Entre paréntesis. Viajar low cost. Diez mandamientos para ahorrar en viaje.

Lo prometido es deuda. Dije que un día explicaría mis trucos para ahorrar en viaje. Valen mucho, pero que mucho dinero.

Ahí van los 10 mandamientos para viajar y no arruinarte en el intento.

1.- Agua del grifo o depurada. En la mayor parte de los países del mundo, en restaurantes y alojamientos tienes agua potable gratuita. Rellena tu botella. Si toda el agua que bebes es mineral de pago con marca te va a costar un riñón. Si vas de vino, cerveza o refrescos ni te digo.

2.- Alojamiento en dormitorios comunes en hostels, con derecho a cocina. No sé puede viajar solo y dormir solo. Imposible. En una habitación para ti con baño te dejas el 20% del presupuesto. Así que a compartir. De esta forma, además, conoces y conversas con otros viajeros que te darán datos de gran utilidad. Desventajas? Normalmente, ninguna que no se pueda solucionar con unos tapones para los oídos. La gente que viaja suele ser bastante educada, por la cuenta  que le trae, pero, para casos más complicados como caos de mochilas y ropa u olores desagradables…mano izquierda y aguante.

De estos hostels, una buena opción es la cadena Y.H.A., de Hostelling International, con unos 4.000 alojamientos en todo el Mundo. En teoría es una organización sin ánimo de lucro, muy especializada en mochileros y, por tanto, con servicios muy adecuados. Son básicos, funcionales y de buen precio que mejora con un 10% de descuento si te haces el carnet de miembro. Los 15 euros que vale el carnet lo rentabilizas en menos de 15 días y tiene una validez de un año.

3.- Bares y restaurantes, los mínimos. De ahí, la importancia de que los alojamientos dispongan de cocina a disposición de los huéspedes. Compras, en el súper, y cocina, en el alojamiento. Para excursiones vital comprarte una fiambrera si no quieres acabar hasta el moño de bocadillos. Ensaladas de pasta o guacamole con atún, guisantes con zanahoria y jamón, frutas, sanwitches, tortilla de patatas, salmón ahumado, etc, con un poco de mañana, cariño e imaginación son los menús de los viajeros. La carne y comidas calientes más elaboradas déjalas para la cena. Con la bebida, como cerveza, vino o coca cola y demás, igual: en el súper.

4.- Compra productos del país y fruta y verdura de temporada. Lo lógico, al igual que haces en casa. Lo importado es caro y no ayuda a la economía local.

5.- Amenities y otras gratuidades. Hay un montón de cosas útiles que los alojamientos dan gratuitamente a los clientes: jabón, dentífrico, champú, café, té…. Además, en algunos hóstels tienen organizado en una caja donde la gente, cuando se va, deja para los que vengan detrás productos que no quieren cargar como pasta, sal, pimienta, aceite, arroz…. Si aprovechas todo esto te hace ahorrar un montón de billetes. Y también ahorras peso en la mochila porque si has de llevar un botellín de todo vas dado. Mínimo 1 kg de más. Por si en la ducha no hay gel, trae contigo también una botellita de plástico pequeña para rellenar con el expendedor de jabón de manos. Todo es ahorro.

6.- Transportes, si puede ser, de noche. Te ahorras alojamiento. Viaja en transportes con los locales y camina mucho. No pilles un taxi cuando bajes del bus. Camina y ya vas conociendo la ciudad. Que llevas mucho equipaje? Aligera la mochila que no se necesitan tantas cosas para vivir. Ver consejos sobre mochila viajera (Senegal 2). Y preguntar siempre y estudiar bien pases especiales validos para varios viajes de bus o tren. Los hay en muchos países (Japón, Australia, Nueva Zelanda…)

7.- Caprichos los mínimos. Si vas por la calle y cedes a todo lo que te entra por los ojos LHC. La has cagado. Ahora un helado, después un zumo, ahora una pulserita muy mona, ahora unas galletas, ahora un cafetito, un pinchito de aperitivo, Disciplina tu mente. El Mundo no es un gran centro comercial. Regálate cada día algo si quieres. Pero no más, no actúes por impulso. Y no te cargues de “por si acasos”. Tu espalda, por el peso, y tú cartera, por el dinero, te lo agradecerán. Ah! La navajita multiusos te la quitarán en la primera aduana que pases.

