Japón (y 7) Kioto, el tren bala y otros “tastets” viajeros

En las diferentes publicaciones sobre Japón, por acumulación de contenido, me he ido dejando toda una serie de pequeñas grandes experiencias vividas en este inacabable país.

Si los otros 6 relatos de Japón fueran algo así como los platos principales de un menú degustación japo-viajero, estos serían los postres, el café, la copa y el puro.

KIOTO.

Kioto es tradicion, comercio, cultura…y geishas. Sinceramente, a mi no me flipa, quizás porque lo mío no son los templos y los museos. Muy turistificado para mi gusto. Gueishas de verdad no creo haber visto, aunque el turismo se retroalimenta a partir de la costumbre de alquilar vestidos tradicionales para pasear por la ciudad. Lo dicho, quizàs no capté la “atmósfera”. Para mí, regularín.

TREN BALA.

Lo del tren bala y, en general, la línea ferroviaria japonesa, es pura maravilla y, viniendo de Rusia, alucinas en cada viaje. Velocidad, atención e información de primera, asientos amplios y cómodos, a veces incluso zonas para fumadores y wiffi, posibilidades de comprar en el tren o en las estaciones, y a buen precio, “bentos”, esas bandejitas de comida tipo avión con todo tipo de exquisiteces, una organización de brigadas de limpieza rápidas y eficaces… Por cierto, imprescindible para viajar por Japón el JR Pass. Japón no es caro, pero si no compras el JR los transportes encarecen mucho la vida. Si olvidas eso, entones sí que ves preparando billetes.

SHIKOKU.

Desde Tsumago a Kochi, me presento al examen final del máster en Orientación en Estaciones de Ferrocarril Japonesas. Diez horas de viaje, un autobús y 4 trenes, entre 6 y 39 minutos de transbordo de unos a otros. Aprobado con nota. Por lo visto, el senderismo en Shikoku està poco valorado. Les gusta más el ciclismo, la pesca y el rafting. En la zona de Oboke, Yamashivo e Iya, simplemente no hay senderos. Subo al monte Míune, 1.400 metros, 6 horas ida y vuelta. Llegar a una cima, aunque sea pequeñita, siempre es una gozada, y las vistas un regalo. Nada más que destacar porque, de toda la ascensión, solo los últimos 2 km son sendero. Lo demas es carretera local, bonita y sin tráfico alguno, pero carretera.

HIRAYU

SI se va a los Alpes japoneses, Hirayu es un lugar genial para recalar. Es un pueblo termal, bien comunicado, donde hierven los huevos en las fuentes y en cada esquina ves a gente dándose baños de pies. Allí me alojo en el hostel/ryokan de una señora que se quiere convertir en mi abuela japonesa. Pequeñita, vivaracha, todo el dia està trabajando en una cosa u otra. Pero lo que más le gusta es reñirme. Encantadora. Duermo allí 4 días, y 3 me hace cambiar de habitación según va teniendo que organizar su demanda. El último día me pone con un futón en el comedor. Yo feliz, porque es una casita de cuento con un onsen fenomenal para después de las caminatas por la montaña. Estoy viciado con los onsen.

No sé por qué me riñe. Me lo dice todo en japones. A veces me pongo los zapatos que no tocan, porque allí hay zapatos de calle, zapatos para el hall, zapatos para el lavabo, zapatos para la habitación… Creo que también me riñe porque estoy demasiado delgado. Se pone rabiosa como el enano gruñón y a mi me hace gracia y acabamos riéndonos los 2.

Yo no sé si porque me ha cogido cariño o porque le doy pena con mi pinta de vagabundo pero el caso es que, cuando me voy, se niega a cobrarme ni un duro. Me regala toda la estancia en su casa. Abrumado con la hospitalidad japonesa. Es un alucine.

TÓPICOS

1.- Japón es caro. Mentira. No es Rusia, no es Senegal, no es Indonesia pero, con 4 normas básicas, no te arruinas. Un viaje de 12 ó 15 días, a un nivel medio/alto, te puede costar 1.500 euros. Busca eso en la Costa Brava.  Eso sí, ya lo he dicho y no me canso de repetirlo: básico el JR Pass para trenes. En cuanto se te acaba, el taxímetro empieza a correr como loco.

2.- La comida típica de Japón es el sushi. No padre. Hay mucho sushi y derivados, pero también hay un montón de sopas, pasta, arroz y, sobre todo, carne. Al que le guste la barbacoa aquí serà feliz. Tienen de las mejores carnes del mundo, aunque a mí, dame un entrecot de Girona.

3.- Los japoneses son serios. En absoluto. A ver, no son la alegría de la huerta, pero, sobre todo, son prudentes y respetuosos y, por eso, pueden parecer seriotes. Pero dales un poco de cuerda y un par de vasos de sake y son tan cachondos y divertidos como el que más.

CRUCES

Si, todo tiene su cara y su cruz, y Japón también.

Por ejemplo, no me gusta el crecimiento sin racionalidad ni gusto de ciudades medianas como Takayama o Kanazawa. Mantienen sus casas aldeanas sólo como barrio turístico y comercial matando su encanto, y se desarrollan sin medida a base de cemento y hormigón.

Màs. La tasa de natalidad es muy baja en Japón y a los niños se les mima de manera ridícula y grotesca. Pero vamos, este creo que es un problema universal. En casa pasa lo mismo y la gente no lo ve. Da pena. Es una actitud que crea seres débiles, pasto del consumismo, labrandoles un futuro de lo más incierto.

No sé si tendrá algo que ver con eso, pero tampoco me gustan ciertas actitudes como prácticas de propaganda comercial utilizando niñas disfrazadas de personajes de anime y otros shows para adultos con un tufillo desagradable.

