Brasil (4) Lençois. La Chapada Diamantina (1ª parte). Cascabel.

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Se acerca la Navidad. Este año no tengo yo el cuerpo muy navideño. Mi paso por África, todavía demasiado reciente, me tiene un poco mosca con Papa Noel, los Reyes Magos y, aún con todo el respeto, con el Belén entero.

Orondo y bien blanquito, de Papá Noel ya entiendo que mucho no cabe esperar en este sentido, la gente del Belén, claramente asiàticos, bastante faena tienen con lo suyo y Melchor y Gaspar aún gracias que se marquen un viaje de los suyos cada año pero, especialmente, a Baltasar ya le vale el olvido en que tiene a los suyos. Para África ni oro, ni incienso, ni tan siquiera mirra.

Pero ahora estoy en Brasil y he de pasar página. Con Lençois es un amor a primera vista. Es un minúsculo y tranquilo paraíso de colores con el enorme Parque Nacional Chapada Diamantina a un tiro de piedra. En el centro posadas y restaurantes uno detrás de otro donde descansar de los trekks y hartarte de carnes, pescados, platos regionales, cerveza y caipirinhas en terrazas al fresco.

Aquí el clima es el mismo, sol de castigo y chubascos intensos descargando condensación pero, al atardecer, con su último suspiro, el sol hace arder el cielo unos minutos como un fin de fiesta pirotécnico y, a partir de ahí, ya baja la temperatura considerablemente.

No hay nada que hacer en el pueblito y aquí se trata de caminar asi que contrato un guia e iremos a recorrer el Vale do Pati durante 4 días. El guía se llama Formiga. Así le llaman desde pequeñito y no usa ya ni el nombre ni el apellido. Es simpaticón y delgado como una anguila… o, mejor, como una hormiga. Nos llevaremos bien.

Empezamos. En Palmeiras, un pueblo polvoriento y castigado por el sol con vestigios coloniales y colores bahianos, dejamos la carretera local y enfilamos la Chapada por una pista de tierra. De la nada aparece otro pueblo, Guiné, más de lo mismo, y a 2 km de allí se inicia el trekk con una subida de 40 minutos hasta la parte alta del Parque. Después ya senderito plano. Llovizna y los ríos y riachuelos bajan rabiosos y con un curioso color rojo sangre que le dan los sedimentos minerales de los que van cargados

A las 2.30 p.m., después de una parada para comer un bocadillo, llegamos a un mirador y todo el Vale do Pati queda a mis pies enmarcado por pequeñas montañas que se pierden en el infinito: Morro branco, Castelo, Sobradinho… En realidad empiezan en el estado de Minas Gerais y acaban aquí en Bahia. Son montañas de alrededor de los 1.500 metros que, si fueran de 3.000, formarían la Cordillera Brasileira pero que, por bajitas, se quedan en Sierra. En todo caso unas vistas imponentes.

Del Mirador bajamos en vertical, subimos una loma, otra bajadita y a las 5 de la tarde llegamos ya al refugio de esta noche, básico como todos los refugios de montaña de verdad.

El lujo, dice Formiga, viene para la cena. Y viene. O yo tengo mucha hambre, que la tengo, o el buffet que nos preparan esta bueno, bueno: feijoada, arroz, espaguetti, ensalada y pollo rebozado a tutti plein. Me hincho, y a la piltra con mantas varias porque va haciendo frío… Mañana subiremos el Castelo, la montaña con más personalidad de La Chapada.

La subidita es esforzada pero, como todo el trekk, es un disfrute sin los agobios físicos y psíquicos  que la altura y el frío te plantean en las ascensiones de alta montaña, a partir de los 3.000 metros.

Una hora por bosque húmedo, otra hora por piedra y tarteras, traspasas una impresionante gruta de una oscuridad acongojante y ya estas en los miradores del Castelo y, en cada uno de ellos, unas vistas magníficas, grandiosas, embelesadoras… Se acaban los adjetivos y buscas màs para no quedarte corto… impactantes, sobrecogedoras… . Estamos en un Mundo maravilloso y este es un pedazo de los más extraordinarios.

Hemos estado casi 5 horas dando brincos por la montaña, ya hemos vuelto a bajar a la posada y toca comer algo para recobrar fuerzas. Una mandarina, un tomate, un sándwich y un buen rato descansando y disfrutando de la sensación de agradable cansancio. En 1 horita màs paseando, ya por la zona baja, llegamos a la posada de esta noche, en medio del bosque y debajo de la punta del Castelo que muestra aquí la cara que identifica más su nombre. Es como estar debajo de un enorme y amenazador castillo de piedra obra de gigantes que, al hacerse oscuro, es una sombra bajo las estrellas. Vuelan luciérnagas en la noche y el efecto es mágico. Me quedo colgado de la situación, como en suspenso, pensando sin pensar. No se cómo explicarlo.

Una ducha fría que apetece, otra cena casera, abundante y reparadora y a dormir prontito. Mañana seguimos. Vamos a ver algunas de las cascadas más bonitas de Brasil. 

Toque de diana a las 6.30 a.m. Caminamos 2 horas entre bosque selvático por detrás de Castelo, todavía quitándose las brumosas legañas de los ojos, hasta arriba de la Cascada do Calixto y, de ahí, una hora más remontando el río sin sendero hasta la Cachoeira do Morro Branco. Y allí un susto.

Me viene de un pelo que no piso una serpiente de cascabel que duerme plácidamente en las rocas. Nos quedamos mirando de soslayo. Oigo como alguien expulsa aire. Soy yo. Pisar ese bicho hubiera sido un problema de cojones, con perdón. Ha de venir una mula, llevarte hasta un coche a 12 km, a Guiné y, de allí, 70 km hasta el primer hospital, en Seabra. Si no te aplican rápido el antídoto, el veneno de la cascabel  afecta al sistema circulatorio y puede provocar una hemorragia interna. El veneno también contiene elementos neurotóxicos con efectos impredecibles, desde una parada respiratoria hasta ceguera. No son bromas. 

Ya más tranquilo.. . ¡¡JO! ¡DER!! Formiga sonríe viendo mi cara de susto. Debo estar blanco como un muerto. Si llego a dar el paso 1 metro más a la derecha me presentaba al examen final de las oposiciones a cadáver. 

A todo esto, recuperado ya, estoy ante un pedazo de cascada preciosa. Toda para nosotros. Da un pelin de “cosa” bañarse después de ver la serpiente pero ya se sabe: si te apetece hacer algo, hazlo sin miedo y, si tienes miedo, hazlo con miedo. La única opción errónea es no hacerlo.

De bajada más selva y más cascadas, desde arriba y desde abajo, haciendo senda donde no la hay desbrozando matorrales, haciendo pasos con piedras donde no llega la tartera del río, agarrándonos a ramas, troncos y raíces… una jornada aventurera. Vuelta a la posada. Ya me relamo con la cena. Faltan 3 horas. Una, dos, tres…

Voy a dormir plano. Espero no soñar con serpientes. Mañana, último día en La Chapada.

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