8.- Monumentos y atracciones de pago. Esta lleno de actividades y visitas gratuitas. Espabila un poco o no llegarás muy lejos. Pregunta a la gente. Para eso están los centros de información y los viajeros con los que te vas encontrando. Escoge muy bien lo que haces pagando. Actividades o tours organizados son muy cómodos pero te cuestan entre 3 y 5 veces más que si lo haces por libre. Eso, en un viaje largo, es una fortuna y, al fin y al cabo, un tour organizado no supone nada más que, en lugar de controlar tu viaje, tienes que controlar al que organiza tu viaje.

9.- Ofertas. Mira siempre ofertas. Por ejemplo es más barato comer fuera que cenar porque para comer suelen haber menús y packs. En los súpers suelen ofertar lo que está cerca de la fecha de caducidad. Maniobra con cabeza. Compra por precio, no por capricho.

10.- Normalmente martes y miércoles son los días más baratos para volar. Compara buscadores de vuelos. Lo ideal, haciendo honor a lo de “Lo importante no es el destino si no el camino”, es utilizar buscadores que permitan la opción de fechas y destino indeterminados. Se trata de viajar. ¿Qué más dará dónde?

Además de todas estas normas generales hay más detalles y cada país tiene sus especialidades y truquillos locales, pero eso…eso ya es para nota.

 

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Entre paréntesis. Salud, viajero.

Vaya por delante todo mi cariño y respeto a los médicos, enfermeros y farmacéuticos que nos aguantan en nuestras peores horas, inasequibles al desaliento, y que sufren como los que más este sistema de mierda en el que vivimos con recortes presupuestarios, incomprensión y un considerable stress. Pero como en viaje no siempre los tenemos a mano, espero que me perdonen que de, sin formación para ello, unos consejillos “pseudomédicos” para viajeros.

La norma básica para mantener la salud en viaje es utilizar el sentido común, pero como ese es el menos común de los sentidos, ahí van algunos de los trucos y normas que yo sigo para mantener, más o menos, la salud en viaje :

1.- La Coca-Cola es el mejor preservativo para el estómago. Limpia cañerías y aporta azúcar. Seguro que tiene efectos secundarios. ¿Y qué medicina no los tiene?

2.- Para picadas yo apuesto por el Azarón. Es efectivo y el tubito es pequeño, no pesa y no ocupa espacio, por lo que siempre puedes llevarlo a mano. Siempre a mano.

3.- Los repelentes de mosquitos no los utilices como colonia. Eso sí es malo para la piel. Lee el prospecto. Solo en caso de verdadera necesidad, no “por si acaso”

4.- Para evitar humedades en los pies que provocan llagas y hongos, nada como los polvos de talco en botas y calcetines. Básico, igualmente, unas chanclas para las duchas. Y si no quieres que se te autolesionen hasta el suicidio por harakiri, córtate las uñas de los pies hombre!

5.- Para golpes y dolores musculares, el bàlsamo de tigre es infalible. Da más calor que una manta eléctrica. Si, seguro que también es tremendamente agresiva para la piel.

6.- En viaje se come sencillo y ligero. Si algo te da aprensión no lo comas. Eso de probarlo todo es un peligro. Nada de atracones de “eso” que está tan bueno. Tu estómago no está acostumbrado. Las pruebas, en muy pequeñas dosis. Nada crudo o poco hecho. Lo mejor es comida sana, sencilla y equilibrada. Ojo con lo que lleva huevo. Y lávate a menudo las manos. Muchos virus te los pasas tú mismo.

7.- Si quieres evitar costipados y gripes de los que estropean un viaje, nada de subir a transportes en manga y pantalón cortos y dejar el equipaje en bodega. Lleva siempre un jersey o algo de abrigo. Me agradecerás el consejo. Los aires acondicionados de trenes, aviones y autobuses son criminales. La fruta y verdura con vitamina C también ayuda (naranjas o mandarinas, kiwi, piña, pimiento rojo, tomate…)

8.- A los mosquitos les encantan las colonias y perfumes. Tú mismo/a. Y una curiosidad: a los camellos también. Puede no ser agradable que un camello se enamore de ti…

9.- Ojo con el estreñimiento. Alimentos que lo producen: comida basura, refritos y empanados, plátano, azúcares (en esto la coca cola no ayuda), galletas…Lo que si ayuda: fibras de avena y trigo, arroz, vegetales crudos, miel, ciruelas secas, agua, más agua y mucho ejercicio físico. Y el tema pasa por la teoría de los movimientos reflejos de Paulov. Búscala en Google. Se trata de tener un rito, un sistema, una costumbre. Cada día haces lo.mismo, a la misma hora, después de hacer determinadas cosas y el cuerpo aprende. Funciona. Es disciplina. En realidad eso el cuerpo lo hace solito muchas veces. No te has dado cuenta que, al llegar a casa haces siempre lo mismo? Es un movimiento reflejo. Si cada vez que entras por la puerta de tu casa te comes una tostada con mermelada, en una semana, al abrir esa puerta salivarás automáticamente. Mi cuerpo y yo, como vamos juntos a todos lados, tenemos las normas muy claras. Y eso que vivimos en un jet lag casi permanente, lo cual complica un poco el asunto.

