Myanmar (y 5) Un Uposatha en Mandalay. Amanapura.

En viaje, cada uno pone su intuición, su curiosidad, su actitud, interactúa con el entorno y la vida va tejiendo para él, puntada a puntada, un viaje a medida.

Yo quería pasar mi último día en Myanmar tranquilo, encerradito en el hostel organizando mi próxima etapa, pero…

Al llegar a Mandalay me doy una vuelta y me paro a hablar con el propietario de un restaurante. Me explica los platos de su carta y quedamos que quizás vendré a cenar. Voy por la noche, el señor pregunta si se puede sentar conmigo para practicar ingles y le respondo que encantado. Hacemos buenas migas. Me dice que mañana es un día importante en el budismo, una especie de Sabbath, y se ofrece a venir a buscarme al hotel para ir a Amanapura donde, me explica, se celebra una ceremonia especial.

Naturalmente, me apunto. Soy fácil de convencer.

A las 8 de la mañana, Win, que así se llama mi nuevo amigo, está puntual en la puerta del hostel con una moto, me monto, y nos vamos para Amanapura, la “Ciudad de la Inmortalidad”. Son poco mas de 10 km desde Mandalay.

Los Sabbath o Uposatha son, coincidiendo con las fases lunares, días de “especial observancia” de preceptos budistas que, en esencia, coinciden bastante con los cristianos. Teoricamente, son días de meditación y abstinencia relativa, una especie de lo que era nuestro domingo hace más de medio siglo. En realidad, a los budistas les gustan tanto los festivales que los  Uposatha son más días de fiesta que de recogimiento, aunque digamos que también de eso hay algo. Se trata de no decir mentiras, no ser violentos, no robar, abstenerse, más o menos, de sexo, moderarse en la comida, hacer meditación, etc, etc.

Hablando de meditación, una curiosidad: en el bar del hostel, después de cenar, me encuentro a Renè, mi amigo austriaco. La meditación en el monasterio le ha durado muy poco.

Win me lleva a visitar Mahamuni, un templo grandioso con un buda enorme al que la gente reverencia y cubre, literalmente, de oro que compran en láminas allí mismo. El lugar es una feria, una verbena, un parque temático del budismo. Resulta curioso ver la cantidad de dinero que mueve la religión. La gente cree que con dinero se soluciona todo, incluso la vida después de la muerte. El tema tiene guasa y dice mucho del ser humano.

Ya en Amanapura, Win me lleva a más templos, al lago Taung t’ha man y a pasear por el U Bein bridge, un puente de madera de más de 200 años de antiguedad. Al final, asistimos a la ceremonia del Uposatha en el monasterio de Maja Ganayon Kayaung. Allí, cientos de monjes y novicios desfilan solemnemente para recoger sus raciones de arroz mientras la gente les va dando dulces, bolígrafos y algo de dinero para contribuir a su alimentación y formación.

La  jornada es intensa y abarrotada de sensaciones.  Nada que ver con lo que había planeado. Win, empeñado en darme una clase exhaustiva de su religión y su ciudad, no me deja ni respirar. Súbete a la moto, bájate aquí, mira allá, quítate los zapatos, vuelve a ponértelos… Y no para de hablar ni un momento. Es agotador.

Después de comer, cruzamos el río por el Ava Bridge para pasar a Sagaing, el pueblo vecino, y subimos a la colina que lo preside para tener una vista de cientos de relucientes pagodas que salpican la ribera.

En la Academia Internacional de Budismo (sí, eso existe), sin un solo occidental a la vista, aparece una moto y, como no, de paquete viene…Renè. Le pregunto muy serio si me está siguiendo y nos partimos de risa.

Volvemos a Mandalay por otra carretera, pasando por el Royal Lake, lloviendo, a sacudidas entre un tráfico de hora punta en capital asiática, lo cual tiene más peligro que una estampida de bisontes aterrorizados por un incendio en la pradera. Me agarró los machos y me encomiendo a todos los santos. Los frenazos y los bocinazos me mantienen con los ojos como platos aunque me gustaría cerrarlos. Me siento totalmente en manos del destino.