Tambien es muy discutible la política pesquera y medioambiental de Japón. Habrán de adaptarse a los valores del siglo XXI. De todos modos, el que estè libre de pecado que tire la primera piedra. En casa hemos acabado con nuestra fauna marina en menos de 30 años. Por lo menos aquí, quien quiera, todavía se puede comer una ración de percebe por 6 euritos. Será porque lo han cuidado mejor que nosotros?

ULTIMO DIA EN JAPON

Naturalmente, paso mi último día en Japón en su capital y estandarte: Tokio. Camino más de 8 horas, vuelvo a ver cosas ya vistas y vuelven a sorprenderme y a encartarme con matices nuevos. Tomo una cerveza en el Open Marquet de Tsukiji, paseo por Guinza, Ueno, Kanda, Akihabara y todo lo que se me pone por delante. En comida y cena, me zampo el  último sushi, los últimos gyozas y un trozo de buey japones. Por la noche escribo estas últimas notas sobre este país que me ha sorprendido como muy pocos otros en el mundo.

Y ahora sí, con todo el dolor de mi corazón, dejo Japón. Pròxima parada: Filipinas.

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Japón (6). Yakushima. La isla de los yakusugi.

A las 6 de la mañana llego de nuevo a Tokio. Esta vez, casi ni piso la calle. Los autobuses escupen gente de todo el país en la terminal de Nihombashi Side y, de allí, cojo un tren a Narita. Tengo avión a Kagoshima a las 3.30 p.m. y, cuando llegue, me he de espabilar para embarcar en un ferry hacia Yakushima, la isla de los viejos yakusugi, los cedros milenarios sagrados.

Mi objetivo en Yakushima no son los cedros por muchos miles de años que tengan. Yo lo que quiero es subir el Miyamoura-dake, el punto más alto del Sur de Japon, una barrera natural que frena las nubes y hace que, en esta isla, tan encantada como fantasmagórica, llueva casi cada día. Con esta cima del Sur y la del Ashaki-dake que hice en el norte, ya me podré ir feliz de Japón.

Los ferrys me dan…respeto. Hace casi 20 años, en Senegal, fuí a la Casamance por la costa de Gambia en el Diola, un ferry abarrotado hasta mucho más allá de su capacidad por ser esa costa un punto estratégico en la ruta a la Meca. La Casamance, entonces, estaba en poco menos que guerra civil. Las carreteras estaban minadas y las compañías de alquiler de coches habían dejado de contratar por la peligrosidad de la conducción. Ir en bus tampoco era plan, así que solo quedaba pasar a Gambia y subir al Diola, que tenía una capacidad para 500 personas y apiñaban en cada viaje a más de 700. Peregrinos, comerciantes, cabras, gallinas y 4 chalados como yo nos apretujabamos en las cubiertas como ganado mientras, por los altavoces, se iban gritando instrucciones con tono de campo de concentración nazi.

Justo al año siguiente, leí que el Diola habia naufragado y muriò más de la mitad del pasaje. A mi me quedò el susto. No, no me gustan los ferrys aunque, desde luego, si hay que embarcar, se embarca y punto.

La llegada a Miyanoura, el principal puerto de Yakushima, es de pelicula de aventuras. Lluvia torrencial sobre las impresionantes montañas cubiertas de bosque y camufladas bajo una espesa niebla. Se me pone la piel de gallina. Esas montañas amenazan.

Llueve toda la tarde, y mañana parece que más de lo mismo. Ni las previsiones meteorológicas, ni la humedad del ambiente presagian nada bueno pero, ya nos conocemos, vamos a intentarlo. Tengo 4 días.

El día de llegada, descanso y buenos alimentos. El segundo voy a ver los yakusugi de Arakawa y Shiratani. El tiempo ha empeorado considerablemente. Un tifón zarandea la isla y complica las cosas. Entre el viento que se lía a empujones con mi cuerpo lozano y la cortina gris de agua que cae a chorros como si alguien, alli arriba, se hubiera dejado el grifo abierto a tope, caminar es… poco agradable, por decirlo bonito. Los cedros, impresionantes, pero con 2 horitas de caminos cubro el cupo por hoy. Ceno y me voy al hostel a cubierto. La especialidad de la isla es el pez volador frito. Una delicia.

El tifón, qué quieres que te diga… En cuanto a viento, una tramontanada guapa no se le queda atrás, sólo que aquí, además, cae agua para aburrir. Todos los rios estàn desbordados y las alertas meteorológicas echan humo. Cada vez està peor lo de intentar la cima del Miyanoura dake. Dicen que esto va a durar toda la semana. Empiezo a tener cuello abajo que me voy a quedar con las ganas. Sí, sí, cuello abajo. Me encantan las traducciones literales de dichos catalanes. Pues eso que, esta vez, no necesito voces interiores que me digan que me esté quietecito.

El tercer día ha amainado el viento, pero llueve las 24 horas a raudales. Salir es como ponerte bajo la ducha vestido, así que sòlo me muevo del hostel para ir a la peluquería a afeitarme (por fin!), y para comer e ir al super. Esta noche ceno “en casa”. No hay nadie más que yo. Soy capaz hasta de encenderme una vela en plan íntimo conmigo mismo.

Otro día más y sigue lloviendo a cántaros. Los horarios de autobuses no permiten hacer la cima del Miyanoura en un día, así q, o empiezo hoy la ruta y duermo en un albergue de montaña para llegar arriba mañana y bajar, o ya no tengo más tiempo. Salgo pronto hacia una cascada cercana al inicio de la ascension para ver cómo está el asunto y decidir. Camino un par de horas y no para. No hay manera. Quedo todo yo chorreando. Me acuerdo del “be water, my friend”. Han suspendido las rutas de los autobuses que van hacia los inicios de las ascensiones. Todó està inundado. Habrá que desistir.