10.- Un remedio casi infalible para evitar golpes y fracturas: Mira por donde pisas, coño! Hay que estar alerta y poner los 5 sentidos en el viaje.  Eso de ír por la vida tralarí, tralará, entusiasmado con las vistas y charlando con el de al lado o haciendo tonterías para impresionar a la vecina/o es mortal de necesidad. Y no te digo ir mirando el puto teléfono. Y las prisas, para cuando vuelvas al trabajo.

¡Y con eso y un bizcocho…a viajar que es sano!

P.D.  Sobre sexo… Ya he escrito en otros capítulos lo que pienso del turismo sexual. Y en cuanto al ocasional “de gratis” ya sois mayorcitos para saber qué y cómo hacer. ¡Digo yo!

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Entre parentesis. Vuelvo a casa.

En unos días vuelvo a casa. ¡Buf! Es fácil decirlo. En realidad, sólo vuelvo para irme otra vez en unos pocos meses. Solo he cumplido un tercio de mi sueño. Mi vuelta al Mundo tiene 3 partes y ahora acabo la primera aunque, en realidad, ya he hecho más kilómetros que los 40.000 de circunferencia de la Tierra.

Da un poquito de miedo volver. No hay ningún otro lugar del mundo al que, hoy por hoy, preferiría ir, pero da un pelín de angustia. ¿Cómo me encontraré? Vengo de un lugar muy, muy grande y muy, muy solitario.

Hay gente que dice que me envidia. Bueno…eso hay que ponerlo en contexto. Cuidado con lo que deseas. Conseguir vivir lo que estoy viviendo es un privilegio increíble, pero hacerlo, amigo…hacerlo tiene su guasa. Hacerlo es física y mentalmente durillo. Es intenso, es apasionante, es fascinante, pero quien lo quiera intentar que se prepare.

Y si no está preparado, la Universidad de Mundología se encargará de enseñarle. Con los mejores profesores te dan lecciones de tolerancia, solidaridad, orden, organización, humildad, alerta y respeto. La Naturaleza té enseña tu insignificancia y, si no aprendes, una diarrea en un autobús té darà una clase maestra de recuperación de las que recuerdas toda la vida. Tomas un montón de decisiones y conoces lo importante que es la serenidad.

Un tren cruzando la estepa rusa te harà escribir mil veces en la pizarra la palabra soledad y ganarás en disciplina y fortaleza mental porque a fuerza ahorcan. Un ampolla en un pie y la necesidad de una tirita te mostrará el valor de las pequeñas cosas y el peso de tu mochila pondrà en su lugar el materialismo y el consumismo. Los intentos de robo y timos te darán normas para conocer a las personas y alguna clase de repaso que llega desde casa te ayudará a saber con quién puedes contar y con quién no.

Tendrás lecciones de supervivencia, a veces caras, de generosidad y de moderación, y aprenderás a compartir. En educación física conocerás el límite de tu cuerpo y lo disciplinarás, se fortalecerá tu espíritu y se ampliará tu capacidad de sacrificio y adaptabilidad. Sabrás de la fuerza de una sonrisa, se te agudizará el ingenio y se musculará tu curiosidad. O así debe ser porque si no…malo.

La letra con sangre entra, y tú soberbia, tu vanidad, tu debilidad  y tú pusilanimidad recibirán de lo lindo ostias y capones por todos lados. Conocerás de valores y principios, de esfuerzos y merecimientos, de nostalgia y pérdida y, sobre todo, aprenderás a aprender. También está la asignatura de desarraigo y desapego. Esa es complicada. Yo la llevo mal.

Por todo eso no te dan ni un título, ni una medalla, ni una banda de honor, ni habrá fiesta de graduación porque esto no se acaba nunca, Quizás, solo quizás, los demás verán esa formación en tu mirada o la reconocerán en tu manera de vivir. No sé. Está por ver.

Ah! Y de esa universidad no sale ningún maestro. Los que hacen esa carrera bastante tienen con digerir las lecciones como para querer además darlas.

Yo, la verdad, vuelvo porque lo necesito como el agua que bebo. Este año de carrera, una carrera que me temo no tiene fin, ya lo he dicho y lo repito, ha sido intensa. Necesito descansar la mente y reparar el cuerpo.