No sé cómo, pero desde luego milagrosamente, a las 5 de la tarde llegamos al hostel. Me bajo y tengo la tentación de tirarme de rodillas al asfalto y besar la tierra como si hubiera sobrevivido a un naufragio. Tengo las piernas como después de haber galopando a lomos de un caballo salvaje durante 10 horas, y camino como un vaquero de 90 años. Win me ha dejado hecho polvo. Madre de Dios que viajecito!!!

Naturalmente, voy a cenar con Renè porque, si no quedamos, nos vamos a encontrar igual. La ensalada de berenjena con cebolla y cacahuetes del restaurante de Win está de vicio. Y con eso y una tempura de pescado y verduras hago mi última cena en Myanmar.

Ahora sí me voy. A Tailandia, nada menos, el Reino de Siam.

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Myanmar (4) Hsipaw-Bagan. Vértigo.

Quiero ver el acueducto Goteik, un puente vertiginoso que une, por ferrocarril, Hsipaw con Mandalay. Yo me bajaré en Pyin Oo Lwin.

El tren en cuestión es destartalado y sucio. Va tremendamente lento, tarda 7 horas en hacer poco más de 100 kilómetros, pero la sensación de inseguridad es acongojante. El balanceo es muy poco natural y no puedes mas que pensar que “eso” descarrilara un día u otro. Espero que no sea hoy.

Sigo con Renè de compañero de viaje. El quiere quedarse en Pyin Oo Lwin haciendo meditación en un monasterio budista. Cada quien es cada cual. Yo continuaré hacia Bagan, ya en bus.

El viaje es de lo más aventurero. A través de las desconchadas y oxidadas ventanas pasan tierras de cultivo salpicadas de los tipicos gorros cónicos de caña que protegen a la gente que los trabaja, gente dura y curtida a fuego lento por un sol de justicia. También se ven aldeas con chabolas indignas, canteras y colinas. Hacemos cuatro o cinco paradas en paupérrimas estaciones donde puedes comprar, a precio de miseria, comida y bebida al son de música de radio exotica y peliculera…

El acueducto, puente, o como quieras llamarlo, impresiona. En cuanto lo ves dan ganas de decirle al revisor que pare y hacer el resto del camino a pie o haciendo el pino si es necesario. Cualquier cosa menos meterte ahi. El puente parece terroríficamente simple. Unas vias sostenidas por quince torres, cuatro hierros como quien dice, y debajo, un abismo. Lo dicho: eso un día no muy lejano caerá. Mientras pasas, con un barranco debajo por el que discurre un río que, desde la altura, es poco más que un hilito de agua, en el vagón se hace un silencio solemne. La experiencia es estremecedora y el vértigo es de ponerte de punta los pelos del cogote. Sin darte cuenta, dejas de respirar, el corazón se acelera y, al llegar al otro lado, casi se puede oír un tangible suspiro coral como si todos los pasajeros soltaran al mismo tiempo el aire contenido en los pulmones. Es impactante.

Días más tarde, en Mandalay, me enterè de que el viaducto de Goteik lo construyeron hace más de cien años los ingleses y, precisamente porque ya no se considera seguro, está previsto iniciar en un par de años la construcción de uno nuevo en una colaboraciòn entre Myanmar y Corea del Sur. Ya me lo digo yo: cafre, Nacho, eres un cafre.

En Pyin Oo Lwin vamos a parar al gesthouse más kitch que jamás he visto. Largos pasillos decorados con flores, sombreros, cestos, frutas de plástico y figuritas por todos lados. La habitación es como si Kandinski se hubiera vuelto loco y hubiera empastifado paredes y suelos tirando las pinturas sin sentido y con rabia en un ataque de delirium tremens. La gente es en extremo servicial y la situación es de sueño surrealista. Con 5 euros, solucionado hospedaje y desayuno.

