Turquia (y 5) Trabzon-Samsun-Amasra. El Mar Negro. Viaje a los ojos del Mundo.

Del Mar Negro sabía, por las novelas de espías, que los capitostes soviéticos, políticos y militares, veraneaban en la península de Crimea, a orillas de ese Mar y, por culturilla general, que es un mar con muy poca salinidad, por lo que te hundes más que en otras aguas. Pues vamos a verlo.

Siete horas de autobús no es lo mejor para mis castigadas rodillas pero hay que seguir. Ya estoy en el Mar Negro, concretamente en Trabzon. Me quedan 10 dias y 800 kilómetros para llegar a Ankara y coger el avión que me lleve a Etiopía, mi próxima parada.

Trabzon es una ciudad amurallada que ha crecido sin ton ni son pero que no carece de encanto. Tiene una historia apasionante de guerras, invasiones, alianzas y saqueos, habiendo sido ocupada, sucesivamente, por godos, griegos, romanos, turcomanos, etc, etc. La miscelánea árabe, desde las abayas qatarís más severas hasta las modernidades más liberadas, pasea por el centro de la ciudad y su bullicioso bazar con toda naturalidad. Y sus famosas “meet balls”, pequeñas hamburguesitas a la brasa, son deliciosas. Aquí los “bichos” picantes son más asumibles y me pongo morado. 

La estética ha cambiado y se ven considerables bellezas árabes con ojazos negros de mirada penetrante. Me llama la atención la cantidad de tiendas de lencería con un innegable erotismo. Parece ser que eso del tapado exterior… vamos, que lo cortés no quita lo valiente.

Un bazar bullicioso, una plaza con la correspondiente estatua del omnipresente Ataturk, padre de la patria turca, un par de avenidas peatonales, las correspondientes mezquitas con sus minaretes… Trabzon empuja a deambular sin prisas y descubrir una autenticidad turca que en Estambul queda, si no muerta porque eso es imposible, gravemente herida y enterrada bajo el peso de millones de turistas de Oriente y Occidente. 

No es que aquí no haya turismo pero, desde luego, mucho menos que en Estambul, el Egeo o la Capadocia y, al venir, especialmente, de Arabia Saudí y los Emiratos, queda mucho màs integrado en el paisaje.

Sigo costa abajo.

Llego a Samsun a las 5 de la tarde. Un conductor de bus asesino me da una vuelta por la ciudad a una velocidad de vértigo con arrancadas, frenadas y bocinazos histéricos, renegando en turco como si le hubiera dado un ataque de psicopatía. Llegó ileso porque mi ángel de la guarda es un tío fenomenal, competente al máximo y, encima, me quiere un montón.

El hotel, para verlo, y està en medio del bazar de la ciudad, pero la habitación es arregladita. Lástima que da directamente a un templo vecino con un Imán especialmente cantarín que entra en mis sueños como un taladro eléctrico.

Samsun, para mi, no tiene ningún interés. Yo aún diría mas: es una ciudad fea que recorro durante dos días sin encontrar el menor atractivo. En la parte antigua, edificios de 10 pisos indecentemente mal diseñados, calles sucias y mal cuidadas, plazas sin ninguna gracia… La parte nueva, avenidas sin personalidad, unas lomas postuladas con más edificios…y el puerto y el mar. ¡Ah!, y en medio un barrio algo así como màs pijo. Se ve que, desde aquí, empezó la revolución por la independencia el repetido Mustafà Kamal Ataturk. Un museo y varios monumentos conmemorativos dan fé.

Parece que es una ciudad próspera y se extiende rápidamente. Donde antes habían campos y verdes colinas ahora se han construido barrios colmena de edificios uniformes. Algunos incluso merecen, por feos y desagradables, una medalla, una banda, una mención honorífica y, si me apuras, las dos orejas y el rabo del alcalde que permite tamañas tropelías. A menos que os interese especialmente la vida del amigo Mustafà, a Samsun ya he ido yo por vosotros. Créedme.

No tengo más remedio que dar placer a mi alma con un homenaje de pescadito a la plancha, una especie de dorada la mar de buena. Seis euros. Turquía es un país muy barato.

Con el espíritu más templado sigo paseando en busca de algo bonito. Nada. Avenidas comerciales que son un festival de consumismo, vendedores ambulantes por todos lados… Nada. Con la belleza que hay en los hábitats de los animales resulta curioso lo mal que se lo montan los racionales para construir los suyos.

Voy a pie a la Terminal de bus. Al pasar por un campo veo un chaval encaramado al techo de su tractor recogiendo ciruelas. Al llegar a su lado me ofrece un puñado. Ya me ha arreglado el día. ¡Que importante es ser buena gente!

Adelante. Devorando kilómetros. 

Amasra es un pueblecito precioso pero no faltan, ni mucho menos, barrabasadas inmobiliarias. Está situada entre rocas y montañas, con dos bahías en forma de curva cerrada y un estrecho puente que une el pueblo con la isla de Boztepe. Según que bahía mires, puede parecer que estás en Llafranch o en Portofino.

Dice la leyenda que, ante estas dos bahías, el sultán Mehmed I, que conquistó para el reino Otomano la ciudad, al contemplar Amasra desde las montañas preguntó a su mentor Laia: “¿Son quizás estos los ojos del Mundo?”

La ciudad  tiene el honor de haber sido mencionada por Homero en la Ilíada. Poco más hay que hacer aquí que pasear, hartarse de pescado fresco y visitar su pequeño pero bien organizado museo de ruinas romanas, pero a mi ya me va bien el descanso antes de pasar a África que, supongo, será un viaje durillo. Esta zona o provincia, Bartin, tiene también unas montañas increíbles que llaman al caminar, pero ha sido un mes intenso, el tiempo se me come y lo que viene merece respeto. Así que lo dejaremos para una próxima vez. ¿Quién sabe?

También me pego un obligado chapuzón. Dos. Lo prometido es deuda. Sinceramente, no le veo gran diferencia con nuestro mar. 

Contemplo en Amasra el último atardecer hasta que el sol tiñe el cielo del rojo rabioso de la bandera turca. Se me ocurre que, quizás celoso de la luna que protagoniza esa bandera, el sol recuerda cada día a esta hora, a los turcos y al Mundo, quién es el astro rey.

Y como el día, el viaje por estas tierras se acaba y pasan por mi cabeza experiencias y recuerdos. Siempre hay un poco de íntima tristeza al acabar el día… y al acabar un viaje.

Una última reflexión:

El Mar Negro también está siendo radicalmente depredado por el ser humano. Eso no es una exclusiva occidental ni mucho menos. Su vida marina también corre el riesgo de reducirse a unas pocas decenas de especies por la sobrepesca y el desarrollo inmobiliario, turístico e industrial.

Dicen que hay, a iniciativa de algunos países de la zona, propuestas de frenar esta degradación pero, la verdad, dudo mucho que contenga la avaricia de las empresas y gobiernos involucrados.

Nuestra especie tiene como denominador común la masacre genocida de la Naturaleza y no parece que vaya a parar hasta conseguir la extinción de todas las especies, extinción que no logrará pero sí la llevará al más absurdo de los suicidios. El puto dinero nos matará.

Último bus y llego a Ankara, una modernísima ciudad con un magnífico skyline que no tiene nada que ver con el resto del país. Nivelazo sorprendente, pero sin poesía. 

Un día de organización del viaje a Etiopía y cojo el avión hacia Addis Abeba. África da respeto. Mucho respeto. Vamos allá.

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Turquia (4) Yusufeli. Los Alpes pònticos. Kaçkar Dag. Entre gigantes.

Pues no he dado yo vueltas para llegar aquí! Cinco autobuses, 26 horas de viaje. “Aquí” es Barhal, una aldea en las montañas Kaçkar. 

De Kahta a Hopa, con una parada y cambio de bus en un lugar del Kurdistán turco de cuyo nombre, si lo supiera, no querría acordarme. De ahí a Yusufeli con otra parada en medio de la nada, concretamente en Veteasaberdonde, y de Yusufeli hasta Barhal por otra carretera endiabladamente estrecha entre las montañas.

Nuevo máster en mi currículum viajero de notable dificultad, con ciertas similitudes al de controlador aéreo e impartido exclusivamente en turco y  lenguaje de signos.

Ya estoy donde quería llegar. Esta es la etapa cumbre de mi viaje por este país. 

La pensión ni siquiera está en Barhal, si no a eso de 1 km de la aldea. El lugar es gloria pura, construido en madera y cemento a varios niveles de la ladera y, nada màs llegar, atardeciendo, me sirven una cena lobezna de sopa de lentejas, ensalada, arroz, patatas fritas caserisimas y pescado de rio. Dormiré en las nubes.

Contrato un guía, Gengis (Cengiz) , un chaval de 23 años que estudia agricultura en la universidad y ahora està de vacaciones.

Empieza el jaleo. Vamos a ver de cerca los gigantes del lugar: Altıparmak Dağları (Los Seis Dedos), Kara Tas y Marsis Dağı. ¿Cuán de cerca? Ya se verá.

Al cabo de 4 horas y pico, pasado el mediodía y rodeados de preciosos paisajes alpinos, se acaba la carretera de pedruscos, comemos un puñado de frutos secos y empezamos a subir por una tartera muy inestable. Las vistas son impresionantes. Se trataría de, o hacer cima del Marsis, o llegar, por un cañón, al otro lado desde donde, en dias claros, se puede llegar a ver el Mar Negro. La cima es imposible en una sola jornada desde Barhal. Nos quedan unos 300 metros para llegar a la entrada del cañón y llevamos más de 2 horas peleando con la tartera con un desnivel de agárrate los machos.

A las 14.30 paramos y el guía me pregunta si estoy cansado. Para no decirle que estoy hecho una mierda le contesto con un lacónico “sí”. Gengis, con mirada de “por favor, por favor, te lo pido”, me dice que él también. Para llegar al cruce falta, mínimo, una hora y media más. Estamos a menos de 20 kilómetros de Georgia y a no mucho màs de Armenia. Mi cuerpo entra en la conversación, sin que nadie se lo pida, y me dice que no me puedo fiar de él para otra hora y media de ascensión por tartera. Ahora es cuando se producen los accidentes. Le digo al guía que volvemos. Suspira y sonríe con agradecimiento. No sabes que rabia me dà reconocer que “no puedo”. ¡Cagoendiez!

La bajada por la tartera es todavía más cabroncilla que la subida y, llegados a la carretera, tiramos recto campo a través. De vuelta al camino, una furgoneta para y nos ahorra los últimos 4 kilómetros.

Pasamos al lado de 3 hombres que han matado una vaca y la están desollando. La tienen abierta en canal encima de la hierba. Una imagen de promoción del vegetarianismo. Llegamos al pueblo a las 18 horas. Han sido mas de 9 horas de caminar, saltar, gatear y dar botes.

Mi pobrecito cuerpo vapuleado y yo, ya en la pensión, nos bebemos 1 litro de agua y una especie de zumo de algo dulce. Esto está tan colgado en la nada que no hay ni coca cola.

Cenamos otro festín turco y me tiro en la cama más muerto que vivo. Me temo que mañana toca ración de agujetas generalizadas… 

Pues no. Estoy cansado pero nada más. Hoy voy a los bosques que ayer tenia a la espalda. Me mantengo en el camino de carro por 2 razones. La primera porque aquí no hay senderos y, para enfilar por el medio del bosque, la pendiente es excesiva. Y segundo porque, me dicen, esto es tierra de abejas, miel y osos y, aunque yo me llevo bien con casi todo el mundo, ya tengo bastantes amigos como para hacerme ahora con los plantígrados.

Dos horitas y media y me bajo porque la predicción meteorològica anuncia lluvias. Justo cuando llego al hotel cae el chaparròn. Me he librado por los pelos.