Dicen que, para volver a un lugar, siempre debes dejarte alguna cosa por hacer. A mí me han quedado pendientes la ruta de los Kōgen Numa para ver osos pardos de Ussuri y el Miyanoura dake, inmejorables excusas para volver a Japón.

Antes de marcharme, de todas formas, me queda hoy, sábado, allí verbena de San Juan, y voy a hacer un último acto de rebeldía por el mal tiempo que me ha tocado en esta isla. Dice la previsión meteorológica que habrán tormentas, pero no lluvias torrenciales. No subirè montañas, pero voy a ver si puedo hacer la ruta hasta la cascada Janokuchi-taki. Una hora y media en autobús y llueve para pensar en empezar el Arca de Noé. Vaya con las previsiones.

Cuando llegó al inicio del sendero parece que clarea y tiro una moneda al aire. Gano yo: empiezo. Lo máximo que me puede pasar es pillar un resfriado. El paisaje es fantástico, aventurero a tope, selvático. Vuelve a llover. Dale. Blinco, subo, gateo, me pongo de agua hasta las trancas cruzando ríos, salto, bajo…y, a 50 metros de la cascada, ya la veo, pero un río con las aguas bajando turbulentas y a presión me dice rugiendo que allí me quedo. De cruzar nada. Pues muy bien, ya la he visto y es un espectáculo. Lo importante es el camino, no el destino. La vuelta es placentera, ya sin lluvia aunque tampoco viene de aquí porque estoy chorreando. Un regalo de propina: un ciervo se pone a dar saltos a 20 pasos de mi. Le he asustado. Qué bonito es ver animales en libertad!

Tres horas y pico ida y vuelta. Me doy por satisfecho. Una buena comida y, por favor, por favor, una ducha calentita. Ahora sí, se acabó. Se ha hecho lo que se podía y más. Si las quiero encontrar, estás montañas no se moveràn de aqui. Toca recojer bártulos y regresar a Tokio por última vez.

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Japón (5) Vida nomada. Los Alpes Japoneses.

La vida nómada es una experiencia apasionante, pero tiene su guasa. No vives aventuras, sino que toda la vida es aventura. Todo está por llegar, todo está por ver, todo está por decidir.

Qué pasará esta noche o  mañana es, muchas veces, absolutamente incierto. No es que no sea seguro, es que  puede pasar de todo y de todo pasa. Nada está en un marco de posibilidades controladas y eso te hace vulnerable, débil, pequeñito. Las experiencias, los encuentros, los destinos son anormal y vertiginosamente efímeros, como pompas de jabón, y todo pende de extraños hilos ajenos a ti. No es fácil de manejar ni física ni mentalmente, no. Y todo eso siempre rodeado de gente extraña y con el horario cambiado en una especie de jet lag permanente.Te disciplinas, fortaleces las alas y esperas buenos vientos o, por lo menos, que si vienen traicioneros te cojan a cubierto,  pero no, no es fácil.

Cambiando de lugar cada 2 días de promedio, tienes que procesar y gestionar de la mejor forma posible un montón de información, hacer un sinfin de trámites y tomar decisiones a puñados. Todo con calma y método. Es tenso. A veces pierdes la paciencia con los demás y, sobre todo, contigo mismo. Sí, tiene su guasa.

De todas formas, cuando estás tan seguro como yo de que quieres conocer mundo, gentes, experiencias, costumbres, culturas y lugares, para crecer y aprovechar hasta la última gotita de vida que Dios, Alà, Shiva o el cosmos me tenga asignada, te sientes…lleno. Y todo eso seguro que tiene un precio pero, por ahora, el que voy pagando en miedos, soledades, nostalgias y añoranzas me parece justo y lo pago contento. Veremos. Al fin y al cabo, todo está por llegar, todo está por ver, todo està por decidir.

Pues eso, otros muchos cientos de kilómetros en tren y me planto en los Alpes Japoneses.

En Takayama pasó un par de días. Deambulo por la ciudad y me subo un montecito, el Matsumoto, que está justo detrás de mi hostel. Otro par de días tranquilitos muy cerca de allí, en Hirayu, al pie de las montañas de los Alpes del Norte y, mañana, ya pillo cacho: travesía de Shin Hotaka a Kamikōchi.

Hace 2 días que tengo dolor de cabeza. Serà el soroche, supongo. Mal de altura. Hidratación, mucha agua. E Ibuprofeno, claro.

La travesía, magnífica. Para subir, de todo un poco: nieve, hielo, tarteritas… Para bajar, peor. Primero, más nieve, nieve primavera a puntito de caramelo. Un par de veces me hundo hasta las rodillas y problemas para salir. Después, unas pasarelas estrechas muy cascadas sobre precipicios de los de “no mires pabajo que es peor”. Y, para acabar, escalones de raíces de árbol. Ahí, mucho cuidado y pasito a pasito porque, si metes el tobillo y, con la inercia, haces un giro malo, te lo digo en japonés: katakrak. Y mal lo tienes porque, allí, un helicóptero no aterriza ni con grúa.

Llegando a Kamikōchi, en un puente, me espera una familia de monos como comité de bienvenida. Estupendo. Me ha encantado. Mañana vuelvo a subir y me hago, si puedo, un pico guapo. Estás montañas son fabulosas.

Por la noche, me doy un homenaje. Acierto otra vez el restaurante y me pido un set de “no se qué”. Ni tienen carta en inglés ni la señora lo habla. No se lo que como pero está muy bueno. Hay sopa, hay arroz, hay verduras, maiz, flores, setas, hojas… Mejor pongo fotos. También me pido un botellin de sake. Hoy necesito mimarme. Cojo medio pelotacillo agradable de buen rollito. No estoy acostumbrado al alcohol.