En realidad, todo Myanmar es surrealismo puro. Las paradojas son la normalidad, desde las adaptaciones musicales al birmano del pop occidental, hasta los pegotes de lujo que suponen las brillantes y doradas pagodas rodeadas del más mísero chabolismo. Y pasando por sus decoraciones chillonas, y sus encajes de la abuela, y sus hombres delgaduchos cómo sanguijuelas con su pareito, su sombrero cònico y sus dientes de zombi, rojos-morados de masticar la adictiva hoja de Betel con nueces de Arauca que les hace escupir constantemente… Y las mujeres con los empastes de Tanaka, y sus cielos claros con cúmulos de nubes multiformes y…. Dali aquí se hubiera divertido como un niño y hubiera hecho una sopa pictórica de lo mas histriónico.

Siguiendo con Pyin Oo Lwin (pronunciado Pinoluin), el pueblo es una pequeña India con tiendas de pashminas y restaurantes de chapati, todo muy cursi y recargado con una mezcolanza de religiones conviviendo en perfecta armonía. Por la noche, el neón se apodera de las calles, calesas tiradas por caballitos pasean a turistas nacionales y los jóvenes se reúnen en las esquinas, bares y restaurantes vestidos y repeinados con tejanos rotos y tintes cantarines. Es un pueblo curioso. Si tuviera tiempo me quedaría un día más pero, en 5 días, tengo ya vuelo a Thailandia.

A la mañana siguiente sigo viaje a Bagan, la Siem Riep de Myanmar.

Bagan es una interminable sucesión de templos, estupas y pagodas. El conjunto arqieològico es una maravilla y los templos belleza pura . El chiringuito turistico-religioso está muy, pero que muy bien montado y, además de los 20 dólares que te cobran para entrar en la ciudad, se inflan a recibir limosnas y donaciones. Mañana harè un intensivo y lo veo todo.

La visita la puedes hacer sin organizacion alguna, a tu aire y como te de la gana. Mucho más fácil e independiente que en Siem Riep. La jornada es agotadora. Con sandalias, ya que en cada entrada has de decalzarse, caminas y caminas sin mas descanso que los propios templos en donde el fresquito te libera un rato del calor que aplasta Bagan como un castigo divino.

Hay tantísimos lugares que visitar, que la muchedumbre se dispersa y no agobia. En muchos sitios te encuentras absolutamente solo. En eso, Bagan tambien gana a Angkor.

En los lindes de los caminos, modernos esclavos pican piedra para la continua restauración de templos sudando a mares. Los más afortunados, a la sombra de un árbol, los más desgraciados, a pleno sol. Una sola jornada de ellos sería para cualquiera de nosotros una insolación mortal.

A partir de las 12,30 el calor cae a plomo. Aguanto 1 hora más y paro en un restaurante indio con una terracita fresquita y agradable y mesas de mantel a cuadros. Me sacudo el mejor pollo Masala con chapati que he comido nunca. Simplemente una delicia. Manjar de reyes y dioses, muy adecuado con el escenario. Una cerveza helada me eleva ya al séptimo cielo, y un purito birmano me hace pensar qué he hecho yo para merecer esto. Feliz como una perdiz. Qué bien se està cuando se està bien!

Dicen que el atardecer desde los templos de Sulamani, Buledi y Shwedandaw es espectacular, pero mi espíritu de contradicción me lleva a verlo en el rio, en New Bagan, un barrio muy olvidado por el turismo ante la magnificencia de Old Bagan. En mi atardecer, ni un occidental a la vista. Paz y tranquilidad.

Mañana ya me voy a Mandalay y, de ahí, a Tailandia. Nuevo país, nueva etapa, nuevas vivencias.

Pero…

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Myanmar (3) Hsipaw. En el corazon del estado Shan.

Un viaje es la mejor forma de encontrar salida a los laberintos en que a veces nos metemos en la vida. Cuando estás en lo que ahora se ha dado en llamar un “bucle negativo”, permanecer en el hábitat del problema es darte cabezazos contra la pared. Un viaje, más o menos largo, más o menos lejos, destensa las meninges y libera el espíritu. No sé exactamente el por qué, supongo que se trata de una cuestión de perspectiva.