Hoy han llegado a la pensión un grupo de 15 montañeros. El comedor pierde calidez. Otra magnifica cena de 6 platos, incluyendo las sempiternas sopa de lentejas y ensalada de tomate, pepino y cebolla. Hoy no hay patatas fritas, pero sí berenjena con yogurt. A las 20.30 me voy a mis aposentos. Suena la lluvia en el tejado de madera y el rio ruge furioso. Es una gozada.

Hoy es el día D y la hora H del viaje por Turquía. Voy a hacer un trekking hasta el lago que aquí llaman “13 temmuz karagoldeydik”. Puede decirse que es el último campo base desde donde se ataca la cima del monte Kara Tas, 3.400 mtrs. El nombre turco se puede traducir como “Vestído de piedra”. 

Me presentan al guia que me llevarà alli. Se llama Fahri. Por un momento, me acuerdo del chiste (*) y se me escapa la risa, pero aguanto impertérrito.

Caminamos por el bosque siguiendo una canalizacion de agua entre unos conjuntos de habitajes familiares compuestos de vivienda, graneros y cuadras de ganado. El guia va saludando vecinos. Curiosamente, los turcos se saludan como en mi familía, en lugar de darse dos besos, se dan dos toques a cada lado de sus cabezas.

Solo encontramos en el sendero pequeños rebaños de vacas y corderos con un pastor o pastora escoltados por enormes perros mastines que vigilan nuestros movimientos.

Encaramos hacia las montañas. Otra ves tengo, delante, de derecha a izquierda, los 3 grandes, el Marsis, el Altiparmak y el Kara Tas. Y el  bosque Satibe. Solo el Altiparmak esta camuflado tras las nubes. Los otros dos dan la cara altivos y desafiantes.

Cruzamos un paso de tartera estrecha y complicada con viento frio y desestabilizador. Debajo, nada. No te puedes entusiasmar con el paisaje. Me empieza a doler la cabeza, lo cual significa dos cosas: que me esta dando “soroche” y he de parar para aclimatar mínimamente, y que estamos por encima de los 3.000 metros. Fahri me da un poco de pan con unas rodajas de tomate. Bebo agua.

El tema se va complicando. Frio y mas desnivel. Queda una media hora hasta el lago. Veo delante una tartera fea pero hay un caminito en zig zag que me salva de brincar.

Llegamos al lago a las 14 horas. Seis horas de ascensión. La vista de los Kaçkar desde aqui es… sublime. Sí, sublime.

Bajamos ahora ya todo recto castigando los cuádriceps. El riesgo de lesión es alto, el cielo lagrimea lluvia y arrecia el viento.

Yo no he visto osos pero lo que si me consta es que los pocos campistas que hay, esperando para atacar cimas, llevan escopetas y, por la noche, suenan lo que supongo son tiros al aire de advertencia.

Fahri me enseña una huella que dice es de un.oso pequeño. Cuando alguien le decía a mi padre algo que consideraba peligroso, él decía: “¡Miau!”. Significaba algo así como “¡Malo!”. Pues eso: ¡Miau!

Llegamos a la pensión a las 18 horas. Una jornada de 10 horas. Hoy me he ganado una cerveza. Me despido de Kaçkar Dag.

Y de la montaña al mar. El Mar Negro.

*NOTA. “Eres mas feo que El Fari comiendo un limón”

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Turquia (3). Kahta. El Kurdistan turco. Las cabezas del Monte Nemrut.

Hace 2.000 años, en el sureste de la actual Turquía entre la Capadocia y Siria, Antioco I rey de Comagene, autoproclamado dios, se hizo construir en la cima del Monte Nemrut, 2.159 mtrs, un túmulo funerario de 50 metros de alto y 150 metros de diametro para descansar eternamente lejos de los hombres y cerca de los dioses.

Lo custodiaban unas estatuas de 8/10 metros de altura que fusionan las deidades de Oriente y Occidente (griegos y persas). El rey quería convertir el monumento en una tumba sagrada cuya cámara mortuoria todavía no ha sido encontrada. Hoy, naturalmente, las cabezas de estas estatuas yacen en el suelo decapitadas por el tiempo o, según otra teoría, por salvajes hordas de herejes.

Son las 7.30 a.m. Sube al autobús un oficial del ejército vestido de civil, pero con una visible pistola al cinto, pidiendo a todos el documento de identidad. Estoy en medio del Kurdistán turco y a menos de 300 kilómetros de Alepo, en Siria. Hay cierta tensión en el ambiente. No me gusta.

Le doy mi pasaporte y, al verlo, me dice que le siga. Parece que empieza la aventura. El miliciano en cuestión tiene pinta de duro. Barba de 7 días, estatura media, cuadradote, pelo negro engominado, ray ban de aviador, tejanos, camisa negra y botas militares. Tipo actor de películas de Bollywood de acción. Cara de mala baba.y muy pocos amigos.

Da los documentos turcos a sus adláteres, estos sí uniformados y armados con metralletas, y empieza a mirar el mio con interés. Me dice: “Kan yi pikglisç…”. No le entiendo y se impacienta. A la tercera adivino que me pregunta si hablo inglés….. Le digo que sí y me interroga: ¿Dónde vas? ¿De dónde vienes? ¿Qué haces aquí? ¿Cuando te vas? … Todo con una mirada inquisitiva, recelosa y con un turquinglish difícil de seguir.

Se va, con mi pasaporte, y se pone a tomar el té con otros compañeros. Rien. A los 15 o 20 minutos vuelve. Todo el autobús esperando. Total, nada, me hace perder media hora, me da permiso para volver a subir al bus y seguimos la marcha.

Cuando te pasa algo así en viaje, especialmente con policía o militares, lo primero que tienes que hacer es tener calma y cargarte de paciencia. Pero paciencia de la buena, de la de “La paciencia es la madre de la ciencia”. No la paciencia de “Santa paciencia, que bondadoso que soy porque habría para darles dos hostias. Pandilla de lentos y torpes, añado”. Si huelen tu miedo o tus nervios se divertirán contigo. Ellos tienen todo el día por delante. Y la noche.

Llego a Kahta a las 9 a.m. Estoy a 50 km del Monte Nemrut y hace un calor de justicia. Al mediodía pasamos ampliamente de los 35 grados. No hay hasta el Nemrut transporte público pero, en el hotel, un matrimonio de turcos de mediana edad se ofrecen a llevarme a la falda del monte. Vamos bien.

La ruta transcurre por un valle bastante seco a pesar de estar regado por afluentes del Eúfrates. En el camino paramos en un par de lugares con ruinas milenarias y, a eso de las 17 horas, llegamos al párking de donde se sale para visitar el túmulo. De allí, yo empiezo a caminar y ellos se cogen un bus que les ha de llevar 2 km mas allá donde empiezan unas escaleras que acaban en la cima. A mi la excursión me lleva 1 horita. El paseo no es bonito y en la cima hay demasiada gente. Ni un extranjero por aquí, pero el turismo interior rebosa. Las ruinas sí son inquietantes, cabezas de piedra que hablan de historia perdida en la memoria de los tiempos.También la puesta de sol compensa pero, qué quieres que te diga, tampoco lo voy a recomendar especialmente.

Empieza a hacer frio de verdad. En un par de horas la temperatura baja a plomo, el viento es demoledor y yo estoy agotado. En el bus no he dormido mas de 5 horas y a ratitos. Mañana sera otro día. Pabajo.

Hoy es domingo. El calor es como una losa y me sudan hasta las uñas. No es nada agradable. Me pesan las piernas. Creo que hoy lo dedicaré al descanso y organización de próximas etapas. Y me daré una vuelta por el pueblo que, por cierto, es feo de premio.

Si se viaja, no sòlo se ve lo bonito, se ve y se vive todo. Hay que conocer donde estás. Las paradas de ropa, las frutas, verduras y especias del país, el tabaco que fuman, sus costumbres en el café… y descansar. No te quitan el carnet de viajero por descansar. También la pausa forma parte del viaje y màs con estas calores infernales. Incluso es obligatoria esa pausa si no quieres caer enfermo de agotamiento. No siempre ha de haber acción y jaleo o no llegas lejos.

Soy el único extranjero en la ciudad. Todo el mundo me mira como si fuera un bicho raro. Con lo normalito que soy yo… 

Aquí hay una mujer siria que se cuida de la limpieza del hostal. Está todo el día limpiando, cocinando lavando… El propietario, el recepcionista y el resto del personal turco sòlo dejan de rascarse los huevos para darle ordenes. Bajo a fumarme un cigarrillo y la encuentro sentada a la sombra. Al verme, se levanta corriendo con cara de avergonzada. Le pido con señas que se quede, que por mi no se vaya, pero ella desaparece en la cocina. Me impacta la situación. Sin palabras.

Hoy ceno una brocheta de pechuga de pollo macerado a la turca. Lo sirven con un fondo de arroz, ensalada de cebolla dulce, tomate a la plancha y unos pimientos verdes con pinta picantona. Todo buenísimo pero, cuando pruebo el pimiento… No es picante, es feroz.

Media hora después, ya en el hotel, todavía estoy llorando desconsoladamente. Estos utilizarían el màs salvaje de una ración de pimientos del Padròn para lavarle los dientes al bebé. Horrible.

A 5 o 6 Km de Kahta está el lago Atatürk barajı. Allá voy. Hoy estamos a 38º y 15% de humedad. Ida y vuelta 3,5 horas. Duro. Paisaje desértico hasta el enorme lago. De vuelta, unos tertulianos sentados en un café me llaman, me invitan a un té y hablamos. Nada importante pero, para mi, enriquecedor. Nunca ven forasteros y me piden que les hable de mi tierra. Yo encantado y ellos también. En 15 minutos me encuentro rodeado por más de 30 kurdos escuchándome embelesados como si les estuviera explicando un cuento. La mayoría no entienden ni una palabra y, uno de ellos, va traduciendo. Me parece que se inventa la mitad. Mujer ni una, claro. U oscuro, como prefieras.

Aquí no hay nada más que hacer. Ahueco el ala.

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Turquia (2). Goreme. La Capadocia. El pais de las hadas.

Viajecito nocturno que ha resultado ser un compendio enciclopédico de la miseria humana: niñas y niños mimados, sollozantes y gritones, olores desagradables, teléfonos móviles sonando en todas las formas y a todo trapo, ronquidos sísmicos… Y toda una serie de otras maravillas de la Naturaleza que no menciono porque este blog pretende ser de lectura agradable. La escatología la entierro en mi memoria. Una delicia de noche. Doce horas celestiales.

Ya estoy en Anatolia. Me sueltan a 20 km de mi destino, un último bus y llego a Goreme. El paisaje es semidesértico con unas formaciones rocosas extrañas.

He dormido poquito, pero al llegar al hostel desaparece el cansancio. Es una cueva en una de esas rocas habilitada de hostal familiar, un dormitorio colectivo precioso con paredes de piedra, una cama nueva y radiante, con cortina para más intimidad, y un desayuno completísimo. Una ducha y soy hombre nuevo. Aquí voy a estar de lujo.

Entre pitos y flautas, ha pasado el mediodía y salgo en el pico del calor hacia Uçhisar por el Valle Güvercinlik. Media horita de descanso para tomarme una coca cola y vuelta a Goreme traspasando el White Valley y el Love Valley.

El decorado es tremendo. Las chimeneas de las hadas son una de esas maravillas naturales que nadie debería perderse. Leyendas a parte, estas rocas fueron formadas por erupciones volcánicas y han ido cambiando con el paso del tiempo, por la mano del hombre y la erosión producida por la lluvia y el viento. Un paisaje surrealista.

