Etiopía (y 7) Sonrisas y miedos. Cortocircuito. Notas de viaje.

Consejo de viajero. 

Sonrisas y miedos.

En viaje mézclate con los nativos, con prudencia, a su ritmo. Di hola, gracias y adiós. Apréndelo a decir en su idioma. Se educado, caballeroso, amable… No te creas superior, ni siquiera diferente. Por dentro son iguales que tú. Y por fuera muy parecidos.

Y colabora con quien lo necesite… No tengas miedo. Hay que estar atento pero no tener miedo. Los lobos huelen el miedo. Y a los lobos se les ve de lejos. La gente se pasa la vida con miedo. Miedo a perder el trabajo, a perder la pareja, a perder la vida, a perder dinero … Y la vida va pasando.

Y, sobre todo, sonríe. El poder de la sonrisa es impresionante.

PEEERO…. sentido común. En África esto es diferente. En África eres un dólar rodando por la calle. Quien se acerque a ti, o la inmensa mayoría, es porque quiere algo. Y las mujeres, cuidadín. No estoy diciendo que te vayas con el primero que diga que te va a enseñar un sitio donde se ve la mejor puesta de sol del Mundo mundial….

Seguimos… No puedo dejar de visitar el mercado antes de irme de Dinsho. Es el día más importante para el pueblo, una verdadera fiesta semanal. Y lo hago, pero… algo va mal, la mochila pesa el triple que ayer, no me encuentro bien. Voy arrastrado.

Un sobresfuerzo después de comer me ha cortado la digestión. Estaba demasiado cansado y he comido sin hambre. Sin tiempo para hacer una mínima digestión nos hemos puesto en marcha en pendiente muy exigente y ha pasado lo que tenía que pasar. Cortocircuito severo. Todos mis sistemas han dejado de funcionar. No he hecho caso a mi cuerpo. Error.

El viaje a Bale Robe resulta una tortura. Encuentro hotel, consigo, apretando los dientes, llegar a la estación de autobuses y me hago con un ticket para salir mañana a Addis a las 5.30 a. m. No puedo más. Me tiro en la cama, duermo a ratos y subo, como en un mal sueño, a mi último autobús con dirección a la capital.

No hay nada peor que viajar enfermo, y más en un autobús africano por carreteras africanas. Entre unas cosas y otras son casi 12 horas para llegar a mi pensión en Addis, hogar dulce hogar, o algo parecido. Otra vez viene la noche. Estoy débil y agotado pero parece que con un día y medio de ayuno voy remontando poco a poco. Me sienta bien una pechuga de pollo a la plancha. Todo va entrando en una destemplada y atropellada normalidad. Tengo un día y medio para acabar de recuperarme, atar los últimos detalles y encarar un nuevo cambio de país. La aventura etíope termina y Kenia espera.

Algunas notas de viaje.

Etiopía ha sido complicado. A veces, cuando salgo de viaje alguien me dice: “Disfruta. ¿Para eso viajas no?” Pues no, no exactamente. Yo viajo para conocer, para saber que hay más allá de mis narices y, eso, a veces me hace disfrutar y a veces sufrir. Se idealiza demasiado el viajar. En realidad se confunde con las vacaciones. En ocasiones un viaje es como un combate a 10 asaltos y con algún golpe bajo. Como todo en la vida, viajar, lo que se dice “viajar”, tiene su cara y su cruz. Y en Etiopía, desde luego, hay mucha, pero que mucha cruz.

Este es un país muy suyo, con su propio sistema horario, su propio alfabeto, etnias y religiones de todo tipo y, además de su lengua oficial, el amárico, otros 80 idiomas y 200 dialectos. Guerras, hambrunas, analfabetismo, sida y otras plagas han sumido a este país y a sus 100 millones de habitantes en un pozo hondo del que es difícil salir.

Sí, Etiopía ha sido un viaje difícil y también revelador. El clima y la miseria me han hándicapado desde el primer al último día y las condiciones de vida de esta gente me han puesto en los morros un África que estalla en cualquier mente decente con metralla peligrosa.

He viajado con ellos pero, desde luego, aunque de forma muy sencilla, he vivido varios escalones por encima en esta escalera infinita que nos separa y, a pesar de ello, he visto demasiadas cosas como para quedar indiferente y olvidar. Ni puedo ni quiero olvidar.

No sé si aconsejar a nadie este viaje, pero sí pido que la gente tenga en cuenta que, en este Mundo que habitamos todos, nosotros ocupamos un lugar de privilegio absoluto. Seamos sencillos y felices con nuestra vida porque la comparación con la suya es insultante y el inconformismo y la avaricia occidental clama al cielo. En Etiopía te queda aquella sensación de que hay algo tremendamente equivocado, que “esto no puede ser verdad”.

Y no es un tema fácil, en absoluto. Yo no voy de posturitas. Hay que buscar alternativas de ayuda, pero es obvio que la solidaridad no es una opción, es una obligación. Creo firmemente que, si continuamos en Occidente con nuestro ritmo consumista, con nuestra actitud ciega y egoísta, estaremos siendo complices de una injusticia indigna y bochornosa. Y también creo que, en ese caso, de alguna forma, un día u otro, en una generación u otra, Dios, el cosmos, el destino, la lógica, o aquello en que cada uno quiera creer, nos lo harà pagar. Caro.

Si hay un terrible error de base en la sociedad es creer que tu casa es el cubículo de 60 o 120 m² donde duermes. Una de las cosas que te enseña viajar es que tu casa es el Mundo y, aunque en el salón haya fiesta, en el comedor hay gente que tiene hambre y el porche está abarrotado de plástico y porquería que ya entra por el pasillo. Y, por cierto, no se si lo has visto pero, además, tu casa, desde la habitación de Canarias hasta la del Amazonas… se te está quemando.