Puedes tomarlo como un remedio de la abuela, pero es efectivo, cuesta lo mismo que un psicólogo y los correspondientes antidepresivos, ansiolíticos y similares, y no tiene efectos secundarios negativos. No se trata de una semanita en Benidorm, pero tampoco es necesario dar la vuelta al mundo. Es darte un tiempo y un espacio. A poder ser, solo o sola, eso sí.

Alguien dijo: “La respuesta está en un viaje. No importa la pregunta”

Llego a Hsipaw tras un palizón de 15 horas en un bus con asientos diabólicos. Tengo el culo cuadrado. He salido a las 3.30 pm y veo salir el sol poco antes de llegar.

Hsipaw como ciudad, desde dentro, no tiene grandes atractivos. Mucho chabolismo, un bonito rio enmarcado en montañas, las consabidas pagodas, un mercado y, eso sí, como en todo Myanmar, montones de sonrisas y buena gente. En cambio, si te subes a la Sunset Hill, es una foto espectacular. Cuestión de perspectiva.

Jordi se ha ido ya a Mandalay. Sigue su camino. Lo hemos pasado bien. Ahora viene conmigo René que, aunque lo parezca por el nombre, tampoco es francés, sino austriaco. Simplemente, a su madre le gustan los nombres en francés. Le conocimos en el bus, es abogado y tiene 31 años. Ha perdido el trabajo, ha dejado una relación y se ha regalado un par de meses de viaje para pensar. Sigo encadenando amigos de viaje. Unos vienen, otros se van. Guillermo, Encarna, Jordi, René,… A este paso voy a perder mi trabajado y merecido prestigio de asocial.

Otro trekk, otro grupo. Esta vez somos 7, y vienen de Francia, Estonia, Malasia, Austria y Sudáfrica.También jóvenes y también, quien más, quien menos, todos agradables y educados. El guía, un birmano de la etnia Thai que no para de hablar, es delgaducho en extremo, muy atento y profesional. Pienso que será un paseo tranquilo…y me equivoco.

La chica de Malasia, un encanto de criatura que parece un dibujo animado japonés, pequeñita, redondeada y con gafas, a las 2 horas ya no puede con sus huesos y retrasa al grupo. El camino está, como no, embarrado a tope, y Jen, que así se llama, resbala constantemente y se da unos costalazos considerables. Ella se desespera y el guía más. Cojo a la chavala y le digo que me de la mochila y que se quite los zapatos, unas bambas inaceptables para trekkear. A partir de ahí, con paciencia, vamos tirando. Me va dando las gracias cada dos pasos hasta que le digo que se calle, que se concentre y tire. Una parte de cariño, dos o tres golpes de severidad y un poquito de sicología trilera de montaña y la chavala llega a destino más contenta que unas pascuas. A mí, cargado con unos 12 kg entre las 2 mochilas, el día se me ha hecho largo. El guía me pregunta que hago para tener esta vitalidad. Le contesto que no es una cuestión de entreno ni de alimentación, si no solo la falta de sexo. Todos ríen, pero, a lo peor, es verdad.

Llegamos a la aldea donde haremos noche a las 14.30 tras 6 horas de caminata por campos de arroz, plantaciones de te y trigo, bosques y colinas con alguna subidita nada desdeñable.

Para comer nos preparan un delicioso ‘rice curry”, un plato típico de Myanmar que consiste en arroz y varios platillos con diferentes especialidades, todas para chuparse los dedos. Hojas de pimienta con ajo, hojas de té con cacahuetes, patatas con calabacín… Otra degustación gastronómica para alucinar. Con nada consiguen unos resultados espectaculares. Es curioso porque me habían dicho que en Myanmar se comía mal. Cada uno explica la fiesta según le va.