Entrando en el llamado Valle del Amor me pongo alerta no vaya a ser que haya en el ambiente traidores sentimientos emboscados. Pero no, ningún problema. Sendero resbaladizo y peligroso con arena pesada y subidas y bajadas taquiarritmicas. Quizás de eso viene el nombre de “Valle del Amor”, en modo alegoría, aunque las formas fálicas de algunas de las rocas me hacen pensar que más bien por ahí van los tiros.

Total, 6 horas de trekk por un lugar de cuento. Voy a dormir plano.

Hoy toca Swords Valley y el Valle Rosa hasta Cabusin, me acerco hasta la zona del Standing Man y de vuelta a Goreme por el Valle Rojo. Creo que ya he visto todos los colores de valles. En el Rose Valley me he encontrado un regalo. Tras pasar túneles, grutas y cuevas, en una de ellas encuentro lo que resulta ser una iglesia con unas pinturas religiosas bien conservadas. Está ahí para mi solo.

Aquí hay bastante turismo pero, como siempre, todos se apilan en los mismos lugares donde los llevan con todo tipo de vehículos: todoterrenos, autobuses, quads, globos, a caballo, en camello… Yo, ni máquinas ni animales. Mis 2 patas y andando que es gerundio. Así tengo mi Capadocia privada, claro que eso significa, cada día, 6 ò 7 horas bajo un sol de justicia y eso sólo lo hacen los locos. No sé. Cada uno es de su padre y de su madre.

Lo que sí sé es que, aunque he llegado totalmente agotado y deshidratado, la sensación de estar solo en el Mundo es tremenda. Es cierto que me he encontrado en algún apurillo porque el sendero se convertía en un tobogán de piedra o, simplemente, desaparecía. En un punto he sentido aquella sensación de que no puedo ir para delante ni para atrás. Es un tanto estresante. Pelín de miedo, incluso. Respirar hondo, tensar músculos, decidir dirección, y… mucho ojito.

La experiencia es un grado pero sí, claro que me puedo equivocar y… Algún día se acabará todo. Una mala decisión, un resbalón y good bye. Qué se le va a hacer. A veces lo pienso: “Chaval, si aquí te pasa algo no van a encontrar de ti ni los cordones de los zapatos”. Tampoco aspiro a un funeral de cuerpo presente. Qué mas dará.

La gente en la Capadocia es de mucha mejor pasta que en Estambul. Los del hostel y sus amigos siempre tienen tiempo y ganas para hacer tu estancia agradable. El precio: respeto y sonrisas. Nada más.

Me he reencontrado también aquí con una chica francoargelina muy maja, Saida. Es enfermera en Estrasburgo, estaba en mi misma habitación en el hostel de Estambul y ahora tomamos cada día una cerveza juntos al acabar la jornada. Buena gente.

Nueva jornada. Salgo del Red Valley, entro en un paisaje mas siciliano que capadocio y aparezco en un pueblo llamado Ortahisar. Me siento en un colmado para descansar un poco. Suena una música melódica turca y hace calor, mucha calor. Estoy cansado y es música triste. Supongo que la letra trata de amor. Me pregunto qué hago aquí. “Caminar, muchacho, caminar” , me digo. “Como siempre” . Me quedan 2 horitas más para volver a “casa”. ¿A casa? Fuera tan fácil. 

Me encuentro una tortuga en medio de un sendero. ¡Qué curioso! ¿Qué hará aquí? Supongo que se habrá despistado.

Viene hacia mi un agricultor con un tractor. Voy a tragar polvo. Le saludo alzando la mano, se para y me ofrece llevarme al pueblo. Declino la invitación y le doy la mano con agradecimiento. Su mano es como papel de lija por años y años de duro trabajo de sol a sol. Y nosotros nos quejamos. Me pregunto que será de la débil sociedad occidental en caso de… problemas. Más vale que cuidemos el planeta.

Sí, la sociedad occidental debería fortalecerse un poco…

Consejo de Viajero:

Bebida. Por mi parte, acostumbro a mi cuerpo a situaciones incómodas. Cuando hago trekks de varias jornadas no puedo cargar abundancia de agua así que, todos los días, antes de empezar a caminar, bebo 1 litro de agua y, para el resto, llevo como medio litro. No suelo beber más salvo que encuentre algún lugar que la vendan. Cuando acabo, me hidrato y tomo el azúcar que necesito. Bebo todo tipo de líquidos: agua, desde luego, limonada, naranjada, coca-cola,… pero, entre tener ganas de beber y tener sed hay el mismo trecho que entre tener ganas de comer y tener hambre. Es un largo trecho.

Comida. Cuando trekkeo no suelo comer. Desayuno copioso y cena normal. Para comer, algo de fruta o verdura, un trozo de pan con queso o embutido o, máximo. 50 gramos de ensalada de pasta o arroz. Comida fría siempre. Una comida caliente fuerte, ejercicio duro y calor es una buena combinación para la lotería del soponcio.

Otro sí digo: Si encuentro un buen restaurante con comida casera tampoco suelo variar y ceno siempre en el mismo lugar. Eso crea lazos, te tratan bien y siempre hay sorpresas y detalles enriquecedores. La fidelidad tiene premio.

Agoto mis últimos 2 días recorriendo estos valles de colores de los que ya conozco rincones y agujeros. Ahora que, aunque parezca un juego de palabras, Saida ya se ha ido, por las tardes tomo un té con Mustafá, un viejo musulmán que he conocido. Es muy religioso. Como no tengo ningunas ganas de enseñar y sí de aprender, pregunto y escucho más que hablo.

Mi forma física ha mejorado mucho y la Capadocia ya está vista. Me voy hacia las montañas.

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Turquia (1). Estambul. La viuda virgen. Eurasia.

Parece ser que, en casa, tengo un gato. Negro. Bueno, no es mio. No hemos firmado nada. Se ve que le ha gustado el felpudo de la entrada de mi casa y duerme allí. Y todo el día gandulea por el jardín tomando el sol. Al atardecer, desaparece unas horas hasta cerca de la medianoche. Como decía la rumba del gran Gato Perez, “Nadie sabe donde se encuentra con su gatita”. Ya se sabe que los gatos son parranderos.

Ahora me he ido yo. Quizás me eche de menos. Yo me he ido a Turquía. No se cómo quitarme la sonrisa de la cara. Otra vez en viaje. Es mi estado natural.

A mi me gustan los animales, pero es obvio que tener una mascota es algo que no coordina con mi vida nómada. Como otras muchas cosas. Si el gato maullaba le daba una lata de atún y, a veces, tomábamos juntos un rato de sol de primavera en la terraza con un vino. El vino solo yo, claro. Asi que nos llevábamos bien pero ni él es mio ni yo soy suyo. No le he puesto nombre. Ahora que me he ido tendrá que buscarse la vida y lo harà. Los gatos son muy independientes. Me gustan. 

Pues eso, que ya estoy otra vez en viaje y todo lo que tenia en casa ya no està. Otra vez se abre el telón. Nueva vida. Y, de primero: Estambul.

¿Por qué Turquía? Bueno…, a mi me da igual ir a Pernambuco que a la Conchinchina, lo importante es viajar, pero la Vuelta al Mundo tiene sus “cosas” y ahora toca empezar a bajar por el África Oriental. Y Turquía me pareció una buena forma de acercarme. Eso de estar entre Europa y Asia para luego pasar a África… me dá vidilla. Aunque no tenga ninguna lógica.

Si señor, estoy en Bizancio, que luego se llamó Constantinopla y, hoy, Estambul, una de las ciudades con más Historia del Mundo. Alguien la llamó “la viuda virgen tras mil esponsales”. Es la única ciudad del Mundo que pertenece a 2 continentes. Solo le discute ese honor la rusa Ekaterimburgo, pero soy testículo de que allí la frontera, o por lo menos el monumento que la marca, está a unos kilómetros del centro urbano.

Estambul es una ciudad enorme. A una y otra orilla del Bósforo, 15 millones de habitantes, mas ilegales y turistas. Una muchedumbre.

Voy a pasarme algo así como un mes por Turquía. Creo que me va a gustar.

El vuelo hasta aquí, pues bien. Compañía ucraniana y escala en Kiev, lo cual vale para constatar y confirmar que las soviéticas son la mar de guapetonas y los soviéticos serios y disciplinados. Y también que los musulmanes rezan un montón y sus mujeres van muy, pero que muy tapaditas. Una situación incómoda diría yo. Pero no diría nada más.

En mi primera jornada en Estambul empiezo por los obeliscos del Hipòdromo, Santa Sofía y la Mezquita azul, luego el Palacio Topkapi, el Gran Bazar, y el Bazar Egipcio. Un hartón de minaretes, delicias turcas y especias. Mezcla impresionante de olores, sabores y colores. Una paradita de media hora en un parque para comer un sandwich de embutido y un huevo duro que, no sé cómo, ha aparecido en mi fiambrera desde el bufete del desayuno, y a por más camino.

Por el puente Gálata se cruza a la ciudad nueva donde la moderna Turquía se va abriendo paso entre la historia a base de grandes avenidas comerciales, callejones con restaurantes chics y algún rascacielos. La economía turca parece que va viento en popa. Dicen que, en la primera década de este siglo, construyeron más de 50 rascacielos y casi 150 grandes centros comerciales y que, a partir de ahí, siguen acelerando a demasiado buen ritmo lo que se llama “desarrollo”.

El Lorenzo turco pega fuerte y los zumos de fruta fríos son una tentacion en cada esquina pero, yo, me resisto y me lanzo a la cerveza.

Acabo la jornada de 8 horas ante un Urfa Kebab, una carne de ternera de lo mas mejor superior. Le pongo un picante ahumado local que me hace saltar las lágrimas de emoción

En los días restantes me paso a la zona asiática de Kadikoy, quizás más comercial todavía que la europea. Si cabe. Nunca había visto tanto restaurante junto. Ya de vuelta a Europa, callejeo topándome con más y màs mezquitas, columnas, el Parque Gulhame, el acueducto Bozdogan y mercados varios. Y todo ello amenizado por los cantos religiosos de los imanes musulmanes que, a mi, con todo respeto para unos y otros, siempre me recuerdan las bulerías andaluzas. 

Lo que más me gusta es caminar, pero también las cosas bonitas. Sea un edificio, una flor, una montaña o una ciudad. Y también las personas bonitas. Por dentro y por fuera. De esto último no he tenido todavía el gusto. Estambul es muy turístico y sus gentes… listillos y chulapones. De todo hay pero diría que se les ha subido el turismo a la cabeza.

Los Estambulenses, o como se llamen, son pesaditos con el español (el idioma). Todos hablan un estupendo castellano: “Gracias”, “perfecto”, “uno/dos/tres/cuatro/cinco”, ” hola hola coca cola”… Aparte de eso, mucho joven modernillo, la mayoría de riguroso negro o blanco impoluto y con tendencia a la alopecia, barba y fuertotes de gimnasio proteínico. Ellas… pues no sé, también de todo habrá pero poca belleza y simpatía he visto yo. El turco (el idioma) suena raro: “Marabo marabo. Salam talam kaka falà yandayatep dividushi”. O algo así. Dulce no es. No es un idioma para la pasión, por más que se lo pareciera a Gala.

Dedico la totalidad del presupuesto asignado a Cultura a zamparme un homenaje de dips típicos turcos (humus de garbanzos, berenjena y queso con chile) más un plato de unos pescaditos fritos llamados Istravit. No iba yo a dejar de probar un pescado del Mar Bósforo ¡¿no?!

Por cierto, me encuentro un camarero con unos rasgos orientales extraños y le pregunto de dónde es. Me dice que de Afganistán. Tremendo. La guerra. La Nada. Una Nada que forma parte del Todo. Ya es mala suerte nacer ahí. Y si eres mujer no te digo. ¡Que cruel es el Mundo!

Me voy a la Capadocia en un autobús nocturno. Ya empezamos…

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Tailandia (y 5) Koh Tao. La gallina de los huevos de oro.