Es como todo. Todo estilo de vida exige sacrificios. El mar, la montaña, un deporte, la empresa, la familia, viajar… La gente se queda con la foto chula pero, detrás, hay un montón de lucha, un montón de esfuerzo… Es como subir una montaña. La cima es el no va más, es el clímax, es placer, pero… hay que llegar allí. Cuidadín. Y a mí me falta mucho. Vuelvo a casa para prepararme para esa segunda etapa.

Mas de 333 días de viaje. Casi un año. Son un pilón de días con situaciones de todo tipo que has de controlar. Ni la gente, ni la Naturaleza, ni la vida, ni tu mente te da cuartel. No estamos preparados para la vida nómada. No es nuestra manera natural de vivir.

La recompensa si, la recompensa es enorme. Enorme. Lo que he llegado a ver y vivir este año ha sobrepasado todas mis expectativas y objetivos. Las aventuras en el lago Baikal, en Rusia, y en el Monte Pulag, en Filipinas, los momentos compartidos con Ramón en Japon y Tasmania, y con nuevos amigos como Encarna en Laos o Jordi en Myanmar…la paz en Wallpole o Bicheno, en Australia, los callejeos por Tokio o Bankok, la miseria de Manila, los alucinantes paisajes de Tongariro en Nueva Zelanda, Ha Giang en Vietnam o Mae Sariang en Tailandia, las acampadas en Urulu o Walls of Jerusalem….

Por tierra, mar y aire he caminado por bosques húmedos y desiertos, he ascendido montañas, he traspasado selvas, he subido a volcanes activos, me he bañado en mares templados y he navegado por océanos, fiordos y lagos. He vadeado ríos, he visto funerales, carreras de barcazas y carnavales, he viajado con ferrocarriles cruzando estepas y vertiginosos desfiladeros, he estado arriba y abajo de larguísimos cañones naturales, he vivido dias en islas soleadas y heladas, en metrópolis y en ínfimas aldeas. Con nieve, lluvia y sol de justicia, he dormido en aeropuertos, cabañas, refugios y tiendas de campaña, he reído, he llorado, he sido feliz y me he sentido muy, muy solo y desgraciado…he vivido, he vivido muchísimo y muy intensamente.

Ahora ya está…por ahora. Me paro. Voy a buscar la otra mitad de mi llámale alma, corazón o como quieras que, por más vueltas que yo de por el Mundo, nunca viene conmigo.

Vuelvo a casa.

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Entre parentesis. 200 días en Asia. La ola

He visto en Asia, de golpe y sin anestesia, 8 países. He disfrutado mucho de su Naturaleza y de su gente y, como ya a veces he comentado, he visto mucha miseria y mucha sonrisa. Por eso, me he puesto a pensar en qué es lo que tiene está gente que les da una felicidad de la que carece nuestro depresivo Occidente.

Está claro que el dinero no da la felicidad pero decir eso es un tópico fácil. Lo difícil es saber qué es lo que sí da la felicidad. ¿Què es lo que hace que gente con muchísimas menos cosas que el occidental medio sea más feliz que él?

La pregunta tiene guasa, pero puedo apuntar un par o tres de cositas que yo creo que algo tienen que ver con la respuesta.

El occidental ha perdido, a chorro, forma física, fortaleza espiritual y capacidad de sufrimiento.

Nada que ver una forma física labrada en un gimnasio o jugando al padel que la que tienes porque trabajas y vives en comunión con la Naturaleza. En Occidente estamos acostumbrados a que, apretando un interruptor, se enciende la luz, el agua sale calentita, se bajan las persianas y se enciende la tele. Ellos tienen que darle a una manivela para que funcione un equipo electrógeno, cargar cuesta arriba un cubo de agua para lavarse y nadie tiene un sofá para ver una tele que tampoco existe. Se cortan su leña, trabajan sus cultivos y cargan sus pertenencias.

El cambio de la cultura del esfuerzo de nuestros padres a nuestra cultura del interruptor es nefasto. Los ascensores, los coches, las prisas y los gimnasios son muy chics, pero el cuerpo y la mente se debilitan. La operación bikini, los cuerpos Danone y demás martingalas son tonterías.

Nuestra alimentación tampoco ayuda. Aquí comen con una de nuestras tapas y un bol de arroz, fideos o una sopa y un huevo. El agua, la fruta, grano y verduras que da la tierra es la base de su sustento. Allí, demasiadas grasas, demasiada carne, demasiado aceite y demasiado alcohol nos hace pesados y lentos.

La forma física es salud, y la salud sí da felicidad.

Ojito.