 

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Etiopía (6) Último asalto: Dinsho, Bale Mountains

Nuevamente en Addis. Que más contar de Addis…

Ah, sí… a lo peor alguien se equivoca si no aclaro un tema. No es que Addis Abeba y Etiopía vayan mal ¡¿eh?! ¡Ni mucho menos! La economía va estupendamente y la política no te digo.

Los chinos y los americanos, al igual que cadenas como Harriot, Hilton o Meridian, están levantando aquí, supongo que con elegantes socios etíopes, enormes rascacielos y hoteles lujosísimos. Y también obtienen suculentas concesiones para hacer carreteras que quedan destrozadas en un santiamén a la que caen cuatro gotas.

Y el Palacio Nacional, fuertemente custodiado, es para verlo. Tiene unos maravillosos jardines donde los mandatarios encuentran la paz y tranquilidad necesaria para pasear elucubrando planes para seguir haciendo feliz al pueblo.

Sí, Etiopía va bien… Para unos pocos. Las empresas han de ganar dinero, han que pagar a ejecutivos y han que retribuir a los accionistas… Y.también aquí, igual que en todos lados, el pez grande se come al pequeño en vez de cobijarlo bajo su dorsal…Mientras, las consciencias siguen limpias, las iglesias de todas las confesiones están llenas de devotos y el Mundo sigue rodando. No pasa nada

Yo, lo confieso, me como un Chekena Tibese y bebo una cerveza en mi restaurante favorito de Addis: Family Rose. No lo disfruto. Mis emociones, pensamientos y sentimientos van a mil. Demasiado ràpido. No sé. Aquí te planteas muchas cosas. El saber sí ocupa lugar. Y pesa. Salgo de Addis…

Un nuevo viajecito de bus a Shashamane, miniván a Dinsho y tiro porque me toca.

Desde Seshemene aparece un África verde de una sucesión de poblados con una mezcla de casas de adobo, algunas pintadas con colores pastel, chozas, graneros de troncos y mezquitas como de plastelina y papel cartón. Caballos, ovejas y vacas salpican el paisaje aprovechando el festín de hierba y los ríos se manchan de color con mujeres haciendo la colada y la ropa secándose al sol. Es un África rural y fresca.

Pero son sólo pequeños pedazos. En seguida llegas a otra pequeña o mediana ciudad sucia y destartalada con humana inhumanidad.

Subimos por un puerto de montaña y monos, ciervos y jabalíes se mezclan al lado de la carretera con el ganado doméstico. Llegó a Dinsho y cojo una habitación en una pensión de mala muerte. Las condiciones higiénicas son de enfermar. El pueblo es tenebroso. Ceno en un tugurio rodeado de lo que podría ser perfectamente una patrulla de Al Fatha. Aquí hay mucho musulmán radical. Soy el único “faranji” en el pueblo, cae la noche y no hay ni un gato pardo. Ni blanco, ni negro. Ni ratas siquiera. Se lo habrán comido todo. Parece que este último asalto del viaje a Etiopía también será durillo. Me encierro a cal y canto en la habitación.

Cae un diluvio como para hundir el Titánic. Va a ser difícil hacer un trekking sin arriesgarme a una pulmonía. Decido que haré caminatas de ida y vuelta por el Parque Nacional pero no me quedaré en las montañas haciendo travesía.

Esto es el África “fea”, sin lodges ni safaris, la que únicamente vislumbran mínimamente los occidentales que pasean por aquí en 4×4, la que no enseñan más que de pasada los documentales, la de las chabolas, basura y niños estigmatizados con pobreza sin remedio. En la tele no enseñan esto, solo enseñan miserias extraordinarias en catastrofes naturales, conflictos bélicos o sus “después”. Lo que yo veo y vivo es lo habitual, quizás el  “antes”, la vida diaria y normal de cientos de millones de personas, igualitas que nosotros, que nacieron en el lugar equivocado. La triste realidad que hace que, de lugares como este, hombres, mujeres y niños traspasen cordilleras, se  enfrenten a los elementos y se tiren al mar en busca de una esquinita del paraíso occidental. Esa gente a la que nosotros les cerramos la puerta en las narices sin buscar ni alternativa ni solución. 

Al lado de todo esto y, a la vez apartado, está el Parque Nacional Bale Mountains. Dos días trekkeando por estas maravillosas montañas. He contratado un guía, Muda. El satélite, por muy bien que marque los senderos, no es aquí suficiente y, en caso de una emergencia, no te va a servir de nada.

Bosques fantasmas, prados y extrañas flores, considerable altura y desnivel, preciosos nyalas, astados los machos y delicadas las hembras, huidizos babuinos y warthogs, los jabalíes africanos, barro…

Dinsho está a 3.000 metros sobre el nivel del mar y en los paseos por el Parque nos ponemos hasta los 4.000. Todavía no me he adaptado a la altura, pero estoy en ello. 

Descansos en campamentos de montaña para comer las provisiones de arroz o pasta con verduras, regadas siempre con saludables tazones de té de orégano u otras hierbas que Muda va recogiendo por el camino, praderas de kniphofia, salvia y otras plantas y arbustos, ríos y saltos de agua, ranchos, jinetes, prados infinitos ….

Hoy hay mercado y, por el destartalado puente del río Web, vienen gentes de los pueblos de la montaña con verduras y ganado para vender.

Han sido 2 días de agradables caminatas por las montañas Bale pero con 2 noches en la pensión de Dinsho ya tengo más que suficiente y, volviendo de la segunda jornada, ire ya a dormir a Bale Robe. “Esto”, mi tiempo en Etiopía, se está acabando. No hay tiempo para más. 

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Etiopía (5) Harar. Las mil y una noches. Los cuentos que acabaron mal.