Koh Tao es de esos destinos de viaje donde la gente va para tener nuevas y estimulantes experiencias como tomar el sol, comer pizza y hamburguesas, beber cerveza y mojitos en los bares de moda, pasear en moto, bailar el “Despacito”, ligar…

También es, eso sí, un bonito lugar para hacer submarinismo. Y barato. Dicen que Koh Tao es de los mayores productores de nuevos buceadores de todo el Mundo. En 48 horas ya eres buzo por 4 durillos. Otra cosa es lo que te pueda pasar después.

El escenario es soberbio. Y una advertencia: esto está lleno de gente guapa e insultantemente joven que deberían pagar impuesto de lujo por pasear. El que tenga algún kilito de más, fruto de esas cañitas y tapitas tan buenas, o no atesore tanta belleza y/o juventud como, por ejemplo, un servidor, este lugar le producirá unos angustiosos ataques de envidia insana. Si os parece oír un sonido agudo, chirriante y desagradable alrededor, son vuestros dientes que rechinan.

El lugar es fantástico para holgazanear y hacer panching. Es mi último destino en Asia antes de cambiar de continente, así que habrá que coger fuerzas.

Llevo ya melena de indio soiux, pero no me atrevo a ponerme en manos de un peluquero tai. Algo tendré que hacer. Si me voy a Australia con esta pinta, en la aduana me confiscan como especie invasora.

En Koh Tao es temporada bajísima y llueve. Yo encantado porque tengo un gripazo de campeonato y la convalecencia aquí, a base de descanso absoluto, líquido y sopitas picantes me sienta de maravilla. En el hotel tengo una habitación con lavabo para mi solo, y una terracita que da al jardín. Y tiene un restaurante a pie de playa. Es como estar malito en casa de Sa Riera en abril. Da un poco de pereza mejorar. Estoy muy mustio. Siento en el tuétano que mis aventuras y desventuras en Asia tienen, por ahora, los días contados y, supongo, eso me da flojera.

Son días lluviosos, con muchas horas en la terraza de mi habitación, escribiendo, pensando y escuchando la lluvia caer sobre el jardín. Si, son días de reflexión también. Se me está acabando la gasolina y empiezo a pensar en volver un par de meses a casa dando por cerrada la primera fase de mi Vuelta al Mundo. He de entrar en boxes y eso también requiere organización con tiempo de antelación. Una serie de lesiones ya me handicapan un poco y los médicos tendrán que hacerme un par de parches. Además, asuntos administrativos varios me aconsejan un alto en el camino. Por ejemplo, se me está acabando el pasaporte, fíjate. Y renovarlo por alguna embajada del mundo es un tostón y requiere pausa, lo cual no es precisamente mi especialidad. Así que, cuando haya llegado a Nueva Zelanda, las antípodas de donde salí, iré pensando en la vuelta. Poco a poco.

Estoy en uno de los mejores lugares del mundo para hacer snorkel y bucear y, entre la gripe y la lluvia, a lo peor no hago ni una cosa ni otra. Sería una…jugada. De entrada, bucear ni pensarlo. Mi capacidad pulmonar, con el gripazo, ha mermado considerablemente. Snorkel, vamos a ver el último día…

Mientras tanto, voy ya dando paseos en tierra firme. Hoy he ido a comer a la playa Sai Ri Beach. Un Savory curry que no sé lo salta un gitano. Para bajarlo, yo siempre metiéndome en líos, me subo a ver el Chalok viewpoint y, de ahí, me bajo por el otro lado de la montaña hasta el hostel. Total 3 horitas por un terreno que no había pisado nunca, entre montaña y playa. El camino, muy empinado, va cediendo con las lluvias y se hacen como unas canales curiosas. Y peligrosas.

El lugar en cuestión, arriba de todo, es de mareo. Un agujero entre 2 rocas, por el que pasas a un mirador también de pura roca resbaladiza y, debajo tuyo, muy, muy abajo, toda la costa oriental de Chalok Baan Kao. Precioso. La sudada para llegar ha sido considerable. Sudar va bien para matar virus, pero lo que ya no va tan bien es que me pilla un diluvio de Monzón que me deja para colgarme de dos pinzas. Cada vez que hay una tormenta por los alrededores, me coje a descubierto.

Penúltimo día en la isla ya y llueve toda la mañana. Paciencia. Por la tarde me voy a conocer más calas siguiendo empinadísimas carreteras y caminos de ronda. El atardecer, en estos días lluviosos, da a estas playas, que parecen decorados de cartón piedra, una luz rara, entre plomiza y gris metalizado por el sol tardío. Me escuecen las heridas de guerra, lo cual no augura nada bueno para el tiempo de mañana, mi última oportunidad de bajar a los fondos de esta isla. A ver qué pasa. Por poco que pueda me tiro.

Bingo! El día despierta soleado y me embarco. Cuatro paradas de snorkel y final en la famosa playa de Nang Yuan, dos islotes unidos por una lengua de arena que son, seguramente, uno de los lugares más fotografiados del mundo.

No tantísimo como en Indonesia o Filipinas, pero también aquí nos dan cien mil vueltas con su fondo marino. Magnifica flora y fauna a pesar de que hay viento y el mar está movidito. Preciosos corales, borgonias y bandadas de peces de todos los colores, tortugas y pequeños tiburoncetes. De todo y mucho. Y no es que la isla sea virgen precisamente. A Tailandia, en general, y a Koh Tao, en particular, le estan sacando el jugo a lo bestia.  Demasiada gente. En temporada alta esto deben ser las Ramblas.

Supongo que, simplemente, aquí han puesto un poco de sentido común, el menos común de los sentidos, y se han dicho: no vayamos a matar la gallina de los huevos de oro…  Alli no. Al fin y al cabo, España es el único país del mundo, en toda la Historia, que ha sido capaz de crear un género literario sobre los vividores y listillos: la “Picaresca”. Y el pícaro es omnivoro total. Acaba con todo. Le da igual carne que pescado. A todo se le puede sacar provecho con “ingenio” y poca vergüenza.

Fíjate tú qué tonto soy que, viendo esto, me sorprendo preguntándome por qué  no se declara Parque Nacional o similar todo el Empordà, mi tierra. Seré burro! En un Parque Nacional no se puede uno lucrar a ritmo de pelotazos y ladrillos. Un P.N. es beneficio a largo plazo y poco tangible y allí hay hambre y miseria que solucionar a cortísimo plazo. Fíjate a Cadaquès y el Cap de Creus lo mal que les va…

Algunos le están tocando demasiado los huevos a la gallina. Y lo pagaremos todos.

Pues se acabó lo que se daba. Han sido 6 meses y medio en Asia. Me cambio de continente. Oceanía…el nombre es precioso. Siempre soñé que un día lo conocería, pero sueño tantas cosas que ni yo me creía. Y ya está aquí, a 2 pasos. Sigo camino.

Tengo prisa, mucha prisa. El tiempo pasa sin esperar a nada ni nadie. Me voy a Australia. ¡Que ganas!

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Tailandia (4) En el Reino de Siam. Bangkok.

La historia del Reino de Siam, que abarca del siglo XIV a principios del siglo XX, es una historia de esplendor, guerras, decadencias y renacimientos. En su época fue un imperio económico, cultural, religioso y guerrero que aportó al mundo grandes avances. Fue lo que hoy llamaríamos “un reino de cuento”.

La capital, Ayutthaya era, en el siglo XIII, la ciudad más grande del mundo, con más de 1 millón de habitantes, una metrópolis de ensueño y lujo oriental. Saqueada y destruida por los birmanos en el siglo XIII, volvió a recuperar su antigua grandeza hasta entrar en decadencia en el siglo XX. El colonialismo la mató.

Y…abracadabra, ya estoy en Bangkok.

Esta noche en el bus me han comido los chinches, o las pulgas o lo que fuere. Qué más dará el nombre. “Me pica. Me pica”.

Bangkok es la capital de Asia. En mi opinión, les guste o no a los chinos y a los indios, esta es la metrópoli mas cosmopolita y más representativa  del continente. Hay de todo y mucho. Espiritualidad y templos, noche y vicio, mercados y comercio lujoso, alrededores interesantes, grandiosidad y miseria, gastronomía global, negocios y cultura, canales, homelees drogadictos, ….

Y con eso no digo que es la capital que más me gusta de Asia, ni mucho menos. Para mi, Bangkok está muy por detrás de, por ejemplo, Tokio. Pero decir que Tokio es Asia es solo Geografía.

Callejear por aquí es pura aventura asiática y hacerte un plan de visita es misión imposible e innecesaria. Con deambular y dejarte llevar por tu curiosidad ya tienes más que suficiente.

Mi hostel esta en el barrio de Soi Payanak, un barrio popular donde, en 6 días que estuve, en dos etapas, ya conocía a la gente del vecindario, ya nos saludábamos y ya se interesaban por mi, lo cual siempre es agradable. Desde allí, pasando por canales míseros y sucios donde se pueden ver los estragos de la heroína, con vagabundos drogadictos tirados por el suelo sin esperanza ni remedio, llego al centro y  recorro la zona del Wat Pra Kaew y el Gran Palacio, aunque la muchedumbre turística es agobiante. Después, para coger energía, como un Pad Thai con gambas en Tha Tian, cerca del Wat Phra Chetuphon, sigo por el mercado de flores, quizás el único mercado de Asia que huele bien, y me meto en varios otros mercados de dimensiones colosales. Paso también por Khaosan, la zona turística y jaranera. Allí, hostels, bares-restaurantes, pubs, salones de masajes y agencias de viaje. Nada…pero si se llega allí, bueno es pasarse por Sanset Soi. Un aperitivo de 7 gambas a la barbacoa y una cerveza, 3,5 euritos.

Tras montones de templos y calles comerciales de todo tipo y condición, vuelta al hostel, una cena de arroz con pollo en un chiringuito de la calle y a la cama prontito. Mañana me voy a Ayutthaya

Dos curiosidades: 1.- El Wat Phra Chetuphon se llama, en verdad, Wat Pha Chetuphon Vimolmangklararm Rajwara Mahaviharm. No son nadie estos tailandeses poniendo nombres! 2.- Dentro de algunos mercados hay santuarios y budas. Cada vez que la gente pasa por delante, hace un saludo respetuoso de adoración. Sospecho que algunos dan rodeos para no andar con tanta reverencia. Cargados como suelen ir, debe ser un suplicio.

Ayuttaya és una ruina. No es que no sea interesante pero, si has visto Siem Riep y Bagan, se te queda pequeñín y pobre. Las guerras y los saqueos han hecho de aquella ciudad imperial una parábola de la futilidad de la vida y la grandeza. Hoy eres el amo del mundo y mañana una decrépita e insignificante nota a pie de página en el libro de Historia, un producto turístico cultural de importancia muy relativa. El bochorno hace el paseo pesado, la lluvia empeora las cosas y una fastidiosa infección de encías acaba de arreglarme el día.

Como delante de uno de los lagos del recinto y espero a que acabe el chaparrón. No solo como yo, también salen a comer unos enormes lagartos anfibios de aspecto amenazante que patrullan el lago. Feos.

Hay mucho elefante enjaezado paseando turistas, cosa que me eriza los pelos de la nuca y me produce sarpullidos cerebrales muy molestos. No entiendo què siente un ser humano en pasear a lomos de un elefante. Se siente un poco rey/dios de aquella época? Se le hincha el pecho y se le estrecha el ortillo de orgullo y vanidad? Esos animales son formidables y su explotación cutre da repelús.  A mi, verlos montados por primates en bermudas, supuestamente superiores, me revuelve el estómago. Lo siento, pero no puedo con “eso”. Los humanos constantemente desmerecemos, con nuestra conducta, la categoría de especie superior. Dominante si, pero superior… Esto no puede acabar bien. Seguro que los reyes de Ayuttaya pensaban que su imperio duraría para siempre.