Y no te digo fortaleza espiritual. En Oriente se practica y se siente la espiritualidad en todas sus formas y en muchísimas variantes, desde el budismo al taoísmo incluso pasando por un ferviente cristianismo y, siempre, con un enorme respeto a los mayores, la familia como base de convivencia y a la madre Naturaleza. Allí ya no creemos en nada. Familia? Cual de ellas? La que nos vio nacer en la que ya nadie se habla ni en Navidad? La que formamos con la primera pareja? La que estamos formando con la tercera? A los mayores los colocamos en residencias y padres e hijos tienen vidas totalmente separadas e independientes. En Dios, algunos dicen creer pero minimizan al límite practicar. Y a la Naturaleza la violamos constantemente, a golpe de plástico, humo y ladrillazos.

En Occidente ya no tenemos ni religión, no ideología ni filosofía. Lo único que importa es el dinero.

Todo eso nos hace muy vulnerables. Demasiadas necesidades, muchas carencias y nada donde agarrarse.

Espiritualidad y valores básicos y naturales dan seguridad, y la seguridad y la confianza sí dan tranquilidad y felicidad.

Ojito.

Y que vamos a decir de la capacidad de sufrimiento. Donde para nosotros empieza una situación, si no insoportable, sí incómoda e incluso indigna, para ellos empieza una vida confortable y sin razón para queja alguna, si no más bien todo lo contrario. En Occidente son tantos los lujos que tenemos que se han convertido en lo.mas natural, casi en derechos básicos de cualquier ser humano. Por debajo de ahí es miseria. Que menos que un par de coches!…y alguna moto. Que menos que una casa con calefacción, agua caliente y una cocina “decentemente equipada”!…y quizás un garaje. Que menos que, 1 vez al mes, ir a un restaurante con amigos, salir de fin de semana, comprar algo de ropa, ir a un concierto, al futbol, al cine y al teatro! …y un viajecito de vacaciones como todo el mundo, claro.  Todo eso y mucho más son mínimos para nosotros. Si no tenemos eso… tristeza. Pues ellos no lo han tenido nunca, así que nadie puede quitárselo.

Con poquito se puede ser muy feliz, pero, al igual que el tabaquismo o el alcoholismo, el consumismo nos acostumbra y adicciona a mil cosas hasta que su carencia nos produce un “mono” del que es complicado salir. Muy complicado. Ese es el sistema en el que vivimos y el que nos hace débiles, víctimas propiciatorias para la depresión, la ansiedad y todo tipo de neurosis que son, ya hoy, la peste del siglo XXI.

Cuanto más tienes más quieres, cuanto más te falta menos feliz eres.

Ojito

De todas formas lo curioso, o quizás debería decir lo jodido, es que la ola está llegando a Asia…

En las ciudades sobre todo, pero ya también casi hasta en el último rincón de las montañas, las nuevas generaciones ya se pierden por jugar con el móvil y escuchar música pop. Y de ahí….

Es una lástima, pero nosotros no vamos a aprender de ellos, son ellos los que están aprendiendo de nosotros. El turismo masivo y, sobre todo, internet, están haciendo estragos en culturas milenarias.

Si, es una pena pero la ola está llegando hasta el último rincón del mundo. Muy, muy rápido.

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Entre parentesis. Navidades en las antípodas.

Pues ya está aquí. Ya llegó. Día 24 de diciembre. Empieza la Navidad y yo con estos pelos. En Hobart, Tasmania. Lejos, lejos.

Estoy en las antípodas de mi casa, el lugar diametralmente opuesto a donde está mi gente, separados por 180° de longitud y en hemisferios diferentes. Justo debajo o encima de mi hogar. A 20.000 km más o menos. A casi 12 horas de diferencia horaria, allí invierno, aqui verano. Concretamente, las antípodas de Begur es Nueva Zelanda, y allí estaré muy, muy prontito.

Planes. Para Nochebuena he reservado una mesa en el mismo restaurante en el que cenamos con Ramón el primer día cuando vino a verme. Y el 25 de Diciembre, fum, fum fum, he quedado conmigo mismo mismamente para cocinarme una buena comida de Navidad en el hostel, todavía no he decidido qué exactamente. La noche de Fin de Año la pasaré en el aeropuerto de Melbourne, viniendo de Sidney y en tránsito hacia Queenstown en Nueva Zelanda. Y el año lo empezaré…en un avión, claro. Nuevo año y país nuevo. Es mi vida.

Pueden parecer tristes, solitarias, pero para mi son unas bonitas Navidades. Mi hijo está feliz y sano, a mi familia y a mis amigos parece que todo les va más o menos bien. Yo también estoy fuerte y sano, vivo una vida intensa y me gusta…

Sí, estoy solo, sí. Claro que podría estar mejor.