Toca un vuelo hasta Addis Abeba. Los aeropuertos internos de Etiopía son una de esas atracciones de obstáculos por los que la gente pagaría en Port Aventura pero que, en vivo, sin trampa ni cartón, desespera al más pintado. Traslado, controles, retrasos, cancelaciones, caos y demás vicisitudes exigen cierta habilidad y, sobre todo, mucha calma, ojito y serenidad.

En Addis me aparco un par de días para organizar. Entro en la segunda quincena de mi viaje por este país.

Addis… madres y niños tirados en la calle, hombres en el suelo desmayados, drogados o quizás muertos, uno de ellos sangrando por una enorme brecha en la cabeza, militares vestidos con uniforme de camuflaje cacheado a todo quisqui, muchedumbres deambulando, tráfico caótico, guardias, muros y alambre de espino en hoteles y negocios… Addis.

Paso una mañana de domingo de excursión urbana, de Bole a Meskel Square y de allí a los bazares del barrio de Piazza pasando por donde no debería pasar, viendo lo que no debería ver, fotografiando lo que no debiera fotografiar… Asesinando mi curiosidad. Y por la tarde, organización y descanso dominguero en un hostel casero que me da el ambiente tranquilo y la pausa para digerir tanta vida real sin que me siente mal.

Aunque muchas organizaciones occidentales jueguen con las estadísticas, esto, lo que veo, es lo que vive la mitad de la humanidad. La otra mitad, aquello, lo nuestro, el sistema confortable y consumista, se me antoja desde aquí un espejismo de poca lógica, mal provecho y con visos de acabar como el rosario de la aurora. El festín es pantagruélico, pero la cuenta va subiendo y no sé quien la va a pagar. Aunque a alguno todavía le queda más gana, que no hambre, y tiene los santísimos huevos de quejarse dando rienda suelta a su crónica infelicidad, de tanto estirar el brazo, la manga se está quedando corta ya. Alguien dijo: “Cuando veas las barbas de tu vecino afeitar, pon las tuyas a remojar”. Aquí los rasurados son más que perfectos.

Mañana a las 5 a. m. me voy en bus a Harar, un mito de ciudad. El primer occidental que la piso, en 1855, fue el explorador inglés Richard Burton quien, para conseguirlo, ya que estaba prohibida la entrada a los infieles, se vistió con ropas tradicionales y se mezcló con la multitud. Puedo imaginar lo que debía sentir.

Viajar con y como ellos es caótico, tenso, sucio y desagradable. La información es nula y el ritmo de encéfalograma plano. Las carreteras son de derribo, los olores hirientes, los espacios de claustrofobia severa, las imágenes escabrosas…

Hago 9 horas en bus y media hora en minivan, que es lo mismo que el bus pero comprimido hasta el aplastamiento. Paso por lugares y veo gente que parecen decorados y extras de películas de catástrofes y zombis. Y todo el mundo comprando, vendiendo, transportando y consumiendo khat como lo más normal del mundo sin secretismo alguno. Una locura. Y llego a Harar e incluso llego entero.

Harar fué, en el siglo XVI, un importante enclave comercial entre África, India y Oriente Medio del que hoy queda una ciudad amurallada con más de 350 callejones en 1 km², casas de llamativos colores, mezquitas y bulliciosos mercados al màs puro estilo “Las mil y una noches”… pero todo enterrado en inmundicia y miseria. Parece ser que los cuentos en cuestión acabaron mal. Muy mal. Todo el poderoso imperio de Oriente ha acabado en la más puta miseria sepultado en plástico y basura y, sus otrora orgullosos y aguerridos soldados, ciegos de khat y sin la menor dignidad ni porvenir. Un desastre.

El mercado de frutas y hortalizas es un desfile de mujeres hararís vestidas con vistosos colores, la ciudad nueva un pandemonio de muchedumbre y bandadas de “blue mosquitos”, los tuc tuc etíopes, y las callejuelas del núcleo antiguo un laberinto de pobreza inasumible.

Me alojo en una de sus casas de colores convertida en guesthouse y como una ensalada tradicional de patata en uno de los puestos del mercado. Poquísimo turismo por no decir ninguno. Esto no es para blancos. Es demasiado hasta para mi. Este extremo de Mundo es como una alucinación, como un mal “viaje” de drogadicto, un cuelgue feo con neuras de miedo y angustia entre colores de ensueño. Tengo, de tanto viajar, el estómago fuerte pero esto… esta dosis excede hasta a lo anormal.

Cae la noche, es casi luna llena. No se describir los gritos, la muchedumbre oscura, el viejo tirado entre la basura, el niño vestido de fiesta porque no tiene nada más… Hoy ha sido un día muy duro. Plego velas no vaya a embarrancar.

Paso todo el nuevo día deambulando por la ciudad, empapándome de imágenes con bandadas de niños detrás gritando “faranji”, “faranji”, que significa algo así como “forastero” o “extranjero”. Desde luego, lo soy, casi tanto como lo sería en Marte.

Coloreados callejones, mezquitas y tumbas de santones se superponen con ancianos desdentados, drogadictos sin remedio y altivas mujeres de mirada vigilante.

Parece ser que al anochecer, en un descampado de la ciudad, hay la costumbre de dar de comer a las hienas que habitan cuevas alrededor de la ciudad. Por mi, los animales salvajes mejor están en su medio y con sus medios, así que vamos a dejarlo. Mañana me levanto otra vez a las 3 de la mañana y me inserto en otra minivan rumbo a Awash. 

Tras ocho horas interminables de carretera africana que me dejan deslomado y como si me hubieran pateado el culo con ensañamiento, enormes rebaños de dromedarios anuncian que llego a Awash. El mismo colorido en los vestidos de las mujeres, la misma sucia miseria y la misma drogadicción generalizada. Calor, moscas y mosquitos. Me voy a dormir. No puedo con mi cuerpo.