He dormido como un niño. La mañana se despierta lluviosa y tengo agujetas hasta en el lóbulo de la oreja. Lo de subir un buen pico…no sé yo. Estiramientos y me vuelvo a Shin Hotaka para, por lo menos, hacer algún sendero más. Dice mi app de meteorología que lloverá hasta las 11 h, después habrá un par de horas de tregua, a las 13 h chubascos y,  a partir de las 14 horas nublado sin más. Mejor que acierte porque yo programo según esos datos. Pero no te puedes fiar… Hasta las 14 h la clava pero, a partir de ahí, ya no para de llover en toda la tarde. Estoy cansado y me pegó un leñazo considerable en una bajada. Rasguño sin importancia. No pasan ni 5 minutos y vuelvo a caer. Eso es un aviso. Ya he caminado 3 horas y no tengo más ganas, estoy sudado y tengo barro hasta en las cejas asi que, por hoy, ya está bien. Necesito ducha, cena y descanso.

Consejo de viajero. En un viaje, y en cualquier deporte, si te caes una vez puede ser un tropiezo, pero, si te caes 2 veces sin continuidad, es agotamiento o frío. No coordinas bien. No esperes a hacerte daño, plega velas y mañana será otro día.

Ayer unos amigos me pidieron un vídeo explicando alguna aventurita de estas y lo hice. Me veo perjudicado, delgaducho y feote. Para que luego digan que la montaña es saludable. Creo que sí los padres de los niños que no se quieren comer la sopa les amenazan con ponerles el vídeo del Nacho, los pobres bebitos se comen hasta la cuchara. Tengo que encontrar una peluquería y adecentarme un poco o me van a detener por provocar desórdenes públicos.

Voy bajando hacia Tokio. Otra vez Takayama, Shirakawa y sus granjas con tejado de paja, Kanazawa con su bullicioso mercado de pescado, el castillo y los jardines Kenrokuen… y ya. Toca noche completa en un bus.

Me quedan 10 días en Japón. Quiero volar desde Tokio al sur y ya se me queda justo el tiempo. Voy a un lugar que creo es muy especial.

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Japón (4) Hōkkaidō. Cielos e infiernos.

En los Parques Nacionales de Daisitsuan y Siketsu-Toya hay un puñado de montañas que subir, entre ellas el Asahi-dake, el techo de Hōkkaidō. Y también hay una buena colección de lagos de caldera humeantes, manantiales termales, géiseres y volcanes activos. De un día para otro, puedes pasar de tocar el cielo a tener visiones de apocalípticos infiernos. 

En principio yo quería venir a Okkaido para ver higumas, osos pardos de Ussuri, en la ruta por los Kōgen Numa, Parque Nacional Daisetsu. Parece ser que los osos no tienen ningún interés en encontrarse con humanos, pero también es verdad que son agresivos y muy, muy grandes, 300 ò 400 Kg. Eso es mucho, concretamente 5 ò 6 veces más que yo. El hecho es que es época de cria y la ruta en cuestión está cerrada. Casi mejor porque,  entre el pelo y la barba, creo que puedo tener cierto atractivo para alguna osita. Como peluche, claro. Y, como tenga un papá y una mamá osos de los de “lo que quiera mi princesita cueste lo que cueste”…malo.

Cambio pues de planes y hago noche en Asahidake Onsen para, por la mañana, hacer, desde la última estaciòn del telesilla a 1.600 metros,  la cima del Asahi-dake, 2.290 metros, el pico más alto de Hokkaido.

Cuando llegó al Centro de visitantes para que me informen del tema, me dicen que mejor lo deje para otro día porque hay mucha nieve. Estoy un poco hasta el moño de tanta prudencia, la verdad, y me voy a comprobarlo por mí mismo. Me subo al telesfèrico y, al llegar arriba, la chica de información me confirma que hay demasiada nieve y viento como para hacer cima, y me sugiere que haga sólo el sendero que recorre la estación. Al salir al sendero veo que, realmente, la montaña ni se ve, un poco por la niebla y otro poco por los géiseres que echan humo de las entrañas de la montaña con un curioso sonido entre líquido y gaseoso. Así no se puede subir. No se ve un pijo. Me encuentro un pister a eso de las 9.30 h. y le pregunto su opinión. Se ríe, dice que no, que la cima hoy no. Pues vale. Estoy gafado.

Subo un poquito para ver cómo es, aunque me va a dar más rabia. Sí que hay nieve y, más que por subir, el problema sería bajar. Unas vocecitas me dicen desde dentro de la cocorota: “Te conozco bacalao, aunque vayas disfrazao. Ni se te ocurra!”. Ya. Pero es pronto todavía, y, por curiosidad y para hacer algo de ejercicio, miro si hay una vía que rodee la nieve. Sí la hay, roca volcánica, así que peor.

La niebla ya se ha disipado y ahora sí se vè la montaña. Es guapísima. Las vistas ya son chulas desde aquí así que en la cima deben ser una pasada. Qué rabia! A mí lado veo un cuervo: ave de mal agüero. Peor me lo pones. Razón de más para ser prudente.  Subo un poquito para ver si resbala mucho esa tierra volcánica y veo que, detrás mío, viene un japonés muy decidido. Le pregunto si va a hacer cima y me dice que si. Jolín con el perla! Está fortote pero tampoco es ningún fenómeno. Le dejo pasar.

Hago una reunión conmigo mismo y quedamos que sòlo subo 10 minutitos más y me bajo ya. En esto que baja un escocés que me encontré ayer en el hostel y me dice que ha llegado. Qué no es fácil pero que tampoco es muy peligroso, y que las vistas son magníficas.

Cantos de sirena… Lo siento pero la montaña me llama. Decido subir y, en cuanto lo decido, me siento exultante. Hasta le pido al escocés que me haga una foto. Feliz como una perdiz. No me puedo resistir. Hago cima a las 12.30 horas. Tocando el cielo!