Amor no, quita, quita. En eso tengo la piel correosa y, visto lo visto, me interesa tanto el tema como los problemas de reproducción del ornitorrinco en cautiverio. Para esas guerras me he quedado sin munición y la última bala la guardo para mí.

Pero la sangre sí tira. Mi hijo al irse, después de su última visita, me ha dejado un vacío abisal. Un agujero en algún lado por el que me entra frío a chorro.

Claro que siento nostalgia y añoranza, claro que tengo momentos de soledad y tristeza, pero… quién no? Quien no echa de menos algún ser querido que no está? Pero son unas bonitas Navidades. Unas Merry Christmas.

Enfermedad, accidentes, cataclismos, guerras, persecuciones. Eso sí que pone triste y, si no estás en esos casos, pues como para quejarte…

Ah! Sin quejarme, pero si me dan rabia y quiero acordarme de los violentos, los intolerantes, los avaros, los soberbios, los egoístas, los hipócritas… A todos esos, está Navidad les deseo una intensa descomposición estomacal. Tal cual.

Paso una Nochebuena agradable, una cena de pescado en un lugar bonito aunque, cuando salgo del restaurante, me da una pájara. La sensación es dura. Me imagino llegar a mi casa, mirar el mar, sentir el fuego crepitar detrás mío… Y llego a un hostel. Se me hace un nudo en la garganta. Me ha parecido ver en la calle a mi hermana. Quizás he bebido demasiado vino. No estoy acostumbrado. No era ella, ni conozco a nadie aquí, todo es extraño. Pero también todo es nuevo y apasionante, y estoy teniendo una experiencia impagable y privilegiada. Remonto.

En Navidad, el día 25, después de desayunar salgo a la calle a fumar un cigarrillo. No hay ni un alma. Un amigo me ha enviado una canción: L’Empordà, de Sopa de Cabra. Me apoyo en una pared blanca, cierro los ojos y recuerdo…Tengo el corazón muy lleno.

Valoro la posibilidad de comer con alguien del hostel. Puedo elegir entre un chino que habla solo, un libanés que llora en una esquina, un coreano chiquitín con una máquina de fotos más grande que él que juega con el teléfono a marcianitos, y un francés  con cara de pocos amigos que parece campeón de halterofilia. Llámame raro pero decido comer solo. Madrecita, que me quedé como estoy. Al final, el menú es, de primero, un aperitivo de salmón atlántico australiano y, de segundo, pechuga de pollo con sofrito, pansas y frutos secos. Muy catalán.  Guisantes y zanahoria de acompañamiento. Sobra la mitad. Es lo que suele pasar en Navidad.

Un paseo por la ciudad con un sol de principios de verano, una peli navideña en el hostel y una cena ligera. Cómo todo el mundo. Mucha gente me desea felicidad y me encanta. Trabajo en el blog y voy organizando ya el próximo viaje.

La noche de Fin de Año, como estaba previsto, en el aeropuerto de Melbourne. Ni es el colmo del viajero ni es casualidad, simplemente esta noche es cuando los billetes de avión son más baratos. Aquí se está tranquilo. No creo que haya lugar más tranquilo en el Mundo una noche de Fin de Año que un aeropuerto. Y el primer día del año lo paso en un avión, viajando, como a mí me gusta. Empieza una nueva aventura y estoy deseando vivirla intensamente. Nervios… Cuando en casa la gente está comiendo las uvas, yo ya llevo medio día 1 en Nueva Zelanda.

Y tira que te vas. Por mi parte, hoy día 2 doy por cerrada la Navidad. Lo de los Reyes no me va. Entre otras cosas porque, en Laponia, con mi hijo, vi a Papá Noel (el verdadero eh?!) y, en cambio, en Omán, que dicen es de dónde salieron los Reyes, no vi ni rastro de ellos.

Ya han pasado las fiestas. Sigo adelante, siempre adelante. Que tengáis todos muy, muy

¡Feliz Año!

Alas y viento.

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Entre paréntesis: 100 días de viaje.

“Caminante no hay camino. Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar.(…) Caminante no hay camino, se hace camino al andar.”

Antonio Machado.

El día 23 de julio cumplí 100 días de viaje. Hoy 22 de Agosto son ya 130 dias.

Mucha gente en el camino pregunta “Where are you going”. Yo siempre contesto lo mismo: “Nowhere. Just walking.” Así me siento bien, haciendo camino sin un destino claro, simplemente viajando.