Awash es una posible parada en el camino de vuelta hacia Addis desde el este. Para cambiar de dirección en este país hay que volver siempre a la capital. Cerquita de aquí hay un Parque Nacional donde ver algunos animales salvajes pero hacer trekking en el Parque es peligroso. También hay unos cañones naturales y montañas relativamente cerca del pueblo pero me dicen que hay dos etnias enfrentadas y debo ir, otra vez, con guardia armada. Estoy harto de metralletas. Tampoco tengo ganas porque he de cuidar una herida mal curada que me hice en el pie en Tigray. Por tanto, descanso, buena alimentación porque ya me estoy adelgazando demasiado, y a ver si puedo, en un par de días en Addis, organizar un último asalto del viaje a Etiopía: las montañas Bale, ya en el Sur.

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Etiopía (4) De Aksum a Lalibela. Tigray y la Depresiòn de Denakil: la belleza del infierno.

Aksum es el ombligo del cristianismo y el corazón de Saba. Es una ciudad agradable, por lo menos en comparación con lo visto hasta ahora. Llegamos casi a las 4 de la tarde y, con un par de horas, da para ver por fuera el complejo de Santa María de Sión y los monolitos. Tampoco me apetece mas.

Al día siguiente me doy cuenta que me he dejado los riñones en algún lugar de la carretera. Otra vez al coche y ponemos rumbo a Hawzien. Es domingo y las calles y senderos se llenan de riadas de fieles enfundados en sus chales, de impoluto blanco, camino de los lugares de culto. Estamos en las montañas Gheralta, un paisaje de cañones y desfiladeros al màs puro estilo Far West americano. Se trataría de subir hasta la iglesia rupestre de Abuma Yamata situada entre unos peñascos de las Gheralta. Dicen que no es fàcil.

La ascensión empieza con 20 minutos por unas escaleras de piedra hasta que viene “lo bueno”. El guía me dice: “Por ahi”, y señala unas escarpadas paredes de piedra arenisca sin asideros a la vista. Le río el chiste… pero no lo es. Subimos a pulso poniendo manos y pies donde podemos hasta llegar a una roca vertical donde dicen que nos descalcemos para no resbalar. Nos ponen una especie de arnés con el que subimos, o nos suben, agarrandonos a todo lo agarrable como si nos fuera la vida. Y es que nos va la vida. Ese arnés es tan seguro para escalar como un Dodotis.

En la punta de un cañón, en una cueva, está Abuma Yamata, una pequeña preciosidad de iglesia del siglo VI con pinturas religiosas restauradas en el XVI. El lugar es de una paz ascética impresionante y, tanto por los medios como por el fin, la ascensiòn es aventurera y bonita porque sí. Las vistas son de nido de águilas. Realmente magníficas.

En el camino a Mekele, la capital de Tigray, vemos otras iglesias pero nada comparable. Ya en la ciudad vamos a parar al primer hotel guapo que vemos en mucho tiempo. Necesitaba con urgencia adecentamiento general y colada. Estaba a puntito de tener que darle una segunda vuelta a la ropa sucia. Mis tejanos todavía están empapados del chaparrón en las Semien y de eso hace ya 3 días. Rematamos la faena con una cena internacional compartiendo con Pablo e Imanol un mixto de dips tradicionales con injera, una pizza y una hamburguesa con patatas fritas. Y cae otra botella de vino.

El nuevo día me pilla retranqueado. Me despierto con agujetas hasta en la raíz de los pelos. Les pregunto a los hermanos si a ellos les pasa lo mismo y me contestan que en absoluto. Como, a estas alturas, el viaje ya nos ha hecho amigos para bromear, les digo: “¡Coño, claro! Vosotros sois vascos”.

La Depresión de Denakil es, quizás, el lugar más inhóspito del Mundo. Vamos en una caravana de 8 todoterrenos y unas 30 personas más guías y conductores.

Estamos como a 40º, pero aquí se pillan fácil los 50º. En Denakil no hay ni ciudades ni aldeas, pero solo vivir en Berhale, al borde de la Depresión, ya es para sobresaliente “cum laude” en Inhumanidades. El aire es fuego y el lugar agreste hasta límites insospechados. Salir del coche, y dejar el aire acondicionado, apetece tanto como meterte entre pecho y espalda un tazón de lava con ahogaditos de canto rodado.

A las 16,30 estamos a 44º. Los guías y conductores montan el campamento junto a Hamedela, algo parecido a un asentamiento humano al lado de una fábrica de potasio. También tenemos compañía armada. Esta zona tiene mala reputación. Pocas leyes se respetan aquí si no entroncan directamente con el instinto de supervivencia.

En realidad, el campo base ya está montado y consiste en una especie de cabañas con paredes de palos y techo de esterilla de rafia. Lo que hacen nuestros guías es tirar unos colchones cochambrosos encima de unas camas de troncos, caña y corteza.

Arreglado el chiringuito, subimos otra vez a los coches y rodamos por un desierto de una fina capa de sal encima de 90 metros de más y màs capas de agua caliente y sal. Este lugar es la Nada y aquí nada sobrevive. Llegamos hasta las salinas del lago Daloil. Sal y mas sal. Nada y más nada.

Una cena de campamento bien organizada y a la piltra. Noche bajo las camufladas estrellas en una noche calurosa y nublada. Mañana a las 5 a.m. en pie.

Diana, desayuno y caminamos por un lugar indescriptible con una mezcolanza de materiales, colores y olores entre avérnicos y galácticos. Es un paseo por el mismísimo infierno. Llegamos a unas irreales cataratas de magma, sal, cobalto, azufre, potasio… la fealdad es de un extremo que toca la belleza. Es como estar metido en un cuadro acrílico.