Alli está el japonès que me adelantò y nos hacemos fotos por turno. Y, fíjate, también ha subido el cuervo que me encontré abajo hace un rato. Qué curioso.

La bajada sin problemas. Cinco horas en total. Me ha encantado! Al llegar al telesilla las vocecitas me ponen de vuelta y media: que si no tengo palabra, que si no se puede confiar en mí, que si no hago caso a nadie… Están muy enfadadas. Bueno, ya se les pasarà. Me va a sentar de fábula otra noche en el refugio. Una hora de onsen reparador y una cenita buena. Estoy hambriento y la señora de la cocina es una artista.

De ahí, tras vicisitudes varias, me planto en Noboribetsu Onsen. Vengo a conocer el Jigoku-dani, literalmente, “El Valle del Infierno”.

Jigoku-dani es un foso volcánico donde se supone vive el oni Yukuhin, una especie de demonio feo a rabiar pero que da buena suerte. Cómo más vale prevenir que curar, me hospedo en Shōkōin, un templo budista.

Este lugar es de lo más extraño que he visto nunca. Noboribetsu Onsen es un montòn de cemento sin ningun atractivo rodeado de montañas por todos lados. Cuatro o cinco hoteles de tropecientas habitaciones, cuatro tiendas de regalos, supermercados, restaurantes y ya. Veo una placita y, de unas chimeneas, salen gases sulfurosos. Todo el pueblo huele a azufre. Estoy al ladito mismo del cráter del volcán Kuttara-san.

El “templo” es un pequeño y feo edificio de 3 pisos. En la planta baja está el recibidor y la casa del sacerdote y su mujer, en el primer piso la sala de oraciones y, en el tercero, las habitaciones para huéspedes. Aústeridad japonesa. La sala de baños es de alucine. Un vestidor, 3 duchas con sus correspondientes taburetes y una bañera grande o piscina pequeña con agua sulfurosa gris azulada. Da un poco de grima, pero no voy a ser yo quien tenga a mano, para mí solo, una pisciniki de agua sulfurosa y no la pruebe. Se supone que es antioxidante y antienvejecimiento, poco menos que la fuente de la eterna juventud. Pues me meto. El agua está muy caliente. Como una sauna líquida. Quince minutos y a la ducha, no vaya a ser que salga gateando. Y si, me noto mas joven y mas guapo.

Salgo a cenar. Barbacoa, naturalmente. Cordero y pimientos. Buenísimo. Tengo ojo para los restaurantes. Llueve y de las alcantarillas también salen gases. Mañana entro en el infierno.

La entrada del Jigoku-dani está a 5 minutos del templo. Mientras bajo las escaleras oigo los cánticos del sacerdote. El valle es fantasmagórico, apenas se ve nada a 100 metros entre niebla y gases, un lugar como suspendido entre la Nada y el Nunca Jamás. Entre los árboles  del sendero se vislumbran monticulos en colores de tierra abrupta y lagunas sulfurosas. Parece el cuadro de alguien atormentado. Podría esperar un poco a que se levantara el día pero no, tengo más que suficiente. El olor a huevos podridos que impregna el aire es agresivo y desagradable. Qué sitio más horrible!

Ya que, a diferencia de otros infiernos, de aquí se puede escapar, huyó a Sapporo en el primer tren. De ahi, decidirè, sobre la marcha, donde voy. Salgo cagando leches.

Empiezo a sentir cierto agotamiento. Hay que conocerse el cuerpo y hacerle caso. Toca un poco de descanso, proteinas y azucar.  A partir de aquí, durante unos dias, bajo el ritmo de viaje.

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Japón (3) El valle del Kiso. La ruta Nakasendo.

Enfilamos camino a Tokio. El Fuji nos mira pasar.

La Nakasendo es una antigua ruta postal que conectaba Tokio (antes Edo) con Kioto. El tramo más popular es el que discurre entre Magome y Tsumago, dos preciosas aldeas del Valle del Kiso. Allí me irè despues de despedirme de Ramón.

En Tokio no nos da tiempo para más que unos paseos por el exclusivo barrio de Guinza y unas horitas de últimas risas en el bar de un hotel cápsula, una experiencia que nos faltaba. Desde un treceavo piso, con Tokio a nuestros pies, un vinito bueno. La ocasión lo merece. El hotel cápsula es el colmo del hospedaje viajero. Más modernidad y comodidad. En absoluto claustrofóbico, es como cualquier hostel pero con más intimidad quizás, aunque con un cierto aire de ciencia ficción carcelaria.

Por la mañana temprano, acompaño a Ramon de vuelta al aeropuerto de Narita. Ha sido un viaje perfecto. Un abrazo largo disimulando el nudo en la garganta. Lo voy a echar mucho de menos. Alone again, naturally.

Empieza la ruta Nakasendo y en el tren suelto el nudo. No puede quedar dentro.

Seis horas después llegó a Magome, un pueblecito en el Valle del Kiso. Tengo suerte con la elección del gesthouse, una antigua escuela remodelada con olor a madera nueva, servicios de hotel de 3 estrellas y vistas de miedo. Y digo miedo porque la  lluvia, que ha caído durante todo el día, se condensa en los bosques y, al atardecer, queda todo sumido en esa niebla típica de peli de terror. El edificio, con capacidad para150 personas, está casi vacío. Tres señoras, una pareja, el recepcionista y yo. El lugar tiene un tufillo a la película “El resplandor”. Como un hotel en silencio esperando el inicio de temporada. Los comercios del pueblo cierran a las 17 horas y todo queda en un inquietante vacío, como un pueblo fantasma. La verdad, nadie de los presentes tiene pinta de maníaco homicida (quizàs yo el que más), pero me parapeto en la unica sala con música (jazz bueno) y no pienso moverme mucho. Este sitio es perfecto para pasar la tarde escribiendo y seguir organizando el viaje. Hoy me preparo yo la cena en la también enorme cocina: pollo a la plancha, yogourt y una cerveza.