Los trenes, autobuses, barcos y aviones, con sus correspondientes estaciones, terminales, puertos y aeropuertos, se han convertido en paisajes habituales durante larguísimas horas e incluso días. Organizar el viaje día a día, transporte, hoteles, actividades, etc, es el pan mío de cada día y casi lo hago ya de forma mecánica y despersonalizada.

Mientras, el “antes” queda situado en el puro pasado. Mi hogar ha dejado de ser la casa y la tierra donde hábito y dónde está mi gente para convertirse en el lugar donde, si todo va bien, volveré más pronto o más tarde. Ahora no hay hogar, sòlo camino.

Mis pertenencias son las que caben en la mochila, un tesoro, un patrimonio de 8 kg que hace conmigo el viaje y del que dependo en mi día a día. Es básico, nada más ni nada menos. A partir de ahí, el desapego de lo superfluo es lo más natural. Tirar lo que no necesitas de una forma fundamental es consubstancial al viaje y al viajero. Y comprar cosas, recuerdos… Va a ser que no. Si tuviéramos que cargar con todo lo que compramos el sistema consumista se iría a hacer puñetas. Qué haríamos entonces? No sè. Tan ligeros…Volar? En realidad, no sè.

Después de 100 días las cosas han dejado de ser claras, han dejado de ser  “lo que quiero”, “cuando quiero” y “dónde quiero” para convertirse en lo que puedo, cuándo puedo y dónde puedo. Comer, dormir, ducharme, escribir…todo se hace más por oportunidad que por voluntariedad.

Para que nada ni nadie controle tu vida, dentro de esa oportunidad, todo se ha convertido en una dicotomía vivencial de instinto/método. Todo es cuestión de “pre”: previsión, precaución, prelación, preparación… A partir de qué consigues eso todo es más o menos fácil, la libertad cobra otra dimensión y quizás podrías vivir siempre así. Me encanta aquella frase que dice: “En caso de emergencia, sal de viaje…y no vuelvas jamás”. No sé. Jamás es mucho tiempo.

En viaje no da tiempo para pensar mucho, todo lo reseteas muy rápido. No hay tiempo de refocilarte ni en lo bueno ni en lo malo. Recibes sensaciones, anotas lo importante, haces las correcciones necesarias y sigues tú camino. Llueve, sale el sol, llueve, sale el sol…

Y, a lomos de todo eso, en estos 100 días, he vivido con una rapidez vertiginosa los paseos interminables por Londres, el Transiberiano, el lago Baikal, la gélida e inolvidable isla de Olkhon, Tokio, los bosques y montañas de Japón, los lluviosos días en la isla encantada de Yakushima, la miseria de Filipinas y su paradoja, la ascensión al Pulag, las aldeas de La Cordillera, el mar de Port Barton… Mas de 20.000 km. Todo lo he ido explicando en el blog y muchos amigos me han ido siguiendo. Eso me dà muchísima fuerza. Me siento acompañado.

A veces me dan unos ataques de nostalgia y añoranza que duelen. Una imagen, una canción, un recuerdo…y vienen. Ya no me resisto, simplemente, me abandono a los sentimientos. No hay nada malo en eso. Creo que hasta es necesario. Por lo menos para mí. Estoy viviendo algo muy intenso, y lo vivo solo.

La vida me ha tratado bien. He hecho, vivido y sentido muchísimo, pero llegó un día que vi claro que ya no me quedaba tiempo más que para perseguir mi sueño de infancia: dar la Vuelta al Mundo. De los libros de Emilio Salgari, antes de cumplir 10 años, aprendí que, allí fuera, había todo un mundo que ver y conocer para crecer como ser humano. Y aquí estoy. Crecer a mi edad es un privilegio.

El tiempo ha pasado muy rápido pero parece que hace años de aquel día que salí de mi casa en Sa Riera, dí una última mirada a todo, y empezé este viaje sin fecha de vuelta. Ahora vivo en otra atmósfera, a veces a cámara lenta y a veces a velocidad descontrolada. Es una sensaciòn muy extraña. Cada día es totalmente nuevo, cada día me sorprendo y cada día aprendo. Es vivir constantemente en lo desconocido. Cada día abro los ojos y tengo que pensar donde estoy.

No sé lo que me depara el viaje pero estoy más o menos sano, mas o menos feliz, con mis carencias como todo el mundo, y con ganas de descubrirlo. Cien dias no son nada. Ciento treinta tampoco. Solo son números, solo son letras. Huellas en la arena.

Sigo camino. Alas y viento.

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Entre paréntesis: cumpleaños a 10.000 km de casa.