En este punto dejamos al resto de la caravana. Ellos van a ver un volcán a 200 kilómetros de aquí. Son 7 u 8 horas de coche que aconsejo con entusiasmo a todos mis enemigos y personas a desconsiderar. Nosotros preferimos conformarnos con volver al hotel chulo de Mekele a pasar una tarde de relajo sin más aventura que una ducha caliente de media hora.

De vuelta hacia allá, siempre azotados por un viento rabioso e inclemente, nos van enseñando nuevos paisajes y rincones de este antiparaiso con actividad volcánica. Un venenoso lago de potasio, pozos hirvientes, lotes de bloques de sal preparados para su transporte…

Caminamos, gateamos y saltamos después por un cañón de planeta intergaláctico hostil e inhabitable entre rocas de sal que, de hecho, antes era el lugar más profundo del Mar Rojo. Parajes de buceo sin agua.

Me da por pensar en qué misterio más insondable es el azar cósmico que hace que unos nazcan en lugares malditos como la Depresión de Denakil y otros en tierras bendecidas como la mía. Para darle vueltas al tema…

Y ya, sin pena, dejamos este lugar muerto y, después del merecido descanso en Mekele, seguimos hacia Lalibela.

Renuncio a describir la carretera, en muchos puntos rota, hundida e inundada. Como ir a caballo entre trote, galope y brinco desbocado, pero llegamos a Lalibela en algo más de 10 horas. Iglesias, un mercado auténticamente africano, un bonito valle y unas montañas maravillosas para caminar pero, sobre todo, es el lugar donde ya me despido de Pablo e Imanol.

Dicen, que los vascos y los catalanes somos cerrados, retraídos y serios. Muy nuestros. En realidad ni sentimos ni padecemos, dicen. Pero… ¡Joder!…Los voy a echar de menos.  Hemos viajado juntos 11 días y nos hemos llevado perfectamente. Nos volveremos a ver, seguro. Chicos, un abrazo. Eskerrik asco.

.Solo otra vez. Naturalmente

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Etiopía (3) Las montañas Semien. El hogar de los gelada. Kalashnikovs.

El principal objetivo del trekking por las Semien es ver monos gelada, una especie endémica en Etiopía.

Un 4×4 con guía, chófer y un guardia con kalashnikov nos viene a buscar a la pensión de Gondar. Se ve que las etnias de la montaña no llevan nada bien lo del turismo de trekking para occidentales y hay un cierto peligro. No me hace ninguna ilusión tener a un tío delante con metralleta, en un coche cerrado, y traqueteando por una carretera con unos baches como para enterrar gente dentro. Las armas las carga el diablo, los seguros saltan con los golpes y el chisme en cuestión no es precisamente un último modelo.

Dabark es otra ciudad de chabolas con una muchedumbre deambulando por las calles embarradas.

Para el trekk se nos ha unido más gente y ahora ya somos 11. Empezamos a caminar con un guía y 3 guardias armados. Da un no sé qué (“Miedo, chaval, se llama miedo”). Ya está mi puñetera conciencia metiéndose donde no la llaman.

Nos han llevado como a 3.000 metros de altura y pasamos 3 horas subiendo y bajando entre esos 3.000 y los 3.500.

Hemos tenido el primer encuentro con una manada de geladas. Están comiendo hierba y pasan de nosotros. Durante el trekk los iremos viendo aparecer y desaparecer en la niebla. Son realmente unos animales curiosos que tienen entre sí unas conversaciones casi humanas de sonidos agudos, rápidos y tajantes. Los machos son impresionantes, con aspecto feroz, unos dientes terroríficos y una melena que recuerda la de los leones. Pedazo de bichos. 

La niebla no deja ver un burro a cuatro pasos y, de pronto, cae el cielo en líquido encima de nuestras cabezas. Lluvia intensa, viento, truenos y relámpagos. El pack completo. Es como si estuviera dentro de un bidón de agua. Me acuerdo del Monte Pulag pero, por lo menos, aquí el desnivel es mínimo y en Filipinas era pura y dura ascensión.

Cuando paramos, para mantener el grupo unido, tiemblo como una hoja. La cosa se complica entre eso y la hiperventilación que me va dando por la altura (“y porque fumas estúpido”). Empiezo a estar hasta el moño de mi Pepito Grillo. 

Sufro. Mi mochila debe pesar solo 5 ò 6 kilos pero lo que llevo puesto, empapado, dobla su peso y me hándicapa considerablemente.

Por fin llegamos al refugio. Es una casa con suelo emporlanado y techo metálico con algún tipo de aislante. Hay 10 camas con mantas. Hacen un fuego en la casa de los vecinos. Ya me he cambiado con varias capas de ropa (casi) seca y acerco a las llamas las botas y el paravientos. La humareda en el interior de la casa y el olor a queroseno enferma a 2 del grupo.

Cena a las 17.30 de sopa de lentejas, verduras, espaguettis y espinacas. La sopa me devuelve la temperatura corporal mínima pero sigo teniendo frio y me duele la cabeza. Hay una humedad de poza. A las 8.30 me tiro en la cama sin quitarme ni los pantalones de agua.

Sigo alucinando de las condiciones en que la gente vive aquí. El guía y los guardas ponen una bolsa de plàstico sobre el suelo mojado, unas pieles de cabra y se estiran con las metralletas a mano. Ellos no tienen ropa seca, ni colchón, ni mantas, ni almohada… Gente muy, muy dura.

Nuevo día. No llueve, pero la niebla persiste. Un café, un par de trozos de pan y al tajo. ¿Toilet? Todo el monte, amigo. El peor momento es  el de ponerse otra vez las botas mojadas. 

Llegamos en un par de horas a las abismales cataratas Jin Bahir. Otra vez para atrás y en la carretera nos recogen en un Land Cruiser y no llevan a otro lado. ¿Donde? Ni idea. Aquí 5 del grupo abandonan. 