La Nakasendo, de Magome a Tsumago, es una bonita excursión, como si vas de Sa Riera al castillo de Begur por el “Camí de las Aiguas” y, después, te bajas a Sa Tuna por el “Camí vell” a sacudirte una paella. Ocho kilómetros, 2 horitas, con un paisaje forestal típico de la zona. Apta para todos los públicos.

A cada kilómetro de la pista hay una campana. Se supone que la has de tocar bien fuerte para ahuyentar a los osos aunque, a estas alturas del partido Humanos versus Osos, me parece a mí que mucha falta no hace. No pasa nada si te saltas alguna campanada.

A mitad de camino se pone a llover a lo bestia. Últimamente pillo todas las tormentas! Chubasqueros para mí y la mochila y pantalón de agua para no agarrar un gripazo. Llegó calado otra vez pero tengo premio: una antigua posada familiar japonesa (Ryokan), sencilla pero auténtica. Una perla de esas que encuentras de vez en cuando en la vida nomada.

En Japón todo es muy ritual, todo tiene una misa, y en un Ryokan más todavía. Saludar, comer, transitar por la casa, bañarte en un onsen…todo tiene un protocolo específico y no precisamente sencillo. Necesitas una carrera para no ser descortés. La cena, otro menú degustación esta vez vegetariano, me pone a prueba en ese sentido. El entusiasta propietario, por lo visto perteneciente a un grupo folclórico y cultural del pueblo, nos explica normas de urbanidad a una familia australiana y a mi. También nos enseña fotos de familia, nos explica peculiaridades de la aldea y, al final, se tira por peteneras japonesas y nos ameniza los postres con cantos regionales. Lo malo es que insiste en que los australianos y yo le hagamos de palmeros.  Tiene buena voz, la verdad, y ya sabía yo que acabaría mal por mis pecados viajeros, pero me parece un castigo excesivo el destino de verme acompañando a un folclórico japonés en un bolo intimo. Ventajas de viajar solo. Nadie me ve.

Por cierto, tambien para viajar hay normas.

Consejo de viajero. El orden es bàsico en un viaje. Cada cosa debe tener su lugar en la mochila y bolsillos, lo que te ahorra un montón de tiempo en encontrarlas cuando las necesitas. Y te aseguro que, en viaje, muchas veces, las cosas las necesitas para YA. Y, cuando necesitas algo, abres cremallera, lo cojes, cierras cremallera y lo usas. Cuando has acabado, otra vez: abres cremallera, lo guardas, siempre en su sitio, y cierras cremallera. Disciplina viajera. Nada de saltarse uno de esos pasos porque “es un momento”. Así lo vas perdiendo todo. Cada cosa tiene su compartimento y cada tipo de cosas del compartimento deben ir en bolsas y bolsitas de plástico con cierre: medicinas, higiene, aparatos, tabaco. Cuánta más subdivisión mejor, tipo muñecas rusas.

Un viajero encuentra lo que busca de inmediato y nunca pierde nada (tocó madera). Ni un bolígrafo. Si pierdes el teléfono, o el pasaporte, o el dinero, todo se complica exponencialmente. Orden y concierto. En viaje hay que hacer todo conscientemente. Nada de poner el piloto automàtico y hacer las cosas mecánicamente. El año anterior a cuando estuve en el Cañón del Colca, en Perú, un chaval se mató porque se le resbaló la botella de agua e, instintivamente, hizo el gesto de intentar cojerla. Perdió el equilibrio y se fué barranco abajo. Poca broma.

Me despierta un precioso y soleado día. Todavía un pelín triste, pero seguimos.

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Japón (2) El Kumano Kodo

El Kumano Kodo es una red de rutas de peregrinaje por los bosques y montañas de la península de Kii, en el Parque Nacional de Yoshino-Kumano. Nosotros haremos en 4 dias la travesía Nakahechi que empieza en Tanabe, a 2 horas de Kioto en tren bala. Son caminos sagrados para el sintoismo donde, se dice, habitan los espíritus de la Naturaleza.

La primera jornada del Kumano Kodo, de Takijiri-oji a Tsugizakura-oji, son 6 horitas. No es un paseo pero tampoco una tralla. Eso sí, empieza con una subida de penitencia, de las que centran el desayuno en el plexo solar. Sólo con eso seguro que se rebajan mis pecados, al fin y al cabo veniales todos, a la categoría de simples chiquilladas. A partir de ahí, subidas y bajadas moderadas por bosque cerrado, amenizadas por la banda sonora de pájaros de diferente pelaje, grillos y ranas cantarinas. Hace un día espectacular, solito bueno, aunque caminamos a la sombra y con olor a tierra mojada. Ni rastro de seres humanos. Sólo nos cruzamos con lagartijas, culebras y algún cangrejo de río despistado.

Por la poca dificultad del terreno, me despistó un momento y tengo un accidente con un joven y robusto árbol autòctono inclinado en el camino. Le doy violentamente con la frente pero no hay que lamentar daños personales graves. Total, caminata de un rombo sin más. Nos hospedamos en una casita del más puro estilo japonés donde, encima, nos preparan una especie de menú degustación de los productos de la región. Bueno, bueno. Eso sí, ni idea de lo que comemos.

La segunda jornada, destino Hongu Taisha, ya casca más. Si la primera era forestal total, està es lo mismo más 10 km de montaña con un par de picos guapos. Ruta mucho más abierta, con vistas preciosas y el mismo solete primaveral que ayer. Total unos 25 km, 7 horas y algo.