De vuelta al hostel, autobús y tuk tuk entre el tráfico nocturno de Bangkok. Por cierto, aquí hay enorme respeto por los peatones. Unos caballeros al volante.

Al tercer dia vuelvo a dejarme llevar en deriva por las calles de Bangkok sin plan ni destino. Pasando por delante del Wat Traimit Witthayaram, aparezco en el Arco de Chinatown y rambleo por el mercado. Como un pato braseado con arroz, paso a la otra orilla de la ciudad por un magnifico puente de hierro, me encuentro el Wat SanphanThawongsaram (id aprendiendo los nombres que después haré examen), presencio  un funeral…

Intento escuchar, ver, oler, saborear y tocar la ciudad y notar como me siento. Encuentro bullicio, rincones, caras, aromas, paz… me embeleso, me entristezco, capto miradas, observó movimientos, me pierdo, recuerdo, me sorprendo, sonrío… y voy haciendo camino en busca de sensaciones sin etiqueta. Un paseo increíble.

Lllego a unos muelles, recorro mas templos sin nombre o de nombres tan complicados que ya me niego a retener, me meto en calles fuera del circuito turístico sin más atractivo que la gente variopinta que me mira con la misma curiosidad que yo a ellos y, al final, cruzó el río de vuelta a la otra orilla, esta vez en una barcaza. Justo a tiempo. Empieza a diluviar.

Me paro a tomar una cerveza en Tha Tian y se me hace tarde buceando en mis pensamientos y mirando pasar a la gente. Se ha hecho de noche y vuelvo a mi barrio por calles y mercados vacíos, con los últimos trabajadores y transeúntes acabando quehaceres y volviendo a casa. Se me cruza por delante una rata. Menos mal! Ya empezaba a pensar que estaban todas en las cazuelas. Me acuerdo de Yao y me río solo.

Hoy había quedado con Nani, Encarna, mi compañera en la jungla laosiana que vuelve a casa desde Bangkok. Pero se ha puesto mala. Hizo ayer una inmersión en Kho Tao, ha tenido una reacción alérgica y perdió el ferry. Me hubiera gustado oír qué se siente al volver. Sé que es difícil.

Os lo tengo dicho,

Consejo de viajero: antes de un viaje importante, tipo intercontinental o vuelta a casa, prudencia: ni comidas copiosas y extrañas para vuestros estómagos, ni deportes de riesgo. Es normal querer apurar hasta el último momento cuando se es feliz pero…

Mañana salgo hacia Kho Tao. Toca playa.

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Tailandia (3) Mae Sariang. Ratas.

Hoy cumplo 6 meses de viaje. Es mucha vida de golpe. Me preguntó cómo será y qué sentiré cuando vuelva a casa, a “la vida normal”…

En esta segunda etapa, después de los 100 días, he seguido descubriendo lugares y viviendo situaciones inolvidables. Ha Giang en Vietnam, Virachey en Camboya, Luwan en Laos, el acueducto Goteik en Myanmar, …. Y, ahora, Banhuayhagmainesu en Tailandia.

Este último, quizás el pueblo con el nombre más complicado del mundo, da para dedicarle todo este capítulo.

Mae Sariang son 2 calles en la ribera de un río sin más historia así que, nada mas llegar, me apunto a otro trekk. Seràn 3 dias en un poblado de las montañas: Banhuayhagmainesu. Prueba a repetir el nombrecito. Sin leer.

Solo he descansado 24 horas y no he tenido tiempo ni de lavar la ropa pero…tengo otra muda. Tailandia da para mucho y solo tengo 30 días de visado.

No será cansado creo, es más bien una estancia relajada en la montaña con alguna excursión relativamente tranquila. Voy solo con un guía, Yao, y me alojaré en su casa, con su familia.

Tras casi 3 horas en moto, ya a pie, seguimos adentrándonos en las montañas. Nos paramos a comer en la cabaña de un agricultor. Son cuatro palos, un fuego a tierra, leña, enseres mínimos y una hamaca. Hay un segundo piso, supongo que un dormitorio. El hombre dice tener 60 años pero no aparenta ni 50. Sus pertenencias están esparcidas por la sala y hay una rata muerta en un plato. Es su cena. Comemos unos fideos a la rabiata con arroz que me hacen sudar. Chili puro. Una bomba energética.

Seguimos 1 hora mas hasta el pueblo de Yao. Allí, Sing, su hijo de 10 años, me lleva a ver los alrededores. Son poco más de 80 cabañas en la ladera de la montaña, en la coronilla de la Quinta Puñeta, 250 almas, animales domésticos por todos lados y campos y màs campos de cultivo casi verticales. Remoto y básico todo a más no poder.

Yao me pregunta si como carne con una hoja de plátano en la mano que envuelve otra rolliza rata con una larguísima cola. Le digo que no, que yo desde pequeñito soy vegetariano estricto y que, además, mi religión no me lo permite. Yao se ríe y no me cree, así que para cenar me trae una especie de sopa y unos trozos de carne que me jura es pollo. Me armo de valor y pruebo uno. No sabe a nada. Tiene la consistencia de pollo pero tiene unos huesecillos o cartílagos de lo más sospechoso. Sonriendo, le miró y le digo, en castellano: “Qué cabrón!”. Me pregunta que he dicho y le contesto que esa es la forma española de decir que estás contento de haber conocido a alguien, y que sirve tanto para saludar o despedir cómo para demostrar en cualquier momento respeto por una persona. Me lo hace repetir varias veces para aprenderlo. Le añado que, si quiere ser más ceremonioso, ha de decir: “Qué gran cabronazo”. Toma nota.

Se me ocurre que a saber cuántas veces he comido carnes extrañas sin saberlo. Lo de gato por liebre, todavía, pero lo de rata por pollo me inquieta.

Naturalmente, soy el único occidental en el pueblo. Una atracción exótica. La gente sale de las casas para verme pasar. Y todos me sonríen. En realidad siempre están sonriendo. Es una gozada. No se complican mucho la vida. Salud y vida o enfermedad y muerte. Poco más. Lo de pena, tristeza, depresión y esas cosas no creo que tengan aquí ni traducción. No he oído nunca llorar a un niño en lugares como este. Yo creo que no saben. Al fin y al cabo, aquí llorar no les sirve para nada.

A las 6 de la tarde ya hemos cenado y a las 8 estoy en la cama. Desde fuera, de una casa cercana, llegan las voces de unas chicas que cantan melódicas canciones en tailandés. La noche es muy agradable pero hay que abrigarse. Hace fresco.

Con el nuevo día salimos de trekking por la selva. Yao lleva su machete y una escopeta por si puede cazar algo. Es como un circuito de obstáculos. No es senderismo ya que no hay sendero. Y es que en la selva no hay senderos porque, tal como tú los abres, ella los vuelve a cerrar.

Vas atento con los cinco sentidos y un par más que desarrollas aqui. Voy aprendiendo què roca, qué rama o que raiz es de fiar y cuál va a ceder dejándome sin asidero o sin apoyo. Has de hacerte ligero, repartiendo y compensando pesos entre todos los músculos.

Tres horas después, hacemos un fuego en la ribera del río y comemos un arroz con cebolla y tomate que lleva Tao en su bolsa. Seguimos.

Me doy cuenta que soy muy perro ya. Siento y padezco poco. Si me entra agua no me la saco, si me pica algo no me rasco, si me sale sangre la dejo correr, tengo poca sed y hambre… Me limito a avanzar hasta llegar a destino sin pensar mucho más que en dónde piso o a qué me agarro.

Hemos salido del pueblo a las 8 a.m. y volvemos a las 2 p.m. Ahora sí noto mis huesos, músculos y articulaciones. Me quito un par de sanguijuelas de las piernas. Otra vez me han dejado los pantalones sanguinolentos y estoy hecho unos zorros. Un solano insoportable hace imposible la vida fuera de la cabaña, pero Yao no me da tregua y me lleva en moto a ver una aldea cercana. Aprovecho para comprar coca cola. Necesito azúcar. Ir por estos caminos en moto es como galopar a lomos de un burro. Estoy baldado.

El cielo en Banhuayhagmainesu tiene un azul especial. Pero al llegar el atardecer… al llegar el atardecer es como asistir al mismísimo fin del mundo. Te deja atónito, sin esperanza de ver más belleza que la que tienes delante. Sobre “eso”, en realidad, no sé porque tengo la desvergüenza de atreverme a escribir.

Y de cena, hoy hay pescado. Sí, es pescado, lo he visto entero antes de que lo metieran en la olla. Así que pescado, con arroz, claro. No es precisamente un “suquet” como en mi tierra.

Y así acaba otro día, diferente como todos los días de este continuo deambular. Y mañana más. No me lo puedo creer. Pura vida desbocada.

Nuevo dia. Nos vamos ya hacia Mae Sariang. Flota en el ambiente el aroma de las trompetas de ángel. Le doy mi sombrero a Sing y le nombró Caballero de la Orden de la Aventura. Está contento.

A pie y en moto, Yao me da otra somanta de ostias por el Parque Nacional Salawin. Primero me lleva a ver la recolecta de arroz y me hace sufrir 2 horas a lomos de su motillo. Para compensar, eso sí, me deja una hora en un hot spring donde me doy un baño caliente. Toda la piscina para mí solo. Quedó arrugado y tranquilito como un bebé, alucinando de mi suerte.

Comemos unos fideos cerca de las waterfall Mae Sawan Noi y, para bajarlos, nos vamos a ver sus diferentes niveles. Primero “pabajo” y después “parrriba”. Ahora sí que estoy en las últimas de Filipinas, a punto de rendirme y ofrecer mi cuello como los lobos vencidos en justa pelea. Presento irrevocablemente mi dimisión como viajero incansable.

Al despedirnos, Yao me dice muy solemne: “Qui gran capronazo”. Le doy un abrazo. No podía dejar de devolverle la jugada de hacerme comer rata. Ya verás la que monta con el primer cliente español que se le ponga por delante…

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Tailandia (2) Mae Hong Son. En las montañas.

Mae Hong Son, un pueblo de 10.000 habitantes tranquilo y ordenado, me gusta desde el primer momento. El barrio del lago parece una escena de cuento oriental, el mercado matinal es auténtico, las vistas desde el Wat Doi Kong Mu, con las capas de brumosas montañas al fondo, son una guapada…Aquí me tiro unos días como un gato.

Además, he acertado de pleno en la elección del hostel. Es una antigua casa de madera Shan no muy reformada, con entradas palaciegas, tejados en forma de V, un patio, unos balcones agradables y un restaurante sencillo pero acogedor. La habitación es compartida, cuatro camas tipo cápsula con un baño limpio y amplio. Los compartimentos están curiosamente decorados con sencillez y gusto, con sábanas de seda y un espejo de marco dorado como cabecera.

En el hostel, soy testigo de un accidente. Tres chicas españolas que viajan solas por este salvaje país, están un poco trastornadas porque, a una de ellas, le ha picado un “bicho” en la espalda. Por la pinta de la herida parece ser un mosquito, grande, o incluso, quizás, una arañita, pequeña. Se ha levantado por encima la camiseta para airear el abceso y una amiga le está aplicando hielo. La accidentada tiene la mirada perdida en la lejanía y va diciendo: “Me pica. Me pica”. Sin embargo, se la ve serena y entera, sacando fuerzas de flaqueza, y al cabo de unos 10 minutos incluso ya ríe aunque, en cuanto recuerda su herida, vuelve a decir, melancólica y con los ojitos tristes: “Me pica. Me pica”. Al final, suben todas a la habitación porque parece ser que, una de ellas, tiene una crema muy buena para estos casos que, según afirma, “extrae el veneno hacia afuera”. Menos mal porque, desde luego, si extrajera el veneno hacia dentro sería un marrón. Si sé algo más lo comunicaré, pero creo que podemos estar tranquilos y dar el tema por superado. Y es que, en estos países, te puede pasar cualquier cosa…

Fuera bromas…

Consejo de viajero. No viajes nunca sin el Azaron, o lo que uses para las picadas de insectos, a mano. A MANO. Siempre a mano. Me agradecerás el consejo.