El resto hoy de comer tenemos un bocadillo de col. Sí, un bocadillo de col. Es lo que hay. Sol y niebla siguen batallando sin un ganador claro. Nos sueltan otra vez en medio de las montañas y hacemos la cima del Monte Enati tras pasar por una serie de paisajes, desde bosque de árboles fantasmagóricos a un altiplano con aires galácticos. Nos ponemos ya a 4.070 metros. Me falta aire, el corazón se me desboca, y la mochila me sobra.

Hace frio. Estos son los momentos en que le encuentro un cierto atractivo a otras aficiones, alejadas del trekking, como el cultivo de hortensias o la cría del colibrí. Especialmente en climas soleados y cálidos. 

De bajada, el guía le pone un ritmo de corre que vienen los indios. Quizás teme lluvia pero hoy (gracias, gracias, gracias… ) llegamos secos al refugio. Muy parecido al anterior. Otra manada de geladas está comiendo en el prado.

Hace frío, ¿Lo he dicho ya? Es que hace mucho frio. Llevo 3 capas de cintura para abajo y 4 capas arriba. Y la pashmina en plan manta. A las 17 horas vuelve a caer agua a mares. Estamos a cubierto pero la humedad es… me da la impresión que me van a salir champiñones en el cogote. 

Nos traen una sopa de verduras que me salva la vida. No se si comérmela o tirármela por encima. Y remolacha, arroz hervido y patatas con judías. Suficiente. Yo lo único que quiero es meterme bajo sabana y todas las mantas que pueda encontrar.

Discutíamos en el grupo si, como se suele decir, está pobre gente es más feliz que los occidentales. Es cierto que tienen la risa fácil, pero felices… Mi conclusión es que “felicidad” e “infelicidad” son conceptos occidentales. Ellos, o una enorme mayoría de ellos, no saben lo que es la felicidad. Aquí se vive o se muere. Es una vida sin adjetivos. Ni es buena ni es mala. Ni es feliz ni es infeliz. Solo es vida. Y, al contrario, aquí no existe la depresión, ni la ansiedad, ni el stress… ¿No existe o no se conoce? ¿Lo que no se conoce existe? No sé, no puedo ir más allá. Quizás con el tiempo y la distancia…

Se acabó. Una horita y media caminando por los alrededores, disfrutando de maravillosas vistas cuando la niebla decide abrir el telón, cogemos el coche y surfeamos por un barrizal de vuelta a Debark. La ciudad está llena de gente armada, con y sin uniforme. En esta zona son muy aficionados a las armas y la afición se convierte en necesidad para la protección del ganado contra cuatreros y bandidos. Haremos noche aquí. 

El… digamos alojamiento, es algo así como un bar restaurante y unas habitaciones tipo barracones con la mesilla de noche llena de preservativos. Consigo un chorro de agua más o menos caliente para darme una ducha. Un gozo.

Tengo ganas de que pase la noche y poder salir de aquí. La sensación es que en cualquier momento puede pasar algo malo. Agradezco mucho no estar solo. Pablo e Imanol continúan viaje conmigo y, la verdad, es un alivio.

… Y pasò la noche. Hacia Aksum son seis horas por una magnífica carretera que circunvala las Semien ofreciendo panoramas de la cordillera, los valles y las ahora rebosantes cataratas. Uno de los loops más bonitos y exóticos del Mundo.

Pasamos por un campo de refugiados eritreos de la UNHCR. ¿Qué voy a escribir sobre los campos de refugiados? … Silencio.

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Etiopía (2) Bahir Dar y Gondar. El reino de Saba. Imágenes de miseria y muerte.

Bahir Dar esta situada a orillas del lago Tana, la fuente del Nilo Azul. Aquí empieza la tierra de la mítica reina de Saba que abarcaba buena parte de Etiopía y también de Sudán, Arabia y Yemen. Un poderoso imperio que controlaba todo el comercio entre África y Asia.

Según La Biblia, la reina de Saba llegó a Jerusalen, cargada de especias y joyas, para conocer al Rey Salomón y probar su legendaria sabiduría. El relato, curiosamente, continua en el Kebra Nagast, el libro sagrado de la iglesia ortodoxa etiope. Según este texto, la reina tuvo un romance con el rey del que nació Menelik a quién Salomón regaló el Arca de la Alianza que, supuestamente, fue depositada en la Capilla de las Tablas, cercana a Santa María de Sión en Aksum.

La presión ha bajado con respecto a la ciudad, pero sigue siendo África. Más frondosa, más florida, pero África.

El hotel… Agua caliente, no, wiffi, no, higiene… no mires. Mi habitación está infestada de mosquitos. Armado con una toalla, hago una razzia con bajas importantes por el bando mosquitero pero, a medida que los voy exterminando, aparecen refuerzos igual de aguerridos. Esta noche será difícil.

Salgo a conocer Bahir Dar que, en realidad, no es más que el lago Tana, un parque y un poblado de chozas y barracas al que van rodeando avenidas arboladas. Los edificios nuevos están en un extraño estado entre la construcción y el derribo. El ejército patrulla entre la muchedumbre.

Caigo en una emboscada de compañeros de los mosquitos muertos que habían invadido mi habitación. Un chaparrón tipo tropical los ahuyenta. Corro yo también a buscar refugio bajo el techo de una choza y resulta que se está celebrando una boda. Música de tambores y flautas, bailes y, sobre todo, ese sonido agudo y salvaje que las africanas consiguen haciendo vibrar la garganta, la laringe y la lengua y que es, sin duda, la esencia sonora del África tribal. Auténtico.

El resto de la tarde camino por las entrañas de la ciudad, pateando barro mezclándome con las etnias que conviven en este submundo de miseria africana, entre gritos y risas, como si mañana no importara. Y es que, realmente, poco importa el futuro si no hay futuro y África, me temo, tiene mucho más pasado que futuro. Si la corrupción y la incompetencia política occidental es notable, aquí es para nota.

