejo de viajero. No viajes nunca sin el Azaron, o lo que uses para las picadas de insectos, a mano. A MANO. Siempre a mano. Me agradecerás el consejo.

Los alrededores de Mae Hong Son están llenos de lugares interesantes para visitar. Pregunto precios de un tuk tuk o una moto para conocerlos y pretenden sacudirme 40 euracos. Angelo, un italiano de 26 años, con el que ayer cené y charlé un rato, se va de excursión en moto y me apunto. Tiene 26 años y ha acabado la carrera de físicas. Antes de ponerse con el trabajo de investigación de final de carrera se ha tomado 3 meses para viajar. Es dicharachero, simpático, presumido, espigado, con ojos azules y nariz grande. Es decir, italiano.

Me agenció un casco y menos mal, porque Angelo  es, me repito, un italiano “vero”, y conduce la moto como si se le estuviera quemando la pizza.

La carretera es, primero, kilométricamente recta y, después, cuando se adentra y asciende por las montañas, se convierte en un loop de curvas sinuosas y mareantes rodeadas de bosque selvático, plataneros y campos de arroz.

Primero nos paramos en lo que llaman la aldea china, un pueblo, o mas bien un decorado, tipo pesebre kistch, donde tomamos un te. Luego llegamos a la frontera de Myanmar donde nos dejan pasar a la primera aldea y puedo hacer acopio de tabaco birmano. Comemos una sopa de fideos con huevo duro, carne picada de cerdo y verduras y visitamos el puente de bambú, otra de las atracciones locales.

Lo que ni pensamiento de ir a ver es el poblado de las mujeres jirafa, show inhumano que cualquier persona que se precie de serlo debería abstenerse de promocionar activa o pasivamente. A las niñas, desde muy pequeñitas, les van poniendo collares para alargar su cuello antinaturalmente creándoles obvios problemas físicos y fuertes dolores con el único fin de montar ese show de monstruos para consumo de turistas sin criterio ni conciencia. A los padres de ellas les colgaba yo un par de pesos de los huevos para que hicieran un espectáculo guapo arrastrándolos por el suelo. Las costumbres ancestrales no lo justifican todo ni mucho menos. Ni jirafas, ni ablaciones, ni toros, ni un largo etcétera de salvajadas y sinrazones.

Tras la palicilla en moto, haciendo kilómetros como en un cohete, a mediterráneas arrancadas, frenazos y sacudidas, pillamos un hot spring a media tarde, una de esas piscinikis de agua termal sulfurosa que me sienta como un regalo. Echaba de menos los onsen japoneses. Y para rematar la jornada, después de una buena ducha, nos vamos a cenar al pueblo en el Night Market al lado del lago. Total, día completo. Otro día feliz en el mundo.

Me voy de trekking. Si no me meto en estas montañas me sale un sarpullido. Lo gatuno no quita lo montés.

Voy, con una pareja de irlandeses y un guia, a una aldea de la etnia Karen en las montañas. Por la mañana unas buenas 3 horas dando guerra, cruzando ríos de un lado a otro y algún trecho de ascensión fuerte. Otra vez las sanguijuelas. Eso sí me da mal rollo. Lo demás, en la línea. Jungla cerrada, buen ejercicio y naturaleza magnifica. Una comida frugal de arroz con pollo en la aldea y otras 4 horas por la tarde. Aquí los senderos ya se convierten en camino de carros, pedregales y barrizales. Y de vuelta a Mae Hong Son. 

Estas montañas con nieblas perpetuas son preciosas. Me he quedado con ganas de más. 

Estoy un poco preocupado porque me ha salido un bulto como una pequeña canica encima del pie. Roza con las botas y handicapa el caminar. Dice mi médico en viaje, Rosa, que puede ser lo que llaman un gangliòn, y que, si crece y da más guerra, hay que operar. Me temo que esto me hará volver antes de hora. Què se le va a hacer, ya está previsto en el plan de mi Vuelta al Mundo entrar en boxes un par de veces.

Voy bajando hacia Bangkok. Próxima parada, Mae Sariang.

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Tailandia (1) El Triángulo de oro. De Chang Mai a Pai. Un ataque por sorpresa.

Entre las fronteras de Laos, Myanmar y Tailandia, está la zona que se conoce como El Triángulo de oro, una de los lugares de mayor producción de opio del mundo. Hasta hace muy poco, era el área de donde venía la mayor parte de la heroína que se consumía tanto en Oriente como en Occidente. Hoy, ese dudoso honor se lo ha arrebatado Afganistán, pero por aquí la droga sigue siendo más común que los plátanos. Y mira que llegan a haber plátanos…

Ya estamos otra vez con la conducción por la izquierda. En los primeros momentos me despista y tengo un par de sustos.

Chang Mai es una ciudad próspera que sabe sacar provecho de su, en mi opinión, más bien mediocre personalidad. Tres o cuatro macro templos, una ciudad amurallada convertida en producto turístico de calidad, restaurantes, bares y hoteles, casas de masajes a tutti plein, figuritas y pagodas por doquier, un río vulgarote, y venta de tickets para shows de elefantes y trekkings en los alrededores. Nada que me resulte interesante. Impone la riqueza de los templos, eso sí.