Los alrededores de Mae Hong Son están llenos de lugares interesantes para visitar. Pregunto precios de un tuk tuk o una moto para conocerlos y pretenden sacudirme 40 euracos. Angelo, un italiano de 26 años, con el que ayer cené y charlé un rato, se va de excursión en moto y me apunto. Tiene 26 años y ha acabado la carrera de físicas. Antes de ponerse con el trabajo de investigación de final de carrera se ha tomado 3 meses para viajar. Es dicharachero, simpático, presumido, espigado, con ojos azules y nariz grande. Es decir, italiano.

Me agenció un casco y menos mal, porque Angelo  es, me repito, un italiano “vero”, y conduce la moto como si se le estuviera quemando la pizza.

La carretera es, primero, kilométricamente recta y, después, cuando se adentra y asciende por las montañas, se convierte en un loop de curvas sinuosas y mareantes rodeadas de bosque selvático, plataneros y campos de arroz.

Primero nos paramos en lo que llaman la aldea china, un pueblo, o mas bien un decorado, tipo pesebre kistch, donde tomamos un te. Luego llegamos a la frontera de Myanmar donde nos dejan pasar a la primera aldea y puedo hacer acopio de tabaco birmano. Comemos una sopa de fideos con huevo duro, carne picada de cerdo y verduras y visitamos el puente de bambú, otra de las atracciones locales.

Lo que ni pensamiento de ir a ver es el poblado de las mujeres jirafa, show inhumano que cualquier persona que se precie de serlo debería abstenerse de promocionar activa o pasivamente. A las niñas, desde muy pequeñitas, les van poniendo collares para alargar su cuello antinaturalmente creándoles obvios problemas físicos y fuertes dolores con el único fin de montar ese show de monstruos para consumo de turistas sin criterio ni conciencia. A los padres de ellas les colgaba yo un par de pesos de los huevos para que hicieran un espectáculo guapo arrastrándolos por el suelo. Las costumbres ancestrales no lo justifican todo ni mucho menos. Ni jirafas, ni ablaciones, ni toros, ni un largo etcétera de salvajadas y sinrazones.

Tras la palicilla en moto, haciendo kilómetros como en un cohete, a mediterráneas arrancadas, frenazos y sacudidas, pillamos un hot spring a media tarde, una de esas piscinikis de agua termal sulfurosa que me sienta como un regalo. Echaba de menos los onsen japoneses. Y para rematar la jornada, después de una buena ducha, nos vamos a cenar al pueblo en el Night Market al lado del lago. Total, día completo. Otro día feliz en el mundo.

Me voy de trekking. Si no me meto en estas montañas me sale un sarpullido. Lo gatuno no quita lo montés.

Voy, con una pareja de irlandeses y un guia, a una aldea de la etnia Karen en las montañas. Por la mañana unas buenas 3 horas dando guerra, cruzando ríos de un lado a otro y algún trecho de ascensión fuerte. Otra vez las sanguijuelas. Eso sí me da mal rollo. Lo demás, en la línea. Jungla cerrada, buen ejercicio y naturaleza magnifica. Una comida frugal de arroz con pollo en la aldea y otras 4 horas por la tarde. Aquí los senderos ya se convierten en camino de carros, pedregales y barrizales. Y de vuelta a Mae Hong Son. 

Estas montañas con nieblas perpetuas son preciosas. Me he quedado con ganas de más. 

Estoy un poco preocupado porque me ha salido un bulto como una pequeña canica encima del pie. Roza con las botas y handicapa el caminar. Dice mi médico en viaje, Rosa, que puede ser lo que llaman un gangliòn, y que, si crece y da más guerra, hay que operar. Me temo que esto me hará volver antes de hora. Què se le va a hacer, ya está previsto en el plan de mi Vuelta al Mundo entrar en boxes un par de veces.

Voy bajando hacia Bangkok. Próxima parada, Mae Sariang.

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Tailandia (1) El Triángulo de oro. De Chang Mai a Pai. Un ataque por sorpresa.

Entre las fronteras de Laos, Myanmar y Tailandia, está la zona que se conoce como El Triángulo de oro, una de los lugares de mayor producción de opio del mundo. Hasta hace muy poco, era el área de donde venía la mayor parte de la heroína que se consumía tanto en Oriente como en Occidente. Hoy, ese dudoso honor se lo ha arrebatado Afganistán, pero por aquí la droga sigue siendo más común que los plátanos. Y mira que llegan a haber plátanos…

Ya estamos otra vez con la conducción por la izquierda. En los primeros momentos me despista y tengo un par de sustos.

Chang Mai es una ciudad próspera que sabe sacar provecho de su, en mi opinión, más bien mediocre personalidad. Tres o cuatro macro templos, una ciudad amurallada convertida en producto turístico de calidad, restaurantes, bares y hoteles, casas de masajes a tutti plein, figuritas y pagodas por doquier, un río vulgarote, y venta de tickets para shows de elefantes y trekkings en los alrededores. Nada que me resulte interesante. Impone la riqueza de los templos, eso sí.

Por la noche, en el interior de la muralla, se monta un mastodóntico  mercado al aire libre y, también, en enormes superficies cerradas donde se venden souvenirs, ropa playera, pashminas, camisetas y comida de todo tipo. Los turistas hacen sus compras de pantalones con elefantitos y muchos, encima, se los ponen junto con sus chancletas y camisetas de “I love Thailand” lo cual, en algunos casos, hiere la sensibilidad del viajero por más curtido en 1.000 batallas que esté. Salgo huyendo despavorido y me refugio en mi hostel.Temo por mi salud mental. Cualquier visión de estas podría ser la gota que colmara el vaso y me convirtiera, definitivamente, en asesino múltiple. Llámame cobarde, pero mañana me voy de aquí.

Chiang Rai, tres cuartos de lo mismo. Aquí el templo más famoso es el White Temple. Me declaro en huelga y me niego a ir a verlo. Me tienen contento con tanto templo. Estoy hasta los mismísimos de templos. Me va a dar algo si veo más templos. Odio los templos. Basta de templos. Por favor, por favor, por favor…

En Chiang Rai me limito a pasear y descansar, que buena falta me hace. Por la noche, también aquí la ciudad desaparece bajo las carpas y tenderetes de un kilométrico mercado. Es un monumento vivo al consumismo feroz. Esto tampoco es para mí. Mañana, carretera y manta hacia Pai.

Pai es un pueblito tipo ibicenco pero en montaña. Baretos, deporte de aventura, tiendas, tenderetes y chiringuitos. Más que un pueblo es “un estado mental”, dicen, lo cual significa marihuana, ligoteo y fiestuqui para después de motear, raftear, trekear, etc, etc.  Mucho John Lennon, mucha Yoko Ono, piscinas, música chula, gente guapa, hippies de paz y amor, rastas, bohemios…. Hay oferta a tope de masajes, tatuajes, pulseritas y colgantillos varios. A ver cómo nos llevamos pero, sitios como éste, los he visto en todo el mundo, y todos son bastante iguales. Para un par de días está bien, pero más me aburre, aunque es cierto que en estos cuadros yo, con mis pintas, quedó muy integrado. El  mundo se está homogeneizado mucho y los productos turísticos de éxito se repiten sin grandes originalidades.

Los alrededores son chulos, así que me dedico a hacer excursiones y pasear. Las montañas parecen esplendorosas, pero los trekkings se anuncian tipo “Jungle survival!”, y te sacuden 50 euracos. Turistada segura. Yo sobrevivo muy bien con 20. Mujeres, niños, hombres y ancianos con los que me voy cruzando, absolutamente todos, me ofrecen marihuana y opio. Sí, estamos en el Triángulo de Oro. Y eso en un país donde, si te enganchan con un gramo de cualquier estupefaciente en la frontera, te meten en el talego y tiran la llave.

Sin lugar a dudas, lo más impresionante de esos alrededores es el Pai Canyon, realmente vertiginoso. Allí, me salgo de pistas y sigo un sendero que no está en el mapa. Va a parar a unos campos. A la vista, solo una ternera bien crecidita pastando y, a los lejos, una hacienda grande y prospera.

Y ahora viene un momento delicado para la credibilidad de este blog y de su autor, un servidor. No hice fotos ni tengo prueba alguna, por razones obvias como se verá, pero… la susodicha vaquilla ME ATACÓ. Sí, juro por lo más sagrado que la muy puñetera me ataco. A mí, que soy radicalmente anti-taurino convencido por los cuatro costados.

No entiendo porqué hay que ponerle un diminutivo despreciativo a 200 kg de carne viva y cabreada, así que no me volveré a referir más al animal en cuestión  como “vaquilla”. La vaca, ya me venía mirando de soslayo siguiendo mi caminar pero, de pronto, bajó el testuz y se puso a galopar hacia mi soltando coces al viento. Cuando estaba unos 10 metros, yo parado, más por espanto que por valentía le pegué un grito, nada torero sino más bien de exclamación entre sorprendida y asustada, y el astado se paró en seco como si le hubiera pegado una pedrada en toda la frente. Supongo que solo quería marcar territorio y, desde luego, lo consiguió. El susto no me lo quita nadie.

Y así ocurrió y así se lo contamos señores, aún consciente de que mis amigos más cabroncetes utilizarán el desagradable suceso para mofarse despiadadamente de mi y que sus bromas, chistes, chanzas y chascarrillos, me caerán como chuzos de punta. Allá ellos, yo cumplo con mi obligación de explicar la verdad, y toda la verdad, a mis seguidores de buena voluntad, que también los hay.

Al final, por no volverme a encontrar con la antipática lechera, salí de la montaña por el lado contrario al que había llegado, a 10 km de Pai. Dos horas de caminata por la mañana y casi cinco por la tarde. Sin comerlo ni beberlo me ha salido un trekking de lo más curioso.

Dios, en cuanto lean ésto algunos que yo me sé, la que me va caer! Ya oigo los graznidos de los cuervos…

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Myanmar (y 5) Un Uposatha en Mandalay. Amanapura.

En viaje, cada uno pone su intuición, su curiosidad, su actitud, interactúa con el entorno y la vida va tejiendo para él, puntada a puntada, un viaje a medida.

Yo quería pasar mi último día en Myanmar tranquilo, encerradito en el hostel organizando mi próxima etapa, pero…

Al llegar a Mandalay me doy una vuelta y me paro a hablar con el propietario de un restaurante. Me explica los platos de su carta y quedamos que quizás vendré a cenar. Voy por la noche, el señor pregunta si se puede sentar conmigo para practicar ingles y le respondo que encantado. Hacemos buenas migas. Me dice que mañana es un día importante en el budismo, una especie de Sabbath, y se ofrece a venir a buscarme al hotel para ir a Amanapura donde, me explica, se celebra una ceremonia especial.

Naturalmente, me apunto. Soy fácil de convencer.

A las 8 de la mañana, Win, que así se llama mi nuevo amigo, está puntual en la puerta del hostel con una moto, me monto, y nos vamos para Amanapura, la “Ciudad de la Inmortalidad”. Son poco mas de 10 km desde Mandalay.