Muchísimas gracias por todas las felicitaciones. La verdad es q los cumpleaños fuera de casa son un pelín nostálgicos y las noticias de los amigos sientan mejor que un vaso de vino…

…No digo que os eche de menos eh?!  No nos equivoquemos. Sigo siendo el ser insensible y cascarrabias que todos conocéis. Mis pasos siguen guiados por aquella bonita canción (creo que es de Karina) cuyo lindo estribillo dice: “Odio a todo el mundo, estoy lleno de mezquindad, y rezo para que llegue una era nuclear”. Tralarí, tralarà… Siguen placiendome sobremanera todo tipo de malvadas tropelias, incluyendo chivar a los niños quien son  los Reyes Magos, así que, sensiblería, la mínima. PERO… en justa reciprocidad con vuestras muestras de cariño, y ante el alud de solicitudes de que publique una selfie, procedo. Espabilando que os doy unos momentos para esconder a vuestros hijos,  sedar convenientemente a vuestras mascotas y, en 3 segundos, suelto al bicho… Uno, dos,…

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Entre paréntesis: Una corrida de toros en la Patagonia

En uno de nuestros trekks en los alrededores del Fitz Roy, en el camping del Lago del Desierto, a poco de una ganaderia de vacuno, el guarda, Carlos, un curtidisimo patagón con pañuelo en el cuello y cuchillo al cinto, nos confirmó la historia de Nico, un nuevo amigo de la ciudad de General Roca con el que compartimos cena, historias y risas en El Calafate.

Nico Fernandez que, como su apellido indica tiene origen sueco, pero que es de alma torera, está haciendo un viaje a sus orígenes. Sigue en moto, por la ruta 40, desviandose despues hacia Rio Gallegos y, de ahi, a Buenos Aires. Visita los lugares por los que viajó su padre a los 19 años buscandose la vida en malos tiempos. Su padre murió hace 4 años y él se prometió, por él y con él, esta aventura de recuerdos y pálpitos. Ya ves, me ha quedado una frase bonita.

Pues bien, al llegar al citado camping al atardecer, con el lugar totalmente vacio ya que es temporada baja, Nico aparcó la moto, montó la tienda, encendió un fuego, y se dispuso a pasar una noche tranquila de estrellas e íntimos pensamientos en el corazón de los Andes patagónicos. Sin embargo, el destino tenía para el otros planes porque, de pronto, apareció a su lado un enorme toro bravo que habia roto el vallado y se habia colado dentro del espacio de acampada. No penseis en el típico toro negro español, porque aqui son todos pintos o alhazanes, pero podeis imaginar los mismos cuernos de dos palmos y la misma mole de mas de media tonelada de carne viva cabreada mirandole retadoramente.

A partir de aqui, explica Carlos el guarda, partiendose el pecho de risa y carcajeandose a lágrima viva, el toro encaró a Nico y este inició un C.T.C. (Corre que Te Cagas) con todo el equipo motero excepto el casco que salió volando. Carlos, que dice ser, y lo parece, un hombre que no rie mucho, con este cuento se tronchaba, y perjura que, comparado con lo de Nico, el record mundial de los 100 metros lisos de Usain Bolt quedó en carrera de viejecita octogenaria.

Nico consiguió refugiarse en los lavabos en construcción, el toro esperandole y el rezando todas las oraciones aprendidas de chiquito. Al final todo quedó en “nada” porque el bicharraco se cansó de esperar el capote, se fué por donde habia venido, y Nico y Carlos acabaron en la garita del guarda compartiendo tabaco de liar, vino y truchas al lado de la estufa de tacos. Ya se sabe que a toro pasado no se le ven los cuernos y hoy pueden ambos reirse de la historieta, pero la situación pudo, pero que muy bien, acabar pero que muy mal.

Y la cosa no acaba aqui porque, no pudiendo dejar con vida al astado por su peligrosidad, Carlos lo sacrificó y, cuando nos encontramos, me pidió que, al final de mi viaje, hiciera entrega al “maestro” de General Roca del rabo del pobre animal. Nobleza obliga y yo no me pude negar asi que ya me veis a mi, antitaurino hasta la médula, paseando por todo Argentina y Chile con un rabo de toro en la mochila y dando gracias a Dios que la faena del improvisado torero no diera tambien para las dos orejas.

La aventura acaba en fracaso estrepitoso. Pasando la primera aduana con Chile en Tierra del Fuego, resulta que eso me lo califican de “adorno, artesania, pieza de trofeo, caza o museo de origen animal” y, como tal, me lo confiscan sin piedad. Lo siento Nico. Lo intenté.

I am terribly zorri.

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