Por la tarde damos una vuelta por la aldea. Es un poblado montañés de la etnia Palang custodiado a la entrada por una guardia personal de imponentes árboles milenarios. Son unas 200 humildes casas, una pequeña pagoda y un magnífico monasterio budista de madera y cañas con techo de hojalata. El entorno es puro bosque.

La sencillez de la vida de esta gente es sobrecogedora y la comparación con nuestra sociedad de consumo inasumible. Te remueve por dentro como para pensar que la injusticia en el mundo es de tal entidad que no puede existir ningún responsable más allá porque, si existe, es para renegar hast quedarte sin garganta.

Allí se levantan con el sol, se ponen un cesto a la espalda, cogen una azada y salen al campo a trabajar hasta el atardecer. Cargados de hijos, viven en la misma chabola juntos y hacinados hasta 4 generaciones, no tienen ni agua corriente, ni lavabos, ni televisión, ni más luz que cuatro bombillas. Se espabilan con 4 cacerolas, un fuego en el suelo, una cuchara para cada uno y lo que les da la tierra que cultivan para comer. Se reúnen en un colmado que tiene un aparato de música o en la pagoda, se distraen moliendo té, se lavan en la fuente, sus utensilios de trabajo son del siglo XIX y los niños juegan con una caña que utilizan de caballito. No saben lo que es un frigorífico ni les importa un comino, jamás han visto un cine, ni unos grandes almacenes, ni un estadio deportivo, ni una autopista. Nunca cogerán un avión ni un barco, nunca irán a un concierto, ni a la playa, ni a la nieve, ni a un restaurante…Y viven. Y son felices sin más. Y sonríen.

Y de cenar otro rice curry sin desperdicio. Esta vez lentejas amarillas, pollo asado, raíces de maíz y otro plato inidentificable. Salgo a la terraza y la señora de la casa está lavando los platos. A su lado, el marido ata las patas a una gallina, le corta el pescuezo y recoge la sangre en un cazo. Tira la gallina en una jofaina donde agoniza retorciéndose. Hay luna llena… No, no. No creo que tenga nada que ver la luna y el degüello. Es solo.para cambiar de tema.

Me meto al coleto un vaso de vino de arroz y me duermo en un santiamén. El día ha sido más duro de lo que pensaba.

Me despierta a las 5.30 a.m. un gallo tempranero. Tengo los hombros un pelín destartalados pero todo esté en unas condiciones aceptables. Un desayuno ligero, una limpieza general como los gatos y al camino. Nos despedimos del pueblo desde una atalaya con una magnífica vista. La jornada resulta, hoy sí, muy tranquilita. Ya me he acostumbrado al peso. A  las 11 h estamos en unas terrazas en la base de unas cataratas donde nos refrescamos tras 18 km más. Jen ha marchado bien. Un poquito de energía positiva ha sido suficiente.

Llegamos a Hsipaw y, después de una ducha reparadora, me da tiempo para ver la puesta de sol. Paz y silencio.

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Myanmar (2) El lago Inle. Fascinado.

Me pregunto cuánta gente ha dado la vuelta al Mundo en los últimos 50 años. Voy a hacer unas cuentas…

Hay unos 200 países en el Mundo. Podemos contar que 1.000 personas por país han hecho el Gran Viaje? Desde luego, en muchísimos países, quizás la mayoría, ni 1 sola persona en la historia ha tenido esta oportunidad. Pero pongamos 10 veces más, 10.000 personas por país. Pues, con esa hipótesis, 2.000.000 de personas habrían dado la Vuelta al Mundo. Pero pongamos 10 veces más:  20.000.000 de personas. Me equivoco o eso sería un 0,3% de la actual humanidad? Es una dimensión de privilegio tan exagerada que me resulta inasumible. No sé.

Haré el trekking al lago Inle con un holandés de 23 años que, sin ninguna relación con Catalunya, se llama Jordi, y con una guía que se llama Anastasia sin nada que ver tampoco con Rusia, los Romanov, ni las princesas. En Myanmar nada es lo que parece.