Los Sabbath o Uposatha son, coincidiendo con las fases lunares, días de “especial observancia” de preceptos budistas que, en esencia, coinciden bastante con los cristianos. Teoricamente, son días de meditación y abstinencia relativa, una especie de lo que era nuestro domingo hace más de medio siglo. En realidad, a los budistas les gustan tanto los festivales que los  Uposatha son más días de fiesta que de recogimiento, aunque digamos que también de eso hay algo. Se trata de no decir mentiras, no ser violentos, no robar, abstenerse, más o menos, de sexo, moderarse en la comida, hacer meditación, etc, etc.

Hablando de meditación, una curiosidad: en el bar del hostel, después de cenar, me encuentro a Renè, mi amigo austriaco. La meditación en el monasterio le ha durado muy poco.

Win me lleva a visitar Mahamuni, un templo grandioso con un buda enorme al que la gente reverencia y cubre, literalmente, de oro que compran en láminas allí mismo. El lugar es una feria, una verbena, un parque temático del budismo. Resulta curioso ver la cantidad de dinero que mueve la religión. La gente cree que con dinero se soluciona todo, incluso la vida después de la muerte. El tema tiene guasa y dice mucho del ser humano.

Ya en Amanapura, Win me lleva a más templos, al lago Taung t’ha man y a pasear por el U Bein bridge, un puente de madera de más de 200 años de antiguedad. Al final, asistimos a la ceremonia del Uposatha en el monasterio de Maja Ganayon Kayaung. Allí, cientos de monjes y novicios desfilan solemnemente para recoger sus raciones de arroz mientras la gente les va dando dulces, bolígrafos y algo de dinero para contribuir a su alimentación y formación.

La  jornada es intensa y abarrotada de sensaciones.  Nada que ver con lo que había planeado. Win, empeñado en darme una clase exhaustiva de su religión y su ciudad, no me deja ni respirar. Súbete a la moto, bájate aquí, mira allá, quítate los zapatos, vuelve a ponértelos… Y no para de hablar ni un momento. Es agotador.

Después de comer, cruzamos el río por el Ava Bridge para pasar a Sagaing, el pueblo vecino, y subimos a la colina que lo preside para tener una vista de cientos de relucientes pagodas que salpican la ribera.

En la Academia Internacional de Budismo (sí, eso existe), sin un solo occidental a la vista, aparece una moto y, como no, de paquete viene…Renè. Le pregunto muy serio si me está siguiendo y nos partimos de risa.

Volvemos a Mandalay por otra carretera, pasando por el Royal Lake, lloviendo, a sacudidas entre un tráfico de hora punta en capital asiática, lo cual tiene más peligro que una estampida de bisontes aterrorizados por un incendio en la pradera. Me agarró los machos y me encomiendo a todos los santos. Los frenazos y los bocinazos me mantienen con los ojos como platos aunque me gustaría cerrarlos. Me siento totalmente en manos del destino.

No sé cómo, pero desde luego milagrosamente, a las 5 de la tarde llegamos al hostel. Me bajo y tengo la tentación de tirarme de rodillas al asfalto y besar la tierra como si hubiera sobrevivido a un naufragio. Tengo las piernas como después de haber galopando a lomos de un caballo salvaje durante 10 horas, y camino como un vaquero de 90 años. Win me ha dejado hecho polvo. Madre de Dios que viajecito!!!

Naturalmente, voy a cenar con Renè porque, si no quedamos, nos vamos a encontrar igual. La ensalada de berenjena con cebolla y cacahuetes del restaurante de Win está de vicio. Y con eso y una tempura de pescado y verduras hago mi última cena en Myanmar.

Ahora sí me voy. A Tailandia, nada menos, el Reino de Siam.

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Myanmar (4) Hsipaw-Bagan. Vértigo.

Quiero ver el acueducto Goteik, un puente vertiginoso que une, por ferrocarril, Hsipaw con Mandalay. Yo me bajaré en Pyin Oo Lwin.

El tren en cuestión es destartalado y sucio. Va tremendamente lento, tarda 7 horas en hacer poco más de 100 kilómetros, pero la sensación de inseguridad es acongojante. El balanceo es muy poco natural y no puedes mas que pensar que “eso” descarrilara un día u otro. Espero que no sea hoy.

Sigo con Renè de compañero de viaje. El quiere quedarse en Pyin Oo Lwin haciendo meditación en un monasterio budista. Cada quien es cada cual. Yo continuaré hacia Bagan, ya en bus.

El viaje es de lo más aventurero. A través de las desconchadas y oxidadas ventanas pasan tierras de cultivo salpicadas de los tipicos gorros cónicos de caña que protegen a la gente que los trabaja, gente dura y curtida a fuego lento por un sol de justicia. También se ven aldeas con chabolas indignas, canteras y colinas. Hacemos cuatro o cinco paradas en paupérrimas estaciones donde puedes comprar, a precio de miseria, comida y bebida al son de música de radio exotica y peliculera…

El acueducto, puente, o como quieras llamarlo, impresiona. En cuanto lo ves dan ganas de decirle al revisor que pare y hacer el resto del camino a pie o haciendo el pino si es necesario. Cualquier cosa menos meterte ahi. El puente parece terroríficamente simple. Unas vias sostenidas por quince torres, cuatro hierros como quien dice, y debajo, un abismo. Lo dicho: eso un día no muy lejano caerá. Mientras pasas, con un barranco debajo por el que discurre un río que, desde la altura, es poco más que un hilito de agua, en el vagón se hace un silencio solemne. La experiencia es estremecedora y el vértigo es de ponerte de punta los pelos del cogote. Sin darte cuenta, dejas de respirar, el corazón se acelera y, al llegar al otro lado, casi se puede oír un tangible suspiro coral como si todos los pasajeros soltaran al mismo tiempo el aire contenido en los pulmones. Es impactante.

Días más tarde, en Mandalay, me enterè de que el viaducto de Goteik lo construyeron hace más de cien años los ingleses y, precisamente porque ya no se considera seguro, está previsto iniciar en un par de años la construcción de uno nuevo en una colaboraciòn entre Myanmar y Corea del Sur. Ya me lo digo yo: cafre, Nacho, eres un cafre.

En Pyin Oo Lwin vamos a parar al gesthouse más kitch que jamás he visto. Largos pasillos decorados con flores, sombreros, cestos, frutas de plástico y figuritas por todos lados. La habitación es como si Kandinski se hubiera vuelto loco y hubiera empastifado paredes y suelos tirando las pinturas sin sentido y con rabia en un ataque de delirium tremens. La gente es en extremo servicial y la situación es de sueño surrealista. Con 5 euros, solucionado hospedaje y desayuno.

En realidad, todo Myanmar es surrealismo puro. Las paradojas son la normalidad, desde las adaptaciones musicales al birmano del pop occidental, hasta los pegotes de lujo que suponen las brillantes y doradas pagodas rodeadas del más mísero chabolismo. Y pasando por sus decoraciones chillonas, y sus encajes de la abuela, y sus hombres delgaduchos cómo sanguijuelas con su pareito, su sombrero cònico y sus dientes de zombi, rojos-morados de masticar la adictiva hoja de Betel con nueces de Arauca que les hace escupir constantemente… Y las mujeres con los empastes de Tanaka, y sus cielos claros con cúmulos de nubes multiformes y…. Dali aquí se hubiera divertido como un niño y hubiera hecho una sopa pictórica de lo mas histriónico.

Siguiendo con Pyin Oo Lwin (pronunciado Pinoluin), el pueblo es una pequeña India con tiendas de pashminas y restaurantes de chapati, todo muy cursi y recargado con una mezcolanza de religiones conviviendo en perfecta armonía. Por la noche, el neón se apodera de las calles, calesas tiradas por caballitos pasean a turistas nacionales y los jóvenes se reúnen en las esquinas, bares y restaurantes vestidos y repeinados con tejanos rotos y tintes cantarines. Es un pueblo curioso. Si tuviera tiempo me quedaría un día más pero, en 5 días, tengo ya vuelo a Thailandia.

A la mañana siguiente sigo viaje a Bagan, la Siem Riep de Myanmar.

Bagan es una interminable sucesión de templos, estupas y pagodas. El conjunto arqieològico es una maravilla y los templos belleza pura . El chiringuito turistico-religioso está muy, pero que muy bien montado y, además de los 20 dólares que te cobran para entrar en la ciudad, se inflan a recibir limosnas y donaciones. Mañana harè un intensivo y lo veo todo.

La visita la puedes hacer sin organizacion alguna, a tu aire y como te de la gana. Mucho más fácil e independiente que en Siem Riep. La jornada es agotadora. Con sandalias, ya que en cada entrada has de decalzarse, caminas y caminas sin mas descanso que los propios templos en donde el fresquito te libera un rato del calor que aplasta Bagan como un castigo divino.

Hay tantísimos lugares que visitar, que la muchedumbre se dispersa y no agobia. En muchos sitios te encuentras absolutamente solo. En eso, Bagan tambien gana a Angkor.

En los lindes de los caminos, modernos esclavos pican piedra para la continua restauración de templos sudando a mares. Los más afortunados, a la sombra de un árbol, los más desgraciados, a pleno sol. Una sola jornada de ellos sería para cualquiera de nosotros una insolación mortal.

A partir de las 12,30 el calor cae a plomo. Aguanto 1 hora más y paro en un restaurante indio con una terracita fresquita y agradable y mesas de mantel a cuadros. Me sacudo el mejor pollo Masala con chapati que he comido nunca. Simplemente una delicia. Manjar de reyes y dioses, muy adecuado con el escenario. Una cerveza helada me eleva ya al séptimo cielo, y un purito birmano me hace pensar qué he hecho yo para merecer esto. Feliz como una perdiz. Qué bien se està cuando se està bien!

Dicen que el atardecer desde los templos de Sulamani, Buledi y Shwedandaw es espectacular, pero mi espíritu de contradicción me lleva a verlo en el rio, en New Bagan, un barrio muy olvidado por el turismo ante la magnificencia de Old Bagan. En mi atardecer, ni un occidental a la vista. Paz y tranquilidad.

Mañana ya me voy a Mandalay y, de ahí, a Tailandia. Nuevo país, nueva etapa, nuevas vivencias.

Pero…

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Myanmar (3) Hsipaw. En el corazon del estado Shan.

Un viaje es la mejor forma de encontrar salida a los laberintos en que a veces nos metemos en la vida. Cuando estás en lo que ahora se ha dado en llamar un “bucle negativo”, permanecer en el hábitat del problema es darte cabezazos contra la pared. Un viaje, más o menos largo, más o menos lejos, destensa las meninges y libera el espíritu. No sé exactamente el por qué, supongo que se trata de una cuestión de perspectiva.

Puedes tomarlo como un remedio de la abuela, pero es efectivo, cuesta lo mismo que un psicólogo y los correspondientes antidepresivos, ansiolíticos y similares, y no tiene efectos secundarios negativos. No se trata de una semanita en Benidorm, pero tampoco es necesario dar la vuelta al mundo. Es darte un tiempo y un espacio. A poder ser, solo o sola, eso sí.

Alguien dijo: “La respuesta está en un viaje. No importa la pregunta”

Llego a Hsipaw tras un palizón de 15 horas en un bus con asientos diabólicos. Tengo el culo cuadrado. He salido a las 3.30 pm y veo salir el sol poco antes de llegar.

Hsipaw como ciudad, desde dentro, no tiene grandes atractivos. Mucho chabolismo, un bonito rio enmarcado en montañas, las consabidas pagodas, un mercado y, eso sí, como en todo Myanmar, montones de sonrisas y buena gente. En cambio, si te subes a la Sunset Hill, es una foto espectacular. Cuestión de perspectiva.

Jordi se ha ido ya a Mandalay. Sigue su camino. Lo hemos pasado bien. Ahora viene conmigo René que, aunque lo parezca por el nombre, tampoco es francés, sino austriaco. Simplemente, a su madre le gustan los nombres en francés. Le conocimos en el bus, es abogado y tiene 31 años. Ha perdido el trabajo, ha dejado una relación y se ha regalado un par de meses de viaje para pensar. Sigo encadenando amigos de viaje. Unos vienen, otros se van. Guillermo, Encarna, Jordi, René,… A este paso voy a perder mi trabajado y merecido prestigio de asocial.