Por la noche, en el interior de la muralla, se monta un mastodóntico  mercado al aire libre y, también, en enormes superficies cerradas donde se venden souvenirs, ropa playera, pashminas, camisetas y comida de todo tipo. Los turistas hacen sus compras de pantalones con elefantitos y muchos, encima, se los ponen junto con sus chancletas y camisetas de “I love Thailand” lo cual, en algunos casos, hiere la sensibilidad del viajero por más curtido en 1.000 batallas que esté. Salgo huyendo despavorido y me refugio en mi hostel.Temo por mi salud mental. Cualquier visión de estas podría ser la gota que colmara el vaso y me convirtiera, definitivamente, en asesino múltiple. Llámame cobarde, pero mañana me voy de aquí.

Chiang Rai, tres cuartos de lo mismo. Aquí el templo más famoso es el White Temple. Me declaro en huelga y me niego a ir a verlo. Me tienen contento con tanto templo. Estoy hasta los mismísimos de templos. Me va a dar algo si veo más templos. Odio los templos. Basta de templos. Por favor, por favor, por favor…

En Chiang Rai me limito a pasear y descansar, que buena falta me hace. Por la noche, también aquí la ciudad desaparece bajo las carpas y tenderetes de un kilométrico mercado. Es un monumento vivo al consumismo feroz. Esto tampoco es para mí. Mañana, carretera y manta hacia Pai.

Pai es un pueblito tipo ibicenco pero en montaña. Baretos, deporte de aventura, tiendas, tenderetes y chiringuitos. Más que un pueblo es “un estado mental”, dicen, lo cual significa marihuana, ligoteo y fiestuqui para después de motear, raftear, trekear, etc, etc.  Mucho John Lennon, mucha Yoko Ono, piscinas, música chula, gente guapa, hippies de paz y amor, rastas, bohemios…. Hay oferta a tope de masajes, tatuajes, pulseritas y colgantillos varios. A ver cómo nos llevamos pero, sitios como éste, los he visto en todo el mundo, y todos son bastante iguales. Para un par de días está bien, pero más me aburre, aunque es cierto que en estos cuadros yo, con mis pintas, quedó muy integrado. El  mundo se está homogeneizado mucho y los productos turísticos de éxito se repiten sin grandes originalidades.

Los alrededores son chulos, así que me dedico a hacer excursiones y pasear. Las montañas parecen esplendorosas, pero los trekkings se anuncian tipo “Jungle survival!”, y te sacuden 50 euracos. Turistada segura. Yo sobrevivo muy bien con 20. Mujeres, niños, hombres y ancianos con los que me voy cruzando, absolutamente todos, me ofrecen marihuana y opio. Sí, estamos en el Triángulo de Oro. Y eso en un país donde, si te enganchan con un gramo de cualquier estupefaciente en la frontera, te meten en el talego y tiran la llave.

Sin lugar a dudas, lo más impresionante de esos alrededores es el Pai Canyon, realmente vertiginoso. Allí, me salgo de pistas y sigo un sendero que no está en el mapa. Va a parar a unos campos. A la vista, solo una ternera bien crecidita pastando y, a los lejos, una hacienda grande y prospera.

Y ahora viene un momento delicado para la credibilidad de este blog y de su autor, un servidor. No hice fotos ni tengo prueba alguna, por razones obvias como se verá, pero… la susodicha vaquilla ME ATACÓ. Sí, juro por lo más sagrado que la muy puñetera me ataco. A mí, que soy radicalmente anti-taurino convencido por los cuatro costados.

No entiendo porqué hay que ponerle un diminutivo despreciativo a 200 kg de carne viva y cabreada, así que no me volveré a referir más al animal en cuestión  como “vaquilla”. La vaca, ya me venía mirando de soslayo siguiendo mi caminar pero, de pronto, bajó el testuz y se puso a galopar hacia mi soltando coces al viento. Cuando estaba unos 10 metros, yo parado, más por espanto que por valentía le pegué un grito, nada torero sino más bien de exclamación entre sorprendida y asustada, y el astado se paró en seco como si le hubiera pegado una pedrada en toda la frente. Supongo que solo quería marcar territorio y, desde luego, lo consiguió. El susto no me lo quita nadie.

Y así ocurrió y así se lo contamos señores, aún consciente de que mis amigos más cabroncetes utilizarán el desagradable suceso para mofarse despiadadamente de mi y que sus bromas, chistes, chanzas y chascarrillos, me caerán como chuzos de punta. Allá ellos, yo cumplo con mi obligación de explicar la verdad, y toda la verdad, a mis seguidores de buena voluntad, que también los hay.

Al final, por no volverme a encontrar con la antipática lechera, salí de la montaña por el lado contrario al que había llegado, a 10 km de Pai. Dos horas de caminata por la mañana y casi cinco por la tarde. Sin comerlo ni beberlo me ha salido un trekking de lo más curioso.

Dios, en cuanto lean ésto algunos que yo me sé, la que me va caer! Ya oigo los graznidos de los cuervos…

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