Primer día, 25 km por caminos con poco desnivel, con vistas preciosas entre arrozales, bosques, antiguas vías de tren todavía en servicio, valles y aldeas de etnias Palaung y Da Nu. Pura vida, pura belleza.

Hoy, una amiga que sigue este blog me decía que encontraba mi viaje “fascinante”, y he pensado que ese era el adjetivo que yo buscaba. Sí, estoy fascinado, vivo fascinado por este mundo que cada día me alimenta de nuevas experiencias sin dejarme digerir siquiera las del día anterior. E intento explicar y fotografiar esto que estoy viviendo pero es imposible plasmar todo lo que veo y lo que siento al verlo. Son una continua sucesión encadenada, interminable y desbocada de olores, imágenes, sabores, sensaciones, reflexiones, sentimientos… Esta noche, en la cabaña de nuestros anfitriones, después de una deliciosa cena vegetariana con arroz y platillos de judías, coliflor, espinacas y huevo duro, todo especiado como nuestros paladares no tienen ni idea que se puede condimentar la comida, he salido a fumar mi último cigarrillo del dia. En el interior de la cabaña, se oían risas y conversación lejanas en un extraño idioma, y fuera, conmigo, solo me acompañaba el silencio envuelto en el cri-cri de los grillos. Arriba, el cielo con una luna envuelta en nubes y dentro de mi, pensamientos de todo tipo que se agolpaban por ser atendidos con algo de tiempo y sentido. Y yo me decía: Es como si estuviera dentro de una película. Como explico yo esto? Cómo se explica está catarata de lo que veo, pienso y siento al galope, con escenarios como estos, día tras dia y noche tras noche sin solución de continuidad? Y esto no ha hecho más que empezar…

Jordi es un chico educado, inteligente y centrado. Ha acabado la carrera de abogado y serà un gran penalista. Me recuerda a mi hijo. Y Anastasia es un encanto, una bomba de energía positiva y espíritu de superación. Nos llevamos perfectamente.

Nuevo día. Más camino, mas aldeas, más fértiles tierras de cultivo en un día radiante que, por la tarde, se nublará dejando caer alguna gota de lluvia sin más complicación . A media mañana se incorporan al trekk un grupo de 7 personas: 2 parejas d israelíes, otra de holandeses y un francés. Todos gente joven, rondando los 30. Si alguien me pregunta la edad que tengo les contesto: En que pierna? Ya me entienden.

Hay un montón de israelitas viajando. Es costumbre allí viajar unos meses después del servicio militar que dura, mínimo, 3 años para los hombres y 2 para las mujeres. No es fácil la vida allí. Yo no opino. Sinceramente, opinar sobre un tema tan complicado como el problema judeo-palestino sin ni siquiera haber estado allí, basándome en noticias de los medios y cuatro opiniones y lecturas, me parece una temeridad. Tampoco creo que la buena y la mala gente sea una cuestión de nacionalidad. Hay de todo en todos lados. Si tuviéramos menos prejuicios, menos banderas, menos fronteras y, sobre todo, menos y mejores políticos, el mundo sería un lugar más feliz.

Con tanta gente hay un poco más de barullo y lentitud, Hablan demasiado y el trekk se vuelve un poco paseo por el campo tipo tralarí tralará. Qué se le va a hacer. Yo me coloco siempre un poco por delante o un poco por detrás. Me gusta oír el bosque y los campos. Recorremos 25 km en todo el día aunque, caminar, caminar, entre 6 y 7 horas. Hoy dormimos en una aldea Pa Oh. La cena resulta otra vez un menú degustación delicioso en una especie de ONU sentada alrededor de una mesa con buenas vibraciones y, a las 9, todo el mundo a la sala dormitorio común habilitado con delgados colchones y gruesas mantas. Los chavales son todos gente formada y viajada con una conversación fácil e interesante. Mañana a las 6,30, toque de diana.