Otro trekk, otro grupo. Esta vez somos 7, y vienen de Francia, Estonia, Malasia, Austria y Sudáfrica.También jóvenes y también, quien más, quien menos, todos agradables y educados. El guía, un birmano de la etnia Thai que no para de hablar, es delgaducho en extremo, muy atento y profesional. Pienso que será un paseo tranquilo…y me equivoco.

La chica de Malasia, un encanto de criatura que parece un dibujo animado japonés, pequeñita, redondeada y con gafas, a las 2 horas ya no puede con sus huesos y retrasa al grupo. El camino está, como no, embarrado a tope, y Jen, que así se llama, resbala constantemente y se da unos costalazos considerables. Ella se desespera y el guía más. Cojo a la chavala y le digo que me de la mochila y que se quite los zapatos, unas bambas inaceptables para trekkear. A partir de ahí, con paciencia, vamos tirando. Me va dando las gracias cada dos pasos hasta que le digo que se calle, que se concentre y tire. Una parte de cariño, dos o tres golpes de severidad y un poquito de sicología trilera de montaña y la chavala llega a destino más contenta que unas pascuas. A mí, cargado con unos 12 kg entre las 2 mochilas, el día se me ha hecho largo. El guía me pregunta que hago para tener esta vitalidad. Le contesto que no es una cuestión de entreno ni de alimentación, si no solo la falta de sexo. Todos ríen, pero, a lo peor, es verdad.

Llegamos a la aldea donde haremos noche a las 14.30 tras 6 horas de caminata por campos de arroz, plantaciones de te y trigo, bosques y colinas con alguna subidita nada desdeñable.

Para comer nos preparan un delicioso ‘rice curry”, un plato típico de Myanmar que consiste en arroz y varios platillos con diferentes especialidades, todas para chuparse los dedos. Hojas de pimienta con ajo, hojas de té con cacahuetes, patatas con calabacín… Otra degustación gastronómica para alucinar. Con nada consiguen unos resultados espectaculares. Es curioso porque me habían dicho que en Myanmar se comía mal. Cada uno explica la fiesta según le va.

Por la tarde damos una vuelta por la aldea. Es un poblado montañés de la etnia Palang custodiado a la entrada por una guardia personal de imponentes árboles milenarios. Son unas 200 humildes casas, una pequeña pagoda y un magnífico monasterio budista de madera y cañas con techo de hojalata. El entorno es puro bosque.

La sencillez de la vida de esta gente es sobrecogedora y la comparación con nuestra sociedad de consumo inasumible. Te remueve por dentro como para pensar que la injusticia en el mundo es de tal entidad que no puede existir ningún responsable más allá porque, si existe, es para renegar hast quedarte sin garganta.

Allí se levantan con el sol, se ponen un cesto a la espalda, cogen una azada y salen al campo a trabajar hasta el atardecer. Cargados de hijos, viven en la misma chabola juntos y hacinados hasta 4 generaciones, no tienen ni agua corriente, ni lavabos, ni televisión, ni más luz que cuatro bombillas. Se espabilan con 4 cacerolas, un fuego en el suelo, una cuchara para cada uno y lo que les da la tierra que cultivan para comer. Se reúnen en un colmado que tiene un aparato de música o en la pagoda, se distraen moliendo té, se lavan en la fuente, sus utensilios de trabajo son del siglo XIX y los niños juegan con una caña que utilizan de caballito. No saben lo que es un frigorífico ni les importa un comino, jamás han visto un cine, ni unos grandes almacenes, ni un estadio deportivo, ni una autopista. Nunca cogerán un avión ni un barco, nunca irán a un concierto, ni a la playa, ni a la nieve, ni a un restaurante…Y viven. Y son felices sin más. Y sonríen.

Y de cenar otro rice curry sin desperdicio. Esta vez lentejas amarillas, pollo asado, raíces de maíz y otro plato inidentificable. Salgo a la terraza y la señora de la casa está lavando los platos. A su lado, el marido ata las patas a una gallina, le corta el pescuezo y recoge la sangre en un cazo. Tira la gallina en una jofaina donde agoniza retorciéndose. Hay luna llena… No, no. No creo que tenga nada que ver la luna y el degüello. Es solo.para cambiar de tema.

Me meto al coleto un vaso de vino de arroz y me duermo en un santiamén. El día ha sido más duro de lo que pensaba.

Me despierta a las 5.30 a.m. un gallo tempranero. Tengo los hombros un pelín destartalados pero todo esté en unas condiciones aceptables. Un desayuno ligero, una limpieza general como los gatos y al camino. Nos despedimos del pueblo desde una atalaya con una magnífica vista. La jornada resulta, hoy sí, muy tranquilita. Ya me he acostumbrado al peso. A  las 11 h estamos en unas terrazas en la base de unas cataratas donde nos refrescamos tras 18 km más. Jen ha marchado bien. Un poquito de energía positiva ha sido suficiente.

Llegamos a Hsipaw y, después de una ducha reparadora, me da tiempo para ver la puesta de sol. Paz y silencio.

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Myanmar (2) El lago Inle. Fascinado.

Me pregunto cuánta gente ha dado la vuelta al Mundo en los últimos 50 años. Voy a hacer unas cuentas…

Hay unos 200 países en el Mundo. Podemos contar que 1.000 personas por país han hecho el Gran Viaje? Desde luego, en muchísimos países, quizás la mayoría, ni 1 sola persona en la historia ha tenido esta oportunidad. Pero pongamos 10 veces más, 10.000 personas por país. Pues, con esa hipótesis, 2.000.000 de personas habrían dado la Vuelta al Mundo. Pero pongamos 10 veces más:  20.000.000 de personas. Me equivoco o eso sería un 0,3% de la actual humanidad? Es una dimensión de privilegio tan exagerada que me resulta inasumible. No sé.

Haré el trekking al lago Inle con un holandés de 23 años que, sin ninguna relación con Catalunya, se llama Jordi, y con una guía que se llama Anastasia sin nada que ver tampoco con Rusia, los Romanov, ni las princesas. En Myanmar nada es lo que parece.

Primer día, 25 km por caminos con poco desnivel, con vistas preciosas entre arrozales, bosques, antiguas vías de tren todavía en servicio, valles y aldeas de etnias Palaung y Da Nu. Pura vida, pura belleza.

Hoy, una amiga que sigue este blog me decía que encontraba mi viaje “fascinante”, y he pensado que ese era el adjetivo que yo buscaba. Sí, estoy fascinado, vivo fascinado por este mundo que cada día me alimenta de nuevas experiencias sin dejarme digerir siquiera las del día anterior. E intento explicar y fotografiar esto que estoy viviendo pero es imposible plasmar todo lo que veo y lo que siento al verlo. Son una continua sucesión encadenada, interminable y desbocada de olores, imágenes, sabores, sensaciones, reflexiones, sentimientos… Esta noche, en la cabaña de nuestros anfitriones, después de una deliciosa cena vegetariana con arroz y platillos de judías, coliflor, espinacas y huevo duro, todo especiado como nuestros paladares no tienen ni idea que se puede condimentar la comida, he salido a fumar mi último cigarrillo del dia. En el interior de la cabaña, se oían risas y conversación lejanas en un extraño idioma, y fuera, conmigo, solo me acompañaba el silencio envuelto en el cri-cri de los grillos. Arriba, el cielo con una luna envuelta en nubes y dentro de mi, pensamientos de todo tipo que se agolpaban por ser atendidos con algo de tiempo y sentido. Y yo me decía: Es como si estuviera dentro de una película. Como explico yo esto? Cómo se explica está catarata de lo que veo, pienso y siento al galope, con escenarios como estos, día tras dia y noche tras noche sin solución de continuidad? Y esto no ha hecho más que empezar…

Jordi es un chico educado, inteligente y centrado. Ha acabado la carrera de abogado y serà un gran penalista. Me recuerda a mi hijo. Y Anastasia es un encanto, una bomba de energía positiva y espíritu de superación. Nos llevamos perfectamente.

Nuevo día. Más camino, mas aldeas, más fértiles tierras de cultivo en un día radiante que, por la tarde, se nublará dejando caer alguna gota de lluvia sin más complicación . A media mañana se incorporan al trekk un grupo de 7 personas: 2 parejas d israelíes, otra de holandeses y un francés. Todos gente joven, rondando los 30. Si alguien me pregunta la edad que tengo les contesto: En que pierna? Ya me entienden.

Hay un montón de israelitas viajando. Es costumbre allí viajar unos meses después del servicio militar que dura, mínimo, 3 años para los hombres y 2 para las mujeres. No es fácil la vida allí. Yo no opino. Sinceramente, opinar sobre un tema tan complicado como el problema judeo-palestino sin ni siquiera haber estado allí, basándome en noticias de los medios y cuatro opiniones y lecturas, me parece una temeridad. Tampoco creo que la buena y la mala gente sea una cuestión de nacionalidad. Hay de todo en todos lados. Si tuviéramos menos prejuicios, menos banderas, menos fronteras y, sobre todo, menos y mejores políticos, el mundo sería un lugar más feliz.

Con tanta gente hay un poco más de barullo y lentitud, Hablan demasiado y el trekk se vuelve un poco paseo por el campo tipo tralarí tralará. Qué se le va a hacer. Yo me coloco siempre un poco por delante o un poco por detrás. Me gusta oír el bosque y los campos. Recorremos 25 km en todo el día aunque, caminar, caminar, entre 6 y 7 horas. Hoy dormimos en una aldea Pa Oh. La cena resulta otra vez un menú degustación delicioso en una especie de ONU sentada alrededor de una mesa con buenas vibraciones y, a las 9, todo el mundo a la sala dormitorio común habilitado con delgados colchones y gruesas mantas. Los chavales son todos gente formada y viajada con una conversación fácil e interesante. Mañana a las 6,30, toque de diana.

Anastasia, por el camino, nos va enseñando árboles, frutos y costumbres, nos lleva de visita a una escuela y gestiona el trekk con habilidad. Y fin de trayecto. Llegamos al lago Inle tras 15 km más de caminata. Nos trasladan al pueblo en barco. Casas y cultivos flotantes, pescadores y un cielo claro cierran la etapa.

Han sido 3 días magníficos, aislado del mundo, con un montón de experiencias enriquecedoras. Sigo creciendo con la sutilidad de la aguja de las horas del reloj, casi sin darme cuenta pero sintiéndolo tangiblemente en mi interior. Es como una deriva hacia algo confortable. Cada dia veo mas claro que no se nada, caen algunos de mis dogmas sin estruendo y consolidó valores nuevos con naturalidad. Es una sensación liberadora.

En Inle descubro dos cosas insanas pero muy buenas. Tabaco y vino birmano. Mal vamos. Prometo ser prudente. A cambio, cada día como más fruta y verdura y apetece menos la carne. A ver dónde irá todo esto….

En Inle, por primera vez quizás en 20 años, cojo una bici y voy a hacer una degustación de vinos en las viñas de Red Mountain. Parece mentira, pero una horita de pedaleo me vale para agenciarme unas agujetas considerables.

Dos días de descanso en el lago recuperando fuerzas y ya me subo por las paredes. La inactividad no me va. Me alojó al lado de una pagoda y a las 5,30 a.m. empiezan los cansinos canticos y oraciones…Una pesadilla. Los budistas tienen, con todo el respeto, menos gracia cantando que un hipopótamo bailando la polka.

Ya he descansado bastante y sigo hacia el  Norte. Espabilando que es gerundio. Quiero hacer otro trekk en Hsipaw, en el corazón del Estado Shan.

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