Ramón y yo nos vamos mirando de reojo disimulando los dolores y cansamientos que empiezan a salir para evitar las bromas del otro pero, la verdad, al final del día acabamos bastante baldados. Los 8 Kg de mochila que llevamos cada uno handicapan un pelín. Peeeero, llegamos al gesthouse y se pasan todos los males. Habitación tipo japo con futón y demàs y, sobre todos los demases, una bañera el doble de profundidad que las nuestras y la mitad de longitud. Tipo barreño, vamos. El placer de un bañete caliente y espumoso despues de un trekking es difícilmente superable. Sales como masajeado, perfumado y (casi) todos los “…ados” buenos que se te puedan ocurrir. Un pasote. Hoy cenamos ligero en la habitacion cuatro cosas que hemos comprado en el super. Alguien se ha dejado en la nevera una botellita de sake y el encargado dice que nos la podemos beber. Ta bueno. Cómo una especie de fino andaluz.

El tercer día paseo agradable de 17 km hasta Koguchi. Cinco horitas sin más. Nos volvemos a cruzar con culebras y viborillas varias. Los enormes ofideos huyen despavoridos al fijar en sus pérfidos ojos mi fría mirada de Gran Cazador Blanco. Debo ir con cuidado porque, algunas autoridades internacionales, ya me han llamado la atención advirtiéndome que mi mera presencia en los bosques podría constituir delito ecológico debido al enorme estrés que provocó en las bestias salvajes. Mi fama me precede y debo ser prudente en este sentido. No quiero problemas.

El día acaba en un hotel con trino de pajaritos, bucólico río y, TACHIN, TACHIN… con un onsen (baño termal) de mucho cuidado. En el onsen, como desconocemos las normas, hacemos el ridículo a chorros, nunca mejor dicho. Resulta que hay un baño piscina interior y un estanque exterior. Entramos en la interior con traje de baño y sandalias y los 4 nativos que hay bañándose nos miran como a extraterrestres. Nos quedamos en cueros y se tranquilizan. Hay un mármol, con unos taburetes y unas jofainas y, allí, los autóctonos se lavan sentados antes y después de los baños. Cómo tambien hay surtidores de ducha a media altura nosotros pasamos de los lavados con taburete. La pisciniki está caliente de sudar. Un rato allí y otro al lado, en una especie de jakuzzi que, por el olor y el color, es de tè. Pasamos al estanque del exterior, también de agua caliente. Hay un vídrio opaco que da al edificio principal. Como sea de esos tipo rueda de reconocimiento, los del hotel se lo deben estar pasando de miedo con nosotros. Otro ratito macerando en tè y otra ducha de remate. Después de una hora de sumergir nuestros cuerpos serranos en aguas varias salimos limpios y arrugados como honorables viejecitas. Un placer.

Lo que ya no es un placer es que me miró al espejo y me veo delgado de hambruna. Hay en el onsen una báscula y me peso: 56,5 kg!!!!! Mi peso son 64 kg!!!!! No es que me estè adelgazando, es que estoy desapareciendo! Simplemente, no estoy, no soy! Teniendo en cuenta que al nacer pesè 4,5 Kg e iba para machote, estoy rejuveneciendo a marchas forzadas. Se me ven todos los huesos y la clavícula hace el efecto óptico de que me he tragado una percha de canto. Dios! Qué desastre! A partir de mañana dieta estricta de engorde.

Nos sacudimos una cena de agárrate, con todo tipo de platos, platillos y platazos y a dormir. Mañana la caminata dicen que es de fin de fiesta huevudo y traca, con un par de picos de los que hacen pupa, y nosotros ya no estamos para muchos trotes.

Cuarto y último día, final de trayecto en Nachisan. Infinitas escaleras entre bosque cerrado. Según lo esperado, de entrada, 2 horas y pico de subida sin anestesia, de los 80 a los 870 MTRS. Después un sube y baja de otras 2 horitas, y aún otras 2 de bajada cascarròtulas. Total, algo más de 6 horas que nos deja en las últimas. Pero hemos acabado el Kumano Kodo y estamos felices. Una ducha, una cena y una cama, por favor.

Han sido unos días magníficos. Ejercicio, baños termales, gastronomía, buena compañia… No se puede pedir más.

Nobleza obliga: mil gracias a los amigos de Viajando por Japón (https://viajandoporjapon.com/) que nos han organizado hoteles y nos han ayudado muchísimo para que estos 11 días de viaje hayan sido un verdadero gustazo.

Ahora dejo la mochila un par de días. Se ha portado y nos hemos llevado bien, pero la convivencia es dura y creo que necesitamos algo de distancia. Volvemos a Tokio. Ramón ya se va (ay, ay, ay, eso sí va a ser duro). De ahí, ya solo, otra vez, sin tiempo para pensar, me voy a la ruta Nakasendo.

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Japón (1). Tokio: Campo Base.

Cambio de idioma, costumbres, estética, moneda, comidas… Cambio total de registro.

Lo primero, 11 días con mi hijo Ramón, compañero de tantos viajes. Desde sus 5 años y hasta los 18, cada año hemos hecho, por lo menos, un viaje juntos: Dinamarca, Finlandia, Estados Unidos, China, Sudáfrica, Marruecos, Nepal, Egipto… Ahora, por unas razones y otras, hacia demasiado tiempo que no nos montábamos una buena aventura juntos. Y aquí estamos: Japón.

Recuerdo que el fin de semana antes de cada viaje, cuando Ramon era pequeño, nos “entrenabamos” para la aventura viendo en Sa Riera los videos de Indiana Jones. Ya ves. Ahora no cuela y, sin entreno ni nada, nos encontramos en el Aeropuerto Narita y nos disponemos a descubrir juntos este otro pedazo de mundo.

Cómo Ramon tiene poco tiempo y no puede deambular como yo, si queremos aprovechar bien el tiempo, pido ayuda al equipo de Barcelona de Viajando por Japón. Juntos montamos el itinerario y ellos se encargan de alojamientos y facilidades.