Anastasia, por el camino, nos va enseñando árboles, frutos y costumbres, nos lleva de visita a una escuela y gestiona el trekk con habilidad. Y fin de trayecto. Llegamos al lago Inle tras 15 km más de caminata. Nos trasladan al pueblo en barco. Casas y cultivos flotantes, pescadores y un cielo claro cierran la etapa.

Han sido 3 días magníficos, aislado del mundo, con un montón de experiencias enriquecedoras. Sigo creciendo con la sutilidad de la aguja de las horas del reloj, casi sin darme cuenta pero sintiéndolo tangiblemente en mi interior. Es como una deriva hacia algo confortable. Cada dia veo mas claro que no se nada, caen algunos de mis dogmas sin estruendo y consolidó valores nuevos con naturalidad. Es una sensación liberadora.

En Inle descubro dos cosas insanas pero muy buenas. Tabaco y vino birmano. Mal vamos. Prometo ser prudente. A cambio, cada día como más fruta y verdura y apetece menos la carne. A ver dónde irá todo esto….

En Inle, por primera vez quizás en 20 años, cojo una bici y voy a hacer una degustación de vinos en las viñas de Red Mountain. Parece mentira, pero una horita de pedaleo me vale para agenciarme unas agujetas considerables.

Dos días de descanso en el lago recuperando fuerzas y ya me subo por las paredes. La inactividad no me va. Me alojó al lado de una pagoda y a las 5,30 a.m. empiezan los cansinos canticos y oraciones…Una pesadilla. Los budistas tienen, con todo el respeto, menos gracia cantando que un hipopótamo bailando la polka.

Ya he descansado bastante y sigo hacia el  Norte. Espabilando que es gerundio. Quiero hacer otro trekk en Hsipaw, en el corazón del Estado Shan.

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Myanmar (1) Yangón. Mitos viajeros.

Tengo ilusión por conocer Myanmar, pero también cierto respeto. La antigua Birmania ha estado herméticamente cerrada al mundo por el régimen militar hasta no hace más de 3 años. Todavía muchas zonas están restringidas o prohibidas y hay un conflicto civil latente con puntos muy tensos, como el tema Rohingyas. No hablaré de ese tema si no es en presencia de mi abogado.

Una pausa: Recuento de daños y control de presupuesto.

Cuerpo.- Voy bien. Algunas picadas feas, seguramente mordiscos de sanguijuelas, y una brecha en la frente. Todo va cicatrizando correctamente. Peso estabilizado a la baja. No hay quien me saque de los 57 Kg. Gripe superada y muelas en estado alfa. Me infiltré el hombro izquierdo por una lesión antes de salir de viaje y se está despertando el muy cabrón, pero soportable. Por suerte, la madre de mi hijo, Rosa, me hace de camión de asistencia médica on line.

En verdad, como los galos de Astérix, lo único que temo es que caiga el cielo sobre mi cabeza. Callejeando por Ekaterinburgo, me cayò al ladito un trozo de balcón de casa en ruinas y, en Luang Prabang, paseando por el jardín de una pagoda, un coco se estrelló con un ruido sordo a un metro de mi cabeza. Después de todos los líos en que me meto, no concibo manera más ridícula de morir que me parta la crisma un coco mientras hago una foto o tomo el sol en la playa.

Mente, alma y espíritu.- Llevo bien la soledad y la nostalgia. Están ahí, pero no duelen. Un poco atribulado por la cantidad de gestiones de viaje: decisión y organización de trekkings, transportes, hospedaje diario, control de mochila, visados, moneda…. Parezco una agencia de viajes. Con un solo cliente, pero se mueve mucho.

Equipo.- Herido y perjudicado, la verdad. Cinco meses ya de guerra. Mis gafas de leer, sombrero y pantalones están a punto de fallecer. Y mi bota izquierda se ha vuelto a abrir, esta vez por el lado derecho.

Presupuesto.- Todavía voy pasado de gasto previsto en algo más de un 10%. Estoy, a fecha de ayer, a un promedio de 56,5 €/día desde que empecé este viaje. A ver qué se puede hacer.