Conozco bastante bien el norte, el sur y el oeste de África. Ahora toca el este. Hacía años que no pisaba este continente y no veo avance alguno para sus gentes. Parece que este pastel que llamamos progreso o, simplemente, calidad de vida, se lo están zampando entre muy, muy pocos. Para el pueblo, ni las migas.

Para cenar, en el mismo restaurante del hotel, pido que me den cualquier cosa menos de cabra. Dicen que me darán ternera y me dan cabra. Esta vez con chile. Los africanos tienen una desagradable tendencia a pensar que el europeo es estúpido. Eso me jode, aunque alguna base tendrá. Me he comprado una botella de vino tinto etíope. Voy a necesitar toda la ayuda posible para dormir.

Ya sale el sol. En un día veo el lago Tana con sus iglesias y las cataratas del Nilo Azul.

En el lago, un paseo en barco y visita a 2 monasterios ortodoxos de 5 o 6 siglos de antigüedad con bonitas pinturas religiosas. Cocodrilos, pelícanos e hipopótamos campan por el sucio lago como atractivo complementario.

Ir hasta las cataratas tiene más guasa. La carretera, por llamarle de algún modo, es de las de agárrate. Los baches y el barro ponen a prueba la destartalada minivan que nos lleva. A los lados, poblados de barracas construidas con palos de madera, paja y excrementos, y tejadas con hojalata. Ganado de todos los tipos y humanos en un estado de pobreza de otra dimensión. ¡Que miseria por Dios! Un niño y una mujer adulta yacen muertos en el suelo. La gente se santigua. Dicen que se han electrocutado con el cable suelto de un poste eléctrico. Aquí la vida no vale nada.

Una caminata de media hora y llegamos a las cataratas que de azul no tienen más que el nombre. Los sedimentos le dan un color chocolate. Magníficas, eso si. Dicen que a partir de octubre el agua es mucho más clara. Media hora más de camino cruzando un larguísimo puente colgante, un rato en una motora por el río y otra hora por la misma carretera rompelomos y ya estamos de nuevo en Bahir Dar.

Total, una jornada con más pena que gloria. He conocido a 2 hermanos vascos, de Zarauz. Pablo e Imanol. Como no tengo más noticias de la gente de Addis Abeba, me apunto con ellos a un trekk por las montañas Semien. Mañana vamos a Gondar y pasado a las montañas. 

No me quito de la cabeza las imágenes de miseria y muerte.

Salimos a las 10 horas hacia Gondar. Una carretera muy arregladita, con controles militares cada 30 kilómetros, pastores, muchos de ellos menores de 10 años, con su ganado en los inexistentes arcenes… Misérrimas pequeñas ciudades, pueblos y aldeas, magníficas vistas a verdes y frondosos valles y montañas…

En Gondar, el recinto real de Fasilidas y sus descendientes, también emparentados con Salomón, es un conjunto de castillos con un atractivo innegable, mínimamente reconstruidos con la ayuda de la Unesco, que devienen un ejemplo de lo que es África. En un país con una tasa de paro alucinante, el gobierno no es capaz de poner aquí a 100 tios a trabajar una semana y hacer una reforma global que multiplicaría exponencialmente el atractivo turístico del complejo y la ciudad. Es de una ilògica tremenda. Lo mismo los baños del rey, un estanque que debiò ser de un lujo insultante para disfrute de la corte mientras, extramuros, la gente moría de hambre.

Paseamos también por el mercado Kidame Gebeya, míserable hasta límites perturbadores, donde el encuentro con los tristes ojos de un o una adolescente me machaca como un martillo pilón.

Todo lo que estoy viviendo me está sacudiendo. Veo cosas que no quiero explicar. Estas gentes viven como animales. Nuestros perros y gatos viven mejor. Hay unos mínimos de humanidad que deberían ser exigibles por Derecho Natural. Es desesperante y desesperanzador.

Me cuesta dormir por las noches. Me siento impotente y responsable como occidental y los pensamientos tristes se me embozan en algún lugar hondo. Me estoy entristecido mucho. África me está dando fuerte… Y acabo de empezar.

Mientras cenábamos, Pablo, uno de los hermanos vascos, se ha mareado. Sudaba. De pronto, los ojos le han empezado textualmente a dar vueltas y se ha desmayado. Han sido 10 segundos y ha revivido, como si despertara de un sueño profundo. La movida ha sido considerable, claro. Ha “vuelto” como si no le hubiera pasado nada pero, durante esos segundos, no estaba. Algo ha fallado en su cerebro. Y mañana pretende venir a las Semien. Trekking de 2 noches/3 días. No lo veo nada claro.

Esto se está complicando demasiado…

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Etiopía (1) Addis Abeba. Africa. Lucy y los zombis del khat.

Un viaje por África nunca es un viaje “normal”. África es sinónimo de aventura. Aquí vas a encontrar problemas sí o sí. Inseguridad, incomodidad, insectos, caos, miseria, suciedad… Pero vas a vivir intensamente. Cuatro meses en África es mucho tiempo.

Por mi parte, confío en mi naturaleza espabilada y en mi encanto especial, reconocido a nivel mundial como un don otorgado por gracia divina, para salir ileso del asunto. Sí, mi abuela falleció hace mucho tiempo. Me lo tengo que decir todo.

Cada etapa del viaje tiene su entidad, pero las ascenciones a una de las dos, o las dos, montañas màs altas de África, el Monte Kenia y el Kilimanjaro, son  quizás los puntos culminantes de mi estancia en África Oriental y he de ir cogiendo la forma adecuada. Desde luego, no parto de 0. Debo estar a un 60/65% de mi capacidad, acabaré Etiopía a un 70/75%, Kenia al 80/85% y estaré en Tanzania al 90% más menos el 15 de septiembre. O ese es el plan. Habrá que estar muy atento a lesiones y mantener salud y peso.También adaptarse a la altura y al frío y probar equipo. Veremos.

