Castellón. El Maestrazgo (2ª parte). Templarios. El tiempo galopa…

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La Orden del Temple fue fundada en el siglo XII con el fin de proteger los santos lugares y, como en esas épocas la miseria y las hambrunas eran generalizadas, enseguida reclutó voluntarios cuyas vidas transcurrían entre rezos y batallas. “A Dios rogando y con el mazo dando”. En 1.131, el rey Alfonso I entregó a la Orden un tercio de Aragón a cambio de su protección, y posteriormente Ramón Berenguer IV y otros sucesores, hicieron concesiones sobre bienes, castillos y señoríos como Mirambel, Cantavieja, Ares del Maestre o La Iglesuela del Cid.

Es esta una tierra de historias épicas donde musulmanes y cristianos se fueron repartiendo victorias y derrotas que acababan con decapitaciones al son de Fiesta Mayor. Eran muy bestias. Ahora el ser humano se ha civilizado muchísimo y todo es menos sangriento y más pulido a base de bombas atómicas, bombarderos “inteligentes”, minas antipersonas, guerra química y demás armas de destrucción masiva. Somos una especie maravillosa.

Castellón no es sólo, ni mucho menos, Peñíscola, Benicasim y Benicarló. Eso es para turismo de playa que a mi no me dice mucho. Ya que estoy por aquí, en Teruel, escojo para visitar el tuétano de la zona de El Maestrazgo de Castellón… Morella, un pueblo rodeado de murallas y coronado por un gran castillo del siglo XIII que, en su época, tenía fama de inexpugnable.

Realmente, la primera visión de Morella, amurallada con la enorme corona del castillo a lo alto impresiona. Como el pueblo está más colgado que un jamón de feria, visitarlo es ya de por si un trekking de subidas y bajadas desde el castillo a la judería y/o viceversa. El pueblo es chulo pero, sinceramente, no me da para el entusiasmo. Se vé que, en esta zona, han habido una serie de hallazgos en relación a dinosaurios y la mezcla de oferta turística mediaval, ciencia natural paleontológica y comercio de recuerdos y productos típicos, todo aliñado con un paisaje árido abotargado de baterías de modernos molinos de energía eólica por todos lados, no me liga más que para zamparme un típico ternasco del Maestrazgo en un local con aire acondicionado. No sé. No siento la magia. Turismo familiar.

Me voy hacia el Parque Natural Tinensa de Benifassar. Ahí si que estoy en mi salsa. Pillo 2 noches en un refugio en El Boixar, un pueblo tremendo, con 16 habitantes según el último censo, y allí me dicen que, si me gusta caminar, he que hacer la travesía al pantano de Ulldecona Pues vale. Tremendo “paseo” de más de 6 horas. 

De entrada, desde Fredes hasta el Portell de L’Infern es un sendero perfectamente señalizado y cuidado. Un poco demasiado perfecto para mi gusto salvajote pero las vistas a los barrancos son incalificables. En el aire bandadas de buitres buscan el almuerzo. No seré yo, espero. Me extraña que todo el camino es bajada y más bajada. Esto lo pagaré caro: “Todo lo que sube baja y viceversa”. Sabido es. 

Desde allí otra horita para llegar al pantano. Magnífico…y todavía de bajada. Una paradiña para un bocadillito y agua. El día está nublado pero calor hace. A partir de Ulldecona se toma una pista forestal casi llana y paralela al río Sénia y llego al Salt de Robert un salto de agua espectacular aunque ahora, en verano, no va sobrado de líquido. Nadie a la vista y me pongo bajo la ducha natural de rebote. La sensación es placentera porque la calor y el cansancio de 5 horas de caminata ya hacen su trabajo y tengo el cuerpo en ebullición. 

Nota: no hay nadie pero sí hay algo, hay una colilla. ¡UNA COLILLA, me cago en diez! Yo fumo, pero fumar en la montaña es un peligro y, desde luego, no se me ocurriría nunca tirar una colilla ni en la montaña, ni en la playa, ni en mi casa ni en la casa de nadie. ¡¿Eso es tan difícil de entender?! Pues hay gente que no lo entiende. Animales racionales, dicen… 

A partir de ahí, la montaña me trae la cuenta de las bajadas y es cara, más que cuenta es penitencia: subida picada de 1 hora hasta llegar de vuelta a Fredes. Lo sabia. Llego muerto y con un hambre de perro abandonado. Tendré que esperar todavía un par de horas para la cena en el refugio.

Los barrancos, desfiladeros y rocas cíclopes de esta travesía me han recordado a las Chapadas brasileñas. Muy, muy bonito. Un vinito en el único bar del pueblo, otra ducha de recuperación milagrosa, está ya de cuarto de baño civilizado, y a cenar… Hoy, ummmmmm…:  sopa de calabaza y guiso de pollo. ¿Bueno?… Hambre. 

Nuevo día. El hoy ya es ayer y mañana ya es hoy. El tiempo galopa. Nuevo trekk. Hoy iré, voy, de Castell de Cabras a Coraxa. 

¡Ay, ay, otra vez de bajada! Volveré a pagar seguro. Vistas al Parque Natural, típico paraje de Tinensa de Benifassar, y en 1 horita empieza a subir. 

Un par de kilómetros bravos de sendero de montaña para llegar a la Ermita de San Cristofol y para abajo otra vez hasta Coraxa pero, veinte minutos antes de llegar, el cielo se cabrea y cae la de Dios es Cristo de tormenta con aguacero y piedra. La temperatura ha caído en picado. Voy bien equipado con pantalones técnicos y capa de lluvia pero me resguardo en un hostal del pueblo a esperar que se calmen las cosas… y de ahí vuelta a Castell de Cabras.

Las vistas inconmensurables a toda la Tinensa de Benifasssar y mucho más allá me han hecho feliz pero no acierto el camino y me busco problemas. Todo vallado para vacas, me corto con un cable y en otro me da un calambrón. Electrificada. Toca arrastrarse. Por fin encuentro el sendero. Todavía truena. Espero que no pase a más. Mala cosa los relámpagos en campo a través porque las posibilidades de que uno te dé en los morros se multiplican exponencialmente. 

Y ahora… vacas.  Me encuentro en medio del camino un rebaño de vacas que me miran con mala leche. Si, ríete, las vacas tienen mucha, pero que mucha mala leche, y yo ya tengo alguna mala experiencia. Me tiro arriba para evitarlas, no pudiendo evitar pensar durante un instante si llevo algo rojo. Algunas me vigilan y yo a ellas. Un ridículo duelo de miradas entre que “Buenas tardes, yo pasaba por aquí” (yo) y que “Ojito bicho humano que no se qué puñetas haces por aquí” (las vacas). Hubo paz. 

Un pueblecillo abandonado en medio de la nada, traspasas un bosquecillo y ya estas: Castell de Cabras de vuelta en circular. Magnífico paseo. Seis horas bien buenas. 

Y con eso… se acabó lo que se daba en cuanto a Castellón. Yo sigo.

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