Llegar a Tokio desde Rusia es como pasar de 1.950 al 2.025 en un abrir y cerrar de ojos. Què ciudad! Madre de Dios y del Amor Hermoso!! Què megápolis!!! Algo así como la organización del caos, cómo llegar a otro planeta semejante pero totalmente diferente.

Tokio, con casi 15 millones de habitantes (37 millones en el área metropolitana) tiene el doble de densidad urbana que Nueva York. Más que una ciudad, es un conjunto de ciudades. No te la acabas ni en 1 mes. Cada barrio tiene su personalidad: tradicional, ejecutivo, manga, marítimo… No sè ni por dónde empezar a escribir.

La gente es la amabilidad personificada. Respeto, trabajo, sonrisas… Una pasada. La educación cívica es de una dimensión desconocida. La ciudad está limpia que puedes comer en el suelo y no hay ni una papelera. Simplemente, la gente no tira nada, no ensucia, no hay nada que limpiar. En los pasos cebra, la gente no se agolpa, nadie invade el espacio vital de otros, las colas son naturales, todo funciona como una cadena de montaje perfecta. Visten con una estètica impactante, pulcra y fashion, a veces rallando en la ciencia ficción. Ellos, simples, mucha camisa blanca y traje oscuro o, los más canallas, tipo beisbolero, manga o looks sorprendentes, coloristas y estridentes con personalidad. Ellas, vaporosas, minimalistas, anime, romanticas…  Todos con sus parasoles y mascarillas antipolucion…

Más: la comida. Que te voy a decir! Sushis, carnes al grill, arroces, sopas ramen, sao mai, gyozas… Aromas de comida asiática por todos lados. Siguiendo el hambre de Ramón, ahora sí voy a comer como un niño grande.

Más y más: los jardines. Cuidados hasta la perfecciòn, silenciosos, con estanques de cuento, rodeados de rascacielos… He dicho rascacielos? Tokio es arquitectura de vanguardia a tope, a veces de dudosisima interpretación, pero siempre de grandiosidad impactante y endiosada, como queriendo tocar el cielo, soportar terremotos y retar todos los límites.

En dos días ya he visto lo suficiente como para decidir que aquí monto mi campo base y, desde aquí, iré decidiendo próximos pasos por el país.

Todavía mas cosas: el idioma, un poco complicado, eso si. Oigo que el conserje de mi hotel me dice al pagarle algo así como “Domo kiosketè” y supongo que querrà decir gracias. Más tarde, por curiosidad, lo pongo en el traductor del móvil y me dice que eso significa “Puedes jugar con mis pelotas”. O es la entonacion, o la ortografia o el muy graciosillo se ha pegado un hartón de reír a mi costa. Total, que mejor no meterse en camisa de once varas. Bastante faena tienes con las infinitas repeticiones del “gracias”, “Arigato gozaimas”, y reverencias varias de despedida que, si pretendes corresponder, te hacen entrar en un bucle del que no sales sin una lumbalgia de ingreso hospitalario. En cuanto te vas de un lugar, un restaurante, por ejemplo, empieza el camarero o camarera con los “Arigato” en sus diferentes formas, repetido incansablemente, pero es que, en seguida, empiezan a salir de todos lados, como en una emboscada, encargados/as, cocineros/as, propietarios/as, etc, etc, repitiendo igualmente y a la vez, lo saludos, inclinaciones y fórmulas de cortesía. Si respondes a ese fuego cruzado sin escapar a toda prisa, acabas rozando el ridiculo dando vueltas sobre ti mismo como un muñeco animado. Parece una actitud cobarde si quieres, pero mejor es huir a toda prisa sin vergüenza alguna. Ellos no pararán hasta que salgas por la puerta, así que es bueno recordar aquello de que, a veces, una retirada a tiempo es una victoria.

Curiosidades: las que quieras. No sé puede fumar por la calle salvo en áreas para fumadores y, en cambio, los restaurantes pueden elegir entre ser para fumadores o para no fumadores. Con libertad. Vamos, como en casa. En lo público se hace lo que dice el Ayuntamiento, en lo privado lo que dice el propietario.

Los w.c….mencion aparte. Poooor faaaavoooor! Què cosas! Tienen más prestaciones que mi furgoneta. Había oído algo sobre el tema, pero no estaba preparado para la realidad. Tienen piloto automàtico, chorrillo directo al ortete, calefaccion, aspirador, desagües de varios tipos e intensidades…qué sé yo! Sólo te digo que, al final, te vas poniendo neurotico y tenso porque te preguntas a ver qué màs harà “esto”. Total, todo tranquilo.  Resultado: como el culito de un niño, blanco, impóluto e inmaculado.

De entrada, me encanta esta ciudad, este país y su gente. Aún acostumbrado por las pelis americanas a odiarles por malos y kamikazes yo, ya antes de venir, sentía que aquí estaría bien. Confirmo: aquí estoy muy bien. Y, entre nosotros, me gustan más los japos que los yankees y si me das a escojer entre los samuráis y el 7° de Caballería, o entre Rambo y Son Goku, no hay color.

Mañana, mi primer tren bala. Cómo el Transiberiano, vamos. Un día en Kioto y empezamos el camino Kumano Kodo.

NOTA. Dos aclaraciones:

Para cortar de raíz la rumorologia, confirmo que es cierto que el cachondo de mi hijo me ha hecho una foto con un luchador de Sumo. No pienso, por más que insistais, hacerla pública. Solo la enseñarè a seres humanos de probadisima confianza, por lo que, amigotes de Begur, absteneros de suplicar. No estoy dispuesto a pasar el resto de mis días expuesto a vuestra coña lacerante.

Por el contrario, no, no existe foto ni documento gráfico alguno de un servidor con kimono. De Ramón si. Bueno, con una espècie de kimono, el Yukata. Le encantan. Cada loco con su tema.

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