Al tajo. Rangún, la capital de Birmania, es uno de los nombres de ciudad míticos para un viajero, como Bombay,  Katmandú o Lassa. O lo era, porque ahora ya no se llama Rangún, si no Yangón, y ya ni siquiera es la capital del país, país que, por otro lado, tampoco se llama ya Birmania si no Myanmar. Y Bombay ahora se llama Mumbai, Katmandú creo que todavía està en manos de los islamistas radicales que se han cargado todos sus tesoros culturales, y Lassa…Lassa no es la capital del Tibet porque Tibet ya no existe como nación. Se lo ha merendado China. Tempus fugit.

Lo primero que me sorprende en Yangón, es que la mayoría de los hombres viste el tradicional pareo birmano, habitualmente largo hasta el suelo, y ellas visten con pareos o vestidos tipo sari más livianos. También algunos se han occidentalizado, pero son minoría.

Pasear por Yangón es un placer visual inconmensurable. Es, de día y de noche, como un enorme mercado callejero. Myanmar es una encrucijada de caminos entre India, China y sureste asiático, y los diferentes genes parecen en continua guerra de preponderancia. Mi percepción es que gana la etnia india. Las fisonomías no engañan, y el aroma de la ciudad es claramente indio. Incienso, especias… Encuentro un zapatero callejero que me cose las botas, me compro unas gafas nuevas y me zampo, en un restaurante indio, pollo masala y chapati mientras mi dedo va haciendo fotos como si le hubiera dado un tic de loco de atar.

La ciudad, que, a principios del siglo XX, era una de las ciudades mas modernas del mundo, tras terremotos y guerras es, ahora, decrépita y desvencijada, prácticamente en estado de ruina. Se cae a trozos, aunque se están restaurando poco a poco los antiguos edificios coloniales. Se mantienen, eso si, como si a su alrededor no pasará nada, algún hotel, los bancos, naturalmente, y, como no, los lugares de culto religioso. La religión es un negocio rentable en todo el mundo.

Camino todo el día, casi 30 km. El barrio chino, el barrio indio, el antiguo barrio colonial, el lago, Shwedagon Paya y un montón de pagodas mas… Sacerdotisas budistas con túnicas rosas, una rotonda con una pagoda de cientos de años de antigüedad en medio, pegotes de maquillaje thanaka en las caras y brazos de todas las mujeres y muchos hombres, bandadas de palomas carroñeras, una extraña flema en la gente que parece no inmutarse por nada ni por nadie… Un espectáculo.

Está lloviendo mucho por todo el sur. Parece ser que, mas abajo de Yangón, las carreteras están impracticables y las ciudades y pueblos tienen enormes problemas de servicios, así que decido irme ya para el norte. Quiero pasar unos días en la zona del lago Inle. El tifón Mangkhut está en Cantòn, demasiado cerquita para mí gusto, después de haber dejado casi un centenar de muertos y desaparecidos en Filipinas, y en Yangón hay unas ráfagas de viento que no me gustan nada. Me entran las prisas por salir de aquí

Un bus, lujosisimo para lo que estoy acostumbrado, me lleva a Kalaw, el pueblo desde el que salen los trekks al Lago Inle, y me suelta alli a las 4,30 de la madrugada. Tampoco he reservado alojamiento. A ver qué hago yo a estas horas…

Pregunto, sin mucha esperanza, por un bar abierto para desayunar, y me dicen que, a 200 metros de la estacion, hay uno. Allí me encuentro un grupo de 10 o 12 chavales argentinos que acaban de llegar de Bagan y esperan un guía para un trekking al lago. Viendo que Kalaw es poco más que una calle y un mercado, decido irme hoy mismo. Los argentinos acortan el recorrido con un coche y llegan en 2 días/1 noche y el grupo ya está cerrado, pero la agencia me dice que a las 8,30 sale otro trekk de 3 días/2 noches. Me apunto. No ha sido una noche tranquila en el bus, pero ya apetece caminar. Serán, en total, 70 km hasta Inle…

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