Brasil (1) Río de Janeiro. Aventura. Favelas.

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Edmund Hillary, la primera persona que pisó la cima del Everest decía: “Las aventuras pueden ser para personas ordinarias con cualidades ordinarias”.

Dar la Vuelta al Mundo es, y ha sido siempre, La Gran Aventura con mayúsculas. Yo acabo ahora la primera mitad de mi particular Odisea que me ha llevado desde Inglaterra hasta Nueva Zelanda y desde Turquía a Sudáfrica. Ahora, tras un pequeño paréntesis en Argentina, empiezo la segunda mitad en la que recorreré de Brasil hasta Alaska y de ahí a Islandia para ir bajando por Europa hasta mi playa de Sa Riera en el Empordà catalán.

Brasil forma parte de la exclusivisima lista de los 5 países más grandes del Mundo, “Los 5 Grandes”: Rusia, Canadá, Estados Unidos, China y Brasil. Por este orden. Con Brasil, habré ya conocido 4 de ellos y, a principios del 2.021, más o menos, recorreré el último que me queda, Canadá. A estos, para completar la lista de los 10 países mas grandes de La Tierra habría que añadir, también de mayor a menor, Australia, India, Argentina, viejos conocidos, y otros 2 que se me resisten, Kazajistán y Argelia. Todo llegará.

Vamos a por Brasil. Hay faena para conocer este país cargado de pasado, presente y futuro. El Cristo de Corcovado, Pelé y Maracaná, la samba y la bossa nova, el carnaval, la caipirinha, Ipanema y Copacabana, las cataratas de Iguazú, el Mato Grosso, las favelas, la picanha, el Amazonas, Salvador de Bahía, la capoeira, la Chapada Diamantina, Caetano Veloso y Gilberto Gil…

De entrada, aterrizo en Rio de Janeiro, aquí y en todo el Mundo conocida como la “Cidade Maravilhosa”. Realmente, el entorno natural de Río es de fábula, rodeado completamente de mar y montañas, con lagos en medio de la ciudad y con la selva guardando sus espaldas. A partir de ahí se acaban las maravillas y la ciudad crece hacia arriba con un montòn de enormísimos rascacielos con poca gracia forrados de cajas de aire acondicionado.

Una primera vueltecilla por la ciudad me lleva a ver la catedral más fea del Mundo, San Sebastián, arte urbano de calidad, eso sí, las escaleras Selaròn y poco más. Hace 24 horas que salí del hostel de Buenos Aires y he dormido a ratitos así que se imponen 8 ò 9 horas de sueño profundo. Por fin en posición horizontal.

Lo primero que hago al día siguiente es plantarme en el Parque Nacional de la Tijuca. Pocas ciudades del Mundo pueden enorgullecerse de tener al lado un enorme Parque como Tijuca, el bosque urbano más grande de La Tierra. Se me ocurren ahora sólo Hobart, en Tasmania, y Cape Town, en Sudáfrica, pero no hay comparación de dimensiones.

Y en Tijuca está el famoso Cristo Redentor de Corcovado, una de las 7 maravillas del Mundo moderno que, como consecuencia, está abarrotado de turistas en busca de la foto perfecta.

Me quedo observando a una pareja con problemas. Ella está realmente cabreada con su compañero o marido porque no atiende bien a sus instrucciones para que la inmortalice, e x a c t a m e n t e, cómo considera ofrece el plano más original y favorecedor. Cuando ya ha dejado claras las pautas de la foto deseada, el chaval vuelve a intentarlo y ella hace una amplísima sonrisa como si estuviera alcanzando el cenit de la felicidad. Nada más oir el “click”, muda nuevamente la cara hacia la aspereza y continúa discutiendo con ardor acusando al fotógrafo de torpe y falto de atención y cariño. Para Instagram y la Historia queda que ambos están disfrutando de unas vacaciones extraordinarias. El colmo de la alegría.

Me sorprende ver que, desde la selva, llegan hasta allí unos monos clavaditos a los gremlins. Titís creo. En todo caso, una chulada de animales.

La masificación turística me aturde y decido escapar a pie por la última fracción del Transcarioca Trail hasta el Parque Lage y el Lago Rodrigo de Freitas. Una bajada de apenas hora y media pero durilla y hasta un pelín peligrosa. Y de allí a las legendarias playas de Copacabana e Ipanema por el paseo del lago.

Podría subirme a la parra, mariposear y ponerme lírico con el mito de esas playas pero no lo haré: Copacabana no tiene, para mi gusto, ningún atractivo. Poco más que un Lloret por donde pasean culos mas o menos bonitos y niños musculados jugando al futvoley. Ipanema es lo mismo pero algo más pequeñita y me pilla al atardecer por lo que una caipiriña y una bonita puesta de sol me dan para disfrutar el momento. Pero ya digo, no ha lugar para tanto mito y tanta canción. Eso sí, son dos de los centros de ligoteo más efectivos que existen en el planeta aunque, una vez consumada y consumida la conquista, más de uno y más de mil se han encontrado en una cama desconocida, solos, con un drogadicto dolor de cabeza y muy aligerados de equipaje al haberles desaparecido pasaporte, tarjetas de crédito, dinero y hasta las botas y calzoncillos.

Lo que es un hecho es que he dejado atrás la miseria. Aquí hay, como en todos lados, pobreza y vagabundos alcoholizados alfombrando las avenidas pero África, el continente dejado de la mano de Dios y de los hombres, queda atrás. Es un alivio, la verdad.

Está, eso sí, el fenómeno de las favelas en las colinas, con las entradas fuertemente custodiadas por policía con uniforme de SWAT. Ahí no puedo entrar. Es un suicidio. No hay ninguna señal que me identifique como forastero ni en vestimenta ni en accesorios ni en actitud y, entre gente normal, paso totalmente desapercibido si no abro la boca pero, en las favelas, no entran ni los brasileños màs duros a menos que sean vecinos. Son centros de delincuencia armada. No están habitadas por gente normal si no por ejércitos de familias enteras de delincuentes en donde los bebés nacen con una pistola bajo el brazo.

Rio era el mayor puerto de entrada de esclavos africanos y, cuando los liberaron, se fueron a los cerros. Ese es el origen de las favelas. Sus “casas”, construidas sin control alguno, se apoyan en el suelo sobre cuatro palos mal puestos. Dicen que, si un dia hay un terremoto de solo 3º en la escala de Richter, media ciudad desaparecería de la faz de La Tierra.

Rio no da para mucho más. Barrios populares como Tijuca, Maracanà, Santa Teresa, algún palacio colonial, iglesias, 38º de calor que caen a plomo, estampas de humanidad y cervecita helada escuchando conversaciones en el musical y cadencioso idioma brasileiro. Río, con la honrosísima excepción del Tijuca, no me parece una ciudad “maravilhosa” y ya tengo suficiente.

Me voy al Mato Grosso: Pantanos y un montón de animales salvajes. Dicen que hay más de 10 millones de caimanes pero, allí, el rey, el amo del Pantanal, es el jaguar, el felino más grande y peligroso de América… 

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