Addis Abeba… En teoría el hotel no está a más de 45 minutos a pie del aeropuerto Bole así que me voy paseando. Han sido casi 24 horas de viaje con esperas interminables y necesito estirar las piernas.

Chabolismo, carreteras empantanadas, basura, rebaños de ovejas y asnos… Noto la altura, tengo dolor de cabeza y la respiración se hace difícil. Addis es la ciudad más alta del continente africano y la tercera del Mundo, 2.300 metros sobre el nivel del mar en su punto más bajo. Llovizna. Hombres con pinta de pandilleros de Harlem, mujeres vestidas con vivos colores, niños por todos lados jugando sin juguetes y adolescentes buscándose la vida.

Voy a la dirección del hotel y allí no hay más que un edificio de apartamentos. Ni rastro del hotel. Empieza la procesión. Pregunto a una especie de guarda del condominio de apartamentos y no sabe. Me dice que vaya a la panadería y en la panadería no saben. Me presentan un señor muy elegante al que están lustrando los zapatos. Habla perfecto español porque estuvo 10 años en Cuba estudiando ingeniería química con un programa de becas para huérfanos de la guerra con Somalia. No sabe. Me lleva en coche a la casa de un conocido que tiene una agencia de viajes y también habla español. Están 3 amigos en una habitación echados en una cama de matrimonio mascando khat (*), una especie de hojas de coca. Están bastante colgados. No saben. Son ya las 7 de la tarde, de noche. Hace más de 28 horas que salí del hotel de Ankara.

Vaya entrada en Africa. Que caos. Me pillo una habitación en el primer hotel decente que encuentro y mañana será otro día. O yo estoy muy destemplado o hace frío. 

Me levanto mareado, la altura es poderosa. Paseo bajo la lluvia en vuelo rasante. La mezcla de música africana y rap es inquietante. Tienen aquí verdadera neurosis por los zapatos y hay limpiabotas por todos lados. La circulación es una locura. El café, la basura y el incienso africano batallan para imponer su aroma.

Es curioso cómo impresiona encontrarse de pronto rodeado de gente negra. Serán prejuicios, pero estar en una ciudad de 3.500.000 de personas del color de la noche oscura es un golpe directo a las meninges.

Paro en un restaurante que ofrece barbacoa de cabra. La llegada a Etiopía no ha sido agradable, el tiempo es lluvioso y los problemillas se acumulan pero nada que no pueda arreglar un maravilloso festín de carne dura y correosa servida en una cazuela de hierro con brasas en el interior, rollitos de injera, una especie de crep ligeramente agria que aquí hace de pan, y una salsa picante que sólo pruebo para ir acostumbrando al estómago a la nueva alimentación. La carne la cortan en directo de unas cabras desolladas que cuelgan de ganchos a la vista de los comensales para hacer más agradable el ambiente.

En cuanto el sol desaparece hay que estar a cubierto. Todas las grandes ciudades africanas, y Addis no es ninguna excepción, son peligrosillas de noche.

Me levanto con el sol, contacto y voy a ver a Chane, el etíope que tiene una agencia de viajes y que me presentaron el primer día. Voy con mi plan de viaje. Quiero oír que me cuenta porque, si no busco ayuda, voy a perder muchísimo tiempo. Todo aquí es tremendamente complicado.

Modifico mi itinerario según sus consejos, empezamos a hablar con su corresponsal del trekking en las montañas Semien, compro un billete de avión a Bahir Dar en la abarrotada oficina de Ethiopian Airlines, dentro del Hotel Hilton, y paso la tarde visitando el destartalado Museo Nacional, alguna iglesia y el “Merkato”. 

El Museo Nacional de Addis Abeba es mundialmente famoso porque es donde està la célebre Lucy, un homínido de más de 3 millones de años aceptada científicamente como la evidencia más antigua conocida del ser humano. Lucy es algo así como la abuela de la humanidad y casi la mitad de sus huesos descansan en paz en los archivos del museo. No es la mujer más guapa de Addis Abeba porque Etiopía, desde luego, de mujeres guapísimas está lleno.

El Merkato merece también menciòn aparte. Es todo un barrio, es el centro neurálgico de negocios en Etiopía y el bazar más grande de África. Es también el mayor nido de ladrones y demás depredadores humanos de esta urbe. Ya en el taxi te hacen cerrar seguro y ventanas y te dicen que no tengas el móvil a la vista. Y tu te preguntas, ¿pues y que hago cuando salga del coche? Da mucha impresión. Para hacer fotos ya tienes que ponerle higadillos. Es muy puta la miseria.

Y todo esto, que se dice en un momento, es como moverse por un pantano con lodo hasta la cintura. Desde los controles paramilitares en la entrada del Hilton, hasta las negociaciones con taxistas, la acumulación de gente, el tráfico, mendigos y vendedores varios,… Realmente, África es otro planeta.

Ganas de salir de la ciudad. Un vuelo interno, y me planto en Bahir Dar.

(*) Nota. El Khat o chat es la cocaína de África, una droga social poco conocida en Occidente, tremendamente adictiva, que produce efectos devastadores a nivel particular al consumidor y también a nivel colectivo porque, por muchas razones, entre ellas la enorme cantidad de agua que necesita su producción y que es un bien aquí tan escaso, está planta es una de las culpables de la miseria africana. Un proverbio Somali dice: Cuando mascas khat estás encima del mundo, pero cuando lo escupes el mundo se te cae encima. Más de 20 millones de personas consumen habitualmente khat en el Cuerno de África. Son los zombis del Khat.

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